“Residencia” de Chencho Fernández en el Rincón del Arte Nuevo (Cap I): “Canciones emblemáticas”


Rincón del Arte Nuevo, Madrid. Domingo, 18 de octubre del 2026. 

Por: Guillermo García Domingo 
Fotos: Marián Bujanda Bravo. 

Antes de empezar el concierto Chencho escribió sin pretenderlo la crónica del mismo. Al llegar los primeros asistentes al lugar en el que estábamos citados nos recibió mientras comentaba que el Rincón del Arte Nuevo, en una de las calles más antiguas de Madrid, donde iba a tener lugar su concierto, se parecía a uno de tantos garitos del Greenwich Village de Nueva York. Lo que sucedió poco después en esta encantadora gruta con aspecto de conciliábulo para melómanos desesperados no hizo sino confirmar lo que nos había dicho en la antesala: un concierto medio desenchufado que recordó a esos conciertos, a menudo espontáneos y secretos, que en los años sesenta cambiaron el rumbo de la música popular. 

No sin cierta sorna Chencho ha bautizado esta pequeña gira madrileña de tres conciertos como “residencia”, emulando a otras “residencias” que todos conocemos a la fuerza pues atraen la atención de los grandes medios. El primer capítulo tuvo lugar la tarde del domingo, por fin de otoño, y estuvo dedicado a las “canciones emblemáticas”, y así fue puesto que escuchamos “Una buena noche”, “Y entonces lloré” y “Noche americana”, genuinos y deslumbrantes astros del universo chenchista. Pertenecientes a sus tres discos publicados hasta el momento, que estuvieron debidamente representados además de las mencionadas arriba por “Un hit” (la primera canción que degustamos), “Una muchacha rural” o “Radio Fun Club”, por decir algunas.

Como el último disco “Be my baby” ya se vislumbra y el pasado viernes, de hecho, fue difundido el adelanto de este nuevo trabajo, “Amor”, este tema fue interpretado por Chencho sin el concurso de su inseparable colega Israel Diezma. Esta balada extraordinaria, cantada a una marcha más lenta que en el estudio y sin el groove que con tanto acierto subraya su letra excelsa, como es costumbre ya en el músico sevillano, no desentonó sino todo lo contrario con el repertorio de la noche, así que habrá que considerarla a partir de ahora como una canción emblemática más.

A diferencia de otras “residencias” a Chencho le sobran los vatios que otros malgastan. Como él mismo se encargó de decir en varias ocasiones, doce cuerdas, la suma de las cuerdas de su acústica y las de la guitarra eléctrica prodigiosa de Israel Diezma, su propia voz y un foco bien orientado, son suficientes para convencer a los que nos presentamos a la llamada a las 18 horas debajo del viaducto de la calle Bailén. Las canciones, a causa de su valor intrínseco y la autenticidad de los que las defendían, se hicieron sitio con naturalidad en el interior de los que tuvimos la suerte de asistir a la convocatoria del maestro. En nuestros “adentros” se quedaron a vivir por tiempo indefinido. Antes de interpretar “El mar y la nada”, esa que empieza diciendo “los niños a lo lejos hacen castillos de arena”, Chencho se refirió a ella como una suerte de estampa de Sorolla. Uno de esos cuadros al natural que pintaba el artista valenciano, afincado en Madrid, en la playa de la Malvarrosa. El disco “Meridiano de Greenwich” (2024) huele a salitre del mar Cantábrico. Más adelante llegó el turno de “Una playa cantábrica” y “Sal de tu piel”, dos “marinas” pintadas por Chencho en directo. Sin embargo, nosotros nos encontrábamos a cientos de kilómetros de cualquier mar. Esto denota la capacidad evocativa de las composiciones de Chencho. 

Chencho tiene callos en los dedos de componer y tocar, pudimos verlos, y también se oía el chirriar de las cuerdas cuando los dedos se deslizaban, y el sonido de los pedales apretados por el guitarrista Israel Diezma, quien, como un guardagujas, cambiaba las vías e iba apostillando el paso del tren de “medio tiempo” que conduce el artista andaluz. El concierto no fue, en absoluto, de menos a más, la inspiración se coló entre los dos músicos desde el inicio, pese a que apenas había sitio, y allí permaneció ante el silencio reverencial de unos parroquianos, que ya eran chenchistas antes de entrar, y los que no lo eran, a buen seguro que salieron de la cueva encalada del Rincón siéndolo.

