Rendidos por “Knock Out” ante “A palos”, el disco recién publicado de Puño Dragón.


Por: Guillermo García Domingo. 

He perdido el tiempo dudando acerca de dónde situar a los integrantes de Puño Dragón, ¿son de Asturias? ¿Han sido adoptados por Madrid? Cuando la respuesta se encontraba muy cerca, solamente había que prestar atención a sus canciones: su territorio no es otro que el del rocanrol. En un plazo de menos de tres años esta banda ha ofrecido nada menos que tres discos pródigos en canciones y sensaciones más que convincentes. Puño Dragón no se anda con experimentos y transita por el “camino de baldosas amarillas” que conduce al país del rock. Es un camino que no tiene pérdida. Y lo hacen porque quieren, puesto que no les falta el cerebro, ni el corazón ni el coraje que echaban en falta el espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde de Oz respectivamente. 

Este disco publicado el viernes pasado ha sido compuesto colectivamente en la carretera durante la gira del disco anterior, y es una apuesta demasiado seria para no ser tenida en cuenta después de la credibilidad que obtuvieron gracias a “Juegos violentos” y al primer disco de Puño Dragón que se llamaba como la banda. En su disco de debut estaban ya incluidas las características definitorias de su propuesta. El anterior protagonismo de la voz de Jano Diaz (líder de Drugos en la actualidad) fue sustituida por la de German Mingote, y el testigo de la guitarra de Jano, ese reto era todavía más difícil, también lo tomó el mismo Germán, que hace lo que se le antoja en los trastes de su guitarra eléctrica. Desde entonces no han perdido un ápice de su intensidad original, porque a esta banda le gusta el peligro, lo que se manifiesta en todas y cada una de las canciones, incluso cuando la bestia de Rafa Tarsicio Fernández, la otra voz del grupo, se aquieta engañosamente, aunque cualquiera es capaz de intuir que no será por mucho tiempo. Casi tan alto como Joey Ramone, Rafa tiene más cosas en común con el vocalista de los Ramones: no ahorra ni una gota de sudor, saliva y pasión en sus interpretaciones. La intensidad es innegociable y no decae desde “De tó se sale” hasta “Subir el puerto”. Lo que les diferencia de los Ramones y sus diferencias internas irreconciliables es la cohesión de esta banda, que salta a la vista y el oído: los citados vocalistas y guitarristas, junto a Manu Huertas (batería), Rubén Loro (teclados), a los que se ha sumado Julián Seijas al bajo, han sabido reunirse en torno al fuego primordial de las canciones que no se olvidan. 

Puño Dragón, por lo tanto, no dispone de una sino de dos voces sobresalientes y complementarias, que mantienen una alternancia excitante que alcanza su apoteosis en “Todos los charcos”, aunque dejan su sello en todos los temas. La de Mingote es grave y elegante, mientras que Rafa tiene en sus cuerdas vocales un verdadero lanzallamas abrasador. Quien se arriesga a escucharla en un sitio reducido, una sala o un club, sufrirá una experiencia física inolvidable, la voz de Rafa sube inmediatamente la temperatura del ambiente y provoca el erizamiento del vello de la piel. Lo he comprobado por mí mismo. Quien albergue alguna duda que acuda a los conciertos de la gira con los que nos amenazan.

Hay filos cortantes en todas las canciones, en las letras y en las notas; es rozarse con ellas y sangrar de verdad. Es fácil imaginarse los debates en el seno del grupo con ocasión de la elección de los singles de adelanto, porque las 12 canciones eran susceptibles de ser elegidas. A menudo demasiados discos disimulan su debilidad a fuerza de insistencia mediática, y se sostienen sobre dos o tres temas que actúan como señuelo, y el resto se deshacen en la primera escucha. Los miembros de Puño Dragón levantaron tres cartas en los últimos meses, aunque podrían haber ganado la partida igualmente con otras tres cartas distintas como “Solía hacerlo mejor”, cuya vacilación en el inicio de algunos versos es extraordinaria, lo que la convierte en una exhibición de estilo y “deje” rockero; la garra de “Obvio que sí” o “Mañana es hoy”, un ejercicio de fraseo, como los que llevó a cabo Andrés Calamaro en el memorable y doble “Honestidad Brutal”, que se desboca en un estribillo a garganta descubierta. No hay nada que hacer contra un jugador dispone de 12 cartas imbatibles.

