Antonio Jesús García y Ramón García: “Fantasía Occidental: Silvio y Sacramento, rock bajo palio”


Por: Javier González. 

El pasado 1 de octubre se cumplieron 25 años de la muerte de Silvio Fernández Melgarejo. Figura sin par dentro de la escena musical estatal, venerado y amado sobre todo en Andalucía, la tierra que le vio nacer, donde su peculiar forma de ser le granjeó la condición de mito mucho tiempo antes de elevarse a los cielos para ocupar lugar en el panteón de rockeros ilustres, título otorgado por aclamación popular, sin la necesidad de que sus anárquicas giras visitaran lugares recónditos ni fueran dejando a su paso rimbombantes “sold outs”, demostrando que la autenticidad y el carisma natural pueden tener más peso en el imaginario popular que un puñado de frías cifras. 

Era por ello necesario acercarse en las últimas semanas al fenomenal libro firmado por Antonio Jesús García y Ramón García, “Fantasía Occidental: Silvio y Sacramento, rock bajo palio”, editado por Efe Eme, donde con acierto y un innegable toque de gracejo, se repasa la biografía del músico sevillano, centrándose en la génesis, desarrollo y posterior gira de la obra cumbre de su discografía, a la que se alude en el título del libro, perfecto complemento de aquel otro volumen, lejano en el tiempo, que rezaba, “Silvio, Vengo buscando Pelea”, escrito por Alfredo Valenzuela, que ya hiciera las delicias de todos lo que profesamos la fe de nuestro rockero más italianizante y cofrade. 

La obra no pierde la oportunidad de enfocarnos al grandioso Silvio en toda su andadura, desde los tiempos de los X-5, con los que atacaba versiones de The Shadows, una de sus grandes referencias, pasando por Los 5 Mercury, donde se referían a él como “un grandísimo batería, elegante y contundente”, con los que tuvo la oportunidad de hacer una estancia prolongada en el Hotel Carihuela Palace de Torremolinos, el Hamburgo español que posibilitó que muchos nombres míticos comenzaran a foguearse en actuaciones noche tras noche; tampoco deja de lado el posterior paso por los Murciélagos, donde coincidió con otra figura seminal como la de Gualberto García, rematando con su aparición en otros dos proyectos, estos sí más reconocidos históricamente como Gong y Smash, ejerciendo como bajista en los primeros y convertido en una suerte de percusionista/showman en los segundos, dando muestras de estar dejando atrás una supuesta timidez que jamás volvería a aparecer en escena y de un notable pulso cargado de swing de sangre ardiente. 

Ni tampoco mirará a otro lado a la hora de citar los grandes abismos que estuvieron a punto de acabar con su carrera, como cuando tras contraer matrimonio con Carolyn William, una aristócrata británica, y asentado en Marbella, comenzará a dilapidar el dinero de la asignación de esta, sonada es la anécdota de aquel viaje en compañía de un buen amigo donde se dedicó a coger vuelos sin abandonar los aeropuertos, conducta que acabaría provocando su divorcio y lo más doloroso para él, tener que alejarse para siempre de su hijo Samy, un golpe que sumado al posterior suicidio de su hermana en 1973 a punto estaría de acabar con la trayectoria musical de Silvio, hechos que bien podrían servir para dar respuesta al motivo de su carácter taciturno, depresivo y a ratos melancólico. 

Por suerte en su camino se cruzará con la figura de Pive Amador, quien organizará un homenaje a Silvio, donde éste ejercerá por primera vez como frontman, mientras va ganando confianza tocando junto a Luzbel hasta el punto de abandonar las baquetas, a las que pasaría el recientemente fallecido Antonio Smash y posteriormente el citado Pive, naciendo así Silvio y Luzbel con quienes grabaría “Al Este del Edén”, producido por el recientemente fallecido Ricardo Pachón, comenzando a engrandecer su leyenda en el marco de la “Gira Histórica”, en la que trabaría buena amistad con Kiko Veneno y María Jiménez, anticipando lo que vendría después con proyectos como Barra Libre, donde comenzó a ser mitificado en Sevilla, mientras en el horizonte aparecían unos Brigada Ligera que serían el germen ideológico y musical de los posteriores Sacramento, donde al genial olfato de Pive Amador, Juanjo Pizarro y Miguel Ángel Suárez, acabaría por sumarse Andrés Herrera “Pájaro”, en sustitución de Manolo Luzbel, convertido desde entonces en pieza capital de la ecuación. 

Y aquí es donde el libro adquiere una velocidad imparable, recogiendo la química de las sesiones, establecida a partir de las propias relaciones personales involucradas en dar cuerpo a “Fantasía Occidental”, así como un exhaustivo desglose de cada una de las fantásticas canciones que dieron cuerpo doctrinal a tan atemporal, magnifica y colosal obra, donde lo místico y lo profano se funden a las mil maravillas con un pie en la tradición y la vanguardia más anárquica con el innegable sabor de una Sevilla que actúa casi como parte indisociable de la grabación, pues se ve plenamente reflejada en cada fraseo y acorde, aportando tanto talento como chispa, desparrame y absoluta genialidad en una obra sin parangón dentro del rock patrio que solamente podría haberse gestado en la capital andaluza. 

¿Quién en su sano juicio sería capaz de juntar hoy en día a The Platters mientras se entonan los versos del místico San Juan de la Cruz? ¿Quién recogería la rivalidad histórica entre los dos clubes de la ciudad entendida con el desenfado y la ausencia de odios de Silvio a través de los ecos del rockabilly clásico de “His Latest Flame”? ¿Cuántos se atreverían a citar a “La Pura Concepción” en un tema? ¿Cuántas personas osarían adaptar un clásico a la manera más sevillana y cofrade posible, reconvirtiendo el “Stand By Me” en un “Rezaré” que eriza los sentidos y nos pone al borde de las lágrimas tanto a creyentes como a ateos? ¿Cuántos fotógrafos hubieran deseado tomar la instantánea de Silvio en blanco y negro de espaldas, mientras a su pies se congrega una multitud que parece aclamarlo como si fuera directamente “el Santo Padre” recién elegido tras un cónclave vaticano? 

Entre todo lo mencionado, todavía quedará tiempo para pasear el relato por las siempre rocambolescas, inclasificables y espontáneas presentaciones en vivo del imprevisible Silvio, rescatando también declaraciones y palabras de grandes nombres que conocieron al de Los Remedios, de entre las que destaca el bello y sincero texto que aporta el carismático Alberto García-Alix, a colación de su primer encuentro y la posterior gestación del corto “No Hables Más de Mí”, que recomendamos encarecidamente vuelva a ser visionado para comprender la grandeza e ingobernabilidad del nombre que hoy nos ocupa. 

Un maravilloso y preciso relato, un precioso y sentido homenaje en toda regla a uno de nuestros grandes nombres y por encima de todo a una obra sin igual, a la que solamente se nos ocurre calificar, en la mejor tradición del mítico Silvio, robando unas frases que viene al pelo para definir a éste disco… ¿cómo era aquello? “Que estando la voluntad/ de divinidad tocada/ no puede quedar pagada/ sino con divinidad”. Izquierda atrás, todos por igual, vámonos a por una copita de coñac… ¡y a la diestra del cielo con Silvio! Eterno, inclasificable y único. Rey de reyes.

