ZZ Top, la efectiva vieja receta


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Domingo, 19 de julio de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas que ha mantenido intacta su formación a pesar del transcurso del tiempo ha sido los ZZ Top. Desde 1969, Bill Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard han ido aguantando década tras década juntos y sin cambios hasta el fallecimiento de Dusty en 2021. Y lo que podía -y para algunos debería- haber sido el fin del combo, se encauzó incorporando al puesto de bajista al roadie de la banda, Elwood Francis. Gracias a esta reinvención, la maquinaria del blues rock no ha dejado de girar. Muestra de ello ha sido su reciente paso por nuestro país (con paradas en Pamplona, Barcelona, Madrid y Valencia), donde no quisimos perdernos su cita en el Poble Espanyol de Barcelona, en plena fiebre colectiva por la final del Mundial. Aunque a decir verdad, desde septiembre del año pasado, Frank también se encuentra fuera de la banda recuperándose de sus complicaciones físicas, por lo que en la gira viene siendo sustituido por un joven Michael Monahan, que después de ver el concierto hay que decir que que aporta energía y lozanía al sonido de la banda. Pero, claro está, sin dos de las tres patas del taburete, los actuales ZZ Top son mas bien la banda de Bill Gibbons en solitario, quien se aprovecha de la marca para seguir logrando llenos en sus conciertos.

Con una estética de escenario también rejuvenecida a base de grafitis y skates colgando, el trío tejano saltó a la palestra al son de aullidos de lobos. La descarga eléctrica dio comienzo con "Got Me Under Pressure", un trallazo de brillantina y ultraguitarreo que dejó claro que los años no pesan en los dedos de Billy Gibbons. Sin dar tregua, recurrieron al soul clásico con "I Thank You" (versión de Sam & Dave), encadenada a la perfección con la primera gran dupla de la noche: "Waitin' for the Bus" y "Jesus Just Left Chicago", del legendario disco "Tres Hombres" (1973), donde regalaron esas coreografías sincronizadas tan marca de la casa, desatando la locura en una Barcelona entregada desde comienzos de la velada.

Gibbons, maestro de ceremonias incombustible, se metió al público en el bolsillo con sus constantes efectos de guitarra y saludando en su particular castellano: "Tenemos este grupo en su casa para ustedes", idioma que usó también para presentar a su nuevo escudero al bajo, Elwood Francis, refiriéndose a él como "el gringo peligroso". Nos habría gustado mucho que hubiera tenido algún recuerdo a modo de homenaje al malogrado Dustin y también al convaleciente Frank.

Pero no nos quejemos que el directo de las barbas más famosas del rock cumplió a la perfección, a pesar de que nos colaron alguna que otra voz pregrabada en medio. Con Francis manteniendo el pulso rítmico a lo largo de todo el concierto -comenzó con el mítico bajo de 17 cuerdas- y Gibbons siempre muy entregado, el concierto ofreció lo que se podía esperar: mucho blues poderoso y rock sureño "made in Mississipi". Desde la tralla bluesy de "I'm Bad, I'm Nationwide", a los acordes densos y la voz ronca de Gibbons en "I Gotsta Get Paid", al blues pantanoso de "My Head's in Mississippi" con un grito de "¡Barcelooona!", a una excelsa "Brown Paper Bag" rescatada del repertorio en solitario de Billy y la siempre cañera "Cheap Sunglasses". Hasta que llegó uno de los momentos cumbres del bolo con "Just Got Paid" y su tremendo desarrollo instrumental en el que Gibbons se lució con el tubo slide y las distorsiones de guitarra.

Para el tramo final viajamos de nuevo hacia 1983 de la mano del legendario álbum "Eliminator a través de "Sharp Dressed Man", con sus riffs bailongos y el ya mítico vacile de Gibbons girando su guitarra para mostrar la palabra "Cerveza" pintada en el reverso, y con la épica "Legs" que tocaron con esas tremendas guitarras forradas de piel rosa que son historia viva de la MTV.

Tras cerrar el set, las ovaciones y el regreso de la banda con nuevas chaquetas con lentejuelas, y una vuelta al principio de su historia con el hipnótico blues "Brown Sugar", donde Gibbons intercaló acordes con los cánticos del público. Le siguió el boogie sudoroso "Tube Snake Boogie" y rock and roll implacable de "Thunderbird", a pesar de los amagos falsos de abandonar el escenario. Un final que si que llegó con uno de los acordes más legendarios de la historia del rock. Hablamos de la inmortal "La Grange", que sonó atronadora y que se alargó entre desarrollos instrumentales, bromas y unas burbujas que cayeron en el escenario antes de despedir entre agradecimientos a un banda que nos ha dado muchísimo a lo largo de los años y que se resiste a desaparecer.

Social Distortion: “Born to Kill”


Por: Ricardo Virtanen. 