Los primeros compases de las canciones no diré que son inofensivos, porque no lo son, pero tantean el terreno antes del clímax del estribillo que llega sin avisar como mandan los cánones del rocanrol. Es el patrón que sigue “Fogonazo rápido” que pasa con naturalidad del “medio tiempo” que borda mejor que nadie Quique González a un estribillo arrollador, o el siguiente corte, la tórrida “Suaave”, en la que la banda utiliza el brillante recurso de omitir deliberadamente un verbo, que le pone en bandeja al oyente, un guiño formidable hacia los que están al otro lado escuchando. 

“Si ves que no respondo” es un remanso necesario después del viaje salvaje de “Cuchillo de rayo de luna”, de título apropiado para un romance nocturno y lorquiano que solamente podía encauzarse a través de un R&B febril. No queda otra, a continuación, que detenerse en este lago de Enol para refrescarse y verse reflejado en las aguas sosegadas de “Si ves que no respondo”, una canción de carácter reflexivo sobre el cuidado que merecen las personas que se encuentran perdidas en la oscuridad de la depresión y la anhedonia. Puño Dragón ha elegido ir contracorriente y ascender hacia el curso alto del río en busca del manantial del rocanrol. La segunda cara del disco, lejos de ser un descenso, continúa mirando hacia arriba en las últimas canciones asturianas. Sin embargo, “Hasta que salga el sol” podría hacer las delicias de cualquier “garito” de Nueva Orleans. Los dedos del prestidigitador de Rubén Loro suben y bajan por las teclas de su piano adueñándose de la canción. “Y cómo sabe!”, demuestra que el Puño Dragón sabe también acariciar las cuerdas de las guitarras y hacer vibrar las emociones. El himno de Asturias, pasado por el tamiz de Puño Dragón y el rocanrol, suena revitalizado en “Subir por el puerto”, y de paso la banda no pierde la ocasión de explicar las razones por las que han cambiado el asfalto de Madrid por las montañas de Asturias. ¿Quién no lo haría? 

Después de estos 12 golpes es imposible permanecer en pie, indemne ante la pegada de Puño Dragón. Es una dulce derrota caer a sus pies, pues antes de perder la consciencia el último pensamiento que pasa por la cabeza es que el rock and roll tiene sentido y relevo gracias a Puño Dragón.

Agnes Obel: “The Meaning Of Flowers”


Por: Juanjo Frontera. 

Todo cambia, todo se mezcla. Por ejemplo, hace unos cuantos años hubiera sido impensable para un medio como este hacer una reseña de un disco publicado por Deutsche Grammophon. Ya saben, la disquera alemana dedicada tradicionalmente a publicar música clásica y referencia indiscutible en ese campo. Con su etiqueta amarilla y sus diseños característicos, sus referencias poblaban aquellos casetes que nuestros padres, enemigos acérrimos de nuestro gusto rockero, escuchaban en el coche para cebar nuestra angustia. 

Quién nos iba a decir que hoy día estaríamos hablando de un disco editado por dicho sello. Y sobre todo, que ese disco sería de pop. O un crossover de clásica con pop, para ser más exactos. Con él la noruega afincada en Berlín Agnes Obel regresa tras seis años de silencio al mundo de la música grabada. Durante ese período se ha dedicado a ser madre, criar a su hija -a quien dedica este trabajo- y a disfrutar de su hogar, desde el que también ha urdido, interpretado y producido ella misma este conjunto de canciones tan etéreo y sugerente. 

