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Entrevista: Capsula

"'Bestiarium' es un disco compuesto por nosotros… y por los algoritmos"

Por. Amaia Santana

Demonios aterradores, minotauros confusos, unicornios bondadosos, sonidos arabescos, ensoñaciones varias, diálogos con esferas celestes … todo cabe -y nada rechina- en este catálogo de bestias actualizadas que es "Bestiarium, el nuevo largo del trío vasco-argentino Capsula.

Grabado en su estudio sito en Bilbao, confiesan que en la composición de este peculiar bestiario se han ayudado del ojo que todo lo ve, es decir, el todopoderoso algoritmo, la bestia de nuestra era.

"Decidimos incorporar la tecnología a la hora de componer las letras. En vez de ir a preguntar al chamán de la tribu o al Merlín de la corte, le preguntamos a Google", comentan Coni Duchess (bajo y voz) y Martin Guevara (guitarra y voz); un tándem que irradia complicidad, ingenio sideral y un gran sentido del humor durante esta charla en su estudio. Y damos fe: conforman una bestia creativa y bondadosa de dos cabezas… y de otro mundo.

¿Cómo valoráis las primeras impresiones de “Bestiarium”, por parte de crítica y público?

Coni Duchess: “Bestiarium” es un disco muy querido por nosotros, porque lo hemos construido de forma diferente con respecto a los anteriores. Es una experiencia nueva, convivimos contentos con esta bestia malvada (ríe). Al público le llega con mucha pasión y enganche. Sentimos que es un disco esperado.

¿A qué tipo de bestias le cantáis en este disco?

Martin Guevara: La idea inicial era hacer una especie de catálogo, como los antiguos bestiarios, donde se recogían seres mitad humanos, mitad animales... En 2019, las bestias han evolucionado, existen otras combinaciones factibles. Por ejemplo, el hombre combinado con el algoritmo genera una nueva bestia. O el hombre ungido con unas ropas blancas se convierte en papa; y con unas determinadas licencias y poderes, en presidente. Queríamos hacer un catálogo actualizado de estas bestias. Por lo menos de aquellas que podemos percibir y que cumplen las mismas funciones que las antiguas: infundir miedo desde el poder, para la dominación de los que estamos por debajo. Bestias que infunden tanto pavor como en su día lo hicieron los dragones o las mandrágoras.

De momento parece que dejan al dragón en la categoría de mascota. 

(Ambos asienten) M: Cada canción del disco simula a una bestia.

C: Teníamos un listado con las canciones, y otro con las bestias. Según escuchábamos un tema, decidíamos: “Este sonido representa a alguna esfinge, o a un minotauro confuso…”. Así fuimos estableciendo relaciones entre bestias y canciones.

M: O por ejemplo: “Esta (canción) va más rápido, así que es una bestia que puede volar”. O es más agresiva, o más dulce… Porque también hay bestias bondadosas, tanto en la Antigüedad como ahora, cuya función es protegernos…

 C: Sí, un hombre con unas alas es igual a un ángel, o un caballo con un cuerno especial es un unicornio… Nos fascina cómo los humanos hemos llegado a sintetizar que lo cotidiano más algún elemento extraño, nos produce miedo. A partir de ahí, hemos sido capaces de inventar todo el mundo que nos rodea. Todas estas bestias siempre viven en la frontera. En los límites de lo desconocido siempre hay algún tipo de bestia que nos infunde miedo. Hoy en día sigue funcionando así: lo desconocido nos resulta extraño y parece que nos ataca.

M: El alien, el extranjero, el inmigrante…

C: Por otro lado, nos llamaba la atención que el eslogan de la campaña de Donald Trump -“Build the wall” (construye el muro)-, surgiera a partir de un algoritmo. Se estudió a usuarias de una red social y vieron que ese eslogan podía funcionar. Se trataba de una combinación superpoderosa, pues a través del miedo, les hacen creer que necesitan un muro que les proteja de lo extraño. El algoritmo te ofrece esa oración y así se crea una nueva bestia: el hombre más la máquina. También se podría utilizar ese algoritmo para crear paraísos e ideas de unión y de empatía con el otro (sonríe), pero también para infundir todavía más miedo...

