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Viva Suecia sangra, pero no duele


Pabellón Príncipe Felipe, Zaragoza. Viernes 20 de marzo de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

La palabra sería apabullante. Así es el show de la gira más reciente de los únicos murcianos que vienen del norte. O al menos con esa sensación me quedé flotando tras su impactante directo. Principalmente llamativo por su imagen y dimensiones. Sin duda, es algo colosal, que impresiona en cada nueva visual que puebla su ingeniosa escenografía y te deja exhausto. Pero todo eso está lejos, muy lejos, de las canciones. Porque el concierto debería girar en torno a esas canciones y no al revés, con sus impactantes efectos como desencadenante de las mismas en lugar de ser ellas las que lleven el timón. Y esto es algo que lamentablemente ocurre en algunos momentos. Nos parece que estemos viendo un poderoso documento visual en pantalla Imax. Que sí, que suenan poderosos y precisos, pero todo está demasiado calculado y al servicio del espectáculo global más que de sus proclamas.

No es que quiera que los cuatro músicos que montaron esta magnífica banda hace ya más de diez años vuelvan al semi anonimato. Nada más lejos de la realidad. Todos sabemos que la aspiración de cualquier músico es el éxito o el reconocimiento de un público masivo, y eso nunca querré que lo pierdan, pero sí que sus canciones vuelvan a dominarlo todo, como cuando quedé atrapado la primera vez que los escuché en directo presentando el necesario "Otros principios fundamentales". Entonces fue solo su música, sus poderosas guitarras, su base rítmica musculosa y su actitud, lo que se clavó en mí hasta quedar dolorosamente enganchado a su influjo. No es que de eso quede poco, pero ahora hay demasiado envoltorio.

El primer día de la presente primavera no era precisamente un tiempo de paz, pero ellos se empeñaron en conseguir que todos dejáramos fuera nuestras preocupaciones y los múltiples sinsentidos que nos rodean para abrirnos las puertas de su casa. Porque nos recibieron como si ese gran escenario con varios niveles fuera eso mismo, su hogar. Y es que cada pabellón que están recorriendo lo hacen suyo. Desde los primeros toques de sintetizador con los que abren "Dolor y Gloria" todo el público explotó en una comunión pagana donde ni un alma dejó de cantar cada frase de la misma, al igual que ocurrió con todas y cada una de las canciones que sonaron de sus dos últimos discos, los que los han acercado a esa masa que los abraza sin remisión.

Uno de los momentos más intensos llegó pronto. Tras la más insulsa "La Orilla" fue el turno de uno de sus emblemas primigenios. "A dónde ir" sonó a clásico necesario para aquellos que amamos sus contundentes guitarras y su densa distorsión, aunque a otros les sonara extraña esa frase lapidaria que, aunque lo parezca, no iba dedicada a algunos espectadores como yo. Aunque sí, para el que esto escribe, ese "hay más enemigos en la piel de los testigos que entre aquellos que juraban contra ti" dolió un poco.

Doce años viviendo a Zaragoza. De la Sala López al Príncipe Felipe. Como Rafa Val dijo antes de "Lo siento", siempre han estado verdaderamente agradecidos por la respuesta de su público aquí, que se sintió tan interpelado con "Fuimos felices aquí" como con la esperanzadora "Deja encendida una luz", en la que estalló la primera explosión de confetis de la noche.

En estos momentos Viva Suecia podría colarse en el menú de Ikea. Basta con comprobar lo variopinto de su público, más cerca de la clase media acomodada que de los inconformistas de manual, nada que ver con aquellos que llenaban años atrás la sala Oasis. Sin embargo, tuvieron momentos para exigir al respetable cierta atención más allá de lo previsible. Así se marcaron una contundente "Bien por ti" o la excelsa "Permiso o Perdón", con la que no hicieron concesiones y se ensombrecieron hasta sus tiempos pretéritos, aunque muchos de los presentes no llegaran a entenderla. Eso sí, en ella nos descolocó la presencia de vientos para dar contundencia, por encima de las guitarras de siempre, algo que ocurrió en muchas otras canciones de la noche, como queriendo emular a una nueva versión de la E Street Band. Pero ni Viva Suecia tienen la presencia política y cultural del "Boss" ni su sección de vientos cuenta con un Clemons en sus filas. Son más bien la cara pop de unos Coldplay patrios "perdiendo fuerza entre los dientes". A pesar de eso, "Algunos tenemos fe" acertó con su vestimenta renovada, mucho más negra y con una interesante presencia de la percusión y los coros, además de los vientos. Por su parte, "La voz del presidente", una de las mejores canciones de su cosecha post pandémica, también se benefició de estos interesantes arreglos.

