Carolyn Wonderland: “Tempting Fate”

Por: Txema Mañeru 

No había reparado en ello, pero Carolyn Wonderland es tal maravilla con la guitarra eléctrica que se ha convertido en la primera mujer guitarrista que ha fichado el prestigioso sello Alligator Records en sus ya más de 50 años de historia. ¡Es muy fácil pensar que habrá sido por algo especial! Si escuchas su nuevo disco, “Tempting Fate” (Alligator / Discmedi), tú mismo comprobarás por qué ha sucedido esto y por qué Carolyn es realmente especial. En Ruf Records, su anterior ·hogar", dominan las mujeres guitarristas, sin embargo, en Alligator se habían decantado por cantantes y/o pianistas.

No estamos hablando de ninguna recién llegada, puesto que está a punto de cumplir 50 años de edad. Tampoco ha tenido barreras habitualmente esta diosa de la guitarra blues de Texas. De hecho ha sido la única mujer en ser guitarrista en la banda del gran John Mayall. Tenía ya un total de 10 discos previos, 4 de los cuales han sido producidos por el prestigioso Ray Benson, fundador de la banda ganadora de varios Grammy, Asleep At The Wheel. Se la dio a conocer ni más ni menos que Bob Dylan, quien quedó prendado cuando la escuchó hace ya bastantes años.

Ahora el productor escogido es tan o más especial, ya que se trata de Dave Alvin (The Blasters), que además colabora con las seis cuerdas a lo largo del disco. No es el único músico de relumbrón que ayuda a su trío. Entre los siete invitados destaca la pianista y compañera de sello, Marcia Ball, que pone sus teclas en la vivaz "Texas Girl And Her Boots". Jimmie Dale Gilmore le hace un gran dúo vocal en una irreconocible, pausada y magnífica versión del "It Takes A Lot To Laugh, It Takes A Train To Cry", de su admirador Bob Dylan. Luego tenemos a Red Young que toca órgano y piano en cuatro temas. 

La mayoría de las canciones que forman el disco son composiciones propias, añadiendo cuatro versiones selectas. Ya te hemos citado la de Dylan, pero se atreve igualmente con su compañero de banda, el maestro John Mayall, en una "The Law Must Chance" en la que tanto el órgano de Red Young como su propia guitarra suenan mucho al propio autor de la pieza. Buena también es "Honey Bee", de Billy Joe Shaver, hecha en clave tex-mex con el guapo acordeón de Ian Flemming y con aires a Dr. John y Nueva Orleans. La última versión es el tema que cierra el disco. Se trata de "Loser", de Grateful Dead, en un fascinante tema lento de más de siete  minutos con guitarras realmente mágicas y en la que Dave Alvin entrega algún buen solo.

Pero es que luego hay unos cuantos temas propios que son una pasada total. Es el caso del fulminante arranque con "Fragile Peace And Certain War", con sus primeras demostraciones y una brutal lap steel con su firma. Por cierto, también va a contar con la buena lap steel de Cindy Cashdollar en un par de temas (uno de ellos la versión de Dylan ya citada). Una canción de aires veloces y furia casi a lo Johnny Winter donde demuestra a su vez el gran poderío con su garganta, virtudes que le han llevado a ser comparada con paisanos de la talla de Stevie Ray Vaughan y Janis Joplin. ¡Toma tela! Junto a su compañero en la banda de John Mayall, Greg Rzab, compone la también atractiva "Broken Hearted Blues", con buen órgano de Red Young y con su voz sonando realmente poderosa. Muy bueno el tema pausado "Fortunate Few", con un atractivo piano  y los buenos punteos de Carolyn. Me encanta todavía más "Crack In The Well", una preciosa balada que tiene casi aires góspel en algunos momentos. ¡No sé por qué me da que éste no va a ser su único disco en Alligator!

Cracker: La música de una generación



Teatro Lara, Madrid. Martes, 30 de noviembre del 2021

Texto y fotografías: Skar P.D. 

 Resulta algo complicado comentar un concierto que, a priori, reunía todos los condicionantes para que colmara todo tipo de expectativas en cuanto a su satisfactorio resultado, pero que a su finalización te deja con ese regusto, un tanto agridulce, de que podía haber sido mejor. El resultado me refiero. Quizás sea el signo de los tiempos, de estos tiempos modernos, en los que nos ha tocado vivir y a los que, tragedias disruptivas mediante además, nos vemos abocados unas generaciones que hemos sido incapaces de mantener un legado cultural que parecía definitivamente instalado para la eternidad. ¿En qué momento ocurrió la catástrofe? ¿Cómo no lo vimos venir?

El caso es que han pasado ya cuarenta años desde que David Lowery y Johnny Hickman unieron talento y ganas para alumbrar una de esas bandas que deberían ser objeto de culto permanente y, por tanto, figurar con letras fosforescentes en toda enciclopedia del rock que se precie. Y es que Cracker reúne todos esos requisitos, aunque con el paso del tiempo solo lo de objeto de culto parece ser el objetivo alcanzado. Y no existe ningún artista o banda cuyo objetivo principal en sus inicios figure alcanzar tal status.

Hubo que esperar a que la gente que había asistido a la representación ofertada en el Teatro Lara de Madrid abandonara el recinto, a que se procediera a la desinfección necesaria y legalmente establecida y, claro, a la preparación del escenario para que el numeroso público que esperaba fuera accediera al interior del recinto y, una vez dentro, otro rato más, con invitación cervecera incluida a cargo de la marca patrocinadora del concierto, para acceder a la sala. No figuran casi ninguna de estas circunstancias en los manuales de rock en los que creíamos haber aprendido.

