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Morrissey, la luz de una estrella que nunca se apagará


Movistar Arena, Madrid. Miércoles 29 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Luis Beltrán y Estefanía Romero. 

Morrissey apareció con la camisa entreabierta y un ramillete de flores colgado en la cintura sobre el escenario con diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Lo hizo moviéndose entre la seguridad y una cierta arrogancia irónica, encabezando un pequeño séquito que completaban los miembros de banda que le acompaña. Se acercó al micro con paso firme y decidido, tirando de histrionismo para saludar al respetable con un “Madrid, Madrid, Madrid”, donde las erres se alargaban deliberadamente en un ejercicio cargado de flema británica marca de la casa, para a continuación dar paso a una enérgica interpretación de “Billy Bud” con la que abriría una noche que se fue tornando sobresaliente con el paso de los minutos.

Aunque verdaderamente la velada había comenzado mucho antes, justo en el momento en que la música ambiental arrancó y fue secundada por un vídeo que siempre es toda una declaración de intenciones, puesto que las canciones e imágenes de los referentes vitales del vocalista de Mánchester invitan a perderse en un viaje iniciático hacia el “universo Morrissey”, propio de un hijo de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Inevitables fueron las paradas en Ramones, The Runaways, David Bowie, Iggy Pop y New York Dolls, complementados en esta ocasión por la aparición en pantalla de una banda “más moderna” como Interpol, en una tónica que se iría repitiendo con el pasar de las canciones, donde los rostros de Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o Briggite Bardot también tendrían cabida en una actuación en la que las canciones son la excusa perfecta para hacer un recorrido sentimental por los ídolos juveniles de Mozz

Continuó con una doble mirada a “The Ringleader of the Tormentors” parando en las impetuosas “I Just Want to see the boy Happy” y “The Youngest was the most loved”, lastradas por un sonido que por momentos, sobre todo en los primeros compases del bolo, pareció demasiado escaso para un recinto como el pabellón madrileño que presentaba un aforo cercano a los 7.000 espectadores con una pista en la que los huecos eran evidentes, elementos que poco importaron sobre todo por la presencia escénica del mito de inglés, quien se despachó a gusto con una interpretación majestuosa en la que no faltaron su habituales quiebros vocales, secundado siempre por una banda que sin estridencias ni alardes se bastó para demostrar su prestancia en cada uno de los temas que tocó. 

Tras ello llegó el primer vistazo al pasado más glorioso de su carrera, tirando del repertorio de The Smiths con una emocionante “Shoplifters of the World Unite”, celebrada por el respetable con ganas, sabedores de que con Morrissey el repertorio nunca será del todo complaciente, para qué, no lo necesita, eso se lo deja a las estrellas con pies de barro, enlazada a la perfección con una de sus glorias en solitario, “First of the gang to Die”, con las luces dibujando la bandera italiana y la pantalla dejando en un marco fijo la efigie de las New York Dolls, apelando a los pandilleros y al barrio, a los códigos de honor y a los canallas y delincuentes que nos roban el corazón parapetados tras un estribillo inmejorable lleno de melancolía y orgullo, rematando la jugada con la enorme “A Rush and a Push and the Land is Ours”, composición que abría el que sería el último disco de estudio de The Smiths, “Strangeways here we come”.

Mostró su lado más irónico antes de interpretar “Kerching, Kerching”, donde vino a decir que no “paraba de sonar en las radios”, una clara referencia a su eterna lucha con el FM, donde nunca fue un niño mimado, por suerte desde la independencia y el carácter combatiente de sangre irlandesa que le viene dado por ascendencia su presencia sigue siendo constante, lo quieran o no. Mostrando su grandeza en la oscuridad que desliza “How Soon is Now?”, otro clásico de la banda madre que sonó inmaculado en el recinto capitalino, más si cabe cuando tras ella llegó el turno de la mayúscula “Now my heart is Full”, una pieza dotada de delicadeza y melancolía, donde los guitarrazos de Carmen Vandenverg fueron colosales. 

A partir de aquí llegó la parte más plana del concierto, sobre todo pensando en el espectador medio, atacó “Zoom Zoom Litle Boy”, una poco habitual “Life is a Pigsty”, celebrada por los más fans, la titular de su último trabajo, “Make-up is a lie”, la irónica “Sure Enough, the Telephone Rings” y una habitual en sus visitas a nuestro país como “The Bullfigther Dies”, una proclama contra la tauromaquia que presentó diciendo que sería la próxima canción que nos representaría como país en Eurovisión

Repuntando con una tanda a la altura de muy pocos artistas que comenzó con la poética “I Know It´s Over”, donde bordó su interpretación vocal, rozando los corazones de los presentes que en algunos casos luchaban por no dejar escapar alguna lágrima, sensación que se acrecentó al sonar “Everyday is like Sunday”, sufriendo un pequeño “impass emocional” al acercarnos a “The Monsters of Pig Alley”, la mejor composición de su último disco, mermada en su recepción por el desconocimiento mayoritario del público, porque en sí misma es un temazo emotivo y evocador como los mejores que ha firmado en toda su espléndida trayectoria; suerte que una apabullante “Suedehead” acudió al rescate, complementada por el toque visceral y reivindicativo que siempre encierra “Irish Blood, English Heart”, convertida en una cuestión personal para el bueno de Morrissey, flema británica y sangre orgullosamente irlandesa recorren su alma y venas por lo que solamente él podría firmar este himno de puños cerrados y reivindicación de las glorias perdidas. 

El cierre en falso vino entre los tonos rojizos y el humo que inundó las primeras filas con la densa interpretación de “Jack the Ripper”, tras la cual tanto Mozz como sus lugartenientes abandonaron el escenario brevemente, tónica habitual en esta gira por otra parte, antes de acometer el ya consabido bis no sin antes dar permiso a los miembros de su banda para despedirse del público uno a uno, algo que hicieron Carmen Vandenberg, quien pesé a ser presentada como nacida italiana confesó sentirse emocionada al tocar por primera vez en “la ciudad en la que nació”, y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, antes de  que Steven volviera a pie de micro para despedirse con una lenta, dramática e inspirada versión de “There is a light that never goes Out”, una de las más románticas, dolorosas y bellas canciones de la historia del pop-rock, con la que dio por concluida la velada después de cerrar el ceremonial de sus conciertos con el habitual lanzamiento de su camiseta al público. 

Más de doce años habían pasado desde su anterior visita a la capital, por lo que algunas personas abandonaron el recinto con lágrimas en los ojos y quizás la sensación de que bien podrían haber sido participes de la última visita a Madrid de Morrissey. De ser así, su despedida estaría marcada por su habitual marca personal, donde tienen cabida la crítica y la ironía, grandes dosis de sorna, autoparodia y un dramatismo exacerbado patente en sus letras, profundas y brillantes, a la altura de las de los más grandes, anoche redondeadas por una preciosa interpretación por su parte. 

Morrissey siempre será un divo excéntrico y dotado de manías, pero no es menos cierto que también es un genio y un mito de la cultura europea. Vive alejado de pleitesías comerciales, a ratos enfrentado hasta consigo mismo y en su contra siempre jugará el historial de declaraciones molestas que atesora, solamente a la altura de sus prodigiosos número de cancelaciones. Sin embargo, su actitud y sus canciones sobrevivirán a todos aquellos que le critican, algo que jode a más de uno. Del mismo modo que lo hará el amor incondicional de sus acólitos, quienes tenemos claro que “conocerle es amarle” y que noches como la de ayer bien valen algún que otro desplante por doloroso que sea. 

Sabemos que podría preparar giras con set-list repletos de hits, tocar treinta canciones por noche, elevar su caché y ver multiplicarse el aforo de sus recintos por diez. Ni quiere, ni le interesa. De lo contrario, lo haría. Y en un mundo de poses absurdas, amagos de artistas miméticos y docilidad lucrativa al servicio del algoritmo, él todavía resiste como un francotirador, inspirado y bocazas, estridente y romántico, pero único en su especie, tal y como pudieron comprobar ayer miles de personas en la capital. Desde aquí no nos ponemos de perfil y deseamos larga vida a Morrissey, porque cuando no esté, veremos que somos incapaces de buscar un doble a su altura y entonces seremos conscientes de la pérdida de la última estrella del firmamento rock, aunque mucho nos tenemos que la eternidad le espera y que la suya es una estrella que nunca se apagará.