Hay cosas que nunca cambian, o, al menos, no cambian del todo. Esto pasa muchas veces con los grupos de rock legendarios, y cuando uno ve que no hay salida, y los plomos están fundidos, ocurre el milagro. Todo ello sucede con el último y octavo trabajo de estudio de la banda californiana de punk rock Social Distortion, quienes no sacaban álbum desde hacía quince años. Esta vez, Mike Ness, quien ha pasado todo un vía crucis personal en las últimas décadas, entre ello, un cáncer de amígdalas, superado en 2024. Tras salir del cáncer, la banda decidió terminar un álbum que dejaron a medias por los problemas de salud de su líder. En este sentido, "Born to Kill" pone de nuevo a los Social Distortion en primer plano del punk rock (sui generis). Lo último había sido "Hard Times y Nursery Rhymes" (2011), un disco notable que había dejado muy alto el listón. Si bien, atrás quedaban los sobresalientes, por orden de importancia:"White Light, White Heat, White Trash" (1996), "Somewhere Between Heavem and Hell" (1992), "Social Distortion" (1990) y "Sex, Love and Rock’n’Roll" (2004).

Todas las canciones están hechas por el genio Mike Ness, salvo una versión de Chris Isaak: “Wicked Game”, la cual se interpreta con una reconocida contundencia de guitarras. Cierto es que no nos hace olvidar la sensualidad radiante del tema original de Isaak. Conocidos son otros covers publicados en estos últimos años, sin duda más redondos, en tanto su propuesta tiene la altura de los originales. Pienso en su éxito “Ring of Fire”, de Johhny Cash , o también en una conseguida “Under my Thumb”, de sus Satánicas Majestades. La banda que se ha consolidado estos últimas décadas está formada por los incombustibles Jonny “Two Bags” Wickersham (guitarra rítmica y solista) y Brent Harding (bajo), a los que se suma David Hidalgo, Jr. a la batería (desde 2010 en la banda), cuyo asiento ha sido el más transitado en estos cuarenta y cinco años de periplo (hasta en diez ocasiones). Además destaca una gran colaboración: Benmont Tench, al hammond y piano. 

El título ("Born to Kill") y la portada (la cara fiera de un tigre) denotan ante todo actitud desafiante y un carácter y espíritu callejeros. Parece una recapitulación final, un renacer tras 15 años de éxitos, parones y giras presentando un material nuevo que nunca salía en plástico. El cantante y guitarrista pretende con sus letras reivindicar el presente como manera de superar un conflictivo pasado (adicciones, enfermedades, desamores). Pero admitiendo, y ahora lo veremos, que estamos ante un conjunto de canciones sobresalientes, ¿qué ha cambiado en Social Distortion? Ahora escuchamos un sonido más setentero, con unas guitarras más envolventes en el uso de la distorsión, con una presencia menos precisa de batería y bajo, los cuáles han perdido (más las baterías) cierta efectividad, empuje y brillo pasados. "Born to Kill" es un álbum notable, pero repitiendo fórmulas que encumbraron al grupo desde los noventa, como ocurre con el magnífico medio tiempo “The Way Things Were”, tercer corte del disco. Fabricado con una comercialidad evidente, pasa desde tiempo a formar parte de los himnos en directo de este grupo (lo pudimos comprobar sus seguidores en el último Azkena Rock Festival), y que recuerda demasiado a otros títulos pretéritos de estructura (melódica y rítmica) similar. En la canción, Ness dispara todo un arsenal lírico, lleno de nostalgia y vuelta al pasado (“como eran las cosas”), para conformar una letra de muy altos vuelos, entre lo mejor del disco, en que escuchamos: “And we said goodbye to the way things were”. 

Sin duda, la apertura del álbum conforma dos auténticos cañonazos “made in Social Distortion”: el homónimo “Born to Kill” y “No way Out”. En ambas composiciones, Ness despliega todos los encantos de la banda de Orange County, California: guitarras contundentes y aceradas, actitud callejera y tiempos acelerados. Parece con ello el líder de Social D. significar algunas de sus máximas influencias en estos años: La Credence, Iggy Pop, Ramones o Bowie. “Born to Kill” lleva años en el repertorio de la banda, y con ello expresa Ness toda su rabia contenida, dentro de una espiral de rebeldía y restrospección. “No way Out” es un tema oscuro que nos recuerda mucho, por ejemplo a “Down on the World Again (de White Light White Heat…), aunque algo menos acelerado y algo más comercial. “Tonight” es otra las bazas destacadas del disco, esta vez lindando con el country, con una letra poderosa en torno a la soledad y una recapitulación interior en la noche, tras una pérdida amorosa (“I’m Singing Out this Song for You”). Me parece a mí “Partners in Crime” un corte más oscuro que el resto, que nos recuerda al Mike Ness en solitario (sacó dos discos en 1999), con una contundencia evidente, predilecta en su repertorio de siempre, y que relacionaría con el material de la cara B de "White Light White Heat White Trash" (1996), con versos como “Like a cold war nuclear bomb”, de alguien que se cree un superviviente, pese a todo. La alternancia de solos de guitarra al final, en modo crescendo, es una de las bazas del tema. El segundo, muy inspirado, seguramente realizado por Jonny.