Cracker aparecieron sobre el escenario esta vez en su formato más habitual de cuarteto, porque por algún lado se les ha caído Matt "Pistol" Stoessel y su pedal steel guitar, o sea: con el inmenso rastafari Bryan Howard en el bajo y el sobrio Carlton "Coco" Owens a la batería, lo que garantizaba una base rítmica absolutamente eficiente sin florituras innecesarias. Casi con tres cuartos de hora de retraso pero claro, Cracker jugaba en casa, y allí, entre el público, no había ningún despistado. En realidad no hay ningún despistado que pueda ser fan de Cracker. A este tipo de bandas se les quiere, así que, después del agradecimiento pertinente por volver a Madrid y constatar que el recinto era un "beatiful theatre", iniciaron los primeros acordes de "Been Around The World", perfecto inicio a modo de saludo de reencuentro. De un reencuentro entre amigos capaces de disculpar la equivocación de Hickman cuando el turno en el setlist correspondía a "Teen Angst". Mala idea que mientras los otros tres se arrancan con ésta tú empieces con "100 Flower Power Maximum", así que aplausos cariñosos, una sonrisa y un sencillo "wrong song" como explicación para arrancarse con la una y continuar con la otra para provocar el primer momento de acercamiento masivo de la audiencia, más en espíritu y en gestos que otra cosa, porque allí todo el mundo estaba sentado y con mascarilla, claro.

Y de esa guisa llegaron las líneas de bajo característicamente funkies de "Get Off This" que alguien debería explicar cómo se pueden resistir sin marcarse unos pases de baile. A cambio se coreó a voz en grito el infeccioso estribillo. Curioso que el final de "Reaction", que fue la única aportación al setlist del "Berkeley to Bakersfield", lo aprovechara un cierto número de asistentes para dirigirse al baño, que por muy necesario que sea, queda muy cantoso dado el entorno en el que se está (filas de butacas levantándose, las cervezas previas y gratuitas y quizás algunos problemas de contención). Anecdótico o no, es evidente que la atmósfera reinante forma también parte de un concierto, al final y al cabo la atmosfera se forma a partir de las emociones y de las sensaciones.

Pero claro, luego está la otra parte, la musical, y en esa Cracker son un seguro de vida y así la punkarra "The World Is Mine" puso de nuevo a la audiencia a corear a voz en grito eso de que "el mundo es mío" y quieras que no uno también ha pagado la entrada para sentirse participe de cierta ilusión generacional. Momentos de catarsis con "I Want Everything" y "Euro-Trash Girl", que hay que ver qué clase tiene Johnny Hickman pulsando las cuerdas; y con la armónica en "Sweet Thistle Pie" y su stoniano "hey hey he", o reemplazando el sonido de la steel guitar en "The Golden Age". 

Aceleraron con "Movie Star" y "Time Machine", con miradita disimulada al reloj de David Lowery, o sea que otra de los condicionantes no requeridos del concierto era su finalización horaria, rematando con la sobrecogedora "Another Song About Rain", que es de esas canciones que te dejan con un nudo en la garganta dificultándote la petición de hacerles volver a salir.

Pero salieron otra vez, claro que sí, y como seguramente estarían fuera de horario acortaron el bis previsto y lo dejaron solo en el cover de los Status Quo, o sea "Pictures of Matchstick Men". Para los curiosos, uno de los dos temas previstos para el "encore" era "Happy Birthday To Me", que había sido ampliamente reclamada previamente. El horario ya se sabe.

El resultado de todo esto es que Cracker son realmente buenos y atesoran un gran puñado de excelsas canciones. Que cuentan con una audiencia sino excesivamente amplia si absolutamente fiel y que es muy difícil que se salga defraudado de uno de sus conciertos, a pesar de la sensación de frialdad generada por los entornos ocupados principalmente por un patio de butacas. Y la variable generacional, Cracker es una de las joyas generacionales a conservar con sumo cuidado porque empieza a ser muy difícil el relevo.

Depedro: “Máquina de Piedad”


Por: Txema Mañeru 

Hace ya un par de años que Depedro celebró sus 10 años en solitario con un cuidado trabajo como “Todo Va A Salir Bien”. Y de hecho así le salió, un triple digipack con chulo libreto y que traía el Blue-Ray para recordar dicha celebración en la que se acompañaba de amigos para recuperar algunos de sus mejores temas, aunque entregando tres nuevos que miraban hacia el futuro. Por ahí estuvieron sus amigos y compañeros de Calexico, pero también otros compañeros en el camino como Amparanoia, a la que hay que sumar a Coque Malla, Santiago Auserón, Fuel Fandango, Luz Casal, Vetusta Morla, Izal o Camilo Lara, del Instituto Mexicano del Sonido (IMS).

Como te decíamos ahí ya encontramos tres nuevas canciones que nos anunciaban el futuro, aunque por entonces no sabía lo que nos iba a deparar. Ahora, tras todo lo acontecido, tenemos este maduradísimo y reflexionado “Máquina de Piedad” (DRO / Warner Music), que nos lo trae totalmente recuperado, con nuevas ideas y con muchas ganas de volver a la carretera -por su cuenta y con su banda- para defender estas canciones, y, suponemos, para continuar luego con su periplo internacional junto a Calexico.

El cuidado disco ha sido producido por el propio Jairo y de la grabación se ha vuelto a encargar el experto y amigo, Kaki Arkarazo (Negu Gorriak, Manta Ray, Nación Reixa). Un álbum que nos trae a un Depedro más cargado de humanidad que de costumbre. El bonito título está sacado del libro de Eric Vuillard sobre la Primera Guerra Mundial, “La Batalla de Occidente”.

Comienza con la genial melodía y la calidez del sensacional tema hmónimo y que contiene ya el primero de los memorables estribillos. Sigue con los ritmos latinos, inspirados en Brasil, y el latido optimista de la pegadiza "Entre El Cielo y El Barro", que le vendría genial a su resucitada amiga, Amparanoia. Está compuesta a medias con su gran amigo y artista Iván Ferreiro. Buenos vientos y sonidos más pop se dan cita en "El Puñal, que sirve para cerrar una variada y espléndida terna de entrada.