Jazz à Vienne es otra cosa. Vulfpeck es otra cosa. La comunión era inevitable.


Théâtre antique de Vienne, Isère. Sábado, 11 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Arnau Pamiès. 

La IA dice que Vulfpeck es un grupo de nicho, lo que vendría a significar que lo siguen cuatro gatos, pero muy fieles. Yo estoy claramente metido en ese nicho desde hace una década, con sensaciones encontradas: por un lado el saberme poseedor de un tesoro secreto, por el otro la frustración de no poder compartirlo con nadie. 

La gran duda es: ¿por qué de nicho? Seguramente porque su principal estrella es Joe Dart, uno de los mejores bajistas del momento, y en su repertorio encontramos algún que otro tema con solo de bajo. Para mí es la única explicación posible, ya que por lo demás, es una enorme banda de soul y R&B, disfrutable para cualquiera con un mínimo de sensibilidad musical.

El pasado sábado, día 11 de julio, los del nicho nos encontramos en el Jazz à Vienne. Es un festival pequeño, en una ciudad pequeña al sur de Lyon, y muy alejado de lo que serían los festivales mayoritarios que conocemos por aquí: No hay casi extranjeros, nadie habla durante los conciertos y la gente va porque quiere estar, no porque haya que estar. El recinto principal es un antiguo teatro romano, una pasada, con una gran grada de piedra en la que sentarse y destrozarse el culamen, una putada. La relación entre el festival y el grupo empezó hace dos años, con un primer concierto que fue un exitazo (disponible en YouTube, íntegro y muy bien grabado) y en el que se produjo la magia, así que no era de extrañar que incluyesen la plaza en su minigira europea de 2026, de presentación del disco "Clarity of Cal". Por cierto, este reciente concierto también se grabó para su publicación.

La jornada empezó con la inevitable cola de entrada en el recinto, a las 18:30, en plena canícula (palabra de reciente adquisición pero ya sobradamente odiada). Todo estaba muy bien montado: Colas breves, bien organizadas, personal amable y abundante, agua fría gratuita y remojo constante para el público. Mis dieses. A las 20:30 era el turno del joven trío Ubaq, ganadores del concurso del propio festival, con una mezcla de jazz y post-punk que nos dejó buenos momentos, y otros no tanto, divagando por paisajes sin demasiado interés. 

A continuación le tocaba a The Fearless Flyers, uno de los muchos proyectos paralelos de los miembros de Vulfpeck, en este caso el formado por Joe Dart y Cory Wong, que junto al guitarrista Mark Lettieri y al baterista Nate Smith dieron un recital de virtuosismo instrumental y buen rollo, que es la propia esencia de Vulfpeck. Una hora de lucimiento muy disfrutable y que nos descubrió a un baterista de un talento descomunal.

Y llegaba el motivo por el que todos estábamos allí, una espera que se hizo más llevadera entre competiciones de aviones de papel, aplausos coordinados, intentos fallidos de hacer la ola y cánticos de nicho: 7.500 almas tarareando el solo de bajo de "Dean Town"; piel de gallina. Puntales, a las 23:15, salió la banda liderada como siempre por Jack Stratton, maestro de ceremonias y alma mater del proyecto. Muy a mi pesar el primer sentimiento no fue de alegría, sino de tristeza, pues como ya sabíamos el multiinstrumentista Theo Katzman abandonó el proyecto hace unos meses para centrarse en su carrera en solitario (no está claro si es un adiós definitivo). Su sustituto fue Louis Cato, una bestia que tanto te canta, como te acompaña con la guitarra o te hace un solo de kazoo mientras toca la batería (cosa que vivimos, atónitos). Musicalmente ninguna queja, pero la química con el resto de la banda, como es lógico, no es la misma.

A partir de aquí, a disfrutar. 1 hora 45 minutos de buen rollo, de comunión total y absoluta con el público. Hubo de todo. Lo que es Vulfpeck, lo que sus fans amamos y nos emociona, grandes músicos, grandes voces, grandes temas y gran entretenimiento, concepto este último muy mal visto por aquí, quizás por mal comprendido. Como no soy un crítico profesional, me puedo permitir el lujo de no hablar de setlists, de solos, de riders, de mejores momentos, ni cosas de estas. No tiene mucho sentido explicar lo que pasó allí cuando, espero que en breve, estará el vídeo enterito en YouTube. La cuestión es que todos los presentes nos lo pasamos muy bien cantando, bailando, picando de palmas y emocionándonos cuando tocaba. Lo que vendría a ser un concierto de toda la vida. 

El objetivo de toda esta parrafada no es otro que animar a la gente a que entre en el nicho y me haga compañía, porque les aseguro que aquí dentro se es más feliz. Vulfpeck no cambiará la historia de la música, no lo pretenden. Son "solo" músicos de primer nivel que en vez de poner el foco en su ego o sus ventas, lo ponen en divertirse haciendo música, y que el público se divierta con ellos. Sin más.

ZZ Top, la efectiva vieja receta


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Domingo, 19 de julio de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas que ha mantenido intacta su formación a pesar del transcurso del tiempo ha sido los ZZ Top. Desde 1969, Bill Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard han ido aguantando década tras década juntos y sin cambios hasta el fallecimiento de Dusty en 2021. Y lo que podía -y para algunos debería- haber sido el fin del combo, se encauzó incorporando al puesto de bajista al roadie de la banda, Elwood Francis. Gracias a esta reinvención, la maquinaria del blues rock no ha dejado de girar. Muestra de ello ha sido su reciente paso por nuestro país (con paradas en Pamplona, Barcelona, Madrid y Valencia), donde no quisimos perdernos su cita en el Poble Espanyol de Barcelona, en plena fiebre colectiva por la final del Mundial. Aunque a decir verdad, desde septiembre del año pasado, Frank también se encuentra fuera de la banda recuperándose de sus complicaciones físicas, por lo que en la gira viene siendo sustituido por un joven Michael Monahan, que después de ver el concierto hay que decir que que aporta energía y lozanía al sonido de la banda. Pero, claro está, sin dos de las tres patas del taburete, los actuales ZZ Top son mas bien la banda de Bill Gibbons en solitario, quien se aprovecha de la marca para seguir logrando llenos en sus conciertos.

Con una estética de escenario también rejuvenecida a base de grafitis y skates colgando, el trío tejano saltó a la palestra al son de aullidos de lobos. La descarga eléctrica dio comienzo con "Got Me Under Pressure", un trallazo de brillantina y ultraguitarreo que dejó claro que los años no pesan en los dedos de Billy Gibbons. Sin dar tregua, recurrieron al soul clásico con "I Thank You" (versión de Sam & Dave), encadenada a la perfección con la primera gran dupla de la noche: "Waitin' for the Bus" y "Jesus Just Left Chicago", del legendario disco "Tres Hombres" (1973), donde regalaron esas coreografías sincronizadas tan marca de la casa, desatando la locura en una Barcelona entregada desde comienzos de la velada.

Gibbons, maestro de ceremonias incombustible, se metió al público en el bolsillo con sus constantes efectos de guitarra y saludando en su particular castellano: "Tenemos este grupo en su casa para ustedes", idioma que usó también para presentar a su nuevo escudero al bajo, Elwood Francis, refiriéndose a él como "el gringo peligroso". Nos habría gustado mucho que hubiera tenido algún recuerdo a modo de homenaje al malogrado Dustin y también al convaleciente Frank.

Pero no nos quejemos que el directo de las barbas más famosas del rock cumplió a la perfección, a pesar de que nos colaron alguna que otra voz pregrabada en medio. Con Francis manteniendo el pulso rítmico a lo largo de todo el concierto -comenzó con el mítico bajo de 17 cuerdas- y Gibbons siempre muy entregado, el concierto ofreció lo que se podía esperar: mucho blues poderoso y rock sureño "made in Mississipi". Desde la tralla bluesy de "I'm Bad, I'm Nationwide", a los acordes densos y la voz ronca de Gibbons en "I Gotsta Get Paid", al blues pantanoso de "My Head's in Mississippi" con un grito de "¡Barcelooona!", a una excelsa "Brown Paper Bag" rescatada del repertorio en solitario de Billy y la siempre cañera "Cheap Sunglasses". Hasta que llegó uno de los momentos cumbres del bolo con "Just Got Paid" y su tremendo desarrollo instrumental en el que Gibbons se lució con el tubo slide y las distorsiones de guitarra.

