Por: Javier González.
Fotos: Luis Beltrán y Estefanía Romero.
Morrissey apareció con la camisa entreabierta y un ramillete de flores colgado en la cintura sobre el escenario con diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Lo hizo moviéndose entre la seguridad y una cierta arrogancia irónica, encabezando un pequeño séquito que completaban los miembros de banda que le acompaña. Se acercó al micro con paso firme y decidido, tirando de histrionismo para saludar al respetable con un “Madrid, Madrid, Madrid”, donde las erres se alargaban deliberadamente en un ejercicio cargado de flema británica marca de la casa, para a continuación dar paso a una enérgica interpretación de “Billy Bud” con la que abriría una noche que se fue tornando sobresaliente con el paso de los minutos.
Aunque verdaderamente la velada había comenzado mucho antes, justo en el momento en que la música ambiental arrancó y fue secundada por un vídeo que siempre es toda una declaración de intenciones, puesto que las canciones e imágenes de los referentes vitales del vocalista de Mánchester invitan a perderse en un viaje iniciático hacia el “universo Morrissey”. Inevitables son las paradas en Ramones, The Runaways, David Bowie, Iggy Pop y New York Dolls, complementados en esta ocasión por la aparición en pantalla de una banda “más moderna” como Interpol, en una tónica que se iría repitiendo con el pasar de las canciones, donde los rostros de Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o Briggite Bardot también tendrían cabida en una actuación en la que las canciones son la excusa perfecta para hacer un recorrido sentimental por los ídolos juveniles de Mozz.
Continuó con una doble mirada a “The Ringleader of the Tormentors” parando en las impetuosas “I Just Want to see the boy Happy” y “The Youngest was the most loved”, lastradas por un sonido que por momentos, sobre todo en los primeros compases del bolo, pareció demasiado escaso para un recinto como el pabellón madrileño que presentaba un aforo cercano a los 7.000 espectadores con una pista en la que los huecos eran evidentes, elementos que poco importaron sobre todo por la presencia escénica del mito de inglés, quien se despachó a gusto con una interpretación majestuosa en la que no faltaron su habituales quiebros vocales, secundado siempre por una banda que sin estridencias ni alardes se bastó para demostrar su prestancia en cada uno de los temas que tocó.
Tras ello llegó el primer vistazo al pasado más glorioso de su carrera, tirando del repertorio de The Smiths con una emocionante “Shoplifters of the World Unite”, celebrada por el respetable con ganas, sabedores de que con Morrissey el repertorio nunca será del todo complaciente, para qué, no lo necesita, eso se lo deja a los estrellas con pies de barro, enlazada a la perfección con una de sus glorias en solitario, “First of the gang to Die”, con las luces dibujando la bandera italiana y la pantalla dejando en un marco fijo la efigie de las New York Dolls, apelando a los pandilleros y al barrio, a los códigos de honor y a los canallas y delincuentes que nos roban el corazón parapetados tras un estribillo inmejorable lleno de melancolía y orgullo, rematando la jugada con la enorme “A Rush and a Push and the Land is Ours”, composición que abría el que sería el último disco de estudio de The Smiths, “Strangeways here we come”.
Mostró su lado más irónico antes de interpretar “Kerching, Kerching”, donde vino a decir que no “paraba de sonar en las radios”, una clara referencia a su eterna lucha con el FM, donde nunca fue un niño mimado, por suerte desde la independencia y el carácter combatiente de sangre irlandesa que le viene dado por ascendencia su presencia sigue siendo constante, lo quieran o no. Mostrando su grandeza en la oscuridad que desliza “How Soon is Now?”, otro clásico de la banda madre que sonó inmaculado en el recinto capitalino, más si cabe cuando tras ella llegó el turno de la mayúscula “Now my heart is Full”, una pieza dotada de delicadeza y melancolía, donde los guitarrazos de Carmen Vandenverg fueron colosales.
A partir de aquí llegó la parte más plana del concierto, sobre todo pensando en el espectador medio, atacó “Zoom Zoom Litle Boy”, una poco habitual “Life is a Pigsty”, celebrada por los más fans, la titular de su último trabajo, “Make-up is a lie”, la irónica “Sure Enough, the Telephone Rings” y una habitual en sus visitas a nuestro país como “The Bullfigther Dies”, una proclama contra la tauromaquia que presentó diciendo que sería la próxima canción que nos representaría como país en Eurovisión.