Chencho Fernández comienza su gira de otoño en Sevilla, Madrid y otras ciudades del sur de España


Fotografía: Raisa McCartney.

Cualquier movimiento o novedad de Chencho Fernández nos pone inmediatamente en alerta debido a la admiración que esta revista profesa al músico sevillano. Hace unos meses tuvimos la suerte de entrevistarlo a propósito de la reedición de “Dadá estuvo aquí” y el concierto consiguiente dedicado a su primer disco en solitario, y pudimos constatar que Chencho estaba ilusionado con varios proyectos que se desarrollarían en los siguientes meses. Y así fue: antes de que concluyera la primavera, Sick Buzos, el grupo de Chencho y Javier Neria, emergió por sorpresa de las aguas para entregar un trabajo extraordinario. 

Sin embargo, este renacer no era más que el inicio de una serie de acontecimientos que van a ocurrir en las próximas semanas. Hace unos días Chencho difundió una versión estimulante y actualizada de “Spanish Bombs” de The Clash. “Bombas de España” habría entusiasmado a Joe Strummer y los suyos. La auténtica “bomba” es que Chencho Fernández tiene la intención de realizar varios conciertos en Sevilla, Granada, Córdoba y Madrid durante los próximos meses. 

Esta gira dará comienzo el 17 de octubre en Sevilla en la fiesta de Exile SH Magazine convocada en la sala Even de Sevilla. Estarán sobre las tablas el propio Chencho y la banda Algunos Amigos. Al día siguiente empezará su “residencia” en Madrid. Nada menos que tres conciertos en la capital, en la sala El Rincón del Arte Nuevo, sita en la castiza calle Segovia. Cada uno de los conciertos tendrá su propio carácter, Chencho anuncia que no va a repetir repertorio, porque no lo necesita, no dispone de canciones menores. Es una oportunidad única. Tres fechas: 18 de octubre, 15 de noviembre, y el concierto de Navidad, el 26 de diciembre. 

Y aquí no terminan las noticias, Chencho alternará su proyecto en solitario con la gira de Sick Buzos, que recalará en distintas ciudades de Andalucía y también en Madrid, tal y como podéis consultar en el cartel adjunto. La gira concluirá en la sala Malandar, en el corazón de Sevilla, como tiene que ser, en un espectáculo que lleva por título “Una buena noche”, una canción que ya es leyenda, y que nos recuerda que Lou Reed se nos fue, pero nos queda Chencho Fernández, que además tiene entre manos nuevas canciones que conoceremos a lo largo de este curso. El Giradiscos no pierde ni un momento de vista al músico de la Alameda de Sevilla.

Los Enemigos: “Canciones Chulas”


Por: Javier González. 

Qué ganas había de escuchar nuevo material de unas de las formaciones más señeras y queridas del rock patrio. Más de seis añitos han pasado ya desde la publicación del fenomenal “Bestieza”, un trabajo que la banda paseó con orgullo en una suerte de “neverending tour” del que pudimos disfrutar en distintos lugares de nuestra geografía, antes de que allá por octubre de 2024 tuvieran que dar por finalizada abruptamente la gira debido a los problemas de salud que aquejaron al bueno de Josele Santiago, hecho que se deja asomar en parte de la temática de estas canciones en cuya redondez se nota que la banda ha trabajado con suma pulcritud. 

Por suerte a lo largo de este periodo hemos conseguido mitigar la espera, en buena medida gracias a las noticias de la actividad de varios de los miembros del combo en distintos proyectos. De un lado, el propio Josele, quien bajo el paraguas de la editorial Contra publicaba en febrero de éste mismo año su primer y único libro de memorias hasta la fecha, “Desde el Jergón”, donde repasa su vida y obra sin cortapisas, aprovechando la ocasión para anticipar en parte las letras y envoltorio de las canciones que finalmente han dado vida a “Canciones Chulas”. Buena nueva complementada semanas atrás cuando Corizonas, la banda donde David Krahe ejerce como guitarrista, publicaba “Órdago”, una fenomenal colección de canciones rock con regusto hispánico de la que dimos cuenta en estas páginas no hace demasiadas fechas. 

Dos perfectos anticipos que sirven como pista de despegue para este “Canciones Chulas”, cuyo mejor resumen sería decir que hace honor a su nombre. Y es que en la nueva colección la banda madrileña se nos presenta repleta de certezas, mostrándose en todo su esplendor al facturar un disco disfrutable de principio a fin. 

Hay vigor y músculo, modales cañeros y expeditivos, guitarreo del bueno con denominación de origen a R&B y pub-rock, conviviendo a las mil maravillas con aires delicados que saben de lo más certeros, debiendo felicitar a la banda en su conjunto por el trabajo ejecutado, pero sobre todo al bueno de Josele, quien una vez más afina los textos al milímetro, bordando la pluma de su rock de autor, apelando al amor con la misma naturalidad con la que muestra su cara más socarrona, mientras ajusta la faceta más poética y no rehusa enseñar las heridas visibles de los últimos tiempos en un álbum donde es fácil rastrear unos cuantas pasajes autorreferenciales que emocionarán al más pintado; resaltando de igual modo la labor que ejecuta en las voces, donde, como ya ocurriera en “Bestieza”, volvemos a encontrarnos al de Puerta del Ángel más afinado y expresivo que nunca, demostrando que actualmente sigue siendo el jefe del cotarro en aquello que dio en llamarse “rock del Manzanares”. 

Una buena muestra de lo que contamos se percibe en las dos primeras composiciones, la titular, “Canciones Chulas”, basada en un fantástico ritmo de Fino, que nos pone sobre aviso de los mejores momentos de “Un Tío Cabal” y “La Vida Mata”, con su potente base, donde la pareja Chema Animal-Fino Oyonarte alcanza a dejar sobre el tapete lo que ya sabíamos por otra parte, que siguen siendo una red de seguridad sobrada de talento, y la fiereza de unas guitarras con regusto clásico a las que el otro tándem, Josele-Krahe, se encargan de afilar las uñas, todo ello mecido con unos coros casi celestiales; contrapunto con el tacto de la genial “Miss Dinamarca”, título extraído de un autógrafo del sin par Chiquito de la Calzada, una composición que apostamos que será de las más especiales que haya escrito nunca Josele, puesto que es fácil rastrear en ella mensajes muy concretos dedicados a Núria, pareja del madrileño, “cómo no voy a quererte/ con lo calentita que estás”, y a su padre, cuya sombra sobresale en el fraseo “viejo embustero/ lo sabías ya”, en un pasaje que emociona, pues lo relata en cierta medida en las ya mencionadas memorias. 

La interpretación de “El Próximo Vals” supura crudeza y fiereza en una clara alusión al suicidio colectivo que está perpetrando nuestra sociedad, asentada en un ritmo trepidante y en frases tan acertadas como “la Luger sigue caliente”, en cierta manera enlazada con “¡Bum!”, donde la afinada prosa de Josele Santiago establece una línea temporal entre pasado, presente y futuro, donde a este último le toca bailar con la mayor incertidumbre, dando como resultado final uno de los mejores temas que han grabado Los Enemigos en los últimos tiempos, ese minuto final vale su peso en oro; apelando al presente y a sentirse vivo un día más pese a las circunstancias con la acertadísima “En Alguna Realidad”. 

