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Suede, apoteosis colectiva frente a las adversidades


Sala La Riviera, Madrid. Lunes, 23 de marzo del 2026. 

Texto: Roboomusic
Fotografías: Jorge Bravo Crespo.

Lo de Suede en La Riviera de Madrid es una de esas cosas que se te quedan pegadas para siempre. No fue un concierto perfecto —los problemas vocales de Brett Anderson, derivados de una infección reciente, estaban ahí—, pero sí fue una de esas noches en las que la actitud lo compensa todo. Y cuando el público entra en ese juego, ya no hay vuelta atrás. La noche arrancó fuerte: la banda bajándose de una furgoneta y cruzándose conmigo. Tipos altos, elegantes, con esa presencia de quien lleva décadas en esto sin perder el estilo.

Luego, los teloneros, Swim School, soltando un shoegaze denso y con carácter. Y aquí un detalle que me encantó: Neil Codling estaba en la mesa de mezclas, cantando los temas con total complicidad, disfrutándolo como un fan más. Y ese buen rollo era mutuo: la jovencísima Alice Johnson hizo lo propio durante todo el concierto de Suede, en el mismo sitio, siguiéndolo con la misma entrega. Y entonces, sí. Empieza "Disintegrate". Esa intro electrónica engañosa —de las que me gustan— y de repente, explosión. Luces, escenario mínimo y ellos plantados ahí. No necesitan más. Es crudo, directo. 

El setlist puso bastante énfasis en sus dos últimos discos, "Antidepressants" y "Autofiction", y con razón: excelentes trabajos que demuestran que la banda sigue muy viva. Pero por supuesto no faltaron los clásicos: temas de su debut "Suede", junto a "Coming Up" o "Head Music". También hubo un tramo más calmado, más para fans de fondo, con temas del "Night Thoughts" y "Bloodsports". Solo me dolió una cosa: apenas una canción de mi disco favorito “Dog Man Star”. Pero qué canción. "The Wild Ones". Brett y Richard Oakes solos, en acústico. Y ahí no hubo silencio: el público también la cantó con él, de principio a fin, con una intensidad que ponía la piel de gallina. 

Y el cierre fue otra historia. "Dancing with the Europeans", con Brett ya sin voz, literalmente al límite. Y ahí el público hizo de red: cantando todo, sosteniendo el tema, empujando para que llegara hasta el final. Fue de esos momentos en los que el concierto deja de ser solo de la banda. Detrás de la figura de su cantante, el resto de banda se mostró impecable: Mat Osman juguetón al bajo, Simon Gilbert como un motor sin freno, el infravalorado Neil Codling —clave con sus arreglos puntuales pero gigantes, elevando los temas sin hacer ruido—, y un Richard Oakes totalmente metido, variando guitarras constantemente, pasando de texturas limpias a capas más densas y psicodélicas con una naturalidad brutal. 

He visto a Suede en mejor forma —Tomavistas 2022, sin ir más lejos—, con mejor voz y un setlist más a mi gusto. Pero esto fue otra cosa. Ver a un cantante hacer el show que le toca, lanzando y liándose con el cable del micro, saltando, bajando y mezclado con el público, bailando con todas sus ganas y sobre todo, pelear contra su propia voz y ganar el concierto a base de actitud… con el público empujando cada segundo, es algo que se queda. Los volveré a ver si vienen, porque Suede no me cansan nunca.