Mucho: "Pidiendo en las puertas del infierno"

Por: J.J. Caballero

Escuchando el nuevo álbum de Mucho te da la sensación de que todo ha crecido desmesuradamente y casi sin remedio. La producción, los arreglos, el aprendizaje y lo más importante: las canciones. Si en el anterior ‘El apocalipsis según Mucho’ parecían dirigirse más al qué, ahora se centran en el cómo. ‘Pidiendo en las puertas del infierno’ arranca como un motor a reacción, se mantiene a una idónea velocidad de crucero y culmina en una explosión de ritmo que te hacen apearte del viaje sonoro con un leve pero agradable mareo de satisfacción. 

El cuarteto ha dejado atrás definitivamente el pop de raíz americana que caracterizaba a sus ancestros artísticos, tanto The Sunday Drivers como Underwater Tea Party, y parece que el haber girado varios meses como banda de directo de Zahara les ha aproximado a esos ambientes juguetones, mucho más liberados y explosivos, que son los cimientos del disco. Las guitarras se revolucionan, los teclados vuelan en líneas complementarias y la base rítmica unifica todas y cada una de las canciones. Hasta en los momentos más politizados, como ‘Sucumbe el universo’, el ambiente es rabiosamente festivo, y hasta ellos mismos aseguran haber intentado meter en una batidora a Beck y agitarlo junto a Super Furry Animals y Mark Ronson. Les ha quedado un híbrido de lo más seductor y cercano a lo que hacen unos Phoenix especialmente bañados del inevitable toque francés. Si queremos seguir con las referencias, inútiles pero viables en la mayoría de ocasiones, se pasean por la avenida donde residen los primeros Coldplay en ‘El león de tres cabezas’, el bulevar por el que transitan habituales del elecrtopop como Ladytron (esta vez aderezándolo con un poco de hip hop)en ‘Fue’ y el callejón olvidado de los ochenta y sus falsetes chirriantes –no es este el caso- en ‘Nuevas ruinas’. Siempre bien maqueados y dispuestos a que el trayecto sea lo más festivo posible y acompañados de estribillos enganchados a los teclados, como hacen en ‘Los amantes no olvidan’. Los mandos de los infalibles Santos & Fluren, junto a la voz de Martí Perarnau y la pericia técnica de Ricky Falkner (de la misma fuente y con idéntico título proviene el curioso título de ‘Reunión de pastores, ovejas muertas’, homónimo de uno de los temas de Egon Soda) convierten este trabajo en un hervidero de potenciales sencillos, hecho evidente en el ya publicado ‘Las puertas del infierno’. 

Por poner alguna pega a un álbum tan bien equilibrado y concienzudamente trabajado como este, quizá las enrevesadas metáforas de algunas letras como la de ‘La velocidad’ y algún que otro momento de lirismo rebuscado e indescifrable no benefician en nada a sus excelentes intenciones. Mucho han demostrado que saben lo que quieren y cómo conseguirlo, y han iniciado su particular cruzada para que el pop español sea considerado de una vez por todas como una señal de vida inteligente. Por ahora les seguimos abriendo las puertas, sean cuales sean.


Lucinda Williams: "The Ghosts of Highway 20"

Por: Kepa Arbizu 

La madurez no es un término relacionado únicamente con la variable tiempo ni tampoco definido bajo un valor absoluto, al contrario, puede ser un estado que se vaya consolidando o completando con el transcurrir de los años. A estas alturas utilizar dicha palabra para referirse al cancionero contemporáneo de Lucinda Wiliams puede sonar incluso irreverente, pero resulta irremediable no aplicarlo a unas últimas publicaciones que vienen cargadas de un sentimiento de libertad creadora que sin duda es digno de mencionar y resaltar. 