Emociona hasta el extremo escuchar “Isla”, no solamente por la delicadeza de sus arreglos con una estructura decididamente más pop que muchas de sus compañeras, ni tampoco por los primeros versos que son pura poesía, “De un brutal fuego cruzado/ surgió un nuevo mineral/ malherido y agotado se tumbó en medio del mar/ y agoniza perfumado con manzanas y azafrán/ un aroma envenenado que enloquece al temporal”, elementos más que suficientes para quedarse prendado de la misma, pero que no esconden la sombra del mejor Josele, el más sosegado, contenido y sincero, interpretando la que quizás la reflexión más profunda de lo que quizás hayan sido sus últimos tiempos pasando algunos que otros “días de perros”; quizás, en contraposición con ella, reluzca un poco menos “Luz de dos Lunas”, dotada de un lirismo más barroco, que representa la parte más floja de un repertorio por otra parte inmaculado. 

En “Rumbo al Sol” toma el mando de las operaciones vocales Fino Oyonarte, tirando de optimismo y abogando por quemarse en el fuego del amor maduro en un corte notable que vuelve a firmar a pachas con Josele, mostrando el filo más peligroso de la banda en “Puto Blues”, dejando por el camino una de esas composiciones de las que nunca se quiere ser protagonista, porque parece claro que la letra tiene bastante de ajuste de cuentas, volviendo a fundir con mimo poesía y sonoridad en la casi delicada “Pájaro Ciego”, cerrando con un clásico de la casa lleno de R&B como “Mil Condenas”, donde el universo carcelario de Josele Santiago aparece otra vez como ya hiciera en las fenomenales “Desde el Jergón” y “Un Guardia Civil”, en la que en un nuevo ejercicio de crudeza muestra las rutinas, padecimientos y monotonías diarias que se viven al otro lado de la puerta de la libertad, contrapuestas con esa necesidad, a veces real, que tienen tantos presos y delincuentes comunes, quienes tras pasar más de media vida entre rejas, sienten mayor comodidad dentro de prisión que en la selva diaria callejera. Dolorosa y absolutamente cruda, como casi todo lo que escribe el visionario cronista madrileño. 

No vamos a venir aquí a descubrir la pólvora, a estas alturas de la película no toca ni procede. Nos gustan mucho Los Enemigos, sabido es, y nos fascina que sigan siendo ellos, capaces de tender un puente entre lo que llevan siendo toda la vida en su maravillosa singladura, pero sin perder de vista el presente de su trayectoria, a la que dignificaron años atrás con “Bestieza” y que ahora vuelven a elevar con éste “Canciones Chulas”, donde combinan lo que mejor saben hacer. 

Hay en esta colección mucha sofisticación rockera, a ratos bajando el pulso y en otros instantes tirando de aceleración, casi rabia, sin dejar de sonar certeros y elegantes, rematando todo ello con la singularidad de unos textos que nos muestran por igual la crudeza de lija de una realidad desconcertante, capaz de convivir con el tacto de aquel que ha sufrido un bache físico y ante el golpe ha logrado permanecer erguido, saliendo reforzado, sin dejar de lado una preciosa visión del amor maduro que reconforta y dota al disco de un cierto aire optimista pese a la tormenta incesante que no para de calarnos.

Vuelven Los Enemigos, lo hacen mirando bien arriba, enarbolando la bandera del mejor rock estatal y firmando uno de los discos del año, demostrando, una vez más, si es que era necesario, que están en plena forma y que seguirán presentando batalla durante largo tiempo. Para nosotros no hay mejor noticia posible porque necesitamos de su presencia sobre las tablas.

The Jayhawks: "Sanctuary Park"


Por: Begoña Serralvo. 

Puede resultar un ejercicio de cierta responsabilidad enfrentarse al duodécimo álbum de estudio de una banda con cuatro décadas de carretera a sus espaldas y descubrir, una vez más, que toca ponerles un notable alto. Porque The Jayhawks siguen sin conocer el suspenso en ninguno de sus álbumes. No es de extrañar, ya que Gary Louris pertenece a esa estirpe de artesanos del pop americano que parecen haber firmado un pacto secreto con el calendario: pasan los años, cambian las modas, se oxidan algunas certezas y él continúa colocando melodías en su sitio con la precisión de quien lleva toda una vida haciéndolo.

En "Sanctuary Park", Louris parece mirar hacia atrás con serenidad, asumir el paso de los años y convertir esa perspectiva en una colección de canciones maduras, cálidas y extraordinariamente melódicas. Un disco que habla de segundas oportunidades, de memoria y de la inevitable necesidad de hacer las paces con uno mismo. Grabado en Toronto y concebido alrededor de un pequeño paraje real de Dundas, Ontario, "Sanctuary Park" vuelve a poner a Bob Ezrin y Brian Moncarz al frente de la producción, veintiséis años después de aquel luminoso "Smile". El resultado es un trabajo de acabado impecable, donde americana, folk-rock y ese power pop de guitarras luminosas que Louris lleva décadas reivindicando conviven con una naturalidad pasmosa.

Pero si hay algo que continúa siendo inconfundiblemente Jayhawks son sus armonías vocales. Louris, Karen Grotberg y Tim O'Reagan vuelven a entrelazar sus voces con esa precisión que parece tener el extraño poder de detener el minutero. Ocurre en la vivaz "Keeping Our Heads Above Water", un pequeño chute de optimismo pop que desprende una jovialidad casi insolente, y alcanza otra dimensión en "American Midnight", donde las guitarras estallan sobre un pulso que remite inevitablemente a los mejores R.E.M. La canción introduce, además, una lectura punzante de la convulsa realidad política estadounidense, aportando una sombra dentro del optimismo de los otros temas.

Una de las cumbres del álbum llega con "Mr. Lincoln", donde Tim O'Reagan asume el protagonismo para entregar una delicadísima filigrana acústica. El tema que da título al álbum endurece ligeramente el pulso con unas guitarras eléctricas más gruesas y ásperas, que acercan a The Jayhawks a ese Neil Young más rugoso y eléctrico. Un cambio de paisaje que no desentona dentro del conjunto y demuestra que, incluso cuando salen de su zona de confort, la banda sabe exactamente dónde poner cada pieza.

"Rowing the Boat" devuelve al grupo a un territorio más desnudo, con una delicada balada folk que funciona como un epílogo cálido y balsámico y deja el disco suspendido en un lugar especialmente hermoso. No hay este disco grandes giros estilísticos ni necesidad alguna de demostrar que todavía pueden sorprender. The Jayhawks conocen bien su terreno y siguen transitándolo con una solvencia envidiable.

Coke Belda: "Coke Belda 9"


Por: Txema Mañeru. 

Sin duda estamos ante el artista más prolífico en el recomendable sello de pop-rock y power-pop, especialmente, Rock Indiana. Quizás el histórico Santi Campos, con sus múltiples aventuras (Malconsejo, Amigos Imaginarios o bajo su propio nombre), pueda andar por esas cifras. En el apartado internacional el que gana en este aspecto, pero no llega a la cantidad de estos, es el recomendabilísimo Bryan Estepa al que además hemos visto varias veces actuar en el Colegio de Abogados de Bilbao y esperamos hacerlo pronto de nuevo, aunque no haya sido en la reciente gira con su banda.