Ese miedo lo disfrazan, casi siempre, de una falsa sensación de seguridad… 

M: Por un lado, generan el miedo, y a partir de ahí, crean la necesidad de tener que comprar algo que te defienda de ese temor…

C: Es la misma narración de la Primera Guerra Mundial, de la Segunda Guerra Mundial, etc.: defender los imperios, las naciones, las religiones. Porque hay un ser extraño y monstruoso afuera que nos va a atacar. La violencia forma parte del ser humano, si bien es más fácil acusar al otro de características negativas mientras que uno es el ser perfecto. En realidad, se trata de tener conciencia de que nosotros mismos también somos unas bestias, y que en determinadas circunstancias, podríamos ser capaces de… No es que podríamos, ¡hemos sido! capaces de matar al otro por una creencia. Es lo que somos. Está bueno saberlo, y ver qué queremos para el futuro…

M:En la primera canción, “Biform”, hacemos una declaración de principios: las bestias somos nosotros, un monstruo de dos cabezas. Es decir, hay muchos monstruos, pero el peor está dentro de uno mismo.

¿Cuál es el contexto personal de este álbum? ¿Cómo y dónde se han fraguado las canciones? 

C: En la historia de Capsula, el elemento onírico siempre está muy presente. No sólo en lo que se refiere a trabajar las letras, las temáticas, etc.; sino en nuestra vida diaria, a la hora de tomar decisiones (breve pausa para una reflexión que estalla en carcajadas). ¡Nos consideramos bastante surrealistas! M: Creemos en lo que soñamos -cuando estamos dormidos-; a veces creemos más en eso que en lo que nos ocurre durante el día.

¿Sois de interpretar vuestros sueños? 

C yM: Sí, sí.

M: Y de todo eso que pasa mientras uno no es consciente: la hipnosis, los estados alterados… Sin ir más lejos, el rock, componer canciones y un concierto mismo, son estados alterados de la mente… ¡Haya o no haya drogas de por medio! (risas). En este caso, la droga es el sonido, así como el baile, el ritual…

C: Pasamos muchas horas en la carretera, contemplando paisajes, atravesando muchas ciudades y pueblos, con esos nombres que remiten a nuestra historia, sobre todo en Europa. En cada ciudad hay una iglesia, un monumento a los soldados NN... De otro lado, al estar tanto tiempo en la furgoneta, empezamos a leer sobre las bestias…

M: Y de repente te enteras de que en un pueblito en medio de Castilla, en el hotel donde habíamos dormido, habían quemado mujeres por brujería…

C: No vivimos el pasado como tal, sino que lo incorporamos al presente. En todos nuestros discos, siempre queremos buscar “el sonido del futuro”, dejar un mensaje. Esta vez, en cambio, hemos hecho lo contrario, ¿por qué no volver al pasado? Hasta ahora siempre hemos regresado hasta el 68, para indagar en los sonidos de esa época… En “Bestiarium” hemos querido meternos en la mente de un ser humano del año mil; imaginar cuál era su percepción del mundo… y hemos descubierto que se parece al actual.

No hemos cambiado tanto, vaya. Si acaso el envoltorio… 

C: Exacto. En esencia, somos muy parecidos.

M: Los sonidos arabescos del disco tienen un poco que ver con eso, con una referencia no directa, porque no somos estudiosos de ese tipo de música ni mucho menos, lo nuestro es a lo rock (risas). Pero queríamos llevarlo a un sitio tipo “Las mil y una noches”, un lugar de ensueño…

C: … Donde la historia, la narración y la ficción van demasiado ligadas. “Bestiarium” también se diferencia por la composición de las letras. Decidimos incorporar la tecnología, la parte bestia que corresponde a nuestro tiempo. En otro tiempo, quizá una persona hubiese invocado a algún tipo de dios o al oráculo. Los ordenadores y las redes sociales son nuestro oráculo, ya que pueden predecir nuestra propia actividad o deseo.

M: En vez de ir a preguntar al chamán de la tribu o al Merlín de la corte, nosotros le preguntamos a Google.

C: Trabajamos las letras mano a mano con la tecnología. Escribíamos alguna frase o idea en el buscador, o en una red social que empieza con F, y dejábamos que el algoritmo tratara de entender qué queríamos. Probaba distintas cosas, y al seleccionar determinada frase o imagen, se empezaba a armar un diálogo. Una especie de cadáver exquisito, pero con la máquina.

