Teenage Fanclub: "Intentamos actuar por instinto y hacer lo que queremos"


Por: Àlex Guimerà. 

Muchos grupos miden su éxito en estadios llenos y presencia en los medios, luego hay otros como los Teenage Fanclub cuyo éxito se puede medir por el respeto y la devoción tanto de sus seguidores como de sus compañeros de profesión. En la década de los noventa fueron considerados al unísono, por figuras de la talla de Kurt Cobain o los hermanos Liam y Noel Gallagher, como "la mejor banda del mundo". Sin embargo los escoceses han sabido esquivar las trampas de la fama y la nostalgia masiva para construir disco a disco una de las trayectorias más honestas, sólidas y bellas del pop de los últimos años.

A las puertas de publicar su esperadísimo decimotercer álbum de estudio, "Do Not Dare To Dream" (Merge Records), y en plena cuenta atrás para una completísima gira que los llevará a recorrer 12 ciudades el próximo mes de octubre, nos sentamos a charlar con Raymond McGinley, guitarrista fundador de la banda y uno de sus compositores históricos junto a Norman Blake y Gerry Love.

FECHAS, CIUDADES Y SALAS DE LA GIRA ESPAÑOLA: 04 de octubre de 2026 San Fernando (Cádiz) Real Teatro de Las Cortes / 05 de octubre de 2026 Sevilla Sala Custom / 06 de octubre de 2026 Granada Teatro Caja Granada/  07 de octubre de 2026 Murcia Sala Mamba! (Las Noches del Malecón) / 09 de octubre de 2026 Santiago de Compostela Sala Capitol / 10 de octubre de 2026 Oviedo Kuivi Almacenes / 11 de octubre de 2026 Bilbao Kafe Antzokia / 12 de octubre de 2026 Zaragoza Jardines de Invierno / 14 de octubre de 2026 Pamplona Zentral 15 de octubre de 2026 Madrid LAB The Club / Wagon / 16 de octubre de 2026 Valencia Sala Moon / 17 de octubre de 2026 Barcelona Razzmatazz 2 

Han pasado más de 30 años desde que os juntasteis en Bellshill. Cuando escucháis hoy vuestros primeros trabajos como "A Catholic Education", ¿reconocéis a los músicos que grabaron aquello o os sentís como personas completamente diferentes? 

Raymond McGinley: Creo que cuando escuchamos "A Catholic Education" —o cuando yo lo escucho, que no es muy a menudo—, recuerdo que al grabarlo simplemente intentábamos hacer lo nuestro y ser nosotros mismos; lo hicimos en cierto modo aislados. No habíamos dado conciertos; queríamos grabar el disco y lanzarlo después, de modo que la banda ya existiera para entonces. Y lo que hacemos ahora es prácticamente lo mismo. Así que esas personas suenan, ya sabes, un poco diferentes. 

Grabamos "A Catholic Education" hace ya 37 años. Pero en cuanto a nuestro enfoque de entonces y el de ahora, simplemente hacemos lo que nos apetece. Eso sí, lo que nos apetecía hacer en 1989 es ligeramente distinto a lo que nos apetece hacer en 2026. Pero reconozco perfectamente a esas personas, porque al volver a escuchar lo que hicimos hace tantos años no me parece un mundo ajeno. Simplemente suena a que estábamos haciendo... a que seguíamos haciendo lo nuestro, lo que hacemos siempre. Hacemos lo que nos apetece en cada momento sin cuestionarnos si es lo correcto, o si deberíamos probar otra cosa; intentamos actuar por instinto y hacer lo que queremos. Eso es lo que hicimos entonces y, en realidad, es lo que seguimos haciendo ahora. 

"Bandwagonesque" os situó en el mapa mundial de la música independiente en 1991, compitiendo en las listas del año incluso con el "Nevermind" de Nirvana. ¿Sentisteis en algún momento que el éxito de ese disco fue una bendición o una presión añadida para el futuro de la banda?

Raymond McGinley: Bueno, con "Bandwagonesque" entramos en un mundo de expectativas diferentes, sobre todo en Norteamérica; estábamos en el mismo sello discográfico que acababa de publicar "Nevermind" de Nirvana, y creo que Sonic Youth también estaba allí. Existía la expectativa de que bandas como la nuestra podían vender millones de discos. Así que, para algunos de los que rodeaban a la banda, la situación se veía así: es mejor que tu sello espere que vendas millones de discos a que no vendas nada, ¿sabes? Supongo que es la situación que uno preferiría. Pero nos desconcertaban un poco algunas de esas expectativas y lo que ocurría a nuestro alrededor. Fuimos a "Saturday Night Live", lo cual estuvo genial, pero para nosotros era simplemente un programa de televisión del que nunca habíamos oído hablar. Y luego te decían: "Hay 20 millones de personas viéndolo en directo en Norteamérica». Nosotros pensábamos: "Bueno, es solo televisión, ¿no?". Nos lo tomábamos con calma, sin darle demasiadas vueltas. No sentíamos tanta presión. Simplemente teníamos mucho trabajo. Y cuando de repente la gente empieza a tratarte de forma muy distinta —me refiero al público que conoces en los conciertos, cuando parece que eres una banda más grande y la gente reacciona ante ti con una especie de admiración reverencial—, resulta un poco extraño. Eran cosas nuevas a las que debíamos adaptarnos en aquel momento. Pero, personalmente, disfrutaba de lo extraño que resultaba todo aquello. No sentí presión alguna. 

En vuestros inicios formasteis parte de una escena escocesa increíble junto a bandas como The Vaselines, BMX Bandits o The Pastels. De Glasgow también eran Texas, Jesus & Mary Chain o Wet Wet Wet. Luego han aparecido bandas como Belle & Sebastian, Travis, Camera Obscura,... De hecho con Belle and Sebastian compartís bajista, Dave (McGowan), que por cierto hace poco los ví en mi ciudad, y vuestro baterista Francis (Mc Donald) es el mánager de Camera Obscura. 

Raymond McGinley: Sí, es cierto...

¿Qué tiene Glasgow para que surjan tantas bandas capaces de crear tantas melodías atemporales?

Raymond McGinley: Supongo que hay algo en Glasgow, tal vez una sensación de que formar una banda es algo natural. Simplemente hacerlo. Creo que a la gente le gusta la idea ese concepto frente al del genio individual o algo así. A la gente le gustaba la Velvet Underground, igual que en todo el mundo, y la tenía idealizada, pero también seguían a The Beatles, The Rolling Stones y cosas por el estilo. Creo que siempre ha habido esa inclinación natural entre mucha gente que conocemos a decir: "Oye, vamos a formar una banda y hacer algo", pero también a hacer algo en conjunto, a poner algo en marcha con otras personas. 

Porque una de las cosas más importantes para nosotros era simplemente meternos en la parte trasera de una furgoneta e irnos de gira. Francis grabó el primer álbum y luego tuvo que irse a la universidad y entró Brendan O'Hare en el grupo. Entonces, Norman, Brendan, Gerry y yo nos metimos de gira y empezamos a recorrer el Reino Unido y Europa. Y todos estaban listos para la acción. Creo que todos queríamos hacer algo, pero el motivo era precisamente ser una banda; haciendo cosas juntos nos sentíamos bien. Y queríamos que la banda fuera una banda, en todo el sentido de la palabra. No es como en esos grupos donde hay una persona especial y los demás quedan desenfocados al fondo de la foto o algo así. A nosotros nos gustaba, y lo sigue haciendo, que la personalidad de cada uno desempeñe un papel en la música que creamos y en cómo nos presentamos en el escenario. Y nos sentimos bien al hacerlo. Pero, por la razón que fuera, mucha gente en Glasgow compartía también ese deseo de formar una banda y... ya sabes, a veces es simplemente la idea de estar en un grupo, sin que necesariamente hagas gran cosa de cara a los demás. Quieren recorrer el planeta entero, tal como hicimos nosotros.

Desde el principio de Teenage Fanclub establecisteis una dinámica democrática de composición entre tu, Norman y Gerard. ¿Cómo ha funcionado y protegido esa fórmula la salud interna del grupo a lo largo de las décadas? 

