Fontaines D.C.: “Dopamine Chamber”


Por: Juanjo Frontera. 

¿Son Fontaines D.C. la banda de la década? En términos rock, no hay duda de que los irlandeses han definido (y redefinido constantemente) el sonido de su generación a base de una colosal colección de álbumes, a cada cual mejor cincelado, a través de los cuales han dibujado una evolución que jamás se ha asentado en la comodidad de ceñirse a un sonido determinado. 

Si con "Dogrel" (2019) firmaban un debut situado entre la angustia post-punk y la poesía existencialista, con "A Hero’s Death" (2020) jugaron a la introspección y coqueteaban con la oscuridad. Con el tercero, "Skinty Fía" (2022), reivindicaban sus raíces irlandesas ante la añoranza del exilio, pero fue con "Romance" (2024), con el que de verdad dieron el giro de timón que terminó de situarlos en la cima. Una trascendente colección de himnos al principio criticada por ciertas voces que esperaban más guitarras, pero que en tan solo dos años de existencia se ha convertido ya en el clásico instantáneo que merecía ser. 

"Dopamine Chamber" llega en un momento delicado. Tanto a nivel social, situado en uno de los momentos más convulsos de las últimas décadas, como a nivel artístico, con la difícil papeleta de dar continuidad a una obra tan portentosa como la que hemos descrito. Ellos resuelven la ecuación sin despojarse por completo del traje que vestían en "Romance" -hasta la portada guarda similitud- pero esos sintetizadores salidos del congelador que encontramos en la inicial “Six shot morning” ya nos advierten de que todo sigue ahí, pero nada es lo mismo. No en vano vuelve a producir James Ford, mago del sonido dark synth de trabajos como "Ultra", de Depeche Mode. 

Este comienzo fantasmal en que la voz de Grian Chatten, más personal que nunca, parece sobrevolar ese cementerio en que se han convertido nuestras vidas, teledirigidas hacia la mentira vacía de la búsqueda de la felicidad rápida en la era digital, anticipa lo que parece ser el tema central de "Dopamine Chamber". Un álbum que no abandona fácilmente ese tono gélido inicial. Lo continuamos apreciando en la preciosa “Marianne”, otra de esas manifestaciones de pop melancólico que dan muestra de la rotunda capacidad para construir singles perfectos que tiene esta banda. 

“Mimesis” acelera el tempo a base de un bajo machacón sobre el que las calibradas capas de guitarras y demás arreglos (mucho sintetizador y coros) van desarrollando esa atmósfera entre épica y desgarradora que, de nuevo, le deja a uno con la boca abierta. A partir de ahí ya es imposible no pegar los oídos: “Demolition” es eso, demoledora y conmovedora a la vez; en “Tongue” las diferentes texturas -con ese piano tan bien situado que suena en el parón que viene antes del apoteósico desenlace- que juegan unas con otras sin estorbarse vuelven a mostrar un derroche de imaginación que es constante en todo el disco. El sonido es absolutamente monumental, pensado al milímetro para que nuestra atención nunca se desvíe. Ni siquiera puedes hacerlo cuando la cosa se pone más intimista y desnuda de pirotecnia sonora, como en “One Man”. 

La parte final del álbum es, sencillamente, alucinante. Empezando por la gran protagonista del disco: “Where Is Gone?”, que contiene la sorprendente unión de estos irlandeses -entre los que se encuentra el guitarrista Carlos O’Connell, medio español y criado en Madrid- con la actual reina de la música global, la catalana Rosalía. Un dueto que recuerda mucho, por lo cinematográfico y romántico, a los de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en los sesenta o también los que perpetraron Isobel Campbell y el añorado Mark Lanegan no hace tanto. Y en todo caso, otra pieza del puzle que es esta siempre sorprendente banda, que una vez más demuestra ser totalmente inclasificable. 

El trío final quita la respiración: “You miss me” es probablemente la canción más perfecta del álbum, la que más aspira a ser considerada el single por el cual se les recuerde y que representa, además, a la perfección el discurso de este trabajo, con su pequeña y desgarradora historia sobre la toxicidad de la dependencia emocional, tan desgraciadamente todavía en boga estos días. Completan la ecuación “Japan”, que guarda pretensiones de himno pero al final perdura como una lección magistral de cómo hacer pop en el siglo XXI, tanto como la final, “Intimate”, que se las arregla para asumir la compleja tarea de despedir una sucesión tan impresionante de composiciones. Su ambiente opresivo, su contenido muro de ruido, su obstinación por reconectar con los Fontaines DC del principio, constituye el broche final perfecto para el que es, seguramente, el mejor disco que puede fabricar la mejor banda rock de hoy en día.

Teenage Fanclub + Euros Childs: La intensidad de una buena melodía


Sala Razzmatazz, Barcelona. Sábado, 17 de octubre de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Menudo octubre llevamos de giras y conciertos, estos días están pasando por nuestras salas y nuestros auditorios un montón de bandas relevantes en el ámbito del pop-rock: Mercury Rev, Strokes, Fontaines DC, Lemon Twigs, Band Of Horses...o nuestros protagonistas, Teenage Fanclub. Que nadie lo olvide, a pesar de tener la baja de una de sus patas (el talentoso Gerard Love), siguen siendo una formación importante a tener en cuenta más allá de revivir su época dorada. Muchas voces son las que rechazan sus últimos trabajos, como el flamante “Do Not Dare To Dream”, lo cual me parece injusto. Cierto que comparándolo con sus primeros trabajos salen perdiendo de goleada, pero en ellos siempre encontramos esas melodías, esa instrumentación que año tras año han ido puliendo, y un pop luminoso con denominación Glasgow. 

