Guille Galván: “Nadie con ese nombre vive aquí”


Por: Javier Capapé.

Todos sabemos que gran parte de las canciones de Vetusta Morla salen de la mente de Guille Galván. Ávido buscador de la lírica precisa, la más sugerente y acertada, junto a un gusto exquisito por la melodía, algo que se pone abiertamente de manifiesto desde el primer estribillo de su debut en solitario. “Nadie con ese nombre vive aquí” es la colección de canciones que firma bajo su propio nombre el madrileño, once dardos desprovistos de artificios innecesarios en los que se impone la crudeza junto a la pasión desmedida. Todo ello junto a una interpretación directa, sin excesos, y llena de matices, aunque lo que predomine sea la pureza de la guitarra y la voz, la base desde la que construir nuevas historias que revelan emociones que no saben de límites ni barreras. Podemos vislumbrar el aire introspectivo desde el primer momento, cuando al escuchar “La Botella” le descubrimos cercano a los tintes de “Nebraska”, cual trovador buscando su sitio con pocos adornos más que las seis cuerdas y una armónica que aporta justo lo necesario para acercarlo al Springsteen más auténtico. Algo escorada hacia el pop está “Los Motivos”, aunque sin perder el dominio de lo acústico, pero con más ritmo. Echamos en falta un mayor torrente vocal, pues Galván por momentos se nos muestra apagado, aunque tal vez nuestro error esté en querer encontrar a Pucho en estas canciones. Si dejamos estas ideas a un lado, definitivamente encontramos a un intérprete nuevo, con su carisma y personalidad propias. Más bronco o discreto, pero con suficiente gancho.

La carretera se vislumbra tras ese intenso riff acústico en “No me dejes quieto”. Una canción en movimiento (así lo expresa su letra) con una progresión ascendente y unas programaciones que se desbordan en el puente llegando a deconstruirla (parece que pudiéramos estar ante las producciones de blues-rock industrial de Ben Hillier). El camino como fórmula para librarnos del miedo. El movimiento como antídoto. Seguidamente, su voz se percibe mucho más cómoda en “Justo en el medio”, con una lírica de las que nos aprietan el pecho, tan características en su carrera como hábil compositor. Encontramos cada verso más inspirado que el anterior, destilando magia entre los arreglos de órgano, el bajo contundente y las cuerdas eléctricas.

“Pulso y belleza” busca esa belleza que sugiere su título desde la posición del cantautor, pero con arreglos programados que le alejan de su vena más clásica. En su estribillo se desnuda y muestra sus cartas boca arriba logrando conmovernos, aunque sus estrofas arrastradas puedan sonar por momentos incómodas o demasiado exigentes para el más purista, al igual que ocurre con ese desarrollo instrumental dominado por las cuerdas en su tramo final. En el extremo contrario, aunque sin salirse de los cauces generales de la colección, se encuentra “En qué momento dudé de ti” recurriendo a lo más básico. El que fuera adelanto del proyecto más personal de Galván se desviste por completo para entregarse cual trovador susurrante al oído a sus confidentes. Una canción que funciona como confesión desgarrada que necesita de lo mínimo para emocionarnos. Le sigue “Un Coche ardiendo”, con sutiles arreglos de piano que le dan un aire que puede separarla un poco del resto, pero no deja de mandar la acústica por encima de todo. Si tuviera que hacer un paralelismo con un músico de mi tierra lo emparentaría con Javier Almazán, alias Copiloto. Estas canciones tan desnudas me recuerdan a su último disco más introspectivo, “interior noche”. La verdad es que se respira una conexión liviana, pero muy interesante, como si les hubiese movido el mismo sentir para llegar a estas canciones.

“Huellas en el aire” es algo más ligera y juguetona, con algo más de ritmo, conduciéndonos a la más delicada “Túnel de la M-30”. Su lírica es nuevamente deslumbrante (“el tiempo es un ladrón con la cartera abierta”), y en ella se nota más que en ninguna otra que Galván lleva buena parte de la composición de Vetusta Morla. De hecho, esta canción podría encajar en uno de sus discos a la perfección, aunque nos falta Pucho. Si la llevaran al grupo sería definitoria, pero aquí encuentra también su sitio y eleva el tono del conjunto, con un final muy arriba sin la necesidad de aumentar su instrumentación. Magnífica. “Desenladrillando el cielo” es otro blues rocoso y acústico. Con ella confirma que éste es un disco para escuchar en la intimidad, deteniéndose en sus letras, las verdaderas protagonistas, que son las que le aportan más valor, porque instrumentalmente no hay grandes diferencias entre las canciones ni lucimientos excesivos, pero en la lírica Galván nos demuestra que sigue muy inspirado.

La épica contenida de “Canción muralla” cierra este debut con ese órgano que sostiene todo el tema como un lamento final o plegaria. Una despedida solemne, pero discreta a la vez, para un disco que parece pasar de puntillas, pero que nos deja huella. Sin quererlo ahonda en nosotros y nos marca, atrapados por sus versos o mecidos por el leve pulso de las cuerdas de una guitarra con las que el madrileño se entrega de manera desmedida. Porque “Nadie con ese nombre vive aquí” es valiente. Guille Galván se abre sin cortapisas. No se trata de su banda madre, aunque tampoco la busquen más allá de la habilidad para tejer historias de gran calibre con sus versos. Sin embargo, no cabe duda de que este disco es auténtico. Quizá nadie con ese nombre que nos sugiere su autor viva entre estos versos, pero estoy seguro de que nos quedaremos habitándolos por mucho tiempo.

Ilustres Principiantes: Desarte



Desde sus primeros pasos, Desarte ha funcionado como un organismo vivo, en transformación constante. La diversidad de influencias y trayectorias de sus integrantes ha sido clave para moldear un proyecto que no deja de evolucionar sin perder el foco: honestidad, riesgo y compromiso con su propio discurso. Ese recorrido, marcado por el directo y la experimentación, desemboca ahora en “Menos Café”, su primer EP.

Grabado en Moba Studios (Madrid) y producido por Nico Álvarez, guitarrista de Burning, “Menos Café” se presenta como una declaración de intenciones clara y sin rodeos. El trabajo captura la esencia más cruda de Desarte, trasladando al estudio la intensidad de su directo sin renunciar a una producción cuidada. Aquí no hay artificios innecesarios: hay nervio, hay pulso y hay una banda que suena a lo que es.

Concebido como carta de presentación tanto artística como profesional, el EP condensa la identidad del grupo en un conjunto de canciones que funcionan como punto de partida y, al mismo tiempo, como promesa. “Menos Café” no solo muestra quiénes son Desarte hoy, sino que deja entrever todo lo que está por venir. Porque si algo queda claro tras este lanzamiento es que la banda no ha venido a ocupar espacio, sino a agitarlo.

Desarte irrumpe en la escena madrileña con la urgencia de quien tiene algo que decir y ninguna intención de suavizarlo. Nacida en 2022 en la Comunidad de Madrid, la banda se mueve con naturalidad dentro del amplio territorio del rock and roll, sin ataduras estilísticas ni necesidad de etiquetas cerradas. Su propuesta bebe del hard rock, el pop y el rock más directo, pero lo hace desde una identidad propia que se construye a base de intuición, energía y una clara vocación de autenticidad.

En su sonido conviven guitarras afiladas y bajos en constante tensión, pianos con un pulso blusero que aportan matices inesperados y una base rítmica sólida que sostiene cada tema con contundencia. Todo ello al servicio de unas canciones que no se conforman con sonar bien: buscan provocar, remover y dejar huella. Las letras de Desarte se mueven entre la reivindicación de la locura como forma de resistencia, la exploración de la rebeldía sexual y una mirada crítica al contexto actual. Hay actitud, pero también hay intención.

Rosalía: Cuando OMEGA se hizo LUX


Por: Oky Aguirre Alonso. 