Raymond McGinley: Al principio, cuando Brendan se unió a la banda, la situación era tal que también él formaba parte esencial en ella; los cuatro estábamos y nos considerábamos socios en igualdad de condiciones en todo el proyecto. Eso le incluía a él, no éramos solo tres. Discutíamos las cosas, compartíamos la toma de decisiones y todo ese tipo de cuestiones. Creo que parte de ello consistía simplemente en reconocer que, en aquel momento, nadie cobraba ni nada por el estilo. Todos habían sacrificado sus vidas para meterse en la parte trasera de una furgoneta, salir a tocar donde fuera y entregarse por completo al proyecto. Así que pensamos que debíamos compartirlo todo, ya que cada uno estaba invirtiendo su vida en ello. 

Ahora las cosas son algo diferentes, en el sentido de que trabajamos con personas que tienen otros proyectos en marcha. Básicamente, somos Norman y yo quienes componemos las canciones y organizamos los asuntos de la banda. Supongo que como has dicho Francis tiene sus propios proyectos, Dave toca con Belle and Sebastian y Euros Childs, y ellos tiene su propia trayectoria. Pero para nosotros es importante que la música que hacemos —tanto por parte de Euros, Dave y Francis como de Norman y yo— refleje la personalidad de todos los implicados. 

Cuando estamos en el estudio, todos aportan su talento musical al conjunto de la obra. Y, al escuchar el resultado, lo que busco —tanto antes de entrar a grabar como después— es percibir la personalidad de quienes han participado. Sin duda, hoy en día puedo apreciar eso, por ejemplo, en la interacción entre Euros y Dave: ambos tocan de forma muy melódica. Euros no se limita a tocar acordes en el teclado; crea contramelodías. Y Dave también lo hace con el bajo. Hay mucho movimiento melódico y cosas así, y la forma en que Francis toca la batería no es mecánica; él toca con sentimiento, con swing. Y, al igual que en el primer álbum, simplemente queríamos sonar como personas expresándose, sin obsesionarnos con cosas como "éstas son mis ideas" o "tienes que hacer lo que yo diga". Sé que hay bandas que tienen esos problemas, pero nosotros intentamos evitarlos. Lo logramos creando un ambiente en el que, cuando estamos juntos, todos se sienten libres de decir lo que piensan y de expresarse musicalmente. Y cuando digo "decir", me refiero a que la mayor parte ocurre a través de la música, no de las palabras. No es que alguien diga: "Creo que debería tocar esto en esta canción"; simplemente empezamos a hacerlo. Simplemente nos ponemos a tocar y las cosas surgen solas.  Así que sí, para nosotros es importante que, si la música va a valer la pena, surja de la personalidad de cada uno de los integrantes. 

De la distorsión ruidosa y fuzz de los primeros años pasasteis a la artesanía pop resplandeciente de "Grand Prix" (1995) y "Songs from Northern Britain" (1997). ¿Fue un cambio consciente o simplemente la consecuencia natural de haceros mejores músicos? 

Raymond McGinley: Nunca hubo un cambio de estilo consciente. Como decía antes, simplemente hacemos lo que nos apetece en cada momento. Y tal vez otra cosa que influyó fue que, al principio, cuando intentábamos grabar guitarras con un sonido más limpio, no sonaban tan bien; quizá porque no sabíamos muy bien cómo hacerlo. Pero con el tiempo fuimos encontrando formas de sacar más riqueza a esos sonidos limpios, formas que creíamos que funcionaban. Y, de nuevo, no fue algo premeditado. Simplemente nos dirigimos hacia un sonido que, sin llegar a estar totalmente saturado, conservaba cierto grado de distorsión o empuje. Además, estábamos usando cosas diferentes. Pero también sentíamos que la potencia —y el impacto de la música— no tenía por qué provenir necesariamente de un sonido ruidoso o saturado. Se puede lograr esa misma potencia a través de la interpretación o de la forma en que tocas la guitarra. Supongo que la fuerza también puede surgir de la melodía, de la letra de la canción o de otros elementos. Es un tipo de impacto diferente. Así que creo que empezamos a buscar un impacto distinto: uno que naciera más de la expresión humana que del tono en sí. Pero nunca nos cerramos a nada. Si hiciéramos otro álbum y compráramos pedales de fuzz nuevos, por ejemplo, y pensáramos: "Me encanta este pedal, quiero usarlo en todo". Pues eso es lo que haríamos.

Durante los años 2000 con discos como "Howdy!" o "Man-Made", vuestro sonido se volvió más reflexivo y acústico. ¿Cómo recuerdas esa etapa vital en comparación con los agitados noventa? 

Raymond McGinley: Cuando hicimos "Manmade" —y por aquella época— la sensación era buena, la verdad, porque estábamos con Creation Records, al menos en Europa. Empezamos con Paper House Records para el primer álbum y luego estuvimos con Creation Records hasta el álbum "Howdy". Para cuando llegamos a "Howdy", Creation ya había cerrado y terminamos trabajando con la gente de Sony, que se había quedado con el negocio de Creation, por así decirlo. Fue una situación un poco extraña porque tratábamos con gente que no conocíamos, aunque muchos de ellos eran muy amables y todo eso. Pero la situación resultaba un poco rara. Así que, una vez que terminamos nuestra relación con Sony y estábamos preparando "Manmade", volvimos a la dinámica de grabar un álbum y luego publicarlo. Básicamente, volvimos exactamente al mismo método que usamos para "Catholic Education". Por ejemplo, con "Manmade", nosotros mismos pagamos la grabación. Fuimos a Chicago y trabajamos con John McIntyre en su estudio. Actuábamos por nuestra cuenta, sin depender de las expectativas de nadie. Una vez terminado el álbum, simplemente hablábamos con gente y les decíamos: "Oye, hemos hecho este disco, ¿os interesaría publicarlo?". Eso fue lo que hicimos con Merge Records en Norteamérica en aquel entonces; ahora trabajamos con ellos en todo el mundo. También hablamos con gente de Vital Distribution y nos dijeron que sí, que lo publicarían. Fue una buena sensación porque todo era muy sencillo; no es que tuviéramos el control absoluto, pero cuando trabajas con personas que tú has elegido —y que te han elegido a ti—, la vida es más fácil. 

Con el álbum anterior, la etapa de "Howdy", la relación surgió un poco por inercia, ¿sabes?, y por eso resultaba algo extraño. Con "Manmade", sentíamos que habíamos recuperado una vida más sencilla en cuanto a cómo interactuábamos con el mundo exterior y todo eso. Fue una sensación agradable. Lo pasamos muy bien en Chicago grabando aquel disco durante un invierno muy frío; creo que fue en 2004. 

Unos años más tarde, en 2018, la salida de Gerry supuso un punto de inflexión significativo para la banda y para los fans. ¿Cómo afectó su marcha a la dinámica creativa de Teenage Fanclub y cómo redefinisteis el camino a seguir? 

Raymond McGinley: Bueno, obviamente, cuando Gerry dejó la banda ten en cuenta que habíamos trabajado con él desde 1989; así que llevábamos casi 30 años trabajando juntos. Como es lógico, eso iba a afectar a la dinámica. Y esto se relaciona con lo que decía antes sobre nuestra forma de trabajar: las personalidades son importantes. Cuando la gente trabaja como nosotros lo hacemos, todos los presentes —y todos los miembros de la banda, estén o no allí físicamente— influyen no solo en el sonido, por así decirlo, sino también en la forma en que interactuamos entre nosotros. Así que, evidentemente, eso tuvo su impacto. Pero, una vez que supimos que Gerry quería dejar la banda, decidimos volver rápidamente al estudio para crear material nuevo de inmediato y ver cómo funcionaba esta nueva etapa. Queríamos tener canciones nuevas listas para tocar en cuanto empezáramos a dar conciertos sin Gerry. No queríamos que nos vieran simplemente como una banda del pasado o un grupo nostálgico; nos consideramos una banda actual. 

Por eso fuimos a un estudio en Hamburgo en enero de 2019. Gerry se marchó, creo, en noviembre de 2018; así que, apenas seis semanas después, volvimos al estudio para retomar la creación de música nueva. Contamos con Euros para los teclados, y David pasó de los teclados al bajo, ya que él es bajista. Simplemente nos ponemos a trabajar en canciones nuevas y material inédito, tal como siempre lo hemos hecho. Y pensamos: "Oye, sí, esto se siente realmente bien". 