Coke lleva en los últimos tiempos una cadencia de casi a disco por año. Entre ellos ha hecho un disco tributo a Los Brincos y dos para sus queridos Bee Gees, referencias que sirven para situarle musicalmente, por otro lado. Tras ellos ha seguido vertiginoso con “7: Love” y “C8ke”. En dicho disco colaboró el sueco David Mhyr (The Merrymakers), otro artesano del power-pop de Rock Indiana que acaba de publicar su tercer disco en solitario en la casa y que es una gozada que puede gustar por igual a fans de Fountains Of Wayne, Beatles o The Lemon Twigs. ¡Échale un oído a “Everything Is All About You”.

Y cuando aún estábamos sin archivar en su lugar correspondiente “C8ke”, nos llega este “Coke Belda 9” o “9” solamente. Y nos ha vuelto a capturar con sus, en apariencia, muy sencillas canciones, pero que cuentan con pequeños arreglos y detalles que te llamarán poderosamente la atención si las escuchas con atención. El arranque es realmente resplandeciente con la pegadiza y muy Bee Gees "Golden Days" que cuenta hasta con algunas voces en falsetto. Coros, guitarras y sentido piano y hasta un, suponemos, delicado clavicordio. Todas las canciones cercanas a los 3 minutos y hasta llegar alguna a los 4 y medio. Se muestra más enérgico y power-pop en "Enduring Love" dominando las guitarras eléctricas, pero también con buen puente melódico con enternecedores coros y guitarras de 12 cuerdas a lo Byrds. Se nota su pasión de siempre por los Beatles y, de hecho, tuvo un grupo llamado The Bitters, consagrado a hacer versiones de los de Liverpool. Esto es palpable y audible en la tierna "Everyone Needs You" con un trabajo en las voces realmente sensacional. Precioso arranque a capella, entre Bee Gees y Beach Boys, en "Beach Life" y on otra luminosa melodía. Cierra la cara A con un precioso tema lento que pudieran haber firmado Procol Harum o The Moody Blues. Te hablamos de una melancólica y hermosa "Velvet Sunrise" que luego se pierde en un soleado estribillo.

La cara B arranca con las guitarras muy The Byrds de "Turning Skies" y más coros celestiales, aprovechándonos de su título. Regresa al power-pop y casi a los Status Quo de finales de los 70 con la potencia de "Keep On Wandering". Regresa a las sentidas baladas con "World Without Fear" y sus coros deliciosos desbordando ternura por los cuatro costados. En "Dancing In The Rain" cuenta con las guitarras de David Wiergo que se marca algún solo realmente atractivo. El final es para el único tema que supera los 5 minutos. Se trata de "Lonely Hearts" y, por su título, además de por su duración, estaba claro que tenía que ser otra perla a cámara lenta. Comienza con cuerdas cuasi clásicas y aromas entre Bee Gees y Beatles, una vez más. Pero tiene trampa porque luego se extiende varios minutos más a capella en una delicia total. ¡Nada Coke, el próximo año te pones al “Diez”, y te ponemos un “10”!

Teenage Fanclub: "Intentamos actuar por instinto y hacer lo que queremos"


Por: Àlex Guimerà. 

Muchos grupos miden su éxito en estadios llenos y presencia en los medios, luego hay otros como los Teenage Fanclub cuyo éxito se puede medir por el respeto y la devoción tanto de sus seguidores como de sus compañeros de profesión. En la década de los noventa fueron considerados al unísono, por figuras de la talla de Kurt Cobain o los hermanos Liam y Noel Gallagher, como "la mejor banda del mundo". Sin embargo los escoceses han sabido esquivar las trampas de la fama y la nostalgia masiva para construir disco a disco una de las trayectorias más honestas, sólidas y bellas del pop de los últimos años.

A las puertas de publicar su esperadísimo decimotercer álbum de estudio, "Do Not Dare To Dream" (Merge Records), y en plena cuenta atrás para una completísima gira que los llevará a recorrer 12 ciudades el próximo mes de octubre, nos sentamos a charlar con Raymond McGinley, guitarrista fundador de la banda y uno de sus compositores históricos junto a Norman Blake y Gerry Love.

FECHAS, CIUDADES Y SALAS DE LA GIRA ESPAÑOLA: 04 de octubre de 2026 San Fernando (Cádiz) Real Teatro de Las Cortes / 05 de octubre de 2026 Sevilla Sala Custom / 06 de octubre de 2026 Granada Teatro Caja Granada/  07 de octubre de 2026 Murcia Sala Mamba! (Las Noches del Malecón) / 09 de octubre de 2026 Santiago de Compostela Sala Capitol / 10 de octubre de 2026 Oviedo Kuivi Almacenes / 11 de octubre de 2026 Bilbao Kafe Antzokia / 12 de octubre de 2026 Zaragoza Jardines de Invierno / 14 de octubre de 2026 Pamplona Zentral 15 de octubre de 2026 Madrid LAB The Club / Wagon / 16 de octubre de 2026 Valencia Sala Moon / 17 de octubre de 2026 Barcelona Razzmatazz 2 

Han pasado más de 30 años desde que os juntasteis en Bellshill. Cuando escucháis hoy vuestros primeros trabajos como "A Catholic Education", ¿reconocéis a los músicos que grabaron aquello o os sentís como personas completamente diferentes? 

Raymond McGinley: Creo que cuando escuchamos "A Catholic Education" —o cuando yo lo escucho, que no es muy a menudo—, recuerdo que al grabarlo simplemente intentábamos hacer lo nuestro y ser nosotros mismos; lo hicimos en cierto modo aislados. No habíamos dado conciertos; queríamos grabar el disco y lanzarlo después, de modo que la banda ya existiera para entonces. Y lo que hacemos ahora es prácticamente lo mismo. Así que esas personas suenan, ya sabes, un poco diferentes. 

Grabamos "A Catholic Education" hace ya 37 años. Pero en cuanto a nuestro enfoque de entonces y el de ahora, simplemente hacemos lo que nos apetece. Eso sí, lo que nos apetecía hacer en 1989 es ligeramente distinto a lo que nos apetece hacer en 2026. Pero reconozco perfectamente a esas personas, porque al volver a escuchar lo que hicimos hace tantos años no me parece un mundo ajeno. Simplemente suena a que estábamos haciendo... a que seguíamos haciendo lo nuestro, lo que hacemos siempre. Hacemos lo que nos apetece en cada momento sin cuestionarnos si es lo correcto, o si deberíamos probar otra cosa; intentamos actuar por instinto y hacer lo que queremos. Eso es lo que hicimos entonces y, en realidad, es lo que seguimos haciendo ahora. 

"Bandwagonesque" os situó en el mapa mundial de la música independiente en 1991, compitiendo en las listas del año incluso con el "Nevermind" de Nirvana. ¿Sentisteis en algún momento que el éxito de ese disco fue una bendición o una presión añadida para el futuro de la banda?

