Dave Liebman & Richie Beirach: "Eternal Voices"

Por: Txema Mañeru 

Puede parecer una simpleza el primer juicio que vamos a emitir sobre este trabajo, pero realmente creemos que no lo es pues es bien cierto lo que vamos a firmar. “Eternal Voices” (Jazzline / Distrijazz) es un genial doble compacto de casi dos horas de duración que puede gustar por igual a los amantes de la música clásica que a los del jazz. Lo mismo que encantará a quienes gusten de la improvisación y libertad total dentro de una música básicamente ya libre como suele ser el jazz.

Aquí celebran estos dos prestigiosos veteranos una colaboración que se remonta ya a hace medio siglo. Colaboraciones en directo y también en bastantes discos. Lo hacen por todo lo grande por si, por desgracia, pudiera ser la última ocasión que tuvieran. Aunque ninguno de estos dos monstruos necesite presentación haremos un breve repaso de ambos.

Dave Liebman toca los saxo tenor y alto, además de la flauta. Ha tocado junto a Miles Davis, Chick Corea, McCoy Tyner, John McLaughlin o Elvin Jones entre muchísimo más. Ha trabajado fundamentalmente dentro del jazz pero no es la primera vez que entra en territorios clásicos y ha hecho buenas colaboraciones en el mundo del rock. No en vano ha participado en más de 500 grabaciones y en 200 de ellas, aproximadamente, como líder o co-líder. Richie Beirach es un consagrado pianista y compositor que comenzó con uno de los más grandes, Stan Getz. Muchísimos grandes nombres también en su historial y el más popular quizás sea el del inolvidable Chet Baker

Juntos han querido llevar a su terreno algunas breves piezas clásicas de renombre y de compositores de primer nivel. Así en el primer compacto se enfrentan a monstruos como Mozart, Beethoven, Bach, Katchaturian o Schoenberg en un viaje de varios siglos. Comienzan con el "Piano Concerto No. 23" de Mozart estableciendo ya un diálogo total entre un sutil y limpio piano y el genial saxo de Liebman. El "Little Prelude No. 4" de Bach lo bordan con una preciosa y solemne melodía llevada conjuntamente. Ambos aportan una pieza por cabeza. "For Ernst" la firma Beirach y es hermosamente triste, destacando mucho la flauta. "For Walter" es el tema de Liebman y resuena aún más profundo con su tenor y las teclas más graves del piano. El "Prelude" de Scriabin tiene un precioso arranque improvisado solo de saxo.

La verdad es que lo comparten todo. También el texto del trabajado libreto que viene dentro del bonito y cuidado triple digi-pack. El texto lo firma Beirach pero con la supervisión y las correcciones de Liebman. En el primer compacto también tenemos temas de Mompou, Faure y el "Bagatelles" de Bela Bartok. Pero es que el segundo compacto está íntegramente dedicado a los seis "String Quartet" de Bartok. Muy curioso hacer estos célebres cuartetos de cuerda con saxos y piano únicamente y en formato de dúo. El ‘String Quartet No. 1’ comienza con un estupendo solo del tenor de Liebman. Algo que se repite en el ‘String Quartet No. 4’ y también en el emocionante final del "String Quartet No. 6". Pero en muchos momentos como los más de ocho minutos del "String Quartet No.2" o en los más de doce del "String Quartet No. 6", Beircah se muestra realmente inspirado con el piano. En general, en este segundo compacto con temas más extensos son mayores aún los momentos dedicados a la improvisación. ¡Ojalá les queden unas cuantas colaboraciones conjuntas más!

Entrevista: Juanjo Zamorano

“En todas las esquinas de la cotidianeidad hay historias que contar” 

Por: Sergio Iglesias

“Animales vivos” es el título del segundo disco de Juanjo Zamorano, un trabajo grabado en los estudios de Guitar Town de Hendrik Röver, quien ha sido fundamental en el hecho de que, por primera vez se haya atrevido a escribir en castellano. Un más que trabajado segundo disco en el que Juanjo Zamorano sigue ampliando su particular catálogo de sonidos americanos y que le sitúa entre los grandes escritores de canciones en castellano. 

La gran novedad en este segundo disco la encontramos en el idioma de las canciones, ¿por fin te ha convencido Hendrik Röver para cantar en castellano? 

Juanjo Zamorano: (Risas)Sí, gran parte de la culpa es de Hendrik y de otra gente que me estaban insistiendo en ello desde hace tiempo; yo también tenía ganas de hacerlo, pero la verdad es que me ha supuesto un reto impresionante porque me ha llevado tres años escribir el disco. Sobre todo, tardaron mucho en salir las primeras canciones porque me sonaba muy raro pero, a medida que iba escribiendo, iban saliendo más fácil. Pero sí que es cierto que Hendrik me lo llevaba diciendo desde la época de Pilgrim Rose.

¿De dónde sale el título del disco, “Animales vivos”? 

Juanjo Zamorano:  Pues el titulo salió a raíz de la portada que era como traer la filosofía del rollo country y western a mi tierra. Asturias es una zona ganadera y rural, los camiones de transporte de ganado, de esos animales vivos, es algo que te encuentras habitualmente, sobre todo cuando andas por carreteras secundarias y por los pueblos. Me pareció gracioso y una especie de símil, porque animales vivos es lo que somos todos, y todos vamos en un camión, seguramente hacia el matadero. También suelo decir que, aunque vaya el camión vacío, como mínimo va un animal vivo en el camión (risas)… era una especie de metáfora de humor negro. 