Hemos vivido cómo cambian las dinámicas; ya nos pasó en los inicios, cuando pasamos de tener a Francis en la batería a tener a Brendan. En nuestro primer álbum, algunas canciones las tocó Francis y otras Brendan. Si las escucho, me suenan completamente diferentes. Incluso hay temas que Brendan volvió a grabar después de que Francis los hubiera hecho originalmente. La sensación general es distinta. No es cuestión de si es bueno o malo; simplemente es así. Hemos pasado por muchas cosas. Hubo una etapa en la que Brendan no estaba y entró Paul; luego Paul siguió en la banda y Francis también estaba... Hemos atravesado varios cambios. Pero con quien más tiempo hemos estado es con Gerry. Sin embargo, somos personas optimistas. Y esta banda que hemos construido a lo largo de los años es el mundo en el que vivimos a la hora de crear música juntos. Así que simplemente mantuvimos el optimismo y nos enfocamos en lo siguiente: "Vale, ¿qué viene ahora?". Y aquí estamos, en esta nueva realidad. Simplemente afrontamos la situación en la que estamos. 

Este próximo 9 de octubre publicáis un nuevo trabajo, "Do Not Dare to Dream", que hemos podido escuchar y nos parece una maravilla. Un disco lleno de sensibilidad ideal para detener el tiempo y degustarlo, y para mi uno de los mejores discos pop de los últimos años. ¿Qué nos puedes contar del nuevo álbum? 

Raymond McGinley: Bueno, en cuanto al nuevo álbum, empezamos a grabarlo este año, a finales de enero, en un estudio llamado Black Bay Studios; está muy al noroeste de Escocia, en una de las islas más remotas, concretamente en una pequeña isla situada al otro lado de esa otra isla mayor, llamada Great Bernara. Siempre estamos buscando nuevos lugares a los que ir. Dejamos bastante trabajo pendiente para cuando llegamos al estudio, como terminar canciones y cosas por el estilo. Así que queremos que el lugar elegido tenga cierto impacto en el sonido del disco. Y creo que el sonido de un disco es algo fortuito, en cierto modo. Tienes una idea de lo que vas a hacer, pero más allá de lo que pienses, las cosas surgen como surgen, ¿sabes? Y pasamos una buena temporada allí, un par de semanas. Además, creo que cuando nos disponemos a grabar un disco, no tenemos una idea exacta de cómo será el resultado; yo aún no sé cómo son las canciones de Norman porque no están terminadas, y él tampoco sabe cómo son las mías. Tampoco sabemos qué sentiremos todos una vez que entremos en el estudio. Así que nos gusta arriesgarnos y ver qué pasa. Estamos satisfechos con el resultado final. Creo que hay arreglos de teclado muy buenos en este disco. Creo que Euros tocó partes de sintetizador y pequeños detalles... musicalmente, hay cosas muy buenas. Y, en cuanto a las letras, supongo que Norman y yo simplemente intentamos expresar cómo nos sentimos en ese momento concreto. Pero sí, estamos bastante contentos con cómo ha quedado todo.

El título "Do Not Dare to Dream" ("No te atrevas a soñar") suena a la vez a advertencia realista y a una ironía melancólica. ¿De dónde surge esta frase? 

Raymond McGinley: Bueno, a Norman se le ocurrió eso porque —no sé si a vosotros os pasa lo mismo- aquí vemos muchas cosas tipo meme, o esos cartelitos inspiradores que dicen «vive, ríe, ama» o «atrévete a soñar»... ya sabes, esa especie de mensaje insulso de «piensa en positivo y todo se hará realidad»...Ya sabes, ese tipo de cosas. No fue idea mía; fue de Norman. Él decía que esas cosas de «atrévete a soñar» son un poco ridículas. Así que la idea es más bien «no te atrevas a soñar». Pero también creo que los títulos de los álbumes deben tener un efecto que permita a la gente proyectar sus propios pensamientos en ellos; que signifiquen lo que cada uno quiera que signifiquen. Por eso conviene que sean un poco enigmáticos. Creo que el título de un álbum no tiene por qué significar algo concreto; basta con que transmita una cierta sensación que acabe asociándose al disco. Piensa, por ejemplo, en un álbum como "Man Made" o algo así. No recuerdo exactamente el proceso mental; creo que fui yo quien propuso llamarlo "Man Made". Pero el título transmite una cierta atmósfera, una sensación propia del disco. Así que sí, al final el título se convierte en una especie de lienzo en blanco donde la gente proyecta su propia interpretación de lo que significa. 

Leía hace poco el músico argentino Fito Páez que decía en contra del abuso de las tecnologías algo así como que si hubiera un apagón, la mayoría de discos y música desaparecerían. Vuestro nuevo disco es fundamentalmente acústico ¿Es una vuelta a los orígenes de la música? 

Raymond McGinley: La era moderna de la música grabada ha sido en realidad un periodo muy breve dentro de la historia de la creación musical humana. Es como... bueno, la gente —y quizá siempre haya sido así— tiende a pensar que nuestra época es la más importante y que lo verdaderamente relevante ocurre ahora. ¿Cómo podría haber existido algo antes de que las cosas fueran como son hoy? La música grabada no lleva tanto tiempo entre nosotros; bueno, supongo que ya se acerca a los cien años o algo así. Pero, comparado con los miles de años que llevamos haciendo música, es casi nada. Así que, pase lo que pase, la gente seguirá haciendo música, ya sea como lo hacemos ahora, o simplemente entre amigos o familiares tocando unos para otros, o de cualquier otra forma. 

Al hacer este disco queríamos que sonara natural, porque actualmente es muy fácil crear un álbum con solo pulsar un botón y dar una instrucción; la tecnología genera música que, si quieres, suena perfecta. Así que ya no tiene mucho sentido buscar eso. La máquina ya puede crear un disco perfecto a base de un pastiche de todo lo que se ha hecho anteriormente. 

Este próximo mes de octubre hacéis una gira española por hasta 12 ciudades, terminando en mi ciudad Barcelona el día 17. ¿Qué tiene nuestro país a diferencia de otros países como Francia o Alemania que tanto éxito tenéis? 

Raymond McGinley: Estamos muy contentos con eso, la verdad. Hemos conocido a gente estupenda a nivel local, con quienes trabajamos. Pero creo que hay algo que se remonta a nuestros inicios; creo que la primera vez que tocamos en España fue con Nirvana, allá por 1992. Y, por lo general, siempre hemos sentido una buena conexión con el público; nos ha parecido un público muy entendido a la hora de captar la música, pero también muy entusiasta, sin pretensiones ni aires de grandeza, lo que permite que la gente se exprese con total libertad. Nos encanta esa sensación de comunidad, esa percepción de que algo especial está a punto de ocurrir en la sala. Y ojalá siga así por mucho tiempo. Nos fascina. 

Tenéis un público fiel que os ha acompañado durante más de tres décadas. ¿Cuál es el secreto para mantener la frescura y la honestidad en el escenario sin caer en la mera nostalgia? 

Raymond McGinley: Bueno, una de las cosas que hacemos conscientemente es tratar de evitar caer en demasiada nostalgia. Creo que estamos contentos siendo quienes somos ahora. Es decir, estaría muy bien tener 37 años menos, como en 1989. Pero sería un poco triste intentar ser aquellas personas siendo quienes somos ahora. Y cantar las canciones antiguas está bien, pero también queremos hacer temas nuevos; nos gusta avanzar un poco. Para nosotros, es una sensación mejor intentar ser nosotros mismos ahora, haciendo lo que queremos hacer en este momento. Preferimos eso, integrar todo lo que hemos hecho y que todo forme un todo coherente, a simplemente decir: "Oye, el grupo se separó hace 20 años y nos hemos reunido porque alguien nos ofreció mucho dinero para celebrar la época de principios de los 90", o algo así. No pretendo faltar al respeto a nadie que haga eso; todo el mundo tiene que ganarse la vida. Y quién sabe, puede que llegue un momento en el futuro en el que acabemos haciendo eso durante una temporada. ¿Quién sabe? Pero, mientras podamos, preferimos ser nosotros mismos ahora. Nos gusta grabar discos nuevos y nos gusta tocar las canciones de siempre. No hay ninguna etapa de nuestra historia de la que nos avergoncemos. Creo que nos mantenemos frescos simplemente haciendo siempre lo que queremos y lo que nos apetece hacer. Nunca —o más bien, tratamos de no hacerlo— cuestionamos nada en absoluto. 

A menudo se os etiqueta como los herederos del power pop de Big Star o The Byrds. ¿Os sentís cómodos con estas etiquetas hoy en día o creéis que encasillan vuestra música? 