Chencho Fernández vive en las antípodas de las modas. Mientras que algunos necesitan amplificar la mentira y artificiosidad de sus propuestas musicales, Chencho se sirve de la desnuda verdad de sus canciones para conquistar terreno poco a poco, velada a velada. La siguiente cita será el 15 de noviembre, en el mismo lugar y a la misma hora con el propósito de “profundizar en el repertorio”, y después de lo visto, ya no hay excusa para faltar.

Hostia Pedagógica: “Homo Lamentábilis”


Por: Txema Mañeru. 

Conocí al trío de post-punk garagero de Barcelona el año pasado a raíz de la publicación de su primer single con doble cara Supuso toda una hostia en toda la puta cara. Ya entonces me llamó poderosamente también la atención su estupendo nombre. De hecho también se habían dado a conocer el pasado año con la presentación de su “Hostia Pedagógica EP”, con 4 atractivas canciones de presentación. Ya se vio que sus canciones sacudían de lo lindo con mucha sátira y retranca, cargadas de un humor realmente inteligente.

Ya entonces se anunciaba que iban a grabar su primer LP con la producción del prestigioso Paco Loco. Dicho disco ya está aquí y llama la atención desde la atractiva portada con la chula pintura de John Hoppner. La presentación sigue estando a la altura de lo habitual en su excelente sello, Limbo Starr. Por cierto, si te pasas por www.limbostarr.com comprobarás que van a reeditar, en una nueva y edición especial en doble vinilo de color blanco, el legendario “Actos Inexplicables” del primer gran nombre de la casa que fue Nacho Vegas en una especial edición 25 Aniversario. En el caso de los Hostia el vinilo es en elegante color marfil – naranja/amarillo y también trae una funda interior con todas esas destacadas letras impresas.

Otro aspecto muy destacable de este disco de 12 buenas canciones es la masterización de la prestigiosa Sarah Register. Una Sarah que ha trabajado con Depeche Mode, Big Thief, Garbage, Shame, Black Midi o The Shins y que toca en la banda de Kim Gordon, (ex Sonic Youth). ¡Y la verdad, el disco y la banda suenan como una santa hostia en todas las orejas! 12 canciones entre las que se recuperan las dos del nuevo single, convenientemente regrabadas y han recompuesto el mejor tema de su EP de presentación, "La Noria", que suena perfectamente empastada con el sonido de las nuevas canciones y del LP, en general.

El disco comienza con mucha fuerza, y criticando ácidamente los cada vez más abundantes discursos xenófobos en "Nativo de Turno". La situación laboral es un tema siempre candente, sobre todo entre la juventud. Por eso era normal recuperar el single "Abajo Con El Trabajo" con cachondeo asegurado ya hasta en su título y con ese slogan brutal que dice: “El trabajo dignifica… la piscina de tu jefe…”. Sigue sonando urgente, agresiva y con las guitarras de Xavier Javaloyas arañando en primer plano. La repetición del título es ideal para corear y jalear y en sus directos es una locura la euforia de sus seguidores. Ya entonces les comparábamos con bandas tan vigentes como Parquesvr, Mujeres, Idles, Biznaga, Fontaines DC, Amyl And The Sniffers, los más agresivos León Benavente o sus compañeros de escudería, Camellos. El narcisismo de la sociedad actual, con tanto selfish en los sitios más especiales, se refleja muy bien en "Caballo". "Miénteme Más" es el más reciente single y tiene un estribillo punk que es una gozada y lo convierte, sí, en un hit cargado de ironía y energía. Las guitarras arañan y se te van clavando muy adentro. Te entran ganas de chillar y retratan a la perfección la necesidad de exagerar las emociones en la era actual. Indie-punk con riffs contagiosos y otro tema que será momento destacado en sus rotundos conciertos. Un título tan rotundo y definitorio como "Si No Hubiera Mañana" habla por sí solo y sólo tienes que perderte en su historia antes de cerrar la cara A escondido en tu caparazón con "Ameba".