A lo largo de la carrera de la que ya con seguridad se puede considerar como la intérprete femenina más importante de las últimas décadas dentro del rock americano, sus confrontaciones y/o decepciones con la llamada industria musical han sido habituales. A través de la creación de su propio sello, Highway 20 Records, inaugurado con su anterior disco “Down Where the Spirit Meets the Bone”, hemos asistido a lo que se podría asemejar a una desinhibición total respecto a cualquier tipo de compromiso/obligación artística, incluso referida a sus propios fans. Ella misma frente al espejo. Esa es la única ley que parece haber regido estos últimos trabajos. 

Relacionando su recién publicado “The Ghosts of Highway 20” con su antecesor se vislumbran varios puntos en común, incluido su formato doble. Tanto es así de hecho que el plantel musical utilizado en ambos es básicamente el mismo, lo que incluye el auténtico lujo de contar con entre otros los excelsos guitarristas Greg Leisz y Bill Frisell, algo no demasiado raro si tenemos en cuenta que ambos repertorios pertenecen a la misma sesión de grabación. Pero quizás lo más importante que comparten, si lo anterior no fuese ya suficiente, es precisamente esa decisión de realizar el disco que la norteamericana quería, algo no tan sencillo aunque parezca una obviedad, porque si con el pretérito ya hubo ciertos seguidores que se perdieron en los vericuetos de sus más de cien minutos y múltiples estilos, con la llegada del nuevo material vuelve a desconcertar al mostrarse de manera explícita sobria, árida y descarnada. 

“The Ghosts of Highway 20”, tal y como se desprende del título, hace mención a todas esas circunstancias que la autora ha ido acumulando en el recorrido de dicha carretera, tratada por encima de todo como una metáfora de transcurso vital y mostrada como compendio de ilusiones rotas, recuerdos, melancolía..., todo ello, eso sí, bajo la forma de (duro) proceso de aprendizaje. Y qué mejor manera para abordar ese alimento emocional, en la mayoría de las ocasiones doloroso, que recurrir a su faceta más polvorienta pero también en la que se manifiesta más trascendental e íntima. Características que junto a la extensión del trabajo hacen que el paso sea lento pero marcando los surcos de manera mucho más honda. 

No parece existir una palabra más adecuada para titular el tema inicial de este (doble) disco que “Dust”, canción encargada por su situación de sentar las bases del sonido del álbum, un rock de aspecto sobrio y profundo, bajo un ritmo paciente pero embriagador y que nos avisa de la ya irrefrenable inmersión en las entrañas de la artista. Sensaciones que no impiden que “House of Earth”, tema escrito por Woody Guthrie, se detenga, a pesar del minimalismo que rodea a la composición, en un juego detallista de guitarras, un elemento éste, el de las seis cuerdas, que a lo largo de todo el disco tendrán un peso capital al lograr adoptar una vibrante profundidad y adaptarse al espíritu que descansa sobre el álbum. Unas características que lograrán el culmen en la acongojante épica inyectada en la canción homónima, en el acercamiento al “Factory” de Bruce Springsteen, aproximándola hacia un gospel inquietante, o el desértico soul que transmite “If There’s a Heaven”, dedicada a su padre, del que ya adaptara uno de sus poemas en el anterior trabajo. 

Importa, y mucho, en el resultado global del trabajo la voz de Lucinda, y no es baladí el comentario, sino la constatación de la (afligida) sinceridad con la que resuena, ya sea en “I Know All About it”, dirigida por una visible batería y donde nos la encontramos en un modo recitativo, o en la letanía de “Death Came”, sonando tan real y cercana que parece estar apoyada junto a nosotros en la barra de cualquier bar solitario. La melancolía en su materialización más reposada se filtrará en la casi luminosa “Place in My Heart” o en la comedida “Louisiana Story”. 

A lo largo del disco, aunque no exista ese picoteo de estilos que había en el anterior en detrimento de un ambiente más compacto en el actual, también hay algunos devaneos por diferentes tonalidades. Así “Doors of Heaven” conectará, a su estilo, con la tradición del blues rural, compactando a Robert Johnson con Tony Joe White, mientras que “Bitter Memory” añadirá a ese género un dinámico cariz country. Y si en “If My Love Could Kill” introduce dejes fronterizos, que no impiden que suene igual de hiriente, “Faith and Grace” recurre a una sórdida sensualidad para finiquitar el álbum. 