Raymond McGinley: Bueno, el término power pop no significa tanto para mí como para mucha gente; ya sabes, el género en sí no suele tener tanta importancia. Creo que el primer concierto al que asistí fue de Todd Rundgren —bueno, era Todd Rundgren's Utopia—; a Todd Rundgren se le consideraría más tarde una especie de icono del power pop o algo así, pero aquel concierto de 1977 pertenecía más bien a la era del rock progresivo, aunque él seguía tocando temas muy cercanos al pop. Sin embargo, la etiqueta power pop a veces hace que algunos de los discos de las bandas que has mencionado —digamos, los de The Byrds o... ya sabes, siempre decimos que es curioso que sean bandas cuyos nombres empiezan por "The": The Byrds, The Beach Boys, The Beatles, Badfinger, etcétera— parezcan más grandes y ricos de lo que el término power pop sugeriría, en mi opinión.

Cada persona tiene su propia manera de describir lo que le gusta en cuanto a música y demás; personalmente, el tema de los géneros siempre me ha resultado un poco confuso. Yo tiendo a pensar que cada disco es diferente; cada álbum de The Beatles es distinto, y lo mismo ocurre con los de The Byrds, así que me resulta difícil ponerle una etiqueta concreta a cualquier cosa. 

Mirando hacia el horizonte, después del lanzamiento del disco y de completar la gira ¿qué le queda por cumplir o experimentar a Teenage Fanclub? 

Raymond McGinley: Lo único que nos queda por lograr y experimentar es simplemente más de lo mismo, siempre y cuando tengamos ganas y nos sintamos bien haciéndolo. Ya sabes, puede llegar un momento en el que digamos: "Bueno, ¿sabes qué? Ya he tenido suficiente de esto". Pero por ahora no es así; seguimos disfrutándolo y queremos seguir sintiendo eso... quienes grabamos discos sentimos una especie de necesidad extraña de crear algo que se convierta en un disco que otros escuchen, y esa sensación persiste. No se siente como una obligación ni como algo que hacemos por dinero; simplemente es nuestra vida y es lo que hacemos. Si esa sensación cambia, probablemente dejaremos de hacerlo, pero de momento no es así. Ese día llegará, claro, en algún momento —ya sea por accidente, por elección propia o ajena, por azar o lo que sea—, pero ahora mismo estamos disfrutando del momento, de hacer lo que hacemos y de ser quienes somos.

Jorge Drexler levanta la prohibición de bailar al público madrileño en el Movistar Arena


Movistar Arena, Madrid. Sábado, 26 de septiembre del 2026. 

Texto: Guillermo García Domingo. 

Fotografías: Marián Bujanda Bravo. 

La gira “Taracá” ha devuelto al cantautor uruguayo desde Latinoamérica a su casa, a la ciudad a la que llegó en 1995, animado por la invitación que le había hecho Joaquín Sabina. Siempre cuenta este episodio a propósito de “Pongamos que hablo de Martínez”, pero esta vez lo hizo cuando llegó el momento de interpretar “Cuando cantaba Morente”, ya que al poco de llegar a Madrid acompañó a Sabina a un concierto en Granada y esa misma noche conoció en el Sacromonte al maestro flamenco. 

Quién le iba a decir a Drexler que, 30 años después, él mismo ofrecería un concierto como el del sábado, en el que durante la parte central se convirtió de nuevo en ese buscavidas que llegó a la ciudad con su petate y dentro de él sus canciones, subido en una pequeña tarima, en medio del público, con la única compañía de su voz o si acaso de su guitarra, sobre la que cantó a capela “Las palabras”, “Guitarra y vos” con el acompañamiento de una asombrosa caja de ritmos electrónica, y “Al otro lado del río”, casi como lo hizo en aquella inolvidable entrega de premios de los Oscar en la que previamente le habían impedido cantar en el escenario este tema formidable dedicado a Ernesto Guevara antes de transformarse en el Che. Drexler canta incluso cuando habla, el “spoken word” posee a fin de cuentas su propia musicalidad. El público a través de una aplicación escogió “La trama y el desenlace”, y un Drexler magnánimo, como acostumbra, fue más allá y regaló además “La milonga del moro judío”, inspirada en los versos de Chicho Sánchez Ferlosio. Parece más lejana e imposible que nunca esta fábula sobre el entendimiento intercultural por culpa del genocidio que está perpetrando en Gaza el gobierno sionista. A continuación llegaron “Inoportuna” y “Soledad”, delicadísimas creaciones del compositor, que resultaron todavía más estimulantes gracias a la contribución del contrabajo de Alejandra López, y el vibráfono de Eva Catalá en “Amar y ser amado”.

El propósito de su disco y de esta gira, en la que los ritmos del Cono Sur y africanos, a través del cauce de los tambores del candombe uruguayo, tienen tanto protagonismo, era que tuviéramos la oportunidad de bailar pese a que el ambiente social y político de la ciudad no era el más propicio para ello. Los derroteros de las giras y los de las ciudades donde recalan a veces no coinciden. Y el pasado sábado la capital estaba convulsionada, bajo los ecos todavía de los sucesos acaecidos durante la semana y los manifestantes tomaban, a la misma hora del concierto, la emblemática puerta del sol para reclamar una solución urgente a la situación insostenible de la vivienda. Si alguien podía lograr que bailaremos era Jorge Drexler, persuasivo como pocos. Y de veras que lo consiguió en un espectáculo mestizo y emocionante. Aunque la ciudad que evocaban las palabras que escribió para un homenaje a la ciudad junto a Ketama ya no la reflejan de modo fidedigno. Como él mismo dijo con otra intención: “Es un privilegio vivir en Madrid”. Pues eso mismo está sucediendo. Literalmente. La habitabilidad hospitalaria ha sido sustituida por la hostilidad económica. 

Drexler no sólo está dotado de sensibilidad, también llama la atención su inteligencia. El concierto estuvo plagado de aciertos. Uno de ellos es que no alargaron las canciones más de lo necesario para que otras tuvieran cabida. La gira de “Tinta y Tiempo” destacó por su diseño fascinante. En esta nueva gira Drexler (y el director artístico/productor Carles Campi Campón) ha insistido en seguir los pasos de David Byrne y los Talking Heads en un show que integra perfectamente las proyecciones de vídeo en blanco y negro, la propia música, y la posición y el movimiento de los músicos. En ningún otro concierto, en un recinto tan difícil de gestionar, el sonido había sido tan excelso gracias a la labor de los técnicos de sonido y de los propios instrumentistas, cada uno con sus propios proyectos musicales, tal y como recordó el propio Jorge. Las canciones de este artista son idóneas para las voces femeninas como hemos podido comprobar en muchas ocasiones, y también durante el concierto. Eva Catalá (Percusión y vibráfono), Alejandra López (Contrabajo y voces), Miryam Latrece (Voces y samplers), y Flor Gamba (Voces y guitarra) hicieron suyas las canciones de Drexler.

En la primera y la tercera parte del concierto, en el escenario principal, el cantante nos invitó a un festival rítmico cuyo anfitrión eran los instrumentos de percusión. Dio comienzo la fiesta con los temas de “Taracá”, “Toco madera” “¿Cómo se ama?” “¿Hay alguien A.I.?”, siguieron otros de su amplio repertorio. La parte final, fue inaugurada con “Movimiento” y su oportuno mensaje: “Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, “Universos paralelos”, y “Tocarte”, en la que se acordó de Pablo Pablo, un prometedor artista que participó con C. Tangana en la creación de este tema, y que además es su hijo. El maestro Fernando Ramírez dirigió la rueda de candombe que improvisaron en el escenario cuando llegó el momento de “Tambor Chico”. Pero tuvo especial importancia, “Ante la duda, baila”, durante la cual Drexler en un estrado leyó algunas de las prohibiciones que han restringido el baile a lo largo de la historia. Aunque todavía quedaba por escuchar “Todo se transforma”, esta canción resumió por sí sola el sentido del concierto: el baile como desafío y liberación en un tiempo ominoso.

La energía punk del FIZ


Sala Multiusos del Auditorio. Zaragoza, Sábado 26 de septiembre de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Veinticuatro años de FIZ y nunca nos cansamos. Fieles a su ceremonia de acólitos "indies" (aunque a estas alturas ya podríamos cambiar este calificativo sin miedo alguno) en la última edición del festival hemos presenciado, sin lugar a dudas, su cara más punk y acelerada de su larga trayectoria. Las guitarras ásperas se impusieron de forma unánime para afirmar que esta actitud sin pelos en la lengua es la que más necesitamos en este momento. Marina Domínguez algo más ligeras, pero pegadas a sus seis cuerdas rugosas, La Paloma con su noise rock al que no le importa buscar su lado más pop, Repion con su garra tan melódica como contundente y Carolina Durante y su desdén provocador. Tan solo La Casa Azul, habituales de este escenario, se desmarcaron de esta actitud, pero su vitalismo electropop nos hizo mucho bien para terminar ese tour de force directo a la yugular marcado por el resto de bandas.

