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Carlos Ares: la senda del peregrino


Sala Oasis, Zaragoza. Sábado 28 de febrero de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

No era mi primera vez frente a "la boca del lobo", pero sí la primera que tenía frente a mí a Carlos Ares y su banda, dispuestos a contagiarme de su energía incontenida para defender unas canciones que ya son más que simples compañeras de viaje. La última parada de su gira por salas llegó hasta la capital aragonesa el último día de este aciago mes de febrero donde parece que el mundo se esté dando la vuelta imponiéndose el sinsentido y la torpeza. También era día de premios cinematográficos, con los Goya en Barcelona y la academia del cine puesta en pie ante la atrevida propuesta de "Los Domingos", pero en Zaragoza, poco después de ponerse el sol (lo de esta hora tan temprana para empezar un concierto me costó llevarlo con tino), un buen número de espíritus inquietos nos acercamos a las puertas de la sala Oasis con intención de acercarnos a la raíz y cambiar desde lo profundo de nuestras entrañas, esas que advertimos en la particular cabaña del músico gallego más reivindicado del momento.

Con instrumentales de sus propios temas de fondo, el ambiente se fue caldeando en la sala antes de la aparición del "combo Ares", porque lo de esta banda no son simples músicos de acompañamiento, es un grupo remando en una misma dirección, haciendo grandes cada una de las canciones contenidas en los dos largos publicados hasta la fecha por Ares. Todos a una. Siete músicos en el escenario trotando, contagiando optimismo y haciendo que la corriente se transmita hacia el público sin cortafuegos. Directa y a bocajarro. 

Hay mucha planificación en lo que presentan y una buena parte de teatro, podría decirse, porque todo en el espectáculo de poco más de hora y media está medido al milímetro. Diría que hasta los brincos que mantuvieron en todo momento Begut o Marcos Cao en frente del escenario, uno a cada lado de Carlos, estaban medidos, pero consiguieron hacer de esta experiencia algo grande e inaudito. Porque, sin duda, es cierto que en este momento podremos ver a pocos grupos con tanta energía en un escenario. Una energía incontenida junto a un ritmo frenético, sin perder sus mimbres folk, que no dejaba apenas pausas entre canciones. La música por delante, el mensaje intrínseco en las canciones sin necesidad de dar instrucciones, y la fiesta como centro del espectáculo.

El repertorio incluyó prácticamente todas las canciones de los dos discos del gallego. En solo dos años, "Peregrino" y "La Boca del Lobo" han llegado a casi todo el mundo. Su música ha trascendido en tiempo récord y sus canciones forman parte del imaginario de un número nada desdeñable de devotos. Por eso mismo, hay sitio para todas ellas en su setlist. No falta casi nada y tampoco sobra. Veinte canciones que pasan en un suspiro, pero que convencen y muestran una solvencia por encima de toda duda. Algo a lo que ayuda una banda en estado de gracia, destacando no sólo la enérgica presencia de las guitarras acústicas como grandes protagonistas (en casi todo momento sostenidas entre Marcos Cao, Begut y Mikaela Vázquez), sino también a una contundente pegada de la mano de la sección rítmica, con un sublime Christian Delgado a las baquetas y Tony Finu con su preciso y elegante bajo. No obstante, es el trabajo de Sergio Delgado en la sombra, pasando más desapercibido desde el fondo del escenario, el que viste la base de las canciones con sus atmósferas y texturas gracias a un acertado paquete de overdubs (que aunque no lo parezca hay unos cuantos) y el aporte de los sintetizadores.

"Días de perros" puso a todo el mundo en alerta. Cantando desde la primera estrofa. Entregados y apasionados, aunque no más que Carlos y su banda, que no pararon quietos en ningún momento. "Aquí todavía" mostró la fuerza de un repertorio con un pie en la tradición y otro en la exquisita modernidad. Sin rechinar ni por un momento, ni siquiera cuando agitaron esos enormes cencerros con los que vistieron el inicio de "La Boca del Lobo". El público parecía no querer concederse ni un respiro, por eso obligaron a la banda a retomar el final de esta canción antes de agitarnos con la más áspera "Lenguas Calvas". La particular reivindicación de su singular tierra llegó con "Autóctono", complementada con la electrónica campestre de "Odisea", la única concesión a su pasado previo a la publicación de su debut, cuando Ares andaba más centrado en su faceta de productor antes de que explotase todo su potencial.

