Por: Kepa Arbizu.
Literariamente sería muy jugoso escribir que Chester Arthur Burnett, más adelante apodado Howlin' Wolf por su imponente complexión física, vino al mundo un diez de junio de 1910 entonando un prominente aullido, pero la más pura lógica indica que, al igual que cualquier otro niño, inauguró su vida con un estridente llanto. Un lamento que, a su manera, condensaba la incómoda bienvenida que le tenía preparada la existencia, ubicada en uno de esos remotos lugares, llamado White Station y situado a medio camino entre Aberdeen y West Point, en Mississippi, donde nadie se detendría si no fuera estrictamente obligatorio. Poco decoroso presente, ocupando un nuevo esqueje de ese árbol familiar que se secaba al sol en las interminables jornadas trabajando en las plantaciones de algodón, para quien sin embargo acabaría escribiendo un futuro sonoro que, medio siglo después de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976, todavía se sigue conjugando a través de su herencia artística. Un ilustre emplazamiento en la historia que sus primeros versos se enunciaban dramáticos, porque a las miserias económicas se añadían el pronto divorcio de sus padres y la defenestración por parte de su madre, escenario que significaba ser cuidado -que no educado- por su tío abuelo, Will Young, casi tan devoto predicador de la palabra de Dios -a la que acompañaba con sus cantos un todavía “lobezno”- como del látigo blandido por el diablo cotidiano.
No como una revelación musical, sino como una invitación a la supervivencia, su traslado al icónico enclave del Delta de Mississippi sin embargo le acercó, física y artísticamente, a uno de los héroes que allí moraba, Charley Patton, al que observaba deslumbrado durante sus actuaciones y que llegó a convertirse en su mentor. Instrucción en el arte de la guitarra que, dicho de paso nunca llegó a absorber con la maestría de su profesor, no fue tan relevante como contemplar aquella llamativa y fascinante puesta en escena, digna de los más atribulados showmans que pueblan hoy día las tablas. Recogiendo migajas inspiracionales depositadas por la escucha de los discos de Blind Lemon Jefferson, Ma Rainey, Lonnie Johnson o incluso del campestre Jimmie Rodgers, y asido al bastón de mando de otro tutor llamado Rice Miller, más conocido como Sonny Boy Williamson II, en la armónica, aptitudes que tampoco interiorizó a la altura de lo mostrado, sus habilidades se habían desarrollado ya lo suficiente como para emprender camino, cuando sus abnegadas tareas agrícolas se lo permitían, en busca de depositar sus primeras huellas en un circuito de locales de problemática reputación que sin embargo acogían a una cohorte de almas errantes, entre ellos también Robert Lockwood Jr., Robert Johnson o Son House, que sin saberlo estaban construyendo la rutilante biografía de un género musical.
La segunda mitad de la década de los años treinta aguardaba a la descomunal presencia, con casi dos metros de altura y más de 135 kilos, de Howlin' Wolf, apodo sujeto a la habitual ristra de relatos apócrifos que sin embargo no era si no la continuación de otros como "Big Foot Chester" y "Bull Cow", que resaltaba una descomunal fisionomía armada de una guitarra -ya eléctrica- y una armónica, todo puesto al servicio de una virulenta forma de interpretar que decoraba con sus característicos aullidos. Una naturaleza salvaje desplegada incluso lejos de los escenarios, andanzas especialmente escabrosas cuando remiten a una pelea mortal que le hizo desaparecer durante un tiempo. Breve hiato interrumpido por la llamada de otro afluente sangriento, en este caso la declaración de la II Guerra Mundial, a la que fue destinado a través de diferentes emplazamientos, todos ellos alejados de la acción bélica y dedicados a la intendencia. Sin abandonar incluso su vocación musical en plena contienda, cantando para deleite de sus compañeros, el regreso a la vida civil, previo paso por su hogar para continuar sus trabajos en el campo, significó encontrar su propia “manada” sonora, entre la que se encontraban entre otros el armonicista Junior Parker o el furibundo tañer en la guitarra de Willie Johnson, complemento idóneo para una voz que se sentía especialmente cómoda vagando por las estepas musicales más áridas.
El natural destino hacia los estudios de grabación tuvo como canalizador al mítico Sam Phillips, descubridor también de Elvis Presley, quien halló en las hondas hertzianas, cuando intercalaba sus actuaciones con la venta de productos agrícolas en un programa de la KWEM, el talento de un Howlin' Wolf que inauguraba así su trayectoria discográfica. Y lo hacía de forma simultánea, porque dado el estado embrionario de lo que luego sería Sun Records, su función por aquel entonces era abastecer a otros sellos, cosa que hizo con esas primeros canciones, entre las que destacaban "Moanin' at Midnight" - presentada con un estremecedor y telúrico murmuro- o "How Many More Years", distribuyéndolas en paralelo a RPM y Chess Records. Un conflicto de intereses que acabarían con el músico instalado en Chicago y formando parte de la alineación “ajedrecista”, entonando una comunión determinada a reformular el sonido del blues.