Raymond McGinley: Bueno, con "Bandwagonesque" entramos en un mundo de expectativas diferentes, sobre todo en Norteamérica; estábamos en el mismo sello discográfico que acababa de publicar "Nevermind" de Nirvana, y creo que Sonic Youth también estaba allí. Existía la expectativa de que bandas como la nuestra podían vender millones de discos. Así que, para algunos de los que rodeaban a la banda, la situación se veía así: es mejor que tu sello espere que vendas millones de discos a que no vendas nada, ¿sabes? Supongo que es la situación que uno preferiría. Pero nos desconcertaban un poco algunas de esas expectativas y lo que ocurría a nuestro alrededor. Fuimos a "Saturday Night Live", lo cual estuvo genial, pero para nosotros era simplemente un programa de televisión del que nunca habíamos oído hablar. Y luego te decían: "Hay 20 millones de personas viéndolo en directo en Norteamérica». Nosotros pensábamos: "Bueno, es solo televisión, ¿no?". Nos lo tomábamos con calma, sin darle demasiadas vueltas. No sentíamos tanta presión. Simplemente teníamos mucho trabajo. Y cuando de repente la gente empieza a tratarte de forma muy distinta —me refiero al público que conoces en los conciertos, cuando parece que eres una banda más grande y la gente reacciona ante ti con una especie de admiración reverencial—, resulta un poco extraño. Eran cosas nuevas a las que debíamos adaptarnos en aquel momento. Pero, personalmente, disfrutaba de lo extraño que resultaba todo aquello. No sentí presión alguna. 

En vuestros inicios formasteis parte de una escena escocesa increíble junto a bandas como The Vaselines, BMX Bandits o The Pastels. De Glasgow también eran Texas, Jesus & Mary Chain o Wet Wet Wet. Luego han aparecido bandas como Belle & Sebastian, Travis, Camera Obscura,... De hecho con Belle and Sebastian compartís bajista, Dave (McGowan), que por cierto hace poco los ví en mi ciudad, y vuestro baterista Francis (Mc Donald) es el mánager de Camera Obscura. 

Raymond McGinley: Sí, es cierto...

¿Qué tiene Glasgow para que surjan tantas bandas capaces de crear tantas melodías atemporales?

Raymond McGinley: Supongo que hay algo en Glasgow, tal vez una sensación de que formar una banda es algo natural. Simplemente hacerlo. Creo que a la gente le gusta la idea ese concepto frente al del genio individual o algo así. A la gente le gustaba la Velvet Underground, igual que en todo el mundo, y la tenía idealizada, pero también seguían a The Beatles, The Rolling Stones y cosas por el estilo. Creo que siempre ha habido esa inclinación natural entre mucha gente que conocemos a decir: "Oye, vamos a formar una banda y hacer algo", pero también a hacer algo en conjunto, a poner algo en marcha con otras personas. 

Porque una de las cosas más importantes para nosotros era simplemente meternos en la parte trasera de una furgoneta e irnos de gira. Francis grabó el primer álbum y luego tuvo que irse a la universidad y entró Brendan O'Hare en el grupo. Entonces, Norman, Brendan, Gerry y yo nos metimos de gira y empezamos a recorrer el Reino Unido y Europa. Y todos estaban listos para la acción. Creo que todos queríamos hacer algo, pero el motivo era precisamente ser una banda; haciendo cosas juntos nos sentíamos bien. Y queríamos que la banda fuera una banda, en todo el sentido de la palabra. No es como en esos grupos donde hay una persona especial y los demás quedan desenfocados al fondo de la foto o algo así. A nosotros nos gustaba, y lo sigue haciendo, que la personalidad de cada uno desempeñe un papel en la música que creamos y en cómo nos presentamos en el escenario. Y nos sentimos bien al hacerlo. Pero, por la razón que fuera, mucha gente en Glasgow compartía también ese deseo de formar una banda y... ya sabes, a veces es simplemente la idea de estar en un grupo, sin que necesariamente hagas gran cosa de cara a los demás. Quieren recorrer el planeta entero, tal como hicimos nosotros.

Desde el principio de Teenage Fanclub establecisteis una dinámica democrática de composición entre tu, Norman y Gerard. ¿Cómo ha funcionado y protegido esa fórmula la salud interna del grupo a lo largo de las décadas? 

Raymond McGinley: Al principio, cuando Brendan se unió a la banda, la situación era tal que también él formaba parte esencial en ella; los cuatro estábamos y nos considerábamos socios en igualdad de condiciones en todo el proyecto. Eso le incluía a él, no éramos solo tres. Discutíamos las cosas, compartíamos la toma de decisiones y todo ese tipo de cuestiones. Creo que parte de ello consistía simplemente en reconocer que, en aquel momento, nadie cobraba ni nada por el estilo. Todos habían sacrificado sus vidas para meterse en la parte trasera de una furgoneta, salir a tocar donde fuera y entregarse por completo al proyecto. Así que pensamos que debíamos compartirlo todo, ya que cada uno estaba invirtiendo su vida en ello. 

Ahora las cosas son algo diferentes, en el sentido de que trabajamos con personas que tienen otros proyectos en marcha. Básicamente, somos Norman y yo quienes componemos las canciones y organizamos los asuntos de la banda. Supongo que como has dicho Francis tiene sus propios proyectos, Dave toca con Belle and Sebastian y Euros Childs, y ellos tiene su propia trayectoria. Pero para nosotros es importante que la música que hacemos —tanto por parte de Euros, Dave y Francis como de Norman y yo— refleje la personalidad de todos los implicados. 

Cuando estamos en el estudio, todos aportan su talento musical al conjunto de la obra. Y, al escuchar el resultado, lo que busco —tanto antes de entrar a grabar como después— es percibir la personalidad de quienes han participado. Sin duda, hoy en día puedo apreciar eso, por ejemplo, en la interacción entre Euros y Dave: ambos tocan de forma muy melódica. Euros no se limita a tocar acordes en el teclado; crea contramelodías. Y Dave también lo hace con el bajo. Hay mucho movimiento melódico y cosas así, y la forma en que Francis toca la batería no es mecánica; él toca con sentimiento, con swing. Y, al igual que en el primer álbum, simplemente queríamos sonar como personas expresándose, sin obsesionarnos con cosas como "éstas son mis ideas" o "tienes que hacer lo que yo diga". Sé que hay bandas que tienen esos problemas, pero nosotros intentamos evitarlos. Lo logramos creando un ambiente en el que, cuando estamos juntos, todos se sienten libres de decir lo que piensan y de expresarse musicalmente. Y cuando digo "decir", me refiero a que la mayor parte ocurre a través de la música, no de las palabras. No es que alguien diga: "Creo que debería tocar esto en esta canción"; simplemente empezamos a hacerlo. Simplemente nos ponemos a tocar y las cosas surgen solas.  Así que sí, para nosotros es importante que, si la música va a valer la pena, surja de la personalidad de cada uno de los integrantes. 

De la distorsión ruidosa y fuzz de los primeros años pasasteis a la artesanía pop resplandeciente de "Grand Prix" (1995) y "Songs from Northern Britain" (1997). ¿Fue un cambio consciente o simplemente la consecuencia natural de haceros mejores músicos? 