Etérea. Esa es la palabra. Si acudimos a la RAE significa algo vago, sutil, vaporoso o perteneciente al cielo y al éter. Y es lo que mejor define lo que suena aquí. Un espacio sonoro donde el misterio, la introspección y la nocturnidad (fue grabado exclusivamente durante las noches) coexisten dando forma a algo realmente hermoso, que sitúa al oyente en un estado de ánimo muy determinado. Entre el sosiego y la exploración espiritual. 

"The Meaning of Flowers" es todo menos una colección de canciones al uso: un tratado de botánica mística y filosofía doméstica. Si en "Myopia" (2020) la compositora nos encerraba en los oscuros laberintos de la duda, aquí deja entrar una luz, algo tenue, pero luz al fin y al cabo. Y es que el concepto que maneja es muy diferente: el nacimiento de su hija la ha llevado a la contemplación de la vida que brota. Para ello se ha apoyado en las lecturas de Emanuele Coccia y su "La Vida De Las Plantas", los escritos sobre natalidad de la filósofa Hannah Arendt, o la obra de Enheduanna, la autora más antigua conocida en la historia documentada . El resultado es un invernadero sónico donde cada arreglo parece crecer de forma orgánica, estirándose hacia la luz.

Musicalmente, el disco es un prodigio "do it yourself". Desde su estudio casero, Obel ha optimizado al máximo todos los elementos con que contaba: el piano, que en sus primeros trabajos era omnipresente, aquí se diluye entre sintetizadores, voces distorsionadas, muestras digitales y cajas de ritmos que flotan como el éter, con ayuda, eso sí, de algunos colaboradores que han aportado instrumentos de cuerda, lap steel, armonio, flauta, saxofón o percusión.

Pero el verdadero triunfo aquí radica en el tratamiento de la voz. Agnes Obel ha sido capaz de deconstruir la suya para integrarla como un instrumento más entre todas las capas que dan forma a la enrevesada arquitectura de este álbum. Usa técnicas de pitch-shifting para alterar el tono de sus cuerdas vocales, desdoblándose en un coro espectral que contribuye a esa sensación de zozobra brumosa y nocturna que cubre todas las pistas, sobre todo en cortes como el single "Laymelli", un tour de force de seis minutos que arrulla nuestro oído como una imposible nana fantasmal.

Son casi 52 minutos de una tensión suspendida que, lejos de fatigar, hipnotiza. El regreso de Agnes a la casa de la etiqueta amarilla tras seis años de hiato no es un capricho de virtuosa ni un ejercicio de pedantería neoclásica. Es la confirmación de que la vanguardia y la belleza de la apertura emocional pueden coexistir sin disputas. "The Meaning of Flowers" es un disco bello, maduro e inspirador que exige apagar pantallas, atenuar las luces de la habitación y entregarse a una escucha casi ritual. Agnes Obel ha firmado, sin hacer ruido y desde la penumbra de su estudio, un testimonio conmovedor de lo que es abrirse a la vida de manera incondicional.

Lori Meyers, perfecta frecuencia sonora


Sala El Sol, Madrid. Martes, 13 de octubre del 2026. 

Texto y fotografías: Begoña Serralvo Titos. 

Han pasado por un lustro de silencio discográfico, desde que publicaron "Espacios Infinitos" (2021), quince años desde que no se prodigaban en salas, y eso se pilla con ganas. 

El público de la Sala Sol fue el elegido para la presentación del octavo álbum de estudio de Lori Meyers, "Disonancia". Lo que sobre el papel se anunciaba como un encuentro íntimo de formato reducido acabó convirtiéndose en un concierto con todas las de la ley: una velada generosa en minutos, potencia y sudor que certificó sin duda el regreso de la banda a su hábitat natural, aquel en el que las barreras se difuminan y el rock se siente directamente en las sienes. 

Se hicieron de rogar los de Loja, una hora de espera, pero compensaron con creces en un concierto enérgico con un vitalista Noni al frente bajándose del escenario para mimetizarse con la marea de fans, paseando por la pista, atravesando público y móviles. 