Sin mayores expectativa muchos acudimos a una Sala 2 del Razz plagada de nostálgicos del indie de los 90 que abrieron boca con el teclista de la banda, el galés Euros Childs, quien en solitario y con el único acompañamiento de su teclado entretuvo con sus canciones. Y es que Euros Childs es un prolífico músico que muchos conocerán por ser el líder de Gorky's Zygotic Mynci pero que desde el año 2006 ha desplegado una carrera en solitario con prácticamente un disco por año (así que hagan sus cálculos), el último de los cuales es “A-Pop” del año pasado del que interpretó las canciones “Happy Coma” y “My Colander”, en medio de irónicas bromas y una inquietud por seguir con el horario pactado (sacó varias veces su reloj del bolsillo) que demostraron la autenticidad del tipo. Sus arpegios de piano, sus muecas y su buena voz fueron un buen aperitivo del plato principal que lo presentó a un segundo plano en el escenario pero pletórico en las segundas voces y en los acompañamientos y solos a los teclados. Euros está con los TFC desde el 2019 y parece que ha conectado a la perfección con ellos además de darles nuevos matices sonoros.

Junto a él entraron el batería Francis Mc Donald (también mánager de Camera Obscura), el bajista Dave Mc Gowan, al que volvíamos a ver tras su paso en verano a bordo de los Belle & Sebastian, y los fundadores Raymond Mc Ginley y Norman Blake , quienes llevan el peso de las voces y de las guitarras. Para comenzar sonó “It’ s All In Muy Mind”, de uno de los discos mas apreciados por la banda y a veces olvidado por los fans , “Man-Made” (2005), aunque fue mas aclamada la que le siguió, el clásico “About You”. A partir de aquí el directo alternó sus éxitos añejos junto a nuevas canciones, sin que desentonaran unas de las otras. De las nuevas destacaría los cambios de “Tomorrow People”, la melodía azucarada de “There Was You” y la brillante pieza pop “Day In The Sun”, que seguramente se quedará en los setlists del futuro, simple. Pegadiza y optimista como suelen ser los propios Ray y Norman.

El quinteto sonó en todo momento intenso y compacto con una batería poderosa y unas guitarras abrasivas como siempre, demostrando que a pesar de los años se puede ofrecer un concierto potente de power pop como si tuvieran veinte años. Es la forma en la que aparecieron gemas como “I Don’ t Want To Conrol Of You”, “What You Doing To Me”, “I’ m In Love”, “Neil Junk” o la mayestática “The Concept” con esos coros memorables que rezan “I Did’ nt Want To Hurt You Oh Yeah” y ese desarrollo instrumental final con las guitarras a toda mecha. Con la misma caña que le metieron a la que cerró el bolo, “Everything Flows” de su disco de debut “A Catholic Education” (1990) con la que volvimos a sus orígenes.

Está claro que a pesar de que salieron enormes temazos echamos de menos muchas de nuestras canciones favoritas de la banda – básicamente las que llevan la firma de Gery -, como también sobró alguna que otra un poco tediosa e insustancial. Pero la realidad es que es un gozo poder seguir viendo en directo los formidables restos de esa banda que se codeó en su día con Nirvana y ser testigos de cómo aún se mantienen poderosos a las guitarras, harmoniosos a las voces e intensos a pesar de casi no interactuar con el público en forma de parlamentos o bromas. Los escoceses han sabido seguir tras el paso de los años y han querido reinventarse a su manera manteniendo intacto el legado de la que fue una de las mejores formaciones surgidas en la última gran década del rock.

The Lemon Twigs + Mod Lang: Jóvenes clásicos


Sala Paral·lel 62 Barcelona. Jueves, 15 de octubre de 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

En apenas dos años los Lemon Twigs han pisado los escenarios barceloneses en cinco ocasiones. Un periodo muy corto en el que han publicado dos álbumes como banda y uno en solitario de Brian. Ello supone un ritmo de trabajo que sólo permite el fervor de la juventud, pues recordemos que los hermanos D’ Addario, a pesar de tener seis disco de estudio publicados a sus espaldas como banda y estar en circulación desde 2015, no alcanzan la treintena. Y con esa velocidad de crucero es la que afrontan una carrera que por el momento no podemos calificar de otra forma que de sobresaliente. Excelentes multinstrumentistas y compositores inigualables, son únicos en su especie dentro del panorama musical actual.

Eso es algo que a muchos veteranos amantes del rock clásico no se les ha escapado por lo que decidieron acudir a la Paral·lel 62 para poder gozar de sus canciones y en especial de las de “Look For Your Mind”, ese último disco que bebe de forma directa de fuentes como los Beatles, Beach Boys, Turtles, Byrds y, en general del pop de los años sesenta. Tras haberse inspirado en el power pop de los setenta, parece que en los últimos años tiran hacia la década anterior, captando a la perfección las estructuras sonoras, las voces y los instrumentos de bandas como las citadas en un momento actual en el que el destino del rock parece algo desorientado.