 Me hablabas de esa conexión entre la música que haces y los paisajes asturianos, algo que ya vimos en tu anterior disco en composiciones como “Memories”… 

Juanjo Zamorano:  Sin duda son paisajes muy inspiradores; desde que empecé en Pilgrim Rose llevo pensando que, si no viviera en Asturias, escribiría de otra manera e incluso que no habría llegado a este estilo, porque yo empecé en cosas muy diferentes, cercanas al hard rock y al metal. El no haber nacido en Asturias y haber venido después, seguramente hace que me resulte más llamativo y pintoresco todo esto, algo que la gente de aquí igual no lo considera tan digno de mención para hacer las canciones. 

Las letras de las canciones se mueven en un ámbito de cotidianeidad pero sin olvidarte de la crítica social y la puyita necesaria en “Franquicia”, ¿te ha costado escribir estos nuevos temas en castellano? 

Juanjo Zamorano:  La mayoría de las temáticas de las canciones están sacadas de una vida muy cotidiana porque la vida aventurera de la persona está en los 20 ó veintipico años, pero la gente de 40 y pico lleva una vida bastante rutinaria; aun así, creo que en todas las esquinas de la cotidianeidad hay historias que contar. Y lo de la canción anticlerical es una costumbre que tiene Hendrik de hacer una en cada disco y a mí me pareció una costumbre muy sana (risas). 

Hablando de Hendrik y de la producción de “Animales vivos”, ¿qué diferencias ha habido entre este y tu anterior trabajo en solitario? 

Juanjo Zamorano: La mayor diferencia es que este ha sido más sencillo porque el primero que hice, en origen iba a ser un disco para Pilgrim Rose, pero en el proceso de composición y arreglos fue cuando el grupo se disolvió. En aquella ocasión le llevé unas canciones muy trabajadas con unos arreglos más o menos definidos, aunque él aportó su toque característico. En esta ocasión le llevé las canciones totalmente desnudas, las toqué allí con una guitarra acústica y se partió de cero, por lo que en este disco toda la producción es de Hendrik, se puede decir que musicalmente este es un producto Hendrik Rover al 100% y en sus manos encomendé mi espíritu (risas)… después de tantos años trabajando con él, mi fe en Hendrik es absoluta. 

Los GTs, Javi Arias, Irene Filandera, Jorge Otero, el propio Hendrik Röver… no te quejarás de los músicos que han participado en el disco ¿eh? 

Juanjo Zamorano:  Por supuesto que no; fue comodísimo, las bases de las canciones se hicieron prácticamente en un día y medio y lo demás fue todo muy rápido… comodidad absoluta y sobre todo, la garantía que te da trabajar con todos estos musicazos. Por destacar algo por encima de todo lo demás, te diría que las baterías de este disco me parecen increíbles por la solvencia, por como quedaron y por lo que aportaron Javi y Toño. 

Y hablando de ti, también se perciben más matices y más variedad en las voces… 

Juanjo Zamorano:  Yo no soy consciente de eso, pero creo que el cambio de idioma sí que me ha hecho cambiar un poco mi manera de cantar. Antes cantaba como más metido en un estilo concreto y siempre fijándome o con una influencia de alguien, ya fuera Townes Van Zandt o Dylan; al cantar en castellano, he tenido que encontrar mi voz otra vez, la canción te exige cantar de una manera u otra. Como te decía al principio, este disco me ha exigido mucho más en todos los aspectos, al principio me sonaba todo muy raro, ha habido un trabajo de adaptación importante a escuchar mi propia voz en castellano y muchas de esas primeras canciones acabaron en la basura por eso mismo. Pero creo que, gracias a esa exigencia, en este disco hay mucha más riqueza en muchos aspectos. 

¿Otro reto superado? 

Juanjo Zamorano:  Eso es, lo de cantar en castellano fue, como te decía, gran influencia de Hendrik y de otra gente que quería oírme en castellano pero, sobre todo, fue un reto que me puse a mí mismo y, aunque al principio me parecía imposible, sin embargo ahora es el disco del que me siento más orgulloso porque siento como si fuera mi debut. 

Siempre se valora más lo que más cuesta, ¿no? 

Juanjo Zamorano:  Desde luego; no es que antes lo hiciera, pero aquí no puedes engañar a nadie porque todo el mundo te entiende lo que dices y te tienes que auto exigir mucho más porque tienes que estar diciendo cosas todo el rato. 

¿Y este va a ser el camino a seguir en un futuro o no tiene por qué? 

Juanjo Zamorano:  Sí, después de toda esta metamorfosis, para mí ahora el castellano es el idioma en que voy a cantar y el inglés forma parte del pasado completamente. 

De hecho, me acabo da dar cuenta de que lo pones en la contraportada: “En este disco se oculta un fantasma del pasado, si esperas lo suficiente podrás escucharlo”, ¿te refieres con esto a “I´ll never (let her hear this song)”, el único tema en inglés del disco? 