Sin duda, la balada country “Crazy Dreamer” es uno de mis temas predilectos del disco, fomentando su lado más folk. Social Distortion bajan a las aguas del country, una de sus influencias clave en su trayectoria. Aquí aparece una de las colaboraciones estelares del álbum. Ni más ni menos que la cantante Lucinda Williams, quien realiza en todo momento los coros de la canción junto a Mike Ness. El resultado es un corte delicioso que rompe un poco con el sonido general del álbum, y que se posiciona en el lado de las letras que proponen la persecución de un sueño (muy Bruce Springsteen), con un sabor a Hank Williams. Quizá hubiera estado genial escuchar a la cantante de Lousiana entonando alguna estrofa en solitario. “Walk Away (Dont Look Back” es otro tema oscuro y enigmático de Ness, con la reconocida fisonomía contundente de la banda, con riffs contundentes al modo de AC/DC. Como en otros cortes, destacan sobremanera la voz de Ness y uno de sus solos arrolladores. Con “Never Goin´Back Again” se suma un corte mucho más comercial que los demás, y ciertamente más prescindible en el contexto del disco, con un estribillo de estructura predecible (IVº, Iº, Vº y Iº). En cierto modo, en la letra de Ness trata de redimirse, al cantar: “No time for cryin´, no time for dyin´”, y que nos habla a las claras del retrato de un superviviente que, no obstante, apuesta por su futuro, sin mirar atrás sin demasiada ira.

"Born to Kill" es asimismo un disco que indaga en las simas personales de su tótem. “Don’t Keep me Hangin’ on” es otra gran canción, un pequeño hit donde Ness explora las simas de su personalidad, en una onda similar a “Far Side of Nowhere” (de "Hard Times and Nursery Rhimes"). El amor, pues, surge como un archipiélago donde uno asirse, otro medio tiempo más, con instrumentación discreta (ritmo y solos de guitarra básicos y contundentes) y estribillo reincidente y pegadizo, muy Ramones. “Over You” cierra este brillante y esperado álbum —homenaje a los años ochenta—, donde solo queda esperanza de sobrevivir a un amor que se ha esfumado, pero que se resiste al olvido. Aquí la banda regresa a las guitarras punzantes y a un trabajo de voces brillante. Destaca el largo, punzante y efectivo solo final de Ness, que a veces nos recuerda al Neil Young de los ochenta.

El éxito de Social Distortion radica, sin duda, en su punk rock afilado, pero siempre aderezado con múltiples influencias: rock clásico, rock’n roll, country, rockabilly, hard rock… Born to Kill es un ejemplo notable de todo ello (por ejemplo, con el empleo menos efectista de batería y bajo, fusionándose de manera efectista en la evidente distorsión de guitarras). Desde mi punto de vista, Born to Kill no está a la altura de otros trabajos memorables de Social Distortion, pero sí aporta una evidente madurez y evolución sonora y compositiva. Veremos hacía dónde transita Ness y sus compinches en siguientes álbumes, si estos llegan, y no se hacen esperar demasiado tiempo. Lo cierto es que la banda de California es una de las cimas del punk rock internacional. Y se les nota tan en forma como siempre, pese al paso de las décadas. Pura actitud, puro rock’n roll, hasta que el maltrecho cuerpo aguante.

Ken Stringfellow + La Fiancée Solitaire: Viaje de ida y vuelta por la resiliencia


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Sábado 18 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

A la intimidad se llega por múltiples caminos, todos ellos válidos si el contexto y las circunstancias requieren dicha meta. La cercanía, la complicidad, la sinergia, son conceptos algo más abstractos y mal definidos en lo que se refiere al ámbito artístico. Tanto una como las otras tienen más que ver con el corazón y el alma más que con los sentidos, aunque el tacto sea algo a lo que no sólo se debería acceder con las manos. Precisamente dichos atributos anatómicos suelen ser los responsables de los sentimientos apuntados. Manos que afinan mástiles, cuerdas que desgranan acordes y teclas que comunican con los dedos. Guitarra, voz, piano… Y el factor humano, tan importante en tiempos de inteligencia artificial e indigencia antinatural. No es poca materia para dejarnos arrastrar por olas de emoción y sorpresa, justo lo que provocó la magia escénica del gran Ken Stringfellow, líder físico y espiritual de una banda de dimensiones míticas como The Posies, adjunto al mando de R.E.M. durante sus grandes giras universales, brazo armado de los seminales Big Star e incluso arteria afluente en algunas de las enormes melodías de unos tardíos Teenage Fanclub. Sin banda de soporte ni aderezos insustanciales, a pulmón quitado y voz en vilo. Un regalo insospechado para otro julio infernal en la tregua justa para el respiro y la sensibilidad.

