091: “Los ejercicios de librepensamiento son más necesarios hoy que nunca”


Por: Javier González. 
Fotografías: Gustaff Choos.

Ante un pasado glorioso, repleto de grandes discos e inmensas canciones, cada nuevo trabajo de estudio se presenta como una encrucijada de difícil resolución. Los peligros son múltiples y la posibilidad de un traspiés es más que evidente, sobre todo si uno decide mirar exclusivamente atrás, cayendo apabullado ante una singladura donde la alta literatura y el rock se han fundido a la perfección durante décadas, rozando siempre cotas de máxima categoría. 

Un problema mayúsculo que sería común para gran cantidad de bandas, pero que nuestros queridos 091 han sabido manejar a las mil maravillas, aprovechando el poso de los años y su sabiduría musical para facturar un álbum que mira de frente a sus grandes obras pasadas, en el que siguen fieles a sus eternas coordenadas sonoras, a las que sabiamente añaden un matiz contemporáneo con el que continuar haciendo de la duda un arte que se balancea entre la realidad y el sueño. 

Y ahí, bajo el sol de justicia de su eterno duelo, aparecen los cero, rigurosamente vestidos de negro, demostrando sin jactancia lo fácil que les resulta juntar actitud y grandes canciones, presentándolas como si de un truco para impresionar niños se tratara, mientras el resto nos quedamos con la boca abierta pensando: “¿Cómo demonios lo han vuelto a hacer?”.

Os dejamos en compañía de la charla que mantuvimos con la que sigue siendo la mejor banda de rock de nuestro país. 

Hace apenas unas semanas vio la luz “Espejismo Nº9”, el noveno álbum de estudio de vuestra discografía, para una banda en cuyas letras la duda es un arte. ¿En algún punto del camino se tuvo la certeza de poder llegar a este número de trabajos? 

José Ignacio: Ya sabes que nuestra historia es un poco azarosa y tiene una característica especial, pasamos a mejor vida hace unos años y después resucitamos felizmente. Cuando pasamos a mejor vida, no pensamos que habría una segunda oportunidad veinte años después. Era impensable. De hecho, grabamos un disco llamado “Último concierto”, al titularlo así creíamos firmemente que sería el último. Los azares de la vida y también la intervención divina nos llevaron a resucitar en 2016, un momento donde tampoco teníamos claro seguir grabando. En principio íbamos a celebrar el vigésimo aniversario de nuestra separación con un año de gira, fue al acabar cuando decidimos volver como entidad creativa, componiendo canciones y grabando nuevo material. En 2017-2018 cuando decidimos volver a la vida creativa. 

Desde vuestro anterior “La otra vida” han pasado más de seis años, un tiempo en el que habéis seguido girando y llevando a buen puerto otros de vuestros proyectos individuales, pero, aún así, es un trabajo que queda lejos. ¿A qué se ha debido tanto tiempo entre disco y disco? ¿Acaso las circunstancias que rodearon la salida de la otra vida con la epidemia de Covid-19 azotando supusieron un pequeño golpe para la línea de flotación de la banda? 

Jacinto: Ha influido definitivamente. Date cuenta que la pandemia nos pilló con “La otra vida” recién salido. Andábamos arrancando la gira de presentación cuando llegó el confinamiento y hubo que suspender todo. La pandemia nos golpeó directamente, murió nuestro antiguo mánager y familiar de Tacho, el tío Paco. Y José Antonio estuvo muy mal. A todo el mundo nos supuso una parada, se comenta muchas veces como que no se cuentan esos años. En esa cuenta que tú haces, quizás pasa eso, hay dos años que fueron nulos. Además del tema de las carreras en solitario, la pandemia ha jugado un papel fundamental en la dilatación de tiempos. 

¿En qué momento y de qué forma comenzaron a surgir las canciones que han dado vida a este “Espejismo”? 

José Ignacio: Las canciones empiezan a surgir cuando terminamos de presentar “A primera sangre”, mi disco en solitario, donde también me acompañaba Jacinto, quien es parte de mi banda. En 2024 se cerró con un concierto del aniversario por la reedición de “Ladridos del Perro mágico”, al acabarlo nos pusimos manos a la obra. Quizás antes, ya que estábamos perfilando ideas en los ensayos y viendo temas. Básicamente, todo ocurrió entre octubre de 2024 y julio de 2025. Hemos seguido un sistema de grabación novedoso, puesto que conforme iban saliendo los temas en el local, nos íbamos al estudio y grabábamos, han sido varias sesiones a lo largo de los meses. Todos teníamos en mente que ya tocaba sacar nuevo material, pero hasta que no salen las canciones es un puro ejercicio de voluntarismo. Hay que esperar que hagan acto de aparición. 

Entiendo entonces que lo que ha pasado a mejor vida es el mito de las letras que José Ignacio remataba en el mismo estudio de grabación. 

José Ignacio: No es un mito. Es una realidad histórica. Tacho lo sabe. En los años ochenta solíamos grabar nuestros discos en estudios de Madrid y más de la mitad del repertorio de cada Lp se componía allí en el mismo estudio. Solía quedarme en la sala de fuera terminando letras. En este disco no ha ocurrido, he ido con las canciones acabadas. Creo que a todos se les ha dibujado una sonrisa de satisfacción al ver que los temas estaban terminados. 

Tacho: Antes lo pasábamos un poco mal. Bueno, realmente no lo pasábamos tan mal, ya que nos dedicábamos a hacer otras cosas. Es verdad que José Ignacio estaba como quien se examinaba al día siguiente, se tenía que ir al hotel para encerrarse y rematar. 

José Ignacio: Al que peor le venía era a José Antonio, cantar una canción con una letra recién escrita que no te ha dado tiempo a interiorizar es un problema. En este caso no hemos tenido ese problema, había letra y música. 

Hay un cambio sustancial en la banda que tiene que ver con la partida de Víctor Lapido, cuya figura sustituirá en directo otro miembro de la familia como Víctor Sánchez, una figura de plenas garantías. ¿De qué forma ha modificado a vuestro juicio el sonido de la banda, ahora que todas las guitarras que suenan son fruto de la pericia del maestro José Ignacio? 

José Ignacio: Efectivamente. En este lapsus de tiempo desde “La otra vida” hasta ahora ha supuesto la salida de la banda de mi hermano, Víctor. Eso quieras que no, ha retrasado todo el proceso. Son circunstancias que se dan en la vida de los grupos. Se entra en una inercia con una serie de movimientos que hacen que las cosas no marchen todo lo bien que deberían y se tienen que tomar decisiones. Fruto de esas decisiones, mi hermano deja el grupo y nos vemos reducidos a cuarteto. Hemos grabado el disco entre José Antonio, Jacinto, Tacho y yo, con la inestimable ayuda de Raúl Bernal, tocando teclas y a las labores de producción. En los directos el lugar del segundo guitarrista lo ocupa Víctor Sánchez, era la opción lógica, le teníamos a mano, es un grandísimo guitarrista al que conocemos desde hace años y en directo será el otro guitarrista de los cero. Es cierto que he grabado todas las guitarras, cosa que ocurría en los discos de los ochenta y los primeros de los noventa, así que eso no es una cosa tan novedosa. Imagino que esa cuestión habrá hecho que el trabajo con las bases rítmicas haya sido distinto. 

Jacinto: Hemos ido construyendo desde abajo. En esta ocasión hemos trabajado mucho con Raúl, que venía a los ensayos. En los ensayos se definían las bases desde el principio. De entrada, sabíamos que solo había una guitarra, para luego haber más en el estudio, pero el método tenía presente hacer un buen sustento para meter más capas a posteriori. 

Tacho: Hay canciones que se nota que están hechas así, por ejemplo “Antes de que salga el sol”, Ese tipo de composiciones han quedado como muy sintéticas, se nota que hemos dejado espacio. Cuando había dos guitarras llenábamos todo, ahora hemos dejado que las canciones respiren bastante. 