Para el tramo final viajamos de nuevo hacia 1983 de la mano del legendario álbum "Eliminator a través de "Sharp Dressed Man", con sus riffs bailongos y el ya mítico vacile de Gibbons girando su guitarra para mostrar la palabra "Cerveza" pintada en el reverso, y con la épica "Legs" que tocaron con esas tremendas guitarras forradas de piel rosa que son historia viva de la MTV.

Tras cerrar el set, las ovaciones y el regreso de la banda con nuevas chaquetas con lentejuelas, y una vuelta al principio de su historia con el hipnótico blues "Brown Sugar", donde Gibbons intercaló acordes con los cánticos del público. Le siguió el boogie sudoroso "Tube Snake Boogie" y rock and roll implacable de "Thunderbird", a pesar de los amagos falsos de abandonar el escenario. Un final que si que llegó con uno de los acordes más legendarios de la historia del rock. Hablamos de la inmortal "La Grange", que sonó atronadora y que se alargó entre desarrollos instrumentales, bromas y unas burbujas que cayeron en el escenario antes de despedir entre agradecimientos a un banda que nos ha dado muchísimo a lo largo de los años y que se resiste a desaparecer.

Ken Stringfellow + La Fiancée Solitaire: Viaje de ida y vuelta por la resiliencia


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Sábado 18 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

A la intimidad se llega por múltiples caminos, todos ellos válidos si el contexto y las circunstancias requieren dicha meta. La cercanía, la complicidad, la sinergia, son conceptos algo más abstractos y mal definidos en lo que se refiere al ámbito artístico. Tanto una como las otras tienen más que ver con el corazón y el alma más que con los sentidos, aunque el tacto sea algo a lo que no sólo se debería acceder con las manos. Precisamente dichos atributos anatómicos suelen ser los responsables de los sentimientos apuntados. Manos que afinan mástiles, cuerdas que desgranan acordes y teclas que comunican con los dedos. Guitarra, voz, piano… Y el factor humano, tan importante en tiempos de inteligencia artificial e indigencia antinatural. No es poca materia para dejarnos arrastrar por olas de emoción y sorpresa, justo lo que provocó la magia escénica del gran Ken Stringfellow, líder físico y espiritual de una banda de dimensiones míticas como The Posies, adjunto al mando de R.E.M. durante sus grandes giras universales, brazo armado de los seminales Big Star e incluso arteria afluente en algunas de las enormes melodías de unos tardíos Teenage Fanclub. Sin banda de soporte ni aderezos insustanciales, a pulmón quitado y voz en vilo. Un regalo insospechado para otro julio infernal en la tregua justa para el respiro y la sensibilidad.

En la terraza del Ambigú Axerquía, el escenario mínimo se dispuso para que antes la cordobesa María Guerra, o lo que es lo mismo, La Fiancée Solitaire, volviera a subirse a él, otra vez en forma minimalista, y presentara algunas canciones no escuchadas hasta la fecha, al menos por estos lares que son los suyos. Su último media duración presenta credenciales tan interesantes como la producción de Álvaro Tarik y un sonido oscuro y compacto confeccionado básicamente con sintetizadores y cajas de ritmo, algo de lo que se alejó conscientemente en esta ocasión para volver a la esencia (o no, porque el término es tan relativo como el resultado), agarrar la guitarra eléctrica y apresurarse en el esqueleto pop de “Tu camiseta favorita” y las confesiones más o menos personales de “Cuando pienso que vuelves de nuevo al barrio” y “La rosaleda”, antes de culminar con “Los veraneantes”, una de las canciones más bonitas de su vida, un pie de página explícito y acorde con los días que sufrimos. Según los apuntes tomados, su fuente creativa sigue manando con cierta fluidez y a su encarnación sintética puede que le suceda otra más orgánica, lo cual sólo puede ser sinónimo de eclecticismo e inquietud permanente. Un esbozo de lo que será, un preludio de lo que vendría. 

Hace unos días, en una charla más que esclarecedora con Mr. Stringfellow, nos confesaba varias cosas que han tenido una influencia decisiva en su vida durante los últimos años: En primer lugar, el diagnóstico terrible de un cáncer de próstata que paralizó sus giras y virtualmente su carrera (afortunadamente ahora en estado preservado y con cierta esperanza de supervivencia), después la constatación casi definitiva de que su trayectoria al frente de The Posies está finiquitada por las insalvables diferencias con el resto de miembros de la banda, y en conclusión la necesidad de empatía entre los seres humanos como única y verdadera vía de salvación. Por eso la visión dada a los temas dista de venderse con la electricidad implícita al power pop enérgico y a veces rugoso practicado por sus diversos proyectos grupales, y se enfoca en las sombras y la lírica curativa de algunas canciones poco habituales en sus actuaciones en solitario, o al menos cambiantes en apariencia. 

Es cierto que su producción más reciente carece del gancho melódico de antaño, un hecho consciente y meditado, pero a cambio ofrece momentos de encogimiento emocional intensificados por el protagonismo absoluto del piano eléctrico. “Trust” y “If that’s what God wants”, probablemente dos de los ejemplos más evidentes de su estado anímico actual, revisaron parte del repertorio último, a la vez que “Known diamond” y “Reveal love” sirvieron de conmovedora retrospectiva de discos que merecieron mejor suerte en su día, justo lo contrario que la alta consideración generalizada de una maravilla titulada “Amazing grace”, la última gran obra de The Posies, que contenía la brillante “Everybody is a fuckin liar”. En la fase inicial ya había pulsado con la guitarra las virtudes de “Friendship” y “Early morning” algunos temas inminentes, recién grabados y aún en embrión discográfico, junto a preciosidades ajustadas al sonido elemental como “Any love”, “There” o “Tears tumblin”. El poder y las debilidades del hombre frente a las veleidades del amor y sus consecuencias. 

La mutación continuaba con el micrófono situado en mitad de la audiencia, literalmente, con los focos del escenario únicamente como fondo crepuscular y situándolo en un contraluz maravillosamente ligado al contenido de “Ghost me”, las inéditas “Dark side of light” y “Don’t give up so easily” y el capítulo nostálgico nada premeditado de una necesaria “Ballad of El Goodo”, escondida en la producción más secundaria de Big Star, y “Solar sister”, joya recurrente en la reaproximación al catálogo de The Posies. Pequeños apuntes del “Wild horses” stoniano sirvieron de guía para que nadie dejara de saber por dónde van los tiros, y “Find yourself alone” y “You avoid parties”, otro festejo pequeñito de uno de sus más queridos álbumes grupales, a petición del público y con la libertad que le da improvisar cada noche sets de piano y guitarra a placer y conveniencia. Otro lujo que se puede (y nos podemos) permitir sin poner ni un pero a una nueva y peculiar forma de entender las giras.

Decía Ken al final que suele olvidar muchas de las canciones que tiene en mente tocar en cada una de las ciudades que toca y que a última hora decide incluir otras que ni siquiera él mismo consideraba tan importante apenas unos minutos antes. Nada que reprocharle si afronta la vida que le queda, que ojalá sea mucha aún, con el mapa de los momentos esenciales bien marcados en la hoja de ruta. Todos seguiremos aquí, esperando cruzarnos con él y su música, sin esperar nada a cambio salvo unas horas de sinceridad y comprensión mutua.

Belle and Sebastian, el cálido encanto de la melancolía


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Viernes, 17 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Cuando uno bordea esa peligrosa franja de los cincuenta se da cuenta de que algunos de los discos o bandas que descubrió nada más alcanzar la mayoría de edad cumplen ya treinta años. Es el caso de Belle and Sebastian y de su segundo álbum, “If You're Feeling Sinister” (1996), al que están rindiendo homenaje en su actual gira interpretándolo íntegramente. Afortunadamente los hemos tenido por aquí: hace unos días en el BBK Live de Bilbao, el jueves pasado en Las Noches del Botánico de Madrid y, un día después, en el Festival Barts, celebrado en el emblemático recinto del Poble Espanyol de Barcelona. Y eso no es todo, ya que, tras la Ciudad Condal, su paso por Murcia y Valencia ha confirmado la predilección de la banda por nuestras ciudades.

