El ejercicio de resurrección oficiado por 091 hace una década, al margen de significar revertir su defunción artística fechada en 1996, supuso para varias generaciones poder conjugar por primera vez en presente lo que hasta ese momento había sido uno de los episodios más glorioso del rock hecho en castellano. Un relato histórico, inevitablemente extendido a través del legado simbólico depositado en las carreras en solitario de José Ignacio Lapido y José Antonio García, que por fortuna ha tomado corporeidad en una segunda existencia que, lejos de resultar un forzado renacimiento mecido exclusivamente por los hilos de la nostalgia, oposita con claridad ha añadir más valía a su biografía musical. Un proceso de reaparición tomado con la calma que se merece ese esmero por hermanar su firma a un contenido de alta calidad, el que ya alimentó a sus dos trabajos predecesores (“Maniobra de resurrección” y “La otra vida”) y que ahora vuelve a ser convocado para un nuevo álbum, “Espejismo nº 9”, que ya desde su título, encargado de contabilizar el capítulo por el que transita su recorrido conjunto, es una celebración de la incertidumbre colectiva, pero también del domicilio fijo ocupado por la banda en ese oasis donde guitarras y palabras traducen con clarividencia el vértigo que produce eso a lo que llamamos vivir.
Como en toda familia, y la banda lo es en el sentido estricto y metafórico, el paso de los años acaba por transformar su morfología, y en este caso, el álbum de fotos con que se ilustra a los artífices del milagro carece de la figura de Víctor Lapido, lo que deriva en que todas las guitarras de este trabajo hayan sido registradas por su hermano, que en calidad de letrista y compositor primordial adopta un papel protagonista que, por otro lado, nunca ha ocultado. Pero más allá de ese fuerte influjo que no se puede obviar en el disco, la banda contiene los suficientes ingredientes identificativos, desde las bases rítmicas encomendadas a la destreza de Tacho González y Jacinto Ríos, a por supuesto la presencia de “Pitos”, quien encarna a la perfección el papel de cantante que por encima de todo es portavoz de un sentimiento grupal, como para ser conscientes de que su ADN particular está por encima, o al menos a salvo, de coyunturas específicas. Una salvaguarda del RH propio también en manos de otro fraternal aliado, Raúl Bernal, encargado no solo de la producción, sino de agitar sus dedos sobre los teclados para otorgarles el don del habla. Un diálogo entre lujosos elementos que propicia este nuevo retrato de un elegante paisaje en llamas.
Alegorías visuales entonadas ya desde la propia portada, autoría de Miguel Navia. Una original ilustración, también para lo que significa el imaginario habitual del grupo, que absorbe la naturaleza del cómic crepuscular y la iconografía mitológica. Una superposición de planos que emergen durante el sueño de las ciudades, ese instante -representado por Baudelaire como un baño de tinieblas- donde se desintegran las fronteras dictadas por la luz y se pueden escuchar con más nitidez aquellos lamentos que el amanecer se encargará de convertir en mustios vocablos listos para la mueca rutinaria. Es en ese espacio simbólico, cuando los vigías bajan la guardia y se desvanecen las leyes de la lógica impuesta, donde moran estas canciones, atrayendo hacia sí como idioma troncal ese pensamiento difuso que sin embargo es capaz de desvelar con exactitud el epicentro de la tormenta.
Bajo el propósito de introducir las coordenadas habitadas por este disco, su comienzo (“Algo parecido a un sueño”) se sirve de un rock melancólico pero luminoso para sembrar un territorio sonoro, común a lo largo de la extensión del álbum, de orgánica y sobria condición, sucumbiendo así a cualquier posible fecha de caducidad para convertirse en materia atemporal. Una configuración, espoleada por la épica de su estribillo, en la que cada elemento es capaz de asumir una fuerte cota de protagonismo con el fin último de aglutinarse en un destino común. Horizonte, teñido de un resacoso insomnio en el que cuesta dilucidar la realidad de la ficción, que al mismo tiempo ejerce de esqueleto reflexivo universal y de lo que parece una intrahistoria respecto a la actitud asumida por la propia banda, representantes de ese “refugio entre el incendio”. Una guarida desde la que asoman absolutamente reconocibles bajo esa característica idiosincrasia de impetuoso dibujo melódico adoptado por “Una revelación”, una de esas composiciones impregnadas de la rúbrica forjada históricamente por 091, quienes nos ofrecen su singlar ración de panes y peces a cambio de bailar sobre el alambre.
No por (re)conocida la majestuosa lírica que adorna la escritura de Lapido, desplegada con un trazo existencialista no exento de irónico desgarro, deben de obviarse las alabanzas a una imperecedera floración que exhibe su faceta más crepuscularmente romántica, apoyada por una fisonomía musical que sustenta esa expresión, en “Ven vestida de nube”, otro dietario de dolores con marchamo de remedios. Tonalidades relajadas siempre habituales, y destacadas, en el repertorio de los granadinos que aquí tienen su emocionante cota de visibilidad en “Piezas de desguace”, diseñada bajo una preciosa introducción acústica para presentarse una vez más como narradores instalados en el “ojo del huracán”, o en el intenso medio tiempo, acompañados de los precisos y sutiles teclados, de “No tiene sentido escapar”. Demostraciones de que la tempestad es también un lenguaje que rima a la perfección con la sensibilidad.
Pero si hay un territorio propicio para encarnar ese estado borroso de duermevela, ese es el de la perturbación, que en el caso musical se manifiesta convenientemente al amparo del rugir eléctrico. Una condición consustancial también a la personalidad de la banda, dispuesta a no desprenderse de un afilado colmillo punk gracias a “Nadie quiere oír tu llanto”, un glosario de personajes golpeados por un abatimiento cotidiano que sin embargo es digna sustancia para ser contada. Impetuosas ráfagas de riffs que alumbran “Los cantes de la sinrazón” y que mutan en un crudo blues, entonado con voz rasgada y teclados humeantes, que hace de “Dormir con un ojo abierto” representación de la vigilia como herramienta de autodefensa.
De “Espejismo nº 9” no se despierta, como demuestra que su colofón, “Puede que el tiempo”, suponga la pieza más explícitamente psicodélica, certificando que, como dejó ilustrado Calderón de la Barca en aquellas líneas que rezaban “todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende”, esta somnolencia no se trata de una fase circunstancial, sino una condición innata al ser humano. De este modo, 091 alarga, con un disco magnífico además de poseedor de unos rasgos distintivos muy especiales, una historia enunciada desde ese particular y distinguido oasis creativo. Un enclave desde el que imparten otra lección sobre cómo convertir la duda en arte y el lamento en una ofrenda lírica.
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