Corizonas: “Órdago”


Por: Javier González. 

Define la R.A.E. “Órdago” como “envite en el que se apuesta un juego en su totalidad”, un término que resuena a declaración de intenciones por parte de una súper-banda curtida en miles de noches de rock como son Corizonas. Y la realidad es que cuando se acciona el “play” para enfrentarse a estas diez nuevas composiciones, solamente hacen falta unos pocos acordes y un puñado de frases para darnos cuenta de que no hay impostura, ni asomo de brindis al sol por parte de unos de nuestros forajidos favoritos de la escena estatal al escoger dicha palabra para titular su cuarto disco. Seamos directos, Corizonas han facturado el mejor álbum de su trayectoria, tanto en el apartado lírico como en lo tocante a la paleta musical escogida para darlo forma, que ahora se nos presenta no solamente acertada, sino amplia, heterodoxa y en la que sobresale con mayúsculo entusiasmo un rock de sangre caliente de clara raigambre hispánica, perfecto complemento a una canciones en las que muestran coraje y corazón, además de un más que notable acierto.

Hay un latido existencial en esta colección, propio de aquel que sufre las consecuencias del seísmo descontrolado que vive el mundo, pero también una actitud combativa y rebelde, propia de quien se resiste a dejar de alzar la voz en mitad de la tormenta, elementos que asoman muy bien en las vigorosas y guitarreras “Una y Otra Vez”, en la que cantan: “nunca fuimos millonarios con una causa que apoyar”, un tortazo sin mano que resuena bien fuerte en la cara de las élites, y “Futuro Ahora”, donde la sombra del mejor rock americano y del maestro Tom Petty asoman con certeza, siempre desde el particular prisma y regusto de David Krahe y Rubén Marrón, excepcionales en su afilada labor, y la genial base rítmica de otros dos colosos llamados Javi Vacas y Roberto Lozano “Loza”, mientras Javier Vielba nos lo canta con la destreza y la solvencia habitual; manteniendo su presencia al otro lado del charco con “Caramelo Envenado”, pero desde una vertiente más fronteriza y latinizada que por momentos nos retrotraen también al imaginario de Javier Corcobado y del tristemente desaparecido recientemente Víctor Coyote, atacando una letra plena de dramatismo y toque canalla que podrían haber firmado los mejores Gabinete Caligari, abrazando el amor, la luminosidad y el optimismo desde una vertiente más pop con “Nuevo Mundo”, entre guitarras cristalinas y una batería disfrutona, antes de lanzarse en brazos del “Swining London” que asoma en “Karma”, otra de esas canciones llenas de experiencia vital y un toque de ajustada psicodelia, donde condimentan todo con enormes dosis de elegancia, y en “Principio y Final”. 

La segunda cara se abre con una vacilada en toda regla con su adaptación del “Tú me Dejaste de Querer”, original del C. Tangana, dejando atrás las referencias a sonido “Caño Roto” que presenta en “El Madrileño”, transformándola en una composición que se mueve a caballo entre el rock fronterizo y que a su vez bebe directamente de la herencia de los grupos de pop españoles de los sesenta como Los Brincos, una querencia que no sorprenderá a los seguidores de la banda que ya ha adaptado anteriormente temas como “Piangi con Me”, popularizada por The Rokes, o “Malditos Refranes”, de los ya referidos Gabinete Caligari, bordean el sentimiento coplero en la maravillosa y poética “Espejito, Espejito”, donde el espíritu de Corcobado asoma de nuevo en una de la composiciones más rotundas del minutaje. 

Hacia el final nos sorprenden con la muy americaniza “Tren de Largo Recorrido”, una reflexión sobre el bagaje, la experiencia, sobre la vida y quién sabe si también acerca de esta carrera hacia adelante y sin descanso llamada rock and roll que estos veteranos de la escena conocen a la perfección, una temática que también se roza en la coda final, “Sangre en el Cuchillo”, pero con un mensaje mucho más beligerante para despedir este mundo en ruinas con valentía, mucho twang y una nada velada amenaza, porque tras una vida en la carretera y décadas de música a su espalda, Corizonas no solo conocen el valor de la experiencia, sino que tienen el poder y la fuerza necesaria para apretar los puños y facturar uno de los grandes discos del año en nuestro idioma.

Mateo Ortega: "Grabar este disco era una cuestión de necesidad"


Por: Kepa Arbizu.