Juanjo Zamorano:  Exactamente, es la pista oculta, una canción que tenía escrita desde 2015. Me daba pena no dejarla grabada en ningún sitio, pero tampoco quería que interfiriera en el concepto del disco y por eso me pareció apropiado no acreditarla pero sí dejarla registrada, aunque fuera como pista oculta.

Peter Perrett: "Humanworld"

Por: Àlex Guimerà 

Nunca es tarde si la dicha es buena. Esta máxima parece pensada para tipos como Peter Perrett, quien en edad de estar jubilado se ha rescatado (o mejor dicho sus hijos lo han hecho para él) recuperando una genialidad y un talento para el rock'n roll que demostró de sobras con los tres sensacionales discos que The Only Ones publicaron a finales de los setenta en la Inglaterra enfebrecida por el punk. Aunque estos miraban hacia el power pop y hacia la psicodelia de la Velvet Undergorund, y más en concreto el propio Peter se inspiraba en la forma de cantar displicente de Lou Reed, pero también en la riqueza de sus letras. Una banda y un músico de culto que se perdió en las drogas y en el olvido, a pesar de volver del letargo para publicar otro buen disco en 1996 ("Woke Up Sticky") bajo el nombre The One. 

Por fortuna hace apenas un par de años resurgió con uno de los discos del ejercicio, "How The West Was Won", a base de pop-rock elegante, en el que destacaban la belleza de la madurez, el romanticismo y cierto tono optimista, con claras referencias a "Coney Island Baby". A su alrededor, una banda del todo familiar, en la que sus hijos Jamie y Peter Jr., tocan guitarra y bajo, respectivamente, y las parejas de aquellos, Jenny Maxwell y Lauren Moon (sintes, violines y  teclados) también están presentes al lado de su suegro y del batería Jake Woodward.

Dentro tenemos maravillas a doquier: crescendos celestiales ("Heavenly Day"), guitarras hipnóticas en la onda de la psicodelia del brit pop noventero ("Love Comes On Silent Feet" ), homenajes velados al mismo Lou Reed ("The Power Is In You") y a la Velvet ("Walking In Berlin") , distorsiones gloriosas ("War Plan Red"), riffs estratosféricos ("48 Crash"), fragilidad entre voces y climas fantasmagóricos ("Carousel") , power pop de calité ("Once Is Enough"), guiños hacia The Only Ones ("Master Of Destruction"),....

Doce formidables y actuales composiciones con las que Perrett ha sabido no solo jugar y experimentar de nuevo, sin perder su identidad e ironía, sino también interpretarlas a la perfección, cantando cálidamente con una particular emotividad serena que solo la edad y el haber mirado a la muerte a la cara dan.

Bill Callahan: “Shepherd in a Sheepskin Vest”

Por: Kepa Arbizu

La música, atendiendo a su estricta definición, es la sucesión y combinación de sonidos. Una coordinación en la que sin embargo también interviene, más o menos decisivamente, el uso de los silencios. Una habilidad de la que han hecho todo un arte algunos intérpretes, como es el caso del estadounidense Bill Callahan, quien lleva ejecutándola desde su periplo por el grupo Smog y que en solitario ha seguido practicando y perfeccionando. Minimalismo formal, siempre asociado a un folk austero, que por otro lado ha facilitado la asunción de un calado reflexivo que aunque ni mucho menos ha abandonado para su más reciente álbum, “Shepherd in a Sheepskin Vest”, sí que ha orientado hacia un territorio algo más optimista y luminoso. 

Las características que adornan estas composiciones, nada menos que veinte, no son una mera reacción al alto espacio de tiempo -seis años- transcurrido respecto a su trabajo predecesor, “Dream River”, sino el resultado natural de todo lo vivido en el transcurso de ese periodo. Estamos refiriéndonos a episodios tan trascendentes como la muerte de su madre y sobre todo su enlace matrimonial con Hanly Banks y el nacimiento de su hijo, lo que ha derivado necesariamente en la configuración de un nuevo, y feliz, entorno personal. Reestructuración que ha alterado, como es lógico, el color de la mirada hacia su alrededor y por ende la forma de expresarse artísticamente. Una actitud que además queda refrendada por un título que hace referencia tanto a la simbología pastoral, por aquello del rebaño asociado al núcleo familiar, como pastoril, en cuanto a la visión -en muchas ocasiones- idílica que traslada de ese tipo de existencia.

Apoyado en Brian Beattie, y recayendo en ambos casi la exclusividad a la hora de poner en marcha el decorado instrumental que irá desfilando a lo largo de las canciones, no será dicha presencia sin embargo la que resulte novedosa sino el tipo de representación adquirido. Los detalles que con sutilidad siempre han asumido un protagonismo a la hora de definir en toda su complejidad las composiciones, ahora se orientan para trazar un contexto más luminoso en el plano formal. Una alteración aplicable también a unos textos que pese a no variar en cuanto a las interrogantes vertidas exponen unas respuestas o planteamientos originales respecto al habitual ideario de su autor.