“El licor que sale de nuestras canciones es distinto al de hace veinte años” 

Ya ha salido a relucir varias veces en la conversación, pero no podemos negar el trabajo realizado por Raúl Bernal, tanto en los teclados como en la producción, una suerte en la que cada vez va teniendo más renombre. 

José Ignacio: La producción es una cosa muy delicada. Las canciones las aporta la banda y los arreglos principales también, pero, con buen tino, cualquier artista necesita una visión externa de alguien que actúe de director de orquesta. Que ponga las cosas en su sitio y que alargue y acorte los temas. Muchas veces el artista no se da cuenta de dichas necesidades porque ha repetidos doscientas veces la misma canción. Tiene que ser alguien con sabiduría musical y conocimiento quien te diga lo que es redundante, omisible o brillante. Para dicha labor puedes coger a alguien con gran currículum, pero que no conozcas, pudiendo surgir problemas en el estudio de convivencia. O decidirte por alguien en quien confías, que es amigo, compartes gustos musicales y con el que hemos trabajado en infinidad de veces y sabemos que no habrá problemas ni el trato personal ni en lo musical. 

Tacho: Muchas veces te ofrecen un nombre gordo para que ayude a la promoción. Nosotros no lo necesitamos. Lo teníamos bastante claro. Raúl es perfecto por todo. Lo primero porque confiamos en él. Es un músico de la hostia. Y luego, como dice José Ignacio, tenemos gustos similares. Existe la opción de trabajar con él en el día a día. Si te traes a un productor americano cuatro semanas y la cosa va mal, va mal. Con Raúl hemos podido hablar infinidad de veces. 

José Ignacio: En el tema de las canciones es importante hablar sobre ellas, no solamente tocarlas. Hay que llegar a una conclusión sobre dónde debe ir el tema. 

Jacinto: Además, con Raúl teníamos un ejemplo muy reciente como fue “A primera sangre”, el disco de José Ignacio en solitario, donde estaba en la producción. No tiene una larga trayectoria, algo que poco a poco va haciendo, como tú bien dices. 

“Desde que volvimos estamos luchando contra la nostalgia” 

Espero que no suene peyorativo, porque nada más lejos de la realidad, pero a mí esta nueva colección de canciones suena de lo más familiar, mostrando lo mejor de las distintas caras de 091: su vena punk, los rocks de riffs poderosos y las canciones más confesionales tornadas en medio tiempos de bella factura. ¿Hasta qué punto es complicado no traicionar al pasado y seguir sonando convincentes y auténticos en el presente? 

Tacho: Es complicadísimo. Nosotros desde que volvimos estamos luchando contra la nostalgia. La gente tiene unos recuerdos ligados a nosotros, los han idealizado. Tienen un recuerdo transformado contra el que hemos venido a luchar. Ha sido una labor monumental. Tanto en el disco en directo como también en el anterior de estudio estábamos en el buen camino sin conseguirlo, pero éste trabajo es incontestable. Demuestra que si hemos decidido quedarnos es porque teníamos cosas que decir. Sentimos que es así. “La otra vida” está muy bien, pero no teníamos el convencimiento. Ahora podemos presentarnos ante la gente y enfrentarnos a nuestra leyenda para vencer a la nostalgia. 

José Ignacio: Hemos asumido con todas las consecuencias que no podíamos retomar la historia donde lo dejamos en el 96. Era un ejercicio absurdo. No somos los que lo dejamos en el 96. Han pasado muchos años físicamente y mentalmente, pero también musicalmente, que es lo importante. Querer retomar aquello, cosa que algún seguidor echa en falta, es imposible. Hay una evolución. No queríamos sonar a pasado, sí a presente. Las raíces, las patas en que se sustenta el edificio de 091, nuestras patas, siguen ahí. Nuestras influencias: el rock de los sesenta, el punk-rock, la new wave, el blues y el rock and roll, siguen aquí, destilados por el tiempo. El licor que sale ahora es distinto al de hace veinte años. Debe ser así. Vamos a hablar un poco de canciones, si os parece. Vaya flipada pantanosa, bluesera y pesada os ha salido en “Dormir con un ojo abierto”. 

José Ignacio: El mensaje flota en varias canciones. El hecho de que la fina línea que separa la realidad y la ficción en estos tiempos sea tan difusa hace que tengamos que estar alerta. Alerta a los mensajes del poder, en las mismas noticias del día a día… los ejercicios de librepensamiento son más necesarios hoy en día, más que nunca. Es el trasfondo está en “Dormir con un ojo abierto” pasado por una batidora de imágenes casi góticas: enterrador, Adán y Eva… 

Y si no miramos a “Antes de que salga el sol”, toda una declaración a los parias de la tierra y a los sin nombre, que junto a “Algo parecido a un sueño” nos hacen pensar que se trata de vuestro disco más onírico que no sé si también el más surrealista… 

José Ignacio: El surrealismo está presente. Para mí siempre ha sido una influencia, tanto la escritura como las artes plásticas, a la hora de hacer las letras de las canciones. El concepto que se difumina: espacio-temporal, realidad-ficción, vigilia-sueño, todas esas dualidades están muy presente en las canciones. 

Tacho: Ha ocurrido una cosa. La realidad está superando a la ficción. Antes las letras de José Ignacio hablaban de un futuro distópico, aquel “futuro imperfecto”, se han convertido en realidad. El tema de la ensoñación-realidad ha estado en sus letras, pero ahora ya no sabemos qué es realidad y mentira. En sus letras en solitario como “Nada más por Hoy”, han aparecido. De pronto la realidad es indescifrable. Nos vemos en la obligación de ver qué es ficción y qué no. La realidad nos ha pillado con este disco, que no deja de ser lo de siempre convertido en actualidad. 

Aunque debo confesar que desde el principio la que más me llamó la atención por su vena punk fue “Nadie quiere oír tu llanto”, un conjunto de imágenes potentes con sabor a sangre en la saliva. 

José Ignacio: Del repertorio de este disco es la que tiene un toque más punk-rock. Acelerada y con las guitarras más punzantes. Originalmente la imaginé como una historia colectiva, protagonizada por varios personajes que conformaran un mosaico que hablara de una realidad concreta. Se suponía que iban a ir cuatro personajes en cuatro estrofas, finalmente, por las cuestiones que ocurren en las canciones, se ha quedado en tres. Los cuatro personajes iban a llamarse como los cuatro evangelistas, al quedar en tres, cambié los nombres. Tres historias distintas, resumidas en el estribillo. Me parecía una forma novedosa de escribir una letra de canción. 

“Sufrimos la incompetencia de la industria española durante muchos años” 

Me ha gustado mucho el arte de la portada, obra de Miguel Navia, está a mitad de camino entre el callejón de espejos deformados de “Luces de Bohemia” y “Metrópolis” de Georg Grosz, una referencia esta última que muestra la alienación del hombre y su camino de autodestrucción. ¿Qué queríais reflejar con la misma? 

Jacinto: Cuando nosotros contactamos con Miguel Navia para la portada le pasamos los textos de las canciones y le dimos total libertad. Al enseñarnos el resultado nos gustó bastante. Creo que como tú dices refleja muy bien toda la parte onírica de José Ignacio y el surrealismo. Tuvo libertad total para su trabajo. 

Tacho: Históricamente hemos tenido mala suerte con las portadas. Ahora, afortunadamente, se cuida todo mucho, pero nosotros nos hemos llevado auténticos sustos. Nos fabricaban discos con otras portadas. Ahora estamos tratando de cuidarlo más. El surrealismo ha sido una auténtica referencia para nosotros, figuras como Magritte, Dalí y Chagall. Recuerdo cuando en los años ochenta cuando íbamos los cuatro al museo Dalí de Figueras, flipábamos con el “Mae West”. El surrealismo siempre ha estado entre nuestros referentes gráficos. Nos hubiera gustado tener más portadas así, pero sufrimos la incompetencia de la industria española durante muchos años. 

