Morrissey, la luz de una estrella que nunca se apagará


Movistar Arena, Madrid. Miércoles 29 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Luis Beltrán y Estefanía Romero. 

Morrissey apareció con la camisa entreabierta y un ramillete de flores colgado en la cintura sobre el escenario con diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Lo hizo moviéndose entre la seguridad y una cierta arrogancia irónica, encabezando un pequeño séquito que completaban los miembros de banda que le acompaña. Se acercó al micro con paso firme y decidido, tirando de histrionismo para saludar al respetable con un “Madrid, Madrid, Madrid”, donde las erres se alargaban deliberadamente en un ejercicio cargado de flema británica marca de la casa, para a continuación dar paso a una enérgica interpretación de “Billy Bud” con la que abriría una noche que se fue tornando sobresaliente con el paso de los minutos.

Aunque verdaderamente la velada había comenzado mucho antes, justo en el momento en que la música ambiental arrancó y fue secundada por un vídeo que siempre es toda una declaración de intenciones, puesto que las canciones e imágenes de los referentes vitales del vocalista de Mánchester invitan a perderse en un viaje iniciático hacia el “universo Morrissey”. Inevitables son las paradas en Ramones, The Runaways, David Bowie, Iggy Pop y New York Dolls, complementados en esta ocasión por la aparición en pantalla de una banda “más moderna” como Interpol, en una tónica que se iría repitiendo con el pasar de las canciones, donde los rostros de Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o Briggite Bardot también tendrían cabida en una actuación en la que las canciones son la excusa perfecta para hacer un recorrido sentimental por los ídolos juveniles de Mozz

Continuó con una doble mirada a “The Ringleader of the Tormentors” parando en las impetuosas “I Just Want to see the boy Happy” y “The Youngest was the most loved”, lastradas por un sonido que por momentos, sobre todo en los primeros compases del bolo, pareció demasiado escaso para un recinto como el pabellón madrileño que presentaba un aforo cercano a los 7.000 espectadores con una pista en la que los huecos eran evidentes, elementos que poco importaron sobre todo por la presencia escénica del mito de inglés, quien se despachó a gusto con una interpretación majestuosa en la que no faltaron su habituales quiebros vocales, secundado siempre por una banda que sin estridencias ni alardes se bastó para demostrar su prestancia en cada uno de los temas que tocó. 

Tras ello llegó el primer vistazo al pasado más glorioso de su carrera, tirando del repertorio de The Smiths con una emocionante “Shoplifters of the World Unite”, celebrada por el respetable con ganas, sabedores de que con Morrissey el repertorio nunca será del todo complaciente, para qué, no lo necesita, eso se lo deja a los estrellas con pies de barro, enlazada a la perfección con una de sus glorias en solitario, “First of the gang to Die”, con las luces dibujando la bandera italiana y la pantalla dejando en un marco fijo la efigie de las New York Dolls, apelando a los pandilleros y al barrio, a los códigos de honor y a los canallas y delincuentes que nos roban el corazón parapetados tras un estribillo inmejorable lleno de melancolía y orgullo, rematando la jugada con la enorme “A Rush and a Push and the Land is Ours”, composición que abría el que sería el último disco de estudio de The Smiths, “Strangeways here we come”.

Mostró su lado más irónico antes de interpretar “Kerching, Kerching”, donde vino a decir que no “paraba de sonar en las radios”, una clara referencia a su eterna lucha con el FM, donde nunca fue un niño mimado, por suerte desde la independencia y el carácter combatiente de sangre irlandesa que le viene dado por ascendencia su presencia sigue siendo constante, lo quieran o no. Mostrando su grandeza en la oscuridad que desliza “How Soon is Now?”, otro clásico de la banda madre que sonó inmaculado en el recinto capitalino, más si cabe cuando tras ella llegó el turno de la mayúscula “Now my heart is Full”, una pieza dotada de delicadeza y melancolía, donde los guitarrazos de Carmen Vandenverg fueron colosales. 

A partir de aquí llegó la parte más plana del concierto, sobre todo pensando en el espectador medio, atacó “Zoom Zoom Litle Boy”, una poco habitual “Life is a Pigsty”, celebrada por los más fans, la titular de su último trabajo, “Make-up is a lie”, la irónica “Sure Enough, the Telephone Rings” y una habitual en sus visitas a nuestro país como “The Bullfigther Dies”, una proclama contra la tauromaquia que presentó diciendo que sería la próxima canción que nos representaría como país en Eurovisión

Repuntando con una tanda a la altura de muy pocos artistas que comenzó con la poética “I Know It´s Over”, donde bordó su interpretación vocal, rozando los corazones de los presentes que en algunos casos luchaban por no dejar escapar alguna lágrima, sensación que se acrecentó al sonar “Everyday is like Sunday”, sufriendo un pequeño “impass emocional” al sonar “The Monsters of Pig Alley”, la mejor composición de su último disco, mermada en su recepción por el desconocimiento mayoritario del público, porque en sí mismo es un temazo emotivo y evocado como los mejores que ha firmado en toda su espléndida trayectoria; suerte que una apabullante “Suedehead” acudió al rescate, complementada por el toque visceral y reivindicativo que siempre encierra “Irish Blood, English Heart”, convertida en una cuestión personal para el bueno de Morrissey, flema británica y sangre orgullosamente irlandesa recorren su alma y venas por lo que solamente él podría firmar este himno de puños cerrados y reivindicación de las glorias perdidas. 

El cierre en falso vino entre los tonos rojizos y el humo que inundó las primeras filas con la densa interpretación de “Jack the Ripper”, tras la cual tanto Mozz como sus lugartenientes abandonaron el escenario brevemente, como viene siendo tónica habitual en esta gira por otra parte, antes de acometer el ya consabido bis no sin antes dar permiso a los miembros de su banda para despedirse del público uno a uno algo que hicieron Carmen Vandenberg, quien pesé a ser presentada como nacida italiana confesó sentirse emocionada al tocar por primera vez en “la ciudad en la que tocó”, y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, antes de  que Steven volviera al pie de micro para despedirse con una lenta, dramática e inspirada versión de “There is a light that never goes Out”, una de las más románticas, dolorosas y bellas canciones de la historia del pop-rock, con la que dio por concluida la velada después de cerrar el ceremonial de sus conciertos con el habitual lanzamiento de su camiseta al público. 

Más de doce años habían pasado desde su anterior visita a la capital, por lo que algunas personas abandonaron el recinto con lágrimas en los ojos y quizás la sensación de que bien podrían haber sido participes de la última visita a Madrid de Morrissey. De ser así, su despedida estaría marcada por su habitual marca personal, donde tienen cabida la crítica y la ironía, grandes dosis de sorna, autoparodia y un dramatismo exacerbado patente en sus letras, profundas y brillantes, a la altura de las de los más grandes, anoche redondeadas por una preciosa interpretación por su parte. 

Morrissey siempre será un divo excéntrico y dotado de manías, pero no es menos cierto que también es un genio y un mito de la cultura europea. Vive alejado de pleitesías comerciales, a ratos enfrentado hasta consigo mismo y en su contra siempre jugará el historial de declaraciones molestas que atesora, solamente a la altura de sus prodigiosos número de cancelaciones. Sin embargo, su actitud y sus canciones sobrevivirán a todos aquellos que le critican, algo que jode a más de uno. Del mismo modo que lo hará el amor incondicional de sus acólitos, quienes tenemos claro que “conocerle es amarle” y que noches como la de ayer bien valen algún que otro desplante por doloroso que sea. 

Sabemos que podría preparar giras con set-list repletos de hits, tocar treinta canciones por noche, elevar su caché y ver multiplicarse el aforo de sus recintos por diez. Ni quiere, ni le interesa. De lo contrario, lo haría. Y en un mundo de poses absurdas, amagos de artistas miméticos y docilidad lucrativa al servicio del algoritmo, él todavía resiste como un francotirador, inspirado y bocazas, estridente y romántico, pero único en su especie, tal y como pudieron comprobar ayer miles de personas en la capital. Desde aquí no nos ponemos de perfil y deseamos larga vida a Morrissey, porque cuando no esté, veremos que somos incapaces de buscar un doble a su altura y entonces seremos conscientes de la pérdida de la última estrella del firmamento rock, aunque mucho nos tenemos que la eternidad le espera y que la suya es una estrella que nunca se apagará.