Raymond McGinley: Nunca hubo un cambio de estilo consciente. Como decía antes, simplemente hacemos lo que nos apetece en cada momento. Y tal vez otra cosa que influyó fue que, al principio, cuando intentábamos grabar guitarras con un sonido más limpio, no sonaban tan bien; quizá porque no sabíamos muy bien cómo hacerlo. Pero con el tiempo fuimos encontrando formas de sacar más riqueza a esos sonidos limpios, formas que creíamos que funcionaban. Y, de nuevo, no fue algo premeditado. Simplemente nos dirigimos hacia un sonido que, sin llegar a estar totalmente saturado, conservaba cierto grado de distorsión o empuje. Además, estábamos usando cosas diferentes. Pero también sentíamos que la potencia —y el impacto de la música— no tenía por qué provenir necesariamente de un sonido ruidoso o saturado. Se puede lograr esa misma potencia a través de la interpretación o de la forma en que tocas la guitarra. Supongo que la fuerza también puede surgir de la melodía, de la letra de la canción o de otros elementos. Es un tipo de impacto diferente. Así que creo que empezamos a buscar un impacto distinto: uno que naciera más de la expresión humana que del tono en sí. Pero nunca nos cerramos a nada. Si hiciéramos otro álbum y compráramos pedales de fuzz nuevos, por ejemplo, y pensáramos: "Me encanta este pedal, quiero usarlo en todo". Pues eso es lo que haríamos.

Durante los años 2000 con discos como "Howdy!" o "Man-Made", vuestro sonido se volvió más reflexivo y acústico. ¿Cómo recuerdas esa etapa vital en comparación con los agitados noventa? 

Raymond McGinley: Cuando hicimos "Manmade" —y por aquella época— la sensación era buena, la verdad, porque estábamos con Creation Records, al menos en Europa. Empezamos con Paper House Records para el primer álbum y luego estuvimos con Creation Records hasta el álbum "Howdy". Para cuando llegamos a "Howdy", Creation ya había cerrado y terminamos trabajando con la gente de Sony, que se había quedado con el negocio de Creation, por así decirlo. Fue una situación un poco extraña porque tratábamos con gente que no conocíamos, aunque muchos de ellos eran muy amables y todo eso. Pero la situación resultaba un poco rara. Así que, una vez que terminamos nuestra relación con Sony y estábamos preparando "Manmade", volvimos a la dinámica de grabar un álbum y luego publicarlo. Básicamente, volvimos exactamente al mismo método que usamos para "Catholic Education". Por ejemplo, con "Manmade", nosotros mismos pagamos la grabación. Fuimos a Chicago y trabajamos con John McIntyre en su estudio. Actuábamos por nuestra cuenta, sin depender de las expectativas de nadie. Una vez terminado el álbum, simplemente hablábamos con gente y les decíamos: "Oye, hemos hecho este disco, ¿os interesaría publicarlo?". Eso fue lo que hicimos con Merge Records en Norteamérica en aquel entonces; ahora trabajamos con ellos en todo el mundo. También hablamos con gente de Vital Distribution y nos dijeron que sí, que lo publicarían. Fue una buena sensación porque todo era muy sencillo; no es que tuviéramos el control absoluto, pero cuando trabajas con personas que tú has elegido —y que te han elegido a ti—, la vida es más fácil. 

Con el álbum anterior, la etapa de "Howdy", la relación surgió un poco por inercia, ¿sabes?, y por eso resultaba algo extraño. Con "Manmade", sentíamos que habíamos recuperado una vida más sencilla en cuanto a cómo interactuábamos con el mundo exterior y todo eso. Fue una sensación agradable. Lo pasamos muy bien en Chicago grabando aquel disco durante un invierno muy frío; creo que fue en 2004. 

Unos años más tarde, en 2018, la salida de Gerry supuso un punto de inflexión significativo para la banda y para los fans. ¿Cómo afectó su marcha a la dinámica creativa de Teenage Fanclub y cómo redefinisteis el camino a seguir? 

Raymond McGinley: Bueno, obviamente, cuando Gerry dejó la banda ten en cuenta que habíamos trabajado con él desde 1989; así que llevábamos casi 30 años trabajando juntos. Como es lógico, eso iba a afectar a la dinámica. Y esto se relaciona con lo que decía antes sobre nuestra forma de trabajar: las personalidades son importantes. Cuando la gente trabaja como nosotros lo hacemos, todos los presentes —y todos los miembros de la banda, estén o no allí físicamente— influyen no solo en el sonido, por así decirlo, sino también en la forma en que interactuamos entre nosotros. Así que, evidentemente, eso tuvo su impacto. Pero, una vez que supimos que Gerry quería dejar la banda, decidimos volver rápidamente al estudio para crear material nuevo de inmediato y ver cómo funcionaba esta nueva etapa. Queríamos tener canciones nuevas listas para tocar en cuanto empezáramos a dar conciertos sin Gerry. No queríamos que nos vieran simplemente como una banda del pasado o un grupo nostálgico; nos consideramos una banda actual. 

Por eso fuimos a un estudio en Hamburgo en enero de 2019. Gerry se marchó, creo, en noviembre de 2018; así que, apenas seis semanas después, volvimos al estudio para retomar la creación de música nueva. Contamos con Euros para los teclados, y David pasó de los teclados al bajo, ya que él es bajista. Simplemente nos ponemos a trabajar en canciones nuevas y material inédito, tal como siempre lo hemos hecho. Y pensamos: "Oye, sí, esto se siente realmente bien". 

Hemos vivido cómo cambian las dinámicas; ya nos pasó en los inicios, cuando pasamos de tener a Francis en la batería a tener a Brendan. En nuestro primer álbum, algunas canciones las tocó Francis y otras Brendan. Si las escucho, me suenan completamente diferentes. Incluso hay temas que Brendan volvió a grabar después de que Francis los hubiera hecho originalmente. La sensación general es distinta. No es cuestión de si es bueno o malo; simplemente es así. Hemos pasado por muchas cosas. Hubo una etapa en la que Brendan no estaba y entró Paul; luego Paul siguió en la banda y Francis también estaba... Hemos atravesado varios cambios. Pero con quien más tiempo hemos estado es con Gerry. Sin embargo, somos personas optimistas. Y esta banda que hemos construido a lo largo de los años es el mundo en el que vivimos a la hora de crear música juntos. Así que simplemente mantuvimos el optimismo y nos enfocamos en lo siguiente: "Vale, ¿qué viene ahora?". Y aquí estamos, en esta nueva realidad. Simplemente afrontamos la situación en la que estamos. 

Este próximo 9 de octubre publicáis un nuevo trabajo, "Do Not Dare to Dream", que hemos podido escuchar y nos parece una maravilla. Un disco lleno de sensibilidad ideal para detener el tiempo y degustarlo, y para mi uno de los mejores discos pop de los últimos años. ¿Qué nos puedes contar del nuevo álbum? 