José Ignacio: A Miguel Navia le habíamos seguido como el importante artista gráfico que es en España. Nos gustaba su estilo, el uso del claroscuro. Su forma de retratar la noche urbana, los personajes que deambulan por las calles. En un momento dado pensé que casaba bien con la idea general que flota en nuestros textos. Fue una suerte que aceptara nuestra proposición. El resultado nos flipó a todos desde los primeros apuntes. Ha tenido total libertad, como ha comentado Jacinto, Él escuchó las canciones y leyó los textos, lo que le sugirió todo aquello aparece, hay también connotaciones mitológicas que aparecen. El Atlas llevando el mundo sobre sus hombres, las hespérides en forma de estatuas rotas a sus pies, es cosecha propia de lo que le sugería. Me parece magnífico que las artes interactúen entre sí. Es un ejercicio magnífico. 

A cada disco vuestra enorme colección de gemas hechas canciones aumenta. ¿Cómo va el tema de ajustar el repertorio de la gira? ¿Hay mucho debate acerca de cuáles deben entrar y aquellas que no? 

Jacinto: Siempre es difícil. Y cuanto más discos tiene una banda, más. Al final hay que quitar alguna que hemos tocado en los últimos años para meter las nuevas. Tocaremos bastantes del disco actual, pero también vamos a recuperar canciones del siglo pasado. Somos capaces de abrir hueco para temas conocidos de antes. Debate no ha habido. Hemos ido eligiendo. Ha habido poca duda. 

Tacho: Hemos probado algunas que hacía tiempo que no tocábamos y nos hemos quedado con las que más no llenaban. José Ignacio: Ha habido protestas, sobre todo por mi parte. Decir “esta es difícil de tocar”. No toco ahora como en los noventa. Ha habido que ponerse manos a la obra. Ha habido que echar horas a alguna de las que hemos recuperado. 

Ahora que ya todo sois señores de madura edad, ¿cómo es un viaje de varias horas en la furgoneta de los 091? 

Jacinto: Voy casi todo el rato dormido, que te cuenten ellos. (Risas) 

José Ignacio: Es como un niño chico. (Más risas) 

Tacho: Nos conocemos mucho. Conozco a José Ignacio y a Jacinto desde que teníamos seis años o menos. 

José Ignacio: Íbamos al mismo colegio, Jacinto era menor. A José Antonio le conocimos más tarde. Llevamos una vida juntos. Tacho: Sabemos nuestras manías y lo que tenemos cada uno. Nos reímos de nosotros mismos. Somos gente razonable. Sabemos lo que es ir en una furgoneta. Los viajes son agradables. Viajamos muy temprano, echamos una siesta y al espabilarnos hablamos de política, criticamos, amigos comunes. A veces paramos, nos tomamos una cervecilla y la cosa se anima un poco más. 

Jacinto: Tenemos la suerte que el road-mánager es otro más de la familia que es Juan Carlos Alcalá, otro más de la familia. 

Tacho, ¿no te da por criticar al cuñado en los viajes? 

Tacho: Al cuñado… no. Antes de cuñados, éramos amigos. 

Vivimos con la esperanza de que surjan bandas con influencias como las nuestras” 

Citaré a Ivá en palabras de su eterno Makinavaja, cuando dice aquello de “en este mundo podrido y si ética, a las personas sensibles solo nos queda la estética”. Y los cero siguen respetando la estética rockera, el riguroso negro, complementado ahora con el blanco de las canas, algo que últimamente se ha echado a perder. 

José Ignacio: Quedan algunos románticos afortunadamente. La estética es importante, aunque el refranero español diga lo contrario: “el hábito no hace al monje”, pero no estoy de acuerdo. Nos tomamos en serio el tema estético. Ya no hacemos esas fantasías capilares que muestran la fotografías del año 82-83. En aquella época estaban de moda Stray Cats con aquellas construcciones capilares acojonantes de Brian Setzer. 

Tacho: Me acuerdo el día que nos pusimos los tupes en un hotel en Madrid. José Ignacio tenía el pelo a lo afro. Llegó y dijo: “¿Por qué no nos hacemos un peinado a lo Robert Gordon?”. Se sacó un peinado del pelo afro. 

José Ignacio: A finales de los setenta, principios de los ochenta, hubo un revival del rockabilly de donde surgió el punkabilly, juntándose la estética punk y la estética clásica de los cincuenta. Nos gustó mucho y tiramos por ahí. De aquello solo conservamos el negro. Vamos a ser “men in black” hasta el final. 

Tacho: Tú dices que somos los últimos jinetes del apocalipsis, pero vivimos con la esperanza que surjan nuevas bandas con influencias como las nuestras. Jacinto y yo estuvimos viendo a los Sharp Pins que nos encantaron, me veía reflejado en ellos. Quizás sea una esperanza vana, pero me gustaría que vuelva todo al momento previo a la aparición al reggaetón. Sé que no va a pasar, pero vivimos con esa ilusión. 

Otros que molan bastante y son insultantemente jóvenes son The Molotovs, una hermana y hermano de Londres. 

Jacinto: Buenísimos. 

Tacho: Tocaremos en el festival Murmura con ellos. Jacinto ya los ha visto, el resto estamos deseando ir a verlos allí.

Merienda cena con Fetén Fetén


Sala Luis Galve del Auditorio, Zaragoza. Domingo, 8 de marzo de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Con el Inverfest dando sus últimos coletazos en Zaragoza, Fetén Fetén arribó en la ciudad del cierzo para alumbrar la tarde del domingo con su atractiva propuesta instrumental, que mezcla como pocos cultura, fiesta e historia popular. El dúo castellano formado por Jorge Arribas y Diego Galaz nos brindó un repertorio cargado de instrumentales que desplegaron todo el atractivo de la tradición musical de este país haciendo un recorrido por nuestra música popular rodeados de curiosos instrumentos y un lenguaje cercano y cargado de buen humor.

Venían sin apoyo vocal, únicamente provistos de sus múltiples instrumentos y su buen hacer, por lo que más que lanzarse con sus “Cantables” lo hicieron con “Bailables”, regalándonos una buena dosis de pasodobles, valses, jotas, mudanzas y hasta algún chotis. Su maestría como grandes multiinstrumentistas se hizo notar desde los primeros pasos sobre el escenario interpretando un elegante foxtrot entre las cuerdas del violín de Galaz y el acordeón de Arribas. Esos fueron sus instrumentos de base, pero a partir de ahí nos mostraron todo un repertorio de “cacharros” sonoros de lo más variopinto. Desde una flauta de hueso de ala de buitre con la que interpretaron su “Pasodoble huesudo” a una combinación de botella de anís y pajita de plástico con la que nos brindaron su particular homenaje al Nuevo Mester de Juglaría.

Nos descubrieron que fue el acordeón el que trajo los bailes agarrados a España, y bajo su embrujo nos invitaron a su particular “Merienda cena”. El serrucho de origen americano vistió “Vals para Amelia”, que en su día Diego compuso para su madre, después de que dibujase el sonido de las gaviotas con su violín. También se dejó ver en varias ocasiones sobre el escenario una zanfona. Confieso que es un instrumento que me vuelve loco, y con la interpretación de una rogativa tradicional de los campesinos de Valladolid para pedir agua, el músico burgalés afincado en Atapuerca nos ofreció uno de los momentos más sentidos de todo el concierto. El sonido de la zanfona me estrechó el corazón, pero también lo hizo esa reflexión que nos dejó este dúo sobre cómo la gente del campo conectó con la esencia de la música desde la antigüedad componiendo melodías preciosas sin saber solfeo. Porque la música es algo que, ante todo, se siente. Por eso mismo, con ese mismo sentir y delicadeza, y teniendo a la zanfona como protagonista, afrontaron la marina “Miña terra no corazón”, que en su día publicaran en “Melodías de Ultramar” dedicada para los que buscaron y todavía buscan una mejor vida en el extranjero por su familia, aunque la pierdan en el intento.

