Squid: “Bright Green Field”



Por: Skar P.D.

La distopía reinante está pasando factura a la escena británica o al menos eso parece. En realidad la distopia británica no es producto de la pandemia, viene de antes, desde que decidieron dispararse un tiro al pie con eso que se llama Brexit; desde que decidieron andar cojeando pero que, al menos, el único pie sano lo movieran ellos a su antojo. La pandemia en realidad lo que ha hecho ha sido mostrarles que la carretera está llena de baches. La denuncia ya no viene de los barrios obreros que es desde donde el rock ha levantado la voz desde sus inicios. Ahora la denuncia es más intelectual y en vez de rock se llama post punk. Que ya se sabe, todo aquello que suene experimental, que reniegue de los tres minutos suficientes para hacer una buena y directa canción, y que suene agónico, chirriante y se olvide de melodías candorosas se le llama post punk y se apaña. El post punk actual sigue siendo intelectual y, además, millenial. No reniega de los barrios pero los gentrifica. Son capaces de admitir las influencias de obras literarias como "The Wind in the Willows", pero eso ya lo hicieron Pink Floyd.

Squid es una banda experimental, muy influenciada por el math rock y que anda emparentada con colegas de generación como Fontaines D.C., Black County, New Road, Black Midi o Protomartyr, y después de un par de EPs y algunos singles, son la nueva sensación británica, pero eso, lo de la nueva sensación, tampoco es revolucionario, ocurre con cierta asiduidad.  Que además su debut en la larga duración, "Bright Green Field", coincidiera en su gestación con la firma en el sello Warp, casi dedicado en exclusiva a la música electrónica y experimental, no hace sino reafirmar los parámetros de intelectualidad que adornan en una primera impresión todo el entorno por el que se mueve el quinteto de Brighton: “Eso es lo que nos atrajo de ellos. Queríamos un hogar donde pudiéramos experimentar, según los deseos de nuestro corazón" dice Laurie Nankivell (bajo, vientos).  Y en la producción, Dan Carey que parece el soporte en la sombra, o no tanto, de todo este movimiento.

"Resolutión Square" es la corta e instrumental pista que abre el disco y, extravagancias al margen, parece la carta de presentación que enfatiza el sentido de la experimentación propuesto. "Suena como los coches que pasan zumbando en el paso elevado, pero todo está hecho con sonidos de la naturaleza. Así que está jugando con ese tira y afloja entre los espacios rurales y urbanos", Ollie Judge (voz, batería). Sin solución de continuidad suena "GSK", que pareciera incidir en el universo inquietante de las secuelas del coronavirus a través de las compañías farmacéuticas ("mosquiteras, cubren los edificios"). GSK son las iniciales de GlaxoSmithKline una compañía de investigación bioquímica...también de vacunas. Las letras de Ollie Judge no rehúyen la confrontación precisamente.

"Narrator", primer single del álbum dura ocho minutos nada menos, ocho minutos de guitarras a caballo entre el punk, el funk y de sonidos sintetizados. O sea que el concepto de single radio-edit no está presente en su concepción. El influjo del David Byrne más esquizofrénico parece revolotear en esta historia de vindicación femenina narrada a dúo con Martha Skye Murphy (Nick Cave), alternando la histérica voz del batería con la suavidad aparente de la voz femenina y que pelea por ser escuchada hasta que sus gritos desgarradores explotan en un final de sonoridades terroríficas.

"Boy Racers" responde a estructuras deudores del math rock con las guitarras de Louis Borlase y Anton Pearson que suenan a contrapelo una de otra hasta que el noise se adueña de la segunda parte del tema y sirve como introducción a los ritmos galopantes de "Padding", el segundo single, y su emparentamiento con los sonidos que King Gizzard desarrolló en "Nonagon Infinity".

"Documentary Filmmaker" pone de relieve la sutileza de los metales presentes en todo el disco, quizás en un segundo plano, pero no por ello casi invisiblemente presentes en los momentos de tranquilidad, más aparente que real, pero presentes en los rincones más insospechados. Como la engañosa "2010", que explota las contradicciones sónicas, si es que se puede hablar de contradicciones en un tema que desde la inicial tranquilidad te va arrastrando al caos sonoro que se intuye pero que no acaba de explotar. Los destellos jazzísticos se apoderan del interludio de poco más de un minuto que es lo que es "The Flyover", y que funciona a modo de respiro. 

La visión apocalíptica que la escritora Anna Kavan reflejó en su libro "Ice" es la base inspiradora para "Peel St". "¿Dónde estabas cuando apareció el hielo?"  No, no va de calentamiento global, va de supervivencia ante un futuro que se presenta aterrador, y la estructura de la canción, por momentos relajada y por momentos acelerada, no da descanso.

Como una mezcla entre King Crimson y Miles Davies en "Sketches of Spain" suena "Global Groove", con una guitarra que suena herida respaldando las armonías de los vientos que, aunque no de forma explícita, vuelven a demostrar la importancia que tienen en la concepción del disco. Lewis Evans de Black Country, New Road y la multinstrumentista Emma-Jean Thackeray aportan calidad en sus intervenciones, sin duda.

La propaganda buzoneada y la rebeldía ante ella es lo que se refleja en "Pamphlets" y en la letra de Ollie Judge, que la canta, o grita para ser más exactos, en una composición frenética y por momentos danzarina, cosa que no resulta extraña a lo largo de este disco y que descansa sobre los teclados de Arthur Leadbetter que construyen un lecho armónico aunque claustrofóbico e inquietante.

"Bright Green Field" está construido sobre una innegable base de competencia instrumental y está producido de una manera que contribuye claramente a resaltar las habilidades del quinteto formado en la universidad de Brighton. Es un disco que muestra el componente evolutivo de una banda en la que el carácter experimental juega un papel decisivo en el desarrollo de las canciones, complejas en su intención, muy al estilo de bandas como Battles, pero efectivas en unas confluencias rítmicas vibrantes y emparentadas con los patrones del krautrock a los que Talking Heads les añadió colorido. Que haya sido bendecido por la crítica no tiene por qué resultarle particularmente beneficioso, pero es un disco que indudablemente crece con las escuchas y al que la precisión en su ejecución, sonando todo exactamente donde debe sonar, le dota de un atractivo especial. No ocurre esto habitualmente y tampoco es habitual que la distopía se transforme en utopía, y esto juega a favor de la propuesta ofrecida por Squid.