Raymond McGinley: Bueno, en cuanto al nuevo álbum, empezamos a grabarlo este año, a finales de enero, en un estudio llamado Black Bay Studios; está muy al noroeste de Escocia, en una de las islas más remotas, concretamente en una pequeña isla situada al otro lado de esa otra isla mayor, llamada Great Bernara. Siempre estamos buscando nuevos lugares a los que ir. Dejamos bastante trabajo pendiente para cuando llegamos al estudio, como terminar canciones y cosas por el estilo. Así que queremos que el lugar elegido tenga cierto impacto en el sonido del disco. Y creo que el sonido de un disco es algo fortuito, en cierto modo. Tienes una idea de lo que vas a hacer, pero más allá de lo que pienses, las cosas surgen como surgen, ¿sabes? Y pasamos una buena temporada allí, un par de semanas. Además, creo que cuando nos disponemos a grabar un disco, no tenemos una idea exacta de cómo será el resultado; yo aún no sé cómo son las canciones de Norman porque no están terminadas, y él tampoco sabe cómo son las mías. Tampoco sabemos qué sentiremos todos una vez que entremos en el estudio. Así que nos gusta arriesgarnos y ver qué pasa. Estamos satisfechos con el resultado final. Creo que hay arreglos de teclado muy buenos en este disco. Creo que Euros tocó partes de sintetizador y pequeños detalles... musicalmente, hay cosas muy buenas. Y, en cuanto a las letras, supongo que Norman y yo simplemente intentamos expresar cómo nos sentimos en ese momento concreto. Pero sí, estamos bastante contentos con cómo ha quedado todo.

El título "Do Not Dare to Dream" ("No te atrevas a soñar") suena a la vez a advertencia realista y a una ironía melancólica. ¿De dónde surge esta frase? 

Raymond McGinley: Bueno, a Norman se le ocurrió eso porque —no sé si a vosotros os pasa lo mismo- aquí vemos muchas cosas tipo meme, o esos cartelitos inspiradores que dicen «vive, ríe, ama» o «atrévete a soñar»... ya sabes, esa especie de mensaje insulso de «piensa en positivo y todo se hará realidad»...Ya sabes, ese tipo de cosas. No fue idea mía; fue de Norman. Él decía que esas cosas de «atrévete a soñar» son un poco ridículas. Así que la idea es más bien «no te atrevas a soñar». Pero también creo que los títulos de los álbumes deben tener un efecto que permita a la gente proyectar sus propios pensamientos en ellos; que signifiquen lo que cada uno quiera que signifiquen. Por eso conviene que sean un poco enigmáticos. Creo que el título de un álbum no tiene por qué significar algo concreto; basta con que transmita una cierta sensación que acabe asociándose al disco. Piensa, por ejemplo, en un álbum como "Man Made" o algo así. No recuerdo exactamente el proceso mental; creo que fui yo quien propuso llamarlo "Man Made". Pero el título transmite una cierta atmósfera, una sensación propia del disco. Así que sí, al final el título se convierte en una especie de lienzo en blanco donde la gente proyecta su propia interpretación de lo que significa. 

Leía hace poco el músico argentino Fito Páez que decía en contra del abuso de las tecnologías algo así como que si hubiera un apagón, la mayoría de discos y música desaparecerían. Vuestro nuevo disco es fundamentalmente acústico ¿Es una vuelta a los orígenes de la música? 

Raymond McGinley: La era moderna de la música grabada ha sido en realidad un periodo muy breve dentro de la historia de la creación musical humana. Es como... bueno, la gente —y quizá siempre haya sido así— tiende a pensar que nuestra época es la más importante y que lo verdaderamente relevante ocurre ahora. ¿Cómo podría haber existido algo antes de que las cosas fueran como son hoy? La música grabada no lleva tanto tiempo entre nosotros; bueno, supongo que ya se acerca a los cien años o algo así. Pero, comparado con los miles de años que llevamos haciendo música, es casi nada. Así que, pase lo que pase, la gente seguirá haciendo música, ya sea como lo hacemos ahora, o simplemente entre amigos o familiares tocando unos para otros, o de cualquier otra forma. 

Al hacer este disco queríamos que sonara natural, porque actualmente es muy fácil crear un álbum con solo pulsar un botón y dar una instrucción; la tecnología genera música que, si quieres, suena perfecta. Así que ya no tiene mucho sentido buscar eso. La máquina ya puede crear un disco perfecto a base de un pastiche de todo lo que se ha hecho anteriormente. 

Este próximo mes de octubre hacéis una gira española por hasta 12 ciudades, terminando en mi ciudad Barcelona el día 17. ¿Qué tiene nuestro país a diferencia de otros países como Francia o Alemania que tanto éxito tenéis? 

Raymond McGinley: Estamos muy contentos con eso, la verdad. Hemos conocido a gente estupenda a nivel local, con quienes trabajamos. Pero creo que hay algo que se remonta a nuestros inicios; creo que la primera vez que tocamos en España fue con Nirvana, allá por 1992. Y, por lo general, siempre hemos sentido una buena conexión con el público; nos ha parecido un público muy entendido a la hora de captar la música, pero también muy entusiasta, sin pretensiones ni aires de grandeza, lo que permite que la gente se exprese con total libertad. Nos encanta esa sensación de comunidad, esa percepción de que algo especial está a punto de ocurrir en la sala. Y ojalá siga así por mucho tiempo. Nos fascina. 

Tenéis un público fiel que os ha acompañado durante más de tres décadas. ¿Cuál es el secreto para mantener la frescura y la honestidad en el escenario sin caer en la mera nostalgia? 

Raymond McGinley: Bueno, una de las cosas que hacemos conscientemente es tratar de evitar caer en demasiada nostalgia. Creo que estamos contentos siendo quienes somos ahora. Es decir, estaría muy bien tener 37 años menos, como en 1989. Pero sería un poco triste intentar ser aquellas personas siendo quienes somos ahora. Y cantar las canciones antiguas está bien, pero también queremos hacer temas nuevos; nos gusta avanzar un poco. Para nosotros, es una sensación mejor intentar ser nosotros mismos ahora, haciendo lo que queremos hacer en este momento. Preferimos eso, integrar todo lo que hemos hecho y que todo forme un todo coherente, a simplemente decir: "Oye, el grupo se separó hace 20 años y nos hemos reunido porque alguien nos ofreció mucho dinero para celebrar la época de principios de los 90", o algo así. No pretendo faltar al respeto a nadie que haga eso; todo el mundo tiene que ganarse la vida. Y quién sabe, puede que llegue un momento en el futuro en el que acabemos haciendo eso durante una temporada. ¿Quién sabe? Pero, mientras podamos, preferimos ser nosotros mismos ahora. Nos gusta grabar discos nuevos y nos gusta tocar las canciones de siempre. No hay ninguna etapa de nuestra historia de la que nos avergoncemos. Creo que nos mantenemos frescos simplemente haciendo siempre lo que queremos y lo que nos apetece hacer. Nunca —o más bien, tratamos de no hacerlo— cuestionamos nada en absoluto. 

A menudo se os etiqueta como los herederos del power pop de Big Star o The Byrds. ¿Os sentís cómodos con estas etiquetas hoy en día o creéis que encasillan vuestra música? 

Raymond McGinley: Bueno, el término power pop no significa tanto para mí como para mucha gente; ya sabes, el género en sí no suele tener tanta importancia. Creo que el primer concierto al que asistí fue de Todd Rundgren —bueno, era Todd Rundgren's Utopia—; a Todd Rundgren se le consideraría más tarde una especie de icono del power pop o algo así, pero aquel concierto de 1977 pertenecía más bien a la era del rock progresivo, aunque él seguía tocando temas muy cercanos al pop. Sin embargo, la etiqueta power pop a veces hace que algunos de los discos de las bandas que has mencionado —digamos, los de The Byrds o... ya sabes, siempre decimos que es curioso que sean bandas cuyos nombres empiezan por "The": The Byrds, The Beach Boys, The Beatles, Badfinger, etcétera— parezcan más grandes y ricos de lo que el término power pop sugeriría, en mi opinión.