Tal es la necesidad por querer reflejar que este regreso afecta tanto al aspecto temporal como  al almacenamiento vital con el que llega cargado, que su canción introductoria es una bienvenida explicita, “Shepherd’s Welcome”, con la que presentarse dispuesto a relacionarse con el oyente bajo otros parámetros, algo que hará por medio de una canción que alterna un  sonido "profesional" con otro más casero y amateur. Una reflexión entorno a la escritura a la que volverá a referirse en “Writing”, ejercida con aires trovadorescos, contexto sobre el que destaca un tono de voz marcado cada vez en mayor medida por esa cálida y serena profundidad -lo que la convierte en excelente aliada en la misión del álbum- que a estas alturas parece instalada entre Nick Drake y Terry Callier.

El continuo -y en ocasiones imperceptible, dada esa delicadeza con que muchas veces es tratado- goteo de detalles musicales es el salvoconducto perfecto para que el disco pueda oscilar entre el maravilloso tono country-western de una metafórica “Black Dog on the Beach”, con la que evocar a su padre; ademanes de crooner jazzístico (“Angela”) o desarrollos instrumentales dignos de una jam session en “Camels”. Un paso más allá en la elección del revestimiento con el que decorar los temas se descubrirá entre las nerviosas y atiborradas bases, incapaces pese a todo de perturbar el sosiego vocal imperante, de “Call Me Anything” o en el contenido que esconde el brillante y cómico titulo de “The Ballad of Hulk”, donde jugueteando con “ruidos” ejercita una mirada a ese pasado, siempre en contante acecho, más airado.

Pese al ya insistentemente mencionado entorno bucólico en el que parece sumergido el álbum, las maneras genéricas que exhibe este músico estadounidense son, pese a los matices, proclives a un tipo de sonido que alcanza una hondura tal que inevitablemente le hace estar relacionado con otras personalidades de sobrio dramatismo como pueden ser Mark Kozelek, John Martyn o Bonnie “Prince” Billy. Todas voces que dejan su eco en una serie considerable de temas de este álbum, valgan como ejemplo la colosal “Morning Is My Godmother”, sujeta por sonoridades  con esencia de blues; una “Released” que desde su susurro emerge con categórica angustia; el poso melancólico con el que carga una bellísima “Son of the Sea”, todo un retrato de su actual estado emocional, o la escrupulosa sobriedad encaminada a recordar, y homenajear, a su madre en “Circles”.

Bill Callahan cuenta con una carrera lo suficientemente extensa y exuberante en cuanto a calidad como para que no cause sorpresa el sobresaliente nivel logrado en este actual capítulo. Lo que llama la atención es que con  “Shepherd in a Sheepskin Vest” ha encontrado nuevos subterfugios con los que emocionarnos, y lo consigue expresando, y haciéndonos partícipes, del buen momento vital en el que se encuentra. Una sonrisa que ha hecho extensible a su personal y genial manera de encarar ese sonido de raíces siempre atravesado por una sobrecogedora mesura. Pocas cosas más gratificantes se puede encontrar el ser humano que la capacidad para poder compartir su felicidad, y si se hace bajo un envoltorio de tanta belleza como éste, entonces los afortunados, además del autor, seremos todos nosotros. 

Ricardo Ruipérez, de M-Clan, presenta el adelanto de lo que será su primer álbum en solitario


Ricardo Ruipérez lleva más de 20 años escribiendo algunas de las mejores canciones de M Clan. Es lo que mejor sabe hacer. Siempre desde ese segundo plano -nunca había sido cantante, casi nunca guitarra solista- que permite mirar con profundidad. Y ahora, con la madurez como acompañante y aprovechando la pausa pactada para su grupo, se ha tomado el tiempo necesario para dejar que afloren esas emociones intensas que casi nunca habitan a flor de piel y les ha dado forma de canción. De 11 canciones que completan un álbum que emociona, que sorprende y que deja un largo paladar: el que se infiere de un autor en su plenitud.

Todo lo que hay en este disco es absolutamente real. Es el caso de "El bosque de los pájaros", primer single de adelanto, en el que Ruipérez habla de identidad, de sentimiento de pertenencia, de ese bosque por el que pasea cada mañana en la montaña a las afueras de su Murcia natal.

Producido por José Nortes y arropado por un equipo formado por Sergio Bernal (batería), Candy Caramelo (bajo), el propio José Nortes (guitarra), Luis Prado (piano y órgano), Txetxu Altube (coros), además de las cuerdas de Manu Clavijo y los metales de Miguel Malla que engrandecen la dinámica sonora y emocional, "En la distancia corta", título de su disco, es un álbum de una sinceridad brutal. Espinoso asunto este de la sinceridad en la música, pero que aquí no se debe obviar. Ruipérez tardó en encontrar su voz, compuso buenas canciones con oficio y bonitas palabras y luego las arrojó por el desagüe, porque se dio cuenta de que solo tenía sentido contar la verdad, su verdad, mirar a su interior y extraer aquello que allí se encontraba, ya fuera amor, decepción, nostalgia o ese paso del tiempo que marca el background personal y que cada vez más se acerca a la prórroga.