Glen Hansard (1970-2026): El alma musical de Irlanda


Por: Javier Capapé. 

Todavía estoy en shock. Como tantas veces me dejaban sus canciones. Se ha ido Glen Hansard y no puedo creerlo. Hace un mes presentaba al mundo la segunda parte de su testimonio en forma de directo que tanto ansiábamos sus seguidores. Su entrega siempre fue al límite. Nos lo dio todo, como bien demuestra el citado directo grabado en Berlín por su cincuenta y cinco cumpleaños. Precisamente por esa entrega era tan importante la publicación de este testimonio en vivo del artista irlandés. Y no estoy diciendo con esto que sus discos no dieran muestra de ello, ni mucho menos, pero escuchar su voz con la impronta que aporta el instante único e irrepetible no tenía parangón.

No quiero convertir este obituario en un recuento de su intensa carrera y sus hitos, pero lo que sí que me atrevería a decir, sin dar respuesta al inevitable impulso, es que en este momento Glen Hansard era el mejor testigo del alma musical de Irlanda. Había recogido el desgarro del soul y lo mejor de la tradición folk de su país natal y lo había mezclado como nadie con el rock y el pulso popular. Si bien es cierto que con The Frames no consiguió hacerse notar mucho más allá de su querida isla, cuando cayó en los brazos de John Carney y dio vida al protagonista de "Once" todo cambió. Su pasión se materializó en forma de explosivas canciones folk que junto a Marketa Irglová le hicieron ocupar el sitio que merecía. Después de clausurar The Swell Season, el dúo que amasó junto a Irglová, comenzó una carrera en solitario intachable, con discos que nunca bajaron del notable y en los que cabía siempre algo de experimentación que exigiera a su cada vez más numeroso público. "Didn't He Ramble", "Between two Shores", "This Wild Willing"... ¡hay tantas canciones en ellos que se han convertido en compañeras de camino!

Su imagen y su tremenda visceralidad me eran tan familiares que cuando descubrí que ya en The Commitments había formado parte, sin entonces saberlo, de mi imaginario musical, todavía le entendí mejor. Cuando comenzaba a escuchar su ajada acústica Takamine, apodada "The Horse", con su característico agujero en el cuerpo debido a la intensidad con la que la tocaba, sentía siempre un escalofrío, pero cuando comenzaba a cantar con su inconmensurable entrega ese escalofrío me recorría entero y conseguía paralizarme, centrarme exclusivamente en lo que importaba, en sus bellas canciones. Esa es justamente la palabra que buscaba: Belleza. Eso es, sencillamente, lo que mejor definía a su música.

Irlanda le había conseguido entender mejor que nadie y en el adiós de su paisano Shane MacGowan recogió su testigo. Su despedida se convirtió en un lamento que unía a toda la tradición musical de su isla y de medio mundo. Era la voz que podía enarbolar la pasión y la fe en las personas que, como él, darían todo hasta el final. Y así ha vivido. Glen Hansard se ha ido inesperadamente en la carretera, cuando todo estaba aún por decir. Pero se ha ido entregándose plenamente hasta el final, como ocurría en sus directos, donde no escatimaba ni un suspiro, donde no dejaba nada en el tintero, donde era él mismo y se hacía uno con su público.

No puedo imaginar todavía que no volveré a escuchar uno de esos nuevos discos suyos que tanto me sugerían, que tanto me emocionaban. Pero en sus canciones, en esas que nadie podrá robarme nunca, vivirá uno de los músicos mas trascendentales de las últimas décadas. El músico que "no divagó" ("Didn't He Ramble"), que nos lo dio todo sin medida. Ahora que el barco se hunde, como reza su oscarizado himno "Falling Slowly", dirígelo a casa ("Take this sinking boat and point it home"), que aún tenemos tiempo para hacernos eternos, como el joven bardo de mirada hipnótica, melena acaracolada y voz desgarrada que siempre nos llevó (y nos seguirá transportando) mucho más allá de nuestros sueños.

Angine de Poitrine, la parodia dadaísta microtonal


Por: Ricardo Virtanen. 

No cabe duda de que, traspasado el ecuador del verano, debemos reconocer que el dúo de Saguenay (Quebec) Angine de Poitrine (Angina de pecho, en francés) ha sido la gran sensación del año musical. El minigrupo está formado dos desconocidos músicos que atienden a los seudónimos de Khn de Poitrine (guitarras, bajo, looping y voces) y Klek de Poitrine (batería y voces), un dúo alienígena de 333 años, según comentó su mánager en una entrevista reciente. La banda se formó en 2019, si bien no ha sido hasta febrero de 2026 en que la propagación en las redes sociales de una de sus performances —en la plataforma gratuita KEXP, que se hizo viral en un santiamén, con millones de visualizaciones— les ha colocado en un primerísimo plano. En su actuación reciente en el Festival de Jazz de Montreux (junio de 2026) consiguieron el récord absoluto de asistentes a ese Festival: 70.000 almas. El grupo ha superado con creces el millón de oyentes mensuales en Spotify.

Angine de Poitrine no solamente ha tenido un impacto brutal en redes sociales por su música (basada en la escala microtonal), sino también por lo misterioso de su indumentaria: máscaras de grandes proporciones, túnicas y trajes largos con lunares (contraponiendo blanco y negro), y asimismo por el anonimato que confieren todos estos elementos: no sabemos ciertamente quiénes se hallan detrás de sus máscaras narigudas que, en el colmo de la simetría rítmica, el baterista la mueve perfectamente acompasada. Se sabe que comenzaron juntos a hacer música en la escuela (con 13 años), y que a partir del Covid iniciaron sus performances musicales en locales de música de Quebec. Pero esto no es nuevo. Todos recordamos otras bandas de rock que han usado el anonimato tras unos disfraces: Slipknot, Sleep Token o los futuristas Daft Punk. Aunque da la impresión de que uno de las mayores fuentes de inspiración es el guitarrista Buckethead.

La forma en que la crítica musical se ha referido a su paródico estilo musical es diversa y variopinta: música microtonal, dadaísta, math rock, electrónica, funk, experimental, progresivo, música disonante, acid jazz, música performativa o, simplemente, rock. Ellos mismos se han descrito como una orquesta "Mantra-Rock, Dada, Pythago-Cubista", por lo que convenimos que su música es absolutamente inclasificable. Varias figuras del rock actual les han abierto las puertas, destacando su estética, su puesta en escena, la concepción de su música y su técnica instrumental, entre otros, Dave Grohl, (Foo Fighters), Sean Lennon o Lars Ulrich (batería de Metallica). Hasta la fecha han completado dos discos de estudio: Vol. 1 (2024) y Vol. II (2026). Asimismo publicaron dos singles: “Fabienk” y “Mata Zyklek”. Ambos trabajos incluyen seis temas. Del Vol. 1, destacan los dos primeros: “Sherpa” y “Tohogd”; del Vol. II, los tres primeros: “Fabiennk”, “Mata Zyklek” y “Sarniezz”, a los que sumaríamos la espídica “Yor Zarad”. Dentro de todos estos estilos musicales a los que nos referíamos más arriba, sin duda el más coherente y certero es Math Rock (Rock Matemático), un subgénero del rock que usa compases (algunos de amalgama) como 5/4, 7/4 12/8, 11/8 o 13/8, generando un puzzle rítmico dentro de una desconcertante polirritmia. 

Grupos progresivos como Dream Theater, Tool, King Crimson, Rush o el Genesis de Peter Gabriel, todos pertenecientes al llamado rock progresivo, o más contemporáneos, como los japoneses Tricot, han mostrado un gran interés en estas polirritmias, y han usado estos compases desde los años 70 en algunas de sus canciones. Pero no solo es clave el ritmo en el Math Rock. También las estructuras armónicas y melódicas son extremadamente complejas (como observamos en el álbum "Discipline", de King Crimson). Sin embargo, el aspecto melódico y armónico es lo que diferencia a Angine de Poitrine de estas bandas de Math Rock clásicas, y no es raro que se les haya asemejado al gran Frank Zappa por la concepción experimental de su propuesta vanguardista, como observamos en otros grupos más actuales como Clown Core, Ozric Tentacles o La Poexe. 