Allí estaba yo hace treinta años, detrás de la barra del Candela, con la misma edad que ahora tiene mi hijo. Yo ponía la música, por suerte o casualidad. Todas las noches había un momento Camarón de la Isla, cuando todos los gitanos, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, se arrebataban no ya a cantar, sino a tocar unas palmas que siempre fueron el primer motivo y queja de nuestros sufridos vecinos a la hora de su habitual llamada a la policía.

"Omega" fue mi plan. El Maestro Enrique me lo traía en cajas y yo lo vendía. El disco que Su Majestad Enrique Morente regaló al mundo para dignificar el flamenco hacia galaxias que explotan ahora en "LUX". En pleno apogeo y con el máximo ánimo de romper esas palmas sin duende, le daba al stop -analógico todo- y se hacía una pausa silenciosa, manteniendo ese suspense que solo Hitchcock puede lograr. Es entonces cuando comenzaba a sonar esa guitarra eléctrica de los Lagartija Nick, que se juntaba con la voz de Enrique, y es cuando todos los gitanos y gitanas me querían asesinar. Hoy estoy vivo, aquí, sentado junto a mi hermano en el gallinero del Palacio de Deportes, para recibir esa luz histórica que define a los artistas de verdad. Rosalía es a "OMEGA" lo que Morente es a "LUX". El riesgo. El mismo que sentí yo detrás de la barra bajo el poder de la música, sintiéndome Picasso en su estudio bajo una perspectiva cubista que sólo el malagueño pudo ver en su solitario estudio creando a las “Señoritas de Aviñón”.

El pasado 1 de Abril en procesión de Semana Santa nos dirigíamos de camino hacia el cielo el mismo día que el hombre volvía a la Luna. Su cara oculta es en lo que se convirtió el Movistar Arena durante las dos horas en las que fuimos astronautas. El litúrgico silencio de una misa y la oscuridad que experimentaron en la Artemis lo sentimos las 17.000 personas que observamos ese escenario tapado por el armazón trasero de un gigantesco lienzo tímidamente iluminado. Igual que los 23 asientos bien dispuestos en una pista en cruz formada por los espectadores, privilegio que desde arriba, en el gallinero, es donde mi hermano y yo captamos enseguida el punto de fuga que siempre nos inculcó nuestro padre pintor. 

“Hermano, he estado en este lugar desde que no tenía pelos en los huevos. Aquí perdí mi virginidad musical, en vivo con Kool & The Gang, con 15 años falsificando mi carnet de identidad”. Minucias comparadas con la única vez que asistí a este mítico recinto a la excelsa y exclusiva presencia de una orquesta sinfónica en recintos mal avenidos. Fue la Orquesta Egipsea, compuesta por músicos de El Cairo en 1995, quizá el mismo asiento que hoy ocupo bastante más arriba junto a mi hermano hoy, cuando las redes sociales no designaban tu butaca, sino tú mismo y tus circunstancias a la hora de adquirir tu entrada analógicamente. O sea, el ir y comprar. Décadas después es lo que hizo mi hermana a las 7 de la mañana para adquirir esa valiosa entrada con su número 5.548 en listas de esperas de redes sociales babilónicas. Led Zeppelin vi yo; Robert Plant y Jimmy Page por última vez juntos. 666 mi número de entrada. Violines con guitarras; voces con percusiones, ombligos al aire mientras suenan canciones propias, creadas desde el cero de su cabeza hasta llegar al cielo de la nuestra. Imperecederas.

Harto uno ya de defender causas perdidas en textos que tan solo a algunas personas llegarán, me abstendré de regirme por la típica y clásica reseña de un concierto que casi nadie leerá, ahondando en el momento vivido como si hubiera visto a Platón en su época o sido Sancho en la andanzas de Don Quijote, fuera de formalismos de la canción por canción que hoy en día te hace la IA. De nada sirve hoy que un analógico como yo, fuera de lugar en estos tiempos que mandan gentes de caras naranjas, te haga una reseña de un concierto que ya te ha escrito un advenedizo cualquiera con nombre ficticio que jamás se llamará como yo. El que estuvo ahí arriba con sus prismáticos delatores de pureta, atónito escuchando “Angel” de Jimi Hendrix y su guitarra al lado de una multitud de mujeres de todas las edades ataviadas con tocados de monja. Ahora allí, como yo hace 30 años haciendo mi sueño realidad con Led Zeppelin, mientras la orquesta se situaba en su posición histórico privilegiada, afinando sus cuerdas en presencia de una caja que contenía dentro a Rosalía

Ese regalo perfectamente envuelto que una vez recibiste de El Corte Inglés, al que nuestra mundial Flamenca se pasó por el forro de su vagina cuando decidió que ella no iba a colgar su imagen al lado del anuncio de Tío Pepe en la Puerta del Sol, dándole la vuelta al marketing que ahora depende de ella y no de Babilonia. La que en “Motomami” se hizo la Reina del autotune y en "Lux" le ha dado la vuelta a su registro junto a Vivaldi o Bach. La que nadie entiende cuando canta, como lo que Bob Dylan nos quería decir en sus extensas charlas Nobel-musicales que nunca pudimos traducir, pero sí entender cuando la canción la hacíamos nuestra gracias al alma y corazón en estado de plenitud juvenil. Rosalía ha puesto subtítulos en sus conciertos en pantallas bien definidas, como lo ha hecho en sus discos, haciendo que un americano de Wisconsin o una africana de Mali griten al unísono: “Saoko papi, Saoko, Chica que dices!!!”. Extranjeros que tocan esas palmas desacompasadas, fuera de ritmo y de lugar, a destiempo y alejadas del duende flamencólico que tanto daño hicieron a los verdaderos creadores de antaño. Como Camarón y su “Leyenda del Tiempo” y Morente con su “OMEGA”, aquellos que detrás de una barra me hicieron defender lo que hoy, después de tres décadas, me hacen escribir esta diatriba para mi auténtica satisfacción. Estar vivo y sentir el arte. El arte de seguir vivo. Aunque no entienda lo que me dicen.

Nat Simons: “Este es un disco generacional y crítico”


Por: Javier González. 
Fotografías interiores: Esther Galván.

No, nosotros no nos vamos a poner en contacto con ella, pese a lo imperativo que pueda llegar a sonar eso de “Pregúntale a Sarah Connor”. Y no lo haremos porque se nos ocurre algo infinitamente más interesante que hablar con la heroína de ficción, por mucho que su nombre tome tintes verosímiles, sobre todo ahora que la realidad se torna en distopía, en una cruel obra firmada a medias por la IA con el beneplácito de ciertos líderes políticos que parecen empeñados en seguir enfangando un panorama ya de por sí desalentador. 

Sinceramente, nos parece mucho mas potente citarnos con una mujer también valiente, pero de carne y hueso. Una felina de armas tomar que lleva tiempo apostando por sí misma, por sus canciones, para continuar dando pasos adelante en una carrera cada vez más firme, sustentada en el armazón que le dan una cada vez más creciente colección de disco, plagados de grandes composiciones, algo a lo que no es ajeno este “Pregúntale a Sarah Connor”, donde Nat Simons aprieta la mandíbula de pura rabia, firmando un álbum pleno de rock y actitud en el que los sentimientos y las heridas afloran sin temor en el que quizás sea su trabajo más crítico y visceral. 

Tan amable y cercana como siempre nos atiende una vez más, demostrando que tras años de duro trabajo tiene claro cuál es el camino a seguir. Actitud, grandes canciones y una banda del carajo secundan su propuesta cierran un círculo cada vez más potente. Una de nuestras principales figuras rockeras femeninas que ya no pide reivindicar su lugar, básicamente porque se ha hecho con un estatus propio de alto calado de forma totalmente merecida. Os dejamos en compañía de una guerrera de armas tomar que tiene claro que éste es su momento. 

