Por: Javier Capapé.
Enrique Bunbury continúa en búsqueda. Es incansable y su obra se está convirtiendo en el perfecto manual del renovado artista del renacimiento en pleno siglo XXI. No hace falta esperar al futuro para saber que con sus discos podremos hacer un estudio de la evolución de la música popular desde el rock fronterizo a la raíz latina pasando por el puntual enfoque electrónico, el rock contemporáneo y la redefinición del cabaret. En la paleta cromática del aragonés errante cabe esto y mucho más. Y precisamente ahora se encuentra sumido en la actualización de la música popular del continente americano bajo la influencia hispana. Con su anterior LP "Cuentas Pendientes" inició esta labor de exploración rodeándose de curtidos músicos latinoamericanos, y tan solo doce meses después vuelve a dejarnos un cancionero en una línea continuista, aunque con ciertos matices distintivos. De hecho, estas diez canciones se grabaron en el mismo estudio del Desierto de los Leones poco antes del lanzamiento de "Cuentas Pendientes" y es algo que se nota, porque comparten ese mismo aura.
La intención en este "De un siglo anterior" es continuar con la exploración de la latinidad con otros géneros, para lo que ha contado con el mismo equipo que en su anterior disco, con el que podemos afirmar que forma un tandem inseparable desde su concepción. Vuelve a tener a su derecha a Ramón Gacías, con el que comparte producción, además de Jorge Rebenaque, Luri Molina, Sebastián Aracena y Johnny Molina. Los mismos músicos que le condujeron por los mejores rincones de folclore hispanoamericano. Quizá la principal diferencia que tiene con respecto al tantas veces mentado hermano mayor sea que en este último trata de acercar más la esencia del folclore a la música más fronteriza, optando por una mayor presencia de guitarras eléctricas bien empastadas con las españolas, la percusión latina y el contrabajo, creando así un híbrido de tintes rock pero sin perder su conexión con la raíz. Esto es algo que se ejemplifica a la perfección en la canción que abre el lote. "Creer que se puede creer" nos lleva, como tantas otras veces en su carrera, a México, a la frontera. Las guitarras eléctricas funden el espíritu del disco anterior con sus clásicos del rock y pone de manifiesto a las claras las intenciones de esta nueva colección.
"Un brindis al sol" porta algo de psicodelia con la presencia de los sintes y el slide. Pone un pie más en el blues o el rock de base, pero con cierta contención. La que fuera el primer adelanto, "La Voz", se apoya en poco más que el timbre vocal de nuestro protagonista junto con un contrabajo que le confiere serenidad y consigue emparentarla con obras tan trascendentes como aquel "Lágrimas Negras" de Bebo Valdés y el Cigala. Bunbury nos adelantaba en la nota de prensa de este lanzamiento que quería crear algo conducido por la vulnerabilidad de la voz y lo cierto es que el single comentado es la mejor muestra de ello.
Los adelantos de este "siglo anterior" terminan con la más ligera "La próxima vez no habrá próxima vez", una especie de baile de fin de curso añejo que mezcla México y Cuba con un gran resultado. Tras ésta nos queda más espacio para sorprendernos entre coordenadas muy similares, pero que consiguen que apenas perdamos el interés. Así, la canción titular es puro son cubano y "En el arcén" escuchamos también aires de tango, contando además con un solo de guitarra castizo. "La Cima" es una chacarera en la que destaca su fantástico estribillo de armonías elegantes. Estos terrenos, junto con "Zamba para olvidar", que también nos sumerge en los aires del Cono Sur con el uso del bombo legüero, ya han sido explorados anteriormente por este artista, pero no por ello dejan de interesar a los seguidores que buscan en Bunbury a ese atrevido explorador de los ritmos más populares.
"Peor que como estamos, es difícil ya que estemos" es otro corrido marca de la casa, muy western, que nos retrotrae hasta la segunda parte de "Flamingos", donde Bunbury ya coqueteaba con esta música de frontera, valiente y criolla. De todo el disco quizá sea el momento en el que más suelto o cómodo vemos al zaragozano, destilando una interpretación con músculo muy convincente.
En "Un par de acordes, una mentira y la redención" predomina esa levedad cercana al jazz que le confiere también el estupendo contrabajo de Luri Molina. Es una de esas canciones que tan bien se le dan para cerrar sus discos. En este caso una tonada circense que nos lleva hasta los aires del Huracán Ambulante, pero donde la guitarra clásica del maestro Aracena y el acordeón del “reverendo” Rebenaque son los que la aderezan con gran gusto. En una canción como ésta encontramos la justificación que le lleva a volver a reunir a varios de los músicos del Huracán Ambulante, como ya hiciera en su última gira, con los Santos Inocentes, en lo que se ha convertido en una especie de banda-puente que une los dos mundos de Bunbury en ese "Nuevas Mutaciones Tour". Un título sugerente para una gira en la que se esperan nuevos trajes para sus clásicos así como grandes momentos conducidos por esa manera tan genuina que tiene para actualizar los ritmos clásicos latinoamericanos. Con ella volverá a recorrer el continente americano además de cerrar con tres fechas en España y confirmaremos el estado de gracia en el que vive el músico. En plena forma a pesar de encontrar cierta calma en sus nuevas composiciones. La calma que aporta la experiencia, pero que para nada le sume en un letargo acomodaticio. Todo lo contrario. Es más bien la constatación de encontrarnos ante un artista en plena libertad creativa. Entregado únicamente a sus impulsos y necesidades.
Podrá haber estado algo menos fino con este largo, o quizá haya exprimido en exceso la fórmula que le funcionó para el anterior (es cierto que no consigue captar tanto nuestra atención por repetir algunos modos), pero no podemos negar que de talento va sobrado, así como de inquietud. Cierto es que con "De un siglo anterior" ha conseguido retroceder a la sonoridad de aquel siglo, al sabor añejo que alumbraba la fusión entre la canción popular y el rock, pero a la vez posee esa fuerza propia de este siglo XXI en el que bien se asienta. Con paso firme, decidido y, como siempre, seguro de sí mismo y dispuesto a subir otro peldaño de esa empinada escalera que conduce a la gloria para ese elenco de artistas imprescindibles y eternos de los que hace tiempo forma parte por méritos propios.
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