Los de Quebec utilizan las escalas microtonales (rock microtonal). Este tipo de escala produce distancias de cuarto de tono, y para ello el guitarrista Khn ha modificado el mástil doble de su guitarra y bajo, sumándoles el doble de trastes para completar las distancias microtonales (menos de un semitono). Esto no es nuevo en el rock. Grupos como King Gizzard & the Lizard Wizard, Secret Chieffs, The Mercury Tree, Dollshot e, incluso, Radiohead en su canción “How to Desappear Completely” han utilizado en sus composiciones instrumentos y arreglos microtonales. Esto es, desarrollan los 24 TET (Tonal Equal Temperament). El adjetivo “pytago” (pitágotrico) refiere una música “matemática”, por cuanto profiere una proliferación de capas microtonales de una misma frase musical. ¿Cubista también? Quizá porque el movimiento creado por Picasso y Braque quería ofrecer todas las perspectivas de la realidad en un mismo plano, dentro de lo que llamaríamos “collage sonoro”, como escuchamos en la fantástica “Yor Zarad” ("Vol. II"), una absoluta explosión sonora (rítmica y melódica). Asimismo, también podemos escuchar el inicio de la canción “Sarniezz”. La melodía es una escala microtonal, usando microtonos ascendentes y descendentes, con progresivos loops que van añadiendo variaciones ad infinitum.

A todo esto sumamos en los Angine la performance como elemento diferenciador. Ellos mismos se relacionan con los movimientos Dadá y Cubista. Su estética se encamina hacia la performance (ellos lo llaman happenings) que Tristan Tzara y sus secuaces —Hugo Ball o Huelsenbeck entre otros— llevaban a cabo en Zúrich, en su famoso Cabaret Voltaire. No hay más que visualizar los capirotes de cartón que portaba Ball en su pantomima dadaísta para comprender mejor la estética del dúo de Quebec, en franca conexión con sus máscaras papier-mâché. A lo que sumamos el hecho de tocar descalzos, con los pies pintados con lunares. También las declamaciones de los dos miembros Poitrine, ininteligibles a todas luces, se hallan relacionadas con la poesía fonética de dadaístas y futuristas. Unas veces refieren un nombre —“Sebastien”— en la canción “Fabienk”; otras, aparece el título del tema, con algunas variaciones, como en “Mata Zyklek”: “Mata, zyklek ma / Ta zy, klek mata / Hey-ah / Klek”.

Por último, habría que referirse al modo en que se genera la música de Angine de Poitrine en el escenario. ¿Por qué llama la atención de nuestro cerebro una música profundamente disruptiva y, en parte disonante? Ello es debido a que el guitarrista produce una serie de riffs hipnóticos, repetitivos hasta la saciedad, superpuestos en capas por la técnica del looping. A esto le sumamos el groove de la batería, insuflando distintas dinámicas a la canción. De modo que no es raro que todas las canciones se hallen en torno a los seis minutos de duración. En este sentido, analicemos algunas canciones. “Sherpa” se inicia con un riff hipnótico sucesivo de Khn con la guitarra (un ostinato superpuesto) en 6/8, después en bajo. Seguidamente aparece otro nuevo riff (como loop) con apoyo percusivo de la batería marcando el compás de subdivisión ternaria de la canción, al que solapan el compás 4/4, con un explosivo groove de la batería en ritmo continuo. Se suma entonces la inclusión de una melodía exótica árabe, en modo frigio, habitual en sus temas. Otra de sus canciones fetiche es “Fabienk”, una especie de suite en dos partes. En este caso la guitarra de Khn se inicia con otros de sus riffs hipnóticos, exponiendo un estilo próximo a la música electrónica y funk. Inicialmente, la batería repite patrones rítmicos, si bien después desarrolla un complejo groove, que es lo que da alas al tema. En una segunda parte, Klek marca un ritmo binario, con loops progresivos hipnóticos, a lo que une un coro de voces con la palabra “Sebastein” (antes habían pronunciado “Fabien”), próximo esta vez a la música disco. En definitiva, electrónica, acid techno, disco, funk y experimental es lo que hallamos en esta canción, de las mejores de su repertorio. 

Da la impresión de que Angine de Poitrine sean un revulsivo contra la tan cacareada IA, cuya aportación al negocio musical está empezando a ser preocupante. Frente a la perfecta afinación de voces e instrumentos que genera la IA, los Angine producen música desafinada (microtonal), además de que son constantes sus performances en directo, lo que genera la exhibición virtuosa de su instrumentación (frente a la IA, que no puede ofrecer resultados en directo). Angine de Poitrine no han inventado nada: escala microtonal, polirritmias, disfraces y anonimato, looping, poesía fonética, uso del modo frigio, instrumentos no temperados…, todo existía ya. Pero la combinación de todo ello sí que le otorga novedad a su propuesta musical. Habrá que estar atentos a cómo evoluciona este dúo de Quebec. Hoy por hoy, podemos decir que ante las fórmulas gastadas del rock y su involución en las últimas décadas, hay motivo para la esperanza. Aquí hay futuro, y deslumbrante.

Joaquín Rodríguez: “En “Spandex” hay una historia rocambolesca y absurda que tiene bastante humor”


Por: Javier González. 

Hablar con Joaquín Rodríguez siempre es un placer. A su condición de mítico bajista de una de nuestras bandas favoritas de la música estatal como son Los Nikis, ha ido añadiendo la militancia en proyectos más que interesantes con el pasar de los años, tal es el caso de Los Acusicas y Los Nikis de la Pradera, donde junto a habituales compañeros de batallas como Mauro Canut, Arturo Pérez y Rafa Cabello, ha dado riendas suelta a su pulsión country, firmando dos trabajos notables que ya fueron celebradas con entusiastas reseñas en nuestras páginas. 

Pero no solamente de componer canciones se alimenta el alma del bueno de Joaquín, puesto que también es patente su facilidad a la hora de lanzarse a otras aventuras como las literarias, faceta en la que está de firme actualidad puesto que en los últimos tiempos ha visto la luz su primera novela, “Spandex”, bajo el paraguas de Liburuak, y la reedición de “NPI de Música”, que agotara existencias años atrás tras dos ediciones y que ahora vuelve a estar en el mercado gracias al buen tino de Chelsea Ediciones, capitaneada por otro buen amigo de esta casa como es Alejandro Diez, el mod más elegante de toda la piel de toro. 

Descolgamos el teléfono para mantener una agradable charla con Joaquín Rodríguez, quien cercano y divertido se somete a nuestro tercer grado. 

¿Qué tal vas, Joaquín? ¿Cómo la vida? Desde fuera da la sensación de que muy ocupada. 

Joaquín: Todo muy bien, la verdad. Ahora se me ha juntado todo. Durante esta primavera ha salido el segundo Lp de Los Nikis de la Pradera, la novela “Spandex”, editada por Liburuak, y la reedición del libro que saqué hace diez años con Ediciones Chelsea, “NPI de Música”, este último se agotó tras dos ediciones y ahora se ha hecho una nueva después de estar descatalogado. No es que sea muy prolífico, pero el momento en que ha visto la luz estas tres cosas ha sido el mismo. 

¿Cómo surgió la oportunidad de escribir esta gamberrada llamada “Spandex”? 

Joaquín: La posibilidad surgió de forma sencilla. Coges papel, lápiz y te pones a ello. Escribí la novela y luego busqué quién podría publicarla. Creo que es un libro que sigue un poco el camino de las letras de Los Nikis. Hay una historia rocambolesca y absurda que tiene bastante humor sin que la cosa resulte cargante. 

No queremos dar pistas sobre el contenido ni la trama, pero la historia tiene mucha más miga de lo que pueda parecer, porque retrata varios tópicos y personajes que rodean al mundillo musical de una forma bastante cruda, exagerada y real. 