Y es que en las canciones de este dúo hay mucha conciencia social y conocimiento de la historia de la que se nutren sus composiciones, aunque sin olvidar ese puntito de humor tan necesario, al que también ayudó el uso de sus instrumentos “accidentales” que fueron presentando uno a uno. Las cucharas y la silla de camping convertida en flauta con la que interpretaron una mudanza, la gaita fabricada con una bolsa de vino y boquillas de pruebas alcoholemia que sonó a las mil maravillas en su particular homenaje a Agapito Marazuela (folclorista segoviano al que recordaron como un cruce entre Mozart y Hendrix), o la escoba y el recogedor de supermercado que condujeron los vientos entre tonadas que recorrieron camino entre Burgos y Salamanca. Si con el violín o la zanfona es Diego Galaz quien nos sorprende, con todas estas flautas caseras, así como con el acordeón que da la base a la mayor parte de las canciones, es Jorge Arribas quien nos conquista. Un dúo particularmente inquieto que no pone límites a la música y al placer de encontrarla en todo lo que nos rodea. Por eso hacen de cada elemento arte y de cada momento de sus singulares conciertos un paseo por la mejor tradición convertida en melodías adictivas.

Para su actuación en la Sala Luis Galve tuvieron un invitado muy especial. Un músico que reivindicaron como uno de los grandes estudiosos de nuestro folclore y música popular. Con Fernando Pérez a la guitarra hawaiana interpretaron su “Jota del Wasabi”. La jota como parte de nuestro folclore y el wasabi como esa fusión tan necesaria entre culturas, a la que en este caso se le unieron los sonidos hawaianos de la guitarra comentada para redondear un tema que nos hizo caer en la cuenta que hacer folclore también es reivindicar la patria. “Las banderas no van a ningún sitio sin folclore, que es muy diverso, pero con más denominadores comunes que disputas”. Sabias palabras del que parecía en todo momento el maestro de ceremonias Diego Galaz, pues de su boca salieron la mayor parte de estos discursos que nos interpelaban, más allá de los sonidos convocados sobre el escenario del auditorio.

Los “Fetén” dijeron que amaban la cultura de este país y por eso nos invitaron a viajar de Galicia a Guipúzcoa pasando por la Ribera del Duero con “Fandangos y Txalupas”. Y viajando llegamos hasta Madrid con “Dame una cita”, un chotis que interpretaron entre el público con el famoso violín con gramófono inventado a principios del siglo pasado para amplificar el sonido de este instrumento en las actuaciones al aire libre. Nos llevaron también hasta Portugal pasando por León y casi al finalizar la actuación terminamos en Europa del Este con la zíngara “He visto un oso en los Cárpatos”.

No se olvidaron de agradecer a los organizadores del Inverfest por llegar a tanta gente con su música desde que les abrieron las puertas del Circo Price en Madrid, y con esta cita maña cerraron una larga gira que también han compartido con Fito Cabrales como las últimas incorporaciones de su banda en el “Aullidos Tour”. Dos músicos incansables, atrevidos y polifacéticos que demostraron saber llevar como nadie la mejor tradición de la música popular que despierta conciencias a todos los rincones.

Radioactivity: "Time Won't Bring Me Down"


Por: Txema Mañeru. 

Desde Texas regresan con punk-rock y power-pop radiante este cuarteto realmente radioactivo liderad por dos ex The Marked Men como son Jeff Burke, a la buena voz cantante y con sus composiciones, y Mark Ryan. El propio Burke y otros de sus miembros han militado en bandas como The Reds, Lost Balloons, Bad Sports o Mind Spiders. Debutaron en 2013 con un elogiable disco homónimo que tuvo su continuación dos años después, con “Silent Kill”, ambos editados por Dirtnap Records. Tras todas estas aventuras en otras bandas cercanas al estilo han decidió retomar su trayectoria como Radioactivity, más de una década después. Los resultados han estado a la altura pues “Time Won’t Bring Me Down” (Wild Honey Records) es uno de los mejores discos en su estilo de los últimos tiempos. Es muy fácil acordarse de Superchunk, los Hüsker Dü del “Candy Apple Grey”, The Thermals, Cloud Nothings, pero también de Blondie o The Real Kids. De hecho arrancan con el destacado tema titular lleno de energía y sonando con plena velocidad, pero igualmente con melodías como las de los primeros singles de Blondie, aunque más power-pop y con guitarras realmente poderosas. 

Temas como "Watch Me Bleed" delatan que tienen que sangrar en directo de todos sus dedos dados esos acerados riffs y esos redobles salvajes en poco más de minuto y medio. De hecho, hay un único tema que supera los cuatro y necesitan escasa media hora para entregarnos 11 nuevas composiciones con la firma principal de Burke aunque ayudada por la banda tejana al completo. La guapa melodía de "This One Time" es una mezcla entre los citados Superchunk, y bandas que comenzaron hace 50 años como The Knack o The Romantics. "Why" es otro tema urgente y a tope de velocidad en poco más de minuto y medio. Otro de los temas más destacados es "Ignorance Is Bliss", con sus crudos riffs llenos de fuzz sobre un bajo arrollador. La melodía se te va clavando hasta que al final se marcan unos buenos punteos por encima de los riffs del bajo y la guitarra rítmica. Cierran la cara A con la reflexiva "I Thought", un estupendo medio tiempo con la gran voz de Burke al frente, con un bajo como un cañón y unos teclados realmente mágicos que pueden llevarnos a pensar en los primeros Cars de Rick Ocasek.

Con estos mimbres y estas canciones no es extraño que se los haya agenciado el prestigios sello de rock’n’roll italiano Wild Honey Records. Hogar en el que tiene un montón de recomendables discos Deniz Tek (Radio Birdman) que está a punto de entregar nuevo LP. Junto a él, bandas y solistas como The Midnight Kings (que nos visitaron recientemente), John Paul Keith, The Peawees (otros asiduos por aquí), Miranda And The Beat, The New Christs o Roy Head que entregó un excelente LP póstumo para el Record Store Day del pasado año con ayuda, en las composiciones y tocando en varios temas, del capo de la casa, Deniz Tek. Por cierto, un trabajo presentado en llamativo vinilo rojo, siendo el de Radioactivity en color transparente, todavía más bonito y cuidado aún y siempre también con buenas fundas interiores.

La cara B recupera la urgencia del arranque con "One Day". Arrolladores como el mejor power-pop new wave de los Any Trouble y con destacados punteos, además de buenos coros de Orville Neeley. Luego llegarán los mejores y más trabajados temas con algo más de espacio para la, relativa, calma. Así aparece "Sleep", con una contagiosa melodía con la que nadie se puede dormir y un arrollador ritmo que mama de nuevo de la mejor new wave de ambos lados del continente. Y si ya hemos hablado de buenos punteos con anterioridad, tenemos que hablar también del citado Neeley que se encarga de los mismos en "Analog Ways", un excelente medio tiempo con melodía y estribillo estremecedor. Aquí también tenemos en las guitarras a Yusuke Okada, que luego añadirá algunos efectos en una "Shell" que supera los cuatro minutos y que tiene un delicioso arranque con guitarras acústicas que cuentan con la original ayuda de Ian Rose con las ricas percusiones. Luego aumenta de intensidad y las guitarras se electrifican para acabar de manera pletórica y con crudos punteos. 

La despedida no deja lugar al dolor. Bueno sí, el dolor de que acabe tan pronto el disco con "Pain". Otro gran tema melódico con arrollador final lleno de emotividad en forma, de nuevo, de medio tiempo, pero rebosando fuerza. Una banda que estamos deseando ver por aquí en directo con algunos de los citados compañeros de escudería que ya suelen visitarnos. 

Morrissey: “Make-up is a lie”


Por: Javier González. 