Pero antes de ver al cuarteto que forman los geniales hermanos Brian y Michael D’ Addario, junto con ese pseudo-Slash llamado Reza Martin (batería, guitarrista y bajo), y Dany Ayala (teclados y bajo) tocó disfrutar brevemente de esa joven banda que se han traído para la gira llamada Mod Lang. Un cuarteto venido desde Detroit que explora como pocos el power-pop al que se nota que adoran a bandas como los Flamin' Groovies, Badfinger o Big Star. Presentando su disco de debut de este año, “Borrowed Time”, Antonio Keka y Alex Belfie se alternaron las voces y los solos de guitarra mientras la sólida sección rítmica iba a cargo de Ava East (bajo y voces) y Ben Taber (batería). Con temas como “In Advance”, “TV Star” o “What I Can’ t Have”, llenos de voces, ritmos bailables y guitarras afiladas, si bien se nota que no inventan nada, su pop poderoso es delicioso a espera que la banda se vaya compactando a medida que vayan rodando y fogueándose en giras como la actual que les ha llevado por nuestro país.

Pero los actores principales de la noche eran los hermanos D’ Addario y sus canciones, en un recital que se abrió con “My Golden Years” para encender a los espectadores, un hit que seguramente apareció demasiado pronto, lo mismo que “In My Head” y “The One” , esta última la única que tocaron del que posiblemente es su mejor álbum (y espero no ser controvertido) “Songs For The General Public” (2020). Pero su directo iba por otros derroteros, sobre todo por los que marcan su nuevo material, ya que del último disco interpretaron hasta 11 de las 14 canciones. Son esas piezas de orfebrería pop sixties como la aguerrida “Look Fr Your Mind” con ese toque Byrds, el sunshine pop de “2 or 3”, la "beatliana" “ I Just Can’ T Get Over Loosing You”, el medio tiempo cristalino “Fire And Gold” o , mi favorita, el rock’ n roll Beach Boys “Bring You Down” con el que cerraron de forma flipante el primer set.

Maravillosas de nuevo esas rotaciones en los instrumentos que hacen gracias al cual vemos lo bueno que es Michael a la batería o Reza a la guitarra y bajo o lo gran teclista que es el discreto Dany. Y es que a pesar de lo jóvenes que son, se nota lo buenos músicos que son y las tablas que tienen encima del escenario, ya sea cantando segundas (y terceras) voces o pegando esos saltos guitarra en mano a lo rock star. 

Para los bises, Brian solo con la guitarra acústica en mano para silenciar a la audiencia con su vozarrón y su habilidad con el punteo de la mano de una sentida “Joy”, la estrenada en nuestro país “She Flies Through My Dreams” de la que olvidó la primera estrofa y tuvo que reiniciar, y la deliciosa “Corner Of My Eye”. Con la banda al completo el cierre lo puso la rockera “Rock On” que demostró lo buenos que pueden ser si se meten de lleno en el rock’ n roll clásico (ojalá en el futuro un disco entero así) y la titánica “How Can I Love You More?” con ese arranque tan "beachboyero" y ese dessarrollo tan épico, un final ideal que no fue porque hubo un segundo bis tras el ferviente clamor del público que se sació con la lejana “Foolin Around”.

Viva la hermandad: Entre León Benavente, Dorian y el “último verso” de Love of Lesbian


Espacio Zity, Zaragoza. Miércoles 14 de octubre de 2026 
Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Las despedidas duelen. Sabíamos de antemano que iba a ser así, pero a pesar de ello no podíamos faltar a la gira de “El Último Verso” de nuestros hermanos Love of Lesbian. En el mismo escenario del Espacio Zity de las Fiestas del Pilar zaragozanas se dieron cita también León Benavente y Dorian para cerrar el cartel más indie-rock de estos pilares, en una especie de mini festival montado para la ocasión en la carpa de conciertos más grande de Zaragoza. Cinco horas sin parar repartidas entre estas tres grandes formaciones del rock patrio. Todos ellos dando los últimos coletazos a sus giras presentes. Los “leones” antes de dar el salto a México donde terminarán el viaje de su “Nueva Sinfonía sobre el Caos”, Dorian en su penúltimo envite de “Futuros Imposibles” previo a su encierro para dar forma a sus próximas canciones, y los de Santi Balmes en la recta final de su gira de despedida por tiempo indefinido, ya que, como ellos mismos han manifestado, necesitan parar de verdad para volver a reconectar con el espíritu de esta singular formación.

La noche comenzó con León Benavente. La banda, unida inseparablemente a esta ciudad inmortal gracias a su bajista Edu Baos, ofreció uno de sus intensos conciertos en los que la incitación, el descaro y los vatios se dieron nuevamente la mano en un abrazo intenso con un público entregadísimo desde el primer momento. Abrieron con la muy ravera “Úsame/Tírame”, en la que se dejó notar la mano del último fichaje del grupo para sus conciertos, el carismático Martí Perarnau IV, que disparó secuencias y bases con gran acierto, sumando siempre a la intensidad de los cuatro leones, que se despacharon a gusto con “A la moda” y “Amo” antes de que sonara el primero de sus grandes himnos, el colosal “Ánimo, Valiente”. El punch electrónico no bajó ni con la irónica “Mítico” ni con la supervitaminada “Baile existencialista”, y su brillo más rock, en el que dejaron que sus guitarras marcaran la pauta, se percibió con gran maestría en “La Ribera”.