Joaquín: Sí, haber elegido un personaje o un grupo de glam-metal, un estilo que no es mi favorito, aunque en su día sí me gustaron Poison, ya es una especie de hipérbole del heavy-metal y da mucho juego. Se trata de una caricatura llevando todo al máximo. Algo que da mucho juego para situaciones extremas y divertidas. El personaje es el típico que tuvo un grupo de éxito en su juventud y que ahora quiere seguir teniendo éxito sin conseguirlo en un principio. Ese era el planteamiento, aunque hay más trama. Quería hacer algo así. Me llevo tiempo pensar en la trama, pero a la hora de escribirlo tardé poco más de un mes y medio. 

El líder, la fan, el periodista, además de otra serie de arquetipos. En definitiva, lo que un día fue y lo que jamás volverá; lo que podría haber sido y una pequeña dosis de conformismo. 

Joaquín: Lo de la periodista que se acuesta con los músicos no es tan habitual por desgracia (Risas). La novela habla de un grupo que tiene éxito nada más empezar, pero no les da tiempo a disfrutarlo, algo que añoran el resto de su vida cuando no se comen un bollo. Quería hacer algo con humor, sin encadenar una parida tras otra, pienso que un libro así acabaría aburriendo. Buscaba que hubiera cierta emoción e inquietud por ver qué va a pasar, todo ello aderezado por situaciones kafkianas. Hay torreznos, ouijas, laca y catástrofes. Si lo piensas hay varias letras de Los Nikis que son así. Mis favoritas parecen un guion de cine. Te puedes imaginar visualizando todo lo que está pasando. Ocurren en letras como “Maldito Cumpleaños”, una historia completa, tiene principio y fin, sus buenos y sus malos. 

Todo moviéndose entre el surrealismo y el costumbrismo de tintes “made in Luis García Berlanga”. 

Joaquín: Me gusta escribir letras costumbristas. Siempre he usado un lenguaje normal y corriente, propio de una charla. A mi juicio, muchas novelas pecan de rimbombantes, están escritas por gente que escribe mejor de lo que habla. En mi caso, no. Es como de andar por casa. Me pasaba con el narrador omnisciente del libro, a veces le hacía meter paridas. Se me escapa el lenguaje coloquial todo el rato. Los diálogos me gustan porque son muy naturales. Cuando veo una película española me suele ocurrir que descubro frases que los personajes nunca podrían haber dicho en su vida. También he incluido algunos guiños a Los Nikis. Probablemente opinarías tú mejor que yo, aunque realmente lo que cuenta es lo que diga el lector. Creo que tiene su gracia y me he intentado asesorar bien, no ha habido gazapos de meter algo que no existiera en aquellos años. Mezclo personajes reales con otros ficticios. 

Se nota la experiencia de años escribiendo con Los Nikis. 

Joaquín: Era el compositor de casi todas las letras y casi todas las músicas. Hay alguna que es de Arturo, a quien en ocasiones ayudaba. En los primeros Ep´s hay alguna de Rafa, el antiguo batería. Escribir una canción incita a la concreción, aquí has podido explayarte. 

¿En qué faceta te encuentras más cómodo? 

Joaquín: Estoy más cómodo escribiendo una novela, no hay límite de espacio. En nuestras canciones, que son normalmente cortas, rápidas y de dos minutos, tengo que meter muchas cosas en cuatro líneas. Además, escritas en castellano, que no en inglés, que sería más fácil. Cuando meto una esdrújula es complicado, casi tanto como meter ochocientas personas en un seiscientos. Y, además, tiene que rimar. Una canción es más compleja, aquí te pones a escribir y ancha es Castilla. Escribir la novela fue algo muy rápido. Ahora tengo el problema de hacer letras después de haber hecho muchas con Los Nikis, Los Acusicas y Los Nikis de la Pradera. No me quiero repetir temáticamente, ni hacer canciones de amor como todo el mundo. Es complicado saber de qué coño puedo hablar en la próxima letra. Suelo necesitar una buena frase para desencajar todo, algo que ocurrió también con la novela. A partir de ahí viene la verborrea y todo va teniendo coherencia. Es una cosa muy divertida. Había escrito cuentos cortos y algo de ficción, pero nunca algo así. 

En el libro haces una referencia que me ha encantado. Citados a dos de los grandes nombres garantes de la seguridad en la noche madrileña, dos hermanos que llevan años dando sustento a nuestras madrugadas más canallas y a los mejores conciertos de la ciudad. Evidentemente hablo de Fernando y Ángel, puertas de la no menos mítica Sala “El Sol”. ¿Cómo se te ocurrió incluirlos? ¿Por qué ellos? 

Joaquín: Los conozco de siempre. Con Los Nikis nunca tocamos en “El Sol”. No sé porque será que nunca hayamos tocado allí si hemos tocado en todas las salas de Madrid. En cualquier caso, tocamos con Los Acusicas en una ocasión y he ido a muchos conciertos allí y los conozco de siempre. Son dos tíos estupendos. En un momento de la novela quería hacer referencia a algo que no cambia del pasado y que seguía igual, los utilicé a ellos. Se lo dije: “estoy escribiendo una novela, os he incluido, pero no os diré en qué página para que la leáis entera”. He juntado personajes reales e irreales, también a otros reales que no se comportan cómo son en realidad, ese es el caso de Raphael, que no sé qué carácter tiene. 

¿Debemos interpretar el final como una moraleja? 

Joaquín: El final es abierto, puede haber varias interpretaciones. Es algo que tenía claro desde el principio. La novela está pensada para que tuviera un final creíble. Hay muchas cosas que llevan ahí. Un final tipo “Maldito Cumpleaños”, algo catastrófico, tipo Mortadelo y Filemón. Es un final “creíble” entre comillas. 

Hace no muchas semanas hablaba con Edi Clavo de Gabinete Caligari acerca de su nuevo libro, “Suite Nueva Ola”, poniéndolo en relación contigo, parece que ambos le habéis cogido el gusto al tema de la escritura de libros. 

Joaquín: A Edi le conozco desde los ochenta, no es que nos viéramos muy a menudo, pero sí habíamos tocado juntos alguna vez. En su momento, coincidimos en una comida de un amigo en común y estuvimos hablando, nos intercambiamos los libros “NPI de Música” y “Electricidad Revisitada”. Ahora hemos coincidido en otra cosa y hemos vuelto a cambiarnos los libros: “Spandex” y “Suite Nueva Ola”. Tenemos estilos distintos, pero creo que somos sinceros cuando nos decimos a la cara que nos gusta lo que hace el otro. Puedes incluir en el grupo a Adolfo de Airbag, también va a sacar uno ahora. En el fondo escribir un libro no dista mucho de escribir una canción. Si tienes facilidad, porqué no probar para escribir una novela. Vamos a mutar de la música a la literatura. 

Vamos a cambiar de tercio, si te parece. No hace tanto que me enteré de que Los Nikis fueron una de las banda que iniciaron la independencia en nuestro pop-rock. 

Joaquín: El otro día hablaba esto precisamente con Edi Clavo. Casi, casi arrancamos nosotros, aunque realmente el primero disco que se editó de manera independiente en España fue de Clavel y Jazmín, la banda de Paco Clavel, quienes sacaron un single. Lo hicieron en un fábrica que había en Pamplona. Nosotros llamamos a Paco que nos facilitó la dirección de la misma. Escribimos e hicimos un disco por nuestra cuenta, pero a la hora de hacerlo llegar al público había que tener estrategia, ya que si no tenías una compañía discográfica no podías publicar. Se nos ocurrió hacer un trabajo promocional, así que lo regalamos con la entrada a un doble concierto que dimos en un colegio mayor. Recuerdo que la portada se coloreó a mano. Hoy está muy cotizado, cada disco vale más de 1.000 euros. Más tarde se pusieron en contacto con nosotros Nacho Canut y Eduardo Benavente de Parálisis Permanente para hacer algo similar, fue el momento en que sacaron el Ep compartido junto a Gabinete Caligari. 