La tarde empezó con las locales Marina Domínguez. Siempre cuesta arrancar en estos eventos, pero tenían al público de su parte para acoger su pop desprejuiciado que nos puede recordar a Ginebras, con su particular dosis de irreverencia y carga festiva. Sin un largo todavía en la calle esperamos que estas mañas puedan ofrecer más pronto que tarde una alternativa al punk desde la capital del cierzo. En esa misma línea continuista, pero con una carrera que ya se va asentando, le tocó el turno a La Paloma, grupo afincado en el barrio madrileño de Tetúan. Sonaron compactos y muy contundentes, aunque al principio algo emborronados por las características mejorables de la Sala Multisusos del Auditorio, pero enseguida se hicieron con el público que coreó la directa "Sale el sol", la más emotiva "Las cosas que me gustan" o la generacional "La edad que tengo". Un trío joven (quinteto en el escenario) con mucho que decir todavía, que dejan claro que lo suyo son las guitarras potentes y la actitud cercana. Presentaron su recién salido single "Después de darlo todo", con el que nos llevaron muy arriba, y se acordaron agradecidos de que Zaragoza fue la primera ciudad en la que tocaron fuera de Madrid, con lo que consiguieron una calurosa ovación mientras se despedían con "Palos" y su mantra repetido "quiero que me vuelvas a explicar lo que ha pasado", como si su concierto fuera algo que se queda flotando y al que podemos volver para entender la magia de su conexión sin impostura.

La Paloma me gustaron y convencieron con creces, pero el torbellino que venía a continuación, de sobras conocido por el que esto suscribe, realmente prometía subir la temperatura. ¡Y vaya si subió! Repion llenaron el escenario de la Sala Multisusos de armonías y rabia. Marina Iñesta subió los decibelios con la potencia de su voz mientras su hermana Teresa golpeaba la batería con un pulso arrollador. La disposición de la batería en primer plano permitió disfrutar más si cabe de la actuación de las hermanas (acompañadas al bajo por Iris Banegas), ya que pudimos ver en primer plano la entrega de Teresa entre precisos breaks y potentes redobles. Una auténtica apisonadora en escena. Hay que decir que la magnitud de ese bombo de gran tamaño junto a su manejo del tempo saliéndose de lo evidente hacen de esta baterista una de las mejor dotadas de nuestro panorama. Por momentos me recuerda a Julia Martín-Maestro, y es que su manera de tocar este instrumento es ejemplar en ambos casos. Imbatibles. Marina tampoco se queda atrás en la forma de agarrar la guitarra y sacarle esa sonoridad tan particular. Tan desgarrada y doliente como afianzada y firme. En su breve actuación nos mostraron bien todas sus cartas, con un reparto equilibrado de su repertorio entre sus dos álbumes y su fantástico EP "Entre todas lo arreglamos". Comenzaron con la furia de "Otro día será" y "Pronto" para no bajar las revoluciones en ningún momento. Sirvan como ejemplo la intensa "El sueño dura una semana" o la casi grunge "X" de su más reciente álbum. También hubo espacio para que subiéramos al cielo con "El día no me da", uno de sus temas más logrados, y nos hicieron recalar en la intención de "¿Qué hay de ti?", dedicada a esas personas que se van perdiendo por el camino, en muchas ocasiones sin ningún motivo más allá del tiempo, que unas veces une y otras separa.

Agradecieron que este festival apostara por bandas formadas por mujeres como la suya y se despidieron con esa canción que nos lleva a nuestra infancia y nuestros pueblos, "Barrio Somavilla". Su concierto volvió a calar en nuestros huesos, por su carisma, por su presencia, por su potencia. Como dicen en "Brillante", "algunas cosas nunca se arreglan, se quedan clavadas", aunque en este caso habría que decir que su concierto se nos quedó clavado, pero consiguiendo arreglarnos la noche. Ojalá Repion sigan en ascenso. De talento van sobradas, solo necesitan un poco más de visibilidad, porque sus canciones y directos son demoledores y nos lo dan todo. Una vez te enganchan (y espero que tras este FIZ inyectaran su veneno en más de uno de los presentes) ya no consigues soltarte de su mano. 

Lo que muchos habían estado esperando era la aparición de Carolina Durante. La sala se llenó de un público más joven dispuesto a saltar al ritmo del grupo madrileño que en tan solo diez años de carrera han conseguido llegar mucho más lejos de lo que parecía cuando algunos entonábamos la canción de "Cayetano". Su actitud pasada de vueltas seguía la línea planteada desde el principio en el festival, solo que en su caso nos sonó impostada en más de una ocasión. Desde luego que la pose es imprescindible para hacerse notar y de eso Diego Ibáñez parece saber bastante. Todo el concierto se lo pasó de un lado para el otro del escenario agitando al personal con esa actitud punk y esa voz que más bien es un grito, pero que les define como banda. Como frontman desbocado está en su sitio, pero el contraste con el resto de la banda es evidente. Porque los demás (encorsetados dentro de un escenario que simula una oficina) están más bien comedidos. Tan solo Mario del Valle con la guitarra se sale de su sitio en algún momento, pero a pesar de ello, es evidente que dominan la escena. El público no paró de corear todos sus éxitos y para un grupo con solo tres álbumes (más un buen puñado de singles) es muy reseñable que casi todas sus canciones se reciban como auténticos hits. Desde que inauguraron su actuación con "Joderse la vida" hasta que la acabaron con uno de sus éxitos más jugosos y costumbristas, como es "Hamburguesas", la máquina se mantuvo perfectamente engrasada. Parecía que tenían todo controlado: Las subidas y bajadas de intensidad, las incitaciones a los pogos generales, la grasa correosa que impregna algunas de sus canciones más garajeras, como "Granja escuela", e incluso la épica que manejan con bastante solvencia al apoyarse en escena por un grupo de cuerdas y un trompetista de lo más acertado (sin duda uno de los mejores cambios de guión del espectáculo). Esa épica que convirtió en sublime el final de "Probablemente tengas razón", así como la segunda parte de "Elige tu propia aventura", con esa trompeta que tanto recordó a Andy Diagram de James. En temas como "San Juan", también adornado por las cuerdas, buscaron trascender y podrían llevarnos hasta Blur (también hay mucho de los británicos en "Tempo 2"), dejando claro que su último disco es el que más redondo les quedó, saliéndose de la épica de rastrillo que podían tener en "Aaaaaa#$!&", de su anterior trabajo, y ganando cuerpo. Se agradece cuando bajan el tono, aunque sea mínimamente, como ocurre con "La noche de los muertos vivientes", en la que podrían haber encontrado inspiración los Alcalá Norte, o en "El perro de tu señorío", en la que también supieron aprovechar los arreglos de cuerda. 

Cierto es que a pesar de lo bien recibidos que son estos "cuatro chavales" entre el público me parece que son mejores instrumentistas que letristas, por no decir que Diego grita en lugar de cantar (por momentos luce mejor cuando se escuda detrás del megáfono). Si el desvarío está en su adn he de decir que, en mi caso particular, me cautivaron más cuando sacaron su lado más costumbrista y delicado, como en "Ya no hay verano", o cuando nos increparon con frases tan contundentes como ese "qué nos ha pasado si no ha pasado nada" o su acertada imagen sobre el asombro (¿o sería mejor decir hastío?) reflejada en su “quiero que me mires como miras los desastres”. A pesar de los confetis de "Las canciones de Juanita" o el descaro incisivo de "Cayetano", prefiero su mirada hacia el shoegaze en "Probablemente tengas razón" (fue de las más logradas de la noche), el riff lo-fi de "Verdes, césped" o el leve reflejo hacia Joy Division gracias al bajo de Martín Vallhonrat en "Hamburguesas". Beben de muchos y buenos caldos (aunque "En Verano" destile ese ramalazo a Hombres G que tanto nos sobra) y, definitivamente, los hacen suyos para vestirlos con su toque característico. Su frase "mis amigos suman más que mis demonios" podría sugerir esa querencia suya para nutrirse de todas esas referencias. Algo fantástico, aunque lo sería más si su multitud de seguidores también abrazasen las mismas para entender de verdad su discurso, aunque yo por momentos no termine de creérmelos. Aún con todo, reconozco que el concierto fue un bombazo. Me quedo con esa parte central que sobresalió gracias a esos arreglos más allá de las seis cuerdas, que les sacaron de su zona de confort, y espero seguir viendo crecer a este fenómeno, que mantiene a los menores de treinta cerca del inconformismo punk y la tan necesaria irreverencia en estos tiempos, que de eso sí que van sobrados los reyes de la "mala hostia". 