En la terraza del Ambigú Axerquía, el escenario mínimo se dispuso para que antes la cordobesa María Guerra, o lo que es lo mismo, La Fiancée Solitaire, volviera a subirse a él, otra vez en forma minimalista, y presentara algunas canciones no escuchadas hasta la fecha, al menos por estos lares que son los suyos. Su último media duración presenta credenciales tan interesantes como la producción de Álvaro Tarik y un sonido oscuro y compacto confeccionado básicamente con sintetizadores y cajas de ritmo, algo de lo que se alejó conscientemente en esta ocasión para volver a la esencia (o no, porque el término es tan relativo como el resultado), agarrar la guitarra eléctrica y apresurarse en el esqueleto pop de “Tu camiseta favorita” y las confesiones más o menos personales de “Cuando pienso que vuelves de nuevo al barrio” y “La rosaleda”, antes de culminar con “Los veraneantes”, una de las canciones más bonitas de su vida, un pie de página explícito y acorde con los días que sufrimos. Según los apuntes tomados, su fuente creativa sigue manando con cierta fluidez y a su encarnación sintética puede que le suceda otra más orgánica, lo cual sólo puede ser sinónimo de eclecticismo e inquietud permanente. Un esbozo de lo que será, un preludio de lo que vendría. 

Hace unos días, en una charla más que esclarecedora con Mr. Stringfellow, nos confesaba varias cosas que han tenido una influencia decisiva en su vida durante los últimos años: En primer lugar, el diagnóstico terrible de un cáncer de próstata que paralizó sus giras y virtualmente su carrera (afortunadamente ahora en estado preservado y con cierta esperanza de supervivencia), después la constatación casi definitiva de que su trayectoria al frente de The Posies está finiquitada por las insalvables diferencias con el resto de miembros de la banda, y en conclusión la necesidad de empatía entre los seres humanos como única y verdadera vía de salvación. Por eso la visión dada a los temas dista de venderse con la electricidad implícita al power pop enérgico y a veces rugoso practicado por sus diversos proyectos grupales, y se enfoca en las sombras y la lírica curativa de algunas canciones poco habituales en sus actuaciones en solitario, o al menos cambiantes en apariencia. 

Es cierto que su producción más reciente carece del gancho melódico de antaño, un hecho consciente y meditado, pero a cambio ofrece momentos de encogimiento emocional intensificados por el protagonismo absoluto del piano eléctrico. “Trust” y “If that’s what God wants”, probablemente dos de los ejemplos más evidentes de su estado anímico actual, revisaron parte del repertorio último, a la vez que “Known diamond” y “Reveal love” sirvieron de conmovedora retrospectiva de discos que merecieron mejor suerte en su día, justo lo contrario que la alta consideración generalizada de una maravilla titulada “Amazing grace”, la última gran obra de The Posies, que contenía la brillante “Everybody is a fuckin liar”. En la fase inicial ya había pulsado con la guitarra las virtudes de “Friendship” y “Early morning” algunos temas inminentes, recién grabados y aún en embrión discográfico, junto a preciosidades ajustadas al sonido elemental como “Any love”, “There” o “Tears tumblin”. El poder y las debilidades del hombre frente a las veleidades del amor y sus consecuencias. 

La mutación continuaba con el micrófono situado en mitad de la audiencia, literalmente, con los focos del escenario únicamente como fondo crepuscular y situándolo en un contraluz maravillosamente ligado al contenido de “Ghost me”, las inéditas “Dark side of light” y “Don’t give up so easily” y el capítulo nostálgico nada premeditado de una necesaria “Ballad of El Goodo”, escondida en la producción más secundaria de Big Star, y “Solar sister”, joya recurrente en la reaproximación al catálogo de The Posies. Pequeños apuntes del “Wild horses” stoniano sirvieron de guía para que nadie dejara de saber por dónde van los tiros, y “Find yourself alone” y “You avoid parties”, otro festejo pequeñito de uno de sus más queridos álbumes grupales, a petición del público y con la libertad que le da improvisar cada noche sets de piano y guitarra a placer y conveniencia. Otro lujo que se puede (y nos podemos) permitir sin poner ni un pero a una nueva y peculiar forma de entender las giras.

Decía Ken al final que suele olvidar muchas de las canciones que tiene en mente tocar en cada una de las ciudades que toca y que a última hora decide incluir otras que ni siquiera él mismo consideraba tan importante apenas unos minutos antes. Nada que reprocharle si afronta la vida que le queda, que ojalá sea mucha aún, con el mapa de los momentos esenciales bien marcados en la hoja de ruta. Todos seguiremos aquí, esperando cruzarnos con él y su música, sin esperar nada a cambio salvo unas horas de sinceridad y comprensión mutua.

