The Cash Box Kings: “Royal Mint"

Por: Txema Mañeru 

Este precioso, contundente y divertido disco, desde su magnífica y apropiada portada, de blues, viene, paradójicamente, precedido de una luctuosa noticia para la banda. Esta es la pérdida durante la grabación de su gran pianista de la última década, Barrelhoue Chuck, tras una lucha infructuosa contra el cáncer. Lógicamente el festivo disco está dedicado a su memoria. ¡Seguro que le habría encantado!

Ya lo estaba  seguro por haber llegado a un sello del calibre de Alligator Records (aquí Discmedi), con su gran prestigio en el blues de los últimos 40 años. Esto ya fue para The Cash Box Kings una especie de doctorado en su música, fundamentalmente vinculada a dicho género en toda su extensión. Eso sí, con especial predilección por el blues eléctrico de Chicago de los años 40 y 50, pero sin dejar de lado los aromas swamp de Nueva Orleans, algunos shuffles de Memphis, las tradiciones más puristas del Delta y ese apego por el jump blues que les acerca en numerosas ocasiones al más puro rock’n’roll. Esto último les viene un poco por su gran devoción (con puntos de unión) por la Legendary Blues Band.

Aunque funcionan como sexteto están liderados por la armónica y la producción de Joe Nosek, que además canta algunos temas con gusto, y por el fantástico vozarrón de Oscar Wilson. Ambos, además, se encargan de las brillantes, variadas y excelentes composiciones. Para este “Royal Mint” se suma la ayuda de media docena de buenos músicos más entre los que brilla una buena sección de vientos en algunos temas y, sobre todo, el piano increíble, y muy presente, de Lee Kanehira. Este es ya su noveno disco, pero en los 3 anteriores de esta misma década -con excelentes críticas en medios como No Depression, Mojo o Living Blues- para el prestigioso sello Blind Pig Records ya habían combinado esa mayoría de composiciones propias con buenas y personales versiones de Robert Johnson, Skip James, John Lee Hooker, Little Walter, Slim Harpo y hasta Lou Reed. 

Ahora repiten magistral fórmula y vuelven a dar en la diana alegrando hasta a la preciosa pin-up de la portada. Saltan del sonido blues posterior a la Segunda Guerra Mundial de Chess Records al R&B y R’n’R primigenio de la Sun Records. Así abren con jump blues y r’n’r festivo en "House party". Algo que también tenemos en el "Build that wall", compuesto por el propio Nosek y bien cantado por él mismo. Desde el inicio ya brilla la entente entre Nosek y Wilson, muy bien secundados por el piano de Kanehira y las guitarras, alternándose según los temas, de Joel Paterson y Billy Flynn. La armónica de Nosek brilla en su versión de Jimmy Reed, "I’m gonna get my baby". En esta ocasión también se atreven con Muddy Waters y un estupendo y lento "Flood", con nuevo brillo para el piano, la armónica y la guitarra, ahora de Flynn. Paterson le toma magníficamente el relevo en un "Blues for Chi-Rag" en el que están muy logrados los arreglos de viento. Lo bordan en un desnudo "Traveling Riverside blues" de Robert Johnson y se montan un fiestón en el puro r’n’r compuesto por Nosek y Wilson, "If you got a jealous woman facebook ain’t your friend". Sí, son capaces de sonar actuales y lo hacen desde unas más que interesantes y actuales letras. 

En "Daddy bear blues" vuelve a cantar y componer Nosek y es un estupendo lento con aromas a Nueva Orleans. Otro fantástico lento titulado "I come all the way from Chi-Town" lleva la firma de Wilson y es una preciosidad lenta en el que destacan la armónica y la guitarra eléctrica. La fiesta total, buenas voces y hasta el saxo de Al Falaschi adornan el "All night long" de Clifton Chenier, al que sólo le falta el acordeón zydeco. Acaban con otro sorpendente tema de Nosek que remite al baile de los locos años 20 y que se titula "Don’t let life tether you down". Han girado por todo el mundo y la liaron parda hasta en nuestro Hondarribia Blues Festival. ¡Ojalá les tengamos pronto de vuelta por aquí con este disco de su definitiva y total consagración!

Lorde: "Melodrama"

Por: Txema Mañeru 

Mucha gente creyó hace cuatro años que cuando Lorde despuntó siendo una adolescente con su duro “Pure Heroine” (Universal) estábamos ante el enésimo hype. Yo disfruté mucho del disco de la neozelandesa de 16 años Ella Yelich O’Connor. Tenía mucho más que unos cuantos singles realmente destacados y sonaba mucho más madura y personal de lo que su edad indicaba. Vendió más de 4 millones de copias y se hizo con dos Grammy y un Brit Award. Singles como "Royals" te mecían y te hacían tararearlo. Otro tanto sucedía con "Tema". Es normal que se hablara de The XX, Depeche Mode, James Blake o hasta de los primeros Portishead. Y es que David Bowie no podía estar equivocado cuando la definió como “El futuro de la música”. 

Ahora es ya una mujer y se ha tomado este segundo disco con la calma y la paciencia que ya parecían fluir en sus primeras canciones. ¡Y ha vuelto a hacer con “Melodrama” (Universal) uno de los discos del año! Volverá a vender a mansalva y estará en las listas con lo mejor del año sin duda. Ayudará mucho su aparición en todos los festivales más importantes del mundo y el arranque con un fascinante single como "Green light", en el que suena eufórica y bailable. Los coros te atrapan una y otra vez. 

En "Sober" tenemos unas fascinantes percusiones que te pueden recordar hasta a los Japan del “Tin Drum”. Son una gozada los ambientes oscuros y hermosos de "Homemade dynamite" que hacen que algunos citen incluso a los Joy Division. En el precioso lento "Liability" encontramos un mágico piano y su voz de inicio que nos hace pensar en el mejor John Cale. Resuena oscura y con un punto a lo Kate Bush en "Writer in the dark", en la que vuelve a lograr mucho con muy pocos ingredientes. Emocionará de nuevo con "Liability (Reprise)" antes de volver a hacernos bailar con el nuevo single "Perfect places", con un pegadizo ritmo y su perfecta declamación vocal y otro de sus clásicos estribillos. La gira mundial en la que se acaba de embarcar será su definitiva consagración. También trae un precioso libreto y un gran acabado en todos los sentidos.