Repuntando con una tanda a la altura de muy pocos artistas que comenzó con la poética “I Know It´s Over”, donde bordó su interpretación vocal, rozando los corazones de los presentes que en algunos casos luchaban por no dejar escapar alguna lágrima, sensación que se acrecentó al sonar “Everyday is like Sunday”, sufriendo un pequeño “impass emocional” al sonar “The Monsters of Pig Alley”, la mejor composición de su último disco, mermada en su recepción por el desconocimiento mayoritario del público, porque en sí mismo es un temazo emotivo y evocado como los mejores que ha firmado en toda su espléndida trayectoria; suerte que una apabullante “Suedehead” acudió al rescate, complementada por el toque visceral y reivindicativo que siempre encierra “Irish Blood, English Heart”, convertida en una cuestión personal para el bueno de Morrissey, flema británica y sangre orgullosamente irlandesa recorren su alma y venas por lo que solamente él podría firmar este himno de puños cerrados y reivindicación de las glorias perdidas.
El cierre en falso vino entre los tonos rojizos y el humo que inundó las primeras filas con la densa interpretación de “Jack the Ripper”, tras la cual tanto Mozz como sus lugartenientes abandonaron el escenario brevemente, como viene siendo tónica habitual en esta gira por otra parte, antes de acometer el ya consabido bis no sin antes dar permiso a los miembros de su banda para despedirse del público uno a uno algo que hicieron Carmen Vandenberg, quien pesé a ser presentada como nacida italiana confesó sentirse emocionada al tocar por primera vez en “la ciudad en la que tocó”, y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, antes de que Steven volviera al pie de micro para despedirse con una lenta, dramática e inspirada versión de “There is a light that never goes Out”, una de las más románticas, dolorosas y bellas canciones de la historia del pop-rock, con la que dio por concluida la velada después de cerrar el ceremonial de sus conciertos con el habitual lanzamiento de su camiseta al público.
Más de doce años habían pasado desde su anterior visita a la capital, por lo que algunas personas abandonaron el recinto con lágrimas en los ojos y quizás la sensación de que bien podrían haber sido participes de la última visita a Madrid de Morrissey. De ser así, su despedida estaría marcada por su habitual marca personal, donde tienen cabida la crítica y la ironía, grandes dosis de sorna, autoparodia y un dramatismo exacerbado patente en sus letras, profundas y brillantes, a la altura de las de los más grandes, anoche redondeadas por una preciosa interpretación por su parte.
Morrissey siempre será un divo excéntrico y dotado de manías, pero no es menos cierto que también es un genio y un mito de la cultura europea. Vive alejado de pleitesías comerciales, a ratos enfrentado hasta consigo mismo y en su contra siempre jugará el historial de declaraciones molestas que atesora, solamente a la altura de sus prodigiosos número de cancelaciones. Sin embargo, su actitud y sus canciones sobrevivirán a todos aquellos que le critican, algo que jode a más de uno. Del mismo modo que lo hará el amor incondicional de sus acólitos, quienes tenemos claro que “conocerle es amarle” y que noches como la de ayer bien valen algún que otro desplante por doloroso que sea.
Sabemos que podría preparar giras con set-list repletos de hits, tocar treinta canciones por noche, elevar su caché y ver multiplicarse el aforo de sus recintos por diez. Ni quiere, ni le interesa. De lo contrario, lo haría. Y en un mundo de poses absurdas, amagos de artistas miméticos y docilidad lucrativa al servicio del algoritmo, él todavía resiste como un francotirador, inspirado y bocazas, estridente y romántico, pero único en su especie, tal y como pudieron comprobar ayer miles de personas en la capital. Desde aquí no nos ponemos de perfil y deseamos larga vida a Morrissey, porque cuando no esté, veremos que somos incapaces de buscar un doble a su altura y entonces seremos conscientes de la pérdida de la última estrella del firmamento rock, aunque mucho nos tenemos que la eternidad le espera y que la suya es una estrella que nunca se apagará.










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