Belle and Sebastian, el cálido encanto de la melancolía


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Viernes, 17 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Cuando uno bordea esa peligrosa franja de los cincuenta se da cuenta de que algunos de los discos o bandas que descubrió nada más alcanzar la mayoría de edad cumplen ya treinta años. Es el caso de Belle and Sebastian y de su segundo álbum, “If You're Feeling Sinister” (1996), al que están rindiendo homenaje en su actual gira interpretándolo íntegramente. Afortunadamente los hemos tenido por aquí: hace unos días en el BBK Live de Bilbao, el jueves pasado en Las Noches del Botánico de Madrid y, un día después, en el Festival Barts, celebrado en el emblemático recinto del Poble Espanyol de Barcelona. Y eso no es todo, ya que, tras la Ciudad Condal, su paso por Murcia y Valencia ha confirmado la predilección de la banda por nuestras ciudades.

Con la interpretación íntegra del álbum era imposible no transportarse a la adolescencia o a la primera juventud, a aquel momento en el que descubrimos a esta peculiar banda escocesa con nombre de cuento infantil que ofrecía un pop pseudointelectual, delicado y diferente, alejado de las estridencias de muchas bandas de la época para centrarse en lo personal y lo sentimental, donde los arreglos instrumentales y la melancolía dibujaban unas melodías irresistibles. La formación ha sobrevivido a la marcha de algunos de sus miembros fundamentales, como Isobel Campbell o Stuart David, al paso del tiempo y a los cambios en la industria discográfica. Han seguido publicando grandes discos, reinventándose musicalmente y regalándonos unos conciertos a los que no hemos dejado de acudir, sabiendo que terminaríamos con una sonrisa de oreja a oreja.

Lejos de caer en un mero ejercicio de nostalgia, Stuart Murdoch y los suyos demostraron en la cálida noche del pasado viernes 17 de julio que las diez canciones homenajeadas conservan intacta su capacidad para emocionar. Eso fue lo que pudimos sentir desde los primeros compases de "The Stars of Track and Field" o cuando asomó el piano de "Seeing Other People", aunque, a decir verdad, no fue hasta la pegadiza "Me and the Major" cuando el público comenzó a bailar con ganas.

Sobre el escenario, un Stuart ataviado con su característico sombrero, parlanchín y bromista, se atrevió incluso con algunos parlamentos en catalán (se nota que es escocés y tiene esa sensibilidad); un divertido y encorbatado Stevie Jackson demostró que es perfectamente compatible ser un freak y una rock star; mientras que la violinista y multiinstrumentista Sarah Martin desplegó su enorme talento con absoluta discreción. Junto a ellos, hasta seis músicos más abordaron todo tipo de instrumentos: trompeta, batería, teclados, bajo, guitarras, percusiones, flautas, armónicas, melódica...

Con "The Fox in the Snow" llegaron las pantallas las imágenes en las pantallas de un zorro bajo la nieve y un silencio reverencial por parte del público, ante el que Stuart mostró su lado más sensible. Aunque todos esperábamos con ganas la maravillosa "Get Me Away From Here, I'm Dying", una de las grandes canciones de la banda, que fue recibida con enorme entusiasmo, tampoco se quedó atrás "Judy and the Dream of Horses", la pieza que cierra el disco: una oda adolescente con ese impulso y ese sonido de trompeta tan épico que culminó con Stuart enfundándose una máscara de caballo para poner el toque más desenfadado al espectáculo.

Tras ese primer bloque llegó una segunda parte del concierto en la que la banda ofreció una selección de canciones de distintas etapas de su carrera, especialmente centradas en sus primeros años y en la época de comienzos de milenio. Entre tema y tema, Stuart bromeó con las camisetas de algunos asistentes, como una de su ídolo y compatriota Edwyn Collins —del que interpretó un breve fragmento—, una de The Stone Roses o una de Stereolab, que según él, aparece siempre en el mismo lugar en todos sus conciertos. Murdoch ejercía de perfecto maestro de ceremonias con esa habitual mezcla de timidez, humor británico y cercanía que genera una sensación de intimidad que muy pocas bandas consiguen transmitir desde un escenario.

Una vez más, la banda dejó patente su formidable nivel instrumental. Cada músico encuentra su espacio de forma completamente natural, mientras pudimos escuchar a Sarah o a Stevie cantando o aportando armonías vocales. Pero, por encima de todo, siguen maravillando esos sutiles arreglos musicales que ya pueden apreciarse en los discos y que consiguen trasladar al directo con una naturalidad que parece imposible.

Ya en esta segunda parte sonó una de sus mejores canciones de siempre: "Another Sunny Day", con esa melodía pop absolutamente perfecta. Le siguió "Chickfactor", que Stevie cantó y dedicó a su esposa (dedicatoria que Stuart hizo extensiva, poco después, a todas las esposas, incluida la suya), demostrando además sus habilidades con la armónica. Durante "Piazza, New York Catcher", Stuart se sentó en el borde del escenario para, acto seguido, bajar a cantar entre el público. Otra que sonó formidable fue la enérgica "Sukie in the Graveyard".