En las cuevas del Sacromonte no hay pintados viejos mamuts, ni escenas cotidianas de vivencias ancestrales, sin embargo entre sus surcos, como si de los de un disco de pizarra se tratase, habita un universo de historias en forma de canciones. Un ritual sonoro de comunicación entre generaciones que si tuvo al flamenco como “idioma oficial”, el paso de los años ha convertido a Granada en uno de los exportadores más prolíficos y talentosos de figuras que han jugado también con las guitarras eléctricas para entonar su propio relato. Habitante de ese inacabable mapa artístico, Mateo Ortega, hasta este momento en compañía de su banda The Sugar Daddies con la que añadir a la multicultural tierra andaluza el acerbo afroamericano más puro, se presenta ahora en solitario (o al menos así aparece en el título de su primer álbum, “Things Left To Say”) para convocar una mayor amplitud de registros ligados, eso sí, a esa tierra fértil que es el ecosistema norteamericano: “Disfruto mucho tocando blues y dejándome imbuir por las dinámicas que se generan, es un lenguaje que me apasiona, pero empecé a escribir un montón de canciones y necesitaba darles salida, y en mi cabeza sonaba otro tipo de paisaje sonoro más cercano a géneros como el country, el rock o la americana”. Un paso acometido desde su propia intimidad pero que pronto se iba a vincular decisivamente al destino de otros nombres.

Porque si es su efigie, retratado en la portada con la serena profundidad que todo songwriter adopta frente a su entorno, la que luce huérfana en la presentación de su álbum, muy al contrario la gestación, y desarrollo definitivo, de este trabajo no puede ser entendida sin la presencia de Javi Puertas (Ramblin’ J. Gates), al que no cuesta bautizarle, dado su alto porcentaje de responsabilidad en buena parte del resultado, como mitad del proyecto: “Javi y yo somos amigos desde hace muchos años, y hace ya unos cuantos decidimos juntarnos y tocar a dúo. En este disco tenemos varias canciones firmadas por los dos y el resto las hemos arreglado conjuntamente”. Un proceso decidido a cincelar unas composiciones que adoptan un encomiable embellecimiento surgido tras el cristal donde se dirime el arte entre regletas, botones y pistas, un espacio dominado por el bajista de la más que recomendable banda The Fixed Trio, acreditado como productor pero sobre todo último eslabón para lograr una condición orgánica pero acicalada con esa sutilidad y tacto que hace a los pequeños frascos de aroma convertirse en un suculento deleite olfativo: “De casualidad, Sergio escuchó un fragmento de una de las canciones que ha terminado en este disco, y me preguntó que si era mía, porque le flipaba y quería saber si me gustaría grabarla con él; cosa que por supuesto me apetecía. Así que lo que comenzó siendo únicamente quedar para registrar una canción, terminó siendo el álbum al completo y el resultado final que ahora se puede escuchar”. Cruces de caminos, a veces casuales, otros consensuados, que terminan tomando una ruta común, en este caso dictada por las coordenadas donde la tradición se expresa pura y sin aditivos. Quizás por eso, precisamente, en sus manos, y sin la necesidad de artificios que las transformen en un ejercicio de consumo más, reluce con la identidad de quien es sabedor de estar hablando su propia lengua.

Vocablos, grafías e historias que han pasado de garganta en garganta; de Dylan a Townes Van Zandt; de Willie Nelson a JustinTownes Earle. Todo un continuo histórico al que rinde pleitesía el granadino pero al que se adscribe no disimulado entre réplicas o clichés, sino blandiendo la única herramienta con la que se conquista o se naufraga: las canciones. Y aquí las hay de muchos tipos, desde rastreadoras del verdín de los más ortodoxos ritmos campestres, como asumiendo la ocupación de trovador folk, hasta envites que buscan su fuerza en los pedales y la distorsión. Escenarios por los que nunca está de más cruzar abrazados bien fuerte el santoral que cada uno lleva bajo el brazo, por eso la personal, y roquera, adaptación de “Dublin Blues”, firmada por Guy Clark, es una luz hacia uno de sus inspiraciones pero también la necesidad de patentar su legado bajo un ADN particular: “Queríamos hacer una versión de alguna de nuestras referencias, pero también queríamos aportar algo nuevo sobre esa interpretación original”. Un recorrido perfectamente compensado y equilibrado en su clásica ascendencia que incluso se da algún capricho a la hora de hacer despuntar su más que evidente variedad. Una curiosidad, oculta y ajena a cualquier desvarío estilístico, que hace de “Blue”, gracias a unas bases rítmicas que laten con la sensual protuberancia del funky, una sábana de satén tendida sobre el agreste campo estadounidense: “Es uno de los temas a los que más cariño le tenemos, además durante la grabación acabó convirtiéndose en algo totalmente diferente a lo que teníamos en la cabeza”. Las sinergias y las miradas cómplices siempre han sido un perfecto salvoconducto para abandonar el camino trazado y llegar a un paraíso del que no se había oído hablar. 