 

Rory Gallagher: "Blues"

Por: Txema Mañeru 

Ha pasado ya algo más de un año desde que en Universal comenzaron a “celebrar” el que hubiera sido el 50 Aniversario de la carrera de uno de los mejores músicos irlandeses de la historia , junto a Phil Lynott (Thin Lizzy) y The Pogues. Lo hicieron de la mejor manera posible, con la gran mayoría de su obra fantásticamente reeditada con buenas remasterizaciones y jugosos extras. Una obra que cuenta con más de 30 millones de compradores de sus discos. Nos trajeron todos los imprescindibles que grabó en vida, pero también algunos de sus más que estimables discos póstumos. Comenzando por su debut en solitario del año 71, “Rory Gallagher”, una joya absoluta, o con el que para muchos es su mejor disco, “Tattoo” del 73. En directo era una máquina absoluta y la mejor prueba es la versión doble ahora reeditada de su "Irish Tour ‘74”, sin duda alguna, uno de los mejores discos en directo de la historia. Recomendaciones personales y especiales también para “Calling Card” (76), “Top Priority” (79), “Jinx” (82) o el muy completo doble disco póstumo de 2011, “Notes From San Francisco”, con un compacto en directo y otro en estudio. La gran mayoría de estos trabajos aparecieron también en cuidadas reediciones en vinilo. Entre los póstumos queremos recomendarte el extenso doble “BBC Sessions” del 99. Un total de 22 canciones distribuidas en un primer compacto titulado “In Concert” y un segundo llamado “Studio”. Para los fans estamos hablando del mejor disco que se ha publicado de él en los últimos 20 años.

Este honorífico título de mejor obra póstuma puede pasar a ser ahora para este “Blues”, sobre todo en esa versión DeLuxe, con un triple compacto y con 36 canciones con su gran combinación entre blues acústico y eléctrico, a menudo con sus logrados toques de jazz. Además algunas actuaciones en directo son realmente una pasada total. Estamos hablando de material inédito en casi un noventa por ciento, algo que ningún seguidor esperaba a estas alturas. Entre ellas hay un montón de sesiones especiales con grandes músicos y amigos, pues Rory nunca se vendió ni se prestó a tocar con nadie por motivos estrictamente pecuniarios. Algo que le honra totalmente y por lo que ha sido tan apreciado después de sus dolorosa pérdida, además de por su gran legado musical, claro. Le podemos escuchar así junto a su ídolo, Muddy Waters, o con Albert King, Jack Bruce, Lonnie Donegan o Chris Barber. Todo esto incluyendo material que va desde 1971 hasta el 1994, fecha en  laque falleció. Sí, se cumple ya un cuarto de siglo, pero nunca lo podremos olvidar. El álbum también tiene edición en doble LP, con 16 canciones, al igual que la de un único compacto.

Yo, personalmente, te recomiendo, además de la vinílica, la edición del triple compacto. Podrás gozar así de una gran distribución que consiste en un primer compacto eléctrico, un segundo acústico y un tercer para las bombas en directo. Sumado a una preciosa presentación en cuádruple digipack con un currado libreto de 20 páginas con montón de fotografías inéditas y un estupendo y extenso texto a cargo del muy premiado escritor de blues y rock, Jas Obrecht. 

Es imposible detenerse en todos los temas. Pero tenemos jugosos outtakes de discos como el inicio rompedor con "Don't Start Me Talkin", de las sesiones de “Jinx”, o el estupendo lento "Nothin 'But The Devil", inédita de las sesiones del álbum “Against The Grain”, en la que también destaca el piano de Lou Martin. Buenos resultados logra también con "As the Crow Flies", sacada de las sesiones de uno de sus trabajos cumbre, “Tattoo”. "Should’ve Learnt My Lesson" es otro fascinante lento del “Deuce”, y se saldrá con la mandolina en el ‘Leaving Town Blues’ de Peter Green para su disco tributo. El primer compacto se cierra con una gran grabación para la radio del 72 de su poderoso “Bullfrog Blues”. Todo esto solo en el “Disco Eléctrico”.

En el segundo, el "acústico”, hay más jugosos outtakes de ensayos y varias grabaciones para emisiones radiofónicas que son pura magia y sentimiento. Parece un negro cantando "Who's That Coming" del “Tattoo”. Poderosos boogie blues también en acústico con "Secret Agent". Viaja hasta el Delta del Mississippi con el "Bankers Blues" de Big Bill Bronzy. Lo borda con la slide en "Whole Lot Of People", del “Deuce” del 71, y pone un genial final con una inédita "Walkin 'Blues" de Son House, pero más conocida por la interpretación de Robert Johnson.

La guinda al pastel la pone un tercer compacto en su hábitat natural, el escenario. Con un fantástico sonido en la mayoría de las actuaciones, comienza con tres inéditos de su concierto en el Apollo de Glasgow del año 82. Explosivo inicio con "When My Baby She Left Me2, una apasionante revisión del clásico "Nothin' But The Devil" y extensa, fulminante y lenta "What In The World" de Willie Dixon. Ya con esto sería la hostia. Pero es que hay más, como cuando borda el "Messin' With The Kid" arañando su Stratocaster en el 77. Del mismo concierto de Sheffield, encontramos una maravillosa "Garbage Man Blues", con genial piano de Lou Martin. Salvaje resulta "All Around Man" de Bo Carter y espectacular junto a Jack Bruce ("Born Under A Bad Sign"). Mejor aún cuando cede el protagonismo en "You Upset Me"  a Albert King. Guapo trombón en "Comin’ Home Baby" y buenas, aunque no necesarias, explicaciones habladas de Rory en la despedida con "Rory Talking Blues".