Concedieron algo de espacio al pop con “La Aventura” y nos condujeron por la senda del peligro a través del pulso de bajo más intenso y emocional en lo que va de siglo con “Ser Brigada”, una auténtica apisonadora en directo por los siglos de los siglos. El festín particular del grupo capitaneado por Abraham Boba, los 163 cm más carismáticos de nuestra escena, se desató en la recta final de su actuación con su ya imprescindible “En el Festín”, con su clásico digno del mayor caos armónico “Gloria”, y con la provocación realista y señera de “Ayer salí”, en la que dejamos que nuestros pies se separaran del suelo en un nuevo alarde de cotidianeidad mística regada de la electrónica más enérgica que podemos presenciar en este momento en nuestro circuito. León Benavente son inimitables, una bomba. Sus directos son los más potentes y desafiantes que vamos a encontrar. Absolutamente necesarios. Porque presenciar uno de sus conciertos es una experiencia vital inconmensurable. Una sensación de subidón insustituible y tremendamente sanador. Una vez más (y no me cansaré nunca de decirlo) estuvieron inmensos. Un bolo irrepetible en el que decido quedarme con la cara de una espectadora que estuvo junto a mí durante el concierto con la boca abierta todo el tiempo, sabiendo que estaba viendo algo único mientras descubría por primera vez a este grupo en directo. La expresión del impacto y el flechazo instantáneo hecha realidad. No hay nada comparable, y ese rostro que se me quedará grabado para siempre lo decía todo, poniendo palabras a la sensación única de vivir un concierto de los “leones”.

Dorian también dejarían testimonio de su amor por esta ciudad (que siempre les ha acogido con los brazos abiertos) en su concierto, que cerró la noche en el Zity. Los catalanes presentaron un repaso muy acertado a sus clásicos en la recta final de una gira que les ha llevado, como tantas otras veces, a infinidad de festivales de nuestro país. No hubo tiempo para aburrirse, a pesar de su pose más bien estática entre las grandes pantallas y los alzadores de su escenario, pero Marc Gili se nos metió en el bolsillo de nuevo gracias a canciones tan potentes y bien escritas como “Los amigos que perdí”, “Verte amanecer” o “El temblor”. Lisandro Montes, o el “Chico Biónico”, como lo llamó su jefe de filas, removió el escenario agitando a sus fieles en “Vicios y Defectos” o la reivindicativa “Dual”, y antes de terminar su particular encadenado de hits nos sedujeron con una versión más serena de “A cualquier otra parte” o una “Materia Oscura” que terminó derivando en el “Bailando” de Alaska. Una “Tormenta de Arena” alargada y efectista puso el broche a una actuación correcta, con gancho, pero quizá demasiado encorsetada, y eso que podría decirse que vimos una versión de Dorian más disfrutona que de costumbre.

Pero en lo que de verdad quería detenerme, dentro de este tour de force emocional en medio de los Pilares, era en la despedida de uno de los grupos más auténticos y personales de los últimos veinticinco años. Me estoy refiriendo a Love of Lesbian y su gira “El Último Verso”, que aunque fueron programados en mitad de la velada, para todos los presentes era el plato fuerte de la misma. El nombre de la gira lo dice todo y las propias declaraciones del grupo han dejado claro desde antes de verano que estos conciertos iban a ser los últimos por mucho tiempo. La banda necesita un respiro, una reconexión. La necesidad de tocar tierra para volver a empezar de nuevo si el cuerpo se lo sigue pidiendo. Es cierto que desde su regreso tras la pandemia con “V.E.H.N” no han parado ni un momento, pues encadenaron la gira de aquel disco con la grabación de su último largo “Ejército de Salvación” y siguieron sumando fechas por toda la geografía española (y también especialmente en México) sin respiro. Yo relaciono esta necesidad de parón con su actividad frenética. El deseo de tomar aire para no repetirse o accionar el piloto automático dejando su discurso más vacío. Y eso no lo quieren ni ellos ni sus fieles, que siempre han visto a la banda darlo todo. Es un “o te entregas hasta el fondo o lo dejas”. Sinceramente creo que esta parada será temporal, que Love of Lesbian solo están tomándose algo de tiempo para buscar inspiración y no traicionarse a sí mismos dejándose llevar por la inercia. Es un gesto valiente a la par que necesario tras tantos años en la brecha. Pero dejémonos de disertaciones e interpretaciones personales. Lo del pasado miércoles en el Espacio Zity fue una auténtica celebración. Un derroche de energía que nos permitió volver a emocionarnos con las canciones de la banda.

Balmes comenzó con calma pero mucho sentimiento entonando la directa “Ejército de Salvación”. Desde los primeros instantes comprobamos que la gran pantalla del fondo de escenario iba a ser tan protagonista como el propio grupo, proyectando esas frases de la canción citada que se nos quedaron grabadas, y permitiendo ver en primer plano las expresiones de todos los miembros de la banda, que se mostraron gran parte del tiempo visiblemente emocionados. Cuando Santi se colocó la chistera del mago que nos transporta hasta la época del “Poeta Halley” se encendió la mecha y nos llevaron muy lejos con “Cuando no me ves” y “Bajo el Volcán”, momento en el que presentaron el espectáculo que todos estábamos presenciando como la despedida que ya sabíamos que veníamos a ver, pero con un agradecido júbilo por montera que no iba a empañar de lágrimas la velada. Más bien lo contrario. El concierto se iba a convertir en inolvidable por la energía que nos iban a transmitir y la celebración eufórica en lugar de melancólica. En las pantallas apareció Rigoberta Bandini para dar la réplica a Balmes en “Contradicción”, pero resultó más épica “¿Qué vas a saber?”, aunque no estuviera Amaral, por arriesgarse con un arreglo vocal único que le hizo ganar singularidad al ya de por sí gran tema. 