Con la interpretación íntegra del álbum era imposible no transportarse a la adolescencia o a la primera juventud, a aquel momento en el que descubrimos a esta peculiar banda escocesa con nombre de cuento infantil que ofrecía un pop pseudointelectual, delicado y diferente, alejado de las estridencias de muchas bandas de la época para centrarse en lo personal y lo sentimental, donde los arreglos instrumentales y la melancolía dibujaban unas melodías irresistibles. La formación ha sobrevivido a la marcha de algunos de sus miembros fundamentales, como Isobel Campbell o Stuart David, al paso del tiempo y a los cambios en la industria discográfica. Han seguido publicando grandes discos, reinventándose musicalmente y regalándonos unos conciertos a los que no hemos dejado de acudir, sabiendo que terminaríamos con una sonrisa de oreja a oreja.

Lejos de caer en un mero ejercicio de nostalgia, Stuart Murdoch y los suyos demostraron en la cálida noche del pasado viernes 17 de julio que las diez canciones homenajeadas conservan intacta su capacidad para emocionar. Eso fue lo que pudimos sentir desde los primeros compases de "The Stars of Track and Field" o cuando asomó el piano de "Seeing Other People", aunque, a decir verdad, no fue hasta la pegadiza "Me and the Major" cuando el público comenzó a bailar con ganas.

Sobre el escenario, un Stuart ataviado con su característico sombrero, parlanchín y bromista, se atrevió incluso con algunos parlamentos en catalán (se nota que es escocés y tiene esa sensibilidad); un divertido y encorbatado Stevie Jackson demostró que es perfectamente compatible ser un freak y una rock star; mientras que la violinista y multiinstrumentista Sarah Martin desplegó su enorme talento con absoluta discreción. Junto a ellos, hasta seis músicos más abordaron todo tipo de instrumentos: trompeta, batería, teclados, bajo, guitarras, percusiones, flautas, armónicas, melódica...

Con "The Fox in the Snow" llegaron las pantallas las imágenes en las pantallas de un zorro bajo la nieve y un silencio reverencial por parte del público, ante el que Stuart mostró su lado más sensible. Aunque todos esperábamos con ganas la maravillosa "Get Me Away From Here, I'm Dying", una de las grandes canciones de la banda, que fue recibida con enorme entusiasmo, tampoco se quedó atrás "Judy and the Dream of Horses", la pieza que cierra el disco: una oda adolescente con ese impulso y ese sonido de trompeta tan épico que culminó con Stuart enfundándose una máscara de caballo para poner el toque más desenfadado al espectáculo.

Tras ese primer bloque llegó una segunda parte del concierto en la que la banda ofreció una selección de canciones de distintas etapas de su carrera, especialmente centradas en sus primeros años y en la época de comienzos de milenio. Entre tema y tema, Stuart bromeó con las camisetas de algunos asistentes, como una de su ídolo y compatriota Edwyn Collins —del que interpretó un breve fragmento—, una de The Stone Roses o una de Stereolab, que según él, aparece siempre en el mismo lugar en todos sus conciertos. Murdoch ejercía de perfecto maestro de ceremonias con esa habitual mezcla de timidez, humor británico y cercanía que genera una sensación de intimidad que muy pocas bandas consiguen transmitir desde un escenario.

Una vez más, la banda dejó patente su formidable nivel instrumental. Cada músico encuentra su espacio de forma completamente natural, mientras pudimos escuchar a Sarah o a Stevie cantando o aportando armonías vocales. Pero, por encima de todo, siguen maravillando esos sutiles arreglos musicales que ya pueden apreciarse en los discos y que consiguen trasladar al directo con una naturalidad que parece imposible.

Ya en esta segunda parte sonó una de sus mejores canciones de siempre: "Another Sunny Day", con esa melodía pop absolutamente perfecta. Le siguió "Chickfactor", que Stevie cantó y dedicó a su esposa (dedicatoria que Stuart hizo extensiva, poco después, a todas las esposas, incluida la suya), demostrando además sus habilidades con la armónica. Durante "Piazza, New York Catcher", Stuart se sentó en el borde del escenario para, acto seguido, bajar a cantar entre el público. Otra que sonó formidable fue la enérgica "Sukie in the Graveyard".

Y para el desenlace llegó la esperada "The Boy with the Arab Strap", acompañada de la ya tradicional invasión del escenario por parte del público, que bailó entre los músicos mientras Stuart marcaba el ritmo desde los teclados. Eso sí que es una "Casita", y no la de ciertos reguetoneros: aquí no hace falta ser famoso ni guapo; todos tienen cabida, altos y bajos, gordos y delgados, rubios y morenos... Ese es el espíritu de Belle and Sebastian, algo que también se reflejaba en las pantallas, donde iban apareciendo fotografías de sus seguidores al ritmo de la música.

Sin expulsar a los aficionados del escenario, "I Want the World to Stop" puso el punto final al repertorio principal. Como bis llegó la maravillosa "Sleep the Clock Around", dejando, eso sí, muchas otras bellas canciones para una próxima ocasión. Esperemos poder volver a estar allí para tener la oportunidad de escucharlas. 

Festival Cruïlla: Himnos intergeneracionales


Parc del Fòrum, Barcelona. 9, 10 y 11 de julio del 2026. 

Texto: Àlex Guimerà. 
Fotografías: Desi Estévez. 

La edición número 16 del Festival Cruïlla ha confirmado a un evento que nació en Mataró y que se ha consolidado a lo largo de los años como uno de los grandes festivales del Estado, pero que ha sabido diferenciarse con una identidad definida por huir de las etiquetas y cruzar estilos, propuestas y sensibilidades musicales. No en vano, a lo largo de los cuatro días que ha durado la presente edición han desfilado mas de 72.000 asistentes, la mayoría locales, lo que contrasta con el Primavera Sound, festival que atrae a muchos extranjeros. 

Para la ocasión, la jornada inaugural del miércoles ofreció un cartel más destinado al público joven en contraste a la segunda jornada del jueves que estuvo mas enfocada al indie de los noventa, por lo que se llenó de un público más maduro que disfrutó ante unos escenarios del recinto del Forum a los que lleva acudiendo desde hace más de veinte años, ya sea en el Primavera Sound, en el extinto Summer Case o en el propio Cruïlla que ha terminado por ser su festival favorito. Para las jornadas el viernes y el sábado el Cruïlla nos tenía reservados nombres legendarios como David Byrne o Black Crowes que se mezclaron con propuestas como Jovanotti, Two Door Cinema Club, The Hives o los locales Els Pets, La Ludwig Band o Rigoberta Bandini. Por algo los propios organizadores han reconocido a la actual edición como la que ha reunido un mejor cartel. Pero volvamos al jueves, una jornada marcada por las altas temperaturas y por las malditas coincidencias en la programación. 

STANDSTILL (Escenario Estrella)

Apenas abierto el recinto, los primeros asistentes se fueron acumulando ante la banda barcelonesa Standstill que venía a ofrecer las canciones de “Viva la guerra” (2006), un disco que acaba de cumplir los veinte años. Ataviados de negro la formación demostró sus capacidades instrumentales y su cohesión encima del escenario en piezas como “1 2 3 sombra” o “Por qué me llamas a estas horas?”. Guitarras, teclados, redobles de batería, coros y la imponente voz de Enric Montefusco al frente para celebrar la vuelta de una de nuestras grandes bandas de indie rock. Muy aclamada fue “Cuando”, sobre la que Enric comentó que había tenido un gran e inesperado éxito en México, antesala de ese verso “me voy a inventar un plan” de su gran éxito, “Adelante Bonaparte (I)” de su homónimo disco conceptual que cerró deliciosamente un directo que fue programado demasiado pronto pero del que la banda no esperaba tantos asistentes. Por si fuera poco nos anunciaron que tienen un disco grabado que saldrá este otoño y que se titulará “La fábrica” con novela gráfica incluida. 