Festival Blues Cazorla: Todo está en la raíz


Cazorla, 13, 14 y 15 de julio del 2017

Texto y fotografías: J.J. Caballero

Acudir por primera vez a un festival que tiene como base los sonidos básicos, valga la redundancia, en la creación y evolución de eso que ahora todos llamamos rock, muchas veces demasiado a la ligera, supone varias cosas. La primera a tener en cuenta es que los que estamos fajados en este tipo de eventos masivos bajo otra óptica, fundamentalmente la del oyente medio de música indie –si es que aún sigue teniendo sentido dicha etiqueta-, por fin podemos y debemos cambiar el chip y disfrutar de un entorno diferente, un público diferente y sobre todo un entorno absolutamente envidiable. Firmaría desde ya el retorno a Cazorla, una localidad emplazada en pleno parque natural, con multitud de enclaves geológicos de visita casi obligada y una riqueza gastronómica de la que fuimos partícipes durante cuatro días y tres noches que tardarán tiempo en desvanecerse en la memoria. No se trata solo de que el Festival de Blues de Cazorla sea uno de los más prestigiosos del mundo, sino que la forma de acercarse a sus escenarios, al pueblo en general, es mucho más respetuosa y consciente de que allí vamos a escuchar música, por encima de cualquier otra pretensión, y a confirmar que la doctrina de los viejos bluesmen del delta del Mississippi sigue teniendo prosélitos en cualquier rincón del orbe, y que resulta casi un milagro que lo que un día empezó como un humilde ciclo de conciertos programado por un grupo de aficionados refugiados en la sierra jiennense se haya convertido en un encuentro multirracial y multigeneracional para que miles de personas se repartan a sus anchas por las calles y alojamientos de la villa unidos por un propósito común. De la calidad de las actuaciones –que es lo que verdaderamente importaba- las dispersas condiciones acústicas y los pequeños despistes de organización hablaremos a continuación, en un resumen de lo que pudimos ver y oír desglosado por fechas y momentos. Bienvenidos a Cazorleans, ciudad universal del blues.

 JUEVES 13 DE JULIO 

Abres el programa de mano, tan escaso en información como útil para centrarte en los horarios y distribución de escenarios, y te encuentras con que los primeros en abrir fuego son un grupo de viejas leyendas del blues, absolutamente desconocidas para la amplia mayoría de público, que continúan girando juntos para dar a conocer canciones grabadas hace apenas un par de años en algunos casos. ¿Contradicción? Lo explicamos.

Albert White es un guitarrista que ha grabado en solitario y con multitud de bandas discos que abarcan desde los conceptos clásicos del blues hasta derivaciones modernas del jazz, pero que se unió al proyecto Music Maker Blues Revue como una forma de reivindicar a esas viejas figuras amateur que jamás habían tenido la oportunidad de tocar delante de una gran audiencia. Tal es el caso de los vocalistas Robert Finley, absolutamente tremendo, Robert Lee Coleman y Alabama Slim, un espigado cantante con pinta de predicador y voz profunda. La formación la completan el legendario Lil’ Joe Burton, un trombonista de Chicago que giró con Junior Wells, Bobby Womack y Joe Tex entre otros (casi nada al aparato), el bajista Nashid Abdul-Khaaliq y el batería y director musical Ardie Dean, la combustión blanca en un entorno de músicos negros que unen veteranía y beneficencia musical en un proyecto único, una inmejorable forma de empezar un festival de unos rasgos tan marcados. La jam session obvia se alterna entre temas maravillosos como "I just want to tell you" o "Come on and rock with me baby", variando el tempo y el tono sin salirse nunca de la quintaesencia de un sonido imperecedero. Una gratísima sorpresa que anticipaba que el listón ya estaba muy alto nada más comenzar.
John Nemeth aún es muy joven comparado con los maestros que le precedieron en el escenario principal. Por cierto, aún no hemos dicho que este, el situado en la plaza de toros, era el único en el que el sonido mereció especial mención. Ojalá todos los festivales de cualquier índole contaran con unos técnicos tan capacitados, teniendo en cuenta que a emplazamientos similares es complicado sacarles el jugo acústico imprescindible para que la cosa fluya como debe. En el caso del norteamericano y su banda The Blue Dreamers, la satisfacción fue a mayores. Probablemente estemos ante el mejor armonicista del blues moderno y a la vez el músico más hortera del mundo, ya que suele presentarse exhibiendo una amplia variedad de petos tuneados con símbolos místicos (el de esta noche era un ying-yang en absoluto concordante con la temática de sus canciones) y unas omnipresentes gafas de sol de dudoso estilismo general.

 Tampoco estábamos ahí para juzgar a cualquier hipotético candidato a cambio de look sino para escuchar en directo las canciones de su notable último disco, entre las que destacan "Sooner or later", "My baby’s gone" o "Country boy". A los músicos que lo acompañan, entre los que destaca el magnífico guitarrista Johnny Rhoades, les sale la vena funk en "I’m funkin’ out" y armonizan con el groove de "Do you really want that woman" y el subsuelo góspel de "Keep your elbows on the wheel". El hombre del sombrero domina su instrumento como si hubiera nacido con él debajo del brazo e invita a la gran revelación del festival, del que luego hablaremos y no mal precisamente, ‘King’ Solomon Hicks, para marcarse un mano a mano monumental que ya nos puso en aviso acerca de los poderes del jovenzuelo de la guitarra roja. Mr. Nemeth pasó por Cazorla mal vestido pero enérgicamente provisto de música y grandes canciones. La esencia no solo no se había perdido sino que justo acababa de renacer.