Dejamos los sonidos más crudos y garageros para acoger en la recta final del festival el buen rollo electro universal de La Casa Azul. Las guitarras quedaron opacadas por los sintes, las programaciones y la percusión electrónica, pero en la actitud de Guille Milkyway y su banda había mucho de reivindicación también. Este fue el turno de los más entrados en años del evento, pues La Casa Azul hizo que los más talluditos bailaran sin descanso. Tanto la banda como el público estuvieron todo el concierto muy arriba. Confetis por doquier (los cañones no dejaron de soltar cada poco una buena ración de papeles de colores), explosividad visual y sonora y, sobre todo, buen rollo. Guille se mostró en muy buena forma, cambiando guitarra por sintes o simplemente moviéndose cómodamente por el escenario como parte de una coreografía visual muy bien estudiada. Sonaron desde "La fiesta Universal" hasta "El final del amor eterno", "Podría ser peor" o la tan necesaria "Revolución Sexual". Brillaron y consiguieron que el público que no había abandonado la sala tuviese una buena dosis de energía positiva regada con electrónica y efectismo marca de la casa. Un gran acierto volver a tener una edición más a esta banda que siempre deja tan buen sabor de boca, aunque no nos ofrezcan nada que no sepamos. Para Milkyway y los suyos no hubo preocupación por el timing (de hecho fueron ellos los que se llevaron más cuota de escenario), ya que lo que seguía era más fiesta detrás de los platos con el dj set de Chelis. Por lo que la madrugada electrónica recogió el testigo de la explosión de rock anterior, pero todo acompañado de una contagiosa energía, esa que siempre respiramos en el mejor festival de esta tierra. El más abierto a gustos y colores. El más rico en matices, desprejuiciado y valiente. Nuestro FIZ. ¡A por los veinticinco!

The Afghan Whigs: "Soft Control"


Por: J.J. Caballero. 

Hablar de rock independiente (¿o tal vez deberíamos decir simplemente pop?) se ha convertido en arma de doble filo para cualquier crítico, escriba o mero aficionado a poner en palabras sus propios debates internos cada vez que escucha un disco que merezca tal afiliación. Todo es subjetivo y nada es aleatorio cuando nos topamos con un nuevo trabajo de la banda de Cincinatti The Afghan Whigs, unos veteranísimos músicos bragados en mil batallas emocionales y trajinados en la entrada y salida de miembros que aportan fe, compromiso y sentimiento en cada uno de sus episodios. Cuarenta años después, Greg Dulli, alma mater y autor único de la mayoría de canciones, regresa por donde lo dejó hace catorce años, justo antes de un parón que ya los ha resucitado sobradamente. Sólo hay que escuchar cualquiera de los trabajos editados desde entonces para saludar a este “Soft control” con la confianza y amabilidad que merece una banda tan respetable.

Vicisitudes y desventuras varias aparte –la triste desaparición del guitarrista Dave Rosser marcó varios de los pasos a seguir en su momento-, lo normal es que a estas alturas se recreen en otras decoraciones igual de válidas, e incluso pertinentes, para una música que poco más puede aportar a un catálogo lleno de hitos subterráneos pero rotundos. Las conexiones con una de sus piezas maestras, el colosal “Gentlemen” grabado en 1993, son varias y evidentes, desde el gusto perenne por las melodías cimbreantes, aquí presente en “My lover”, un tema en el que abren paisajes country y los inundan con aires glam, hasta los arreglos mesiánicos anclados en los vientos de la impresionante “The deepesta part of the darkest shadow” o las orquestaciones y trombones de “Mariah Luster” y el piano y las cuerdas delicadas de la crepuscular “A simulation”, siete minutos de puro escalofrío. 

La introspección es necesaria para contar las cosas que quieren contar, jugando con los sentimientos oscuros y las pérdidas que conllevan, pero no debe alejarnos de la idea de que fudamentalmente The Afghan Whigs siempre fueron una banda de clara querencia eléctrica. “House of I”, en la onda de unos Stones al borde del abismo, sería uno de los buques insignia de un disco que perpetúa el latido soul que siempre los acompañó, y no sólo en dicho tema, sino también en la juguetona “Jungle roux” y otra muy efectiva, aunque trillada en su base, “77”, un ángulo en el que se refugian de nuevo para no acercarse demasiado a la tensión de contemporáneos como Tindersticks y elevar la cuota reservada para el rock. Las guitarras suenan potentes, los teclados ajustan decibelios y la serenidad, un término poco apto para un tiempo en el que escuchar un disco de pe a pa supone poco menos que un esfuerzo sobrehumano, fluye en claroscuros que basculan entre lo tenue y lo brillante. Ambos adjetivos son aplicables a una enorme canción como “Duvateen”, probablemente desde ya uno de los mejores temas escritos por Dulli en la última década, y en menor medida a otra ráfaga certera de las características de “Loose talk”. Autoconfesiones resueltas, conciencia revuelta e ilusiones remontadas.

Así, rememorando un pasado glorioso al que nunca quisieron realmente volver, y atisbando un futuro menos halagüeño de lo que parece, se mantiene en el camino una banda fundamental para entender que el rock independiente, ese concepto difuso del que hablábamos al principio, es algo más que la suma del significado de ambos términos. Redefinirlo, ampliarlo y darle algún que otro revolcón es tarea reservada a gente que entiende todo eso a la perfección. The Afghan Whigs son sin duda unos de ellos.

Brigitte Calls Me Baby, romanticismo, grandes canciones y hechuras de banda importante


Sala Galileo Galilei, Madrid, viernes 25 de septiembre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González. 

Muchas de las personas que en la tarde del pasado viernes nos acercamos hasta las inmediaciones de la calle Galileo Galilei teníamos la fecha del 25 de septiembre señalada en rojo en nuestro calendario de hace demasiado tiempo. Llevábamos esperando este momento más de dos años, cuando desde el otro lado del charco comenzaron a llegarnos noticias de la existencia de una banda afincada en Chicago que respondía al nombre de Brigitte Calls me Baby. 

Una de esas formaciones con nombre evocador, dotada de un discurso lírico arrollador y presencia escénica que retrotrae a parte de las formaciones más icónicas del pasado, cuyo principal valor reside en un conjunto de canciones potentes y redondas, capaces de poner un pie en el rock elegante de más alta gama y en el pop de la mejor tradición anglo, algo que mostraron a la perfección en su llamativo debut en formato largo, “The Future is Our Way Out”, y en su más reciente continuación, “Irreversible”, álbum que andan presentando en las últimas semanas en el marco una extensa gira europea en la que con muy buen criterio han decidido hacer parada parada en nuestro país con sendos llenos en Madrid y Barcelona, en lo que representa su primera visita a España. 

Una breve estancia que se esperaba con impaciencia, tal y como atestiguaba una nutrida cola espera desde horas antes del comienzo del show, donde los y las más incondicionales aguardaban la apertura de puertas con la intención de poder conseguir un preciado lugar en las primeras filas, algo que aconteció pasadas las 20:30 horas de la noche, momento en que la Galileo comenzó a coger color y temperatura hasta acabar por presentar uno de los mejores llenos que recordamos en dicho recinto capitalino, en él ganaban por mayoría los rostros de mediana edad, pero debemos destacar que también pudimos observar representación de gente muy joven que nos invita a pensar que no todo está perdido y que el relevo generacional viene en camino.

A las 21:00 abrió fuego Laura Katze, bailando con la más fea por partida doble. De un lado, tocaría remar ante una audiencia que desconocía sus canciones y que a tenor de los gestos y camisetas que portaban en su mayoría, deseaban tener al artista principal sobre las tablas lo antes posible. De otro, su propuesta minimalista y sustentada en profundos medios tiempos, que contaba para la ocasión solamente con el acompañamiento de un par de teclados, contrastaba en exceso con la descarga expansiva que tendría logar poco después. 