“The Ghost of Highway 20” es pura, y cruda, vida cantada por Lucinda Williams, y eso quiere decir, conociendo el currículm de la intérprete, que el adusto rock es la banda sonora para unas historias en las que las sábanas lloran, las carreteras suspiran entre derrotas y el polvo del camino impide alcanzar la visión del mañana en no pocas ocasiones. Nadie como ella sabe convertir esa angustia en auténtica belleza, doliente, pero intensa belleza, como la que rezuma este extraordinario disco.


Van Morrison: "Toma interior"

Por: Txema Mañeru 

La verdad es que nos encanta todo el material literario y la gran presentación que de sus libros hacen en Malpaso Ediciones. Ahora están calentitos la tercera parte de la Trilogía de Pablo Ramos, “En Cinco Minutos Levántate María” y la brillante reedición revisada del Premio Nadal, Eduardo Lago, y su obra “Llámame Brooklyn”. También acaba de salir el libro de Karen Joy Fowler finalista del Booker Prize, “Fuera De Quicio”. Tienes más información en www.malpasoed.com

Pero como melómanos, sobre todo, que somos nos han encantado aún más los estupendos volúmenes musicales que no dejan de traernos. Ahora van y se sacan de la manga está realmente “Toma Interior” del torturado mundo de uno de los mejores cantantes de todos los tiempos, Van Morrison. Para mí ha sido un auténtico placer reencontrarme con estas canciones que, sin yo saberlo ni sentirlo, seguían tan dentro de mí. Hace muchos años devoraba continuamente discos y discos del León de Belfast. En el nuevo milenio escuchaba sus nuevos discos, pero ya sin el apasionamiento de aquellos primeros años en los que le descubrí. Sin embargo había vuelto recientemente a conectar con él con su reciente buen disco de duetos, “Duets: Re-Working The Catalogue”. También lo hice con el panorámico y amplio recopilatorio “The Essential” (Legacy / Sony) y con las estupendas reediciones de sus dos obras maestras, “Astral Weeks” y “Moondance” para enfrentarme a mi cuarto concierto en directo de él. No las tenía todas conmigo. Su habitual mal genio y su escasa entrega no me había permitido disfrutar todo lo que debiera con semejante cancionero. Sin embargo esta última vez, a pesar de los polémicos precios y de su justa hora y media habitual de concierto, tengo que decir que ha sido el mejor concierto que he visto de Van The Man

Y ahora con esa euforia, aún bastante reciente, me enfrento a este libro de nuevo con preciosa presentación y con magnífica edición a cargo de Eamonn Hughes, especialista en cultura y literatura irlandesa. En su música siempre ha prevalecido el magnetismo de su voz y el sonido natural de sus grandes músicos. Sus letras siempre han sido escasamente valoradas por la crítica por excesivamente personales, superficiales, espirituales o incluso crípticas. Sin demasiado mensaje, vamos. Algo con lo que un servidor nunca estuvo de acuerdo, aunque considere que haya otros letristas más capaces o interesantes para mi gusto. 

Pero aquí tenemos casi una tercera parte de su producción lírica, seleccionada por él mismo y que va apareciendo ordenada cronológicamente. Te hablamos de más de 60 canciones que aparecen por primera vez en una edición bilingüe de 360 páginas entre las que no podían faltar joyas como ‘Gloria’, ‘Brown eyed girl’, ‘Madame George’, ‘Moondance’, ‘Tupelo Hone’, ‘Listen to the lion’, ‘Snow in San Anselmo’, ‘Bright side of the road’, ‘In teh garden’, ‘Irish heartbeat’, ‘Memories’, ‘Hymns to the silence’, ‘Pay the devil’ o ‘Soul’. Y si analizamos letras como las de ‘Into the mystic’, ‘And the healing has begun’, ‘Beautiful vision’, ‘Someone like you’, ‘On Hyndford Street’ o ‘Sometimes we cry’, por citar tan solo unas pocas, vemos que esa espiritualidad no es nada vacua en muchas ocasiones y que puede conectar con cualquiera con un mínimo de sensibilidad aunque no venga acompañados de su inconfundible e insuperable rugido vocal. A este respecto me encantan las palabras del experto Ian Ranking en el definitorio e interesante prólogo que rezan así: “Una búsqueda de lo espiritual en lo ordinario, la esfera personal dilatándose en una dimensión universal”. Es cierto que algunas de sus letras, sobre todo en su época inmerso en la Cienciología, no hay por dónde cogerlas, pero en muchas otras como ‘The way young lovers do’, ‘Saint Dominic’s Preview’, ‘Hard nose the highway’ o ‘Too long in exile’, sabe cómo llegarte y, en mi caso y en el de bastantes otros, lo consigue. 