Un candidato al Grammy, este de los buenos, por su último disco "Bloodline", no es ningún recién llegado ni nadie a quien no merezca la pena dedicarle unos minutos. Tampoco es que se supiera mucho por estos lares, más allá del público especializado, de un grandísimo instrumentista de Nueva Orleans llamado Kenny Neal, que llegó al festival acompañado de sus hermanos, teclista y “hammondista” respectivamente y sobre todo uno de los baterías más espectaculares que hemos visto en los últimos tiempos. El tal Bryan Morris apabulla con una velocidad y precisión a la altura de los más gandes y proporciona el combustible perfecto para que las guitarras de la emocionante "Since I met you baby" y la pulsión rítmica de "Let life flow" lleguen hasta donde deben. No por desconocido fue peor recibida su concepción de la música del diablo, y tampoco debemos olvidar que no hace demasiado tiempo grabó todo un álbum tributo a Slim Harpo, o sea que tampoco tuvo malos maestros el tipo. Neal demuestra dominio de la armónica y posee temas estandarizados en los patrones del blues contemporáneo como"Bring it on home" y aptos para la destreza guitarrera como "You’ve got to hurt before you heal". Como juego final se apodera del bajo, deja explayarse a sus músicos a la par que lo hace él mismo y se marcha dejando la sensación de que aunque no lo parezca por su aspecto, este hombre tiene mucha, muchísima clase. Fino y eficaz donde los haya.

Pero para finura, elegancia y desparpajo el cartel de bienvenida se reservaba un as inesperado y devastador. El rey del nuevo blues neoyorquino, procedente de Harlem para más señas donde fue bautizado como tal, ‘King’ Solomon Hicks está arrasando en todos los festivales a los que él y su guitarra son convocados. Americana roja, presencia impecable y una carrera aún en ciernes para la otra estrella de la noche. No daríamos crédito si no supiéramos con antelación que el chaval solo tiene veintiún añitos y si antes no hubiésemos tenido un dulce aperitivo del banquete que nos pegamos a su costa. Este nuevo prodigio de la guitarra apabulla con un exhibicionismo innecesario pero suficientemente revelador. Demuestra conocimiento de causa al meterse en pieles conocidas con "Everyday I have the blues" pero también cierto riesgo cuando cuece al fantasma de Elvis Presley en un caldo más incandescente aún del que ya proviene su "Hound dog", porque lo de recurrir a sendas coplas del patriarca Chuck Berry (buenas aproximaciones a "Maybellene" y "Johnny B. Goode" para levantar a media plaza, que es toda la que queda sentada a esas horas) no es solo un estupendo recurso de alumno bien aplicado sino también una reafirmación en su esencia. Llegó, vio y convenció incluso en el duelo final con otro que tal baila, el joven virtuoso irlandés Davy Knowles, que sería el encargado de cerrar el festival dos jornadas después. Para no ser nadie –en teoría- fue todo lo que necesitábamos escuchar –en la práctica-.

 Al término de la velada de apertura, lo más acertado que podíamos decir era aquello tan recurrente de “para ser la primera vez, no ha estado nada mal, ¿verdad?”. Y tanto que no.

VIERNES 14 DE JULIO

Antes de hablar de los platos que degustamos el segundo día (de los otros, los de mesa y mantel, podríamos dar cuenta en otra crónica no apta para estas páginas) habría que decir que el Festival de Blues de Cazorla se desarrolla en tres escenarios, el principal de los cuales queda habitualmente reservado a los nombres llamados a convocar a más público o normalmente necesitados de un mayor espacio escénico y sonoro. Fue en el que pasamos más tiempo y al que volveremos cuando proceda hablar de ellos, pero quedan otros dos de carácter gratuito uno (la plaza del Castillo) y semigratuito el otro (el Auditorio Municipal). Aclararemos más abajo lo que las autoridades y la organización entienden por tan curioso calificativo, pero de momento hay que ir a lo importante, que no es otra cosa que contar y cantar las virtudes de la música vista y escuchada, que a eso vinimos.

Está claro que la de El Hombre Garabato no es a priori una música demasiado encuadrable en un evento dedicado básicamente al blues. Su pop intenso y de maneras afiladas en general parecía desubicado en plena plaza, no solo por su carácter, sino por la hora a la que le tocaron lidiar con una audiencia que estaba allí más por dispararse chorros de agua fría, remojar los sofocos corporales en la fuente pública y consumir licores de la más diversa índole como si no hubiera un mañana. Los granadinos lo intentaron con las canciones de su última producción propia, entre las que destacan "De tripas corazón" y "El héroe más valiente" y el aval de haber grabado un EP con el mismísimo José Antonio ‘Pitos’ García, el mítico vocalista de los recientemente resucitados y vueltos a la tumba 091. Ni el calor ni las circunstancias acompañaron, ni a los Saxofonistas Salvajes, que tienen swing y tablas a rabiar, tampoco.

El salvajismo de Arnett Cobb y King Curtis, a ese es al que se refiere el gran Dani Nel.lo en los temas desbocados que eligió para un disco que bien podría haber titulado con su nombre, como instigador e inspirador de una idea tan brutal como abrir un proyecto paralelo a Mambo Jambo, todavía el más importante y actual de su carrera. Reclutó a algunos de sus compañeros en la banda para involucrarlos en esta magnífica aventura que mete en la maleta a algunos de los grandes músicos de sesión de la época dorada del rock and roll. A los citados se podrían unir los nombres de Lynn Hope o Big Jay McNeely en el placer máximo de escuchar el himno mestizo "Hot tamales" o la irresistible "Sands of Sahara". Era ya media tarde y casi ni nos habíamos dado cuenta de que nos habíamos quedado sin tiempo para regresar a la base de operaciones y recargar baterías antes del nuevo menú nocturno, así que lo del “odiotorio” (más adelante entenderán la creación obligada del término) lo dejamos para el día siguiente.