 “Ser punk a mi edad es algo raro, tocando country te puedes morir con noventa años en la mecedora” 

Los Nikis sois una maravillosa anomalía en nuestra música. Siempre a vuestra bola, pasando del estrellato y escribiendo canciones enormes con la rebeldía y la diversión por bandera. 

Joaquín: Lo bueno de no profesionalizarse es que puedes hacer lo que te gusta. Si es lo mismo que gusta al fan, miel sobre hojuelas. Ahora mismo, la opción más fácil hubiera sido juntarse otra vez Los Nikis, nos lo han propuesto ochocientas veces. ¿Qué hemos hecho nosotros? En su lugar, hemos hecho un grupo de country, nos apetecía mucho más. Hacemos de verdad lo que nos da la gana. Ahora mismo me apetece mucho más hacer canciones medio country. Me encuentro más cómodo que estar tocando “Ernesto” con sesenta años, que la hice cuando estaba preparándome la selectividad. Para mí es mejor hacer composiciones nuevas, pegándote el homenaje de cambiar de estilo que es un soplo de aire fresco. Ser punk con mi edad es algo raro, sin embargo, tocando country te puedes morir con noventa años tocando en la mecedora. 

En febrero vio la luz el segundo álbum de Los Nikis de la Pradera, “Llorica”, otra buena colección de ritmos empaquetados con mucha gracia y sorna. ¿Cómo se presenta el verano de conciertos? 

Joaquín: Este verano tenemos una gira mundial de cero conciertos. A la vuelta del verano hay cosas, no sé si lo puedo comentar. De cara al invierno sacaremos más canciones. La presentación de este disco que tuvo lugar en la sala Villanos fue uno de los mejores conciertos que hemos dado en nuestra vida, incluyendo todos los grupos. Es una sala grande para nosotros, debe rondar las cuatrocientas personas de aforo y casi la llenamos, algo que fue una sorpresa. En la prueba de sonido solamente tuvimos que tocar un par de canciones y ya todo sonaba perfecto. El concierto estuvo fenomenal. Es algo que nos gusta más que tocar en sitios grandes con Los Nikis. Ya no cuela, no estoy en esa edad. 

Te entendemos y es parte del encanto de la banda, saber que no estáis estirando el chicle, siendo dignos y tocando solamente por amistad y placer. Aunque tampoco te vamos a negar que hemos tenido la oportunidad de veros en la sala Heineken teloneando a Airbag y en el palacio de los deportes abriendo para Carolina Durante. 

Joaquín: Soy el primer fan de Los Nikis, pero si pudiera meterme entre el público en un viaje astral, me gustaría verlos en 1985. Nosotros tenemos la suerte que lo dejamos y seguimos siendo amigos. Lo éramos desde los 13 años, como pasa con Airbag. Vamos a ser amigos hasta la residencia de ancianos. Hay otros grupos como Gabinete y Mecano que no acabaron bien. Nosotros lo dejamos porque tocaba dejarlo y dedicarse a otras cosas. Hemos tocado con Carolina Durante, Airbag y Aerolíneas Federales, pues si me das a elegir prefiero tocar en la sala Heineken que en el Wizink, que ahora se llama Movistar Arena. Allí entran quinientas personas y aquel día fue una auténtica olla a presión, además fuimos teloneros sin avisar. El del Wizink también fue bueno, había muchísima gente, nos encantan Carolina Durante y lo reventaron, pero es un sitio más distante y abierto que una sala. 

Vamos a cerrar con una pregunta absurda, sobre todo cuando tienes hasta tres materiales novedosos entre manos. ¿En qué otros desvaríos andas trabajando actualmente?

Joaquín: He presentado tres cosas, no me pidas que haga más. No doy más de sí (Risas). Seguimos haciendo canciones Mauro y yo para Los Nikis de la Pradera. Somos una asociación muy productiva. Tenemos como sesenta en un disco duro sin publicar. Estamos haciendo alguna versión que nos apetecía. Y también en cuanto encuentre tema para otra novela, me pondré a ella. A lo mejor hay segunda para de “Spandex”, vamos a ver cómo vende y si tengo editorial para sacarla adelante. No sé cuál será la próxima novela, pero sí que haré como ahora. La haré y luego veremos si hay alguien interesado en publicarla. Me gusta que se venda bien y llegue a mucha gente, pero mi trabajo no es este. Es un hobby.

Temples: "No podemos pensar en el público ni en los críticos cuando escribimos; solo en nuestra propia satisfacción creativa"


Por: Álex Guimerà.
Fotografías: Jimmy Fontaine.

Temples acaban de publicar nuevo disco, "Bliss", un trabajo con el que dan otro paso adelante en su evolución sonora para abordar texturas más electrónicas y bailables, pero manteniendo la esencia e identidad de la banda. Se trata de un álbum fresco y actual que reivindica una formación que nos visitarán este próximo noviembre en seis fechas y ciudades para poder gozar de su directo expansivo. Nos atienden por vídeo llamada los cuatro miembros de la banda - James Bagshaw, Thomas Walmsley, Adam Smith y Rens Ottink -, lo cual demuestra lo currantes y humildes que son, lo que acaba confirmándose tras escuchar sus interesantes respuestas. 

Fechas y salas de la gira: 17 de noviembre – Teatro Eslava (Momentos Alhambra) , MADRID; 18 de noviembre – Sala López , ZARAGOZA; 19 de noviembre – Sala Aliatar , GRANADA; 20 de noviembre – Sala X , SEVILLA; 21 de noviembre – Antioxidante,   MURCIA; 22 de noviembre – Paral.lel 62, BARCELONA.  

Hace dos años os entrevistamos con motivo de la gira de aniversario de vuestro disco de debut "Sun Structures". Y ahora, el motivo de nuestro encuentro es un nuevo álbum y la gira por España en noviembre. El pasado día 26 de junio publicasteis "Bliss"; un álbum que hemos escuchado mucho y que realmente nos ha hecho disfrutar. En mi opinión, es un trabajo excelente, es muy fresco y novedoso, con canciones y sonidos nuevos. Y creo que habéis dado un giro respecto a vuestro álbum anterior, "Exotico". ¿Cómo surgió la idea de combinar música y ritmos de baile con la psicodelia? 

James: Pues de forma bastante orgánica, como suele ocurrir. No es que nos topáramos con ello por casualidad —porque eso suena a accidente—, sino que empezamos a componer; primero de manera individual y luego intercambiando ideas. Las ideas iniciales eran muy distintas a lo que acabó siendo el álbum; la sensación era muy diferente.

Por lo general, hace falta una canción concreta, o un par de ellas, que marquen el rumbo y que impulsen el flujo creativo del disco. Pero sí, creo que siempre nos ha encantado el ritmo. El ritmo y la música de baile siempre han sido algo fundamental para nosotros. Es raro que en nuestros temas no haya algún elemento sincopado o algo que aporte ese groove y esa sensación especial; que no todo caiga exactamente a tiempo. Es algo con lo que siempre hemos experimentado.

En este disco queríamos ser un poco más directos con todo y, tal vez, eliminar algunas de esas capas innecesarias en las que a veces incurrimos Así que sí, la música dance de finales de los 90 y principios de los 2000 fue una gran influencia por la sensación que evoca. Más que una cuestión puramente estilística —porque esto no suena a Robert Miles, es algo distinto—, suena a Temples. Pero esta vez hemos ampliado mucho más el abanico de influencias, la verdad, ya sea siendo más o menos psicodélico, que creo que lo es en el sentido de la música de baile, no en el del garage y el movimiento flower power de los años 60. 

¿El proceso de grabación fue muy diferente al de los otros álbumes?

James: Sí, más o menos, aunque también hubo similitudes. Hemos estado hablando bastante de esto últimamente. Creemos que la canción es la clave; es el rey, por así decirlo, o la reina. Pero esta vez estamos intentando usar la producción aún más como una herramienta de composición. Se me ocurren, probablemente, unas cien canciones brillantes que no funcionarían si te sentaras a tocarlas solo con una guitarra acústica, y eso está bien. Este disco es un poco así en algunos temas. 