La cara B comienza con otro de los nuevos singles de adelanto. "Estás Roto" salió por mayo y tiene un guapo videoclip. Te rompe por dentro su ácida historia siempre con ese humor tan particular. Locura punk alucinada pensando en cuando tengan 56 o 46 años y superando los 4 minutos sin dejar de mantener la tensión y la energía en ningún momento. "Vendo Manual" fue el otro tema del single doble junto al citado "Abajo En El Trabajo". De nuevo guitarras saturadas y un ritmo brutal marcado por el bajo de Jordi sonando muy post-punk a lo Joy Division (o los primeros New Order) realmente espectacular. La genial letra se pierde hasta por pedaleos con la bicicleta. Mola, una vez más, el contagioso y guitarrero estribillo. Ya hemos hablado de otra buena recuperación como "La Noria", una “Tierna” historia familiar de lo difícil que es ser hijo, pero más aún padre o madre. Inquietante. Tonos más oscuros y post-punk con unos redobles de batería, por parte de Brian, realmente potentes y hasta con algunos punteos lacerantes con la guitarra. Siguen demostrando sus "Altas Capacidades" con rabia antes de lanzarse a su particular "Baile", justo antes de acabar demostrando su hastío punk con la rabia y la rebeldía de "Me Aburro". Muy cierto eso de que hacen post-punk para oficinistas pirómanos. ¡Yo añadiría que para pirómanos pirados en general!

Anni B. Sweet: “Alegría”


Por: Javier Capapé. 

Resulta complicado escuchar a Anni B. Sweet sin volver la mirada hacia los años sesenta. Lo suyo es moverse entre las coordenadas de la psicodelia y la canción melódica española. Un híbrido muy particular y genuino. Difícil de imitar. Precisamente en esta senda, sin apenas salirse de estas líneas, se encuentra su último álbum “Alegría”. Su segundo disco totalmente en castellano (tercero si contamos su colaboración en forma de largo con Los Estanques) se nos presenta como un conjunto de canciones vitales y cargadas de energía positiva, aunque con la fragilidad que caracteriza a su voz, que nos ofrece esa cara que podría mostrar el lado más vulnerable que todos arrastramos, aunque en este caso, Anni sería el antídoto o la faz amable con la que volver a levantar el vuelo. El título ya lo dice todo: “Alegría”. Con la que afrontar la vida y los reveses, con la que levantarse a pesar de los golpes. El disco puede presentarnos una lírica rugosa o cruda, pero la melodía siempre busca la luz. Prima la vitalidad sobre la dureza, la luz sobre la oscuridad. Porque ante todo, Anni intenta encontrar y hacernos partícipes de ese estado emocional ya desde el tema inicial, ese “Adiós con alegría” que nos lleva a esa fiesta de los setenta (¿sería más correcto llamarla “guateque”?) con su voz angelical y una sonoridad que ya no dejará en todo el metraje. Desde el mellotron que la inicia a las distorsiones o los bajos con cuerpo que la adornan, pero por encima de todo con esas líneas melódicas vocales estratosféricas. Te enamore o no, hay que admitir que sus cualidades son de órdago.

En esa línea psicodélica iniciada se mantiene “Nada grave”. Bajos poderosos, teclados que se contonean y un groove que engancha particularmente en ese contundente y directo estribillo. James Bagshaw, de Temples, produce junto a la propia Anni este disco influenciado por el universo surrealista de André Bretón, como la propia artista ha admitido, donde busca especialmente un equilibrio entre la delicadeza melódica y la exploración textural. A pesar de lo que pueda parecer en un primer momento, “Alegría” nace después de que la malagueña atravesara una profunda crisis personal. Ella expone abiertamente que se escapó a Aranjuez para lidiar con sus demonios y buscar la luz, pero el disco “viene de un lugar muy sombrío”. Lo curioso es que para salir de las sombras haya recurrido a sonidos tan vitales y coloridos como estos. Así, se mezclan los tintes cubanos y brasileños con el pop español de los sesenta, ese que deslumbra con su vitalidad y barroquismo. 

La portada refleja la dualidad entre la luz y la alegría que desprenden sus párpados arcoiris junto al dolor que recogen, a la par, las lágrimas en esos mismos ojos. Esa es la manera con la que el diseño de Mario Feal intenta transmitir las emociones que se mezclan en “Alegría”, que va unida irremediablemente a la tristeza, porque desde el dolor también se crece y el espíritu se transforma. La dualidad comentada se encuentra perfectamente expresada en “No le encuentro la gracia”, una canción de lírica directa, pero sin perder ese toque surrealista, acentuado también por la psicodelia sonora y el brillo melódico que no pierde su estribillo. La clase de Santiago Auserón adorna “Todo está bien”, otra canción de corte clásico que recoge la tradición del guateque y lo actualiza, como si estuviéramos ante un filtro castizo 2.0. No es el único invitado de este disco pues “En mi olvido” cuenta con Miren Iza. Un magnífico dúo que se alarga disfrutando entre teclas y armonías. Las guitarras recuerdan al leitmotiv de “Twin Peaks” para darle ese toque enigmático al más puro estilo David Lynch. 