Pero hay muchos más buenos y destacados momentos. Es el caso de la lenta "Plegaria De Los Sufridos", con su mágica melodía, cuidados arreglos y una de las mejores historias de un disco que contiene muchas. En este caso proviene de sus andanzas por Chile. "Noche Oscura" está sacada a partir de una brillante frase del prestigioso escritor Jonathan Swift. Aquí tenemos con él a Leiva y juntos firman un intenso tema, con genial mellotrón y un estribillo casi épico que redondea un completísimo tema con unas guitarras de Leiva que son puro rock clásico. En "Promesas" tenemos un nuevo tema para corear en sus conciertos con soleados aires country-folk. La armónica de otro viejo compinche como Marcos Coll brilla en otra buena historia titulada "Todo Lo Otro". Tras ella un precioso final acústico con "Solo Quería" en la que, no sé porqué, parece que va a cantar el mejor Miguel Ríos, aunque no lo hace ni es necesario. Las cuerdas de Tom Hagerman son una delicia para engalanar semejante colofón a un disco que da para muchas escuchas.

Iñaki Domínguez: “Macarras Interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos Callejeros”


Por: Javier González
 
Bienvenidos a un recorrido real por la calles de Madrid; no, no hablo de las avenidas llenas de comercios y luces que hacen de las grandes ciudades de nuestro continente un claro ejemplo de mimetismo, gentrificación, capitalismo salvaje y pisos turísticos capaces de arruinar el carácter de los distintos barrios antigua raigambre; hablo de un lugar real, peligroso y a la vez atrayente, quizás extinto, pues muchos de sus protagonistas jamás volverán a cumplir los cincuenta años y otros de ellos no vivieron lo suficiente para contarlo, tipos brillantes en el arte del hedonismo que quemaron sus jóvenes vidas a los que David Krahe llamó en un alarde de lucidez “Los Persuadidos” y a los que quizás Rafael Berrio se refería en su brutal “Santos Mártires Yonkis”. 

A todos ellos y a nuestra ciudad, Iñaki Domínguez les dedica este genial “Macarras Interseculares: Una historia de Madrid a través de sus mitos Callejeros”, un trabajo milimétrico donde muestra la realidad sociológica de muchos de los barrios de mayor renombre del foro desde los años sesenta hasta finales del siglo XX, en el marco de una lectura donde las pandillas toman la palabra en una narrativa de violencia, robos y delincuencia en busca de su propia supervivencia, donde hay un especial vínculo entre alguno de aquellos grupos y la cultura musical; es impresionante conocer la relación entre garitos y estilos musicales con ciertas tribus urbanas que impartieron justicia en las calles trasgrediendo las normas establecidas. 

Sobrecoge conocer las historias más radicales de la banda de “Los Ojos Negros”, de la que formó parte Dum Dum Pacheco y que tuvieron relación con Camilo Sesto, acercarse hasta el temor rocker impartido por “Los Franceses”, quienes paraban por el “King Creole”, reyes de la ciudad en los años ochenta, tipos duros, curtidos en mil batallas, relatando sus enfrentamientos con la comunidad mod, o las más recientes cacerías entre skinheads y sharperos a mitad de camino de Malasaña y Arguelles; también hay espacio para la influencia americana del hip-hop traída de Torrejón, parada obligatoria en el movimiento “bakala” y hasta acercamiento a los pijos más malos de Madrid, llegando a capítulos dedicados a tipos a los que la música les importaba un bledo y a los que sí les gustaba el dinero fácil, las mujeres bonitas y las sustancias adictivas. 

No “Macarras Interseculares” no es un libro musical, de la misma manera que no es una obra de sencilla lectura, ya que ni busca ni pretende edulcorar una realidad que durante muchos años fue la de nuestra ciudad, alejada de esos focos brillantes que tanto quisieron vendernos como “Movida Madrileña”. Su cometido es hablar de un Madrid real, de calle aledañas al centro con aspecto de trapicheo, prostitución y violencia, que no deja de ser llamativo por real y visceral, resultando casi animal. 

Iñaki Domínguez nos presenta los nombres propios de una ciudad dotada de raza, haciendo gala de claroscuros más que patentes, mostrando el revés de una baraja que se debe conocer y que en el fondo también ha forjado nuestro carácter, ya que quien más y quien menos hemos escuchado esas historias de peleas entre bandas de distintos barrios y hemos caminado por esas calles de Vallecas, Carabanchel y Lavapiés a finales de los años ochenta, encontrándonos con esa otra cara a la que aquí se hace una lúcida y acertada referencia, algo que convierte a “Macarras Interseculares” en una obra moderna de obligada lectura para conocer la radiografía de una ciudad que fue más real que el escenario de película en la que hoy han querido convertirla.

Manu Gastado: “Kosmik Street”

Por: Kepa Arbizu 

Se trata de una historia conocida y muchas veces vista en el mundo de la música: integrante de una banda durante años que llegado el momento decide emprender un camino -con mayores o menores visos de perdurar- en solitario. Sin embargo, lo verdaderamente relevante para el oyente en estos casos es descubrir si tal emancipación es el resultado de un impulso artístico o un mero intento por situar su nombre en primer plano. Una incógnita que solo se resolverá comprobando si dicha apuesta es capaz de reportar un discurso propio que alcance más allá de lo ofrecido hasta ese instante en su participación grupal. Uno de los últimos casos, en nuestro entorno, en el que hemos asistido a esa iniciativa por plasmar esas ansias por desplegar un mundo individual, es el de Manu Gastado, uno de los pilares de la estupenda y prácticamente infalible banda cántabra Los Tupper, un lujoso currículum que inevitablemente le obliga, aunque sea de forma indirecta, a alcanzar un alto nivel.