Hace apenas unas semanas que vio la luz tu nuevo trabajo, “Pregúntale a Sarah Connor”. ¿Cómo son las sensaciones posteriores después de tanto esfuerzo y empeño como el que supone editar un nuevo trabajo? 

Nat: Después de esperar año y medio para poder mostrar este disco al mundo, las sensaciones son muy buenas, sabía que iba a gustar, pero ha superado todas mis expectativas. Todo el mundo está diciendo que es mi mejor trabajo de largo y eso me hace muy feliz porque lo siento muy mío, muy autentico y personal. Creo que eso es buena señal. 

Curiosamente es un trabajo que llega cuatro años y medio después de “Felina”, el último de tus álbumes de estudio que contenía material nuevo, al que han seguido “Felinas”, “7 Vidas en la Sala” y “7 Vidas y una Más”. Vayamos por partes, si te parece. ¿Cómo se fueron concatenando tres álbumes tan concretos como esos? 

Nat: Han ido naciendo del camino, del proceso, de las giras, es lo bonito que una cosa llevaba a la otra. Para mi “Felina” es una trilogía, y eso es lo flipante, que no estaba pensado, no había nada premeditado. Es como un disco en muchas formas distintas, pero es más, los directos me los tomo como el cierre de una etapa: tocando también los dos anteriores, algunos temas de mis primeros trabajos, reinterpretados en vivo, para dar paso a una nueva etapa, que obviamente abre este nuevo artefacto. 

Supongo que por el camino, entre giras y proyectos de toda índole, habrás ido componiendo estas nuevas composiciones. ¿Ha sido así? 

Nat: Sí, este nuevo disco se ha compuesto durante toda la época de “Felinas” y a lo largo de esa gira, que también ha sido bastante larga, dos años. He pasado por muchos estados de ánimo y eso se nota mucho en las composiciones. También, como he dicho otras veces, me ha pillado en una época de reflexión de mi vida, que no una crisis existencial, sino más bien de pararme a pensar sobre qué es lo que he logrado, qué es lo que quería lograr y en qué punto también está la gente de mi al rededor, mis amigos, por eso es un disco tan generacional y crítico en algunos puntos. 

Ahora que la música se ha convertido para el común de los mortales en un producto de uso y disfrute efímero. ¿En algún punto del camino sentiste vértigo por no mostrar nuevas canciones desde hace tanto tiempo? 

Nat: No, porque no he parado. ''Felinas'' (2024) fue una reinterpretación de “Felina”, aunque hubiera algunas versiones y un tema nuevo que era ''Pequeña Guerrera Estelar''. Creo que “Felina” no terminó de llegar a la gente. Qué Víctor Cabezuelo cogiera ''Déjalo Ser'' y le diéramos esa nueva reinterpretación del tema, esa nueva producción tan acertada, fue como sacar un nuevo tema que de repente llegó a muchas personas y se convirtió en una especie de ''hit',' gracias también a Vega y cómo reaccionó su público y el mío. A día de hoy el tema más coreado en mis conciertos. ¿No tuvo “Felina” una producción adecuada para esas canciones? ¿Fue que no se sacó en el momento adecuado 2021? Podría ser... Nunca tuve miedo de no sacar canciones nuevas porque siempre había alguna novedad, no he parado de girar desde el 2023 y la gente me ha seguido de una manera muy bonita en todo lo que he ido haciendo. Lo que sí que me da miedo son los parones largos como pasó en pandemia. 

“He pulido mi forma de escribir en estos últimos años, he encontrado mi personalidad” 

A nivel musical el disco tiene una bonita mezcla, donde asoman una cuidada elegancia y una beligerancia guitarrera, dicotomía extensible al universo lírico donde se ve un componente nostálgico de quien sabe que ciertos buenos tiempos no volverán, y a la vez un espíritu guerrero y crítico con un mundo donde las ruinas son cada vez más visibles. A sabiendas que vienes expresando lo que ves y sientes con mucha rabia y tripas desde hace tiempo, ¿podemos considerar estas letras como un paso más en esa línea de soltar lastre? 

Nat: Siempre he sido muy visceral y de soltar lastre en mis canciones, creo que ya se veía antes en temas como ''Macabro Plan'' o “Ley Animal”, pero en este probablemente se vea mucho más claro lo que quiero contar. Está hecho a propósito, con una intención para hacer pensar a la gente cómo me he parado a pensar en toda la situación, en lo que tenemos, en lo que podremos llegar a tener en un futuro y lo que perdimos. También he pulido mucho mi forma de escribir en estos últimos años, he encontrado mi personalidad. 

Habría que destacar la presencia de varios nombres propios y la importancia del lugar de grabación, así que vamos de a poco, si te parece. En un principio quisiera hablar de la importancia que desde hace tiempo cobra Ánchel Solana en el proyecto. ¿Qué le aporta su bagaje a las canciones? 


Nat:
Con Ánchel he compuesto muchas canciones ya, del disco todas menos dos. Y la manera que tuvimos de hacer este álbum era él cogiendo la guitarra y partiendo de una rueda de acordes o de un riff, mientras iba construyendo una melodía, a veces había algo que me inspiraba y decía ''espera toca eso otra vez'' y entonces salía una canción. Algunos comienzos de canciones eran ideas previas mías y luego me ayudaba con ciertos acordes para encontrar la melodía apropiada en el estribillo. En otras ocasiones hacíamos la canción de cero. Aunque él lleve la guitarra, muchas veces también le guiaba: “vete ahora a un menor o que se abra en el estribillo”. Y otras veces él me guiaba diciendo: “no te vayas a tan agudo”, “sube en esta parte para que crezca la melodía”. En una inclusive sucedió que el instrumental era una vieja idea suya e hice toda una canción con eso. Soy muy exigente y hasta que no encuentro algo que creo que es bueno, que me emocione, le doy vueltas y vueltas. A veces he sido muy dura con él en el proceso, no debe de ser fácil componer conmigo (risas), la suerte es que la mayoría de canciones en este disco han salido bastante rápido. Creo que con él hay una chispa compositiva que partiendo de acordes me lleva a crear melodías inesperadas. Después, una vez tengo la melodía, escribo la letra. 

Por otra parte, es imposible abstraerse del proceso de grabación y producción, el cual ha tenido lugar en Nashville, rodeada de un equipo de auténtico lujo, que, si te parece, dejo que cites tú misma. ¿Qué ha aportado el mismo al resultado final del minutaje? 

Nat: Creo que la producción siempre es muy importante, como ya te he contado en entrevistas anteriores para hablar de otros discos. Tuve la suerte de que Álex Muñoz (Margo Price, John Hiatt, Nikki Lane…) pusiera a mi disposición un equipo de lujo con Jaquire King a la mezcla, productor de trabajos como “Only By the Night” de Kings of Leon, “Mule Variations” de Tom Waits, “The Fall” de Norah Jones o más recientemente Zach Bryan y Bruce Springsteen. Y músicos del calibre de Fred Eltringham (actual batería de Sheryl Crow, Lucinda Williams, Wallflowers o Gigolo Aunts), el multi instrumentista Joe Pisapia (Allison Russell, KD Lang), el percusionista Jaime Dick (Allison Russell), el saxo de Paul Thacker o los arreglos de cuerda de Billy Contretras... todo eso ha hecho que el disco suene como suena. 

“No me imaginaba mi futuro viviendo de la música y viviendo un sueño” 

Me pones complicado seleccionar solo unas pocas canciones para comentar, pero voy a intentarlo, empezando por el principio con la genial “Delorean”. ¿Qué le diría la Natalia adolescente a la Nat que ha escrito esta composición? 