La zaragozana Beatriz Gutiérrez "Begut" tuvo un papel protagonista casi durante toda la noche aportando bases acústicas, además de saltos de altura y matices con sus coros en cada tema, pero en "Un beso del sol" demostró todo su torrente vocal entonando, como ocurre en el disco, su segunda parte, antes de que Ares se enredase en los pasajes más eléctricos de "Con un solo dedo" o "Ultimátum", donde arrancó con un enérgico solo, constatando que no solo de folk se nutre el sueño de este gran artista. En "Cigarra" todo el grupo jugó con la deceleración del tema, como queriendo descomponerlo y dejarlo flotar, hasta que entró la más cortante y afilada "Amigo", un portento con un pie en la electricidad de los setenta y otro en la psicodelia contenida.

No fue la primera vez ni será la última que se atrevieron con el estribillo de "Pájaros de Barro", del mismísimo Manolo García, para abrir su particular homenaje a estos versos bajo el nombre de "Materia Prestada". Una canción que hizo levantar los brazos a todo el mundo, algo que se convirtió en una empresa titánica teniendo en cuenta el poco espacio libre que quedaba en una abarrotada sala Oasis.

La parte acústica de la velada desmereció, en parte, por las voces de muchos de los presentes mientras Carlos intentaba imponerse con el intimismo de "Terrícola". Una de sus canciones más sentidas y emocionantes, aunque resultó complicado sacarle todo su jugo en las condiciones algo menos apropiadas para esto que presentan las salas con un aforo que supera lo establecido. El público viene a escuchar, sí, pero en los momentos íntimos sigue resultando difícil callar más de una boca, lo que nos dejó con ganas de volver a escuchar todo el potencial de esta canción en la intimidad de nuestro hogar. Mucho mejor a solas. Con la instrumental "Mineral", el resto del grupo retomó el escenario ocupando los puestos alrededor del líder de esta particular empresa, en una apretada línea frontal, aprovechando además para intercambiar instrumentos entre ellos y arremeter "Collar" con bastante más cuerpo que en su versión original.

Intuíamos que esta peculiar fiesta estaba en su recta final, pero hasta este momento todo había sucedido muy deprisa y ni siquiera Carlos nos había dedicado unas palabras de agradecimiento a los presentes. Éste fue el momento. Aprovechó para despedir su gira de salas y agradecer a todos los que la habían hecho posible. A su equipo, sus músicos, todos los que han creído en él y, sobre todo, a su público, el que le hace sentir cada noche un privilegiado. El resto vino de la mano de una de las canciones más fascinantes que he podido escuchar en mucho tiempo, la infalible "Importante", que sonó estratosférica, seguida de "Velocidad", con su ritmo adictivo desde la contención, y la épica que desprende "Rocíos".

Sin bises, que para eso se trata todo esto de un espectáculo bien calculado donde las canciones describen un viaje lírico y estético en sí mismas, fue el turno de la autobiográfica "Peregrino", un tema redondo, sin fisuras y absolutamente revelador. El público se aferró a su estribillo para alargarla más de la cuenta y la banda respondió con una entrega de leyenda, aunque todavía quedaba cuerda para elevarnos más si cabe con el sucio riff de "Páramo" y su referencial letra que vino de la mano de una grata sorpresa para poner la guinda a este trance coral. El rapero Kase O. apareció en el escenario y se marcó una improvisación que casó a la perfección con esa forma de encarar las estrofas por tantas veces casi recitadas por el propio Carlos Ares, y que aquí se transformaron gracias al verso preciso del músico del barrio de la Jota. Una despedida por todo lo alto, con Kase O. en el escenario, los músicos pletóricos y el propio Carlos enormemente agradecido y visiblemente emocionado, quizá por ver todos los frutos que está recogiendo de esta gira tan gratificante que termina (transformándose ahora en múltiples participaciones en festivales y un madrileño Movistar Arena en el horizonte). Lo que quedó en las tablas de la Oasis fue mágico, una obra efímera pero imperecedera. Más pronto que tarde presumiremos de haber estado ahí. De haber sido testigos del nacimiento y consolidación de un músico tan inclasificable como auténtico, y de unas canciones tan consistentes como pioneras. Entramos en la boca del lobo, pero salimos enteros y renovados, como peregrinos que alcanzaron su meta. Y con ella, la gloria.