Pareciera que una vez tomada la decisión de abordar este camino, el espigado músico, y también uno de los responsables del sello Sunthunder Records, encargado como es obvio de este lanzamiento, haya decidido llevarla hasta las últimas consecuencias, haciéndose cargo él mismo de ejecutar todos los instrumentos que aparecen, exceptuando la batería, en manos de Javier España. Una opción, que más allá de lo anecdótico que pueda suponer, tiene su importancia dado que una de las características que van a sobresalir en el sonido global del álbum es un tratamiento detallista y minucioso, pero trascendental, en el acompañamientos que acaba por definir cada canción. Una casi absoluta autarquía que sin embargo abrirá sus fronteras a una considerable lista de colaboradores puntuales, entre los que podemos encontrar por ejemplo desde Julian Elsie a Darrell Bath pasando por Íñigo Cabezafuego o su compañero de grupo Raúl Real. Una pléyade de invitados que más allá de sus aportaciones representan un reflejo de ese universo underground y talentoso que comparten con nuestro protagonista.

Si ya tenemos claro el contexto y antecedentes que nos han llevado hasta plantarnos frente a este “Kosmik Street”, queda lo más importante, conocer el paisaje que nos espera al adentrarnos en él. Sabiendo que las composiciones aquí contenidas llevan la exclusiva firma de Manu Gastado, el mérito principal que se las puede adjudicar es precisamente el indispensable: haber construido un recorrido marcado por unas pautas muy particulares que si bien son imposibles de desligar del todo a las expresadas por su banda, dada su condición de autor en ella, desde luego alumbran un territorio musical inédito, por lo menos de una manera tan profunda. Si hasta este momento le habíamos visto imbuido de referentes ligados al rock clásico, de amplio espectro, eso si, estas canciones actuales delatan la procedencia de ese hogar sin techos donde el pop fluye ensoñador y revolotea con grácil espíritu liberador, constantes atribuibles a nombres como The Zombies, Gene Clark, Strawberry Alarm Clock o Emitt Rhodes, o incluso a representantes más contemporáneos como Kevin Junior o Dave Kusworth, más allá de influencias, que también, camaradas tristemente perdidos en el camino.

Pero si de rastrear iluminaciones musicales que se avistan en el álbum se trata, una de las primordiales es la perteneciente a The Beatles. Señales procedente de los genios de Liverpool que posan sus secuelas desde un primer momento, porque si bien en la delicada y bellísima nostalgia que desprende “New Rising Sun” es menos evidente el rastro que nos conduce a ellos, su presencia se vuelve hegemónica en la juguetona armonía de “Blessing In Disguise” o en “Sweet Confusion”, donde podemos avistarlos ya inmersos en la marmita psicodélica. Un uso de teclados que seguirá reclamando su cota de protagonismo en piezas como “Carolyn”, que propicia acercarnos a los pocos momentos en que el rock and roll consigue romper esa coraza melódica a través de un intenso sabor a boogie, o por medio de una “Madonna’s Dream” en la que todavía asoman los “fab four” u otros genios británicos como los Kinks, quienes repetirán aparición en la cabaretera y humeante “Ruby Ruby”, canción que perfectamente, dicho de paso, podría encajar en “Hotel Debris”, disco propiedad de los Tupper. 

Pese a esos momentos puntuales en los que el álbum adquiere una mayor desinhibición, aunque siempre guiada por una hipnótica brújula, es el intimismo y un carácter vaporoso los medios expresivos más abundantes. Tanto es así, que esa volatilidad , capaz de alcanzar cotas realmente sobresalientes con una grandiosa “The World Keeps Turning”, tomará visos de traspasar los cielos para conquistar el espacio y allí, con algunos giros que inevitablemente nos traen a la mente a un rey selenita como Bowie, deleitarnos con postales de romanticismo estelar de la talla de “Kosmik Overdose” o “Moonlight Girl”.

La figura casi pantocrática con la que se decora este trabajo debut, con su realizador abrazado con amorosa devoción a su guitarra, es una simple pero efectiva metáfora que nos remite a la esencia de la música, que no es otra que las propias canciones, en este caso alimentadas con el ingrediente del que están hechos los sueños. Porque por suerte todavía quedan “locos” solitarios que hacen de la música su más cercano aliado, de ahí que la decisión tomada por Manu Gastado -viendo el resultado final obtenido- de volcar su "yo" más íntimo solo pueda ser calificada como una experiencia sobresaliente. Unas melodías, surgidas de un universo onírico, que permiten a exiliados como él, o nosotros, estar a tiempo todavía de encontrar ese camino cósmico de baldosas amarillas por el que corretear al amparo del arco iris.

Medalla: “Arista Rota”


Por: Txema Mañeru 

Tenía unas ganas locas de escuchar este “Arista Rota”, nuevo y tercer disco de los Medalla. Porque debe ser el de su consagración definitiva y también porque los muchos adelantos previos al vinilo presagiaban un disco mayúsculo. Pero es que ya “Medalla” (El Segell del Primavera) fueron palabras mayores. Solo había transcurrido algo menos de dos años desde su sorprendente y poderoso debut con “Emblema y Poder”, cuando se destaparon con ese buen disco homónimo.

Claro que en sus filas militan músicos curtidos en otras formaciones de renombre como The Saurs, The Zephyr Bones, Rapaza o The Stagpies. Sus guitarras siguen teniendo gran preponderancia, pero, una vez más, no se quedan demasiado atrás unos densos teclados que van ganando presencia disco a disco. Una vez más combinan de manera magistral y original los sonidos post-punk, con metal, rock progresivo, algo de kraut-rock y ramalazos de puro punk en guitarras y letras, incluso con una vocación pop mayor en este nuevo trabajo. Todo esto me hace recordar su frase divertida que decía que venían a ocupar un espacio entre Judas Priest y El Columpio Asesino. Estos últimos son referentes claros en el sonido de alguno de sus temas, así como lo son Lagartija Nick o Capsula, en otros. A nivel internacional se citaba, con razón, a King Gizzard And The Lizard Wizard o a Thee Oh Sees, pero también me vale Kurt Vile, el gran Ty Segall o My Bloody Valentine. Seguir facturando intensos temas les lleva a terrenos donde se encuentran con Melange, Los Planetas o León Benavente.