Nat: Pues voy a contradecir el posible mensaje de nostalgia diciéndote que la Nat pequeña diría: ''quiero dejar de ir al colegio para ser tú que te lo pasas muchísimo mejor, aunque con más responsabilidades y problemas, pero eres libre''. Creo que se sentiría orgullosa, porque no me imaginaba mi futuro así, viviendo de la música y viviendo un sueño. Me imaginaba una vida más convencional. (Risas) 

“La canción “Alain Delon” describe a varias personas reales que me he ido encontrando en el mundo de la música”

Me ha encantado el vídeo que acompaña a “Alain Delon”, donde tomas una estética totalmente afrancesada, mientras resuenan guitarrazos con un innegable toque glam, esas referencias a Marc Bolan y al guapo entre los guapos que da título a la canción. ¿Puedes hablarme un poco del clip? La canción parece tener un destinatario claro, ¿es así? ¿Puede ser también un dardo a cierto tipo de crítica musical, no solamente a los machirulos? 

Nat: El clip, aunque no te lo creas, se rodó en una hora, la que teníamos para no molestar a los clientes de Indreams (risas). Juan Fajardo es un crack, además muy eficiente a la hora de grabar. Tenía que ser algo directo y sencillo, así se hizo. “Alain Delon” describe a varias personas reales que me he ido encontrando en el mundo de la música, lo curioso es que va dedicado a dos personas relativamente jóvenes, aunque lo podría extrapolar a muchos más, que no necesariamente son músicos. Es un retrato que a todo el mundo le puede parecer familiar. Incluso tiene un poco de lo que llaman “cuñao”. (Risas) 

“En el ambiente se nota el desencanto y mucho hastío” 

Pocas veces me has sonado tan cañera y distópica como lo haces en “Alas de Dragón”, donde hablas de un mundo de “idiocracia y promesas de papel”, una de las frases más ocurrentes de nuestro rock en los últimos años, una temática de insatisfacción que también rozas en “Especie en Extinción”. ¿Hasta dónde llega tu hastío, Nat? 

Nat: Supongo que llega donde llega el de mucha gente. Hablo de gente de mi generación y más jóvenes, fuimos nosotros los que nos comimos la primera crisis mundial del 2008, tras salir de la universidad. Y después vinieron otras cosas. Ahora la situación está incluso peor, sólo hay que ver los sueldos en relación al alquiler de pisos. He visto caer la calidad de vida en picado, eso me cabrea. Que mucha gente con 40 años no pueda permitirse tener su propia casa comprada, se vea compartiendo piso y ni de coña se plantee lo de tener hijos. ¿Cómo van a hacerlo si no pueden mantenerse ellos mismos? Y si hablamos de la música ya te puedes morir, pero bueno, no hace falta hablar de ello, todo el mundo lo sabe. Nadie hace nada. Hay desencanto se nota en el ambiente y mucho hastío. 

En el disco hay un par de colaboraciones de lujo, la primera de ellas sería la de Jairo Zavala, Depedro, que te acompaña en “Nieve en el Desierto”. ¿Cómo surgió la oportunidad de colaborar? 

Nat: Ya conocía a Depedro, también su música, claro está, pero el día que conocí personalmente a Jairo aluciné con la buena persona que es. Coincidimos en el concierto de Corizonas, estuvimos hablando, me dio muy buen rollo y muchos consejos. Además, me encanta su música y como canta es una delicia. Al volver de Estados Unidos le llamé para que colaborara en uno de los temas y aceptó encantado. De hecho, el tema lo eligió él, cosa que tiene más significado. “Me parece un verdadero honor que Lapido haya querido trabajar conmigo” Y la otra es la de un buen amigo que tenemos en común como el maestro José Ignacio Lapido, quien colabora en “Efímero” y “Tan Extraño para Mí”. ¿Qué podemos del “maestro” a estas alturas de la película?

Nat: Me parece un verdadero honor que haya querido trabajar conmigo, alguien que sé que no suele escribir con nadie y casi no colabora con otros músicos. Imagínate lo que significa para mí. Me siento tan identificada con su forma de componer y escribir. Todo ha ido como la seda. Es una verdadera maravilla contar con él. Aún estoy flotando. 

Por cierto, pregunta para fan. ¿Qué te parece “Espejismo N9”, el nuevo disco de 091? 

Nat: Pues me parece buenísimo, de lo mejor que han sacado desde hace mucho. Lo tiene todo, melodías, letras... la primera es una canción de amor preciosa. De los mejores discos del año sin duda. 

“En “Quién lo impide” me inspiré en Rafael Berrio y Jonás Trueba” 

Por suerte, también hay un ratito para la esperanza y el optimismo con la belleza que desprenden las querencias pop de “Haces que mi mundo sea Mejor” y con otro bombazo llamado “Quién lo Impide”, que para sí la hubiera firmado Luz Casal. ¿Cómo nacieron estas dos auténtica gemas? 

Nat: Al final forma parte de mi personalidad también ser optimista (risas), me gusta serlo cuando todos a mi alrededor están siendo negativos. Hay que compensar, es lo que nos ayuda a sobrevivir. ''Haces que mi mundo sea mejor'', que probablemente sea mi canción favorita del disco, nació de una estrofa que tenía guardada de hace años, por fin, después de un concierto de The Jayhawks, Ánchel y yo dimos en el clavo para encontrar esa melodía del estribillo. Él lo vio claro: “tengo que ir a acordes menores”. Entonces, cuando tocó ese acorde, inmediatamente me salió esa melodía. Y la letra casi vino sola. La frase que da nombre al título es una cosa que quería meter en una canción y así hice. ''Quién lo impide'' fue un caso más peculiar aún. Ánchel tenía grabado un instrumental de hace años con su banda en Huesca, cuando lo escuché salió tan rápido la melodía entera de la canción que nos quedamos flipando. En un principio iba a escribir la letra en inglés para colaborar con Nicole Atkins, pero finalmente el plan se torció y acabé inspirándome en Rafael Berrio para esta letra y en la película de Jonás Trueba: “Quién lo impide”. 

Y para cerrar el capítulo de canciones… solamente quiero felicitarte por temas más oscuros como “Los ojos del Peligro”, me encanta cuando te pones dramática y decididamente siniestra, una cara que espero sigas explorando. ¿Te animas? 

Nat: Claro, a mi ese estilo de canción me gusta mucho, grupos como NIN, Queens of the Stone Age, bandas que hacen un tipo rock más duro, pero alternativo, en ocasiones oscuro, pero sexy. Me encanta. Creo que también es algo muy mío hacer ese tipo de canciones. Y la temática también es algo muy personal, habla del momento que pasé cuando tuve el periodo tan complicado con la ansiedad. “Estar entre tantos mitos de la composición es un halago” 

Hemos tenido la oportunidad de verte compartiendo escenario en gira con Aurora Beltrán y escuchar tu voz colaborando en el nuevo proyecto de Miguel Marco, Nueva Tragedia, donde cantas “Mitología Pop” y “Pretérito Imperfecto”, quien por cierto te hace hueco en su último libro, “Viaje a la Canción Perfecta”. ¿Qué han significado para ti estas dos colaboraciones? ¿Y el hecho de ver que tu nombre aparece en un libro donde hay tantos mitos relacionados con la composición de grandes canciones? 

Nat: Colaborar con artistas aporta cosas buenas, siempre se aprende y en este caso ambas colaboraciones me han hecho aprender. Salir de mi zona de confort, tener experiencias muy bonitas en carretera o componiendo. A Miguel le ayudé a encontrar la melodía del estribillo en “Mitología Pop”, la verdad que salir tanto de mi estilo es bastante curioso y me gustó mucho hacerlo. Y con Aurora pues es toda una experiencia girar. Estar entre tantos mitos de la composición es un halago. 

Hace unas semanas presentaste en sociedad el nuevo disco en un concierto muy chulo que tuvo lugar en Madrid. ¿Cómo fue la velada?

