Por: Juan Pardo.
En septiembre de 1985 tuvo lugar el I Festival de Vídeo Musical de Vitoria Gasteiz, organizado por la productora Ikusager y el ayuntamiento de la capital alavesa. Los ganadores fueron Eskorbuto con su clip de la canción “Antes en las guerras”, realizado por Creativídeo. El certamen estuvo marcado por el contexto de eclosión del Rock Radical Vasco. La mayoría de propuestas iban de la mano de dicha escena. La Polla Records presentó una recreación animada del “Txus”, dirigida por Juan José Narbona; los Cicatriz se apuntaron al cine quinqui con la misma naturalidad que destilaba su “Esto saldrá bien”. Por allí también pasaron Kortatu, que se llevaron el galardón de la categoría de vídeos en euskera por el “Sarri Sarri” filmado por la gente de Tipula Beltza. Se da la circunstancia de que dichos premios a combos tan peleones fueron otorgados por un jurado en el que figuraban Paloma Chamorro, Diego Manrique o Poch, caras visibles de otra escena coetánea, la Movida madrileña, contra la que el RRV había nacido sulfuroso. Ya lo ven, juntos y revueltos en la revuelta. Lo decía el propio Iosu de Eskorbuto: “Madrid nos encanta. La ciudad que más nos gusta. Y no es broma”.
Cuarenta años después, muchos más de los que vivieron Iosu y su compinche Jualma, Munster Records ha colgado en su portal de youtube un “making of” del vídeo premiado. Es una pieza breve, poco más de diez minutos, pero con una calidad de imagen y sonido a la que no estamos acostumbrados la parroquia de eskorbutines. Más allá de las tomas falsas de rigor, búsqueda del escupitajo a cámara perfecto incluido, el cosquilleo lo aportan pintas y lugares de una época tan pretérita que la memoria suele dorarle el gris. Ana Murugarren y Joaquín Trincado, la pareja al frente de Creativídeo, vieron en el trío vizcaíno algo tan genuino de su tiempo que no dudaron en entrarles y retratarles cámara al hombro. Acercarse a Eskorbuto era arriesgado, tanto por lo intempestivo de su carácter como por la constante sensación de peligro. Un entorno jodido, personas y lugares, cuya menor preocupación era la salud, menos aún la ajena. La Margen Izquierda, depauperada ribera del Nervión donde asomaban Santurtzi, Barakaldo, Portugalete y Sestao. Y Trápaga, Ortuella o Gallarta, lindante zona minera depresiva y deprimida. Nidos de asalvajados y punks del Gran Bilbao a los que Eskorbuto ya intentó hacer desfilar en su día para un clip del tema “Soldados”, idea finalmente abortada.
“Antes en las guerras” casi quedó también en el limbo. Al menos la idea inicial: una ópera punk sobre su detención en Madrid un par de años antes, aquella con la Ley Antiterrorista de fondo que desató a posteriori toda su cólera contra las Gestoras Pro Amnistía. Era la excusa perfecta para que viesen la luz “Maldito país” y otros temas causantes del suceso. El corsé de lo presupuestario redujo finalmente el proyecto al videoclip que conocemos. Guionizado, producido, montado y dirigido por Ana y Joaquín, filmado en un par de tardes de mayo con la ayuda de un Enrique Urbizu que así se preparaba para su propio gran salto. Vemos el lúgubre túnel de Arangoiti, la esquina de las calles Autonomía y Pablo de Alzola, Altamira. Jualma es el músico callejero ciego que en vez de monedas recibe desprecio de curiosos, interpretados por Gato, Imanol y otros amigos de la banda. Con un trágico final parejo al de Mariví Bilbao, madre del Iosu que regresa a casa licenciado de la Marina, con el traje prestado por Ángel Alesanco, ilustrador de aquel cómic con que la banda se salía de la ortodoxia de la publicación sonora. Y tragedia es la que suponemos que aguarda a Paco al echarse al monte dejando atrás tristeza y familia en el caserío. Todo en escasos dos minutos, minutaje propio de ese debut anfetamínico en largo llamado “Eskizofrenia”.