Tras un brevísimo respiro para tomar aire, los granadinos se marcaron un bis demoledor en estallido definitivo con los primeros acordes de "Emborracharme". Venían ya de dar casi cincuenta minutos sin tregua, encadenando un clásico tras otro para cerrar la fiesta en la cumbre: la atmósfera pop perfecta de "Luces de neón", la rabia eléctrica de su reciente "Mala follá" y, su clásico atemporal, una coreada "Hasta que salga el sol" que no se prodiga mucho en sus setlists, entre otros. 

Una noche redonda en la que Lori Meyers demuestra no solo que ha vuelto con un disco valiente bajo el brazo, sino con hambre de sala. Perfecta combinación.

Ruido y chimba con Aterciopelados


Jardín de Invierno del Parque José Antonio Labordeta, Zaragoza.Domingo 11 de octubre de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

La víspera del día de la Hispanidad nos encontrábamos reunidos todos los ávidos de música valiente e intercultural en el escenario del Jardín de Invierno del Parque José Antonio Labordeta (mientras en la Plaza del Pilar se presentaba Dani Fernández con su gira "La Insurrección"). Un escenario que se ha convertido en un refugio para los amantes del rock, la fusión y la transgresión dentro del marco más bien moderado en lo musical de estas fiestas del Pilar.

Aterciopelados fueron los protagonistas de la calurosa noche del pasado once de octubre, celebrando el fin de la gira española del treinta aniversario de su mítico disco "La Pipa de la Paz". Antes que los colombianos, el dúo aragonés Isla Kume llenó de electrónica reivindicativa y fusión folclórica el escenario, mezclando castañuelas, sintes y cuerdas con todo tipo de filtros en las voces y una buena dosis de beats dando forma a sus potentes bases programadas. Aunque el numeroso público acogió de buen grado su enérgica propuesta, lo que todos estaban esperando era al longevo dúo formado por Andrea Echeverry y Héctor Buitrago. Con sonidos ambientales que podían transportarnos a la Amazonia y una guitarra cercana a la psicodelia, arrancaron con la titular "La Pipa de la Paz". Enseguida apareció Andrea con su magnetismo para hacernos caer en la cuenta de lo bueno que es reconectar con ideas conciliadoras, como las que traían para esta celebración de su disco más laureado. Súbitamente invitó a esa estrella para que nos alumbre gracias a las guitarras atmosféricas de "Buena Estrella", y poco a poco fueron transformando su espectáculo en una reivindicación de los sonidos más puristas de su Colombia natal, recalando en la más funky "Cosita Seria" (en la que nos hicieron caer en lo "hijoeputa" que es a estas alturas ser mujer en este mundo) o en la más guerrera "El Estuche" (al grito de "¡hay mucha gonorrea suelta!").

Lo latino se hacía cada vez más presente y las guitarras más pop se diluían entre bajos marcados y ritmos mucho más sensuales, como los que presidieron "El Álbum" o su ya mítica "Expreso Amazonia", momento en el que tuvieron unas sinceras palabras de agradecimiento a Enrique Bunbury, no solo por participar en el disco que nos había reunido a todos para conmemorar su efeméride, sino por ser el que apostó por ellos mientras los poderosos Héroes del Silencio daban sus últimos coletazos de vida. Interpretaron "Quemarropa", acordándose de nuestro músico aragonés más internacional, y bajaron el ritmo para hacernos ver que también se mueven como pez en el agua en tonos más melódicos, como los que se hicieron presentes en "Maligno".

El pulso subió con "Te juro que no" (nuevamente con Bunbury presente en los comentarios previos a su interpretación) así como en "Florecita Rockera", que tornó su inicio garajero en ritmos reggae para su segunda mitad. En "Candela" disfrutamos de los desvaríos y juegos vocales de Andrea, que a sus sesenta y un años no paró quieta ni un momento, mostrando su potencia e imponente empuje. Portando sus extravagantes tocados o sus gafas multicolor demostró una vez más que es un auténtico torbellino y un torrente provocador por el que no parecen pasar los años.

