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Beyoncé: “Cowboy Carter (Act II)"


Por: Oky Aguirre.

“They used to say I spoke too country / Said I wasn’t country enough / But if that ain’t country, tell me, what is?” (“Solían decir que yo hablaba demasiado country / Dijeron que no era lo suficientemente country / Pero si esto no es country, dime, ¿qué es?”)

Así de clarito afronta la diosa Bey su octavo y grandioso álbum, el segundo acto de una trilogía para la historia, que comenzó hace cuatro años con “Renaissance”. En aquel "Act I", Beyoncé nos ayudó a poder salir de casa después de haber padecido una pandemia, invitándonos sin temor a meternos en una discoteca de bolas luminosas para bailar sin parar, y con el cual consiguió coronarse como la artista con más Grammys de la historia, con 32. En “Cowboy Carter”, Act II, toca acurrucarnos dentro de nosotros junto con esta texana de ébano y su colección de regalos en forma de canciones, que muchas veces no son tales, sino profundos momentos, sentimientos, palabras, frases y sonidos que acompañan y se acomodan a la voz cada día más exuberante y emocionante de esta mujer nacida para ganar, sabiendo lo que es sufrir. Hace ocho años salió vilipendiada de los Country Music Awards, después de su actuación junto a The Dixie Chicks, donde reclamó con cierto descaro el lugar de la comunidad negra en la historia de esta música, ciertamente olvidada por los sectores más conservadores del país más conservador de todos los tiempos. 

Beyoncé muestra orgullosa el apellido de su madre, el mismo que tienen la familia más legendaria de la historia del country: Carter. Y lo vuelve a hacer encima de ese caballo blanco, sentando otra vez sus gloriosas posaderas para demostrar que tiene argumentos para reivindicar que el banjo lo introdujeron sus ancestros o que durante décadas la comunidad negra, sobre todo las mujeres, también en el ámbito musical han sufrido las injusticias del hombre blanco, dueño de ese muro llamado Babilonia, personalizado desde su infancia en esas emisoras de radio del Lejano Oeste, inexpugnables para las raíces negras.

¿Puedes oírme o me tienes miedo? Así comienza el desafío y la venganza de Beyoncé. “American Requiem” es la primera respiración de un disco concebido para mantenerla en tu memoria. Todo lo que uno imaginaba sobre mover el esqueleto bajo bases pregrabadas, se difumina entre acústicas guitarras analógicas apoyadas en el poderío de las voces Gospel, actualizadas por una mujer en estado absoluto de gracia, dispuesta a darlo todo, ya sea para nuestro confort o para enfurecer a sus enemigos. Afrontar un “Blackbird” como segundo corte, una de las canciones más bellas y trascendentes escritas por un tal Paul McCartney, acerca del apoyo al sufrimiento de las mujeres negras, no hace más que considerar la valía de tener hoy en día a artistas dispuestas a pagar el precio que haga falta por unas regalías que desde hoy nos pertenecen a todas y todos. Escucharla cuando dice en “16 Carriages” que ve cómo sus sueños y vivencias viajan en una desvencijada caravana, no hacen más que acentuar las ganas de seguir un disco que no ha hecho más que empezar. “Protector” es el puente perfecto que una madre como Bey nos hace llegar a través de algo tan personal como la voz de su hija: “Mamá, ¿me puedes cantar esa canción para mí? Ahí la tienes, la nana para tu hija.

Después de este interludio bienintencionado, Beyoncé nos vuelve a poner en su sitio. ¿Puede haber algo más country que escuchar la voz de Willie Nelson en una radio mientras se fuma un joint de marihuana? Pues esto sucede en dos -el otro es en la celestial “Just for Fun”- de esos maravillosos pasajes que Beyoncé inunda por todo el disco.

“Bienvenido a  "La hora del humo"  en KNTRY Radio Texas; Sabes mi nombre, no necesitas saber el tuyo; Ahora, para la próxima canción, quiero que todos se sienten e inhalen; Y ve al buen lugar al que a tu mente le gusta vagar; Y si no quieres ir, busca una máquina de discos. Gracias”

En “Smoke Hour” el anciano Nelson nos anuncia con su eterno tono socarrón “Texas Old ´Hem´", prácticamente la única pieza “auténticamente” country que podrás disfrutar en este disco. Y es tan buena que le ha supuesto alcanzar la gloria, una vez más, al ser la primera artista negra en alcanzar el número uno en los Billboard Hot Country Songs, una lista que comenzó en 1964. ¡Toma patada al Babylon System!

Desde luego a Beyoncé le mola el rollo meloso de Cornershop, porque “Bodyguard” se mueve casi milimétricamente por los senderos de aquel himno “Something Makes You Feel Like” susurrado por la dulce alemana Soko, que a su vez es el “Vicious” de Lou Reed sin duda alguna, resultando igual de delicioso. 

“Dolly P” nos conecta directamente con la voz de la diosa Dolly Parton, presentando su canción, la del nombre más interpretado de la historia del country, una “Jolene” que ni siquiera Beyoncé puede superar. En “Daughter” hay que estar preparado, porque como te pille en el metro o en algún lugar público todo el mundo te verá llorar, que es lo que la esposa de Jay Z pretende, aunque diga que es “fría como el agua del Titanic”, bajo una memorable instrumentación, muy alejada de estilos country, ya que a la mitad se marca una canción aria de ópera italiana “Caro Mio Ben” que a cualquier personita, aunque sea votante de Trump, le aseguro le hará cosquillitas. Otra patadita al Sistema. Un “Que se jodan” en toda regla.

Y es que Bey también es una Motomami, convencida del poder que mujeres como ella, Milley Cyrus -precioso el dueto de forajidas “II Most Wanted”, Taylor Swift o Rosalía poseen ante una industria absolutamente rendida a sus pies, por no decir que pueden hacer lo que les salga del pussy. Hay un tema titulado “Flamenco” y en “Oh Louisiana” la voz pitufa fluye en un interludio blues celestial, como aquel glorioso y definitivo “Olé” final que remataba la española en su ya mundial “Bulería”. En realidad, el disco está repleto de referencias musicales introducidos en cada uno de los temas, destacando un endiablado “Ya Ya” creado para bailar sin parar y marcado por “These Boots Are Made For Walkin” de Nancy Sinatra, donde se une a la mitad jugando con el estribillo de “Good Vibrations” de Brian Wilson, demostrando la influencia que han tenido las armonías vocales blancas en la comunidad negra, algo que ya utilizó Janelle Monáe en su grandioso “Dirty Computer”, que abría junto a la voz del más grande creador de armonías de la historia.

Acojona un poco en la agresiva “Spaghettii”, donde disparando deja claro, junto a Linda Martell, primera afroamericana en cantar en el Grand Ole Opry de Nashville -programa radiofónico de música country y más antiguo de Estados Unidos- y el nigeriano Shaboozey, que “Cowboy Carter” no es un disco country, sino un álbum de Beyoncé, donde no se la puede encasillar en un solo género, sino aceptar que los domina prácticamente todos, lo que queda demostrado a lo largo de estos 27 tesoros que ya son nuestros. Como no podría ser de otra manera, el disco termina de la forma más grandiosa posible. Con Beyoncé cubierta por coros Gospel cantando “Amén”. Si viviéramos en la época de los egipcios, Beyoncé sería Cleopatra.

PD. Habrá que esperar a ver con que nos sorprende en el prometido "Act III", que cerrará una trilogía para la historia. No hay que olvidar que todo comenzó con “Lemonade”, donde vimos a Beyoncé rompiendo barreras junto a un bate de beisbol.