ANTI TODO: PUNK Y VIOLENCIA
Es una etapa que se aprestaban a dejar atrás. En noviembre entrarían a grabar esa obra cumbre del punk hispano llamada “Anti todo”. Munster Records también la ha recuperado cuatro décadas después, remasterizada con mimo. Un cuidado en la labor arqueológica que nada tiene que ver con el saqueo vulgar que sufría el cofre de los tesoros del grupo hasta hace no tanto. Quizá tenga que ver con que Paco, único superviviente, recuperase los derechos sobre las grabaciones tras un larguísimo batallar. Y asimismo que todas las publicaciones a las que da permiso vayan de la mano de sellos que respetan el legado por encima de la morbidez necrófila. Sobre este álbum ya está todo dicho: lo que dieron de sí las 25 horas de grabación y mezcla, las negociaciones con Discos Suicidas y el pelotazo de ventas, los bocadillos como exiguo equipaje a Donosti o las cartulinas para esbozar la icónica portada de Pablo Cabeza. El resultado fue una postal descarnada, nihilismo de calle, de suela gastada y tedio enfrentado con puño o aguja.
Alguno buscará en el plástico algo de redención para esos errores cometidos por lo apresurado de la producción, pero acercarse a “Anti todo” hoy no va de eso. La crisis de los 40 se afronta no señalando arrugas, sino el significado. Este disco es necesario para entender muchas cosas: manual mayúsculo del punk dentro de la música popular española, ilustración de una época y un lugar. No sólo por las andanzas del trío que lo gestó, sino como un retrato global. Ahí siguen la garganta lija, la guitarra ronroneante, el bajo dibujando sobre el martillo de la percusión. Pero también la oscuridad, la lluvia, el asfalto, el vómito, la muerte. Es testimonio de una juventud tan violentada como violenta, desvalida en toda su rudeza. Cicatrices, callos en la mano y en el brazo por lanzar piedras y envenenarse. Hoy en día permite reflexionar sobre el enfermizo imán del malditismo. La fascinación que sentimos por el Max Estrella de turno, desde nuestros sofás, va paralela a nuestra incapacidad para ver que tras cada verso hay un día de hambre, frío, urgencia, miseria o locura. El malditismo mola, menos para el maldito. Legados que a menudo no sobreviven por nuestra empatía, sino porque nos puede el morbo por la ruina ajena.
Tendemos a idealizar a los Quijotes ochenteros, los perros callejeros que un día eran el espejo de tu rebeldía y al siguiente merecían garrote por haberle dado el palo a tu abuela. Justamente, los Eskorbuto que conocieron Murugarren y Trincado fueron los de la fechoría constante. Por libre o como unos Zipi y Zape chungos o al frente de su propia cohorte. Era la peor turba de la Margen Izquierda, lumpen trallero desestructurado que acogía algunos elementos que con el tiempo protagonizarían páginas de sucesos al hilo de atracos a mano armada o violaciones. Por entonces simplemente se limitaban a ser los más malos del lugar: reventar bares, festis, vehículos o cabezas, apropiarse de lo ajeno, retar a quien se les cruzase ya fuesen gente de bien o el más tirado de los pies negros. Sobre el papel y en el recuerdo quedan bien esos relatos de marginalidad, igual que lucir hoy una tote con la cara del Pirri o tatuarse un baldeo. Pero las cosas no siempre acababan bien para una gente que empezaba a creerse que vivía en una especie de salvaje oeste a la bilbaina.