Si alguno iba a sentir como se le encogía el pecho sería con “1999” y ese ritual catártico que siempre desprende la mítica canción con la que los lesbianos dieron su particular salto de gigante. Nos volvió a poner los pelos de punta, como cada vez que vuelve a nuestra cabeza ese leve toque de piano que la conduce, pero rápidamente cambiamos de tercio hacia la potente melancolía de la más electrónica “Belice”, en la que Balmes volvió a centrar el protagonismo con su solo a las teclas en la parte final. Y es que quizá el resto de los componentes de la banda quedaran más opacados por el torrente expresivo de su frontman. Tal vez ellos mismos le cedieron la carga emotiva de forma premeditada. Tal vez el resto preferían pasar más desapercibidos, sin alardes, y que fueran las canciones las que hablasen. Jordi Roig permaneció más estático, como casi siempre, Oriol Bonet se mostró comedido desde la batería, pero más chocante resultó encontrar a Julián Saldarriaga tan discreto cuando siempre se muestra locuaz. Será el cansancio acumulado o las ganas de echar el freno. El caso es que esto no provocó ningún daño en el resultado final. Todo salió rodado, pero tal vez hubiera algo de pesar en el grupo. 

“La Champions y el Mundial” se vivió como una celebración copera y con “Me amo” e “I.M.T” sacaron su lado más canalla, aunque la palma se la llevó el momento “chungo chungo” de la mítica “Algunas Plantas”, el mejor reflejo que se haya hecho nunca de un “viaje” de maría en la escena rockera, aunque eso ya lo sabemos todos. “Incendios de nieve” nos hizo levantar las manos al aire mientras el público se convertía en protagonista en la enorme pantalla. Un mar de brazos arriba mientras coreaban al unísono convirtió a éste en uno de los momentos más celebrados de la velada, junto al paseo que Balmes se dio por las primeras filas agarrando fuertemente las manos de muchos afortunados mientras les cantaba “La Hermandad” literalmente al oído (no puedo evitar compartir por aquí que yo fui uno de esos afortunados).

“Allí donde solíamos gritar” vino acompañada de un mensaje muy necesario en estos tiempos tan convulsos alejando la honradez y la inteligencia del auge fascista, mientras a modo de desahogo, volvíamos a aquellos bancos en los que escribimos los versos de “Heroes”. Imágenes que todos hemos hecho nuestras en más de una ocasión y que esta vez sabíamos que costaría volver a ellas, pero lo hicimos con pasión, todos al unísono. Los siete músicos en escena que son desde hace unos años Love of Lesbian se fundieron en uno con las diez mil almas que se dieron cita en el gran escenario del Zity. Todos fuimos uno allí donde esperamos volver a gritar. Ya he dicho que hubo mucha conmoción en el ambiente, pero mezclada con una enorme vitalidad, como la que nos llevó al cielo con ese “Fantástico” convertido en aullido colectivo y en la que pudimos escuchar atrevidos extractos de “Lobo hombre en París”, “Ritmo de la Noche” y “Amante Bandido”. El humor que no falte.

Si me hubieran preguntado, habría cerrado la noche con alguna ausencia que para mí es clave en la carrera de la banda, como “Planeador”, “Universos Infinitos” o “Los Irrompibles”, pero la que no podía faltar era “Club de fans de John Boy”, y con ella pusieron el broche. Fuimos por última vez los raros del concierto mientras Love of Lesbian se reencarnaban en el telépata de Dublín. ¡Cuántas veces hemos gritado con orgullo ser fans de John Boy! ¡Cuántas veces nos han hipnotizado con su verso letal estos prestidigitadores de la emoción! Eso fueron Love of Lesbian de nuevo. Así quedarán en nuestro recuerdo mientras se piensan si seguir rodando. Un recuerdo que permanecerá intacto entre la energía vitalista y la sincera hermandad. Nos quedamos huérfanos, pero orgullosos de haber formado parte de esto, de ser el “ejército de salvación” de la banda más grande capaz de generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna. El tiempo se ha parado en 2026, que 1999 queda muy lejos ya. Mientras tanto, os estaremos esperando.

Lori Meyers: “Disonancia”


Por: Javier Capapé. 

Hace algún tiempo que había dejado de esperar un disco de Lori Meyers. Instalados en su particular “Neverending Tour” los de Loja no parecían muy activos en cuanto a nuevas canciones se refería. Tras “Espacios Infinitos” tan solo nos habían regalado alguna colaboración y un villancico caprichoso. Pero el pasado abril se encendieron las alarmas con un single de portada minimalista y colorida junto a las coordenadas clásicas del trío. “En lo total” se presentó como el primer adelanto de su próximo álbum y, tras medio año de espera, aquí tenemos “Disonancia”, un disco rodeado de misterio, pues la información nos ha llegado esparcida y con cuentagotas, pero que definitivamente nos devuelve a unos Lori Meyers con muchas ganas de recorrer sus pasos primigenios. Hay menos experimentos en sus diez nuevas canciones que, a decir verdad, nos saben a poco después de tanta espera, pero solo por su carácter reconocible y festivo consiguen embaucarnos y sacarnos de nuevo un guiño de aprobación.

Su octavo disco se parece mucho más al primero que al último de los granadinos. Y no es por nostalgia sino por impulso. Así les han nacido estas canciones que tienen mucho de golpe directo, obedeciendo a lo que les pedía el cuerpo más que a ninguna estrategia o postureo comercial. Los Lori Meyers tienen mucha carretera y no necesitan nada de eso, tan solo estímulo y esencia. Y eso es precisamente “Disonancia”. Nada nuevo y todo al mismo tiempo.