Este nuevo “Arista Rota” (Limbo Starr) llama la atención ya desde la preciosa portada de Víctor Arce. Luego está la brillante producción de Sergio Pérez SVPER que también lo ha bordado con Los Punsetes o con Mujeres, entre muchos otros más. Pero lo mejor está en esas composiciones maduradas y que son para ponerles Medalla. Comenzando por la última del disco, pero que fue el primer adelanto. Una "Rey Emérito" que tiene de todo. Una buena historia, buen título, buena melodía y buena resolución de la banda al completo. Me encantan esos teclados casi progresivos y los buenos punteos de guitarra. "Leviatán" es la segunda canción del disco y el segundo adelanto. No sé si se habrán inspirado algo para su letra en el libro de Paul Auster, pero cuenta otra de sus tan personales historias. Un tema enérgico aunque trate una historia de fracaso sentimental. Épica, intensa y realmente hermosa. "Velázquez" es otro acertado argumento sobre el conocido "Síndrome de la Rueda" al que tan bien cantaron The Godfathers en su "Birth, School, Work, Death". La música vuelve a su querido kraut-rock y los sintetizadores suenan como un tiro. El cuarto y último adelanto fue para "Altares", que sorprende por sus aires a bossa nova brasileña en su ritmo delicioso y en la guitarra. El solo de trompeta de Peris es un colofón perfecto a uno de los más perfectos y sorprendentes temas del disco. 

Pero es que además hay más canciones destacables. Comenzando por el estupenda apertura titulada "Verde Esmeralda", una preciosidad lenta y melódica con excelente trabajo vocal. "Justica Poética" es otra letra magistral y tiene arrebatos de puro punk en ritmo y guitarras. Cierra la cara A "Nuevos Valores", con guitarras que viajan de El Columpio Asesino a los injustamente olvidados Las Ruedas. En la cara B destacan piezas como "Flores", un lento precioso sobre otra ruptura sentimental con un bajo brutal en primer plano muy New Order, pero también con ramalazos kraut. Siguen enérgicos y con puro rock en "Lázaro", con ritmo vivo y guitarras con aristas pero con la voz melódica de Eric. Sorprenden las guitarras y el ritmo glam-rock de "Gracias a Dios" y su estribillo “Gracias a Dios no soy creyente’. Nosotros si creemos en Medalla y en que se han convertido ya en uno de los mejores grupos de nuestro panorama actual. Muy buena presentación en vinilo con cuidada funda interior conteniendo las imprescindibles letras.

Desde luego que tienen actitud, coherencia, humildad y sacrificio. ¡Medalla de oro para ellos! Un fantástico fichaje para Limbo Starr que celebra un 20 Aniversario que se prolongará en los próximos meses con el nuevo disco de su banda más grande y veterana, Tachenko, y con nuevo trabajo de su banda más exitosa del momento como son Camellos. Además el estreno con disco físico de su descubrimiento del año, Biela. ¡Bienvenidos al LimboStarr!

Entrevista: Quique González

“Siento que estas canciones son capítulos de una misma novela” 

Por: Javier González 

Y en tu disco número trece sigues incluyendo canciones que emocionan, rebosantes en elegancia y mesura, donde cada elemento y arreglo está pensado para remar a favor de obra, dejando en el oyente la sensación de que una vez más has elaborado un cancionero donde se podrán rescatar varios temas que engrosen lo mejor de tu repertorio. 

Quique González lo ha vuelto a hacer, el artefacto se llama “Sur en el Valle”, donde ha encerrado todos los rasgos característicos del tarro de sus esencias, aderezados con alguna pequeña novedad sonora, en un trabajo que por momentos corta el aliento y crece y crece a cada escucha reposada que se le brinda. 

Nos citamos con él en Malasaña, concretamente en el Free Way Bar, un lugar de sabor añejo y donde la buena música es ley. Quique nos recibe cordial, sin saber que es una emboscada en toda regla a la que acudimos con un fan de solo cuatro años. Asustados, pues no es la praxis habitual en una ronda de entrevistas, le exponemos el caso, sonríe y estira su mano, para sorpresa y alegría del pequeño que agarra su mano, antes de que Quique le regale una púa. Hay grandeza, cercanía y franqueza en él Nos impresiona y eso que hemos hecho cientos de entrevistas. Sigue siendo el genial compositor de siempre, ahora es padre y entre manos trae un discazo sobre el que nos apetece mucho preguntarle. 

¿Cómo has vivido este vendaval mundial que nos ha arrasado desde tu refugio de los valles pasiegos? 

Quique: Honestamente lo he vivido mejor que muchos amigos y familiares. El hecho de vivir aislado en el campo, en un entorno muy rural, hace que no haya sentido un cambio tan drástico como el que se ha visto en las ciudades. Allí la vida continua, los agricultores tienen que seguir cuidando de sus cosechas y los ganaderos de los animales, así que visualmente cambia poco la situación. Lo he vivido con mucha preocupación por amigos a los que les ha tocado de cerca y por la propia incertidumbre del cambio y shock que ha supuesto para todos. Ha sido muy duro, pero creo que mucha gente lo ha llevado peor que nosotros. 

No sé si preguntarte por el proceso de composición o por la sensación de tener un disco maravilloso en el cajón, aguardando más de año y medio la oportunidad de enseñárselo a la gente. 