¡Ojalá en un futuro próximo nos puedan satisfacer con alguna obra más de esta calidad y con tanto y tan buen material inédito! ¡Eso, además, significará que Rory Gallagher sigue vivo en muchos corazones y hogares de todo el mundo!

Nasville: "Éxtasis"

Por: Javier Capapé

Rubén Nasville (Zaragoza, 1981) no es nuevo en estas lides. Lleva desfilando como músico por territorio aragonés desde su infancia, unido en un principio al mundo de las bandas, ya que es trompetista de carrera, y desde hace más de diez años al mundo del rock, militando en grupos como Pura Cepa o Don de Gentes. Funda el grupo Nasville junto a Carlos Isarch y Eduardo Lasuén hace algo más de cinco años y con ellos graba su primer EP “Revolución Polar”, en La Cafetera Atómica con el ex Huracán Ambulante Rafa Domínguez a los mandos. Tras varios años de esfuerzo apostando por un proyecto sólido y bien asentado en el rock de raíz consigue hacer realidad su puesta de largo definitiva con un LP de sugerente título que hizo público en los últimos días de 2018. “Éxtasis” es un disco compuesto por diez canciones con regusto clásico, con predominio del rock, pero también con toques épicos, country-folk y sonidos de los setenta. Todo ello bien aderezado con una voz cargada de empaque y personalidad.

Me cito con Rubén Garcés, o artísticamente hablando Rubén Nasville, en un céntrico bar zaragozano. Con ganas de conocernos ambos la charla se prevé distendida. Sin duda habrá mucho rock que desmenuzar y una amplia dosis de vivencias que se mezclarán con la difícil empresa de sacar adelante un disco que Rubén se cree de principio a fin, que no tiene nada de impostura y que lo presenta como una gran bocanada de realidad desde los primeros acordes más enérgicos de “Revolución Polar”, su primer single de presentación, hasta los aires más folkies que cierran filas con “La Música”.

“Éxtasis” ha sido grabado en los estudios Audio Feeling, en Zaragoza, y Cargo Music, en Madrid, bajo la producción de Diego García (Tako, Hotel, Despierta Mcfly, Mama Kin, Maria Confussion, La Niña Hilo, Voyeur…), que ha conseguido reunir en estas diez composiciones un compendio entre el rock setentero y el de estadio, así como el country folk más americano y de raíz. Hay ecos de Quique González, Leiva, o Más Birras en muchas de estas canciones, pero también se cuelan aires a Springsteen o U2. Un disco pretencioso por su propuesta ecléctica, pero hecho desde la honestidad del que sabe que esto es fruto de un trabajo constante, de muchas horas de dedicación y de una pasión irrefrenable. 

Mientras hablo con Rubén el tiempo no pasa, las anécdotas de la grabación del disco se mezclan con su pasión por la música que bebe de multitud de fuentes, desde Ray Charles a Nina Simone, Arturo Sandoval o Tito Puente. En su cabeza hay aromas a blues y a soul mezclado con el rock que le hizo despertar cuando en su vida apareció Mark Knopfler y le cambió la forma de entender la música. Desde entonces aparcó temporalmente la trompeta, con la que se había formado y bregado como músico, y agarró la guitarra eléctrica para no soltarla hasta hoy. En sus primeros grupos ya había ecos del rock setentero, pero desde la aparición de Nasville, por sus venas no ha dejado de fluir música de raigambre americana pero con cierto toque castizo propio de esta tierra mecida entre polvo, niebla, viento y sol (la mejor imagen de Aragón que nos regaló nuestro querido José Antonio Labordeta).

Para Rubén Nasville, este disco no tiene un estilo muy definido, ya que ha intentado que cada canción nos cuente algo a nivel sonoro, abriendo así las puertas a matices que desde el rock, pero con una vista puesta más allá, nos hagan viajar por escenarios diversos y evocadores. Hay mucho fuego en “Éxtasis” y su elaboración le ha dejado con ganas de mucho más, hasta el punto de plantearse un nuevo disco en un futuro cercano, impulsado también por el feedback que está encontrando desde su lanzamiento hace poco más de medio año.

Pero vayamos a lo que verdaderamente importa, a desmenuzar este disco hecho con tanto mimo y dedicación por parte de nuestro protagonista. Un disco que quizá ponga fin a la experiencia de Nasville entendido como grupo, ya que, aunque sus miembros originales (Eduardo Lasuén al bajo, Carlos Isarch a las guitarras, Ismael Moreno a los saxos y Óscar Gómez a la trompeta) han grabado el álbum, ellos mismos han dejado el proyecto en manos de su compositor Rubén Garcés, por lo que es bastante seguro que en un futuro éste pase a tener definitivamente un nombre propio, el de Rubén Nasville. No podía empezar de otra forma este largo que con “Revolución Polar”, una canción que ya tituló su pasado EP pero que no tuvo cabida en aquel. Para Rubén ésta es la canción más importante del disco, con la que arrancó todo, y por eso tiene un lugar tan especial en el mismo, abriéndolo con ímpetu y mucho carácter. La canción va de menos a más hasta estallar en el estribillo consiguiendo emocionarnos quizá también movidos por su significado, que hace referencia a la gente que perdemos pero que sin duda sigue viviendo en cada uno de nosotros. Mientras Rubén me aclara su significado esta canción cobra para mí una nueva vida, pues su carga emotiva tiene ahora todo el sentido. La épica en este mismo tema viene reforzada no solo por el crescendo vocal del estribillo sino también por los vientos, en un estilo cercano al de Leiva, al que admite que sigue de cerca, lo cual se nota en la manera de afrontar algunas de sus composiciones.