Empiezan fuerte con “Dictadura”, una de sus canciones prototípicas con una estrofa contundente y un estribillo colorido y pop. Escuchamos de nuevo a Noni y se nos ilumina el rostro, igual que consiguen iluminar la escena sus canciones más frescas como ésta, que se queda con lo justo y necesario, aunque su mensaje sea muy contundente. Un gran arranque. Conciso, sólido y muy reconocible. Justo en la línea que seguirá el resto del disco, sin apenas desviarse de sus formas pop lo-fi que, en este caso, hacen que el sonido de la guitarra esté cerca de quebrarse en su solo. “Tus amigos” se lanzó como tercer single antes del lanzamiento definitivo del disco. Más ligera o con más aire, dejando espacio para unas percusiones sugerentes e imponiéndose esas melodías patrias de los sesenta que manejan muy bien, aunque algo más contenida y sin ese punch festivalero que les caracteriza.

Le dan garra a una descarada “Malafollá”, que es incisiva, pero se queda solo en un calentón, mientras que en “Qué más da”, un Noni más comedido y melódico le confiere un gusto elegante, donde el golpe del bajo y los colchones de teclados se llevan parte del mérito también. Es cierto que se manejan mejor en estas coordenadas más comedidas que con el descaro de otras ocasiones. Buscan la sutileza dentro de las formas pop, pero se agradece en un grupo que siempre se ha caracterizado más por su desenfado. En esto han tenido parte de culpa las líneas de bajo de Miguel de Lucas. Por momentos parece que estemos más bien en un disco de Rufus T. Firefly que en uno de Lori Meyers, pero esto suma siempre. Valor añadido. “Destino” vuelve a tener esa línea de groove que arrastra, pero acompañada de un riff de teclado a cargo de Álex Fernández más juguetón, junto a algo de rabia y distorsión en el estribillo. No sabría decir si es madurez o solo afán melódico, pero Noni se esfuerza claramente en sonar con más cuerpo y hondura, aún cuando sube la intensidad. Eso sí, esta vez Alejandro Méndez, que tenía ese papel más contenido en otros álbumes, no asume las riendas de la voz en ningún tema. Justo al final de “Destino”, las guitarras desbocadas y la repetición del coro (“no sé qué pasa si me pierdes”) nos remiten a su cara más festivalera, pero sin perder esos tintes melódicos comentados.

“En lo total” fue la primera, pero quizá no la más acertada para presentar el disco. En ella usan hasta el vocoder, pero sus guitarras siguen siendo inconfundibles. Desde el puente mejora y el estribillo poco a poco nos va enganchando, aunque no nos aporte nada nuevo. Poco más que un gancho. Pero la segunda cara de este álbum remonta con “Desilusión” y su ritmo pregrabado ochentero. Puede llevarnos nuevamente hasta el combo de Víctor Cabezuelo y Julia Martín-Maestro, sobre todo en su solo final, buscando esa cara más espacial o misteriosa, aunque a los granadinos les vaya mejor tratar con las guitarras que con los sintes que sostienen su estribillo.

En la siguiente parada, “Hasta que llegaste”, vuelven sus guitarras características y nos enganchan con esa sonoridad limpia que va sumando contundencia, pero dejando espacio y midiendo las fuerzas. El estribillo es casi perfecto, en su reconocible estilo, que es ya patrimonio de nuestro pop del nuevo milenio, mientras las guitarras se van endureciendo y en su tercio final se desatan. Es quizá la más interesante por aportar algo sutilmente nuevo, pero sin perder el Norte. Puede que no encontremos qué es eso que nos parece novedoso. Tal vez esté en la producción de Ferran Gisbert, guitarrista y colaborador habitual de Alizzz, que ha compartido muchas horas de estudio con Alfredo, Alejandro y Noni en lo que ellos mismos llaman su particular “Hostal Pimodan”, pero ciertamente nos atrapa, casi como ocurre con “Diamante”, nuevamente con un pie en los ochenta por esa forma de manejar el ritmo. Sus guitarras quieren desafinarse o incomodar, pero llega el estribillo y todo se reconduce, hasta que su solo de sintetizador le da el toque sofisticado que necesitaba. Solo nos queda “Viejo amanecer” para terminar este viaje, que se nos ha hecho demasiado corto. Cierran algo más suaves, pero también progresivos, con los bajos, una vez más, bien marcados y unas líneas de guitarra quebradizas. Su estribillo tiene su marca reconocible por todos los poros, como para constatar que Lori Meyers no dejan de dar lo que se espera de ellos, aunque tal vez más psicodélicos. El final se convierte en catarsis, la canción se rompe y todo cambia (“sin ti me sobra tu manera de reír”) terminando arriba, con esa nostalgia positiva que les caracteriza. Sí, son Lori Meyers. No busquéis otra cosa. Pero nos gustan así. Más melódicos o más experimentales, pero siempre ellos. Y este “Disonancia” nos lo recuerda una vez más. Su tragicomedia de melodías alegres vuelve a seducirnos y el carácter de los granadinos no se quiebra, más bien se reafirma. 

Son muchos años haciéndonos partícipes de sus historias, que, como en otras muchas ocasiones a lo largo de sus casi treinta años de carrera, nos hablan de rupturas y son antídoto y cura. Esta “Disonancia” no es una excepción, sino más bien una constatación de los hechos. Tenemos Lori Meyers para rato, así que aquellos que dudaban si serían capaces de volver a sus mejores momentos de inspiración pueden estar tranquilos. No hay más que dejarse caer por estas diez canciones para ver la luz, esa que sigue brillando camino del Albaicín.