M: Pasamos de la paranoia de ponerle una pegatina a la cámara del ordenador, a decir: “Si nos está vigilando, a lo mejor también nos puede ayudar”. Lo tratamos como si fuera un ente.

C: Otro ser creativo.

M: (bromea) “Me gusta mucho esto. Combíname la Velvet Underground con Jorge Luis Borges”.

C: Bueno, realmente fue más dirigido...

M: Es un poco torpe todavía (el algoritmo).

C: (risas) Sí, tienes que guiarlo. El algoritmo siempre quiere que estés ahí. Pero es cierto que no llegamos solos a algunas de las ideas del disco, lo hicimos porque en todo momento estuvimos trabajando con un cerebro externo: “Quiero ver qué has pensado por mí”. Por tanto, “Bestiarium” es un disco que si bien sigue estando compuesto por nosotros, también lo está por la máquina.

Es un experimento tan interesante como inquietante. Me sigue dando miedo que un algoritmo sepa lo que quiero o lo que me gusta… mejor que yo. 

M: Están entrando demasiado en nuestra casa, y en nuestra cabeza. Nosotros pasamos de ese miedo a la tecnología, que es la primera reacción -“¡tengo cámaras en el baño!”-, a hacer un disco juntos.

Igual que “Santa Rosa” (2016), habéis grabado este nuevo LP en vuestro estudio, Silver Recordings. 

M: Todos los trabajos anteriores los grabamos con super productores como John Agnello, Ivan Julian o Tony Visconti; quienes nos abrieron puertas al conocimiento, en relación a nuestro sonido y nuestra forma de trabajar. Nos enseñaron un montón de conceptos de grabación y de cómo se trabaja en un estudio, la forma de modelar una canción, que pasen cosas interesantes dentro de un tema… Entonces fue como: “Ya está todo lo que el maestro podía enseñar. Vamos a aplicarlo”. A diferencia de “Santa Rosa”, utilizamos un millón de técnicas distintas que aprendimos en estos dos años, para que suene totalmente distinto. Se abrieron otros mundos. Y nos pasó algo súper curioso…

¿Algún fenómeno paranormal? 

M: Normalmente terminas el disco, mandas el máster al sello discográfico y ya está. Después, pasan unos dos meses hasta que llega el vinilo de fábrica, y lo escuchas de nuevo, tras ese periodo de ‘descanso’ (porque acabas harto). Cuando recibimos el vinilo de “Bestiarium”, lo pusimos a mucho volumen en casa, y fue la primera vez, en doce discos y veinte años de Capsula, que tuvimos la sensación de satisfacción total. No hay nada que hubiéramos querido retocar o cambiar. En otros discos siempre era: “Ay, esa guitarra igual la hubiera grabado de otra manera, o esa voz, esa letra, el tempo”. Siempre te quedas con algo, cosas obsesivas de músicos. Y esta vez fue: “¡Está de puta madre! ¡Cómo suena la batería!” (risas).

Las ventajas de contar con un estudio propio son obvias. Pero por buscar una posible desventaja, sería precisamente esa, la de dar rienda suelta a la obsesión del músico y no saber cuándo dejar de retocar una canción. ¿Cómo sabéis cuándo parar? 

M: Tanto para “Santa Rosa” como para este disco nos marcamos un tiempo. Creemos que si no haces un disco en un tiempo limitado -y que éste sea bastante corto además-, se pierde la frescura, la esencia. Hicimos unas maquetas fuera del estudio, en casa. Algunas las terminamos en la carretera, de gira. Una vez teníamos esos bocetos, nos marcamos diez días para trabajarlos en el estudio.

C: También hicimos algo distinto para este disco en particular, que fue no hacer el proceso de grabación de corrido. Grabamos algunas canciones y dejamos pasar un tiempo, en parte porque teníamos otros proyectos en el estudio. M: Y estábamos en medio de giras también… Así que tampoco teníamos todo el tiempo del mundo. Las letras y demás las trabajamos en casa, como si fuera el local de ensayo. C: ¡Junto con ‘la máquina’! (risas).

M: También fuimos probando algunas canciones en directo, para ver cómo funcionaban, y después las grabábamos.