Sabemos que os gusta experimentar con muchos instrumentos y crear nuevos sonidos. ¿Hubo algún "juguete" nuevo o equipo técnico que definiera el ADN sonoro de este álbum? 

Adam: Sí, totalmente. Fue el sampler que consiguió James; realmente cambió todo el proceso. Empezamos a samplear ideas muy antiguas, anteriores a ciertas estructuras, y se convirtieron en la base de un par de canciones (definitivamente de una de ellas). Eso hizo que nuestro enfoque fuera completamente distinto. A veces casi tocábamos el sampler como si fuera un instrumento; incluso grabábamos tomas con él. Fue algo súper creativo y realmente abrió muchas vías que no habríamos explorado sin ese equipo. 

En el álbum escuchamos una combinación perfecta de melancolía y euforia, dos sentimientos muy diferentes. ¿Cómo lograsteis equilibrar tan bien estos dos estados opuestos? 

Thomas: Gran parte de ese género de música de baile a menudo es muy melódico, pero suele tener un trasfondo triste a la vez que eufórico. Esa combinación es precisamente lo que lo hace tan interesante: el hecho de que ambas cosas interactúen entre sí. Ya sea una melodía hermosa acompañada de una letra más reflexiva y profunda, o viceversa; estás constantemente combinando esas dos ideas. Otras veces, una estrofa puede tener un aire más melancólico y luego el estribillo ser más eufórico; eso ocurre mucho en este tipo de música. Es un contraste genial tener eso a lo largo del disco en diferentes estilos. Un contraste muy bonito entre sentimientos. 

Qué bandas o músicos os influyeron más durante la grabación de "Bliss"? 

Adam: En realidad, no hubo demasiadas bandas específicas. Fue, de nuevo, una especie de guiño a finales de los 90 y principios de los 2000. Pero no solo eso; realmente no nos inspiramos directamente en ninguna banda en particular. Sé que no es una respuesta muy interesante, pero es la verdad. 

Y si tuvierais que elegir una sola canción de este álbum para convencer a alguien de que escuche el álbum, ¿cuál elegiríais y por qué? 

Adam: Yo diría que "Vendetta". Personalmente, creo que expresa ambas facetas de "Bliss". Si escuchas "Vendetta", te haces una idea de cómo suena el álbum mejor que con cualquier otra canción, en mi opinión. 

Este mes de noviembre tocaréis en seis ciudades españolas. Es curioso que en España toquéis en tantas ciudades en comparación con otros países. ¿Qué tienen de especial para vosotros los conciertos en España? 

James: Creo que tenemos mucha historia allí; hemos estado presentes desde el principio. Desde los inicios, cuando tocamos en festivales como el Primavera Sound, el FIB (Benicàssim) o el Vida Festival. Hemos ido a España muchísimas veces y hemos ido consolidando nuestra base de seguidores poco a poco. Además, es muy agradable visitar lugares a los que la gente no esperaría necesariamente que fuéramos, como Granada. Es genial. 

Y en estos conciertos, ¿cómo lográis adaptar un álbum tan electrónico y bailable como "Bliss" para el directo, junto a la psicodelia clásica más orientada al rock de temas como "Shelter Song" o "Colors to Life"? ¿Cómo gestionáis ese contraste? 

Rens: Creo que todo encaja bastante bien. Ya tocamos un par de canciones del nuevo disco en vivo. Quizás tenga que ver con nuestra forma de tocar a nivel individual; tal vez por eso suena un poco diferente a cómo se escucha en el álbum. Pero se crea una atmósfera muy especial en directo, igual que con las otras canciones. Al final todo se reduce a nuestra manera de tocar y a cómo escuchamos los sonidos que producimos con nuestros instrumentos. Es una combinación de todo eso. 

Temples debutó en 2014 con el álbum "Sun Structures". ¿Cómo vivieron el éxito en aquel momento? 

Thomas: En realidad... bueno, nos dábamos cuenta, pero estábamos tan ocupados dando conciertos y haciendo giras por todas partes que es el tipo de cosas que no terminas de asimilar hasta un año o dos después, o quizá más tiempo. Pero sí, fue algo muy importante. Miras atrás y piensas: "Vaya, aquel fue un gran momento". Luego, lo importante es seguir avanzando como banda y encontrar el camino hacia donde quieres llegar. Lo mejor es que hacer tantas giras ese año nos permitió ganar seguidores en muchísimos lugares: por toda Europa, en Asia, en Sudamérica y en otros sitios. Tenemos la gran suerte de poder volver a esos lugares y esa es la mayor recompensa tras el éxito de "Sun Structures". 

Después lanzasteis "Volcano", lo que supuso una gran sorpresa tanto para la crítica como para los aficionados, ya que introdujisteis muchos más sintetizadores y una producción más luminosa. ¿Os preocupaba entonces que los seguidores más puristas de su álbum debut no entendieran ese cambio? ¿Es similar la sensación ahora con "Bliss"? 

James: No creo que realmente pensáramos en eso. Había muchísimas ideas en "Volcano". En aquel momento Sam estaba en la banda y los tres componíamos; al haber tres personas, terminas condensando un montón de ideas en cada canción. Y eso era exactamente lo que debíamos hacer en ese momento. 

Ciertamente no nos planteamos hacer algo radicalmente diferente, pero tampoco dijimos: «hagamos algo igual». Simplemente seguimos procesos similares. Es lo mismo que hacemos ahora: surgen ideas y el rumbo que toman esas canciones es lo que prevalece. Por ejemplo, "Certainty"  fue una de las primeras canciones de ese disco, y tomamos prestados sonidos de ella para otros temas. De repente, eso se convirtió en el sonido de "Volcano", aunque hay un par de pistas en el álbum que podrían haber encajado en "Sun Structures" cambiando la producción. En realidad no puedes pararte a pensar en lo que la gente va a opinar. Probablemente lo hicimos de forma inconsciente en la primera etapa porque nunca habíamos publicado un disco. Pero luego te rebelas contra la idea de hacer lo mismo; si repites la fórmula y el resultado no es lo suficientemente bueno, parece que te has quedado sin ideas. En cambio, si haces algo novedoso y a la gente no le gusta, al menos queda claro que estás aportando algo fresco. Aprendimos mucho al crear ese segundo álbum. No podemos pensar en el público ni en los críticos cuando escribimos; solo tenemos que pensar en nuestra propia satisfacción creativa. Y con "Bliss" es probablemente cuando más realizados nos hemos sentido en ese aspecto. 

Para mí, la clave de vuestra discografía está en que siempre presentáis muy buenas canciones. En "Volcano", por ejemplo, el cierre con "Strange or Be Forgotten" me pareció un tema increíble. Dos años después regresasteis con "Hot Motion", donde volvisteis a dar protagonismo a las guitarras y lo grabasteis en vuestro propio estudio. ¿Qué recuerdos tenéis de la grabación de ese álbum? 

James: Simplemente van surgiendo cosas. Supongo que respondes al disco anterior de forma subconsciente. Tenemos una especie de patrón de alternar entre un sonido muy cargado de guitarras y otro más electrónico, aunque la mayoría de las veces es una mezcla. Pero la gente es bastante voluble al escuchar música; dicen: "Oh, la caja de ritmos suena más procesada, así que es electrónica", y a menudo no es así, es solo cuestión de producción. En ese disco definitivamente disfrutábamos con la guitarra. Fue la primera vez que experimenté haciendo que una guitarra sonara súper lo-fi y destrozada a propósito para luego abrirla en el estribillo y hacer que sonara enorme y en alta fidelidad. Seguimos jugando con eso incluso ahora en varios instrumentos: el juego de luces y sombras, lo lo-fi y lo hi-fi. 

Para vuestro tercer álbum, "Exotico", trabajasteis por primera vez con un productor externo: Sean Ono Lennon. ¿Cómo afectó esa incorporación a vuestra dinámica después de años de encargaros de todo vosotros mismos?