Quique: Del proceso creativo te diré que salvo tres canciones que tenía escritas previamente a meterme en el disco con Luis García Montero, que las dejé apartadas, el resto están escritas durante la pandemia prácticamente. Ha sido una suerte tener este oficio en esos meses complicados, hacer canciones distrae mucho y te llena de pensamientos la cabeza, es como si estuvieras resolviendo un jeroglífico o construyendo un puzzle mucho tiempo. Luego puede ocurrir que al haber grabado un año antes puedas cuestionarte más de lo debido, que a los seis meses lo escuches y tu cabeza esté en otra cosa y no te guste. En esta ocasión nos ha pasado, según se acercaba la fecha de lanzamiento, al escucharlo nos seguía dando cosas e información, cosa que me hizo sentir más seguro. Salvo el día de antes de sacarlo que te entran todas las dudas, pero el resto lo he llevado bien. También he tenido más tiempo para hacer el vídeo y el diseño del disco que siempre sueles ir más a “matacaballo”… perdón por la expresión. 

Dicen que la virtud está en el equilibrio, no sé si “Sur en el Valle” es tu disco más equilibrado, donde conviven canciones desnudas, arreglos intensos y nada grandilocuentes y rock. ¿Lo ves así? 

Quique: Es posible. Considero que son las canciones las que eligen el traje que mejor les sienta, mucho más que uno mismo. Tú puedes querer hacer un disco urgente y agresivo, pero me guío por lo que me dicen ellas. Las miro mucho y rasco para que me den información sobre lo que necesitan. Me gusta que pienses que es un disco donde todo está más equilibrado que en otros donde había más picos. Este no sé si es buscado, pero ha salido así. También veo que estas canciones son capítulos de la misma novela. 

“Toni es un maestro manejando personas y esa dinámica invisible que se establece en un disco” 

Las canciones nacieron con guitarra y voz, después se las pasaste a Toni Brunet que actualmente es tu mano derecha. ¿Cómo de grande ha sido la conexión surgida con él desde “Las Palabras Vividas”? 

Quique: Toni apareció en “Las Palabras Vividas” casi por casualidad, ya que en un principio el disco lo iba a producir Carlos Raya. Finalmente, no pudo hacerlo por cuestiones de calendario. Necesitábamos un guitarrista y vino él, aunque está coproducido por César Pop, Diego Galaz y Toni, el que más tiene de productor es Toni. Comparto con él mucho material de música, hablamos mucho de Joe Henry y Bob Dylan, de los discos que nos gustan. Es una conexión como la que tienes con un amigo de clase con quien comienzas a encontrar música que te gusta y os movéis en la misma esfera. Todo eso ha hecho que nos llevemos muy bien musicalmente hablando, aunque también fuera. Tiene los galones necesarios para llevar esta producción. Ha sido un encuentro muy bueno. Mi intención es seguir haciendo música con él, no solo en esta gira, sino también en un futuro. 

A lo largo del disco se trasluce la idea de equipo, desde los colaboradores y músicos de la banda, pasando por las canciones, donde toda la instrumentación está al servicio del tema. ¿Qué grado de importancia le das al conjunto? 

Quique: Le doy la máxima importancia. Me gusta mucho trabajar en equipo. Hay sitios donde no llego técnicamente y en otras muchas cuestiones. Me gusta sentir que confío en la gente que hace el disco y las canciones conmigo, cuanto más compartido y grupal es el proyecto, más interesante. Es vital que haya un capitán del barco, un director, en este caso es Toni. 

El 5, el mediocentro del equipo. El que manda, coloca y decide cuando se toca a un lado y cuando se corta una contra. 

Quique: El que baja la pelota al suelo, el mediocentro. Que sepa hacer lo que se debe hacer a cada momento es muy difícil. Se puede tener talento y ser un desastre a la hora de gestionar egos y talentos. Toni es un maestro manejando personas y esa dinámica invisible que se establece en un disco. Saber cuándo proponer cosas y llevar a la banda por otro camino. Toni tiene mucha facilidad y para mí es una bendición que sea así. 

A ese grupo de trabajo, le ha salido una extensión, un tercer brazo llamado Morgan. 

Quique: Morgan son parte de la familia. Los quiero mucho. Nina es una hermana para mí. 

“Me veo más creador de imágenes y planos que escritor narrativo” 

En este trabajo vuelven los grandes títulos, “Sur en el Valle”, con aires cinematográficos títulos y que hacen referencia a fenómenos climatológicos, algo que ya aparecía en temas como “La Ciudad del Viento”. 

Quique: Hablar de “Sur en el Valle” es como hacerlo del Poniente y la Tramuntana. Es una expresión muy local que suena a Western. Si conoces mis canciones, que veo que sí, ya sabes que soy peliculero y que me gusta crear escenas y trailers de películas. Imagino que es mi frustración de no tener talento para ser cineasta ni guionista de verdad. Tengo la posibilidad de hacer mis películas a través de mis canciones y me gusta mucho eso. Me veo más creador de imágenes y planos que escritor narrativo en ese sentido. 

Quique, si tú te quejas de talento, el resto debemos suicidarnos. (Risas) 

Quique: Hablo de lo que sé que no tengo. (Risas)

Hay otros dos temas brutales en ese sentido como “Te Tiras a Matar” y “Lo perdiste en casa”, con ese argot tan futbolero. 

Quique: En esta canción no va por ahí. 

Bueno, no sería descabellado, la gente sabe que eres madridista confeso. 

Quique: Estoy cruzando el río. La familia de mi mujer es del Atleti, tiene la insignia de 25 años como socia. 

Decías que la mejor venganza era hacer una canción, pues creo que esto huele a venganza contra tu madridismo… eres consciente de que tu hija Nora se hará del Atleti, te tocará ir al Metropolitano y disfrutarás de las victorias del eterno rival. 

Quique: No va a ser… porque ya la han hecho del Atleti y ha ido al Metropolitano. Me gusta mucho que sea del Atleti. Ella ya es del Atleti. No hay mucho que hacer. Si ellas están bien, yo también quiero que gane el Atleti. Eso me hace un poco del Atleti. 

Sigamos con lo musical que me desvío… me ha encantado “Jade” con esos aromas a Van Morrison. 