MISHIMA (Escenario Occident)

La primera aparición en el festival de los también locales Mishima hizo que tuviéramos que renunciar a la potente Maika Makovski, pero la elección mereció la pena. Ya de inicio con la banda tocando una pieza instrumental y el carismático David Caravén abordando los teclados demostró cómo el rodaje de esta banda les ha llevado a tener un sonido compacto y bien definido en esa propuesta tan indie que les diferencia del resto del panorama del pop cantado en catalán. El segundo de a bordo, un Dani Vega poderoso a la guitarra y hábil a la mandolina, remó para que fluyeran clásicos como “Tornaràs a tremolar”, “Guspira, estel o carícia” o “Un lloc que no recordi”, con los fraseos de la grave voz de un simpático Caravén que reconoció entre el público a muchos de los fans que les han seguido desde sus inicios allá por 2003. Fantástica la oda al alcohólico “L´última ressaca” con su desarrollo final y sobre todo la que cerró el set “Tot torna a començar” con ese ritmo tan “Be My Baby” de las Ronnettes. Mishima son unos clásicos del pop catalán y por fin se les hizo justicia con su participación en el festival. 

GARBAGE (Escenario Estrella)

Repitiendo participación, la formación norteamericana sigue atrayendo a sus conciertos gracias a sus dos primeros álbumes, los potentes “Garbage” (1995) y “Version 2.0” (1998), aunque lo primero que escuchamos fue la banda sonora de Twin Peaks con la que los músicos se fueron colocando a sus puestos para comenzar con su último trabajo “Let All That We Imagine Be Light” del año pasado con el pulpo asomando por las pantallas. Sin embargo la cosa arrancó de lleno cuando sonaron las marchosas “I Think I’ m Paranoid” y “Stupid Girl” con una Shirley Manson liderando el cotarro. Guitarras poderosas, ambientes siniestros y pinceladas de electrónica para una banda que también interpetó “Cherry Lips (Go Baby Go)” o una versión de “Lovesong” de The Cure que bordaron bastante, y para la recta final los trallazos de “When I Grow Up”, “Push It” o la memorable “Only Happy When It Rains”. Poderosos y dinámicos. 

SUEDE (Escenario Occident)

Con apenas aliento, y teniendo que renunciar a unos de nuestros favoritos como son Sidonie (mala programación de bandas), acudimos al pie del escenario de unos Suede que repetían su presencia en la ciudad tras su paso en marzo por la sala Razz. Con sus dos formidables últimos álbumes como excusa el show dio comienzo con el post punk de “Disitengrate”, con la letra de la canción transcrita en las pantallas. Astuto truco para intentar que la audiencia conecte con las recientes canciones, cosa que tuvo lugar con la potente “Personality Disorder”, la bailonga “Dancing With The Europeans”o la canción que Brett Anderson dedicó a su madre “She Stills Lead On Me”. 

Pero la hora y cuarto programada se centró sobre todo en el repertorio clásico de la banda, hablamos de sus discos de los noventa “Suede” (1994), “Dog Man Star” (1995), “Comming Up” (1997) y aunque menor “ Head Music” (1999). Fue de este modo como enloquecimos saltando con unas tempranas “Trash” (ojo en poco tiempo pasamos de garbage a trash) , “Animal Nitrate”o “The Drowners”, movimos el esqueleto con “Filmstar” y “ Can't Get Enought” o nos emocionamos con “Everything Will Flow”, aunque quizás sobró la versión acústica de “She’ s In Fashion”. De nuevo Brett Anderson demostró que es una bestia escénica, agitando a la multitud, saltando, bajando entre el público o lanzando el micrófono, si bien, los límites horarios hicieron que no se pudiera regodear bien. Los momentos para las baladas fueron para “Two Of Us” (desgraciadamente la única del “Dog Man Star” que sonó) y la reciente “June Rain” con Brett tumbado en el suelo y lanzando todo el dramatismo ante nuestros ojos. La recta final no dejó tregua con “So Young”, la punk “Metal Mickey” y los lalalás de “Beautiful Ones”. Los reyes del pop británico de los noventa volvieron a reinar. 

PIXIES (Escenario Estrella)

Qué maravillosa es la banda de Boston. Cierto es que sus mejores días han pasado ya, y que sus cuatro primeros discos no han sido superados por sus trabajos tras la reunificación (con Kim Deal fuera). Pero lo cierto es que siguen manufacturando grandes canciones y ofreciendo sensacionales conciertos como el que cerró el jueves. 

El cuarteto formado por Black Francis (o Frank Black según prefieran), Joey Santiago, David Lovering y la reciente incorporación Emma Richardson no necesitan mas que sus instrumentos y su destreza para catapultar un cancionero inalcanzable por la inmensa mayoría de bandas del indie rock. Impertérritos encima del escenario y concentrados en sus labores, la banda encendió a lo largo de una hora y media a un público nostálgico del rock alternativo de los noventa, en los que mandaban las guitarras, las baterías y los gritos. Y qué decir de esas estructuras de las canciones que tanto marcaron a las bandas alternativas de los noventa y sin las cuales no sé si habrían podido alcanzar el éxito los Nirvana de Kurt Cobain. Hablo de esas alternancias de acústicas y eléctricas, de zonas bajas con estruendos y subidas desgarradoras, que combinan melodía y furia con pocos acordes de diferencia. Y eso es lo que pudimos gozar de lleno, desde los ritmos de acústica de “Nimrod’ s Son" con ese fraseo “you are the son of a motherfucker”, a la melodía pop de la reciente (es de 2013 o sea que eso es relativo) “Greens & Blue”, el himno saltarín “Here Comes Your Man” , los divertimentos en castellano “Vamos” o “Isla de la Encantá”, el bajo hipnótico de “Gouge Away”, dos versiones de “Wave Of Mutilation” (la descafeinada para el final), gemas ocultas del “Doolittle” (“Crackity Jones”, “Mr. Grieves”, “Hey”) o los riffs desgarradores de “Bone Machine”. También hubo tiempo para las versiones con la maravillosa “Winterlong” de Neil Young o la aguerrida “Head On” de los Jesus & Mary Chain. 

El cuarteto impasible, sin mediar palabra, canción a canción, no les hacía falta decir nada. Frank tocando la acústica con la técnica del ventilador y demostrando que tiene el vozarrón intacto, Joey tras la gorra demostrando que es un auténtico guitar hero, David aporreando la batería en ocasiones agarrando las baquetas en modo jazz, pero siempre contundente. Y Emma clavando las notas desde el bajo y aportando su voz, cumpliendo el papel que primero hizo la líder de los Breeders y hasta hace poco hizo Paz Lenchantin. Y, cómo no, todos engrasados acabaron regalando auténticos trallazos con “Debaser” y “Where Is My Mind”, auténticos himnos de esa generación que no quiso perderse a la legendaria banda de Boston esa noche calurosa de julio. 

Tormentas eléctricas y elegancia de alta escuela en la última noche de Mad Cool


Recinto Mad Cool, Madrid. Sábado 11 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Estefanía Romero. 

Un calor asfixiante saludaba a los asistentes más madrugadores de lo que sería la última jornada del décimo aniversario de Mad Cool, una sesión que muchos esperábamos con ansías por la prestancia y categoría de los artistas propuestos para la última tanda que daría por finiquitada esta edición tan especial del festival madrileño. 

Y desde el principio de la misma quedó claro que el sufrimiento y el riesgo de sufrir un parraque iban a merecer la pena, sobre todo cuando casi a cuarenta grados de temperatura comenzaron a sonar en el escenario “Region of Madrid” los primeros acordes de la actuación de Jalen N´Gonda. Magnético y atrayente, retrotrayendo a los clásicos del género y a lo mejor del siempre reivindicable catálogo de la factoría Motown, despachó un show con parada obligatoria en lo que hasta a la fecha son sus dos únicos álbumes en el mercado, “Doctrine of Love” y “Come Around and Love Me”, ganándose el favor de un sufrido respetable que no encontró mejor modo de refugiarse de la que andaba cayendo que con el cálido acompañamiento de la voz del artista de Maryland, quien sin estridencias ni aspavientos demostró ser uno de los nombres más reivindicables de la escena negra actual. 