Ana Fabiola López, el nombre real detrás del que se esconde la “dulce” Anni, intenta aportar profundidad a unas canciones cargadas de ligereza sonora, afirmando que “despedirse no implica necesariamente una derrota”. Siempre puede encontrarse un destello, algo que sugieren abiertamente otras canciones, como la más distorsionada “Amor” o la abrasiva “Llévame al Sur”. En la espacial “Un lugar para estar” también podemos encontrar fácilmente cobijo, al igual que en la más juguetona “Un buen trato”, donde nos queda la sensación de que todo puede caber en este disco si priman los toques coloristas y ácidos. Una de las canciones más interesantes que encontraremos, por ese bajo tan cercano al mismísimo McCartney, es la muy Beatle “Ni aquí ni allí”, como si nuestra protagonista se hubiese colado en el collage de la portada de “Sgt. Peppers”, y con un pie en los setenta por el trance que transmite su solo de guitarra tenemos “Después de brillar”, además de jugar con gran maestría de nuevo con las armonías vocales.

El disco termina con el pop conciso de “Bailando espero”. Una canción que conecta más con lo patrio que con la inspiración británica que encontraba Anni en otros trabajos. Aquí se dan cita de Miguel Ríos a Lole y Manuel, dejando claro lo que le da sentido a este álbum, que pretende ser una celebración, un grito de alegría, que se sobrepone al dolor. Un lugar intenso y florido desde el que crear y caminar a pesar de los momentos oscuros. Anni B. Sweet ha elegido ese camino tan valiente como dulce, porque ante el sufrimiento lo lógico podría haber sido un disco más crudo, pero ella nos da un motivo por el que levantar la mirada y bailar sin corsés. Un disco vital en el que encontrarnos y dar sentido a cada sorpresa que podamos encontrar por el camino, siempre y cuando sepamos afrontarlas con ritmo y una pizca de ironía.

"Oasis: Don't Look Back in Anger", de Dylan Southern y Will Lovelace


Por: Begoña Serralvo.

El regreso de los hermanos Gallagher a los escenarios ha sido, sin duda, un gran terremoto emocional, y "Oasis: Don't Look Back in Anger" (2026) es su testimonio audiovisual. Ya en plataformas, y lejos de la frialdad de los datos puramente objetivos, el documental prefiere abrazar el enfoque más emotivo casi desde el primer minuto. Eso sí, conviene dejar las cosas claras antes de darle al play: no estamos ante una obra que diseccione su reconciliación ni que pretenda ahondar en los motivos de su tregua. Se ha aplicado un inteligente acuerdo de borrón y cuenta nueva; se esquivan los quince años de reproches mutuos y la mítica espantada de París en 2009 para centrar el tiro en lo que verdaderamente importa: la música aquí y ahora.

Dejando a un lado el morbo de los tabloides, la película se vuelve gigante cuando se introduce en las entrañas de la gira. El gran gancho melómano es asistir a la primera entrevista conjunta de Liam y Noel Gallagher en más de dos décadas. Comprobar que esa química magnética y su característica socarronería norteña siguen intactas, como si el tiempo no hubiera pasado, es un regalo absoluto. Tampoco desentona ver a Noel aceptando, bajo un pacto unilateral de convivencia, las extravagancias y subidas de ego de Liam con tal de no dinamitar el proyecto. Nada nuevo bajo el sol.

El triunfo de la cinta, más allá de los Gallagher, parece venir más allá del escenario: se desplaza hacia la comunión. Resulta profundamente emotivo ver a los fans de diferentes partes del mundo —da igual si la cámara está en Seúl o en un Wembley abarrotado— llorando y dejándose la garganta, uniendo en un mismo plano a los nostálgicos que crecieron con el Britpop y a una marea de adolescentes que descubren ahora esa liturgia.