Quique: Me gusta mucho Van Morrison, he sido muy fan desde siempre. Ahora que le veo contrario a las vacunas me cae algo mal. Me cuesta, en general me cuestan los antivacunas. Me gusta el tratamiento de sus canciones, esa especie de soul blanco, la sencillez que destilan, parecen canciones clásicas en cuanto al tratamiento. Nunca ha querido sonar moderno. Me identifico mucho con eso. 

Tus temas también se mueven en esa atemporalidad clásica. Ser moderno es un instante, lo otro, el clasicismo es para los más grandes. 

Quique: Te agradezco que valores esas cosas en mi música. 

“Dedicarse al mundo del espectáculo no es una elección” 

En “Puede que me Mueve” cantas “quiero sobrevivir en el mundo del espectáculo”, tras trece discos es muy bonito escucharte hablar con esa mentalidad. 

Quique: Es una de las tres canciones que escribí antes de la pandemia, lo mismo el tema tiene cuatro años, pero parece de esta temporada. Soy un fanático del mundo del espectáculo, como oyente y como alguien que se dedica a ello. Me gusta y me preocupa. Hay momentos de incertidumbre y muy inestables, en uno de ellos es donde surgió ese verso de “quiero sobrevivir en el mundo del espectáculo”. Tiene sus cosas buenas, aunque no es una elección dedicarse a ello. 

“El nacimiento de un hijo es un tsunami en todos los sentidos de tu vida” 

Personalmente creo que eres una estrella de nuestro rock y ahora, desde hace unos años te enfrentas a la situación de ser padre, abandonando el hogar para seguir defendiendo tu oficio y ganándote el pan. ¿Cómo llevas esta nueva etapa? ¿Cómo llevas el tema de la conciliación? 

Quique: Lo primero que no me considero una estrella de la música, me suena muy grande eso. Ya sabes que el nacimiento de un hijo es un tsunami en todos los sentidos en tu vida. He tenido que ordenarme un poco, era muy caótico en muy forma trabajar y de escribir canciones, antes no tenía problemas en estas cuatro o cinco días en el lugar en que había tocado, por ejemplo. Ahora no me apetece hacerlo y no me apetece hacerlo porque quiero estar con mi hija. Es una putada porque es nuestro trabajo, pero a veces cuando estoy fuera me siento culpable por no estar con ella, aunque esté trabajando. Es una locura, me lo tengo que quitar porque es el trabajo de uno. Imagino que un piloto de Iberia no se lo plantea, al final se trata de normalizar tu trabajo, pero como músico sí lo hago. También tengo que ordenar mis hábitos. En el fondo me va bien. Además, lo entienden mejor de lo que creemos. 

“Muchos de mis seguidores vienen desde el primer disco, me han regalado su lealtad y fidelidad y la confianza necesaria para hacer lo que más me gusta” 

Meses atrás volví a reencontrarme con tus directos, en “Las Noches del Botánico”, fue un gusto comprobar que la fidelidad de tu público sigue ahí, emocionando, en una comunión casi mística, casi cercana a la de los seguidores del Atlético de Madrid. 

Quique: Me lo dicen… la gente cree que debería ser del Atleti, me dicen que tengo pinta. Sigo siendo madridista, pero tengo que compartir en casa mi pasión, tal y como está la cosa es así (Risas). Muchos seguidores vienen desde el primer disco, es uno de los regalos de mi vida. Me ha dado de comer y la confianza necesaria para hacer lo que más me gusta. Me han regalado su lealtad y fidelidad y esa comunión de la que hablas que existe en los conciertos. Para mí tener ese respeto y cercanía con ellos es muy importante. A muchos los conozco de hace veinte años, me considero amigo de muchos de ellos por el roce del tiempo. Los considero un tesoro en mi vida. Son los que me mantienen ahí. Fue especial volver a sentirlos tras año y pico, que sigan ahí, ya que siempre te queda la duda de si volverán o no. 

Quique, cada una de tus etapas está marcada por un lugar, Madrid, Cádiz y ahora los valles Pasiegos. 

Quique: El entorno condiciona las canciones y los versos, así como el ambiente. Antes era Cádiz ya que iba mucho. Cuando he estado aquí en Madrid todo era más callejero y urbanita. Cantabria, su entorno, sus bichos pasiegos y el carácter norteño me han influenciado también. 

¿Habrá evolución territorial? 

Quique: Sí, habrá evolución por circunstancias familiares en un futuro. 

“No me veo haciendo música para sonar en estadios” 

Es una suerte poder seguir disfrutándote en las salas y en los recintos de mediano aforo, alejado de ese rock de pabellones y estadios en que otros han caído. 

Quique: Es una suerte para mí también. Uno nunca elige tener más o menos éxito. Es lo que me ha tocado y lo cierto es que estoy satisfecho con esto. En la vida en general tengo una filosofía, como dice Raúl López, un amigo jugador de baloncesto, “nunca demasiado alto ni demasiado bajo”. Me gusta estar en ese sitio. No me veo haciendo música para sonar en estadios, no creo que mis canciones tengan esa capacidad ni que funcione. Soy más de media distancia, es donde más a gusto estoy. 

¿Le pedimos algo al futuro? 

Quique: Seguir caminando, el futuro es eso. Vivir el momento, tratar de no proyectar demasiado ya que la vida decide más que nosotros. Tenemos unas ideas y ella marca donde irán los tiros. 

Nos abrazaremos a dos genios de nuestra música, ambos algo olvidados. Un de ellos dijo aquello de “La Vida te lleva por caminos raros” y el otro es un añorado maestro del existencialismo, el ausente, Rafael Berrio, del que podríamos coger casi cualquier frase pues todas son oro puro. 

Quique: El gran Diego Vasallo y Rafael Berrio del que vamos a hacer una versión en la gira. No te voy a decir cuál es. Eso sí te adelanto que la hemos grabado para el disco homenaje que han ideado Diego Vasallo y Raúl Bernal.