Cada persona tiene su propia manera de describir lo que le gusta en cuanto a música y demás; personalmente, el tema de los géneros siempre me ha resultado un poco confuso. Yo tiendo a pensar que cada disco es diferente; cada álbum de The Beatles es distinto, y lo mismo ocurre con los de The Byrds, así que me resulta difícil ponerle una etiqueta concreta a cualquier cosa. 

Mirando hacia el horizonte, después del lanzamiento del disco y de completar la gira ¿qué le queda por cumplir o experimentar a Teenage Fanclub? 

Raymond McGinley: Lo único que nos queda por lograr y experimentar es simplemente más de lo mismo, siempre y cuando tengamos ganas y nos sintamos bien haciéndolo. Ya sabes, puede llegar un momento en el que digamos: "Bueno, ¿sabes qué? Ya he tenido suficiente de esto". Pero por ahora no es así; seguimos disfrutándolo y queremos seguir sintiendo eso... quienes grabamos discos sentimos una especie de necesidad extraña de crear algo que se convierta en un disco que otros escuchen, y esa sensación persiste. No se siente como una obligación ni como algo que hacemos por dinero; simplemente es nuestra vida y es lo que hacemos. Si esa sensación cambia, probablemente dejaremos de hacerlo, pero de momento no es así. Ese día llegará, claro, en algún momento —ya sea por accidente, por elección propia o ajena, por azar o lo que sea—, pero ahora mismo estamos disfrutando del momento, de hacer lo que hacemos y de ser quienes somos.

Jorge Drexler levanta la prohibición de bailar al público madrileño en el Movistar Arena


Movistar Arena, Madrid. Sábado, 26 de septiembre del 2026. 

Texto: Guillermo García Domingo. 

Fotografías: Marián Bujanda Bravo. 

La gira “Taracá” ha devuelto al cantautor uruguayo desde Latinoamérica a su casa, a la ciudad a la que llegó en 1995, animado por la invitación que le había hecho Joaquín Sabina. Siempre cuenta este episodio a propósito de “Pongamos que hablo de Martínez”, pero esta vez lo hizo cuando llegó el momento de interpretar “Cuando cantaba Morente”, ya que al poco de llegar a Madrid acompañó a Sabina a un concierto en Granada y esa misma noche conoció en el Sacromonte al maestro flamenco. 

Quién le iba a decir a Drexler que, 30 años después, él mismo ofrecería un concierto como el del sábado, en el que durante la parte central se convirtió de nuevo en ese buscavidas que llegó a la ciudad con su petate y dentro de él sus canciones, subido en una pequeña tarima, en medio del público, con la única compañía de su voz o si acaso de su guitarra, sobre la que cantó a capela “Las palabras”, “Guitarra y vos” con el acompañamiento de una asombrosa caja de ritmos electrónica, y “Al otro lado del río”, casi como lo hizo en aquella inolvidable entrega de premios de los Oscar en la que previamente le habían impedido cantar en el escenario este tema formidable dedicado a Ernesto Guevara antes de transformarse en el Che. Drexler canta incluso cuando habla, el “spoken word” posee a fin de cuentas su propia musicalidad. El público a través de una aplicación escogió “La trama y el desenlace”, y un Drexler magnánimo, como acostumbra, fue más allá y regaló además “La milonga del moro judío”, inspirada en los versos de Chicho Sánchez Ferlosio. Parece más lejana e imposible que nunca esta fábula sobre el entendimiento intercultural por culpa del genocidio que está perpetrando en Gaza el gobierno sionista. A continuación llegaron “Inoportuna” y “Soledad”, delicadísimas creaciones del compositor, que resultaron todavía más estimulantes gracias a la contribución del contrabajo de Alejandra López, y el vibráfono de Eva Catalá en “Amar y ser amado”.

El propósito de su disco y de esta gira, en la que los ritmos del Cono Sur y africanos, a través del cauce de los tambores del candombe uruguayo, tienen tanto protagonismo, era que tuviéramos la oportunidad de bailar pese a que el ambiente social y político de la ciudad no era el más propicio para ello. Los derroteros de las giras y los de las ciudades donde recalan a veces no coinciden. Y el pasado sábado la capital estaba convulsionada, bajo los ecos todavía de los sucesos acaecidos durante la semana y los manifestantes tomaban, a la misma hora del concierto, la emblemática puerta del sol para reclamar una solución urgente a la situación insostenible de la vivienda. Si alguien podía lograr que bailaremos era Jorge Drexler, persuasivo como pocos. Y de veras que lo consiguió en un espectáculo mestizo y emocionante. Aunque la ciudad que evocaban las palabras que escribió para un homenaje a la ciudad junto a Ketama ya no la reflejan de modo fidedigno. Como él mismo dijo con otra intención: “Es un privilegio vivir en Madrid”. Pues eso mismo está sucediendo. Literalmente. La habitabilidad hospitalaria ha sido sustituida por la hostilidad económica. 

Drexler no sólo está dotado de sensibilidad, también llama la atención su inteligencia. El concierto estuvo plagado de aciertos. Uno de ellos es que no alargaron las canciones más de lo necesario para que otras tuvieran cabida. La gira de “Tinta y Tiempo” destacó por su diseño fascinante. En esta nueva gira Drexler (y el director artístico/productor Carles Campi Campón) ha insistido en seguir los pasos de David Byrne y los Talking Heads en un show que integra perfectamente las proyecciones de vídeo en blanco y negro, la propia música, y la posición y el movimiento de los músicos. En ningún otro concierto, en un recinto tan difícil de gestionar, el sonido había sido tan excelso gracias a la labor de los técnicos de sonido y de los propios instrumentistas, cada uno con sus propios proyectos musicales, tal y como recordó el propio Jorge. Las canciones de este artista son idóneas para las voces femeninas como hemos podido comprobar en muchas ocasiones, y también durante el concierto. Eva Catalá (Percusión y vibráfono), Alejandra López (Contrabajo y voces), Miryam Latrece (Voces y samplers), y Flor Gamba (Voces y guitarra) hicieron suyas las canciones de Drexler.

En la primera y la tercera parte del concierto, en el escenario principal, el cantante nos invitó a un festival rítmico cuyo anfitrión eran los instrumentos de percusión. Dio comienzo la fiesta con los temas de “Taracá”, “Toco madera” “¿Cómo se ama?” “¿Hay alguien A.I.?”, siguieron otros de su amplio repertorio. La parte final, fue inaugurada con “Movimiento” y su oportuno mensaje: “Yo no soy de aquí, pero tú tampoco”, “Universos paralelos”, y “Tocarte”, en la que se acordó de Pablo Pablo, un prometedor artista que participó con C. Tangana en la creación de este tema, y que además es su hijo. El maestro Fernando Ramírez dirigió la rueda de candombe que improvisaron en el escenario cuando llegó el momento de “Tambor Chico”. Pero tuvo especial importancia, “Ante la duda, baila”, durante la cual Drexler en un estrado leyó algunas de las prohibiciones que han restringido el baile a lo largo de la historia. Aunque todavía quedaba por escuchar “Todo se transforma”, esta canción resumió por sí sola el sentido del concierto: el baile como desafío y liberación en un tiempo ominoso.