Adam: Fue genial, una experiencia bastante liberadora. En cierto modo interpretamos nuestras partes mucho más de lo que lo habríamos hecho antes, como al volver a grabar cosas. De hecho, había un poco más de presión porque estábamos en un estudio increíble, con Sean y sus ingenieros. De repente te daban ganas de decir: «Ah, voy a tocar algo en ese sintetizador», y él decía: «Vale», y te ponían unos auriculares en la cabeza. Y tú pensabas: «Vaya, ni siquiera sé dónde se conecta esto» (risas). Tenías que averiguarlo en el acto. Había más presión, pero fue muy divertido y surgieron muchísimas ideas excelentes gracias a esas circunstancias. 

Cada vez que escucho vuestros álbumes, parece que cada detalle de cada canción está meticulosamente pensado y elaborado. ¿Es Temples una de las bandas más perfeccionistas de la escena musical? 

James: Todo lo contrario. Justo lo opuesto. Cualquier cosa que sea perfecta es una mierda, al menos en la música. Queremos que las cosas estén "bien", y a veces estar "bien" significa ir un poco por detrás del ritmo o cantar un poco fuera de tono. Pierdes mucho si te vuelves hipercrítico. La mayoría de las tomas vocales de este disco no se volvieron a grabar; todo surgió mientras la canción iba tomando forma, quizás en tres o cuatro tomas. A lo mejor no me sale una nota aguda y hago diez intentos hasta conseguirla, pero es algo muy poco habitual. Estoy bastante seguro de que "Vendetta", por ejemplo, se hizo en tres tomas y listo. Lo que hay que perfeccionar es la sensación de la canción. Eso es lo que quieres que sea perfecto, sea lo que sea que eso signifique para tu visión creativa. Para lo demás, podrías usar una caja de ritmos o un secuenciador y programarlo todo. Eso también es una forma brillante de hacer música, pero no es para nosotros. Nosotros queremos que suene suelto, un poco crudo y analógico. 

Buscáis ese sonido analógico. 

James: Sí. Cuando algo es absolutamente perfecto, a menudo acaba sonando a música de ascensor o a esos tráileres pésimos de películas de bajo presupuesto. Buscamos tener carácter. Es vital que nuestros discos tengan carácter. 

La palabra "bliss" significa éxtasis o felicidad absoluta. ¿Por qué elegisteis ese título para el nuevo disco? 

Adam: Decidimos que queríamos un título de una sola palabra; probablemente fue lo único que realmente discutimos. Además, la palabra aparecía en la letra de una de las canciones y pensamos: "Vaya, sería un título estupendo". Realmente resume el sentimiento del álbum. Es como una especie de libertad. Visualmente también queda muy bien. 

Después de tantos años en la industria, tocando en clubes y de gira, ¿en qué momento creéis que alcanzasteis ese estado de plenitud o "bliss"? 

Adam: No estoy seguro. Creo que es algo a lo que siempre aspiras; no significa que necesariamente hayamos llegado ya. Es un ideal, ¿sabes?

Oscar Avendaño & Reposado: "El huevo de la serpiente"


Por: Kepa Arbizu. 

Hay algo -o quizás mucho- en la carrera de Oscar Avendaño, más allá de su decisiva contribución en la extensión del legado de la mítica banda Siniestro Total, que recuerda a esa raza de músicos absolutamente diletantes, movidos exclusivamente por una pasión que hace inútil trazar fronteras que distingan al profesional del devoto aficionado. Probablemente, y gracias a ello, rastrear su itinerario creativo, al margen de los múltiples proyectos y apariciones esporádicas en los escenarios, significa también dialogar con los instintos que motivan las distintas fisionomías de su sonido. Aunque nunca exiliado del rock en su aspecto más orgánico y ligado a un lenguaje eléctrico, dicha definición es lo suficientemente elástica como para abrazar un lúdico y noctámbulo engranaje a través de The Bo Derek’s, o de invocar la raíz americana cuando usa el apellido de “Reposado” (evolución natural de Los Profesionales), nomenclatura bajo la que ha engendrado su más reciente publicación, un álbum que, desafiante desde su portada y título, “El huevo de la serpiente”, verifica y amplía la percepción de que éste, aunque guadianesco, es el proyecto donde cicatriza su "yo" más íntimo.

Dado que las variadas personalidades rítmicas asumidas por el compositor gallego son en realidad manifestaciones de un mismo ente creativo, no debería de haber problema a la hora de hacer extensible ese carácter “proletario”, abanderado por la última referencia firmada por sus “hombres de blanco”, a su actual estado artístico. Un sentimiento de clase asumido, como no puede ser de otra manera, también por una fidelidad a los camaradas de viajes que, aunque cambiantes según el asalto encomendado, ofician como famélica legión de solvente y amigable comunión. Eso se traduce en que cuando la firma se aleja de aquella “mujer diez”, son llamados a filas Mauro Comesaña y Andrés Cunha, columna vertebral de la banda pero no únicos fieles correligionarios, ya que de la misma manera pueden ser tratados Hendrik Röver, productor y versátil guitarrista, o incluso el sello FOLC Records, nave nodriza a la que entregar la responsabilidad de la intendencia mercantil. Al igual que ninguna lucha ha obtenido réditos significativos entonada desde la individualidad, el concepto musical de Oscar Avendaño tiene igualmente claro que su victoria es consecuencia de la confluencia de varias columnas marchando al unísono.

Dada la (re)conocida cinefilia del firmante de estas composiciones, no es arriesgado asegurar que en el título de su nuevo disco habita un claro homenaje “bergmaniano”, y lo más importante de todo, la asunción igualmente del contenido de aquella desgarrada película homónima (respecto a este álbum), donde el sueco situaba su cámara, a modo de diagnóstico previo, en los antecedentes que produjeron la llegada del nazismo. Un anuncio de ese cataclismo ideológico al que estamos expuestos que sin embargo es tratado, o al menos eso parece desprenderse del clima emocional de este repertorio, bajo un concepto mucho más amplio, retratando un momento vital de descorazonada incertidumbre. Un desencanto entonado casi a modo de carta de despedida remitida a un mundo que se evapora tal y como lo conocíamos hasta ahora, ya sea avistando sus ruinas desde los cristales de una habitación o empapando de melancolía el ánimo más profundo. Personas que ya no están, certidumbres que probablemente ya nunca regresarán, por lo menos no de la forma acostumbrada, y un constante ruido de sirenas que anuncian el apocalipsis, se citan en unas canciones que se asoman a esa madriguera cargada de veneno a la que inocular su antídoto musical, no con la -utópica- intención de enmudecer sus efectos perversos, pero sí de donarles un embalaje sonoro de tal calidad que su mordedura se presienta como un dulce castigo.

Las escasas dudas sobre la profética metáfora del diluvio dictatorial al que estamos avocados que reside en el título de este trabajo, toman cuerpo de certidumbre al observar el funesto bautizo de la pieza inicial: “Nüremberg”. Un enclave que su sola cita ya desata un ejército de terrores que son presentados bajo un apabullante y estremecedor blues de resonancia telúrica que parece buscar su acervo en Ian Siegal o heredando aquel agreste acento de la escena Hill Country. Más que un aviso, esta composición -escoltada por unos primorosos coros protagonistas también a lo largo de todo el álbum- es la trágica constatación de que haber mirado hacia otro lado, o haber restado importancia, mientras las águilas imperiales rondaban nuestros cielos, ha derivado en que su vuelo en blanco y negro haya conquistado el cielo con su voraz apetito a la hora de devorar libertades. Un mismo designio enunciado con retórica bíblica, y la violencia sonora de unos desbocados Long Ryders, en el lapidario trote aniquilador de "Muerto (y no lo sabes)", o incluso conjugado, a través del majestuoso -y a su manera melódico- rock áspero de "La caída de La línea Maginot", por el idioma de las alcobas, espectadoras también de la debilidad de esas grandes estructuras que prometían mantenernos a salvo del rugido depredador. Que estas piezas, donde reside el componente social más evidente, adopten un sonido fiero y desgarrado, en ningún caso es la excepción a la hora de aunar forma y fondo de las canciones. Una condición, especialmente palpable en "Osos en la era espacial", y su denso blues de fluido y excelente teclado que desemboca en una hecatombe instrumental que nos predispone a refugiarnos en búnkeres, extrapolable al conjunto del repertorio, capaz de hablar por la voz de su cantante pero igualmente por su aspecto instrumental.