C: Es una percepción muy subjetiva la de querer seguir completando el disco, esa idea del acabado “para que esté bien”. Ese fue, precisamente, uno de los aprendizajes con Tony Visconti: el concepto de lo que está bien. No existe.

M: Para nosotros lo más importante es la emoción y la energía de la primera toma. Aunque tenga fallos, eso que haces cuando todavía no tienes la mente muy condicionada, cuando sólo estás disfrutando de esa novedad. No lo has racionalizado aún, al menos en lo musical.

C: Mantener la esencia, eso es. Cuando estábamos grabando con Tony, recuerdo una vez que Martin y yo estábamos en la cocina, o en el patio, solamente con las acústicas, cantando, pero nada serio, practicando nada más. Había cierta relación entre nosotros en aquella improvisación. Entonces Tony pasó al lado y se detuvo: “¡Eso es lo que quiero captar!”. Las producciones tienen que servir para captar la esencia, y eso trasciende la idea de lo que está bien o está mal, lo profesional o lo informal… A veces, uno se pone un montón de trabas, o de falsas ideas, en relación a eso. Asimilar esto implica un proceso que lleva muchos años y muchos discos.

M: Sí, sí… Mira, te doy un titular, ¿eh? C: A ver… ¡Cuidado! (risas) M: Con el tiempo, lo que vas aprendiendo es la belleza de lo simple. Lo difícil que es… (suspira) Al final es un titular de mierda. (Coni estalla en carcajadas).

Quizá has puesto las expectativas muy altas... 

M: No, no… Quiero decir que lo difícil es hacer una canción con pocos elementos, que es nuestro caso: guitarra, batería y bajo. Y las voces.

C: Y poder contar una historia con eso... M: Normalmente, a los discos no le solemos agregar cosas que no podamos tocar en vivo. Nuestro colega Pancho escuchó las primeras maquetas, y tras el resultado final del LP, nos dijo: “¡No cambió tanto!”. ¡Eso es muy bueno! Me parece genial, no haber perdido esa frescura. Es importante vencer esa resistencia a retocar constantemente: “Y en esta parte metemos la orquesta de Praga…” (risas).

Esa sobriedad de elementos permite también una mayor fidelidad a la hora de llevarlo al directo, ¿no? 

M: Claro, si la canción está buena, con una acústica tiene que estar guay. No hace falta más.

Se agradece la variedad melódica del álbum; desde la psicodelia oscura vía “Red Moon Falls” o “Away From Heaven” a ensoñaciones pop como “Around” o “Magnets”. 

M: Sí… “Magnets” tiene que ver con los planetas -no el grupo (risas)-. Las esferas celestes se consideraban en la antigüedad seres con vida, inclusive con conciencia, que es muy loco eso.

 C: Con deseos propios.

M: Es una imagen muy potente. “Magnets” habla de eso, además de inventarnos una historia que tenía que ver con las fuerzas que atraen o repelen los cuerpos celestes. “Around” tiene que ver más con lo latino, tipo Santana, porque hace como (tararea la melodía). Pero sí que es verdad que tiene algo como Beatle, en el fondo. Es como mezclar la costa oeste de San Francisco con los Beatles. Eso en lo musical; en cuanto a las letras, invocan a una especie de espíritu protector, que puede ser un ángel o...

C: Un unicornio (risas).

M:“Around” trata de dialogar con ese espíritu protector, de establecer una confianza. La sensación constante de 2019 - y esto se lo estoy diciendo a los que lean esta entrevista dentro de 50 años-, es de agobio, de asfixia, de “no puedo más”, de ansiedad, de depresión… Y el cambio climático, y todos vamos a morir bajo el agua… Y nadie va a tener nunca más trabajo porque todo lo harán los robots… Si les pasa esto, dentro de 50 años, sabrán que no son los primeros. Esta invocación a estas bestias bondadosas es una forma de apelar al poder curativo de la música.

C: Y al de la invención. La realidad está construida sobre una invención humana. Así como somos capaces de ser destructores, de inventarnos bestias y demonios, y todo tipo de figuras que nos atemorizan, también somos capaces de construir lo opuesto. Ambas capacidades conviven en nosotros. Parece que en 2019 abundan las bestias maléficas, pero rescatamos el lado creativo del ser humano, que es lo único que nos va a salvar al final...