Y para el desenlace llegó la esperada "The Boy with the Arab Strap", acompañada de la ya tradicional invasión del escenario por parte del público, que bailó entre los músicos mientras Stuart marcaba el ritmo desde los teclados. Eso sí que es una "Casita", y no la de ciertos reguetoneros: aquí no hace falta ser famoso ni guapo; todos tienen cabida, altos y bajos, gordos y delgados, rubios y morenos... Ese es el espíritu de Belle and Sebastian, algo que también se reflejaba en las pantallas, donde iban apareciendo fotografías de sus seguidores al ritmo de la música.

Sin expulsar a los aficionados del escenario, "I Want the World to Stop" puso el punto final al repertorio principal. Como bis llegó la maravillosa "Sleep the Clock Around", dejando, eso sí, muchas otras bellas canciones para una próxima ocasión. Esperemos poder volver a estar allí para tener la oportunidad de escucharlas. 

Ilustres Principiantes: Construimos Escaleras


Fotografía: Marta Pozas. 

Primero nos gritaron “Fuerte”, luego dijeron "Basta" y por último pusieron banda sonora a una tienda de su barrio de Fuente Olletas con "Cortinahogar". Han sido tres temas como tres soles pero ahora, por fin, los malagueños Construimos Escaleras se presentan en formato largo. Lo hacen con un disco que se llama "Construimos escaleras" y para cuya portada han dibujado (¡ja!) una escalera. Jugando al despiste, pero siempre al pie, este LP contiene 8 temas gestados sin pensar de más, que hablan de ellos y de lo que pasa a su alrededor. Un album ecléctico, se diría, que evoluciona con tacto para que no te agobies.

Ojo porque va de más a más: de más baile a más gamberro. La base la pilota Ivan, a ella se une el bajo marrano de Samu y luego dan lustre el sintetizador y el saxo tenor (de una calidad abrumadora) de Paul, mientras Dr Fausto acompaña en la selección de instrumentos y Nilsson, autoproclamado compositor, aporta voces y guitarras en segundo plano.

Construimos Escaleras han confeccionado un altar donde se reza a bandas como Gang of Four, Talking Heads, ESG, Lizzy Mercier Descloux, Ciudad Jardín o El Último Sueño; toda una declaración de intenciones. Y como vienen de lo manual y lo inmediato, hacen canciones por repetición e intuición. En su fórmula: movimiento, energía y vacile. 

Los malagueños son el nuevo y flamente fichaje de Caries Records, casa desde la que opera el gran CARLANGAS y que se ha convertido en uno de los sellos que mejor rastrea el talento joven de la escena. Tenemos ejemplos bien lustrosos en el afilado dúo madrileño Dear Joanne y la jovencísima artista sevillana julia de arco.

El festival Vive Latino se consolida en su quinta edición a orillas del Ebro


El festival Vive Latino del este del Atlántico, celebrado cada año en la explanada de la Expo de Zaragoza, está más que consolidado y enfila ya su quinta edición durante el primer fin de semana del próximo mes de septiembre. Este año, más que nunca, el eclecticismo en su cartel está más que asegurado, con artistas de ambos lados del Océano y propuestas de lo más diversas que van desde el rap al punk, pasando por la tradición latina, el rock clásico o el pop edulcorado.

Con el cartel por días ya definido, podemos optar por la acertada transformación de Niña Polaca, el refinado pop de Amaia, la transgresión de Sanguijuelas del Guadiana, el clasicismo de Loquillo y M Clan o la provocación de Rigoberta Bandini durante la noche del viernes 4 de septiembre. 

En cambio, si nos dejamos caer por la orilla del Ebro el sábado 5 tendremos desde la delicadeza del pop local en manos de Begut a la revelación más intensa de la canción de autor actualizada con Guitarricadelafuente, la crudeza de Biznaga, la impulsividad folk de La M.O.D.A, la singularidad incansable del rock de Ultraligera, el mesianismo de Siloé, el "subnopop" de Ojete Calor o la intensidad indie de Veintiuno.

Un cartel que se completa con Pignoise, Julieta Venegas, Ed Maverick, Multipla, Rawayana, El Verbo Odiado... y así hasta un total de treinta y dos artistas repartidos en los tres escenarios del recinto, que una vez más se completará con una gran oferta gastronómica así como con espectáculos que unan estas dos orillas hermanadas con la lengua y la tradición musical más interesante del globo.

The Rolling Stones: “Foreign Tongues”


Por: Javier Capapé. 