Rendidos por “Knock Out” ante “A palos”, el disco recién publicado de Puño Dragón.


Por: Guillermo García Domingo. 

He perdido el tiempo dudando acerca de dónde situar a los integrantes de Puño Dragón, ¿son de Asturias? ¿Han sido adoptados por Madrid? Cuando la respuesta se encontraba muy cerca, solamente había que prestar atención a sus canciones: su territorio no es otro que el del rocanrol. En un plazo de menos de tres años esta banda ha ofrecido nada menos que tres discos pródigos en canciones y sensaciones más que convincentes. Puño Dragón no se anda con experimentos y transita por el “camino de baldosas amarillas” que conduce al país del rock. Es un camino que no tiene pérdida. Y lo hacen porque quieren, puesto que no les falta el cerebro, ni el corazón ni el coraje que echaban en falta el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde de Oz respectivamente. 

Este disco publicado el viernes pasado ha sido compuesto colectivamente en la carretera durante la gira del disco anterior, y es una apuesta demasiado seria para no ser tenida en cuenta después de la credibilidad que obtuvieron gracias a “Juegos violentos” y al primer disco de Puño Dragón que se llamaba como la banda. En su disco de debut estaban ya incluidas las características definitorias de su propuesta. El anterior protagonismo de la voz de Jano Diaz (líder de Drugos en la actualidad) fue sustituida por la de German Mingote, y el testigo de la guitarra de Jano, ese reto era todavía más difícil, también lo tomó el mismo Germán, que hace lo que se le antoja en los trastes de su guitarra eléctrica. Desde entonces no han perdido un ápice de su intensidad original, porque a esta banda le gusta el peligro, lo que se manifiesta en todas y cada una de las canciones, incluso cuando la bestia de Rafa Tarsicio Fernández, la otra voz del grupo, se aquieta engañosamente, aunque cualquiera es capaz de intuir que no será por mucho tiempo. Casi tan alto como Joey Ramone, Rafa tiene más cosas en común con el vocalista de los Ramones: no ahorra ni una gota de sudor, saliva y pasión en sus interpretaciones. La intensidad es innegociable y no decae desde “De tó se sale” hasta “Subir el puerto”. Lo que les diferencia de los Ramones y sus diferencias internas irreconciliables es la cohesión de esta banda, que salta a la vista y el oído: los citados vocalistas y guitarristas, junto a Manu Huertas (batería), Rubén Loro (teclados), a los que se ha sumado Julián Seijas al bajo, han sabido reunirse en torno al fuego primordial de las canciones que no se olvidan. 

Puño Dragón, por lo tanto, no dispone de una sino de dos voces sobresalientes y complementarias, que mantienen una alternancia excitante que alcanza su apoteosis en “Todos los charcos”, aunque dejan su sello en todos los temas. La de Mingote es grave y elegante, mientras que Rafa tiene en sus cuerdas vocales un verdadero lanzallamas abrasador. Quien se arriesga a escucharla en un sitio reducido, una sala o un club, sufrirá una experiencia física inolvidable, la voz de Rafa sube inmediatamente la temperatura del ambiente y provoca el erizamiento del vello de la piel. Lo he comprobado por mí mismo. Quien albergue alguna duda que acuda a los conciertos de la gira con los que nos amenazan.

Hay filos cortantes en todas las canciones, en las letras y en las notas; es rozarse con ellas y sangrar de verdad. Es fácil imaginarse los debates en el seno del grupo con ocasión de la elección de los singles de adelanto, porque las 12 canciones eran susceptibles de ser elegidas. A menudo demasiados discos disimulan su debilidad a fuerza de insistencia mediática, y se sostienen sobre dos o tres temas que actúan como señuelo, y el resto se deshacen en la primera escucha. Los miembros de Puño Dragón levantaron tres cartas en los últimos meses, aunque podrían haber ganado la partida igualmente con otras tres cartas distintas como “Solía hacerlo mejor”, cuya vacilación en el inicio de algunos versos es extraordinaria, lo que la convierte en una exhibición de estilo y “deje” rockero; la garra de “Obvio que sí” o “Mañana es hoy”, un ejercicio de fraseo, como los que llevó a cabo Andrés Calamaro en el memorable y doble “Honestidad Brutal”, que se desboca en un estribillo a garganta descubierta. No hay nada que hacer contra un jugador dispone de 12 cartas imbatibles.

Los primeros compases de las canciones no diré que son inofensivos, porque no lo son, pero tantean el terreno antes del clímax del estribillo que llega sin avisar como mandan los cánones del rocanrol. Es el patrón que sigue “Fogonazo rápido” que pasa con naturalidad del “medio tiempo” que borda mejor que nadie Quique González a un estribillo arrollador, o el siguiente corte, la tórrida “Suaave”, en la que la banda utiliza el brillante recurso de omitir deliberadamente un verbo, que le pone en bandeja al oyente, un guiño formidable hacia los que están al otro lado escuchando. 