Como aquella madrugada tras un festi en Alsasua que empezó apalizando entre varios a Klaus, bajista de Vómito, para robarle el instrumento y la chaqueta de cuero. La defendió tan a la desesperada que recibió in situ alabanzas a su testiculina por los agresores, Iosu entre ellos. Éstos acabaron perseguidos por todo el pueblo por la tropa del agredido, que hizo huir incluso a la Guardia Civil que intentaba personarse en el lugar. El final pudo ser dramático: los eskorbutines, rodeados, se libraron de un linchamiento a cadenazos por la aparición en el último momento de otra patrulla de la benemérita. El instrumento robado fue devuelto a cambio de un “rehén” bilbaino, al que un punk canarión amenazaba con abrirle las tripas a navajazos si no se resolvía satisfactoriamente el asunto. Y muchos aún recuerdan la estampida de punks y costras desde Santutxu hasta el casco viejo de Bilbao, perseguidos por toda la macarrada del citado barrio. Docenas de jichos locales tirando tuercas y piedras para espantar crestas de colores, cargando después a bulto con palos cadenas y navajas. Una caza del punk en toda regla, fuese colega de Eskorbuto o no, que se saldó con decenas de heridos y un fallecido por arma blanca. Demasiados enemigos. De palabra o por desahogo violento o por obligarse a dar la talla ante su gente.
REGRESO AL IMPUESTO REVOLUCIONARIO
La relación entre Eskorbuto y Creativideo no quedó ahí. Aquella tarde del 18 de octubre de 1986 en el instituto de Santurtzi había una cámara presente. Un hecho desconocido hasta hace relativamente poco tiempo. Sí, el concierto que derivó en “Impuesto revolucionario”, el doble elepé publicado por DRO que supuso la cúspide de su carrera, está grabado en vídeo. Una hora de imágenes, el directo casi íntegro. Permanecen en una cuarentena obligada por las complicaciones legales que siempre acompañaron al legado del trío. Hace algunos años, tras alguna proyección ante públicos reducidos, se filtraron a las redes fragmentos de “Os engañan”, “El fin” o “Anti todo”. Pero para la edición integral de este tesoro arqueológico habrá que esperar a que los titulares de los derechos, el sello DRO vía Warner y Paco Galán, den su visto bueno a formas, medios y compensaciones. Hay rumores en positivo, ahora que se acerca también ese aniversario redondo que nos ocupa. El pasado mes de octubre incluso se anunció una proyección en una galería de arte bilbaina, finalmente cancelada. La agitada crisis de los 40.
Resulta curiosa la gran expectativa que genera el que posiblemente sea el peor concierto jamás grabado de la historia del rock and roll en España. Pero no mentiría si dijese que soy uno de esos que espera el alumbramiento del vídeo como agua de mayo. Del sonido y las circunstancias de “Impuesto revolucionario” ya se ha contado todo: la guitarra chatarrera, los lapsus rítmicos, el frío ambiente, el subasteo del máster, el caos, los incidentes. Pero lo visto en las escasas muestras filtradas de la filmación merece la pena. Porque, al igual que con “Anti todo”, esto no va sólo de exabruptos sonoros, sudor y ojos turbios. La gente ha normalizado la cutrez de este directo de Eskorbuto. Hará lo mismo con una filmación a pie de tarima, sin espacio para abrir el plano a todo el grupo. Precisamente le dará valor a estar en primera línea, al plano corto al rostro, a las manos, a la saliva que impregna los micros y al temblor del parche golpeado.
A esas alturas de su trayectoria el grupo comenzaba a dar muestras de cansancio. Mucha calle y correrías como para no acabar exhaustos. A ello obedece que el repertorio fuese alumbrado con una cadencia más lenta. Eskorbuto dejaba atrás el galope por el trote, influidos también por un ralentí de subsistencia. Un hábito devorador y una creciente soledad, pues era difícil mantener su ritmo. “Con nosotros quien pueda, contra nosotros quien quiera”, solían decir. “Impuesto revolucionario” fue la excusa para el rodaje de un segundo videoclip. La típica promoción con dinero de DRO, contenta con las ventas del doble elepé. Recrearon “Ratas en Bizkaia” en un vertedero. Una iluminación tétrica daba al vídeo un deje de pesadilla al clavarse los focos en los protagonistas. Pero esta es una historia aún lejana para las efemérides. Eso sí, ahí quedó esa frase que nadie consideró editar, ese “¡me cago en tu puta madre, Paco!” sin el que “Impuesto revolucionario” no sería lo mismo. La gresca eterna, Eskorbuto.







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