Su establecimiento en la “ciudad del viento”, más allá de su valor estratégico y comercial, consolidó una escena entorno a dicho enclave que tutelaba el desarrollo del género, tomando la influencia del primitivo sonido del Delta para electrificarlo y adecuarlo a un contexto urbanita. Cualidades que abanderó Howlin' Wolf, quien pronto encontró en el guitarrista Hubert Sumlin una alianza creativa de magno y extenso resultado. Su aportación intercambiaba la estridencia pasada por un talento que obviaba el lógico encadenado de acordes para focalizarse en uno solo que, repetido machaconamente, sostenía un libre ejercicio solista, convirtiendo el arraigo ancestral en una primitiva renovación. Cualidades que ya se atisbaban en un primer disco, “Moanin' in the Moonlight”, recolección de unas iniciales grabaciones que incluían las exitosas "Evil (Is Going On)" o “Smokestack Lightning" , que reunía a músicos de la talla de Otis Spann o Ike Turner, y es que el gigante intérprete, más allá de su fama de osco, era por encima de todo un ejemplo de profesionalidad y de -algo no tan habitual en aquella época- buen pagador. Características que significaban que su voz no era solo la huracanada presentación de sus canciones, sino también la ley principal que acatar.
Como si una disputa de tintes mafiosos se tratase, el monopolio musical en Chicago se dirimía entre nuestro protagonista y Muddy Waters, una tensión -regada de una relación más amistosa de lo que parecía- que, de paso, servía para espolear todavía más las cualidades de ambos e instaurar todo un escenario global de grandes composiciones. Muchas de ellas, en el caso sobre todo de Howlin' Wolf, eran engendradas por la firma del ex púgil y contrabajista Willy Dixon, autor de confianza para los dos y responsable casi en su totalidad de un homónimo segundo disco que asentaba y entronizaba, gracias a temas como "The Red Rooster","Spoonful" o "Back Door Man”, a un “lobo” que había pasado de cazar en solitario a convertirse en una influencia y referencia esencial. Canciones que no pasaban desapercibidas para bandas emergentes -más adelante canónicas en el rock and roll- que veían en ellas el ingrediente necesario para fertilizar sus carreras.
Fue precisamente gracias a la admiración expresada por los Stones, con los que compartiría plató de televisión en una actuación, o los Yardbirds respecto a su obra lo que amainó las consecuencias de un cambio de ciclo, y el lógico deterioro comercial del blues en detrimento del rock o el pop, producido en los años sesenta. La llamada desde Europa por conocer y disfrutar in situ de quien firmaba algunas de las canciones idolatradas por esas nuevas bandas, le permitió embarcarse en el American Folk Blues Festival y poder recorrer ciudades del viejo continente. Un resurgimiento especialmente bien aprovechado en su caso acudiendo al amparo de la savia nueva, escoltándose de la escena psicodélica del momento en “The Howlin' Wolf Album” (un ejercicio que ya hizo, con mejor resultado, Muddy Waters en “Electric Mud”) o junto a inminentes luminarias como Eric Clapton Steve Winwood,Charlie Watts o Bill Wyman para dar forma a “The London Howlin' Wolf Sessions”. Conexión intergeneracional que no obviaba la necesidad de reivindicar el poder de unas viejas glorias obstinadas en no perder su trono, una defensa de su hegemonía representada en el álbum “The Super Super Blues Band”, confraternización dispuesta junto a Muddy Waters y Bo Diddley, Un tránsito de década, hacia los setenta, que lo hacía con varios infartos y unos castigados y maltrechos riñones pero todavía capaz de publicar discos con material nuevo tan estimables como “The Back Door Wolf”, o incluso realizar una actuación arrebatadora en el International Amphitheatre de Chicago, en la que tuvo que ser reanimado al terminar, escasos meses antes de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976. Un último escenario por el que también pasaron esa misma jornada B.B. King, Albert King,Luther Allison, y O. V. Wright, que sin saberlo habían oficiado un anticipado sepelio por ese gigante aullador.
Howlin' Wolf no fue un brillante instrumentista, ni con la guitarra ni soplando la harmónica, tampoco muchas de sus canciones llevaban su firma, pero posiblemente alguien con la salvaje atracción que era capaz de transmitir no lo necesitaba; él era el necesario e irreproducible epicentro del huracán que representaba su música. Casi dos metros de altura y más de 130 kilos que exhalaban un aullido que, en realidad, nunca dejó de ser la reproducción de aquel primer desconsolado llanto con el que un niño se preguntaba por qué el destino sigue ofreciendo al ser humano lugares y épocas equivocadas donde nacer.