Nat: Creo que ha sido mi mejor concierto hasta la fecha, eso me han dicho. No sólo por la banda que llevaba, que era de lo mejor que he juntado en directo, si no por el repertorio, por el nuevo disco y porqué además de estar la sala llena, había una energía y un cariño por parte del público increíble. Llevar tres violinistas en directo y un saxofón, además del propio productor del disco tocando la guitarra y teclas… por no hablar de la banda base con un montón de armonías vocales. La gente me decía que sonó como el disco y eso es lo que más feliz me puede hacer. Y lo mejor es que personalmente estaba muy tranquila y eso se transmite. 

¿Qué planes de gira tienes para los próximos meses? 

Nat: Quiero girar mucho, ya si ves cómo empieza esta primavera te puedes hacer una idea de que no tiene mucha pinta de que la gira vaya a ser corta. Aún hay muchas fechas por cerrar. No paran de llamar desde festivales, fiestas de todo tipo y salas. 

“Soy músico, cantante, compositora y empresaria” 

Por cierto, ahora, que ya llevas años autogestionándote, delegando la promoción en una agencia de plena confianza como G-News the Pool, y trabajando con tu propio equipo. ¿Cómo valoras la experiencia? ¿Es el proyecto de Nat Simons totalmente rentable? 

Nat: Rentable es, porque vivo de ello, además llevo una banda que cobra por venir conmigo. Es más, de la mayoría de los proyectos que tienen soy con la que más tocan, así que puedo decir que sí que es rentable y espero que todo vaya a mejor. Invierto bastante para que esto siga, eso hay que tenerlo en cuenta. Al fin y al cabo, soy músico, cantante, compositora y empresaria. Ahora ya tengo a Gloria en la comunicación y Calaverita como sello, creo que el equipo va a seguir creciendo. 

La realidad se ha tornado tan peligrosa como anunciaba “Sarah Connor”. ¿Qué le diría Nat Simons a la mítica heroína moderna? 

Nat: Si necesita una mano humana en el futuro, aquí me tiene para luchar contra las máquinas, o al menos para amenizar de manera orgánica y humana el futuro. ¡Que va hacer falta!

Steve McDonald (Redd Kross): "La esencia de la banda es compartir alegría"


Por: Àlex Guimerà.
Fotografía cabecera. Buzz Osborne
Fotografía interior: Gilber Trejo.

Uno de los grupos mas legendarios del rock de las últimas décadas son sin duda los angelinos Redd Kross. Inclasificables, únicos en su especie y banda de culto, esta formación liderada por los hermanos Jeff y Steve McDonald vuelven a nuestras salas este mayo después de haber podido gozar de su explosivo directo hace dos años coincidiendo con la presentación de su homónimo doble álbum. Entre medio han presentado un libro y un documental en los que repasan su ya larga trayectoria con ese sabor de haberlo tenido todo para abrazar un éxito masivo que les ha sido esquivo. Charlamos con el menor de los Mc Donald quien no borra su sonrisa ni un momento a la espera de volver a vernos en unos días. 

Fechas de la gira: 

Valencia (15 de mayo, Loco Club) 
Granada (16 de mayo, Degusta Fest) 
Palma de Mallorca (17 de mayo, The Most Beautiful Day) 
Barcelona (20 de mayo, Sala Upload) 
Zaragoza (21 de mayo, Rock & Blues) 
San Sebastián (22 de mayo, Dabadaba) 
Madrid (23 de mayo, Sala Copérnico) 

Este próximo mes de mayo regresáis a España para dar siete conciertos en diferentes ciudades. En vuestra última gira, del año 24, estuve en el concierto de Barcelona y fue un concierto increíble. En esa ocasión presentabais el doble álbum “REDD KROSS” e interpretasteis muchos temas de este disco. ¿Qué repertorio planeáis tocar para vuestra próxima visita? 

Steve McDonald.: No lo sé, aún no hemos escrito los setlist. Pero hemos estado ensayando unas dos horas de material, así que probablemente tocaremos canciones diferentes en cada concierto, y supongo que será un repertorio que abarcará toda nuestra carrera tanto canciones nuevas como clásicos, aunque todavía no sé en qué porcentajes. 

Redd Kross empezó cuando erais prácticamente unos adolescentes en Los Ángeles. Mirando hacia atrás, ¿qué recuerdas de esa primera escena punk de tu juventud? 

Steve McDonald: Bueno, era el ambiente perfecto para que aprendiéramos a tocar la guitarra y lo aprendiéramos todo sobre la marcha. Y, ya sabes, pudimos interactuar con todo tipo de bandas y personas increíbles. No sé si era algo exclusivo de los jóvenes de entonces respecto a los de hoy en día. Me refiero a si los chicos ahora hacen algo similar, pero la experiencia que tuvimos, todavía tiene un impacto duradero en nosotros. 

Esa escena de Los Ángeles en los 80 era muy diversa y contaba con muchas grandes bandas como Redd Kross. ¿Qué artistas o bandas de esa zona consideras que fueron especialmente importantes para vosotros? 

Steve McDonald: Bueno, Black Flag, obviamente. Fue la primera banda con la que tocamos. Nos guiaron durante el primer año. Y tocamos con ellos en todos nuestros primeros conciertos. Eran como nuestros mentores; tenían un gran local de ensayo y conciertos donde nos juntábamos, organizábamos fiestas y dábamos conciertos. Y luego dimos nuestros primeros conciertos en clubes nocturnos con ellos, al igual que ellos. Así que, sin duda, Black Flag. 

Y también muchas de las bandas de Los Ángeles que grabaron con ese sello punk de la época llamado Danger House Records. Esas bandas eran mis ídolos e inspiraciones, como X, The Weirdos, The Germs, The Avengers, que eran de San Francisco. Fueron las primeras bandas que realmente admiré de la escena local, de la escena underground. Antes de eso, solo era un fan del rock and roll, de los Beatles, los Stones y KISS, como cualquier otro chaval.

A lo largo de los años habéis tocado punk, garage, power pop, glam, incluso psicodelia. ¿Esta mezcla de estilos fue una decisión consciente o simplemente un reflejo natural de todo lo que habéis escuchado?

Steve McDonald:  Definitivamente es solo un reflejo de lo que escuchamos. Creo que Jeff y yo no somos lo suficientemente funcionales como equipo creativo para intentar calcularlo todo. Simplemente solo podemos ser nosotros mismos. E incluso ponernos de acuerdo en ese proceso de toma de decisiones puede ser complicado. Somos hermanos, como otros, como los Davies y los Gallagher. Y, ya sabes, pero creo que, no planificamos tocar todos esos géneros diferentes que describiste. Quiero decir, no es así como pensamos. Simplemente nos gusta lo que nos gusta y hacemos lo que queremos. Y no quiero decir que seamos unos héroes rebeldes ni nada por el estilo. Simplemente no somos lo suficientemente listos para calcularlo. 

Muchas de vuestras canciones tienen una fuerte melodía, incluso cuando la energía es muy punk. ¿Qué es más importante para vosotros al componer? ¿La melodía o la actitud? 

Steve McDonald: Oh, no sé. Hay espacio para ambas, ¿no? Creo que no hay una sola manera de hacerlo. A veces las canciones empiezan con la melodía y otras veces las canciones empiezan con un riff. Tal vez si empieza con un riff, entonces cuando vas a cantar, solo hay espacio para aportar energía. Bueno, no sé si hay una sola manera de hacerlo, pero creo que los Beatles, una vez más, son un gran ejemplo de cómo se pueden tener ambas cosas: momentos melódicos como los que lograba Paul McCartney, y luego, los momentos rockeros, el rock and roll de John Lennon. Nosotros lo hacemos lo mejor que podemos. 

Tú y tu hermano, Jeff, habéis mantenido viva la banda durante varias décadas. ¿Cómo ha evolucionado vuestra relación creativa con el tiempo? 