Tras su actuación, con la obligatoria pausa para acomodar todo el material técnico de rigor, llegaría el turno sobre las mismas tablas de uno de los platos fuerte de la jornada. Evidentemente estamos hablando de la aparición sobre el escenario de los siempre reivindicables The Black Crowes, que no defraudaron al demostrar que la categoría de la acertada mezcla de rock sureño, blues-rock y hard-rock que proponen sigue sonando absolutamente colosal. 

Más si cabe, toda vez que los hermanos Robinson, Chris y Rich, decidieron apostar por un set-list en el que no olvidaron incluir clasicazos como “Remedy”, con la que desataron las hostilidades, “She Talks to Angels”, “Thorn in my Pride”, revisiones como “Oh! Sweet Nuthin´”, original de la Velvet Underground, y la habitual “Hard to Handle”, popularizada por Otis Redding, dejando para el cierre una pesada y estupenda adaptación de su “Twice as Hard” con la que se ganaron a un público madrileño que supo valorar no solamente su calidad e importancia histórica, sino también la buena disposición que mostraron en un horario donde todavía el sol se mostraba esplendoroso, mermando de paso la calidad de un espectáculo que con un potente juego de luces hubiera crecido todavía más. 

Y lo que vino después, lo que vino después fue simple y llanamente la mejor actuación de todo el festival en esta edición. Una de esas epifanías para las que no se está nunca preparado y que días después del concierto sigue rondándote, traspasándote y revelándote tu simple condición de mortal. 

Porque da igual cuál sea el número de veces que hayas estado al otro lado del foso cuando tocan Nick Cave and The Bad Seeds. Acercarte a sus abismos, al centro de la tempestad, ser engullido y escupido fuera. Sentir el suelo temblar a tus pies, abrirse la tierra y ver a un palmo de tus narices los infiernos del señor Cave, para después coger el sendero que lleva al cielo por el camino de la redención es un aventura sonora para la que ningún humano está preparado, menos aún cuando todo ello sucede en tan solo dos horas. 

Avisaron desde el principio con una impetuosa y violenta “Get Ready for Love” antes de que la oscuridad y la tensión dramática de “From her to Eternity” y “Train Long Suffering”, se abrieran paso, mientras Nick volvía a ejercer de predicador, arengando a las masas, acercándose a ellas hasta fundirse en un solo cuerpo, rompiendo la cuarta pared camino del éxtasis colectivo, ante las caras de alucinación de los miembros de su iglesia, para a continuación dejar un momento de calma en la tormenta, mientras asomaba un rayo de luz divina personificado en la belleza de “Wild God”, elevada al cielo por la potencia vocal de sus coristas, y “O Children”, una de las favoritas del público. 

Ejerciendo de chamán una vez más mientras el bajo atronaba en su particular homenaje a Elvis Presley, “Tupelo”, rebajando a continuación el tono con las atmósferas quebradas de “Carnage” y una cautivador interpretación de “Joy”, donde la emoción brotaba en los propios ojos de Nick traspasada a decenas de personas que no podían escapar del embrujo del australiano, a la que siguió “Rings of Saturn” del “Skeleton Tree”. 

Entonces Janet Ramus adelantó su posición hasta justo situarse frente al piano de cola negra que para entonces ocupaba Cave, arrancando una sobrecogedora “Henry Lee”, arropada a una sola voz por gran parte de la audiencia en uno de los pasajes más emocionantes de la noche, que a su conclusión dio paso a la interpretación de una tacada de la colosal “The Mercy Seat”, la sorprendente “Papa Won´t Leave you Henry” y “Red Right Hand”, un corte que no necesita de presentación alguna, pero que en esta ocasión disfruté personalmente menos que en otras ocasiones en directo, cosa que no ocurrió con la fenomenal “The Weeping Song”, donde a su habitual dramatismo y lirismo se unió una sobrecogedora interpretación perfectamente arropada por un espasmódico Warren Ellis.

A continuación, llegó el turno de interpretar una canción de una mujer que “vivía y trabajaba” en “Jubilee Street”, preciosa en su crescendo, casi tanto como en su crítica a la doble moral y a la capacidad de redención y la búsqueda de la iluminación trascendental, y “Hollywood”, en una ejecución que se fue por encima de los catorce minutos de reloj, tras la cual The Bad Seeds abandonaron el escenario, recibiendo una calurosa ovación que antecedía al consabido final de fiesta. 

Allí de nuevo, nuestro hombre del piano, parapetado tras el mismo y un micrófono se disponía a dar por finiquitada la ceremonia, ante un silencio de los que impresionan de veras, atacó los primeros pasajes de esa alegoría al amor plena en belleza llamada “Into my Arms”, mientras el público capitalino acompañaba la letanía en el estribillo, en muchos casos aguantando las lágrimas, en otros directamente sin hacerlo, antes de que después del último acorde despidiéramos a Nick Cave con la categoría y el merecimiento que se debe a quien es un auténtico mito, sabedores de que nos había regalado, una vez más, otro de los conciertos más memorables de nuestra vida. 

Heridos, que no muertos tras semejante derroche emocional, nos acercamos hasta el escenario “Orange” donde apenas unos minutos más tarde comenzó la actuación de David Byrne. Otros de esos mitos que no necesitan carta de presentación, puesto que su andadura al frente de Talking Heads y la grandeza de su carrera como solista son de sobra reconocidas. Lo suyo fue otro concierto de categoría, de los que deberían ilustrar en el diccionario de la R.A.E. la palabra “elegancia”, donde no faltaron canciones de las que relucen sin necesidad de artificios y que hicieron las delicias de sus fans, sobre todo atendiendo a la gran cantidad de material rescatado procedente de la banda con que se hizo famoso, de quienes sonaron hasta un total de nueve canciones entre las que se encontraron “And She Was”, “Houses in Motion”, “(Nothing But) Flowers”, “This Must be the Place” o “Psycho Killer”, composición que muchos asistentes no pudieron disfrutar por una de las grandes rémoras del festival, extensible a otros eventos con similar planteamiento. Sí, me refiero al problemilla de solapar conciertos potentes. 

Y es que es una pena estar disfrutando del concierto de David Byrne, sabedor que se acerca la hora en que Pulp irrumpirán en el escenario “Region of Madrid” a tan solo a unos cuantos cientos de metros más allá. Esta forma de transmitir pildorazos, al estilo “Tik Tok”, afean la experiencia y no dotan a un concierto del valor de ceremonia real que deberían tener. Este tipo de cuestiones merecerían una vuelta de tuerca para todos los implicados en el asunto. 

Aún así nos acercamos a ver a la banda capitaneada por Jarvis Cocker desde el arranque de su concierto. Sabedores de que saldrían con la difícil papeleta de no quedar eclipsados por lo acontecido minutos antes sobre el mismo escenario y teniendo que remontar a un David Byrne que estaba dejando el listón bastante alto en ese preciso momento.

Los de Sheffield pisaron fuerte desde el minuto uno, dispuestos a hacer lo que mejor saben hacer, plantearon un set-list donde dieron fuste a lo más granado de su repertorio, lanzando órdagos desde el comienzo. Apabullaron con “Sorted for E´s & Wizz” a la que siguió esa bombazo llamado “Disco 2000”, la bailable “Spike Island” y una muy celebrada “Razzmatazz”, marcadas todas bajo el influjo del realismo costumbrista y la ironía del fenomenal Jarvis, quien se pavoneaba orgulloso y repleto de flema británica de un lado a otro del escenario, cosa bastante sencilla de hacer cuando luces galones en forma de temazos como “This is Hardcore”, “Do you remember the First Time?”, “Mis Shapes”, “Babies” y te dejas para el cierre una sobrada llena de cinismo al estilo de “Common People”. 

Tras el final de su actuación dimos por finalizada nuestra visita a Mad Cool, dejando atrás una tarde-noche de emociones fuertes. Deseando al festival que siga cumpliendo años y que en su propuesta siga imperando el buen gusto del que vienen haciendo gala a lo largo de toda su andadura. Brindamos por muchos años más.

Contra todo pronóstico, un nuevo Van Morrison


Jardines del Botánico, Madrid. Martes, 30 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Ricardo Virtanen.

