Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Sábado 18 de julio del 2026.
Texto y fotografías: J.J. Caballero.
A la intimidad se llega por múltiples caminos, todos ellos válidos si el contexto y las circunstancias requieren dicha meta. La cercanía, la complicidad, la sinergia, son conceptos algo más abstractos y mal definidos en lo que se refiere al ámbito artístico. Tanto una como las otras tienen más que ver con el corazón y el alma más que con los sentidos, aunque el tacto sea algo a lo que no sólo se debería acceder con las manos. Precisamente dichos atributos anatómicos suelen ser los responsables de los sentimientos apuntados. Manos que afinan mástiles, cuerdas que desgranan acordes y teclas que comunican con los dedos. Guitarra, voz, piano… Y el factor humano, tan importante en tiempos de inteligencia artificial e indigencia antinatural. No es poca materia para dejarnos arrastrar por olas de emoción y sorpresa, justo lo que provocó la magia escénica del gran Ken Stringfellow, líder físico y espiritual de una banda de dimensiones míticas como The Posies, adjunto al mando de R.E.M. durante sus grandes giras universales, brazo armado de los seminales Big Star e incluso arteria afluente en algunas de las enormes melodías de unos tardíos Teenage Fanclub. Sin banda de soporte ni aderezos insustanciales, a pulmón quitado y voz en vilo. Un regalo insospechado para otro julio infernal en la tregua justa para el respiro y la sensibilidad.
En la terraza del Ambigú Axerquía, el escenario mínimo se dispuso para que antes la cordobesa María Guerra, o lo que es lo mismo, La Fiancée Solitaire, volviera a subirse a él, otra vez en forma minimalista, y presentara algunas canciones no escuchadas hasta la fecha, al menos por estos lares que son los suyos. Su último media duración presenta credenciales tan interesantes como la producción de Álvaro Tarik y un sonido oscuro y compacto confeccionado básicamente con sintetizadores y cajas de ritmo, algo de lo que se alejó conscientemente en esta ocasión para volver a la esencia (o no, porque el término es tan relativo como el resultado), agarrar la guitarra eléctrica y apresurarse en el esqueleto pop de “Tu camiseta favorita” y las confesiones más o menos personales de “Cuando pienso que vuelves de nuevo al barrio” y “La rosaleda”, antes de culminar con “Los veraneantes”, una de las canciones más bonitas de su vida, un pie de página explícito y acorde con los días que sufrimos. Según los apuntes tomados, su fuente creativa sigue manando con cierta fluidez y a su encarnación sintética puede que le suceda otra más orgánica, lo cual sólo puede ser sinónimo de eclecticismo e inquietud permanente. Un esbozo de lo que será, un preludio de lo que vendría.
Hace unos días, en una charla más que esclarecedora con Mr. Stringfellow, nos confesaba varias cosas que han tenido una influencia decisiva en su vida durante los últimos años: En primer lugar, el diagnóstico terrible de un cáncer de próstata que paralizó sus giras y virtualmente su carrera (afortunadamente ahora en estado preservado y con cierta esperanza de supervivencia), después la constatación casi definitiva de que su trayectoria al frente de The Posies está finiquitada por las insalvables diferencias con el resto de miembros de la banda, y en conclusión la necesidad de empatía entre los seres humanos como única y verdadera vía de salvación. Por eso la visión dada a los temas dista de venderse con la electricidad implícita al power pop enérgico y a veces rugoso practicado por sus diversos proyectos grupales, y se enfoca en las sombras y la lírica curativa de algunas canciones poco habituales en sus actuaciones en solitario, o al menos cambiantes en apariencia.
Es cierto que su producción más reciente carece del gancho melódico de antaño, un hecho consciente y meditado, pero a cambio ofrece momentos de encogimiento emocional intensificados por el protagonismo absoluto del piano eléctrico. “Trust” y “If that’s what God wants”, probablemente dos de los ejemplos más evidentes de su estado anímico actual, revisaron parte del repertorio último, a la vez que “Known diamond” y “Reveal love” sirvieron de conmovedora retrospectiva de discos que merecieron mejor suerte en su día, justo lo contrario que la alta consideración generalizada de una maravilla titulada “Amazing grace”, la última gran obra de The Posies, que contenía la brillante “Everybody is a fuckin liar”. En la fase inicial ya había pulsado con la guitarra las virtudes de “Friendship” y “Early morning” algunos temas inminentes, recién grabados y aún en embrión discográfico, junto a preciosidades ajustadas al sonido elemental como “Any love”, “There” o “Tears tumblin”. El poder y las debilidades del hombre frente a las veleidades del amor y sus consecuencias.
La mutación continuaba con el micrófono situado en mitad de la audiencia, literalmente, con los focos del escenario únicamente como fondo crepuscular y situándolo en un contraluz maravillosamente ligado al contenido de “Ghost me”, las inéditas “Dark side of light” y “Don’t give up so easily” y el capítulo nostálgico nada premeditado de una necesaria “Ballad of El Goodo”, escondida en la producción más secundaria de Big Star, y “Solar sister”, joya recurrente en la reaproximación al catálogo de The Posies. Pequeños apuntes del “Wild horses” stoniano sirvieron de guía para que nadie dejara de saber por dónde van los tiros, y “Find yourself alone” y “You avoid parties”, otro festejo pequeñito de uno de sus más queridos álbumes grupales, a petición del público y con la libertad que le da improvisar cada noche sets de piano y guitarra a placer y conveniencia. Otro lujo que se puede (y nos podemos) permitir sin poner ni un pero a una nueva y peculiar forma de entender las giras.
Decía Ken al final que suele olvidar muchas de las canciones que tiene en mente tocar en cada una de las ciudades que toca y que a última hora decide incluir otras que ni siquiera él mismo consideraba tan importante apenas unos minutos antes. Nada que reprocharle si afronta la vida que le queda, que ojalá sea mucha aún, con el mapa de los momentos esenciales bien marcados en la hoja de ruta. Todos seguiremos aquí, esperando cruzarnos con él y su música, sin esperar nada a cambio salvo unas horas de sinceridad y comprensión mutua.







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