Steve McDonald: Pues todavía me resulta un poco misteriosa, es un enigma. Creo que es una de las cosas que mantiene la banda emocionante. No hay una forma específica en la que trabajemos juntos, de hecho cuando nos ponemos a componer nunca sé cómo lo haremos. A veces cada uno hace cosas por su cuenta. Otras nos necesitamos mutuamente para inspirarnos y nos juntamos. O simplemente no queremos inspirarnos el uno en el otro. Pero, también juega el hecho de que yo soy el hermano menor, así que tengo esa perspectiva. Y él es el mayor, y tiene la suya, y eso nunca parece desaparecer. Me refiero a esa especie de dinámica de alfa y beta entre hermanos, o lo que sea. De hecho él mismo se autodenominó el alfa en una entrevista reciente. Siempre pienso: “estoy deseando que cambie”, y él quiere que siga igual. Eso crea una fricción que creo que es, quizás, agotadora, pero también es importante. 

Vuestra música siempre ha estado llena de referencias a la cultura pop, cómics, series de televisión y películas. ¿Qué papel juega ese universo en su proceso creativo? 

Steve McDonald: Bueno,  creo que siempre hemos sido comentaristas del mundo exterior, ya sabes, observando el caldo de cultivo en el que existimos. Y la verdad es que realmente no te sabría decir qué papel juega todo eso, aparte de que sentimos que formamos parte de esta locura. Por ejemplo, recuerdo que hace como 15 años, mi hermano no paraba de hablar de grupos de K-pop. Y yo le dije: "¿De qué me estás hablando?". Y él me contestó: "Sí, me encanta este grupo, Twenty-One". Me los puso y yo le dije : "¿Me estás tomando el pelo?". Él me respondió: "No, no, me encanta". Pasó el tiempo y Jeff y yo fuimos a ver a Blackpink tocar ante 40.000 personas. Entonces pensé: "Él ya los escuchaba desde hace 10 o 15 años, ¿sabes?". Es que es un bicho raro en ese sentido. Siempre encuentra algo con lo que identificarse de una forma inesperada. Así que, aunque yo soy un poco más normal, a veces me beneficio de sus observaciones. Álbumes como "Third Eye" o, aunque me cuesta recordarlo, "Faceshifter", se han convertido en clásicos de culto con el paso de los años. 

¿Cómo viviste la recepción de estos dos discos en su momento? 

Steve McDonald: Bueno, de varias maneras. Había tantas cosas pasando a nuestro alrededor y, bueno, es como si tuviéramos ciertas expectativas en su momento que no se cumplieron del todo. Cuando en realidad otras sí que lo hicieron. Me refiero a que la acogida que han acabado teniendo, el hecho de que la gente siga interesada en esos discos aún hoy en día supera mis expectativas. Eso es fantástico. Y estoy agradecido por ello. 

Habéis vivido la música a través de distintas etapas de la industria discográfica: Vinilo, CD, descarga digital y ahora el streaming. ¿Cómo ha cambiado vuestra relación con el público en cada etapa? 

Steve McDonald: Bueno, realmente no creo que el vinilo, los CD y las descargas hayan cambiado mi relación con el público, pero si sé que las redes sociales han cambiado mucho las cosas. Ahora soy mucho más accesible para la gente si quiere contactarme, a menudo puedo ver lo que tienen que decir. Y es mucho más rápido que cuando alguien mandaba una carta sin saber a dónde enviarla y sin saber si podría responderla alguna vez. Ahora es mucho mejor. Me refiero a que como tengo muy mala ortografía nunca contesté una carta hasta que tuve correo electrónico. Me daba mucha vergüenza lo mal que escribía, por lo que es más probable que ahora te responda, gracias al corrector ortográfico. Ha sido un avance interesante.

Aunque si me preguntas cómo conectar con nuestro público, sigo pensando que la principal forma sigue siendo a través de los conciertos en directo, con esa comunicación presencial. Y, ya sabes, es curioso que ahora se haya dado la vuelta completa y el formato principal haya vuelto a ser el vinilo. Así que no sé, seguimos haciendo, seguimos intentando hacer canciones y dar el mejor concierto posible. Y esa es la forma más efectiva que conozco de comunicarme con los demás. 

Vuestra música siempre ha tenido un aire muy colorido, vibrante y optimista. ¿Crees que el rock actual necesita recuperar esa energía y vitalidad?

Steve McDonald: Bueno, es curioso. Cuando salgo de gira con los Melvins, mi otra banda, todo se siente distinto. Incluso cuando hemos girado con ambas bandas a la vez, la experiencia cambia mucho. Estar en cada proyecto despierta emociones diferentes en mí. Con Melvins hay más rabia, una actitud más áspera sobre el escenario. Y eso también es auténtico: al final soy humano, me frustro como cualquiera, incluso en cosas cotidianas. Pero, al mismo tiempo, también soy muy consciente de que la vida es complicada para todo el mundo. Y pienso: ¿no sería genial que, cuando nos reunimos, pudiéramos simplemente sonreír un poco y olvidarnos de las preocupaciones? Ahí es donde entra Redd Kross. Su esencia parece ir más por ese lado: el de compartir alegría. A veces, incluso si estoy agotado antes de salir al escenario, ocurre algo casi automático: miro alrededor y pienso “¡es increíble que todos estemos aquí!”. Y eso siempre logra sacarme una sonrisa. No sé si es exactamente lo que el mundo necesita, no tengo ni idea. Pero sí es algo muy natural para nosotros. Nuestra reacción instintiva es sentir que estamos juntos en ese momento. Olvidarnos de todo lo demás durante un rato, porque seguirá ahí cuando termine la noche. Y quizá ese rato nos dé la energía positiva necesaria para afrontar el día siguiente. Y eso no tiene nada de malo. 

Redd Kross sois una banda muy explosiva en directo. ¿Qué es lo que más disfrutáis de estar en un escenario después de tantos años? 

Steve McDonald: Bueno, antes preguntabas sobre la conexión con los fans. Y precisamente lo que mas nos gusta es esa conversación entre lo que intentamos evocar con nuestras manos y nuestros cuerpos con lo que recibimos. Lo digo sin ponerme demasiado pretencioso: enviar esa energía en una dirección y luego sentir que regresa hacia nosotros de la gente. Es difícil de explicar con palabras, pero es algo real. Y no siempre uno conecta con el público como uno quiere, pero cuando lo hacemos es muy poderoso. 

Habéis influido en muchas bandas de rock alternativo y power pop. ¿Hay algún grupo actual que os resulte particularmente interesante? 

Steve McDonald: ¡Ay, Dios! ¡Qué dilema! Siempre me quedo en blanco con este tipo de preguntas. ¿Quién me ha resultado interesante? Bueno, ahora todo el mundo adora a los Lemon Twigs cuando se habla de power pop. Y fui a verlos hace poco y esos chicos me parecieron increíbles. Que además son dos hermanos. Me fascina cómo interactúan con la gente y cómo consiguen hacer las cosas. 

Después de una carrera tan larga, ¿qué os motiva a seguir grabando e ir de gira con Redd Kross?

Steve McDonald: Supongo que intento ver qué sigue siendo posible. Siempre me siento motivado, buscando soluciones y tratando de demostrarme algo a mí mismo. Nunca es fácil. Es un reto constante, por un lado, puede parecer frustrante, como si pensara: "Aún no lo he conseguido". Pero, por otro lado, me mantiene con ganas de seguir mejorando. 

Si alguien descubriera hoy a la banda por primera vez, ¿qué álbum le recomendarías escuchar para comprender realmente de qué se trata Redd Kross? 