Delta Moon practican un country próximo a otras fronteras de la música americana igual de irresistibles. Son músicos de raíz y se les nota, y disfrutan escribiendo y compartiendo las canciones intensas de "Cabbagetown", el último y fantástico álbum de los de Atlanta, encabezados por las cabezas bien amuebladas de Tom Gray y Mark Johnson. Saben zambullirse en el blues más rancio y pantanoso sin que se note demasiado y tienen siempre el rabillo del ojo puesto en el rock alternativo. Por eso su concierto del viernes en Cazorla, aparte de servirles de primera toma de contacto con el público español en su actual gira, fue de los que se escuchan y se sienten con calma, para absorber la tremenda profundidad de temas como "Rock and roll girl" o "21st century man" y reconocer su supremacía en el concurrido paisaje de los clásicos modernos, o al revés, que para el caso es lo mismo.

El caso de Doyle Bramhall II, debutante en nuestro país, es bien diferente. Probablemente hablemos del concierto más frío e introspectivo de cuantos vimos en esta edición del festival. Su trayectoria y alcurnia le avalan, no en vano ha prestado servicios para Eric Clapton y Roger Waters y se educó escuchando los discos de Jimi Hendrix y asistiendo a conciertos de grandes como Stevie Ray Vaughan (su progenitor fue batería del monstruo de las seis cuerdas durante buena parte de su carrera), pero la frialdad con la que acomete su blues progresivo lo convierte en un artista prescindible en directo, por mucho virtuosismo que exhiba. Alguien cercano murmuraba algo así como “para estar en tu casa bien fumado esta música es la hostia”, y puede que suscribamos afirmación tan espontánea y descriptiva. Todo impecable en presencia y ejecución, una pléyade de instrumentistas completísimos y serviciales, pero con el sopor planeando a cada nota y la escasa voluntad de comunicación del zurdo aquello no pintaba demasiado bien. Hasta que volvieron nuestros gallegos favoritos, y ahí la cosa cambió. Y mucho.

El de Los Reyes del K.O. fue un concierto corto y casi improvisado para la ocasión. No debemos olvidar que fue el primer nombre confirmado para la edición de 2017 y la noticia no dejó de ser sorprendente, pues la entente formada por Adrián Costa y Marcos Coll no daba señales de vida artística desde 2007, hecho añadido a que se presentaban en Cazorla sin material nuevo que ofrecer, pero ni falta que les hizo. Aún recordamos los efectos colaterales del fabuloso "Hot tin roof", el disco que incluía versiones de joyas escritas por Doc Pomus ("Young boy blues") y Clifton Chenier ("I’m on the wonder") y cómo le sacan los colores rockeros al cha cha cha de "La paloma" para que acabemos la noche bailando y deseando que estos dos y sus asociados no vuelvan a dejar en barbecho tanto tiempo un proyecto que puso al rhythm and blues español a la altura de los mejores en Europa, donde fueron grandes y seguramente los echan de menos tanto como aquí. Tan exhaustos terminamos que preferimos irnos a dormir reconfortados por tan bello reencuentro, aun suponiendo las virtudes del directo de Carvin Jones, a quien dejamos para alguna otra ocasión más propicia.

SÁBADO 15 DE JULIO

A ver, lo intentaremos explicar para que nadie se sienta aludido y a la vez se tomen cartas en el asunto para los próximos años: lo de llamar “auditorio” a un espacio semicubierto a la entrada de la población habitualmente destinado a celebraciones folclóricas y ferias municipales en las que el sonido importa poco menos que un pimiento, vale, cada cual que le ponga el nombre que quiera, y las autoridades (in)competentes están en su derecho de hacerlo. Pero relegar a dicho escenario, por llamarlo de alguna manera, a bandas tan relevantes en un cartel de esta enjundia como Guadalupe Plata y J Teixi Band resulta poco menos que delictivo. A los primeros ni pudimos verlos porque el curioso concepto de la organización de lo que debe ser gratuito o no, en el que entra la confusión y consiguiente queja de los que habiendo pagado un abono de más de setenta euros por ver T-O-D-O-S los conciertos se tuvieran que quedar fuera porque el aforo es limitado y además accesible a quienes no habían pasado por taquilla. Sí, alucinando nos quedamos, y así parecían aseverarlo las miradas de un personal de seguridad entre acongojado y avergonzado que se hacían cómplices sin serlo realmente de un desaguisado absolutamente lamentable. A los segundos, una auténtica máquina de mezclar soul, rhythm and blues y todos los sonidos negroides imaginables capitaneada por un histórico del rock español, el señor Javier Teixidor, el nunca suficientemente valorado ex líder de Mermelada con incombustible sección de vientos incluida, los escuchamos sesgados, peleando con la infame acústica del lugar e incluso saliendo medio indemnes –veteranía de por medio- en los riffs de "Rosas rojas", los coros de "Atrapado" y la ortodoxia rockera de "Quiero romper". Una pena que los tremendos arreglos de otros temas, entre ellos el clásico "No quiero escapar" y un furioso "Estoy loco" en el que intentan lucirse los teclados de Emilio Galiacho se diluyeran entre la geometría de un cubículo diseñado para todo menos para una música de tanta calidez. ¿Se entiende ahora lo de “odiotorio”?
 Llegamos a la recta final de nuevo en el recinto central a tiempo de ver cómo Julián Maeso presentaba los temas de otro grandísimo disco, "Somewhere somehow", acompañado de una banda que podría pasar por un grupo de mercenarios, en el buen sentido, del sello Chess en su mejor época de los sesenta. Aparte de dar la lección habitual al hammond en "Leave it in time" o "Long winter drama", el manchego comparte protagonismo con un músico tremendo como el guitarrista Amable, y hace bascular el repertorio entre el jazz, el blue-eyed soul y el blues de espacios abiertos. Es un maestro, lo sabe y a quienes lo hemos visto tocar solo un par de veces nos basta para saberlo también.