¡Ningún seguidor de El León de Belfast se debiera perder una joyita así y por sus múltiples letras románticas y espirituales es un perfecto regalo para tu pareja en el próximo San Valentín! Por eso queremos finalizar esta reseña con un fragmento de una de sus joyas más románticas como es ‘Have I told you lately that I love you?’. “¿Te he dicho últimamente que te quiero? ¿Qué tú estás por encima de todo? Llenas mi corazón de gozo. Borras mi tristeza. Eso haces, apagas mis penas. Ah, el sol matinal en su gloria. Abre el día con esperanza y consuelo. Contigo me embarga la risa. Y son mejores las cosas. Eso haces, apagas mis penas. Hay un amor que es divino y el tuyo es como el mío. Como el sol al final del día. Hay que rezar a Dios, dar gracias y preguntar. ¿Te he dicho últimamente que te quiero?...”. ¡Díselo a tu pareja con este libro!

Dani Molino: "Trails"

Por: Sandra Sánchez

La historia de este disco es la de una escapada, la de una huida hacia adelante en busca de uno mismo, de una esencia perdida y sin duda pidiendo ser encontrada. Así lo cuenta el cantautor folk, Dani Molino, al explicar cómo en el verano de 2014 decidió dejar atrás su vida en Londres, donde a lo largo de cinco años había tocado con su banda en multitud de bares, para intentar algo nuevo. ¿Qué exactamente? Ni idea. Algo nuevo. Cogió un avión rumbo a Estados Unidos y ahí comienza a crearse "Trails", este disco. Fueron tres meses recorriendo 5.000 millas, visitando ciudades emblemáticas y muy diferentes entre sí con el objetivo de empaparse de ellas y ver qué pasaba. Nueva Orleans, Los Angeles, Nueva York, Nashville... Y en cada una de ellas los sonidos de las mismas y las vivencias personales de Dani fueron convirtiéndose en canciones. 

Son 12 temas en total, producidos por Dany Richter y en cuya grabación han colaborado artistas como Steve Hinson, Juan Zelada o Amable Rodríguez. El álbum transmite exactamente esta historia, este recorrido vital. Es un disco de búsqueda, de desiertos y de carretera, con sonidos contundentes y claramente identificables. Del puro country con protagonismo del banjo incluido en "A Place Where I Belong" al blues más sugerente en New Orleans, pasando por los toques folk en "Shelter From the Storm", tema que nos hace recordar el estilo de Rogue Wave o del cantante Iron and Wine

Los géneros que se presentan en "Trails" son muy variados, pero las canciones discurren una detrás de otra de un modo natural, sin cambios estridentes que descoloquen a quien las escucha. Tienen un sentido cronológico, es un viaje con un principio y un final y a pesar de ser un disco tan personal, en el que Dani Molino busca su núcleo, su esencia más íntima, al escucharlo podemos sentir cómo nos abre la puerta de su coche y compartimos kilómetros (o millas) con él. Hay altibajos, subidones emocionales (fantástico in crescendo en "America") y la calma final guitarra y voz de "You & I", lo propio de cualquier viaje que se precie. 