Steve McDonald: Bueno, creo que un buen punto de partida es nuestro último disco, el que lleva nuestro nombre. Es el disco que siento que es más maduro en el sentido de que somos mayores y podemos mirar hacia atrás con cierta perspectiva y objetividad. Pero también es un álbum doble, así que tiene suficiente espacio para que nos expandamos y hagamos un poco de todo lo que somos capaces de hacer. Así que parece un buen punto de partida para la gente, y luego a partir de ahí pueden tirar para atrás e investigar. 

¿Cuáles son vuestros planes después de la gira? ¿habrá nuevo disco? He visto que habéis publicado un EP compartido con Hard-Ons. 

Steve McDonald: Si, acabamos de sacar un disco en colaboración con los Hard-On con motivo de que salimos de gira con ellos en Australia. Pero esas no eran canciones nuevas, eran versiones acústicas que habíamos grabado. Así que tenemos tres canciones en ese disco. Dos canciones de nuestro último álbum en acústico, y luego un clásico antiguo, “Lady and the Lady in the Front Row”. 

Pero, ¿qué haremos después en cuanto a grabaciones? Pues tengo la esperanza de que, ahora que hicimos nuestra gran declaración en 2024, con nuestro libro, nuestro documental y nuestro álbum doble homónimo, digamos: "Bien, aquí está la siguiente fase". A ver qué pasa. Vamos a intentar escribir nuevos capítulos. Y, bueno, no puedo prometer nada, pero espero que tengamos otro disco mucho antes de lo habitual. 

Muchas gracias Steve. Nos vemos en el concierto del 20 de Mayo en Barcelona, mi ciudad. Es una sala pequeña (Sala Upload), pero creo que es perfecta para vosotros. Estoy seguro que será un concierto fantástico. 

Steve McDonald: Suena perfecto, estaremos encantados de tocar allí. Gracias a vosotros.

El Último de la Fila: los primeros, por siempre


Estadio Olímpico Lluís Companys, Barcelona. Domingo, 3 de mayo de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

A ritmo de mariachis fuimos entrando en calor en la tarde gris del pasado domingo. Una tarde-noche inolvidable, marcada por la nostalgia, evidentemente, pero llena de vitalidad. El Estadio Olímpico de Barcelona acogía el primero de los conciertos que sus paisanos El Último de la Fila iban a ofrecer treinta años después de bajarse de los escenarios y poner fin a su última gira. Sobra decir que esta era una ocasión más que especial para las más de cincuenta mil almas que nos reunimos en torno a las canciones de los dos músicos más grandes y a la vez más humildes que ha dado esta tierra. Manolo García y Quimi Portet estaban de vuelta y en su casa, celebrando simplemente su pasión por la música, disfrutando de sus canciones una vez más, esas que se han hecho eternas e insustituibles durante todo este tiempo. El Último de la Fila sabían que les queríamos de vuelta, aunque solo fuese para verles una última vez en su hogar, que es el escenario. Mano a mano compartiendo retazos de vida hechos canción e impulsados por un aire retro llevado con gran tino incluso a un escenario de estas dimensiones, en el que primaron más las imágenes surrealistas y los mensajes estrambóticos lanzados desde las pantallas (“Vendo Opel Corsa” o “Compro Oro”) en lugar del exceso de pirotecnia o confeti. Había móviles, sí, pero predominaba el aroma a los años ochenta y noventa donde ellos brillaron y en los que importaba solo la música, así como afrontarla con arrojo y algo de humor, ese que ellos mismos dicen que fue la argamasa con la que se sostuvo siempre este dúo. El mismo que desprendió Manolo García desde que las primeras gotas de lluvia llegaron con los acordes de “Huesos” y que él mismo quiso acogerlas con buenas dosis de ironía, soltando un: “¡me voy a meter una hostia de puta madre!”. Lo cotidiano por delante, siempre por encima de lo impostado o totalmente calculado para la ocasión.

Canciones y emociones. Rock de base marcada y precisión milimétrica (gran labor de Antonio Fidel y Ángel Celada), sin perder por ello sus aires psicodélicos, rumberos y morunos por momentos. Correcto en las formas (quizá esperábamos algo más de Quimi Portet) y profundo en ambiciones. El grupo que acompañó la mayor parte de su historia a Manolo y Quimi se dieron cita aquí también junto a Irene Miller y Eva Reina en los coros, que apoyaron con elegancia los fraseos del carismático frontman, al que vimos tanto enfundado en un albornoz a modo de capa, como peleándose con un sillón por medio del escenario o azotando una vara para incitar al entregado público. Como el “guapo del Poble Nou” lo presentó Portet, aunque podría ser más acertado referirse a García como la cara incombustible del dúo, porque la huella de sus setenta primaveras apenas le ha pasado factura y su voz siguió reforzando con firmeza cada verso de la noche.

Los himnos se sucedieron sin remisión. No hubo que esperar nada a que sonase “Querida Milagros” ni “Mi patria en mis zapatos”, en la que Portet agradeció que nos hubiéramos multiplicado tanto para llenar este estadio, haciendo referencia al grito que su compañero de fatigas realizaba en los viejos tiempos, esos en los que tocaban para pequeños aforos. Entonces Manolo García se despedía de sus conciertos con un “¡salid y multiplicaos!”, algo que estaba claro que había sucedido. Portet presentó esta gira de doce conciertos que acaba de arrancar como un “lugar para poder huir de las férreas estructuras familiares”, aunque también aclaró que suponía el placer de “volver a tocar con la banda después de tantos años”. Pero, por encima de todo, sentimos que estaban ahí por nosotros, su público, los que hemos dado sentido a estos treinta años en los que en lugar de olvidarles hemos hecho crecer su estela.

Cuando se impuso la noche descubrimos que, en realidad, se había teñido el “día color de melocotón” y, definitivamente, ya “nadie fue más que nadie”. Todos unidos por esa rítmica que tan bien supo sostener Quimi, sin florituras pero encendida de pasión, y por esa entrega desmedida de Manolo, que nos llevó a todos en volandas, da igual si afrontaba la más introspectiva “No me acostumbro” o la ecologista “Dios de la Lluvia”, que tras implorarle concedió un merecido respiro a la fina lluvia hasta el final del concierto. Músicos y público fuimos realmente una masa unida, por muy grande que fuera el recinto. Creo que todos sentimos que compartíamos un trocito de la historia de nuestra música reciente, que formábamos parte de algo único, de eso que tanto tiempo habíamos estado esperando, pero que tampoco habíamos pedido. Ellos nos lo concedieron porque sintieron que era el momento, y porque, si un día quisieron echar el freno al entender que no tenían nada más que aportar, de la misma manera ahora quisieron darse el lujo de subirse de nuevo al escenario para disfrutar del gran baño de masas que tanto han merecido siempre. Sin grandes pretensiones. Sólo por puro placer.

Con “Soy un Accidente” se acordaron de todos los músicos catalanes que les marcaron el camino en los setenta, de Pau Riba a Sisa o Lluís Llach, y reivindicaron la cultura catalana recibiendo una enorme ovación. “La Piedra Redonda” resonó por todos los rincones del Estadio con su coraza eléctrica, aire con el que también vistieron a “Mar Antiguo”, que se salió un poco de su estructura original por su mayor contundencia en directo. Eso no significó que no encendiera la llama en forma de linternas de móviles, que inundaron las gradas ante una de las baladas más emblemáticas de su discografía. Aunque para emblemáticas bastaba con mirar atrás y ver que, casi sin darnos cuenta, ya se habían sucedido, en esta sucesión de éxitos incontestables que fueron los ciento treinta minutos de actuación, “Sin Llaves”, “Aviones Plateados” o “El Loco de la calle”, con un Pedro Javier González aportando maestría a la guitarra española. No pararon de sonar himnos, y a cada cual con mejor recibimiento, porque los allí congregados sabíamos que cada vez que escuchábamos una de estas canciones probablemente fuera la última vez que íbamos a hacerlo en directo.