El grandísimo Van Morrison (Belfast, 1945) visita de nuevo Madrid. Repite la fórmula del año pasado y ofrece dos conciertos en las veraniegas Noches del Botánico. Parece que al genio de Belfast no le seducen ya los macroconciertos del WizinkCenter (hoy Movistar Arena) de antaño (nos visitó en los años 2018 y 2022), y prefiere el recogimiento de un coqueto Jardín Botánico de Madrid, pese a que los emolumentos recibidos no se acerquen ni por asomo a los del Wizink. A sus ochenta años (a finales de agosto, 81), Sir George Van Morrison mantiene una vigorosa voz, aunque la edad le esté volviendo más delgado y enjuto. Viste como en sus últimas visitas a Madrid: impecable traje azul y sombrero blanco (a veces azul) y gafas de espejo. Interpreta saxo, guitarra y armónica. Esta vez el piano se quedó sin golpear, quizá por un cambio de setlist de última hora (se le vio molesto con algún músico en algún momento del concierto). Setlist que varió de un día a otro, pues el día 1 de julio sumó "Dweller On The Threshold", ausente el día 30, que ahora referimos.

Contra todo pronóstico, no tuvimos delante (esta vez, estaba yo bastante cercano al escenario) al músico arisco, gruñón y maleducado que todos recordamos de siempre. Morrison se mostró dicharachero (al recordar a su amigo Ray Charles o al dirigirse al público), dio las gracias en varias ocasiones (una vez en castellano), bromeó —y sonrió delicadamente— al hablar a una de sus coristas (la impecable y risueña Sumudu Jayatilaka), pero abroncó al batería en cierto momento, o no sabemos bien a quién, e hizo mutis por el foro a mitad de “Gloria” (como ha ocurrido en sus últimos conciertos). El recital comenzó con la presentación de su reciente trabajo "Somebody Tried to Sell a Bridge", su 48 álbum de estudio, un homenaje explícito a los bluseros clásicos, con la inclusión de cuatro temas propios. Así encandenó dos temazos de blues, dos auténticos pepinazos que encendieron aún más el recinto, que a las 8:30 pm era un puro hervidero lleno de abanicos. Hablamos del clásico de John Lee Hooker “Deep Blue Sea” y de “Kidney Stew Blues”, un éxito de Eddie Vinson. La banda, en formación de cuarteto (guitarra, hammond, bajo y batería), más dos coristas (las mismas del año pasado): la excelente Sumudu Jayatilak y la jovencísima promesa de Belfast Jolene O’Hara, sonaba compacta. Morrison sopló con swing su armónica, si bien el baterista parecía acariciar su batería, volviéndose en ocasiones inaudible. Continuó el blues lento “Madame Butterfly Blues” (de Dave Lewis) (con solos de armónica y hammond) y la movida “Snatch it Back and Hold it” (de J. Wells y Buddy Guy). Aquí aparecieron los vientos, dos auténticos fenómenos que colaboran con Morrison desde los años noventa en discos y directos: Matt Holland (trompeta) y Richie Buckley (saxo). Para entonces, Davy Keary (guitarrista), John McCullough (teclista de Belfast) y la armónica de Van, más los vientos, habían arrastrado el concierto a una fiesta sin fin.

Tras el nuevo material, llegó la hora de introducir temas de su disco de 2025, la obra maestra "Remembering Now". Sonó el festivo “Down to Joy”, que abría el disco, menos intenso de ritmo con respecto al original. Después, “Back to Writing Love Songs”, donde Van ‘The Man’ agradeció al público su efusividad para con la banda, y la balada “The Only Love I Ever Need is Yours”, uno de mis temas favoritos del álbum, donde el genial Davy Keary (muy ovacionado por el público) nos brindó un espléndido solo de guitarra española. A estos temas se unió “Play the Honky Tonks” para cerrar las referencias al disco actual, un blues marcial de Marie Adams cuyo estribillo coreó el Botánico a pleno pulmón, con intensas improvisaciones de la banda. Para la sutil balada “When the Rains Came”, Morrison blandió su guitarra eléctrica, preludio del momento “Ray Charles’, amigo personal de Morrison. La banda interpretó entonces un cálido homenaje al autor de “Georgia in my Mind”, al tocar “If it Wasn’t for Ray”, muy coreado por el respetable, por su ritmo impecable, al que siguió otro éxito de Ray, el espléndido blues “I Believe to my Soul” (incluido en el mítico directo de Morrison "It’s To Late To Stop Now", 1974), que iniciaba con su saxo. El tema exigía un gran dominio vocal, que el de Belfast cumplió con nota, pese a sus ochenta años. Después se alternaron el saxo de Buckley y un imperial Holland. Si bien, fue McCullough quien con su hammond terminó de enfervorecer al público. Todo ello se complementó con el blues de Roosevelt Sykes “Night Time is the Right Time”, un éxito de Ray de 1958, con una frase en forma de letanía (tras cada verso): “Nigth and day”, coreada al unísono por vocalistas y público. En esta canción, la extraordinaria cantante S. Jayatilak ejerció quasi de solista, con talento y dominio vocal a raudales.

Al fin llegó la hora del primer gran éxito del norirlandés en la noche: “Real, Real Gone”. Para entonces, el público ya sabía que nos encaminábamos hacia el final del concierto (cinco largos minutos en que Morrison presentó a su banda). Tema mucho menos efusivo que otras pasadas interpretaciones, con un toque soul, y un Bob Rugiiero, excelente baterista, que continuaba acariciando su caja, sin perder de vista nunca al León de Belfast, que le custodiaba de reojo. Las pulsaciones del evento no se rebajaron tras los primeros acordes de “Ain’t Gonna Moan No More”, un clásico de sus conciertos desde que se publicara en su álbum reciente "The Prophet Speaks" (2018). Se trata de una canción dinámica, en la que se sucedieron sin descanso los inspirados solos de saxo, trompeta y hammond, sumando al propio Morrison al saxo. La deliciosa “Enlightenment” aconteció como un paréntesis, rebajando las pulsaciones del público. La canción homónima del disco "Enlightenment" (1990) adquirió tintes de folk con Morrison a la armónica, destacando un gran solo del bajista, David Hayes, que se mantenía sentado, con gorra blanca, sin mucha visibilidad desde nuestra posición entre público. Pero la tregua duró poco. Van ‘the Man’ se encaminaba hacia el final de su actuación con otros dos trallazos. El blues “Goin’ Down Geneva” abría su obra maestra "Back on Top" (1999). Compuesta por Morrison, siguió la estela blusera del repertorio, con el norirlandés a la armónica y McCullough esta vez al piano, siempre inconmensurable, más la participación, siempre lustrosa, de ambos vientos. Mientras “Early in the Mornin” reconvertía a su manera un blues clásico, grabado por Sonny Boy en 1937. Fue incluido en su álbum en directo grabado en el Ronnie Scott’s Club de Londres, junto a George Fame, en 1995 ("How Long Has This Been Going On"). Todos recordamos su participación con este tema en el disco BB King and Friends: 80 (2005). Sobresalió la guitarra eléctrica de Davy Keary y la voz modulante de Morrison, cuyo estribillo "And I ain't got nothing but the blues" fue coreado por un público muy participativo, con múltiples variantes vocales del cantante.


Para el fin de fiesta del Botánico de este año, Morrison eligió su éxito “Moondance” (que llevaba tiempo sin interpretarla en Madrid). Versión, cómo no, swingueada, con participación estelar de las vocalistas, Samada y Jolene, y solos del bajista David Hayes, un inspiradísimo Matt Holland y un magistral Richie Buckley al saxo, todos en clave de jazz. Sin corte alguno, y sin tiempo a reaccionar, el León de Belfast que había abandonado súbitamente el escenario, apareció entre bambalinas para entonar el inicio de “Gloria”, el antiguo tema de los Them de 1964, hoy todo un himno. Van Morrison sabe que es un ciclón para cerrar los eventos. Tras un breve desarrollo, y el intercambio con la cantante Samada, siempre inspiradísima, se fomenta el colaboracionismo vocal entre Morrison y público. Tras esto, Morrison desaparece, y la canción se estira ad infinitum. Van Morrison se encontraba a gusto. Eso era toda una evidencia en esta calurosa tarde/noche de junio. Como ha ocurrido en sus últimas actuaciones, se genera una improvisación detallada de todos los instrumentistas. A la guitarra de Keary y el moog de McCullough, se le sumaban el saxo de Buckley y el solo de fliscorno de Holland (en ambos casos con palmas acompasadas del público). Para finalizar el evento, el baterista Bob Ruggiero, quien se había mostrado en un discreto segundo plano en todo momento, desató el fervor del público con un solo espectacular.