“Si ves que no respondo” es un remanso necesario después del viaje salvaje de “Cuchillo de rayo de luna”, de título apropiado para un romance nocturno y lorquiano que solamente podía encauzarse a través de un R&B febril. No queda otra, a continuación, que detenerse en este lago de Enol para refrescarse y verse reflejado en las aguas sosegadas de “Si ves que no respondo”, una canción de carácter reflexivo sobre el cuidado que merecen las personas que se encuentran perdidas en la oscuridad de la depresión y la anhedonia. Puño Dragón ha elegido ir contracorriente y ascender hacia el curso alto del río en busca del manantial del rocanrol. La segunda cara del disco, lejos de ser un descenso, continúa mirando hacia arriba en las últimas canciones asturianas. Sin embargo, “Hasta que salga el sol” podría hacer las delicias de cualquier “garito” de Nueva Orleans. Los dedos del prestidigitador de Rubén Loro suben y bajan por las teclas de su piano adueñándose de la canción. “Y cómo sabe!”, demuestra que el Puño Dragón sabe también acariciar las cuerdas de las guitarras y hacer vibrar las emociones. El himno de Asturias, pasado por el tamiz de Puño Dragón y el rocanrol, suena revitalizado en “Subir por el puerto”, y de paso la banda no pierde la ocasión de explicar las razones por las que han cambiado el asfalto de Madrid por las montañas de Asturias. ¿Quién no lo haría? 

Después de estos 12 golpes es imposible permanecer en pie, indemne ante la pegada de Puño Dragón. Es una dulce derrota caer a sus pies, pues antes de perder la consciencia el último pensamiento que pasa por la cabeza es que el rock and roll tiene sentido y relevo gracias a Puño Dragón.

Agnes Obel: “The Meaning Of Flowers”


Por: Juanjo Frontera. 

Todo cambia, todo se mezcla. Por ejemplo, hace unos cuantos años hubiera sido impensable para un medio como este hacer una reseña de un disco publicado por Deutsche Grammophon. Ya saben, la disquera alemana dedicada tradicionalmente a publicar música clásica y referencia indiscutible en ese campo. Con su etiqueta amarilla y sus diseños característicos, sus referencias poblaban aquellos casetes que nuestros padres, enemigos acérrimos de nuestro gusto rockero, escuchaban en el coche para cebar nuestra angustia. 

Quién nos iba a decir que hoy día estaríamos hablando de un disco editado por dicho sello. Y sobre todo, que ese disco sería de pop. O un crossover de clásica con pop, para ser más exactos. Con él la noruega afincada en Berlín Agnes Obel regresa tras seis años de silencio al mundo de la música grabada. Durante ese período se ha dedicado a ser madre, criar a su hija -a quien dedica este trabajo- y a disfrutar de su hogar, desde el que también ha urdido, interpretado y producido ella misma este conjunto de canciones tan etéreo y sugerente. 

Etérea. Esa es la palabra. Si acudimos a la RAE significa algo vago, sutil, vaporoso o perteneciente al cielo y al éter. Y es lo que mejor define lo que suena aquí. Un espacio sonoro donde el misterio, la introspección y la nocturnidad (fue grabado exclusivamente durante las noches) coexisten dando forma a algo realmente hermoso, que sitúa al oyente en un estado de ánimo muy determinado. Entre el sosiego y la exploración espiritual. 

"The Meaning of Flowers" es todo menos una colección de canciones al uso: un tratado de botánica mística y filosofía doméstica. Si en "Myopia" (2020) la compositora nos encerraba en los oscuros laberintos de la duda, aquí deja entrar una luz, algo tenue, pero luz al fin y al cabo. Y es que el concepto que maneja es muy diferente: el nacimiento de su hija la ha llevado a la contemplación de la vida que brota. Para ello se ha apoyado en las lecturas de Emanuele Coccia y su "La Vida De Las Plantas", los escritos sobre natalidad de la filósofa Hannah Arendt, o la obra de Enheduanna, la autora más antigua conocida en la historia documentada . El resultado es un invernadero sónico donde cada arreglo parece crecer de forma orgánica, estirándose hacia la luz.

Musicalmente, el disco es un prodigio "do it yourself". Desde su estudio casero, Obel ha optimizado al máximo todos los elementos con que contaba: el piano, que en sus primeros trabajos era omnipresente, aquí se diluye entre sintetizadores, voces distorsionadas, muestras digitales y cajas de ritmos que flotan como el éter, con ayuda, eso sí, de algunos colaboradores que han aportado instrumentos de cuerda, lap steel, armonio, flauta, saxofón o percusión.

Pero el verdadero triunfo aquí radica en el tratamiento de la voz. Agnes Obel ha sido capaz de deconstruir la suya para integrarla como un instrumento más entre todas las capas que dan forma a la enrevesada arquitectura de este álbum. Usa técnicas de pitch-shifting para alterar el tono de sus cuerdas vocales, desdoblándose en un coro espectral que contribuye a esa sensación de zozobra brumosa y nocturna que cubre todas las pistas, sobre todo en cortes como el single "Laymelli", un tour de force de seis minutos que arrulla nuestro oído como una imposible nana fantasmal.

Son casi 52 minutos de una tensión suspendida que, lejos de fatigar, hipnotiza. El regreso de Agnes a la casa de la etiqueta amarilla tras seis años de hiato no es un capricho de virtuosa ni un ejercicio de pedantería neoclásica. Es la confirmación de que la vanguardia y la belleza de la apertura emocional pueden coexistir sin disputas. "The Meaning of Flowers" es un disco bello, maduro e inspirador que exige apagar pantallas, atenuar las luces de la habitación y entregarse a una escucha casi ritual. Agnes Obel ha firmado, sin hacer ruido y desde la penumbra de su estudio, un testimonio conmovedor de lo que es abrirse a la vida de manera incondicional.