Una vez declarada mi debilidad por el tema que titula el álbum le confieso a Rubén que en parte es porque me recuerda mucho a grupos como U2, incorporando unos delays antes del estribillo que desde que los escuché me sonaron a The Edge y que el propio Rubén admite que algo de su estilo lo tuvo en mente desde el momento de su composición. El solo de guitarra a cargo de César Bueno, de La Niña Hilo, destaca por encima de todo y derrocha tanta potencia como su enorme estribillo. Una canción que seguro puede ganar mucho en directo, lo que nos lleva a hablar de las ganas de comprobar cómo sonarán en vivo estos temas. Rubén Nasville está confeccionando una nueva banda que le dé el empaque y la profesionalidad que requiere su propuesta y, aunque a distancia, comenta que está dando forma a un grupo muy sólido que se pondrá en marcha en un futuro cercano. Sin prisas, pero sabiendo que sus canciones merecen una vida en vivo que las haga ser más libres, aunque admite que la respuesta de la gente ante el disco va más allá de los directos, ya que está funcionando con pedidos que le llegan desde una geografía muy diversa, y es que en ese sentido las redes le han aportado un mercado a explorar, incluso en el extranjero, que en directo sería imposible cubrir, algo por lo que se siente muy agradecido.

Otra de las canciones más conocidas por sus seguidores es “Me moriría bailando”, y lo es en parte por ser la última de la que ha lanzado un videoclip, realizado por su colaborador habitual en la dirección de los mismos, Adrián Barcelona. Los vientos vuelven a reforzar este medio tiempo de estribillo pegadizo y estilo similar al del tema con el que abría el disco con ecos al indie-rock patrio. Con “Aprendiste a volar” bajan las revoluciones y entramos en otro tipo de canciones que destacan en el conjunto, las que juegan con el country-rock o el más puro estilo “americana”. El pedal steel de Eduardo Andrés destaca en una canción donde la clase la impone el personalísimo estilo de Gabriel Sopeña. Más Birras, así como aquel lejano disco de Sopeña “Mil kilómetros de sueños”, se nos representan mientras la escuchamos, pero no solo es un country con toque aragonés, sino que la canción está a la altura de los más recientes discos de Quique González o los M Clan más intimistas. Las voces de Garcés y Sopeña empastan a la perfección y el toque acústico nos hace estremecer, convirtiéndola en otra de las piedras angulares del disco. El propio Rubén admite que escuchar la voz de Gabriel Sopeña en su disco es un sueño hecho realidad. Lo acústico continúa en “Cuatro décimas de segundo”, donde ahora es el cello de Cristina Suey, del equipo de Ara Malikian, quien aporta el toque distintivo, aunque esta vez en una línea más británica que americana como ocurría en la anterior.

“Depredador” vuelve a subir los potenciómetros y a centrarse en ese rock apoyado en los vientos para darle más color, acompañados aquí por algún guiño fronterizo en los aires del puente. También me detengo en “Estaré” durante nuestra charla. Otro medio tiempo que cuenta con un estribillo clásico y melódico que contrasta con unas guitarras más ásperas y el órgano Hammond del que se hace cargo Óscar Carreras, como en el resto del disco, casi tan protagonista como las guitarras arpegiadas de las estrofas. Es una canción con muchos matices, para lo que no necesita adornarse con metales, ya que esta vez se basta con una voz más profunda y desgarrada que nos regala en su tramo final. El rock de carretera se abre paso en “Bye Bye Adiós”, que cuenta con la colaboración de Cuti Vericad en la voz. El pedal steel la lleva hacia el terreno ya explorado anteriormente en canciones como “Aprendiste a volar”, aunque aquí destaca, junto a los colchones de Hammond, el wurlitzer (también de la mano de Cuti) y esa trompeta castiza que la acercan más al Ebro que al delta del Mississippi. Y con canciones como ésta nuestra charla deriva a hablar de discos como “La Noche Americana” del ya citado Quique González o el más reciente “Capitol” de Revólver, en los que encajaría como un guante.

“Grita” es una canción oscura, me atrevería a decir que por momentos es casi gótica. En el estribillo llega la luz con los vientos y unas guitarras más cristalinas, aunque sin perder su garra. Carlos Isarch, J. Manuel Joma Rubira, Raúl Zeta y el productor Diego García, muchos guitarristas juntos en una canción donde éstas suenan afiladas, dejando un poso turbio, pero que nos abre un nuevo camino por explorar para este músico inquieto. Finalmente llega “La Música”, una canción de título entre inocente y prepotente, pero que se nos muestra como una filosofía de vida, como la mejor forma que tiene nuestro protagonista de enfrentarse al día a día, pidiéndole a esa música que “no pare de sonar”. El cierre vuelve a esa línea country que ha ido salpicando esta selección de canciones intercalándose entre cortes más pesados y guitarreros. Las tonalidades menores le confieren dramatismo, que se refuerza también por el banjo de Roberto Artigas y el saxo de Ismael Moreno al estilo de Los Rebeldes, pero lo que de verdad le da otro punto extra de personalidad es la voz de Raúl Velilla “Bandido”, la tercera colaboración de un disco donde las voces de los invitados adornan las canciones más aterciopeladas y acústicas en contraste con los sonidos más eléctricos que son adornados por los vientos. Y es que, como le señalo a Rubén, podemos destacar dos tipos de canciones en “Éxtasis”, todas sin abandonar el amplio espectro del rock, desde Springsteen hasta los Rolling Stones, sin olvidarse de los ecos de Dylan o The Band. Sonidos complementarios, que mezclan potencia y sutilidad desde el espectro de los amantes de las seis cuerdas.