"Trails" podría ser una buena banda sonora para una road movie, es imposible no pensar al escucharlo en películas como "Into the Wild" o "Wild", encaja como un guante en esas historias intensas y solitarias en las que lo único importante es estar con uno mismo y dejarse llevar.


Steven Wilson: "4 ½”

Por: Txema Mañeru 

Queda patentemente claro, y justificado al mismo tiempo, que el nombre de Steven Wilson y de su banda, Porcupine Tree, se han convertido en los más importantes del rock progresivo de los últimos 25 años. Ya en sus inicios para Delerium Records firmaron discos básicos como “Signify”. Tras su pase a una multinacional firmó otras obras magnas como “Stupid Dream” o “Deadwing”. Al margen otras interesantes aventuras como No-Man y más colaboraciones que merecen la pena conocerse. 

En los últimos tiempos anda más centrado en presentar trabajos bajo su propio nombre, aunque en ellos le acompañan prestigiosos músicos de su banda y de otras de los nuevos sonidos progresivos. Han colaborado con sus proyectos músicos como Mikael Akerfeldt, de Opeth o Adrian Belew, miembro básico de los últimos King Crimson. Ahora en su nuevo disco, entre más de media docena de músicos tenemos a Theo Travis que tiene también discos firmados junto a Robert Fripp. 

Este “4 ½”, ahora en el sello referente del rock progresivo actual, Kscope, que aquí nos trae la gente de Top Artist Promotion, sucede al todavía reciente y muy aclamado “Hand. Cannot.Erase”. Tiene formatos de lujo como el vinilo de 180 gramos y el blu-ray sólo de audio. La presentación en envoltorio troquelado es otra maravilla visual y los resultados sonoros son muy importantes para considerarlo un disco de transición de cara al próximo en el que ya está trabajando. 

Cuatro de las canciones salieron de las sesiones del “Hand.Cannot.Erase”. Es el caso de la inicial ‘My book of regrets’, más de 9 minutos con momentos de calma pero también con destellos guitarreros explosivos que se acercan al sonido de bandas de su agrado como los ya citados Opeth o Meshuggah. ‘Year of the plague’ es una preciosidad calmada con guapas acústicas y múltiples teclados entre los que no faltan su adorado mellotrón. En ‘Happiness III’ es fácil acordarse de los Genesis de Peter Gabriel

‘Sunday rain sets in’ comienza con un cálido piano y mucha calma para otro instrumental relajado y relajante que, no obstante, también tiene toques explosivos como los del “Red” de King Crimson. En ‘Vermillioncore’ aumenta la velocidad antes de cerrar con otra joyita de más de 9 minutos que no es otra que el clásico de los 90 de Porcupine Tree, ‘Don’t hate me’, en una nueva versión en la que hace dueto con Ninet Tayeb y en la que también destaca un maravilloso saxofón. 

Estoy seguro que a Steven Wilson le gusta Fellini. Casi seguro que también le gusta “Fellini, 8 y ½”. No tengo ni idea de si en el título hay algo de homenaje implícito. Pero sí sé que este trabajo es mucho más que un pasatiempo o una medianía. Esas palabras no entran en su gran catálogo creativo.


Biscuit: "Biscuit"

Por: Kepa Arbizu 

Utilizar el propio nombre de un grupo, o lo que viene a ser lo mismo prescindir de cualquier otro, como forma de titular un disco suele tener siempre, o casi siempre, un significado encaminado a enfatizar la identidad y/o la estrecha relación entre banda y dicha grabación. Una decisión que puede resultar todavía más significativa cuando se realiza, como es en el caso de Biscuit, tras una considerable trayectoria, el sexto trabajo concretamente, por lo que no resulta aventurado ver en este recién publicado la misión de reivindicar la personalidad y momento actual que viven. 

 Los catalanes llevan ya más de veinte años en la lucha, edad que fue conmemorada y homenajeada con el recopilatorio "20 Years a Million Beers & a Lotta Nerve" editado por el sello australiano Off The Hip, a base de reivindicar y representar sonidos sixties con alma garagera sin dejar aparacada casi ninguna representación de géneros clásicos, ya sea el power pop, el rhythm and blues o el rock. Un conglomerado sonoro que han sabido ofrecer en cada nuevo capítulo bajo novedades o elementos diferenciadores. Y su nuevo trabajo no es una excepción en ese sentido. 