En "Los Afortunados" admitieron que el título de su último disco no casaba con estos tiempos, pero que ellos habían escrito estas canciones desde una posición cercana a esa paz que reivindica el mismo, y como grandes afortunados por lo que su pasión les está regalando, encararon con gran presencia ésta, así como la más vitalista "Querer" o la oportuna "Justo cuando el mundo apriete". Carmen Hoonine, la artista que les acompaña en guitarra y coros desde su gira anterior, se encargó de dar la réplica a Rafa Val en "Tú y yo contra los demás", tal y como ocurre en el disco, y consiguió convencernos plenamente gracias a poder sentir cómo disfrutaba delante de ese entregado público. De la misma manera, con un derroche pasional por parte de banda y público, acometieron "Sangre", aunque para los más nostálgicos, la cumbre llegó al brindar un acertado guiño a esta tierra con "Apuesta por el R'n'R" como intro, antes de afrontar una remozada "El Mal".

"Melancolía" bajó el tono de la velada y reforzó el papel de las coristas de la banda, aunque cuando la presencia de todo el conjunto se dejó notar de veras fue en la más suave "Hablar de Nada" (de nuevo con Hoonine haciendo esta vez las veces de Valeria Castro), en la desprejuiciada "Una Bandera que nos sirva a los dos" y, muy especialmente, en esa instrumental pseudo funky que precedió "El Bien", sirviendo a la par de presentación del numeroso grupo de músicos que acompañan a los cuatro miembros originales de Viva Suecia. "El Rey Desnudo" y "No hemos aprendido Nada" rugieron con mucha fuerza, demostrando la máquina tan bien engrasada que son ahora estos suecos, una máquina que además sabe encajar a la perfección mensaje con efectismo escénico, pues las grandes pantallas sirvieron en estos momentos en particular de irremediable gancho. 

Acorde con estos tiempos en los que cada vez encontramos menos teatro a la hora de buscar los bises en los conciertos, el grupo prescindió de ellos y se lanzó a la recta final de la velada con dos de sus mejores armas. "Lo que te mereces" siguió sonando tan certera como siempre, directa a la yugular (aunque aquí chirriaban algo sus visuales más coloristas), pero sin duda alcanzamos el éxtasis con "Amar el conflicto (Todo lo que importa)", en la que Rafa cantó entre el público y volvió a hacer nuestra esa gran verdad que nos sigue instando a buscar todo lo que importa en el aire. Todo está ahí y ellos han conseguido agarrarlo al vuelo y hacerlo grande. Sin destacar especialmente ninguno además de su frontman, pero gozando todos de este momento de gloria. Finalmente, se despidieron con más explosiones de camaradería colectiva, asegurando que ésta había sido la cita más increíble de todas en esta ciudad (es fácil decirlo cuando tienes casi nueve mil personas a tus pies). Quizá no fuera la más auténtica (eso no se atrevieron a afirmarlo), pero sí la más efectiva y efectista. Gentes de toda índole se dieron la mano, porque Viva Suecia ha llegado hasta ese pantanoso terreno en el que conviven el indie de manual junto al yupi más desprejuiciado que se deja ver en este tipo de grandes eventos tan fácilmente como en la "Champions Burger", al que le importa más el continente que el contenido. Eso es lo que me molesta del ascenso hasta los cielos de Viva Suecia, que sigue sin terminar de encajarme, como no me encaja tampoco esa insulsa "Mala prensa" que despidió la noche, ajena a lo que estaba sucediendo afuera. Ligera y por momentos vacía.

Si el futuro de esta banda pierde sus cimientos que se asentaban en esas potentes descargas distorsionadas y opacas de sus primeros álbumes, estaremos hablando de algo muy grande, pero más vacío, con menos verdad entre tanta luz. Hace unos años nos hacían pensar en otros principios fundamentales, pero se han diluido, nos decían que amaban el conflicto cuando ahora parecen sentirse cómodamente en paz, y a pesar de obrarse el milagro para los murcianos (ese que andaban buscando cuando lanzaron el que se convirtió en su disco más atrevido hasta la fecha) nos dejan cierto sabor agridulce. Un directo incontestable, por supuesto que sí. Con el efecto grandilocuente y gozoso similar al que nos deja una jornada vivida a todo gas en un gran parque temático, pero servido en bandeja fría e impersonal. Esperemos que su particular ruta hacia el Norte no termine de ocultarse entre tanta luz.