Con su renovada interpretación, estas canciones, que ya podrían vestir canas, sonaron mejor que nunca, con mucho más cuerpo y matices que en sus versiones originales. No sé si por la buena sonorización de la que disfrutamos en el Jardín de Invierno o por sus horas de carretera, pero sin ninguna duda, ganaron muchos enteros. Así, con el ritmo del joropo, nacido entre Colombia y Venezuela, llegó "La Culpable", uno de los puntos álgidos de la velada, donde todos los protagonistas de dentro y fuera del escenario tuvieron su momento de gloria, su reconocimiento de manos de una inspiradísima Andrea Echeverry, que dedicó pareados de lo más logrados a todos los compañeros que tan bien la arropan, haciendo especial mención a su eterno socio Héctor Buitrago, más que correcto al bajo y mano derecha de este vital proyecto colombiano de alma universal.

"No necesito" arrancó los bises, seguida de la muy esperada (y coreada por todos) "Bolero falaz" , y la emotiva, a la par que festiva, "Rompecabezas", que Héctor dedicó a todos los latinoamericanos que buscan un nuevo camino en esta tierra, no falto de sinsabores, pero sin perder esa fuerte esperanza que les mueve. Andrea manifestó su orgullo colombiano no sin antes admitir que es un honor, un placer, una "chimba" tocar acá, en esta Zaragoza que tanto les ha querido siempre. Quizá por eso se despedían aquí de esta celebración de "La Pipa de la Paz" antes de cerrar el ciclo en Bogotá, amacizados o abrazados a este público que tan bien supo acoger su baile con la naturaleza, su particular cruce de caminos, que todos entendimos como el mejor escenario para hacernos valer entre el baile y el ruido.

Julieta Venegas: “Norteña”


Por: David Vázquez. 

Si bien "Norteña" es una lectura, también significa, y debe acompañarse de él, el noveno trabajo de Julieta Venegas. Es por eso que en esta reseña se entrelazan ambos trabajos, complementarios, imposibles de disociar. El libro comienza más como novela o diario que como memorias puras y duras. Esa línea que separa dos países es donde se forja su desarrollo, explica, la importancia de ser fronteriza: “Con mi familia vivimos los dos lados siempre”.

Su relato de la metamorfosis personal es análogo al que sucede en su ciudad; Tijuana fue, y sigue siendo, la misma. En estos paisajes urbanos, uno puede imaginar a la mexicana transitando mientras de fondo suena "Tiempos Dorados" como parte de la narración. “La vida cotidiana sucediendo en esas horas de espera”, indagando en su crecimiento y relatando el mismo. En el capítulo "Urbana" es el de dónde y en "Canciones" muestra la semilla y el nacimiento de la cantautora: ¿Qué tipo de compositora quiero ser?

La forma de relatar con ternura los recuerdos de infancia, en los de su madurez, sin embargo el cambio no está en el lenguaje o la estructura, sino en el cómo. Queda reflejado su paso por Tijuana No!, donde compone, estanco con la banda formada, y de la que salió antes de grabar sus temas. Pero también habla de amistad. Igual que refleja en el libro, una parte importante de esa biografía es la amistad y se ve en los cortes "Tengo que contarte", junto a Natalia Lafourcade, y "Amigas". Como un canal de comunicación, y como en las canciones antiguas mexicanas, “También en mi familia existía ese silencio que a veces pareciera habitarlo todo”. La familia que Manuel Jabois muestra en "La Víspera" es universal. Siendo la diferencia de los personajes entre ambos libros, que en lugar de comunicarse con sobrentendidos, aquí lo hacen cantando, a través de la música, representando en el LP con "La Línea" muestra la raíz musical, el inseparable acordeón y la ranchera, como con el tema que abre el disco -el ya mencionado "Tiempos Dorados", un corrido contemporáneo.