El reclamo principal de esta edición no era otro que el de traer a Cazorla el espectáculo que protagonizan dos legendarios nombres de la escena: Taj Mahal y Keb’ Mo’, bautizado en los carteles como “Tajmo” y plasmado en piezas para sibaritas del atractivo de "Don’t leave me here" o "Diving duck blues", pura esencia de himno de porche a dos guitarras, y el balanceo rítmico de "She knows how to rock me". Una asociación para llevar el blues hasta el fin del mundo, como ellos mismos podrían decir en "All around the world", y puede que el gran concierto del festival, aunque solo sea por lo que representan sus protagonistas y la cantidad de premios y enseñanzas acumulados entre ambos. Momentazo absoluto y prólogo a otra de las grandes sorpresas, aunque en parte sospechada.

Si atendemos al calculado look de Nikki Hill sin haber escuchado ni una sola nota de su boca podríamos adivinar que lo que hace es una mezcla de reggae, soul, jazz y unas gotas de rockabilly. Hay mucho de todo eso excepto quizá de lo primero, meramente implícito en su físico. La norteamericana no desentonaría ni en un festival de flamenco, tal es su poder de adaptación y conquista de todo tipo de públicos, y a este además ya lo conocía por su presencia en este mismo escenario hace solo dos años. Su voz rasgada, escasa en algunos momentos y maravillosamente personal, le ha granjeado apelativos como el de la nueva reina de la música negra contemporánea, y algo de eso hay cuando descarga su potencial en balazos como "Heavy hearts, hard fists" y "(Let me tell you bout) luv". Un concierto apoteósico llevado en volandas por un sonido perfecto y una complicidad total con un público del que formábamos parte activa por última vez en tres días. No podía haber mejor despedida.

Llegamos a Cazorla con ilusión por disfrutar de la música que más cosas nos ha hecho sentir para marcharnos sin un pedazo de corazón, que se nos quedó allí, tal vez esperando a que pase un año y poder unirse al otro y volver a latir al son de los negros y el de los blancos que una vez quisieron dominarlos sin conseguirlo. Al decir adiós nos sentimos tan tristes como un niño que sabe que después de que vengan los Reyes Magos recibirá un nuevo regalo de cumpleaños. Como dijo B.B. King sin ninguna acritud, "Bye bye, baby!"

Entrevista: Senior i El Cor Brutal

"El amor es el camino. No hay otro"

Por: Kepa Arbizu
Fotografía: Óscar Garrido

Senior i El Cor Brutal es un grupo valenciano, que hace "valenciana" y que su nuevo disco se titula "Valenciana, Vol.1". Perdón de antemano por la aliteración, pero resulta determinante hacer hincapié en la localización de la banda, ya que ese género que han "inventado", que habla de la unión entre las raíces locales y las del sonido americano, tiene su homenaje en un nuevo disco de versiones, aunque más ajustado sería calificarlas de adaptaciones dado que las llevan a su idioma (en todos los aspectos), que además parece el claro inicio de la reestructuración del estilo característico asociado al cuarteto. Unas variaciones que se hacen presentes en un trabajo con un mayor juego de la distorsión y en definitiva bajo una producción más contemporánea. Siguiendo el rastro que va de Johnny Cash a Courtney Barnett, hablamos con el "senior" Micalet Landete sobre la configuración de un complejo álbum en el que ceden el protagonismo a otros cantantes, elegidos para poner su voz a cada tema, y cómo no sobre el nuevo discurrir del grupo...

Diez años de carrera, trece temas, y trece versiones. ¿Por qué este formato para esta retrospectiva de vuestra “valenciana”? 

Micalet Landete: Era una buena forma de resumir esa década. Siempre hemos hecho versiones y en la elección de las mismas se deja entrever la evolución de nuestros gustos musicales.

Un término, valenciana, que sin embargo parece tener más de una década de historia, ya que aparece citado en el paso del historiador musical Alan Lomax por España.. 

Micalet Landete: Sí, sí. Creía que me lo había inventado yo hasta que se digitalizó todo el fondo del catálogo de las grabaciones de Alan Lomax y allí apareció el palabro, en un contexto similar al que lo utilizo yo, todo sea dicho.

Además cada canción es interpretada por un cantante externo a la banda, ¿qué fue primero, las canciones o los colaboradores? 

Micalet Landete: Primero las canciones, pero íntimamente asociadas al/la cantante. Es decir: yo pedía permiso la adaptación de una versión y en la mente ya tenía quién iba a cantarla. Si me la aceptaban, seguíamos con el plan y contactaba con el invitado. Si me la denegaban, me olvidaba de la canción y del cantante.

Hay en el sentido sonoro global del del disco un acercamiento claro a un sonido más producido, más envolvente, con más matices instrumentales , ¿es la evolución de esa “valenciana” o es el inicio de algo nuevo? 

Micalet Landete: Digamos que son las dos cosas. Supone una evolución de nuestro sonido que seguirá sucediendo en el próximo disco y que esperemos nos lleve a terrenos nuevos para nosotros, sin explorar, entre los que aún podamos sentir a nuestra edad la curiosidad de la virginidad.

Y es necesario preguntarlo, ¿hay pensado un volumen II o ya es tiempo de material propio? 

Micalet Landete: Es tiempo de material propio. Tengo el siguiente disco escrito, con el título y la sonoridad claras. Ya tenemos ganas de ponernos con él. El Volumen II de Valenciana quizás llegue con el tiempo. O quizás no. No sé en qué forma física y mental estaremos dentro de 10 años, pero por buenas canciones no será. ¡Hay tantas! Lo del Volumen I fue un guiño a mi disco de versiones favorito de todos los tiempos: el Family Álbum 1 de Surfin Bichos.

Las canciones escogidas mayormente pertenecen a compositores contemporáneas, ¿casualidad o las más aptas para encajar en ese contexto musical? 

Micalet Landete: La selección final de las canciones fue resultado de mis elecciones a causa de las negativas de algunas editoriales a adaptar los textos al catalán. Originalmente todo tenía un aire más al alt-country americano, pero a medida que pasaba el tiempo y las negativas iban llegando se fue yendo el proyecto a aun sitio más pop, más luminoso, más europeo quizás. Más lúdico seguro.

Este nuevo camino lo iniciáis con vuestro productor habitual, Luis Martínez, un a priori trabajo difícil al estar repleto de canciones ajenas y cantantes variados y externos al grupo, ¿era necesario alguien de confianza para realizarlo? 