Morgan: “The River and the Stone”

Por: Javier Capapé

"The River and the Stone” es uno de los lanzamientos más esperados del año. Un disco cocinado a fuego lento durante estos meses de letargo que Morgan (ahora convertidos en cuarteto) han aprovechado para componer, acercarse más los unos a los otros, pulir el material y dedicarle el tiempo que se merece. Diez canciones cocinadas sin prisa (parece que muchas otras se han quedado en el camino tras pasar seis meses en la sierra madrileña buscando inspiración) y con un regusto a clásico al que ya empiezan a tenernos acostumbrados esta banda que mima sus composiciones como pocas sin perder sus raíces asentadas en el soul, el folk y el sonido americana. Quizá le falta la chispa y sorpresa de sus anteriores álbumes, porque aquí ya sabemos más bien lo que nos espera, pero posee los ingredientes necesarios para seguir enamorándonos de ellos.

La banda grabó en los estudios Le Manoir de Francia junto a Carles Campi Campón en la producción tras un retiro compositivo en una finca madrileña de la que brotaron estas nuevas canciones a las que han intentado darles un fino toque de modernidad, pero sin perder ese espíritu de los setenta en el que los grandes grupos buscaban el clima adecuado de comunión y composición en sus particulares retiros. Seis meses en los que tocaron juntos cientos de horas, maduraron sus composiciones y convivieron sin olvidarse de la gestación de este “The River and the Stone”, que era, en definitiva, para lo que habían buscado ese espacio. El resultado que tenemos ante nuestros oídos es embriagador y diverso, cargado de pequeñas gemas con las que engrandecer más si cabe su repertorio. Y es que pocos grupos pueden presumir de tener un setlist tan solvente con una carrera tan corta (para muestra de ello echen un vistazo a su disco en directo desde el Circo Price publicado este mismo año).

El disco se inicia lentamente con el pulso del piano y crece con la voz de Nina de Juan doblada, en el estribillo de “Hopeless prayer”. Una canción que necesita poco más que las teclas para sostenerse. Nace como una plegaria, un lamento, y se diluye hasta desembocar en “The River”, donde Paco López entra con su característica guitarra. Los coros imprimen ese carácter otoñal tan redondo que flota en sus temas más lucidos, como éste, con el grupo sonando con todo su cuerpo, pero comandado principalmente por la garra de López y los teclados de David Schulthess, que lo aderezan con pulcritud, desde la base en la que se asienta el tema hasta el solo a modo de puente. En “WDYTYA?” Nina se arrastra susurrando en las estrofas y soltando su sugerente voz en el estribillo, pero jugando en todo momento a la contención. Una canción que flota entre un solo de slide vibrante y una hipnótica base programada muy interesante que la conduce de principio a fin. Como si fuera a iniciarse un góspel comienza “On and on (Wake me up)”, y es cierto que tiene mucho de ello gracias a una Nina inspirada y juguetona (increíbles coros de nuevo) hasta derivar en un precioso soul.

“Paranoid Fall” es garajera, afilada y contundente, con unas guitarras absolutamente protagonistas tras un arranque celestial conducido por sus característicos coros, pero sin duda son las seis cuerdas las que mandan (¡¡qué solo central!!), en un acelerado rock que marca escuela y cuya potencia va in crescendo, con un estribillo redondo. “A kind of love” se toma su tiempo. En ella se respira rock americano, de carretera, como queriendo recorrer los vastos parajes estadounidenses en los años setenta. Una delicia de cocción lenta y formas de country clásico, que además termina acelerándose y dejándonos llevar por esa carretera que han conseguido dibujar previamente en nuestra mente. Una vez más el trabajo de Paco López con la eléctrica es sensacional y las formas compactas con esa base sólida que se respira durante todo el tema lo asientan y engrandecen. Estas son las canciones que Morgan domina, en las que se les siente como pez en el agua, a la vez reflexivas y ensoñadoras. La pieza en castellano del lote es “Un Recuerdo y su Rey”. Hay mucho de Quique González en este tema. Normal, tras ese tiempo de gira junto al madrileño, que ha consolidado una amistad y camaradería únicas. Sobra decir que nos encanta oír a Nina en su lengua materna, y nos emociona poder seguir disfrutando del pequeño lujo de reservarse solo un tema en castellano en cada disco, porque sin pretenderlo se convierten en auténticas joyas. Y todo sin perder el impacto y las formas soul de su voz, que se dejan notar con toda su fuerza igualmente en la lengua de Cervantes.

El groove se impone en “Late”, donde el carácter se siente con la particular rítmica de Ekain Elorza y la manera de sugerir al oyente con la interpretación vocal, pero el verdadero cenit de este disco llega con “Alone”, un tema que recorre varias facetas en sus intensos siete minutos, donde destaca por encima de todo el rock progresivo (de nuevo con los toques Gilmour que tanto gustan a Paco López). Su pulso es casi espacial, con un gran trabajo al bajo de “Boli” Climent (que sustituye a Alejandro Ovejero), explorando formas transitadas anteriormente por el grupo y que les asientan con todo el acierto del mundo en el rock de los setenta, ese con el que nos identificamos tanto si amamos al Springsteen de “Born to Run” como si soñamos con The Band y su último vals. “Alone” no para de crecer, es casi floydiana, y nos seduce como si fuera la primera vez, cuando la escuchamos como primer adelanto del disco.

El final de la colección es similar al arranque. “Silence speaks” nos da el toque justo para conmovernos con su emoción contenida. Dos minutos bastan para darnos un mundo. El mundo que se dibuja con cada nuevo paso de esta banda, cada vez más querida y más asentada, con un universo propio pocas veces explorado en nuestra tierra con esta solvencia. Diez canciones que nos dejan con ganas de más, de disfrutar de ellas en directo cuanto antes. Canciones que fluyen como el río de su título y que pulen nuestras rocas, transformándolas al calor de su pulso.