Hablar de Morrissey en términos estrictamente musicales se ha convertido de un tiempo a esta parte en completa anomalía. Todo aquel que tenga en el radar al genio de Mánchester sabrá de su azarosa trayectoria en los últimos años, donde a las ya más que habituales cancelaciones de conciertos, constante habitualmente repetida a lo largo de su carrera, se han añadido varios oscuros capítulos dedicados a rupturas de contratos discográficos, declaraciones fuera de lugar, otro clásico en la singladura de Mozzer, y repetidos intentos fallidos de publicar álbumes que nunca vieron la luz como “Bonfires of teenagers”. Hechos todos ellos que le situaban como centro de la diana de una industria que por otra parte jamás le ha tenido como hijo predilecto, dejando tras de sí un cúmulo de situaciones casi constantes que invitaban más a la sátira y burla que a cualquier análisis serio que se preciara, algo especialmente doloroso cuando se trata de un mito capital de la cultura europea de los últimos cincuenta años, tal y como atestiguan las más de 25 millones de reproducciones mensuales de su música en plataformas de streaming, cifra demasiado seria como para tomarnos el legado eterno de Morrissey a la ligera. 

Por suerte, el británico ha encontrado cierta calma entre tanta batalla ineficaz para por fin legarnos una nueva colección de canciones que finalmente lleva por título “Make-up is a lie”, bajo el paraguas de la mítica disquera Sire Records, donde vuelve a mostrar su particular visión del mundo actual, a mitad de camino entre la conspiración internacional y el escepticismo vital ante una realidad demasiado turbia, acompañadas por las más que habituales dosis de nostalgia y melancolía autorreferenciales que por momentos representan las cotas más altas de un trabajo que debemos calificar desgraciadamente como bastante irregular. 

Sí, es capaz de funcionar a tirones, como decimos, básicamente porque esconde algún que otro fogonazo de brillante luz personificados en determinadas canciones y en la producción de Joe Chiccarelli, quien es capaz de sacar lo mejor de la faceta interpretativa de Morissey, quien probablemente cante aquí mejor que nunca. Ráfagas que sin embargo no son suficientes para que evitemos pensar que entre una más que probable ingente cantidad de material para grabar, recordemos que son seis los años que han pasado desde que viera la luz “I am not a dog on a chain”, deberían existir al menos cinco/seis canciones más potentes con las que haber redondeado una gloriosa vuelta, sobre todo cuando se piensa en composiciones ya de sobra conocidas como “Rebels without applause”, sencillo que vio la luz hace ya la friolera de cuatro años de forma un tanto absurdamente descontextualizada, referencia que sin ir más lejos hubiera elevado la categoría de esta nueva entrega por su regusto a pop amable de alta escuela dotado de una crítica saludable. 

El disco se abre una forma más que sugerente con “You´re right, it´s time”, un elegante corte que no desentona en su trayectoria con el que parece encerrar una reflexión personal, invitando a dejar atrás una etapa marcada por el ruido mediático y mirar al frente, tras ella hay un cierto deje de oscuridad en “Make-up is a lie”, donde ataca la superficialidad de los tiempos modernos, entre una amalgama de sonoridades que juegan de forma saltarina a muchas cosas sin llegar a ser ninguna en concreto, algo similar ocurre, en esta ocasión para bien, con la polémica y sintetizada “Notre-Dame”, con cambio en la letra sobre la versión inicial del tema, en la que Mozzer deja claro su parecer sobre un supuesto plan siniestro tras el incendio que casi acaba con la joya de la corona del Gótico francés, una composición que a buen seguro polarizará las opiniones entre los que declaren al cantante como un peligroso vendedor de “bulos” y otros que observando cómo funcionan las élites que nos gobiernan apostarán por buscar respuestas alternativas a la versión oficial, a la que sigue una omisible revisión de “Amazona”, el trallazo glam de los siempre reivindicables Roxy Music que en su día fuera escrito por el bueno de Phil Manzanera, pero que aquí tampoco acaba de funcionar. 

Deja claro su talento en la reivindicable “Headhache”, un medio tiempo juguetón, repleto de matices, que llega a romper como la gran canción que opositaba a ser, algo a lo que no llega ni de lejos “Boulevard”, pretenciosamente dramática y artificial; mucho más divertida y sarcástica se presenta “Zoom zoom the little boy”, jugando con un ritmo sencillo que se ve aderezado con sonoridades guitarreras casi orientalizantes, manteniendo el tipo y pidiendo protagonismo, y las veleidades funk que se marca en “The night pop dropped” en un brillante acercamiento que invita al baile decididamente; lástima que a “Kerching kerching” le falte más ímpetu, algo que se intuye hacia al final del tema, mostrando que podría haber sido un auténtico temazo que vuelve a quedarse en un mero acercamiento sin concreción. 

Quizás parte de lo más rescatable de este “Make-up is a lie” venga hacia al final de su minutaje, gracias al guiño repleto de nostalgia que supone “Lester Bangs”, sentida referencia al mítico crítico norteamericano, donde Morrissey vuelve a las tardes en su habitación, aquel lugar donde forjó su indómito carácter, entre menciones a Roxy Music, New York Dolls y Allen Ginsberg, rozando los corazones como solamente él sabe hacer, “Many icebergs ago”, en la que con una oscuridad potente vuelve a mirar atrás desde una perspectiva relativamente minimalista, pero que en esta ocasión sí consigue encontrar acomodo, tanto sonoro como lírico, antes de cerrar con la que probablemente sea la mejor canción de toda la colección, evidentemente nos referimos a “The monsters of Pig Alley”, un temazo con hechuras de himno moderno y atemporal coescrito con un sospechoso habitual como Alain Whyte, asentado sobre una apertura de guitarra acústica que dará paso a cristalinas eléctricas, las que de siempre mejor han sentado a la lírica de Steven, quien no duda en referenciar la que se supone que fue la primera película de gánsteres de la historia llamada “The musketeers of Pig Alley”, dirigida allá por 1912 por D.W.Griffith, una temática muy de su agrado como ya demostrara tiempo atrás en temas como “The last of the famous international playboys” o “First of the gang to die”, cerrando de manera mayúscula un trabajo capaz de subir a las más altas cumbres y convivir con pasajes tan anodinos como un páramo. 

Tras varias escuchas a “Make-up is a lie” queda en el paladar una sensación agridulce, básicamente porque hay instantes donde la emoción parece querer desbordarse, rebajando el suflé la inclusión de composiciones que casi podríamos calificar de anodinas. Tocará quedarse con los brotes verdes y pensar que tras tanta polémica sigue habiendo al menos una parte de Morrissey que tiene cosas interesantes que contarnos, una grata noticia para todos aquellos que somos fans declarados del músico inglés, quienes viviremos las próximas semanas con inquietud, puesto que en apenas unos días arrancará una mini gira por nuestro país con paradas en Zaragoza, Valencia y Sevilla, que esperaremos con el corazón en un puño ante sus recurrentes espantadas. Peajes que pagamos con sumo gusto, pues somos conscientes que estamos ante uno de los últimos mitos del rock europeo a la antigua usanza con su dandismo y divismo intactos, dotado de un talento descomunal y una apuesta radical por su labor creativo, ajena a pleitesías propias de los artistas prefabricados que hoy adoran las sumisas masas. Puro genio del extrarradio industrial mancuniano, azote del thatcherismo, gloria que nunca podremos negarle, y personaje sin par, que de no existir seríamos incapaces de inventar. Que a nadie se le olvide, Morrissey juega en otra liga, es mito y leyenda en vida. Un francotirador sin ataduras, viperino y mordaz, en demasiadas ocasiones errático,  a veces equivocado en sus opiniones y siempre molesto, pero un francotirador al fin y al cabo, justo lo que odian muchos analistas de altos ideales y mejores tragaderas, pagados por oscuros intereses que nunca conoceremos, salvo que rastreemos la pista de un dinero que a Bigmouth le sigue llegando procedente de sus canciones y talento. Ya sabéis, pequeños matices o lo que es lo mismo, el diablo está en los detalles. Y para algunos, acierte o no, si nos dan a elegir, estaremos del lado de Morrissey. Nobleza obliga.

