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Román Gil: “ATOM”


Por: J.J. Caballero

 Suceden muchas cosas cuando acabas de escuchar un disco con tanto bagaje emocional, que exige cierto esfuerzo al oyente en más de un tramo y lleno de recovecos e influencias difíciles de manejar al mismo tiempo. Sin embargo, sabes que al final, cuando el poso haga su función y mente y sentidos asimilen la información sonora en su justa medida, nada de lo escuchado habrá significado esfuerzo alguno, y en caso de que así hubiera sido, es tal la compensación que posarías de nuevo la aguja en el primer surco del vinilo asumiendo el divino riesgo de perderte para siempre en unas canciones dignas de agradecimiento. Amor y devoción lo llamamos algunos.

La cuidadísima edición que Discos Belamarh ha realizado en formato LP, CD incluido, de “ATOM”, la nueva grabación del enorme Román Gil significa, por un lado, el regreso a la actividad del músico catalán ocho años después de su última incursión sonora; por otro, la imperiosa necesidad de dar vía de expresión a un conjunto de canciones compuestas a fuego lento, tras un largo y no siempre indoloro parto y dotadas de una rotunda entidad propia. Un autor de perfil bajo, habitual en los créditos de discos de otros, amigos y satélites artísticos que ahora le devuelven favores (nombres como Steven Munar, Marc Tena, Jordi Farreras, Patricia Serrano, Gonzalo Fuster y otros del mismo nulo relumbrón están acreditados como parte integrante del equipo creativo) y multiplican el valor de un disco en el que el antiguo integrante de Parkinson DC y músico y productor de Alberto Montero, Rik Van Den Bosch o The Gurus se explaya sin mesura pero controlando la jugada en todo momento. O lo que es lo mismo, sabiendo en cada momento por dónde quiere encaminar sus pasos y cuál debe ser el ritmo a seguir en consecuencia. De ahí que se encomiende al Brossa Quartet de Corda para bordar las labores orquestales, básicas en la concepción y la intro comunal en forma de tríada, en la que el instrumental tema titular se funde con “Vida” e “Hijo de la luz”, una coda alargada y temática para dejar claro que los códigos del rock progresivo o la complejidad de la música de cámara se pueden convertir en maravillosas simplezas con las que expresar la cercanía, o mejor dicho, la conciencia absoluta de la muerte y el continuo desaliento de la finitud. Si en el inicio pensamos en King Crimson como guía, en la continuación olfateamos una importante colección de música clásica detrás de piezas como “Mi padre”, una suerte de suite íntima y minimalista establecida en clave de imperturbable sinfonismo. Claro que luego el espacio deriva a territorios negroides, casi tonteando con el funk, como sucede en “El negoci”, o se detiene a chapotear en charcos más hedonistas en la juguetona “Amic meu”, y existe un riesgo inminente de despiste.

Nada que temer. En un disco así de sobrado no hay casi límites para la creatividad ni líneas muertas de inspiración. El aroma a otro tiempo, a punto de claudicar pero infinitamente más bello que el que nos aguarda, sobrevuela acordes de música mediterránea y spaghetti western, efluvios de world music, militancia lingüística –catalán y castellano cohabitan casi al cincuenta por ciento- y alguna escala glam, todo bien asumido y enjugado en la impresionante “Cançó de comiat”, tal vez la culminación de las muchas virtudes ya evidenciadas en la apocalíptica trompeta de Natsuko Sugao, esqueleto de “La por”, o en ese vals inesperado y sublime de “La capsa”, después de un viaje por carreteras alternativas en las que escuchamos música incidental, pop decolorado y orquestaciones varias sin que el GPS mostrara el menor signo de saturación. Sí, pueden ocurrir muchas cosas tras un recorrido auditivo así de exhaustivo, pero una de las más importantes es precisamente el hecho de que dichas cosas existan, y de que haya mentes brillantes y manos capaces de llevarlas a cabo. Gracias a Román y a un disco de las características de “ATOM” somos conscientes de cuánto las necesitamos.