Así que tras la celebración de ese vigésimo aniversario y para el que pudiera pensar que tras la fiesta llega el descanso, la banda opta por tomar el sentido contrario a esa máxima y nos regalan un disco explosivo, rotundo y crudo como pocos han facturado a lo largo de su vida musical. Once cortes que expulsan todas las influencias cosechadas a lo largo de este tiempo pero visibilizadas de la forma más incisiva y directa. 

 Un álbum en el que prácticamente no va a haber tregua a la hora de inducirnos a  subir el volumen en cada una de sus composiciones. Un inicio marcado ya por los riffs a medio camino ente el power pop y el garage que dan forma a “Welcome to Dundersville” y continuado en “Blame Me”, bajo una rotunda batería que hace de cicerone hacia unos postulados más punk, todavía abordados con más plenitud en “Agus Young”, con un sonido más saturado, por momentos acercándoles a los que realizan bandas del tipo de Mudhoney, pero siempre sin renunciar a una de las marcas de las casa como son esos pegadizo estribillos. 

La electricidad, los ritmos contagiosos y en definitiva la aceleración en cada una de las canciones es norma común de este trabajo, cualidades que adoptarán diferentes manifestaciones a lo largo de él, como en “Duke’s Tale” donde toman el aspecto de unos Kinks cargados de testosterona o la apuesta por un tono más robusto y chillón, adentrándose en la década de los noventa y en ese llamado rock alternativo, Redd Kross mediante, en “Need My Coach”. “Unthinkable” y la manera de utilizar el saxofón, que recuerda inevitablemente a los Stooges, como en buena parte del desarrollo del tema, construye un desquiciante y adictivo ritmo. 

“Blank Morning (She Said)”, sin cambiar del todo el paso del disco, sí que añade un tono más épico, en detrimento de la urgencia habitual, creando un ambiente más envolvente pero todavía con pegada. En “Saw Ya” los decibelios también se apartarán de la electricidad dominante para aportar un toque más pop y pegadizo, recogiendo esa parte del espíritu que contendrían unos Muck and the Mires. Será con la llegada de “Goodbye Again Or”, que curiosamente, o todo indica que no tanto, cierra el disco, cuando dominado por las influencias negras, concretamente las de la Motown, imponga su momento más melódico. 

Hemos visto, a menudo, que la evolución, o el paso del tiempo, en los grupos les lleva a ser más reflexivos, más dados a ralentizar su ritmo, pero Biscuit ha decidido con este nuevo disco todo lo contrario y se presentan concisos, sobrios pero repletos de energía y fuerza. El resultado un álbum excelente y vibrante.


Skunk Anansie: "Anarchytecture"

Por: Txema Mañeru 

Está claro que los Skunk Anansie, liderados por la fuerza magnética de Skin, no recuperarán ya la popularidad que tuvieron en los años 90, pero está tanto o más claro aún que su regreso ha tenido sentido y que están haciendo buenos discos y mejores directos. En su primera época su rock crudo y potente tuvo bastante y merecida repercusión comercial. En su regreso a finales de la pasada década sorprendieron con un disco del calibre de "Wonderlust". En 2012 repitieron buenas críticas en los medios especializados con un oscuro y crudo "Black Market" (EarMusic / Top Artist Promotion). 