Alejandro Santoyo: "Creo en las canciones y en el amor tanto como en el poder destructivo de nuestra especie"


Por: Kepa Arbizu.
Fotografías: Carmen Felipe.

Siempre es reconfortante, y elogiable a partes iguales, encontrarse con un joven compositor capaz de encarnar a la perfección el legado del rock de autor. Una herencia que el albaceteño Alejandro Santoyo ha asimilado en beneficio propio a través de diversos, aunque hilvanados bajo un tono común, escenarios expresivos. El último, y posiblemente más entonado, da forma a su nuevo disco, "Al otro lado de la épica", un trabajo intimista y de detallistas texturas instrumentales, gracias en parte a la presencia y utilización de hasta nueve músicos diferentes. El resultado es un excelente álbum donde la emoción escoge como vehículo composiciones que funcionan como narraciones, un álbum de fotografías diseñado bajo la sutilidad y el corazón. Sabedores de que su nombre cada vez se percibe más incrustado en un árbol genealógico de firmantes ilustres, llámense Chencho Fernández, Lapido, Quique González o Diego Vasallo, hablamos con el artífice de un disco que, lejos de la mercadotecnia artificial, palpita sensibilidad y talento. 

Cuatro años separan tu anterior disco de estudio, “El corazón es un órgano de fuego”, del actual, “Al otro lado de la épica”, ¿ese intervalo revela el mucho tiempo de gestación que ha llevado este nuevo trabajo o responde más a imponderables que han postergado su publicación? 

Alejandro Santoyo: Diría que ambas... Los ensayos nos han llevado mucho tiempo porque justo al comienzo de estos me fui a vivir a Valencia, mientras que el resto de músicos están en Albacete. Para más inri, la grabación y las mezclas las hemos hecho en Madrid, en Metropol Studios. Algunas cosas se grabaron en Baboon Records (Albacete) y en los estudios caseros de algunos músicos participantes (en Ayora y en Chinchilla de Monte-Aragón) pero, como digo, casi todo se ha hecho en Madrid. Como entenderás, todo esto, junto a la cantidad de músicos y las exigencias de las canciones tanto en términos de producción como a nivel de duración, han hecho que se demore tanto. Sumado, dicho sea de paso, a mi absoluta falta de interés en ir de prisa o agobiar a mis compañeros y compañeras. 

 Cuando canciones se van macerando durante cuatro años, ¿van mutando y alterando sustancialmente su forma original o ésta se mantiene y es cuestión de perfilarla y cincelarla? 

Alejandro Santoyo: En mi caso se ha mantenido. La mayor parte de las canciones fueron escritas en 2022, “Caballos perdidos” creo que la escribí con dieciocho o diecinueve años y, desde entonces, he realizado un trabajo (excesivo) de maquetación en el que produje los temas y compuse los arreglos con un teclado o lo que tuviera a mano en casa. Sí que es cierto que junto a Sergio Jiménez de Metropol Studios realizamos algo de preproducción y, durante la grabación, tuvo unas cuantas buenas ideas que han enriquecido las canciones, pero manteniendo su forma original todo el rato. La dedicación y la profesionalidad de Sergio y del personal de Metropol Studios han sido imprescindibles para este proyecto. 

En medio de ambos trabajos publicaste el directo “Fieles y malditos”, un formato que habitualmente se suele utilizar para marcar diversas etapas en una carrera de larga trayectoria, ¿cuáles fueron tus motivaciones para dicho trabajo? 

Alejandro Santoyo: Quizás para quien no conozca Albacete oír hablar de su Teatro Circo no le diga nada, pero es un edificio patrimonio histórico inaugurado en el siglo XIX y una auténtica joya arquitectónica. Un teatro con arquerías neoárabes que también puede ser adaptado para espectáculos circenses y de los que hay creo que menos de diez en el mundo. La cuestión es que me parecía que no había que desperdiciar la ocasión que nos brindó el festival de videopoesía Maldito contratándonos. Alguien en mi situación no suele poder autogestionar la producción tanto a nivel burocrático como económico que requieren sitios así, por lo que aproveché la oportunidad para registrar algunos temas en vídeo y audio. 

Respecto a tu álbum de estudio predecesor, este disco es mucho más intimista, menos directo pero mucho más emocionante y detallista, ¿esa morfología sonora es reflejo del tipo de sentimiento que querías trasladar con el disco? 

Alejandro Santoyo: Lo que tenía claro era que la producción iba a ser más completa que en el anterior, donde hay elementos que a veces aparecen sin estar del todo integrados en la canción. Ya sabía por dónde quería ir pero no sabía cómo. Para este álbum decidí generar todas las capas que me apeteciera. Implementar atmósferas y elementos que conformaran un disco rico y detallista, como bien dices. Otras cosas se me escapan o las dejo al azar, pero a nivel sonoro sí que tenía muy claro lo que quería. 

Tu forma de cantar también ha mutado en más sutil, menos rasgada, ¿en ambos registros te sientes igual de cómodo o sientes como más natural alguno de ellos? 

Alejandro Santoyo: La verdad es que ha sido algo no premeditado, fruto de la llegada de nuevas referencias musicales a mi vida, supongo, como Lambchop, Rafa Berrio y cosas así. Y también de escucharme más y mejor durante el proceso de preproducción. He intentado prestar más atención a cada frase. Creo que a nivel vocal tengo mucho que aprender y mejorar. No obstante mi rotura es natural, no puedo evitarlo, incluso a veces se me rompe hablando. Es algo que me ha acompañado de forma natural y que estará siempre ahí. Me alegra que destaques esa sutileza porque siempre estoy en lucha con mis nervios y es algo que intento medir a la hora de tocar y cantar, ya que es fácil que se refleje ahí. 

Las canciones de este disco, o al menos la mayoría, rompen un poco el esquema de canción pop al uso , ya sea por su extensión o la falta de un estribillo como tal, ¿ha prevalecido un aspecto más narrativo a la hora de componer frente a otras consideraciones?

Alejandro Santoyo: Sí. Durante el desarrollo de este disco y en su gestación quedé eclipsado por los minutajes largos de temas narrativos. Discos como “Truelove’s gutter” de Richard Hawley o “Rough and rowdy days” de Dylan me engancharon. También descubrí la figura de Daniel Lanois, un tipo atrevido con unas ideas fascinantes. Tiendo desde mis inicios a crear canciones sin estribillo o en las que una frase repetida aparente serlo. Manda la canción y a veces uno tiene que arriesgar. Un músico debe ser generoso con la música para que ella lo sea con él, me lo ha enseñado Jorge Ilegal en la distancia y lo he visto de cerca en otros músicos mayores que yo. He concebido algunas canciones desde planos conceptuales exigentes con el público y con nosotros mismos. Desgraciadamente, enfermé un par de días durante la grabación. La tensión me hizo colapsar físicamente mientras grabábamos la canción que da título al disco. Cada grabación es un aprendizaje acojonante sobre uno mismo y quienes te rodean. 

Canciones como “La bomba que colme el vaso” me parecen una obra maestra en todos sus sentidos, con esa naturaleza casi de epopeya, ¿son composiciones que salen casi del tirón o se va configurando a través de la suma de ideas? 

Alejandro Santoyo: Gracias por tus palabras, Kepa. En mi caso, y si está en un disco, es porque ha ido compuesta del tirón con pequeños ajustes posteriores, a veces más retoques y otras menos -las menos-. No guardo canciones descartadas pasado un tiempo. Después de cuarenta y cuatro canciones publicadas (en solitario y con Gerba Monkey) he aprendido que cuanto más reescriba una canción o le inserte según qué piezas como si de un Frankenstein se tratara, la naturalidad y la frescura se van perdiendo. No obstante, esta canción no habla sólo de una cosa. En ella hay varias ideas preponderantes que reflejan el concepto de “Al otro lado de la épica”.