Micalet Landete: Sí, absolutamente. Ha sido un disco muy complicado de hacer. En lo estríctamente musical, el hecho de dotar al conjunto de las versiones de una homogeneidad sonora ha necesitado de Luis una absoluta implicación. Creo que lo ha conseguido, ¿no?

Sin duda... ¿Y una nueva sonoridad trae consigo necesariamente una nueva forma de contar las cosas? 

Micalet Landete: Sí, es preciso. Si no, es falso, poco creíble. Se deslavaza el concepto. Para nuestro próximo trabajo de temas propios estoy trabajando mucho la escritura de las canciones: me marco objetivos, limitaciones, creo enfoques, sintetizo, me veo desde fuera... Estoy aprendiendo mucho. De mí mismo, sobre todo.

En el trabajo parece haber una temática genérica orientada hacia el concepto de amor, de intimidad … ¿En ese sentido “Born With a Sound”, de The New Pornographers, es paradigmática respecto a esa idea? 

Micalet Landete: Sí, absolutamente. Esa canción tiene una letra que hace años podría parecerme tremendamente cursi y empalagosa pero ahora, con todo lo que he vivido y amado, pienso que es algo que está tan claro: el amor es el camino. No hay otro.

Desde fuera la adaptación de las letras al valenciano parece un trabajo realmente complicado, ¿fue así? 

Micalet Landete: No, no tanto. Llevo haciendo esto desde hace décadas y he adquirido una cierta soltura. Ten en cuente también que, para mí, el inglés y el catalán son lenguas hermanas, con musicalidades muy parecidas, además de otras semejanzas: abundancia de monosílabos, vocales abiertas, melismas y fraseos casi idénticos... También el trabajo de los colaboradores -aún más experimentados en estas lides que yo- rematando las adaptaciones para llevárselas a su terreno, ha sido maravilloso.

¿Y hubo alguna que dejaras fuera por no obtener un resultado que te satisficiera? 

Micalet Landete: No, ninguna. Las únicas que se han quedado fuera han sido aquellas a las que las editoriales no nos dejaron meter mano. Creo humildemente que hemos conseguido darle nuestro toque personal a todas y cada una de ellas. Incluso a la de Tom Waits que es, a priori, la más parecida a la original.

Llama la atención la elección de “Reina d’Anglaterra” por ser la única originalmente en castellano , ¿por qué Grupo de Expertos Solynieve y el propio Manu Ferrón para interpretarla? 

Micalet Landete: Manu es amigo, amado y admirado por todos nosotros. Quería hacer una metacanción. Él cantando su propia creación en una lengua que no es la suya pero sé que ama. Es una idea divertida, ¿no? Además, quería rendir un homenaje a Grupo de Expertos. Ellos fueron los primeros a los que conocí y pense "quiero hacer eso". Cortar el Atlántico y juntar Granada con Memphis. Grandioso. Sin igual.

Otro momento destacado es la interpretación de “Ring of fire”. Quizás la canción más clásica y reconocible a la que sin embargo dais la vuelta totalmente, en un tono mucho más ruidista, ¿precisamente el hecho de ser tan icónica os ha llevado a esa interpretación? 

Micalet Landete: Buf, ¡le dimos mil vueltas! No había manera. Con esa métrica tan particular... Hasta que Luis dijo My Bloody Valentine. Y allá que nos fuimos! Espero que Rosanne Carter no nos mande a sus abogados!

Y un disco así, ¿de qué manera tenéis pensado moverlo en directo? 

Micalet Landete: Hay dos maneras. Una con todos los invitados, que puedan combinar agendas, y otra cantando todas las canciones yo mismo. La primera es más espectacular, más bonita de ver, más cara y que por lo tanto haremos menos veces. La segunda será una buena manera de comprobar lo que me quiere, o no, la gente. No tendrán más remedio que oír mi voz y la irán comparando con las que suenan en el disco. Espero benevolencia.

Sin: "Sin”

Por: Txema Mañeru 

¡Pecad, pecad malditos! El rock’n’roll es pecado y este disco te llama lujuriosamente la atención desde su original portada… “en forma de tocadiscos…carnal”. Pero lo mejor es que la veas. Luego querrás pecar y escuchar el currado debut de todo un enamorado del rock’n’roll como es Sin, bajo cuyo nombre protector se esconde Samuel Ortiga

Este compositor y multi-instrumentista madrileño comenzó en el conservatorio pero AC/DC se cruzaron en su vida y quiso ser cantante de rock’n’roll. Luego llegaron Kiss, Smashing Pumpkins, el grunge y hasta Black Sabbath. Parte de esto y algunas cosas más nos las explica él mismo en el guapísimo y amplio libreto interior del disco. Por cierto que trae muchos más atractivos dibujos “pecadores” a cargo de Javier Molinero “Bruto”, que merece la pena ver, y tampoco faltan las letras.

Canciones llenas de “Sin” (Crazy Sandwich / Top Artist) que comienzan de manera espectacular con "Blow your socks off". Pirotecnia guitarrera a lo Jimi Hendrix, pero con matices grunge a lo Mudhoney y aromas clásicos a lo Black Sabbath. En "Hoochie Koochie Woman" ya sabes a quién rinde homenaje y te imaginarás un rabioso dueto femenino, y acertarás. El título "Essence" indica bien por dónde van los tiros. Un buen tema acústico y desnudo como el último en solitario de Warren Haynes y también algún toque Clapton. En "Rock and Roll heart" no tenemos el tema de Lou Reed pero vuelve el r'n'r guitarrero y agresivo. Gran estribillo y parece que estemos escuchando un clásico. con "Noelita" vuelve a hacernos solo una buena demostración romántica de su dominio de las 6 cuerdas. Tras un buen lento como "The true colors" viaja hasta una "Nebula" en la que alterna sonidos grunge a ratos más cañeros y en otros omentos más melódicos. ¡Hay que ver si lo defiende en directo y cómo lo hace!