En la tarde/noche del 30 de junio de 2026, Van ‘the Man’ ofreció, a sus ochenta años, todo un cursillo de interpretación de blues. Su pequeña orquesta Caledonia (seis músicos y dos coristas) funciona como un reloj suizo. Desde su poltrona central, George Ivan Morrison dirige el cotarro de manera impecable: apunta los solos de los músicos, alterna instrumentos (guitarra, armónica, saxo), sugiere finales y subraya matices musicales. A diferencia de otros clásicos del rock llegados a una edad, que te colocan un setlist de éxitos, el norirlandés va a la suya. Durante hora y media, tira hacia el swing, el blues, el soul o el rhythm & blues, y toca lo que le apetece, con apenas referencias a sus clásicos (hoy, exactamente tres). El año que viene, lo esperamos con ansia. Para su fiel público, haga lo que haga siempre estará bien hecho, y seguirá poniendo el vello de punta. Y no importará mucho, la verdad, si es el de hoy o el de siempre.

Kiko Veneno y los Gipsy Kings: Apoteosis rumbera en la noche estival de Madrid


Parque Enrique Tierno Galván, Madrid (Festival La Carbonería del Galván). Jueves, 2 de julio del 2026

Texto: Guillermo García Domingo. 
Fotografías: Carmen Valero y Marián Bujanda Bravo.

La primera vez que asistí a un concierto de Kiko Veneno fue en los años noventa durante la gira que protagonizaron el compositor, sevillano de adopción, catalán de cuna, como los abuelos de los Gipsy Kings que actuaron en la segunda parte, y Santiago Auserón/Juan Perro. En un pabellón de Coslada, la discreta asistencia no impidió que Kiko Veneno ofreciera un concierto inolvidable. Después de más de 30 años parece que nada ha cambiado. Desde aquel entonces Kiko Veneno ha cosechado muchas canciones extraordinarias a lo largo de varios álbumes de estudio, hasta el más reciente, “Hambre”. En unos meses saldrá a la luz el próximo disco. Kiko Veneno no ha dejado de buscar y caminar de forma independiente, haciendo gala de una coherencia basada en el gozo irrenunciable sobre el escenario, suscitado por un estado permanente de fiesta musical. 

Dentro de la programación del festival de la Carbonería del Galván, en el parque vallecano dedicado a Tierno Galván, el alcalde filósofo, Veneno desplegó toda su filosofía existencial y musical con un repertorio ecléctico situado entre el glorioso pasado y el excitante futuro próximo, porque abordó cuatro temas que ya conocíamos por el concierto acústico que grabó en Sevilla, y que, según parece, están incluidos en el disco novedoso ya mencionado. Las canciones “Helicrisum”, “Precisamente” y “Olivia” encandilaron a los asistentes, y son prometedores anticipos de lo que vendrá en otoño. 

Esta vez Kiko y los suyos actuaron con más contundencia eléctrica, sin perder un ápice de calidad, gracias al pulso de unos músicos sensacionales. Kiko ha encontrado a los perfectos acompañantes en Los notas del retumbe, banda formada por Wily Leal (voces y percusiones variadas), Anabel Pérez (a los teclados y los coros), Jimmy González (a la batería), Rafa García (a la percusión), José Torres (guitarra) y Alvaro Marabot (guitarra eléctrica), ambos son finísimos intérpretes de sus respectivos instrumentos de cuerda; y no podía faltar Juan Ramón Caramés (y el sostén de su bajo tan necesario en la fusión flamenca que ha asumido Kiko), el bajista es uno de los más fieles compañeros de Kiko desde la repercusión generada por “Échate un cantecito” (1992), un acontecimiento más importante que la Exposición Universal de Sevilla. Tanto es así que la vigencia de sus canciones no ha decaído como lo demuestra la acogida que cinco de las canciones de ese disco realizado en estado de gracia tuvieron entre el público el pasado jueves. ¡Y quién se acuerda, en cambio, de la Expo!

“Lobo López” llegó a la cita puntual, no hay mejor inicio, pese a que faltaba demasiada gente en el anfiteatro tan propicio de este parque, por culpa de la “cola” que se formó en la entrada del recinto debido a un acceso no del todo fluido. La energía magnética de Kiko veneno y Los notas del Retumbe, sin duda, atraían a los que llegaban con retraso hacia el escenario. No faltaron a la cita tampoco el himno de “Superhéroes de barrio”, “Te echo de menos”, y “En un mercedes blanco”, en una versión formidable, entre las mejores que hemos visto y oído en los últimos años, antecedida de una soleá a cargo de Willy Leal, que además actúa como director musical de la banda sobre el escenario. Incluso nos obsequió con “Joselito”, la penúltima, antes de que Kiko Veneno levantara hasta a los más renuentes en estos festivales asediados por la canícula veraniega con la universal “Volando voy”, de “La leyenda del tiempo” (1979). Si alguien merecía una rumba indeleble como ésta es Camarón de la Isla. Dos años antes, en 1977, Kiko se había reunido con los hermanos Amador, Raimundo y Rafael, este último recientemente fallecido, con el fin de grabar un disco de otro planeta, “Veneno”. Una de sus excéntricas canciones, “Los delincuentes” también formó parte del repertorio en el Tierno Galván. Del mismo modo que incluyeron otros “clásicos” de Kiko Veneno, que no deberían ser subestimados, la reciente “La higuera”, o la rumba extraordinaria de “Los tontos”, realizada junto a C. Tangana, el “Blues de Memphis” perteneciente a “Está muy bien eso del cariño”, un disco de 2001 que merecería un reconocimiento mayor del que recibe habitualmente. 

La noche estaba dedicada sin ningún género de dudas al flamenco rumbero, que en Cataluña dispuso de uno de sus mejores focos de irradiación, de donde provienen los ascendientes de los “reyes gitanos”, exiliados después en el sur de Francia. Nicolas Reyes es uno de los componentes originarios del grupo que en los ochenta y noventa del siglo pasado hicieron bailar a aquella generación con la renovación de canciones ajenas que transformaron con un acierto incuestionable en rumbas irresistibles. Hermanos y primos se han disgregado en varias bandas que tienen como denominador común el mismo legado de los Gipsy Kings. La que actuó en Madrid estaba liderada por el citado Nicolas Reyes. Su voz carismática abordó varios de los grandes éxitos del grupo: “Bamboleo”, “A ti, a ti”, “Djobi, Djoba”, “Un amor”, defendida en solitario por el propio cantante, “Hotel California” (de los Eagles), “A tu vera”, “Bem, Bem, Maria” y la que sirvió como despedida, el clásico mediterráneo, “Volare”. Y es que aunque estábamos en el centro de la península, los Gipsy Kings (y Kiko Veneno) trajeron consigo la brisa y las notas musicales del Mediterráneo occidental. Al mayor de la saga Reyes le acompaña una banda portadora de una energía descomunal, que a buen seguro podría haber seguido sin detenerse toda la madrugada si no fuera por las obligaciones horarias del concierto. Cuatro guitarras españolas tocando “a rebato” que llegan a desdoblarse en nada menos que seis, en algunos momentos, arropadas por una batería de casi 360 grados, un bajista eficaz, y un percusionista versátil que también tocó el teclado cuando así lo demandaban la canciones. De entre todos los enérgicos y generosos intérpretes, sobresalió el talento del joven guitarrista Nino Baliardo Miguel, que nos dejó sin palabras con sus arpegios tan precisos, sobre todo en las canciones instrumentales que insertaron entre los mejores temas de su cancionero. 

Hasta aquí la crónica de una noche doble y apoteósica de rumbas y guitarras desbocadas que recibió la debida respuesta de un público entregado al baile y a la alegría que esta música eterna provoca sin remisión desde hace varias décadas. Nunca dejaremos de pedir que pongan esa cinta otra vez, en una cara las canciones de Kiko y en la otra la de los Gipsy Kings. Cuando todo terminó, nos internamos satisfechos de madrugada en la ciudad con los “ojos brillantitos” por culpa de lo que habíamos presenciado.