Quizás la excepción a ese tono más intimista sea la rockera, con ese tono abrasivo a lo Neil Young, de “Esperando a nadie”, ¿esa parte más furiosa es consustancial a tu naturaleza aunque en momentos prevalezca ese tono más intimista? 

Alejandro Santoyo: Absolutamente. Ciertas expresividades no se pueden conseguir tocando flojito y, además, los equipos que más me gustan funcionan bien cuando están calientes y a un volumen alto. A veces cuando voy a ensayar me doy el gusto de poner mi amplificador al máximo para sentirme vivo. El ruido penetra dentro del cuerpo y provoca estimulaciones físicas y psíquicas tremendas. Es un placer catártico. Luigi Russolo lo explicó muy bien. A mi me gusta el rock y el rock’n roll, es mi identidad. De ahí viene todo lo demás y no al revés. Así que sí: el ruido y la furia son imprescindibles para mí. 

En el disco has contado con hasta nuevo músicos diferentes, ¿es consecuencia de los problemas de unir calendarios, una forma de recalcar el espíritu colectivo del disco o la búsqueda de los ingredientes exactos que pedía cada tema? 

Alejandro Santoyo: Más bien lo último. Decidí lanzarme a la piscina y experimentar qué pasaba si intentaba materializar todo lo que sonaba en mi cabeza. Unas cosas las tenía más claras y otras no tanto, pero lo que sí sabía era lo que no quería. 

Con esa presencia de diversos músicos, ¿las canciones han sido también moldeadas por su presencia o tenias claro el carácter de cada una y ellos han seguido esos planes? 

Alejandro Santoyo: Prácticamente han seguido mis indicaciones en lo que a tipo de arreglos y sonidos se refiere. Sospechaba que como son buenos músicos iban a entender lo que buscaba en cuanto les dirigiera un poco y les enseñara mis referencias. La verdad es que he quedado muy contento y, no sólo eso, sino que han mejorado las canciones. Algunos de ellos hicieron algunos aportes sublimes que se han quedado. 

Hay una frase que cantas en “Danza macabra” que me parece especialmente significativa y representativa del sentido conceptual del disco, en la que dices, "gris con un toque de color será nuestro reino", ¿son estas canciones una forma de buscar color entre la incertidumbre y la resignación? 

Alejandro Santoyo: Bueno, vivimos una etapa de decadencia, el fin de una época, como es bien sabido. Europa, aunque no expira, se derrumba y es una esclava al servicio de los yankis y de sus amiguitos sionistas. Mi generación y las posteriores estamos bien jodidas. Supongo que las canciones y el arte en general son una forma de buscar color, como bien dices, dentro de toda esta basura que vivimos. Yo me esfuerzo por encontrar el color cada mañana en la calle, en el autobús, en la frutería… hay que intentarlo y hay que ser fuerte. Creo en las canciones y en el amor tanto como en el poder destructivo de nuestra especie. 

A lo largo de las letras hay referencias a lugares concretos, a familiares a historias cotidianas, ¿es el disco especialmente autobiográfico y casi un álbum fotográfico propio? 

Alejandro Santoyo: Sí. Es un disco muy personal y por eso creo que no está entrando solamente con una primera escucha, sino que necesita tiempo para ser asimilado. Siempre he pensado que me gustaría ordenarme la vida en discos, es decir, conformar una vida paralela a la mía en mi discografía. Puede sonar pretencioso pero lo siento así. Llevo subiendo a escenarios desde que tenía diez años pero desde que grabé mi primer disco a los diecisiete he sentido que lo que más deseo es hacer canciones y grabar álbumes. 

También pareces trenzar una mirada intergeneracional, donde conectas el paso del tiempo en tu propia persona con épocas pasadas, parece un retrato universal de la supervivencia y la dignidad de la gente humilde a lo largo de la historia.. 

Alejandro Santoyo: Has dado en el clavo respecto al eje conceptual del disco. No sé si yo lo habría explicado mejor. La vida real, para mí, está al otro lado de la épica. Es erróneo confundir la sencillez con lo banal. El rock está saturado de una épica de postín -esas Lentejuelas que cantaba Barricada- y también hay un sector de nuevos folcloristas que más bien parecen arlequines trasnochados. Hablan de las vidas de nuestros abuelos como si hubieran sido el Carnaval de Cádiz cuando vivieron las mayores putadas que te puedas imaginar. Algunos de ellos, claro, no todos, como bien sabemos. 

Teniendo en cuenta el título del disco, me resulta paradójico que musicalmente hay un componente majestuoso y épico en su naturaleza, ¿era una forma de devolver esa épica (sonora) a quienes la existencia se la ha robado? 

Alejandro Santoyo: Sinceramente, no ha sido algo premeditado. El planteamiento sonoro del disco ha dado lugar a ello, supongo. Bienvenido sea. Es bonito pensar eso que comentas de devolver cierta épica a todas esas vidas anónimas. Yo espero hacer más llevadera la existencia a las personas que quieran escuchar mis canciones. 

Todo el aspecto lírico del disco me parece impresionante, juegas con el costumbrismo, las referencias musicales-literarias y un propio sentido poético, ¿eres especialmente minucioso y perfeccionista a la hora de buscar las palabras exactas?

Alejandro Santoyo: Gracias. Soy minucioso, sí. En los libros y en los discos que me gustan los detalles son importantes y marcan la diferencia. Creo en el poder de la intertextualidad y en la escasez -casi diría inexistencia- de la originalidad. Las palabras no son sólo palabras y aunque nos acompañen a diario no debemos obviar sus vidas pasadas. El silencio también ha sido importante en este disco y creo que no debe perderse de vista. 

Teniendo en cuenta que toda carrera musical es un constante aprendizaje, y dada tu juventud, ¿sientes que cada paso que das es toda una nueva lección y que este disco habría sido imposible hacerlo unos años antes sin todo las enseñanzas que has ido recopilando? 

Alejandro Santoyo: Totalmente. Uno construye una carrera musical con coherencia y no solamente con ruido y furia pero, sobre todo, con buenas canciones. Estamos aquí por las canciones. Debe haber un equilibrio, una armonía. Las carreras que más me gustan, con sus deslices, han sido fieles a una forma de hacer las cosas y a unos principios. Pensar que tienes poco que aprender es de una osadía estúpida. Creo que lo más importante es, aunque sea doloroso a veces, ser fiel y no engañarse a uno mismo. Seguiré con las orejas bien abiertas.

El glorioso infierno de La Perra Blanco


Sala Oasis, Zaragoza. Viernes, 6 de marzo del 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

¿Quién dijo que en el infierno se sufre? Sí, quema, pero sabe a gloria. No conocía a La Perra Blanco sobre un escenario, no era consciente de lo que me estaba perdiendo, pero el pasado viernes, en forma de inesperada visita, como la caprichosa fortuna, se presentó ante mí la posibilidad de reparar en su particular festín. Cual Dionisio invocando a los placeres mundanos, aquellos que más nos atraen, los que ponen la pasión incontenida por delante, me dejé llevar por este auténtico portento del rock. No hizo falta más que unos pocos segundos para darme cuenta de que el convite iba a ser de altura.

Alba Blanco es un torrente de poderosa energía, un portento con alma del blues más brumoso y corazón de rockabilly y garaje que late desbocado para hacer del clásico espíritu del rock del Delta (que un día vendió Robert Johnson al diablo) una realidad actualizada sin perder ni un gramo de autenticidad. Lo de la Perra Blanco es estratosférico. Puedo asegurar que una vez te agarra entre las dolientes y afiladas cuerdas de su guitarra ya no te suelta y te conduce hasta ese glorioso infierno que, pese a lo que podamos creer, está lleno de luz y fraseos eléctricos que suenan a gloria.