Luchando contra los elementos, dotada de gran profesionalidad y orgullo, sacó adelante parte de las canciones que dan vida a su único EP hasta la fecha, “Un Año Dormida”, sonando “Joan”, “Flores Muertas” y “El Pueblo”, así como el corte titular, composiciones que intercalaron con otras no registradas como “Irregular”, “Ritual”,y una bonita adaptación del “Waterloo Sunset” de The Kinks, bastante celebrada por los asistentes que finalmente despidieron sus evoluciones con aplausos. 

Poco tiempo después arrancaría el plato fuerte de la noche y lo haría con una sucesión de aciertos. Desde la acertada selección de canciones que sonaron amenizando los últimos instantes de espera hasta la propia aparición en el escenario de Brigitte Calls me Baby, algo que hicieron al son de los compases de la fenomenal “Let´s Stick Together”, interpretada colosalmente por Bryan Ferry. 

Abrieron fuego con los sintetizadores que dan paso a “These Act of Which We´re Designed”, pisando fuerte sin guardarse nada, dejando claro desde el primer momento que venían con intención de darlo todo. Vaya si lo hicieron a lo largo de una noche de emociones fuertes, donde no se guardaron ni un solo truco. Con “Truth is Stranger tan Fiction” mostraron parte de su faceta guitarrera, la que quizás los emparenta de una forma más directa con las grandes bandas del rock de Nueva York como Television, mientras mostraban lo que es el decálogo del rock, sustentado en la pegada de la batería que mueve a su antojo Jeremy Benshish, dinámico y ajustado cual metrónomo, perfectamente empastado al bajo de Devin Wessels, quien no solo dio sustento sino que también tuvo sus momentos de protagonismo durante la velada en los instantes más funk, sirviendo de acomodo para las evoluciones de Trevor Lynch, guitarra y teclados, y Jack Fluegel, guitarrista de hechuras estéticas cercanas al primer y marciano Brian Eno con ramalazos a Mick Ronson, que sin ser dos virtuosos, saben jugar a favor de obra y cobrar importancia cuando la canción lo requiere, demostrando valía y carácter, sirviendo todos ellos la coartada musical perfecta sobre el escenario al que sin duda es el gran valor de esta banda, Wes Leavins. 

Y es que los adjetivos positivos para el bueno de Wes se nos podrían acabar directamente. Quizás, lo más ajustado para no extendernos, sería hablar de él en los términos de “frontman de la vieja escuela”. De aquellos capaces de respetar el ritual y caminar con paso firme sobre el escenario. Regalando un sinfín de poses y quiebros plagados de dramatismo, mirando a la cámara con gesto altivo y pleno de elegancia y magnetismo, interpelando al público en cada fraseo y  buscando intercambiar miradas, señalando y disfrutando de la interpretación en su totalidad, donde demostró estar provisto de un impresionante chorro de voz que en ocasiones le llevó del susurro al dramatismo y a convertirse en un “crooner” moderno, mirando a los ojos a las enseñanzas de mitos como Nick Cave, Morrissey o David Bowie, en cuya época “Let´s Dance” parecía reflejarse su atuendo, incluyendo en sus maneras referencias casi cinematográficas cercanas a James Dean, Alain Delon y Marlon Brando, cuyo rostro en “Salvaje” lleva tatuado en el brazo derecho. Un líder, sabedor de su papel, el cual cumple y ejecuta a la perfección, consciente de que el escenario es un espacio místico. En definitiva, una rock star.

Aprovecharon para rodar en directo nuevas composiciones como “How to Ignore a Feeling”, antes de volver la vista a su primer trabajo con “Fine Dining”, regando de romanticismo una pista de baile que se balanceó con entusiasmo, algo que también ocurrió con la sentida interpretación con “The Future is Our Way Out”, una clásico con aromas retro lleno de atemporalidad, donde la banda demostró su tacto y buen gusto a la hora de afrontar los temidos medios tiempos en directo, esos que a tantas bandas se les caen por los cuatro costados y que a BCMB sientan como anillo al dedo, mientras los quiebros vocales de Wes se elevaban al cielo, clavándose bien dentro de todos los que andábamos en las primeras filas. 

Una de las mejores tandas de la velada vino representada por la oscuridad que desprende “The Pit”, de las favoritas de su segundo trabajo, que interpretación con toda la intensidad y emoción que requiere una composición de éste calado, contrapuesta con las guitarra cristalinas y épicas que encierra “There Always”, cerrando la terna con las sirenas que anteceden “I Danced with another Love in my Dream”, un bombazo en toda regla, celebradísima por el público capitalino, que puso patas arriba a las 500 personas que llenaban una Galileo que se quedó pequeña para lo que en todo momento pareció ser la consagración de un grupo que en próximas visitas abarrotará recintos de mayor capacidad en nuestro país. 

Tras ella, un socarrón Wes cuestionó al público sobre qué canción les gustaría escuchar a continuación. Una voz femenina de entre las primeras filas pidió “The Early Days of Love”, a lo que Wes contestó: “acertaste”. Tras su interpretación llegó el turno de “Pink Palace”, cuyas hechuras rockabilly pasadas por el tamiz pop nos llevaron directamente a recordar a las mejores guitarras de Johnny Marr. 

Y ahora sí, los Brigitte Calls me Baby decidieron pisar a fondo el acelerador, si es que en algún momento de la noche no había dado dicha sensación, enlazando “I Can Take the Sun Out of the Sky”, una de las más coreadas de la parroquia capitalina que convirtió su interpretación en un karaoke colectivo, aprovechando el ritmo luminoso y saltarín que propone, antes de vestirse de románticos empedernidos con “I Wanna Die in the Suburbs”, tomando nuestras manos para llevarnos directamente a los años cincuenta con una interpretación vocal que nos puso frente a Elvis y Roy Orbison; enlazada con la potente “We Were Never Alive”, otra de las joyas de la corona, dotada de una intensidad difícilmente igualable por ninguna de las bandas actuales, en la que Jeremy Benshish y Devin Wessels llevaron la voz cantante con su batería y bajo, respectivamente, aportando el toque negroide funk que por momentos traía al escenario a los mejores Carlos Alomar y Gustavo Cerati, mientras el bueno de Wes nos ponía a sus pies, una vez más. 

No bajaron el pistón puesto que justo después rescataron “Too Easy”, otro baladón pop marca de la casa, donde el señor Leavins dejó claro, como venía haciendo durante toda la noche, que se trata de uno de los grandes vocalistas de su generación, demostrando que su voz, potente y curtida en decenas de musicales, es capaz de mostrarse en plenas facultades durante todo un concierto sin escatimar el más mínimo esfuerzo, volviendo a mostrar su faceta más cañera con “Slumber Party”, acelerada al extremo y recibida entre vítores por los madrileños y madrileñas, tras ella se tomaron un breve receso antes de acometer los bises. 

Los mismos arrancaron con la última perla de su factoría, estrenada semanas atrás, “Geordie”, amalgama de sonoridades que aúna guitarras distorsionadas y bases electrónicas, las cuales enfocan a la banda en una senda de mayor experimentación donde también tienen pinta de sentirse de lo más cómodos, volviendo a una vereda más clásica con la inclusión de las notables “Eddie My Love” y “You Are Only made of Dreams”, cerrando una noche en la que confirmaron su clase y grandeza mediante el pulso nervioso con el que impregnaron “Impressively Average”, antes de recibir el aplauso de un público capitalino que quedó encantado con las evoluciones de los de Chicago en vivo por su conjunción de tres factores: ética, estética y canciones.

A la salida caras de satisfacción, gestos de aprobación y felicidad pura entre muchos de los asistentes, además de una cola de infarto para comprar material en el puesto de merchandising. Fue en ese momento donde tuvo lugar el último bonito detalle por parte de la banda, quienes apenas cinco minutos después de haber terminado un concierto de lo más exigente, se pusieron tras la mesa para saludar y firmar a sus fans cuanto fuera necesario, dejando claro que su actitud es la picar piedra antes, durante y después de cada bolo, elemento con el que estamos seguros que harán que su base de acólitos ensanche más aún. 