Alt-J: "Relaxer"

Por: Oky Aguirre 

Hay que empezar a saberse los nombres de estos chicos de Leeds. Cuando un grupo funciona hay dos maneras de saberlo: una es odiarlo desde su primer acorde y la otra es amarlo… desde su primer acorde. Con “Relaxer” lo han vuelto a hacer. Han creado una obra musical en ocho canciones que ya está despertando los más bajos instintos de sus detractores y las “good vibrations” que siempre transmite a sus amantes. 

El sonido Alt-J permanece y se asienta en éste su tercer trabajo, superando así el “síndrome del primer disco”, aquel “An Awesome Wave” que permanece en lo más profundo de nuestro frontal izquierdo, el que dicen que guarda tus buenos recuerdos y sentimientos. Es difícil sacar tres discos y que cada uno contenga 4 o 5 canciones excelentes, y más complicado todavía dotarlas de cierta simplicidad en sus armonías, que es lo que las hace trascendentes. La conjunción de voces y teclados, de baterías y bajos con guitarras acústicas es como una ecuación; los silencios se hacen otro instrumento más y los falsetes se convierten en sello característico, convenientemente utilizados y jamás llegando a distorsionar o cansar. De alguna forma, hacen que el folk de los 60 fluya por sus canciones; que el pop y soul más primitivo de otras décadas suene nuevo y actual, gracias al espacio que le dan a estos géneros en cada una de sus composiciones. Los noventa fueron del trip-hop; Portishead o Morcheeba crearon un ambiente musical que hoy descansa en nuestras estanterías. Alt-J han inventado un sonido, uniendo estilos con precisión matemática. 

“3WW” abre el disco creando un ambiente único y perfectamente reconocible de su sonido. Cada acorde es como un paso hacia adelante en una canción que no termina de crecer, con un momento Brian Wilson claramente reconocible (2:42), fuera de plagios. En “In cold blood” nos encontramos con el “hit” al que ya nos tienen acostumbrados, que sonará todo el año y que seguro no tardará en aparecer en algún anuncio de televisión, ya que su estribillo sacado de un código binario encaja perfectamente con una sección de vientos marca de la casa, además de contar con la colaboración de Iggy Pop como narrador en el video. “The future looks like bright” son sus últimas palabras, lo que sabemos no es verdad. 

Mención aparte a lo que puede ser un suicidio o un acierto. La versión del “House of the Rising Sun” de Eric Burdon & The Animals. Hay que tener muchos huevos para atreverse a esto. O te cagas en sus muertos o los adoras. Alt-J hacen un sentido homenaje a su modo, reconociendo sin rubor su influencia. Lo que otros artistas pretenden encubrir con excusas, estos ingleses transforman una canción incunable, manteniendo su esencia a través de su letra original –a la que añaden una par de frases-, llevándolo a un terreno muy personal, casi en forma de nana. Al final se trata de hacer canciones, y que éstas nos hagan hacernos preguntas como ¿por qué me gusta o por qué no soporto esta canción? Los “standars” hay que cuidarlos y Alt-J lo hacen. 

Con “Deadcrush” demuestran que se puede ser vanidoso y presumido –adjetivos muy utilizados por la prensa- y ser una máquina para hacer canciones impecables. Después de “Hit me like that snare” –sin duda el título sobrante en el disco, donde juguetean con algo que desde luego no dominan; el punk-rock-, vuelven a introducirse en sonidos cercanos a la “punjabi“ music, que seguro han chupado en su adolescencia británica, recordando mucho a los míticos Cornershop

“Adeline” vuelve a las baladas inclasificables con nombre de mujer –inolvidable “Mathilda”- comenzando muy bien pero un tanto pretenciosa en su duración, coro de niños incluido, y con “Last year” lo que empieza con un insípido y hasta pedante recorrido por los meses del año, se convierte en hermoso al enlazar con otra canción totalmente fuera de lugar, pero con excelente criterio, con la voz de Marika Hackman y la palabra Mississippi por medio. 

El disco termina con “Pleader”, una conjunción de todo lo que es el concepto Alt-J, en modo orquestal y con el “How Green was my valley” como estribillo. Pues eso; o los amas o los odias.  Joe Newman (voz principal y guitarra), Thom Sonny Green (batería) y Gus Unger-Hamilton (teclados y voz). 

Benjamin Booker: "Witness"

Por: Artemio Payá 

Para muchos artistas siempre es complicado dar un segundo paso después de un aclamado álbum de debut forjado con canciones que han ido a tu lado durante bastante tiempo y que son lanzadas sin pudor ante una mesa de mezclas en el momento de entrar al estudio. Tras ese inesperado éxito de hace tres años, Benjamin Booker se enfrentaba al síndrome del papel en blanco en el que los que están al otro lado te miran con atención y esperan de ti otro buen puñado de canciones sugerentes. Después de dos años buscando a la musa decidió tomar un avión a un lugar con diferente cultura, idioma y donde encontrase únicamente en la compañía de una vieja guitarra clásica. Es pues en Ciudad de México donde comienza a gestarse este “Witness” y donde en su propia búsqueda interior quiere extraer las vivencias de las que ha sido testigo.

Lo primero que nos encontramos nada más destapar este tarro de vivencias es la forma, ya que si su primer trabajo sonaba crudo a más no poder y con las guitarras crepitando en todo momento, aquí Sam Cohen se ha encargado de barnizar el sonido, moldeando su contenido hacía una sonoridad algo más pop. Nada más pincharlo nos topamos con “Right on you”, que es un rotundo rock and roll domesticado y coloreado pero que funciona sin pestañeo. Es casi lo más rudo del lote ya que luego en los siguientes nueve cortes se sumerge en un puñado de estilos más emparentados con otras sonoridades: “Motivation” por ejemplo nos muestra al artista en su tono más acústico para luego continuar por la senda del góspel acompañado ni más ni menos que por Mavis Staples en la estupenda “Witness”. “The slow drag under” es un blues del siglo XXI, y aunque luego entona una fallida “Truth is Heavy”, la segunda parte del disco es quizá la mejor con las fabulosas “Believe” y “Overtime”, ambas de alma soul ya sea de raigambre profunda como de leve coqueteo con el rock gracias al adorno de guitarra. Hacía el final nos cruzamos con “Off the Ground”, en la que pasamos de estar en un plácido salón escuchando un corté acústico como nos encontramos en medio de un fiestón de disco rock. Después de la algarada se despide con dos caras completamente diferentes, la de baladista al piano en “Carry” y un inesperado final en forma de garaje electrónico que no termina de romper y que suena más bien a experimento.

