Por: Begoña Serralvo Titos.
Hay discos que parecen escritos contra el ruido del mundo y otros que directamente lo absorben, lo metabolizan y lo devuelven convertido en una tormenta emocional. "In Times of Dragons", el nuevo trabajo de Tori Amos, pertenece inequívocamente a la segunda categoría: un álbum excesivo, barroco y atravesado por la sensación de vivir una época moralmente exhausta.
No es casual que Amos recurra a la figura del dragón como eje simbólico. El monstruo aquí no remite tanto a la fantasía medieval como a una forma contemporánea del poder: voraz, narcisista y destructiva. La compositora estadounidense lleva décadas escribiendo canciones como quien abre grietas en el discurso dominante, pero pocas veces había sonado tan frontalmente desencantada. Incluso cuando el piano acaricia melodías luminosas, siempre aparece una sombra al fondo de la habitación.
Musicalmente, el disco dialoga con varias etapas de su trayectoria. Hay ecos de la intensidad confesional de "Little Earthquakes", de la teatralidad casi litúrgica de "Boys for Pele" y del impulso narrativo de "Scarlet’s Walk". Pero lo interesante es que Amos no parece interesada en la nostalgia. Más bien utiliza esos códigos para hablar desde otro lugar: el de quien contempla el derrumbe sin renunciar del todo a la belleza.
Las canciones se despliegan como pequeños relatos de resistencia íntima. “Shush” emerge con una tensión soterrada que recuerda a sus composiciones más inquietantes, mientras “Provincetown” introduce una melancolía crepuscular que termina convirtiéndose en una de las piezas más logradas del conjunto. Amos canta desde registros más graves, menos cristalinos que en los noventa, pero quizá por eso mismo más humanos. Ya no busca la perfección expresiva; busca la verdad emocional.
El principal problema del álbum es, paradójicamente, el mismo que lo hace fascinante: su ambición desmedida. Con una duración generosa y una densidad conceptual constante, In Times of Dragons puede resultar agotador. Algunas letras subrayan, con acierto pero intensamente, sus intenciones políticas y el simbolismo termina rozando lo enfático. Pero incluso en esos momentos hay algo admirable en la negativa de Amos a simplificarse, a reducir su discurso a consignas fácilmente consumibles.
En tiempos donde gran parte del pop parece diseñado para desaparecer a la velocidad del algoritmo, Tori Amos insiste en construir obras incómodas, llenas de pliegues, contradicciones y zonas oscuras. Y quizá esa sea hoy una forma de radicalidad y belleza.