Lanzar un disco cuando se han sobrepasado ampliamente los ochenta años está claro que no obedece a ninguna estrategia comercial. Los Rolling Stones han aprovechado el impulso que les dio el grandioso “Hackney Diamonds” para seguir esa estela y vencer al tedio mientras nos dan una lección de lo que es el verdadero compromiso por la música. Todos pensábamos que su anterior disco sería el de su despedida, pero afortunadamente nos equivocábamos. Tal vez ya no es momento de estirar el chicle con giras maratonianas (sabemos además que las manos de Keith Richards ya no las soportan), pero este “Foreign Tongues” es la mejor manera de seguir teniendo presente a la banda de rock más grande del planeta. No hay límite para los Stones ni planes de retiro. A estas alturas lo importante para ellos parece ser querer estar presentes, sin importar estereotipos ni edades. El tándem Jagger/Richards sigue vivo y se antoja realmente provechoso a juzgar por sus nuevas composiciones, esas que han conformado el vigésimo quinto disco de estudio de su carrera. Quizá quede algo más inconexo que el anterior debido en parte a su excesiva duración, pero hay poco que sobre de entre estos nuevos catorce cortes.

El joven Andrew Watt ha asumido de nuevo los mandos de la producción, en esa especie de cruzada personal por actualizar los clásicos del rock, pero he de decir que, una vez más, le ha salido bien la jugada. Los Stones suenan potentes, con una producción ampulosa, pero sin perder la esencia que les une a ese blues grasiento tan bien representado en su tema de apertura, uno de los mejores del conjunto, el brumoso “Rough and Twisted”. Fue la canción con la que anunciaron su regreso, y lo hicieron como en los setenta, bajo el pseudónimo The Cockroachers, que usaban en algunos de sus conciertos secretos. Una manera de advertirnos que volvían a la esencia del blues, al garito y la aspereza de esas guitarras que desde el primer rasgueo nos llevan al Mississippi. Suenan a los eternos Stones, esos que nunca han desaparecido, en parte gracias a esa mezcla entre las seis cuerdas y la armónica tensando el ambiente, los mismos que ya tocaron el cielo con las versiones que contenía “Blue and Lonesome”. ¿Es la mejor canción del lote? Diría que sí. Sin rodeos. Es magnífica y está cargada de ese espíritu canalla que les ha trascendido. Pero tampoco es que el listón baje mucho después de esta apertura. Le sigue un single de libro, su enésima reinterpretación de “Start Me Up”. Me estoy refiriendo a la también conocida “In the Stars”, con esos riffs tan reconocibles y contundentes y la voz de Mick en plena forma. Es absolutamente increíble encontrarle a este nivel vocal con su edad. ¡Bendito pacto con el diablo!

La banda base que ha puesto el alma a estas canciones, cocinadas entre los tres Stones supervivientes en los últimos cuatro años, está compuesta por sus ya habituales Darryl Jones, Steve Jordan, Matt Clifford (que también se ocupa de las tareas de preproducción) y, como gran invitado en la mayor parte de las mismas, el que fuera teclista de Traffic y alma de los Blind Faith, Steve Windwood. Su aportación con múltiples teclados no es una colaboración puntual, pues está presente casi todo el tiempo, aunque sus labores se ven complementadas por el productor Andrew Watt junto al mentado Clifford o el pianista Ben Waters. Mick, Keith y Ronnie aprovecharon unas fructíferas sesiones de poco más de un mes en los estudios londinenses Metrópolis, que completaron con fragmentos y descartes de anteriores grabaciones, principalmente de su disco predecesor, pero también de una antigua sesión dirigida por Don Was de la que han podido rescatar la última grabación de Charlie Watts, que data de 2019 y que ha dado como resultado la acelerada “Hit me in the Head”, una de las más acertadas de la colección, que sólo necesita a los cuatro Stones juntos para hacer magia.

Algunas de las sorpresas que nos trae este disco son las versiones que afrontan en él. Está “Beautiful Delilah”, de Chuck Berry, cerrando el disco, en la que Mick y Keith se hacen cargo, con la única compañía de Chad Smith, de un blues de raza, arrastrado y certero. Pero además de ésta, también encontramos una versión de lo más inesperada, aunque a decir verdad les sienta como anillo al dedo. Me estoy refiriendo a “You Know I’m No Good”, de Amy Winehouse. En la voz de Mick parece que él mismo la hubiera compuesto, pero además del pulso y la entrega de los Stones originales, le deben parte de sus aciertos a los vientos de James King y Ron Blake, que hacen de las suyas en otras de las canciones del disco, aportándoles color, pero que aquí son más que decisivos. No sé si el hecho de recurrir a la dama de Candem ha sido fruto de su trabajo en los estudios del oeste de Londres donde han centrado su grabación, pero seguro que algo ha tenido que ver, y ¡vaya lo que han logrado! Han hecho crecer un tema que ya de por sí era excelso.