M: Desde lo generacional -bueno, yo soy muuuuucho más viejo que Coni-, creemos mucho en la fuerza y en la energía de las generaciones nuevas. Nos maravilla. Los pibitos que ahora tienen entre 16 y 20 y pico años son infinitamente menos racistas, menos sexistas, más libres… Y los vemos con capacidad de dar la vuelta a toda esta situación. Eso es optimismo.

Acostumbrados a directos muy potentes y sobrecargados de electricidad, ¿cómo os planteáis temas como “Cry With You” y “Dead Summer” sobre el escenario? 

C: En los discos aprovechamos para hacer canciones más lentas, sobre todo en “Bestiarium”. Decidimos incluirlas porque el tema del disco también nos lo permitía. Sobre el escenario, si bien es cierto que nuestra característica es la electricidad, creo que fue a raíz de nuestra versión de “Ziggy Stardust” donde nos atrevimos, y aprendimos, a introducir canciones más lentas en directo y encontrar la intensidad desde otro lugar. Vivimos mucho las canciones y lo que estamos diciendo; el objetivo es transmitir una energía y una pasión, poder comunicar eso.

M: (se lo piensa) Desde el primer disco de Capsula, siempre ha habido espacio para los medios tiempos, para las canciones más reposadas y para esos sonidos que puedes escuchar con cascos en tu casa, sin necesidad de vivir esa energía del directo. Es verdad que hasta ahora lo que nos iba era la adrenalina del rock…

C: (recapacita) Igual suena demasiado pretencioso lo de Bowie… Es cierto que en la práctica es real, a partir de tocar en directo canciones como “It Ain’t Easy”, etc., pero quizás escrito queda muy pretencioso… “Sí, bueno, lo aprendimos del “Ziggy” de Bowie y tal”... (risas)

M:¡Pero si en el fondo somos unos poperos! (risas) No tocamos en teatros donde la gente está sentadita y aplaude al final de la canción. Nosotros estamos a transmitir y a generar entre todos determinada energía. Y si también podemos conseguir esto a través de medios tiempos, ¡está bueno! De momento está siendo una buena sorpresa, ver cómo funcionan este tipo de canciones en directo.

Por último, sobre ese encuentro casual que propició la colaboración con Stuka (“Russian Roulette”), ¿por qué elegisteis este tema de Lords of the New Church? 

M: Stuka es mi héroe guitarrístico de la vida. Él es parte de la primera banda punk que hubo en toda Latinoamérica, Los Violadores. El nombre en verdad era “Los Violadores de la Ley”, pero hoy día ese nombre sería impensable. Cuando tenía 15 años, los iba a ver donde fueran, porque eran brutales. Tenían unos temazos tremendos. Después de muchos años, dejaron el grupo y Stuka se fue a vivir a Estados Unidos. Él sabía de nosotros, y alguna vez nos escribió. Y yo: “¡Este es mi ídolo! ¡Y le gusta Capsula!”. Resulta que él estaba viviendo en Seattle y se había enterado de que existíamos a través de la emisora KEPX, donde actuamos, y le había gustado mucho. Imagino que él vería en mí...

C: Se reconoció en ti.

M: Sí, se escucharía en mí, en algunas cosas. Un día estábamos de gira en Argentina, y nos le encontramos en una pizzería. Me acerqué a él y le dije: “Che, vos sos Stuka”. Y él, que es un personaje muy interesante, empezó a gritar: “¡Bua! ¡Bua! ¡Los de Capsula!”. Cenamos juntos y nos hicimos muy amigos. Estuvo aquí en Bilbao, participó en el disco de Los Bonzos, está con su proyecto como solista también… En cuanto a la colaboración en “Russian Roulette”, comprendimos que encajaba perfecto para él.

C: Veíamos una temática más actual, sobre las paranoias y las guerras, y las pantallas. Es una visión más cercana de las bestias humanas que seguimos siendo frente a la guerra. Nos pareció un muy buen tema para incorporar en “Bestiarium”. Casualmente, en todos los discos hemos incluido alguna versión. Somos como la escuela de los primeros discos de los 60, donde los grupos hacían versiones de otros músicos. Lo vemos como algo natural.

M: Es una forma de agradecimiento a la generación anterior, una manera de reconocer: “Esto no se inventó ahora”. Viene de una cadena…