El momento cumbre del documental llega sin duda en São Paulo. Allí, no falta en la cinta el emotivo y especial homenaje a Gary "Mani" Mounfield, quien tristemente falleció durante el transcurso de la gira, al dedicarle la banda una estremecedora versión en vivo de "Live Forever". Es en ese instante, con todo un estadio coreando al unísono, donde se conecta la pasión global con el legado más puro y ruidoso de Manchester. Un tributo gigante para un viaje que no termina aquí, ya que el grupo ha confirmado de forma masiva que vuelven a la carretera de cara a 2027, año en el que volveremos a ser testigos, o al menos los más afortunados, del progresivo rejuvenecimiento de Bonehead.

Dallas Burrow: “Modern Day Vagabond”


Por: Kepa Arbizu. 

Cuesta encontrar un solo aspecto, sea íntimo o artístico, en Dallas Burrow que no parezca guionizado para encarnar el prototipo de músico country texano, al que por no faltarle, no lo hace ni su propio nombre, en referencia a una de las principales metrópolis de dicho estado. Lo que podría ser una inanimada confluencia de clichés y tradiciones mal entendidas, en su caso se convierten en una seña absolutamente identificativa y destino para un sobresaliente talento artístico. Posiblemente esa capacidad de parecer un songwriter de sombrero calado y narrativa campestre, pero sobre todo serlo, es propiciado -en buena parte- por un arraigo familiar conectado directamente con ilustres de la escena. Porque la amistad de su progenitor con Guy Clark o sobre todo Townes Van Zandt, al que le unía un “juramento de sangre” verídico, no han supuesto solo una sucesión de fotos e historias -algunas embalsamadas en juergas nocturnas y vapores etílicos- legadas a su hijo, sino abrirle las puertas al conocimiento de esos escritores de canciones que, casi desde la misma ubicación en la que se encontraba él, fueron capaces de convertir ese paisaje local en un universo atemporal y emocionalmente inmortal.

Son esos parámetros inspiracionales, tanto creativos como sociales y/o familiares, los que de manera más o menos explícita han conducido la carrera de este compositor, una discografía dispuesta a rastrear bajo su propio olfato todas aquellas huellas que se agolpaban a su alrededor. Un diálogo con ellas que tenía que ser igual de sincero en su preservación de la tradición como en la infiltración en la misma de su propio y distintivo idioma. Una dicotomía que si en su anterior álbum, “The Way The West Was Won”, se había conjurado para revisar los libros de historia sonora y adaptar viejas canciones vaqueras, su actual trabajo resulta su némesis en cuanto a concepto, instaurando en el presente, y bajo sus propias vivencias, un acervo rítmico del que se sirve para exhibir su particular definición y traducción de lo que supone a día de hoy para él ese sentimiento de pertenencia. Unas premisas que delata la misma presentación del álbum, desde la clásica morfología de su portada hasta, sobre todo, un título, “Modern Day Vagabond”, que no deja ninguna duda acerca de una declaración de intereses por hacer caminar a sus viejas botas por rutas recién asfaltadas.

Cada capa que descubramos, o cortina que descorramos, a la hora de sumergirnos en este disco nos va a mostrar renovados motivos para entender y ampliar el espíritu localista que aguarda en la naturaleza de estas composiciones. Valga como ejemplo más representativo la elección de un plantel de colaboradores nutrido de representantes -actuales y añejos- de la escena texana, rotunda reafirmación del sentido identitario que persigue el concepto global del álbum. Como si de un memorándum, en el que también participan los productores Mike McClure y Adam Odor, dispuesto a glosar algunos de los nombres que han escrito y escriben el relato musical de ese territorio se tratase, el resultado es un trabajo manufacturado casi en exclusividad entre los límites de dicho estado. Un mapa vallado por una ruta geográfica muy concreta poseedor, sin embargo, de una vocación por trascender fronteras cuando se trata de apelar a la sensibilidad y a las comunes incertidumbres exhaladas por cualquier corazón perteneciente a la raza humana.

Si para baremar la calidad de un disco las aptitudes de su tema introductorio significan un termómetro fiable, el firmado por Dallas Burrow, para más señas homónimo, rebosa talento y sentimiento. Dos variables de residencia perpetua en el autor pero que aquí se circunscriben a un entorno, si cabe, más intimista y de un rango expansivo todavía mayor. Porque ese “moderno vagabundo” que va a transitar por este repertorio tiene su punto de salida en un medio tiempo de melancólica intensidad al que su cortejo instrumental le otorga, además de un imponente sesgo folk y una vinculación con Robert Earl Keen, el empuje necesario para mimetizarse con esa lírica trashumante. La condición de eterna piedra rodante del músico, de la que nunca parece abdicar, ahora está llamada a convivir con una vida familiar que demanda estabilidad. Dos extremos en apariencia difíciles de conjugar pero que en este disco se transforman en la envergadura desplegada por ese bamboleo escogido, y disfrutado, como norma existencial del presente.