El capítulo más musical o, mejor dicho, más centrado en la música es "Primer Disco", aunque muestra el sentir y no los detalles que tanto apasionan a los melómanos. Aunque la lección aprendida cuando se profesionaliza es: aunque la música es arte, para dedicarte a ella de manera profesional, hay que aprender todo lo que significa el negocio de la música. Y aquí es donde se encuentra el nudo que enlaza ambos trabajos. "Terca" muestra el relato que contienen las páginas del libro: “Una combinación salvaje entre miedo y arrojo”. Y es ese contraste entre la exquisitez, el talento y la emoción que indica César Prieto respecto al LP y la crudeza de la novela, más directa y cruda. Un recorrido por su vida desde la infancia hasta la grabación de su primer disco a finales de los años 90. Fotografías familiares, Tijuana, escritores y poetas para narrar dónde se encuentran las raíces de “La chica con cara de enojada (…), cantando canciones tristes”.

091, embrujo granadino en la noche madrileña


Explanada multiusos de Arganzuela, Madrid, sábado 10 de octubre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González. 

Rock de altura el que pudimos disfrutar el pasado sábado dentro de las celebraciones de la Hispanidad 2026. Un evento para el que realmente se han programado pocos conciertos interesantes pensados para los amantes de la buena música, por suerte entre los escogidos se encontraba el de 091, una de las bandas favoritas de muchas de las personas que hacemos posible El Giradiscos, por lo que no dudamos en acercarnos hasta la vieja ribera del río Manzanares para ver una vez más cómo se lo montaban en vivo los miembros de uno de los proyectos míticos de la escena estatal.

La realidad es que por cuestiones que no vienen a cuento llegamos al recinto con el tiempo justo para colocarnos y presenciar el espectáculo de los granadinos, lamentando amargamente habernos perdido las evoluciones en directo de Los Nikis de la Pradera, el proyecto country que capitanean parte de los miembros activos de Los Nikis, el grupo más gamberro, punk y divertido de nuestra música, cuyo último trabajo, “Llorica”, recomendamos escuchar encarecidamente. 

A las 21:00 en un alarde de puntualidad las luces se desvanecieron, dando paso a los cinco forajidos más elegantes del rock patrio. Escrupulosamente vestidos de negro asomaron Tacho González, Jacinto Ríos, Víctor Sánchez, José Ignacio Lapido y José Antonio García, saludando espartanamente al respetable, antes de que el bueno de Tacho comenzara a aporrear sus timbales invocando a los “2.000 Locos”, dejando claro desde el primer instante que su maquinaria sigue perfectamente engrasada; sin solución de continuidad apelaron a los sin nombre, a los dueños de sus propios sueños y de una ilusión a prueba de bombas, a los llamados a luchar para sobrevivir, reclamando su orgullo en “Zapatos de Piel de Caimán”.

Tomaron nuestras manos para traernos a su presente más reciente, el que representa su fenomenal último trabajo “Espejismo Nº9”, sacando a relucir joyas como “No Tiene sentido Escapar”, la cañera “Nadie quiere oír tu Llanto” y la muy bluesera e inquietante “Dormir con ojo Abierto”, momento en el que ya teníamos más que claro que la dupla Lapido-Sánchez estaba tocada por la gracia de los dioses en la noche de autos, proponiendo afilados riff que tenían efectiva contrarréplica en las manos de Tacho y Jacinto, haciéndonos olvidar que nuestra querida “Comunidad de Madrid” había decidido rebajar el presupuesto de contratación apostando por menos vatios de potencia de los recomendados -¡puro PP, vaya!-, haciendo que por momentos no se pudiera identificar a la perfección la voz de un José Antonio que en lucha contra los elementos, cantó sin fallar ni una nota, regalando las habituales dosis de carisma y chulería innata a las que acostumbra en cada uno de sus pasos sobre el escenario. 