Rubén Nasville sabe bien en dónde se mueve. No reniega de sus fuentes, sino que las exhibe sin pudor. Y eso es lo bueno de “Éxtasis” y de su autor, su honestidad y franqueza, lo que nos asegura que si somos de los que gustamos de un rock eterno bien facturado, a buen seguro encontraremos cobijo en alguna de estas canciones. En unas quizá nos resulte más cómodo viajar por su calidez, otras tal vez nos lleguen a incomodar por su crudeza e incluso alguna podremos pasarla de largo, pero no lo dudéis, entre estas diez canciones con corazón encontraremos un sitio convincente donde quedarnos.

Loreena McKennitt: Sublime exquisitez

Teatre Grec, Barcelona. Martes, 9 de julio del 2019 

Texto y fotografías: Raúl Pulido 

En un espacio idílico como es el Teatre Grec de Barcelona, situado en la mágica montaña de Monjuic, la artista canadiense Loreena McKennitt nos ofreció el pasado 9 de julio uno de los mejores conciertos que han pasado por la ciudad condal. Arropada con un séquito de músicos extraordinarios, entre los que destacar al violinista Hugh Marsh (quien estuvo sublime), a la chelista Caroline Lavelle (inconmensurable) y al guitarrista Brian Hughes (espectacular), nos demostró que se encuentra en el mejor momento de su carrera musical y que es uno de las mejores exponentes (por no decir la mejor) de la actual música folk con raíces celtas. Presentando su último trabajo "Lost Souls" (indudablemente su mejor y más completa obra desde "The Book of Secrets"), del cual nos ofreció cuatro temas, Loreena nos deleitó con un concierto exquisito basado, principalmente, en sus grandes éxitos, tocando temas excelentes como "Full Cicle"  o "The Dark Night of the Soul", que no habían sido incluidos en sus giras precedentes de 2008 y 2012, respectivamente.

Para comenzar el espectáculo nada más y nada menos que la mística y onírica "The Mystic's Dream"  tema de apertura de su exitoso trabajo "The Massk and Mirror" , al que siguieron el tradicional irlandés "The Star of The County Boy", "Bonny Portmore" (un clásico en su repertorio), y "Marrakesh Night Market", canción que te transporta a la preciosa ciudad marroquí y que tampoco había sido interpretado en sus dos anteriores conciertos.

Su nuevo tema "Ages Past, Ages Hence" dio paso a la instrumental "Marco Polo" con la que acompañamos al mercader veneciano por la Ruta de la Seda. A continuación, su nuevo composición inspirada en nuestro país, "Spanish Guitars and Nigt Plazas", donde Brian Hughes tapó de forma muy solvente la falta de la guitarra española de Daniel Casares. Acto seguido, una vuelta a su exitoso "The Mask and Mirror" de la mano de "All Souls Night", para rematar la faena con su preciosa balada "Penelope's Song" , tema que hizo levantar de sus asientos a más de un asistente, entre los que me incluyo.

Por si su repertorio, hasta ese momento, había dejado indiferente a alguien (realmente, lo dudo), pues una versión rockera de su tradicional "The Bony Swans" (con un bonito solo de guitarra eléctrica por parte de Brian Hughes) y, acto seguido, su precioso "Full Cicle", tema que tampoco nunca había tocado en directo. A continuación, Loreena nos transportó a la antigua Bizancio con "The Gates of Istanbul", para rematar con "Santiago" y "The Dark Night of the Soul" su casi íntegra interpretación en directo de su álbum cumbre "The Mask and Mirror".

Y para finalizar y dejarnos atónitos (por si ya no lo estábamos) a todos los asistentes a tan magno espectáculo "Manx Ayre", "The Lady of Shalott" T (ojalá nunca falte de su repertorio), "The Old Ways" (uno de mis temas favoritos) y "Lost Souls", fantástica canción que da nombre a su último trabajo y con la que cerró un concierto subliminal. Con todo el teatro en pie reclamando nuevamente su presencia, Loreena nos ofreció dos bises: la instrumental "Tango To Evora" y para finalizar nada más y nada menos que "Dante's Prayer", su interpretación musical de "La Divina Comedia" de Dante.

En resumen, un concierto sublime y espectacular, de una calidad musical sin igual. Si a un repertorio musical de tan inmensa calidad como el que atesora Loreena Mckennitt lo haces acompañar de músicos excelentes, como Brian Hughes, Caroline Lavelle o Hugh Marsh el resultado no puede ser otro que un concierto extraordinario para enmarcar. Muchas gracias por una velada inolvidable.