Brigitte Calls me Baby reúne en sus propuesta un conjunto de factores positivos que deberían servirles para catapultarse muy arriba entre la próxima hornada de grandes bandas del pop-rock internacional. Tienen la actitud correcta para llevarse de calle a las salas de mediano aforo y las canciones necesarias para hacerlo. También manejan el decálogo de tics y amaneramientos firmado por los más grandes décadas atrás, sin por ello renunciar a una esencia y voz propia. En directo son un cañón y saben ser una banda capaz de ir en la misma sola dirección para mejorar las composiciones en directo. Y por encima de todo, tienen un vocalista con poses y maneras de estrella, dotado de aura mítica y una voz muy por encima de la media actual del circuito. El tiempo dará o quitará razones, pero las sensaciones dejadas anoche en Madrid tardarán un tiempo en borrarse de nuestra memoria, algo que no sucede todos los días en el caso de los que llevamos cerca de treinta años viendo a grupos en directo. Volverán a visitarnos, pero apostaría a que los veremos bastante más de lejos y en un aforo mucho mayor. Cuando eso ocurra, recuerden, aquí los entrevistamos primero. Dicho queda.

The Speedways: Nada nuevo, ni falta que hace


Sala Hangar, Córdoba. Martes, 22 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

Puede que al power pop le sobren padrinos y le falten nuevos ahijados. A un género fundamental para entender la evolución de la música popular, en su más amplia definición, se le unen cada temporada nombres que basan su estilo y su forma de entender el sonido en fórmulas anteriores, en ocasiones sobreexplotadas y en otros casos poco comprendidas. El caso de The Speedways, londinenses de nacimiento y vocación, es uno más entre los muchos que se empeñan en eternizar unas normas de ejecución, fundamentadas en la energía de unas melodías diseñadas al milímetro, que no por consabidas o previsibles dejan de emocionar y de hacernos celebrar el viejo dicho de que el rock and roll son tres acordes y varios kilos de imaginación. Ellos son cuatro jóvenes guerreros de la causa y se presentan en una gira española que les ocupa más de diez fechas por salas de cierto prestigio en la escena con las mejores credenciales posibles: Representan la nueva y más preparada generación.

En un martes de calima y falso fin del suplicio estival arribaron a la sala Hangar por obra y gracia, una vez más, de los amigos de El Colectivo, empeñados una y otra vez en concienciar a la capital cordobesa (tarea harto complicada) de que existen otras formas, otros caminos y otras herramientas para que la música apartada de los márgenes del mainstream suene con los altavoces debidos y en el momento que sea oportuno. La apuesta sigue siendo arriesgada y los números cuadran a duras penas, pero qué sería de nosotros sin gente como ellos, gente con los oídos bien abiertos y preocupados por abrir otros habitualmente perezosos.

Por eso en el escenario se presentó la banda liderada por Matt Julian, que recientemente ha incorporado a la segunda guitarra al estadounidense Dan Spagnolo, encantadísimo de introducir “Luna”, el primer tema grabado con sus nuevos compinches, saludar al público andaluz y de paso degustar algunas de las joyas gastronómicas de las que nos enorgullecemos por aquí. Su recopilatorio irónicamente titulado “Triple platinum” no está lleno de grandes éxitos precisamente ni aparecerá en los rankings de discos más vendidos en resúmenes anuales, pero contiene brillantes regrabaciones de sus primeros temas, a los que les dan nuevo lustre y pegada, por si aún necesitaban más. Se han metido en el estudio a propósito de la ocasión con el tótem Paul Collins para grabar la potente “Angela sincerely”, uno de los temas nuevos junto a “Missed oportunities”, y los intercalan con otras de raíz punk como “Dont’ tell me”, frescas en su esqueleto melódico como “Number 7” o la casi perfecta “In a world without love it’s hard to stay young”. Desempacan el tarro de sus muchas esencias, le dan otra vuelta a las líneas de guitarra, versionan a Nick Lowe en una ajustadísima “Heart of the city” y completan la hora que suelen durar sus bolos con “Tonight you’ll find love” para que el subidón y las buenas sensaciones sean el colofón de una noche inesperadamente provechosa.

Lo dicho, abogados de una causa tan loable como la suya musicalmente hablando hay a patadas en los despachos de las discográficas presentes y futuras. Encontrar un caso en el que lucir tus conocimientos y rebajar las falsas acusaciones hasta el punto de hacer desaparecer el derecho a réplica no está al alcance de cualquiera. Ahí, en ese lugar de privilegio y sin necesidad de recomendaciones, habita la música de The Speedways. Bueno es que todos lo sepan.

Weezer: “Weezer (Gold Album)”


Por: Àlex Guimerà. 

¡Qué tíos! Son únicos en su especie, no sólo porque hacen lo que quieren y son imprevisibles, sino por la gran capacidad de publicar música. Y es que Weezer acaban de publicar el disco de estudio que hace el número veinte de su carrera -para los puritanos, dieciséis más los cuatro SZNZ o mejor conocidos como los discos de las cuatro estaciones- , lo que para una banda fundada en 1992, y por lo tanto con apenas 33 o 34 años de carrera, nos da a un promedio de un disco cada año y medio más o menos, lo que resulta una barbaridad. ¿Y que encontramos entre tantos discos? Pues indiscutibles obras maestras del power pop y del indie noventero como son sus tres primeros -"Blue Album", "Pinkerton" y "Green Album"- , pero también auténticos bodrios de pop pastiche ("Ratitude"), ejercicios erráticos de pop electrónico ("Pacific Daydream") o paquetes aburridos e intrascendentes salvando un single de éxito ("Make Believe"). Entre medio hay algunos álbumes notables como son mis favoritos "Everything Will Be Right In The End" donde recuperaron el tono inicial de su carrera o "OK Human" con el que acertaron al arriesgarse con el pop de cámara junto a una orquesta. Pero entre esta montaña rusa discográfica, además, los californianos han publicado hasta seis discos homónimos con una portada de color y en los que han intentado mantener su espíritu power pop. Interesantes (además de los archifamosos verde y azul) son el "White Album", "el Black Album" e incluso el "Teal Album", este último con versiones de pop de radiofórmula ochentera. Para este año, han pintado el homónimo de dorado, color que visto el resultado les ha sentado de maravilla ya que el cuarteto ha ofrecido su mejor versión.

Fue entre octubre y enero pasados cuando la banda grabó las nuevas canciones a la vieja usanza (en directo) en los estudios Putnam Hill en Los Ángeles (California), unas pistas que acabó de dar forma el productor Kenny Beats (Idles, Geese,..), quien quiso obtener un sonido crudo pero que con la participación de Klas Ahlund (Weekend, Iggy Pop,..) pretendían mantener el espíritu pop "marca de la casa". El resultado es un álbum que, si bien no alcanza las cimas de los noventa, se presenta potente y clásico para el deleite de los fans de la banda. El propio Rivers Cuomo en "CEO" reflexiona sobre el éxito y lo que esperan los otros de uno en un plagio intencionado de "Undone" con el que acaban recordando a los mismísimos Pavement. Es precisamente la formación de Stephen Malkmus la que me viene a la cabeza en muchos de los pasajes de este "disco dorado", y es que en sus poco más de treinta minutos de duración o a lo largo de sus diez cortes, que es lo mismo, se percibe cierto lo-fi o manera de hacer y espontaneidad típica de los de Stockton, que a decir verdad les queda de fábula.

La enérgica "Say Yes" abre el fuego de forma melódica y guitarrera en el que seguramente será un hit presente en sus conciertos en adelante. Otra que tiene números para ello es esa oda a la resurrección "Shine Again" con toda su épica o el maravilloso medio tiempo "Up In The Clouds", que tiene uno de sus mejores estribillos. Mención aparte para la presencia de una de las bandas emergentes favoritas de esta casa como son los Wednesday en "We Might As Well Be Strangers", con quienes cantan sobre una pareja que termina por distanciarse. Con "Nowhere" nos cuelan una balada de guitarrazos en la que ironizan sobre alguien que está perdido emocionalmente, mientras que con "The Show Must Go On" nos invitan a superar las adversidades, a base de power pop. Para terminar, la creciente "The LA Sound" en la que homenajean la escena musical de Los Ángeles.

Si sois fans de Weezer, el disco hará vuestras mejores delicias. Si en cambio lo habéis sido en el pasado pero les habéis perdido la pista adrede tras alguna decepción, os invito a que os acerquéis a ellos de nuevo ya que os volverán a convencer. Y si simplemente os gusta el rock americano y las guitarras potentes, el disco os enganchará y será responsable de que queráis adentraros en el universo de una de las bandas más fascinantes e icónicas de las últimas cuatro décadas. Oro de muchos quilates.