Trataba de buscar un calificativo a lo experimentado en mi insustituible Oasis, pero solo me venía una exclamación a mi mente. ¡¡La hostia!! Cuando no se imponen las expectativas, la verdad aflora, y puedo asegurar que lo del viernes fue auténtico. No hay otra forma de encontrar las palabras. Ahí estaba yo, entre aguerridos rockers de mi ciudad (no podía faltar el gran Cuti Vericad entre el público), dejándome llevar y sin parar de dibujar una mueca de asombro en mi rostro unida a la satisfacción, porque no dejé de gozarlo ni por un instante. Sin necesidad de tomar notas, ni de mirar a la cámara. Sólo electricidad y comunión. Entrega y verdad. Una bomba.

Leí en algunos medios que el directo de la Perra Blanco era uno de los mejores de rock and roll que se podían ver en España. Pensé que quizá había mucho marketing en esa afirmación, pero una vez vista a la banda en acción, no sabría decir si son los mejores, pero sí unos de los más auténticos. Guillermo "la bestia" González, Jesús López, Gérard Vercher y Nelo hacen brillar a Alba, porque todo gira en torno a ella y su guitarra, pero no podemos olvidar la fuerza que desprende "la bestia" al contrabajo o la precisión de Jesús a la batería. Eso sin olvidarnos de la complicidad entre el saxo de Gérard y la guitarra de Alba, que hasta nos concedieron el honor de presenciar un dúo de altura entre el público dando rienda suelta a sus impulsos más primarios.

"Raining Love" abrió con pulso marcado la velada para dar paso, poco a poco, al carisma de Alba y su guitarra rosa, de la que brotaron fantásticos solos durante los más de noventa intensos minutos que nos regalaron. "It's fun but it's wrong" llegó pronto pero dio buena muestra de la intensidad que aguardaba la noche, para seguidamente mostrar todo el nervio que escondía la más acelerada "Down and Bound". "Number one fool" nos llevó hasta el rastro de Amy Winehouse y su aire a banda sonora de los años cincuenta, para demostrarnos después, con "Treat Me", que se podía bajar el pulso para ser más sensual, algo que se llevó al extremo en esa "Sin Amor" con aromas de western despechado. Los temas en castellano, como "Devil in my Bed" pasaron más de puntillas que el resto (al fin y al cabo son novedad en el repertorio de la linense), pero con las más blueseras "Hold Me" o "I Feel Fine" se lució con creces en las seis cuerdas, recordando a Muddy Waters o Howlin' Wolf como en su día encarnaran los primerizos Rolling Stones.

Hubo tiempo para dar rienda suelta a adictivos instrumentales como "La Furia", además de disfrutar de improvisaciones en muchos de los temas que daban vida al sueño de cualquier rockabilly inquieto, como ocurrió con "New Lover New Sweetheart". Si en "Barracuda" se marcó el clasicismo más rockin' de la noche (podríamos rememorar con ella a los Surfaris de "Wipe Out"), en otras como "Why don't you love me" demostró que lo suyo también está en el dominio del fingerpicking.

Antes de terminar y de alabar a todos sus músicos, "Supersonic Lover" mostró las cartas que mejor definen a La Perra Blanco, esos destellos de autenticidad que tan bien maneja con las seis cuerdas de su guitarra, así como el incomparable apoyo de una banda que es un contundente cañonazo de energía. Lo de que La Perra Blanco es una artista irrepetible no hace falta que lo repitamos, pero que es una artista que maneja un cancionero de rock inconmensurable y puro sobre un escenario, que en ocasiones se muestra algo reticente a este clasicismo que mueve toda esa amplia (y en ocasiones mal entendida) escena del rock patrio, es un hecho. Pero lo que más importa, y quizá mueva a esta web con alma rockera, no es lo que piense y opine la mayoría, si no lo que provocó en este humilde redactor esta artista mayúscula, cuya pequeña estatura no oculta la alta talla de su categoría escénica. Un portento, sí. Un auténtico meteoro.

The Divine Comedy, el elegante idioma del pop


Sala Apolo de Barcelona, Festival Mil·leni. Jueves, 5 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Uno de mis festivales musicales favoritos de Barcelona es el Mil·leni, que en su 27ª edición continúa trayéndonos propuestas idóneas para los mejores paladares. Como The Divine Comedy, que si bien en la ciudad los hemos podido disfrutar en anteriores ocasiones en inmejorables aforos, como el Palau de la Música, el Audiori o los jardines del Palau de Pedralbes, no nos los quisimos perder en la Sala Apolo. Y es que la banda liderada por Neil Hannon ofrece un elegante pop de cámara con esas influencias de la música clásica, del cine y de los aromas grandilocuentes de Scott Walker, al que uno no logra resistirse.

Por si fuera poco, en la presente gira están promocionando su maravilloso último álbum (el número 13 de su discografía) "Rainy Sunday Afternoon". Un melancólico trabajo que, grabado en los mismísimos estudios Abbey Road, se revela entre lo mejor de su larga trayectoria y que se aleja de recientes experimentos con sintetizadores y otras aventuras del bueno de Neil.

Con la sala a rebosar, Hannon apareció luciendo un elegante traje, camisa oscura, gafas de sol y un sombrero, acompañándose de cinco músicazos (teclados, bajo-contrabajo, violín, guitarra, batería y acordeón). Un set instrumental que fue capaz de llenar esos espacios mágicos que la trabajada producción de estudio de sus canciones parecen imposible de reproducir en vivo. Y así es, como desde el minuto uno del show, el sexteto musical nos envolvió en dulces melodías, ritmos trepidantes y esa voz de barítono del cincuentón que tanto alcanza la calidez en sus tonos bajos como la emotividad cuando aborda las tonalidades elevadas.

Para el arranque tres de sus nuevas canciones: la melódica “Achilles”, la sombría “The Last Time I Saw The Old Man” y la que titula el álbum con esas letras tan maravillosas que nos tiene acostumbrado el de Irlanda del Norte. Aunque fue “Norman and Norma” el primer gran momento del concierto, con el público recibiéndola con entusiasmo. Tras ella, Hannon nos advirtió que iba a tocar una canción “muy muy muy muy antigua”, concretamente “Your Daddy’s Car”, del álbum “Liberation”, cuya narrativa cotidiana y humorística refleja perfectamente el espíritu del grupo. Uno de mis momentos favoritos llegó de la mano de “I Want You”, “A Lady of a Certain Age” y “Songs of Love”, que encadenadas una tras otra llenaron el auditorio de romanticismo con su espléndida delicadeza y sensibilidad. También me gustó “At the Indie Disco”, para la que Hannon nos mandó hacia “una discoteca del norte de Europa”, y con la que levantó definitivamente la energía de la sala.

Pero, sin duda, el momento mas recordados del bolo llegó con “Mar-a-Lago by the Sea”, cuya introducción fue sensacional con el crooner presentando a cada uno de sus músicos mientras les preparaba su cocktail o bebida favorita, gracias a un improvisado carro-bar. Al terminarla, nos advirtió que iba a ponerse rockero antes de que escucháramos “Bad Ambassador”, una pieza que siempre me ha recordado al gran Jeff Buckley

Para la recta final reservó a algunos de sus mejores clásicos: “Becoming More Like Alfie”, “Generation Sex” y “National Express”, piezas emblemáticas y dinámicas con las que los ritmos frenéticos y la rica pero no cargada instrumentación llenaron la sala de baile y alegría. Aunque Neil ya nos lo había anticipado, se reservó tres piezas para el bis, una “Our Mutual Friend”, con la que bajó del escenario para cantar y bailar entre el público, una delicada e íntima “Invisible Thread” y el cierre apoteósico con los redobles de “Tonight We Fly” y esa sensación de euforia que pocas canciones son capaces de crear.

Un final para el concierto de The Divine Comedy que nuevamente resultó una auténtica experiencia audiovisual, con dosis adecuadas de teatralidad, melancolía, sentido de humor y melodías perfectas, logrando que sigamos adorando a este tipo único en su especie.