Al final, la prueba del segundo disco no le ha ido tan mal a Benjamin Booker, se le nota liberado de ataduras, ecléctico y pensando en grande hacia nuevas direcciones. No me cabe duda que los que esperaban que repitiera la electricidad, rugosidad y crudeza de su debut quedarán altamente defraudados pero si no es así estoy seguro que estarán más que satisfechos con este “Witness”.

Jason Isbell and the 400 Unit: "The Nashville Sound"

Por: Kepa Arbizu 

Cuando Jason Isbell abandonó los Drive-By Truckers supuso -como era de esperar- un duro golpe para la banda. Quedó demostrado empíricamente que perder una de las patas creativas significaba un descenso en el nivel global de lo que hasta ese momento era una de las representaciones más completas y contundentes del rock americano. Como suele suceder en estos casos, ambas partes perdieron, y la carrera en solitario del estadounidense no empezó con la majestuosidad esperada, emprendiendo unos primeros pasos titubeantes. Una discografía que sin embargo, en sus últimos tiempos, se ha consolidado de una manera tan rotunda como emocionante. 

Precisamente dentro de esta época de esplendor, iniciada con el “Southeastern” y continuada por el “Something More Than Free”, se inscribe un trabajo como este “The Nashville Sound”, donde recupera – en la nomenclatura, ya que la presencia real nunca ha dejado de existir- el nombre de su banda habitual (The 400 Unit), en la que se encuentra la figura esencial, también por razones extra musicales, de su mujer Amanda Shires. Una decisión, la de sacar a relucir la formación acompañante, que habla del variado, y en muchos instantes robusto, camino que el disco toma a la hora de expresar diferentes manifestaciones del sonido de raíces.

Son muchas -y provenientes de ámbitos diversos- los puntos en común que decoran esta, denominémosla, trilogía que el de Memphis ha entregado hasta el momento. Uno de ellos, precisamente, fue abandonar su tierra natal para alojarse en Nashville junto a su pareja y donde ya ha comenzado, con el nacimiento de su hija, a construir un nuevo núcleo familiar. También relevante resulta la aparición, y consolidación, del productor David Cobb, una suerte de rey midas contemporáneo en el contexto “americanista”. Elementos todos ellos que delatan una misma constante, aquella relacionada con la reubicación y consiguiente estabilidad. Ideas por su parte muy significativas en relación al concepto que transmite un álbum que desde su título, en referencia a su reciente residencia, reta a jugar con los dobles significados, ya que esa evidente llamada al clasicismo que entona supondrá también en su desarrollo divergencias con ciertos aspectos tradicionales asociados a dicha escena. Sumémosle a esta percepción que los mayores réditos de su talento -en solitario- los está logrando en una época de paz familiar y alejada ya de adiciones y corroboraremos que estamos ante un tipo singular y que le acompaña un discurso propio dispuesto a reventar ciertos clichés. Para ello, nada mejor que hacerlo con este extraordinario disco. 

Ya desde el inicio con la delicada “Last of My Kind” se va a poner en liza esa confrontación entre el pasado y el presente. Un disco, que por otra parte, va a crear una visible diferenciación entre aquellas composiciones más rockeras y otras con un espíritu campestre de folk-country, en la que se encuentra la ya comentada apertura. Será un ensayo de nivel para la llegada, dentro de ese terreno, de otras representaciones realmente ejemplares como la preciosa e intensa “Tupelo” e incluso la desnuda “If We Were Vampires”, en la que se observa con nitidez, gracias en parte también al contrapunto femenino, la voz dulce y rasgada tan característica de Isbell. El violín que asume protagonismo en “Something to Love” le otorga una apacible nostalgia a esta canción dedicada a su hija pero también de claro carácter autobiográfico, y un tema como “Chaos And Clothes” resuena maravilloso en un claro homenaje a esas sensibilidades extremas de personajes como Elliott Smith o Nick Drake y que además supone una mano amiga tendida a Ryan Adams en sus problemas amorosos. 

Si hasta ahora la parte mencionada hace referencia a esa que comparte una delicadeza sonora, sensación que además se hace extensible mayoritariamente a unos textos más intimistas, la aparición de las guitarras eléctricas, y el incremento de la fuerza, delimita otro plano por el que discurre el trabajo, uno que enfatiza la temática social. Esas formas adquieren su manifestación más directa de la mano de un rock and roll épico eminentemente springsteeniano en la proletaria “Cumberland Gap” que se convierte, implementando la emoción al mismo tiempo que rebajando la aceleración, en un medio tiempo con sello Mellencamp en “Hope the High Road”. El dardo envenenado que lanza a esos Estados Unidos anclados en un sistema de valores que apuntalan privilegios por medio de “White Man’s World” adopta un tono crudo, siendo Neil Young uno de los definitivos abastecedores de su espíritu eléctrico, y con el medio tiempo “Anxiety” encuentra el exacto anclaje en las dos platillos de la balanza entre los que fluctúa el álbum. 

Jason Isbell firma con este nuevo disco un excepcional retrato de lo que debe ser un buen songwriter. Musicalmente se alimenta y adapta la tradición del sonido americano mientras su voz es transmisor de una mirada que parte desde su experiencia individual e íntima para ubicarla, y confrontarla cuando se hace necesario, en un contexto global. Explicarse -o intentarlo- a sí mismo por medio de aquello que le rodea, esa es la -magníficamente resuelta- ecuación que desprende “The Nashville Sound”.