Pero no todo podían ser logros. Entre estas “lenguas extranjeras” también tenemos algún leve patinazo. “Jealous Lover” tiene ese falsete de Jagger tan característico, pero a pesar de su potente estribillo no llega a terminar de redondear un tema que se queda en una copia algo vacía de “Waiting on a Friend”. Por su parte, “Never wanna lose you” contiene una destacada colaboración a los coros de Robert Smith (de lo más inesperado en un disco de “Sus Satánicas Majestades”), pero a pesar de su bajo con aroma al disco de los setenta y la pegada de Steve Jordan, puede quedar opacada por el resto. Sobresaldría en un disco en solitario de Jagger, pero aquí le pierden sus formas pop, a pesar de esforzarse por sonar cruda. “Side Effects”, con aportes en la composición de Andrew Watt, comienza con un aroma indie con su riff más ligero, pero adolece de un aroma inconsistente entre sus estrofas más ásperas y sus estribillos pop. De todas formas éstas, que pueden ser las menos acertadas del conjunto, para nada lo desmerecen, porque el resultado global queda muy equilibrado, de nuevo en el notable con el que ya nos atrevíamos a calificar a su predecesor. Y es que podríamos entender estos dos discos como complementarios. Unos nuevos Stones que saben actualizarse pero sin perderse por derroteros innecesarios. Por eso volvemos a aplaudirles cuando regresan al country con “Ringing Hollow”, con ese piano tan honky de Steve Windwood, el pedal steel de Ronnie Wood y los coros que arañan, siempre infalibles, de Richards. Ésta me lleva a “Some of us”. El tema que canta Keith es uno de los más emotivos, una balada donde el órgano de Benmont Tench destaca casi tanto como ese leve aporte vocal de Mick en el tercio final. Pero no es la única balada épica, “Back in your Life” tiene esos aires R&B que le aportan los coros de Porcha Clay y Naarai Jacobs junto a los potentes vientos y el tremendo solo marca Ronnie Wood al final. Si en el rock hay poesía, ésta es una buena muestra de ello.

En el esfuerzo por actualizar la cosecha Jagger/Richards he sido consciente de que esta sonoridad del siglo XXI de la que hace gala la moderna producción de Watt (asistido por una lista de ingenieros interminable) no dista mucho de aquel “Steel Wheels” que les devolvió a la vida cuando la banda parecía casi extinta. Fue entonces cuando comenzaron a sacar partido a unas giras mastodónticas y cuando algunos empezaron a decir que a sus discos les faltaba alma. Sin embargo, aquel “Steel Wheels” no era para nada un disco del montón (como tampoco lo fue el atrevido “Voodoo Lounge”) y canciones como “Mixed Emotions” me vienen inevitablemente a la cabeza cuando escucho “Divine Intervention”, cargada de luz, como la citada, y con una nueva colaboración de Robert Smith (esta vez a la guitarra), aunque lo que más le hace crecer es el desarrollo de los vientos al final. James King y Ron Blake están correctos y aunque no sean Bobby Keys ni Jim Price, convencen con suficiente solvencia. En definitiva, el sonido más actual de los Rolling Stones no lo es tanto, ellos mismos lo inventaron en el ocaso del siglo pasado.

No quiero olvidarme de dos trallazos que equilibran claramente la balanza del disco hacia los grandes hallazgos, como queriendo advertirnos de que esta banda sigue viva (si es que alguien aún lo dudaba). No importan tanto sus tours ni su presencia en medios. Con lo que siempre nos quedaremos será con su música. Los Rolling Stones son imbatibles. Eternos. Y así nos lo demuestran con la acelerada “Mr. Charm” o con la grasienta y garajera “Covered in you”, que cuenta con Paul McCartney al bajo, como ya ocurriera con “Bite my Head off” anteriormente, aunque con algo menos de punch esta vez. En “Covered in you” muestran un evidente descaro en las estrofas, con Mick casi hablando más que cantando, como si lanzase dardos envenenados. Otra de las características que le hace destacar es la gran compenetración entre las guitarras de Ronnie y Keith. Esto no es algo único de esta canción porque en realidad es lo que siempre les ha hecho sobresalir del resto, pero en ésta se luce más. Y por último, y para rematar, tiene ese solo de armónica que pone los pelos de punta. Siempre me ocurre lo mismo cuando escucho a Jagger en esta faceta, pero es que en este disco en particular se sale, porque no nos olvidemos de que Mick no sólo canta. Podemos decir sin temor a equivocarnos que es uno de los mejores armonicistas del rock.

Parece que estas “lenguas extranjeras” las dominamos a la perfección, las comprendemos perfectamente y nos sentimos en sintonía con ellas. Son los Stones, en definitiva, y no tienen por qué demostrarnos nada nuevo. Nos ofrecen su mejor baza cuando algunos los veían ya en el descuento, pero es evidente que les queda mucha fuerza. Así que amigos, olvídense de buscar porqués, “Foreign Tongues” es una fantástica realidad y sólo tenemos que disfrutarla sin medida.