Aunque pueda parecer paradójico dada la realzada exaltación lugareña que habita en este disco, su formulación sonora es mucho más dinámica y dúctil de lo que esa naturaleza pudiera imponer. A pesar de ello, no hay que olvidar que nos encontramos ante un álbum texano y que como tal tiene al country clásico como eje vertebrador de su sonido, unos ritmos que serán sobre todo en “Memories” donde asume su raíz más tradicional, llenando el campo de huellas de Willie Nelson o Guy Clark. Entre reflexiones existenciales y su lógico sustento en una elegante profundidad sonora, “Let it Shine” interrumpe esa gravedad haciendo un llamado para desfogar energías en un baile en el granero, destino lúdico repleto de un alma comunitario que choca, en su formulación, con la preciosa -y a ratos rabiosa- balada a piano “Miracle”, dibujada con paisajes de desoladora naturaleza humana, o incluso con el protagonismo asumido por el introspectivo recitar que capitaliza “Whole Different Angle”. El carácter cinético que inunda el concepto del disco también va a sugerir, con la aparición de diversas piezas, que incluso los paseos dados entorno al porche de su granja se van a extender más allá de los lindes donde la hierba crece tupida y verde.

Precisamente serán esos devaneos por rutas donde el hogar se difumina perdiendo su silueta más ortodoxa, cuando emerja el detonante que convierte en tan especial a este trabajo. Lejos de alquimias arriesgadas o pruebas con destino único al contenedor de excentricidades, el maridaje con el soul asume tanto esa ilustre biografía que han escrito artistas como John Prine, al que parece encomendarse en una de las piezas claves del repertorio, una “Full Circle” que en su papel de resumen biográfico aflora esa voz levemente rasgada asumiendo toda su sensibilidad, como ejercicios de vaporosa consistencia (“No Problem”), más cerca de contemporáneos como Bonnie 'Prince' Billy, o incluso entregarse sin ambages a un jazz-funk que acompaña a “All I Want Is You” hacia un estado de aterciopelada lubricidad. Aptitudes sensoriales que cuando se enuncian desde un terreno más cercano al rock, tendiendo lazos con Garrett T. Capps, Charlye Crockett o Hayes Carll, lo hacen en busca de rugosidad y crudeza, retratando paisajes escarpados donde los violines de “Oldest Secret” suenan como truenos amenazantes en medio de un terreno desértico mientras que son las percusiones las que laten contundentes en “Old Time Revival”. Ceremonias de la incertidumbre, y del bello estremecimiento, que en “Underdog” se convierten en un apocalipsis eléctrico declamado por boca de un predicador herido de melancolía.

Para un disco que representa un constante viaje de ida y vuelta, mientras nos regala paisajes sonoros extraordinarios, tiene un sentido muy lógico que su recorrido se cierre con un regreso al origen. Y ahí, se encuentra Townes Van Zandat, figura en el árbol genealógico de Dallas Burrow pero también, por supuesto, epicentro inspiracional de su música. Un homenaje, en forma de versión que además adquiere todavía más significación al tratarse de “Rake”, aquí formulada bajo un rango vocal más parecido a Richard Thompson, y su historia del fulgor perdido por un crápula libertino. Porque “Modern Day Vagabond”, además de un sobresaliente trabajo, es precisamente eso, las vivencias de quien ha construido su mundo entre hoteles, giras y escenarios a los que ahora ha añadido un trascendente nuevo punto en el itinerario: una vida familiar. Dallas Burrow no ha dejado de acumular en sus votas de cowboy el barro del camino, pero al contrario que en épocas pasadas, ahora, cuando las deja en el umbral de su hogar, paradas, él sigue viviendo.

Fontaines D.C.: “Dopamine Chamber”


Por: Juanjo Frontera. 

¿Son Fontaines D.C. la banda de la década? En términos rock, no hay duda de que los irlandeses han definido (y redefinido constantemente) el sonido de su generación a base de una colosal colección de álbumes, a cada cual mejor cincelado, a través de los cuales han dibujado una evolución que jamás se ha asentado en la comodidad de ceñirse a un sonido determinado. 