Desde el cancionero de los Burros rescataron también “Disneylandia” (y una oportuna “Conflicto Armado” en los primeros compases de la noche), que sirvió para bajar el pulso antes de afrontar las más enérgicas “Cuando el mar te tenga” (con ésta ninguno de los que permanecían sentados en las gradas pudieron seguir haciéndolo), “El que canta su mal espanta” o “Canta por mí”, con un intro de guitarra española que nos puso los pelos de punta. Con “Llanto de Pasión” Manolo se fundió en un abrazo con las primeras filas, sin olvidar las dificultades que supuso bajar de ese pequeño avance al frente del escenario, cuyo suelo proyectaba coloridas imágenes y que le hizo sufrir para no patinar en más de una ocasión por el fino barniz húmedo que lo cubrió. Dedicaron esta recta final que ya se vislumbraba para el colectivo de agricultores y ganaderos a los que siempre tuvieron estima, así como a los sufridores autónomos. De nuevo otra calurosa ovación y el éxtasis con “Lápiz y Tinta”. Me atrevería a afirmar que ésta siempre fue una de sus mejores composiciones y así fue recibida, luciéndose además con un discreto pero oportuno solo del bueno de Quimi.

Si alguien esperaba sorpresas, las iba a tener, pero no en forma de oportunas colaboraciones encima del escenario. No fue exactamente eso. Sin tener que decirlo directamente, desde que sonó la enigmática “Sara”, y hasta el final del concierto, la hija de García se hizo con un sitio destacado al frente del escenario (y una buena cuota de pantalla). Tocó la eléctrica con tanto desgarro como finura. Se hizo cargo de la mayoría de los solos que quedaban por afrontar (espacio que le cedió el hasta entonces encargado de ello Josep Lluís Pérez) y le sentimos como una pieza clave de este engranaje. No fue algo forzado, fue necesario y revelador. Imprimió carácter a la garra de “Lejos de las Leyes de los Hombres” (donde los característicos toques de teclado de Juan Carlos García destacaron por encima del resto) y se lució con el potente solo de “Dulces Sueños”, donde también hubo espacio para Quimi Portet y Josep Lluís Pérez, poniendo el broche al grueso del set.

Nos pidieron seis minutos para cambiarse de muda y nos dejaron con una colección de vídeos de sus primeros años que sirvieron de interludio antes de la traca final (sí, hubo algo de confeti y fuego en el escenario, que para eso estábamos en un concierto de gran tamaño). Con las maracas en mano y una española con alma, “Ya no danzo al son de los tambores” nos hizo “confiar” a pesar de “confundirnos”, como reza su letra, porque con las canciones de El Último de la Fila hemos confiado siempre aunque nuestra “barca zozobre”. Ese es su gran misterio, el que ha mantenido sus grandes canciones a flote después de tantos años. Como si su fórmula hubiese quedado intacta. “Los Ángeles no tienen hélices” confirmaron que aquel “Enemigos de lo Ajeno” era el que acaparó más protagonismo durante la velada. Para algo cumple también en este año cuarenta desde su lanzamiento y, como siempre ellos han admitido, es al que más cariño le tienen por todo lo que supuso de afirmación en su carrera, a pesar de las dificultades iniciales vividas. Para el que esto escribe todavía habría adquirido un punto mayor de perfección la noche con un poco más de peso para su último disco “La Rebelión de los Hombres Rana”, pero hablamos de himnos incontestables y quizá en ese disco se quedaron algo cortos en este sentido. Aún así, sentí que no había nada que reprochar a un repertorio de este calibre, donde ni por un momento se bajó la guardia (brilló el citado “Enemigos de lo Ajeno” pero también el fantástico “Como la cabeza al sombrero”), llegando para la recta final “Como un burro amarrado a la puerta del baile” y el mayor himno popular de nuestra historia: una “Insurrección” que nunca nos cansaremos de cantar. Nunca.

Sin lugar a dudas, El Último de la Fila había hecho explotar el Estadi Olímpic (y seguro que repite la jugada el próximo jueves), había recogido toda su cosecha en casa. Despertaron del letargo para regalarnos una de las mejores noches que podremos recordar sus incondicionales. Un evento histórico, que puso el broche con la mítica versión de “El Rey”, de José Alfredo Jiménez, y con todo el mundo dejando atrás males y disputas. “No es que el tiempo lo cure todo”, ni tampoco que la reunión de estos dos titanes sane todo mal, pero sin duda “puede ayudar”. ¡Y vaya si lo hizo! Los raros de la clase, los incomprendidos, los extravagantes e insólitos, los últimos de la fila fueron por una vez, y para siempre desde el pasado domingo, los primeros.

Courtney Barnett: "Creature of Habit"


Por: J.J. Caballero. 

 Ser joven, lista y talentosa no es algo tan positivo en la práctica. La teoría parece asegurarte, o al menos vaticinar, un éxito de efecto incierto, pero los avatares y tumultos personales suelen jugar un papel clave en la evolución y el devenir de una artista de esas características aparentemente tan favorables. El caso de la australiana Courtney Barnett es uno de esos en los que el peso de su propia historia intenta equilibrarse con el de una obra artística normalmente condicionada por las circunstancias. 

En “Creature of habit”, el cuarto trabajo discográfico de una carrera hasta ahora algo irregular, hace balance de daños recapitulando causas y efectos y sin necesidad de mostrarse innecesariamente explícita. Sí deja sin embargo claves de por dónde han ido los tiros en sus vaivenes emocionales en los cinco años transcurridos desde su anterior entrega, un disco indefinido y agotador en el que su carrera parecía derivar por sendas indefinidas. Ya en el magnífico documental “Anonymus club” se desvelan tormentas y nubarrones varios, marcados entre otros hechos por su mudanza a Los Ángeles y la ruptura con pareja y sello, precisamente el que fundó junto a ella. Si todo, o al menos una buena parte, parecía perdido, lo mejor que podía hacer –y lo hizo- era ponerse a escribir canciones y grabarlas en cuanto todo encajara de nuevo.

Tener grandes amistades y tirar de ellas cuando la ocasión lo requiere sí es algo realmente apreciable. La buena de Courtney recurre en este disco a vínculos artísticos tan propicios como los de Stella Mozgawa (batería de Warpaint), músicos de Floating Points o la mismísima Waxahatchee, otra outsider dispuesta a echarle un cable en la resultona “Site unseen”. Pero lo que pocos esperábamos era la colaboración del reciclado Flea en una pieza más electrificada que la media titulada “One thing at a time”, a la que aporta bajo y presencia.

El recorrido sonoro se detiene en rotondas de tránsito tranquilo como “Wonder”, casi la nueva marca de fábrica de un sonido a veces destartalado, a veces potente en melodías como sucede en la casi perfecta “Sugar plum” o la modélica “Mantis”. Los graves atemperados de “Stay in your lane” o el atractivo pop de “Great advice” hacen la ruta aún más placentera, sin grandes sobresaltos y con paradas en paisajes raquíticos como el de “Mostly patient”. Cuando en “Same” decide dejarse arrastrar por la modernidad de los sintes y bases electrónicas, algo que no parecía encajar con sus principios, resulta ciertamente encantadora, lo mismo que si añade un gorjeo de aves y cielos cristalinos a la estampa final de “Another beautiful day”. Son distintas formas de adorar lo que hace y lo que escribe.

Dudas disipadas, no tanto a nivel personal, donde su tradicional fragilidad sigue exhibiéndose a sus anchas, como en el ámbito artístico, para el que a partir de ahora debemos tenerle reservado el lugar de privilegio que mereció casi desde el principio. En el lado más alternativo de nuestra discoteca siempre habrá un hueco para que el despiece emocional que nos plantea Courtney Barnett nos haga plantearnos eternas preguntas que sólo ella sabe responder. O no, que en verdad es lo de menos.