"El huevo de la serpiente" es un disco de contrastes, lo que le hace estar engalanado de una admirable diversidad estilística pero también acoger en microuniversos de tres o cuatro minutos sentimientos contrapuestos. Una virtud a la que ayuda -y completa- en su ejecución el magistral decálogo impartido por el soporte musical. Porque si no hay duda de que la canallesca existencialista de con "Con el labio partido"  demanda ser entonado por un salvaje boogie, "Estrella fugaz", pese a sus aspecto rendido a una evocadora melancolía , no está muy lejos de ese mismo incierto clima emocional, y por lo tanto, previo paso por los parajes campestres donde Tim Easton, o el propio Hendrik Röver, es capaz de jugar con la delicadeza y la rabia eléctrica, expresar su verbo ensoñador entre truenos vertidos por unas crepitantes guitarras obstinadas en recordarnos las grietas de nuestros recuerdos. Fisuras escritas también por la acústica nostalgia de "Harry Dean", invocación a uno de los rapsodas que ha institucionalizado el sueño americano como un jirón olvidado bajo un colchón sucio y desconocido cubierto de botellas. Y es que si algo hay universal, carente de nacionalidad y traducido a todo tipo de idiomas, es ese breve pestañeo que separa la realidad del sueño. 

Porque en este disco, mirar al futuro significa entonar una fotografía temblorosa y decepcionante, mientras que el pasado es sostenido, aunque presente su cuerpo frío, bajo un abrazo fraternal. Un ánimo que monopoliza lo que es su parte más necrológica pero no por ello desazonada, ya que no representa tanto un lamento de despedida, sino principalmente un homenaje. Solo así se puede entender, y con las trazas del country melancólico pero nada afectado característico en Jim Lauderdale, ese paseo entre aquellas personas que ya no están pero que comparten experiencia en "A todos mis amigos", habitáculo para las lágrimas y un dulce rictus sonriente, o el folk clásico -y testimonio de la influencia del Josele Santiago más iconoclasta- de "(El último show de) El Increíble Hombre Voltereta", rúbrica de una mano tendida a su camarada Piti Sanz para no dejar inacabada esa partida interrumpida. El corazón que hay volcado en estas composiciones se delata en que pocas veces la voz de Avendaño ha sonada tan tierna y cercana como en "Playas desiertas", un dulce réquiem en forma de vals que muda en épica elegía con la entrada de una sección de metales que parece interpretada por un coro de arcángeles adiestrados en el sello Stax, que como todo el mundo sabe, es de los lugares más cercanos al cielo que existen, y que por lo tanto conviene tenerlo de nuestro lado cuando el infierno se convierta, si es que no lo ha hecho ya, en nuestro hábitat cotidiano.

Con “El huevo de la serpiente”, Oscar Avendaño y Reposado han firmado una obra magistral, y lo es también por acumulación, porque la carrera del gallego no ha dejado de afianzarse, incluso discurriendo por caminos dispares, mientras construye su propia y talentosa mirada al ecosistema del rock. Un destino trabajado en este capítulo con exquisito detallismo, logrando que en este puzle no exista pieza colocada por casualidad, siendo la ubicación de cada una de ellas la exacta para engrandecer a su colindante. Excelencia en la arquitectura sonora que redunda en la profundidad de una misiva de alto carácter intimista y personal, una confesión hecha de antagonismos con espacio para el flirteo entre la tragedia y una sensible añoranza. Un escenario donde las cicatrices de la realidad, condenadas a revestir cada vez mayor gravedad, encuentran su única oposición en todas aquellas personas que han convertido nuestra vida en un lugar mejor. No se trata de un brindis nostálgico, es más bien el necesario alimento para enfrentarnos a unos graznidos, modulados bajo el tutelaje de Tom Waits en “Cuervos”, que verdaderamente serán invencibles si logran despojarnos también de aquellos recuerdos que nos hacen más humanos.

Beth Orton: “The Ground Above”


Por: Juanjo Frontera. 

Hay algo intangible, cristalino, frío como el acero, en la voz de Beth Orton. Algo que se le clava a uno como una daga en el corazón. Su voz ha ido madurando con los años. Desde aquél "Trailer Park" en el que mezcló de forma desinhibida folk y electrónica en un momento en que no lo hacía casi nadie, su voz y sus modos han ido madurando con el tiempo. Su último disco hasta la fecha, "Weather Alive" (2022), la vio renacer desde las cenizas de su ardua lucha contra problemas de salud mal diagnosticados. Un levantamiento vital y artístico que tiene ahora continuidad con este "The Ground Above". 

Un álbum con el que, una vez más, se demuestra que los trabajos de esta cantautora no solo se escuchan, sino que se queda uno a vivir en ellos una temporada. Hay algo litúrgico cuando uno se aproxima a ellos tímidamente, que pide más y más escuchas, que te cobija de una forma casi maternal y te obliga a centrar toda la atención. Con "The Ground Above", Orton no sólo da continuidad a la senda abierta con "Weather Alive", sino que completa un díptico sobre la reconstrucción personal que conviene calificar de magistral.

La misma artista que en los noventa fue capaz de maridar la madera de su guitarra acústica con la frialdad de los samplers y sintetizadores dando forma a la folktrónica, regresa ahora desde la madurez que le otorga haber rebasado el medio siglo de existencia en la tierra desprovista de aquella coraza, pero con las ideas muy claras respecto a cómo deben sonar sus canciones. 

Desde un punto de vista estructural, el álbum presenta dos caras contrapuestas: quietud y movimiento conviven livianos en un conjunto que sabe guardar en todo su minutaje la coherencia y resulta totalmente compacto, guardando firmemente ese halo a lección vital que desprende su escucha. Orton se toma su tiempo, permitiendo que las canciones respiren, se estiren y encuentren su propio pulso orgánico. Apoyada por una banda colosal que parece operar por telepatía jazzística -con baterías que arrastran el tempo con una elegancia perezosa y vientos que emergen como ráfagas de niebla-, la de Norfolk esculpe un sonido de una riqueza analógica abrumadora.

 Ese halo vital del que hablábamos se muestra con fuerza desde la apertura con"The Ground Above". La pieza titular es una travesía de más de ocho minutos que se erige, desde ya, como una de las cumbres de su cancionero. Sostenida sobre un obstinado e hipnótico groove de contrabajo y un Fender Rhodes crepuscular, la canción fluye libre y ajena a las estructuras clásicas, coronada por una trompeta que parece llorar en la distancia mientras la voz de Orton, maravillosamente resquebrajada y curtida, nos habla de la vulnerabilidad extrema que supone volver a amar. Es una miniatura progresiva de alta intensidad, un trayecto sin retorno que conecta la mística de John Martyn con la síncopa post rock de Talk Talk.

Sin embargo, frente al abismo oscuro de la melancolía, el álbum siempre encuentra luz. Cortes como "Waiting" o "Cigarette Curls" introducen un balanceo casi soul, un bálsamo reconfortante donde las guitarras acústicas trenzan melodías luminosas y espléndidas y la percusión está más presente, menos volátil. Es en este equilibrio donde reside el alma de "The Ground Above": Orton no huye del dolor, lo abraza y lo transforma en belleza. Incluso en la desoladora desnudez a piano de "Before I Knew", donde su interpretación vocal la muestra más quebradiza que nunca, se percibe cierta serenidad, la de quien ha comprendido que la herida es, precisamente, el lugar por donde entra la luz.

El viaje concluye con "Otherside", una letanía pastoral mecida por los arreglos instrumentales y vocales más complejos del disco. Es el broche de oro perfecto para un álbum soberbio que esquiva el cinismo contemporáneo con una honestidad desarmante. En un panorama musical a menudo obsesionado con la sobreproducción y la pirotecnia estéril, que una artista de la trayectoria de Beth Orton sea capaz de entregar a estas alturas una obra tan sólida, valiente y reconfortante es casi un milagro. Quédense a vivir en este disco; les aseguro que, al salir, el suelo bajo sus pies se sentirá mucho más firme.