Si con "Dogrel" (2019) firmaban un debut situado entre la angustia post-punk y la poesía existencialista, con "A Hero’s Death" (2020) jugaron a la introspección y coqueteaban con la oscuridad. Con el tercero, "Skinty Fía" (2022), reivindicaban sus raíces irlandesas ante la añoranza del exilio, pero fue con "Romance" (2024), con el que de verdad dieron el giro de timón que terminó de situarlos en la cima. Una trascendente colección de himnos al principio criticada por ciertas voces que esperaban más guitarras, pero que en tan solo dos años de existencia se ha convertido ya en el clásico instantáneo que merecía ser. 

"Dopamine Chamber" llega en un momento delicado. Tanto a nivel social, situado en uno de los momentos más convulsos de las últimas décadas, como a nivel artístico, con la difícil papeleta de dar continuidad a una obra tan portentosa como la que hemos descrito. Ellos resuelven la ecuación sin despojarse por completo del traje que vestían en "Romance" -hasta la portada guarda similitud- pero esos sintetizadores salidos del congelador que encontramos en la inicial “Six shot morning” ya nos advierten de que todo sigue ahí, pero nada es lo mismo. No en vano vuelve a producir James Ford, mago del sonido dark synth de trabajos como "Ultra", de Depeche Mode. 

Este comienzo fantasmal en que la voz de Grian Chatten, más personal que nunca, parece sobrevolar ese cementerio en que se han convertido nuestras vidas, teledirigidas hacia la mentira vacía de la búsqueda de la felicidad rápida en la era digital, anticipa lo que parece ser el tema central de "Dopamine Chamber". Un álbum que no abandona fácilmente ese tono gélido inicial. Lo continuamos apreciando en la preciosa “Marianne”, otra de esas manifestaciones de pop melancólico que dan muestra de la rotunda capacidad para construir singles perfectos que tiene esta banda. 

“Mimesis” acelera el tempo a base de un bajo machacón sobre el que las calibradas capas de guitarras y demás arreglos (mucho sintetizador y coros) van desarrollando esa atmósfera entre épica y desgarradora que, de nuevo, le deja a uno con la boca abierta. A partir de ahí ya es imposible no pegar los oídos: “Demolition” es eso, demoledora y conmovedora a la vez; en “Tongue” las diferentes texturas -con ese piano tan bien situado que suena en el parón que viene antes del apoteósico desenlace- que juegan unas con otras sin estorbarse vuelven a mostrar un derroche de imaginación que es constante en todo el disco. El sonido es absolutamente monumental, pensado al milímetro para que nuestra atención nunca se desvíe. Ni siquiera puedes hacerlo cuando la cosa se pone más intimista y desnuda de pirotecnia sonora, como en “One Man”. 

La parte final del álbum es, sencillamente, alucinante. Empezando por la gran protagonista del disco: “Where Is Gone?”, que contiene la sorprendente unión de estos irlandeses -entre los que se encuentra el guitarrista Carlos O’Connell, medio español y criado en Madrid- con la actual reina de la música global, la catalana Rosalía. Un dueto que recuerda mucho, por lo cinematográfico y romántico, a los de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en los sesenta o también los que perpetraron Isobel Campbell y el añorado Mark Lanegan no hace tanto. Y en todo caso, otra pieza del puzle que es esta siempre sorprendente banda, que una vez más demuestra ser totalmente inclasificable. 

El trío final quita la respiración: “You miss me” es probablemente la canción más perfecta del álbum, la que más aspira a ser considerada el single por el cual se les recuerde y que representa, además, a la perfección el discurso de este trabajo, con su pequeña y desgarradora historia sobre la toxicidad de la dependencia emocional, tan desgraciadamente todavía en boga estos días. Completan la ecuación “Japan”, que guarda pretensiones de himno pero al final perdura como una lección magistral de cómo hacer pop en el siglo XXI, tanto como la final, “Intimate”, que se las arregla para asumir la compleja tarea de despedir una sucesión tan impresionante de composiciones. Su ambiente opresivo, su contenido muro de ruido, su obstinación por reconectar con los Fontaines DC del principio, constituye el broche final perfecto para el que es, seguramente, el mejor disco que puede fabricar la mejor banda rock de hoy en día.