Nos invitaron a “El Baile de la Desesperación”, celebrada por el respetable capitalino, quizás viéndose reflejados en frases como “Si en el cruce de caminos/ falla tu orientación/ Luis Candelas es mi amigo/ pregúntale la dirección”, rotunda y cañera en contraposición por la belleza cadenciosa de “Ven Vestida de Nube”, otra de sus joyas más recientes, y “Algo Parecido a un Sueño”, con la que cerraron el intercambio de clásicos por novedades, sabedores que el tiempo apremiaba, para comenzar a centrarse en parte de las glorias más mayúsculas con las que han jalonado su brillante trayectoria a lo largo de décadas de esforzado desempeño. 

Aceleraron de una forma magistral con “Este es Nuestro Tiempo”, donde cantan aquello que ahora suena tan premonitorio de “presiento un futuro imperfecto”, “Huellas”, con Lapido sacando prácticamente fuego a las cuerdas de su guitarra; antes de bajar un poquito la pulsión con el tono crepuscular de otra de las favoritas de la casa como es “Esta Noche” y su extensión en el marco existencial poético de “Otros como Yo”, perfectos anticipos del subidón que supusieron “La Calle del Viento”, con ese particular tono burlón y socarrón, pura mala follá granadina “made in Lapido”, con el que cantan a la derrota, y el punk-rock a modo de collage vanguardista que encierra “Qué fue del siglo XX”, un tema que solamente podría escribir un amante de la historia como José Ignacio. Tras la misma abandonaron el escenario Tacho, Jacinto y Víctor, dejando solos en el escenario a los dos frontman principales de la banda para hacerse cargo del momento más emotivo de la noche. 

Ahí estaban los dos, mano a mano, Lapido parapetado tras su guitarra acústica y José Antonio tirando de armónica para atacar con emoción “La Canción del Espantapájaros”, recordándonos a todos que se pueden “fingir sonrisas en la desolación”. 

Sabíamos que el final estaba cerca, sobre todo cuando José Ignacio arrancó a su guitarra la fenomenal introducción de “La Torre de la Vela”, donde todos los amantes de la serie b, la gente con los corazones destrozados, los desheredados y los soñadores en general, nos cobijamos para encontrar al calor de los 091 parte de nuestras almas extraviadas, seguida de otros guitarrazos inconfundibles plagados de wah-wah, aquellos que marcan el comienzo de “La Vida que Mala es”, desatando una fiesta entre el personal mientras los cero disfrutaban al interpretar uno de sus mayores hits, sobre todo José Antonio golpeando con suma destreza su ya habitual cencerro, mientras danzaba como poseído de un lado del escenario antes de lanzarnos al viento un salmo que jamás debemos olvidar: “Dios aprieta pero no ahoga/ sé que esa es la verdad/ nos ponen suave el nudo en la soga/ nos dejan abierta la puerta de atrás/ me lo dijo la mujer del dueño donde iba a trabajar/ tú, como tu padre, nunca fuiste bueno/ mal trigo, mala harina, mala harina, mal pan”, antes de recoger una cerrada ovación por parte de los fieles de una banda que, una vez más, y ya van demasiadas, volvió a sembrar de embrujo granadino la noche madrileña.

A la salida, sin apenas tiempo para pasar por el camerino ni recomponerse, los miembros de la banda saludaban a un nutrido grupo de fans que buscaban recuerdos en forma de fotos y firmas en algunos Lps. Sin duda un pequeño-grande detalle que muestra a las claras la grandeza de los andaluces, pero que sobre todo nos habla del grado de idolatría y fervor popular que han recogido los 091 a lo largo de los años. Grandes entre los grandes. Y no somos pocos los que lo corroboramos.

Mercury Rev celebra los 25 años de “All is Dream”


Sala Moon, Valencia. Jueves, 8 de octubre del 2026.
 
Fotos y texto: Eva M. Martínez Ribes 

El pasado jueves 8 de Octubre tuve el placer de acudir al concierto de la banda americana de rock y psicodelia Mercury Rev dentro de su gira “Celebrating 25 Years of "All is Dream” en la Sala Moon de Valencia. Un concierto enmarcado dentro de su tour de cinco citas por nuestro país contando con una fascinante Sandy Bell como telonera de lujo. 