Ahora repiten en el sello y con un disco nuevamente más que disfrutable que no decepcionará en absoluto a los seguidores de la banda. En la producción un experto como Tom Dalgety que ha trabajado con bandas afines como Killing Joke, Band Of Skulls o True Blood

Comienzan pisando fuerte con su ya conocido single y videoclip, 'Love someone else'. Enérgicos y con un guapo riff de puro rock'n'roll. En 'Victim' suena más melódicos y meten un guapo estribillo. No es el único, porque también vale para single el de 'Without you', muy bien combinado con un riff a lo Pretenders a cargo de Ace. Ese aire a los de Chrissie Hynde también se aprecia en la enérgica 'That sinking feeling'. Dan en la diana con otras buenas melodías como la de 'Death to the lovers' con aires épicos en guitarras y voz casi a lo U2

Los riffs agresivos regresan en 'In the back room' y los aires épicos en la melodía y las guitarras de 'We are the flames'. Acaban con una apropiada balada con aires de himno como 'I'll let you down' que tiene un toque a los de Bono o a Sinéad O'Connor. Buen material en cualquier caso para embarcarse en una extensa gira europea que esperemos tenga paradas aquí. ¡Además buena presentación, perfecto acabado técnico y un estupendo título!

Suede: "Night Thoughts"

Por: Alejandro Guimerà

Con el notable "Bloodpsorts", Suede volvieron después de más de diez años y lo hicieron de la mano de su antiguo productor Ed Buller (pilar en sus tres primeros elepés), rescatando lo mejor de su sonido pop, con unas guitarras de Oakes que sonaban más potentes que nunca, una voz de Anderson vigorosa y una batería de gran pegada, para el lucimiento de unas composiciones pop que aunque previsibles y repetitivas sonaron efectivas. Un disco que miraba sin lugar a dudas directamente hacia el "Coming Up" (1996) y que les dio una buena nota en su vuelta del letargo.

 Ahora, tres años después del retorno y con la confirmación consolidada, con los nuevos cortes dan un paso adelante y miran hacia su otra joya de la corona, el glorioso "Dog Man Star (1994), para huir de la inmediatez de los hits y buscar otra cara más difícil del pop. De las canciones saltarinas han pasado a las baladas prolongadas y oscuras donde la épica es desbordante, el tremendismo no tiene control y el melodrama es un medio innegociable. 

De portada andrógina como viene siendo costumbre, si bien para la ocasión también algo onírica, el séptimo álbum de los londinenses ha venido acompañado de un proyecto audiovisual - como también han hecho los Tindersticks con su maravilloso recién estrenado "The Waiting Room" - consistente en una película dirigida por Roger Sargent pensada para ser proyectada simultáneamente con el disco. 

Pues este trabajo, compuesto y grabado entre Londres y Bruselas, se concibió como una unidad y para ser interpretado del tirón, por lo que las canciones van unidas y la temática también es inseparable. ¿Es con ello "Night Thoughts" una especie de ópera pop? Seguramente si, aunque ello suene pretencioso sin quererlo ser, pues el álbum narra lo que anticipa su portada: la historia de una joven que se tira al mar y recuerda su vida antes de morir. 

En el plano musical, si bien el uso de la orquesta ayuda a la creación de las emociones y del dramatismo, son en realidad las dotes interpretativas de un Brett Anderson muy en forma las que lo consiguen. Es el caso de "When You Are Young" y "When We Were Young" que Brett hace suyas con la nostalgia de la juventud perdida de los días en que cantaba aquello de "So Young". Han pasado más de veinte años. También está lucido en "Pale Snow", "Tightrope", "Learning To Be" (inquietantes los canturreos finales) y la que cierra la historia "The Fur and the Feathers", baladas desgarradoras que se pierden en la inmensidad entre medio de violines, pianos y efectos ambientales del sinte. Pero no solo hay baladas trágicas en el LP sino también pop fácil como "Outsiders", "No Tomorrow" o "Like Kids" en el que los habituales guitarrazos y batería se adueñan de la situación. 

Entre medio se encuentran piezas como "I Don't Know How To Reach You" que habla del aislamiento y en la que queda más patente que nunca la influencia de Bowie. Otro de los referentes, Morrissey está presente en "What I' m Trying To Tell You". Influjos de un relato lleno de angustia y melancolía vital, que llega envuelto entre guitarras, pianos y violines de esta banda que a pesar de no cesar en su empeño en mirar hacia el pasado logra convencernos con su propuesta.