Teenage Fanclub + Euros Childs: La intensidad de una buena melodía


Sala Razzmatazz, Barcelona. Sábado, 17 de octubre de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Menudo octubre llevamos de giras y conciertos, estos días están pasando por nuestras salas y nuestros auditorios un montón de bandas relevantes en el ámbito del pop-rock: Mercury Rev, Strokes, Fontaines DC, Lemon Twigs, Band Of Horses...o nuestros protagonistas, Teenage Fanclub. Que nadie lo olvide, a pesar de tener la baja de una de sus patas (el talentoso Gerard Love), siguen siendo una formación importante a tener en cuenta más allá de revivir su época dorada. Muchas voces son las que rechazan sus últimos trabajos, como el flamante “Do Not Dare To Dream”, lo cual me parece injusto. Cierto que comparándolo con sus primeros trabajos salen perdiendo de goleada, pero en ellos siempre encontramos esas melodías, esa instrumentación que año tras año han ido puliendo, y un pop luminoso con denominación Glasgow. 

Sin mayores expectativa muchos acudimos a una Sala 2 del Razz plagada de nostálgicos del indie de los 90 que abrieron boca con el teclista de la banda, el galés Euros Childs, quien en solitario y con el único acompañamiento de su teclado entretuvo con sus canciones. Y es que Euros Childs es un prolífico músico que muchos conocerán por ser el líder de Gorky's Zygotic Mynci pero que desde el año 2006 ha desplegado una carrera en solitario con prácticamente un disco por año (así que hagan sus cálculos), el último de los cuales es “A-Pop” del año pasado del que interpretó las canciones “Happy Coma” y “My Colander”, en medio de irónicas bromas y una inquietud por seguir con el horario pactado (sacó varias veces su reloj del bolsillo) que demostraron la autenticidad del tipo. Sus arpegios de piano, sus muecas y su buena voz fueron un buen aperitivo del plato principal que lo presentó a un segundo plano en el escenario pero pletórico en las segundas voces y en los acompañamientos y solos a los teclados. Euros está con los TFC desde el 2019 y parece que ha conectado a la perfección con ellos además de darles nuevos matices sonoros.

Junto a él entraron el batería Francis Mc Donald (también mánager de Camera Obscura), el bajista Dave Mc Gowan, al que volvíamos a ver tras su paso en verano a bordo de los Belle & Sebastian, y los fundadores Raymond Mc Ginley y Norman Blake , quienes llevan el peso de las voces y de las guitarras. Para comenzar sonó “It’ s All In Muy Mind”, de uno de los discos mas apreciados por la banda y a veces olvidado por los fans , “Man-Made” (2005), aunque fue mas aclamada la que le siguió, el clásico “About You”. A partir de aquí el directo alternó sus éxitos añejos junto a nuevas canciones, sin que desentonaran unas de las otras. De las nuevas destacaría los cambios de “Tomorrow People”, la melodía azucarada de “There Was You” y la brillante pieza pop “Day In The Sun”, que seguramente se quedará en los setlists del futuro, simple. Pegadiza y optimista como suelen ser los propios Ray y Norman.

El quinteto sonó en todo momento intenso y compacto con una batería poderosa y unas guitarras abrasivas como siempre, demostrando que a pesar de los años se puede ofrecer un concierto potente de power pop como si tuvieran veinte años. Es la forma en la que aparecieron gemas como “I Don’ t Want To Conrol Of You”, “What You Doing To Me”, “I’ m In Love”, “Neil Junk” o la mayestática “The Concept” con esos coros memorables que rezan “I Did’ nt Want To Hurt You Oh Yeah” y ese desarrollo instrumental final con las guitarras a toda mecha. Con la misma caña que le metieron a la que cerró el bolo, “Everything Flows” de su disco de debut “A Catholic Education” (1990) con la que volvimos a sus orígenes.

Está claro que a pesar de que salieron enormes temazos echamos de menos muchas de nuestras canciones favoritas de la banda – básicamente las que llevan la firma de Gery -, como también sobró alguna que otra un poco tediosa e insustancial. Pero la realidad es que es un gozo poder seguir viendo en directo los formidables restos de esa banda que se codeó en su día con Nirvana y ser testigos de cómo aún se mantienen poderosos a las guitarras, harmoniosos a las voces e intensos a pesar de casi no interactuar con el público en forma de parlamentos o bromas. Los escoceses han sabido seguir tras el paso de los años y han querido reinventarse a su manera manteniendo intacto el legado de la que fue una de las mejores formaciones surgidas en la última gran década del rock.