Sandy Bell, cantautora estadounidense tocada de un halo de teatralidad y espiritualidad pasmosa, salió acompañada de un sólo músico al escenario, Jeff Lipstein, un virtuoso a los teclados con cascabeles y demás objetos. Comenzaron su concierto con unos pocos oyentes en la sala. Lo que hizo Sandy fue un alarde de fuerza vocal y sensibilidad defendiendo cada uno de sus temas, junto a un elegante Jeff que tocaba todo lo que quería y tenía a mano. En un momento dado Sandy se quedó enfrente de nosotros, de pie con su larga blusa blanca y su melena despeinada, y teniéndola ahí delante totalmente imbuida por su música, me vino a la mente mi venerada PJ Harvey, por ese magnetismo y fuerza interpretativa que transmiten ambas. Magnífica su versión de “Bird on the Wire”, del gran Leonard Cohen con la que cerró y nos dejó a todos, ya algunos oyentes más en la sala, en estado de shock. 

Eran casi las nueve cuando asomaron por el escenario un tímido Jonathan Donahue primero, revisando luces y escenario, y después su compañero Sean Mackowiak, también conocido como "Grasshopper" , dos de los miembros fundadores de los primeros Mercury Rev. Tras unos minutos cuidando cada detalle desaparecieron para volver a aparecer, 15 minutos pasada la hora prevista, junto a los otros tres miembros de la actual formación, la austríaca y maravillosa Marion Jensen, su compañero Jesse Chandler a los teclados y trompeta, y el enérgico batería Joe Magistro, con una sala ya llena para entonces. 

“All Is Dream” se publicó el mismo día que las torres gemelas colapsaron en Nueva York, y ese álbum que ya de por sí lo tenía complicado después de su exitoso “Deserter’s Songs” fue tomando forma y fue recibido con los brazos abiertos en un momento vital muy difícil para muchos americanos y por un mundo que miraba con escepticismo y miedo todo lo que ocurría aquellos días. En esta gira han revisado sus canciones realizando arreglos en las mismas y creando unas atmósferas envolventes que, con esos teclados, trompetas y luces, la expresividad de Jonathan, la maestría en la guitarra y la fuerza de la batería, crean un ambiente entre enigmático y psicodélico, una actuación que te deja pasmada e incluso a punto de soltar una lágrima. 

“The Funny Bird” , con el que Jonathan se identifica, como un pájaro que despliega sus alas, fue la primera canción con la que nos deleitaron, para seguir con “Hercules ” y “There's Always Been a Bird in Me”. De negro con sus botines azules del mismo azul que sus ojos, con esos ojos abiertos y expresivos que no paran de decirnos cosas, con una teatralidad extrema, con un cuerpo que no para de doblarse y de hacer poses, subiendo a la batería, apoyándose en los amplis, haciéndonos partícipes de todo su mundo, con unos teclados que lo envuelven todo, atreviéndose a tocar instrumentos que parecieran de otro mundo… maravilloso. 

Todos los temas sonaron orquestales , contundentes y preciosos, no bajaron el ritmo y se les veía contentos, Jonathan se atrevió decir que la noche acompañaba, y cuando llegó el turno de “Ancient Love” ya nos tenían en el bolsillo. “Tides of the Moon” o “Goddess on a Hiway”, su maravillosa “Holes” y “The Dark is Rising” para terminar, nos dejaron jaleando y dando gritos, aplaudiendo tan fuerte como podíamos, quietos aún cuando se encendieron las luces, pensando y deseando que no se nos haga tan larga la espera para tenerlos de nuevo así de cerca. 

Para una benicense de adopción como yo, volver a ver en directo a Mercury Rev después de tantos años, cuando les conocí allá por el año 1999, tras un apabullante concierto en el Festival Internacional de Benicàssim presentando su aclamado álbum “Deserter’s Songs “ ha sido todo un lujo, y tengo que cerrar agradeciéndole a Houston Party que lo haya hecho posible. ¡A sus pies!