Casi a modo de hilo argumental común, cada pieza del álbum se comporta como un lamento afligido por la pérdida de ese suspiro romántico que, aunque extinto, sigue generando una onda expansiva llena de recuerdos y agujas sentimentales. Traslación de una herida universal que sin embargo en su enunciación transita un verbo de sincera congoja que delata los tintes biográficos que se esconden tras él: “Tanto Javi como yo escribimos de nuestras experiencias personales”. Un desconsuelo por esas fotografías que ya solo pueden ser contempladas en la memoria que, a modo de excepción, encuentra en el intenso y eléctrico “The Devil Walkin´ by My Side”, un espacio para la redención y la progresiva construcción de un horizonte despejado de nubarrones en forma de ramalazo enérgico: “De alguna manera es el punto de inflexión de la temática, nosotros teníamos en mente cuando la escribimos artistas como Marcus King o Chris Stapleton y ese sonido de country-rock pesado”. Nombres referenciales en la interpretación presente de la tradición del rock de raíces, incluido su característica e identificativa aptitud para que sus voces ejerzan como narradoras de historias, una virtud asumida igualmente por Mateo, que incluso en “Cigarettes in the Car (Close to Me, Pt.2)” observa, dando continuidad a un tema aparecido en su anterior trabajo grupal, una mismo instante desde ópticas divergentes: “Nos pareció divertida la idea de que surgieran dos sentimientos diferentes sobre una misma canción. Quizás en especial en ese tema nos centramos más en el aspecto narrativa del mismo, aunque se podría decir que se trata de un aspecto que impregna todo el disco”. Cantar y contar en un mismo verbo, esa cualidad a la que tienen acceso aquellos privilegiados que, guitarra en mano, ponen sentido o descifran sus propias experiencias.

Presencias ausentes que no solo competen a esa esfera romántica, tan dada a deshilacharse y transformarse en canciones, porque como indica el explícito título de “Grandadd.s Song”, algunas de las ramas del árbol genealógico del autor desaparecidas han tenido cabida en este excepcional repertorio: “Sin duda mi abuelo Manuel ha sido una referencia para mí y para toda mi familia como ejemplo de libertad individual y de pensamiento, una persona curiosa y llena de energía hasta el último momento de su vida, quería que hubiera un hueco para él”. Cantos de emocionante nostalgia que nunca acaban su recorrido, cuando son tratados con la excelencia aquí presente, en las pistas de un disco, alargando su existencia también en el contacto más cercano con el público, un sentido alojado habitualmente sobre los escenarios pero que en esta ocasión tiene una introducción a esa confraternización a través de la presentación de unas piezas audiovisuales, bajo el nombre de “Live Sessions”, que anticipan ese calor de los pequeños recintos: “Queríamos llevar a directo el disco y ver cómo podía funcionar, y la verdad es que estamos muy contentos con el resultado”. Un prólogo a la salida en carretera que nunca ha sido fácil, si la baremamos en términos cuantitativos, para una escena hecha de diminutos pero satisfactorios puntos de encuentro: “El circuito que circunda este género en España no es de masas, pero sí de muchos pequeños festivales y salas en los que nuestra música puede ser tratada con cariño, sabemos a lo que hemos venido y nuestra expectativa es gozar tocando nuestras canciones”. Calor y acogida que debería desbordarse para recibir a un disco de grandes dimensiones artísticas, aunque la realidad hace tiempo que decidió circular ajena al talento: “A día de hoy, si lo que quieres es hacer dinero con algo parecido a lo que hacemos nosotros, dedícate a tocar versiones de rock”.

“Things Left to Say” discurre con naturalidad, como el reflejo de quien interpreta una banda sonora íntimamente ligada a su persona. En este sobresaliente trabajo no hay imposturas, es una relación pura y talentosa con ese lenguaje de raigambre americana que atraviesa las décadas en una constante regeneración de su poder de atracción. Mateo Ortega y Javi Puertas hacen de esos ritmos que han escrito la historia del rock el vocabulario necesario para contar su historia, una propia que al mismo tiempo es universal. Como alude el título de este trabajo, siempre hay cosas imprescindibles dignas de ser dichas que, si no fuera por álbumes como éste, acabarían por disolverse entre el infinito: “Grabar el disco era una cuestión de necesidad, tanto para Javi como para mí, necesitábamos redimirnos de nuestras experiencias y convertir en belleza aquello que te ocurre en la vida”.

20 canciones de Nueva York: retrato musical de la ciudad en el 25 aniversario del 11S


Por: El Giradiscos.

Hace 25 años ocurrió algo que transformó el mundo contemporáneo: dos aviones comerciales, secuestrados previamente por terroristas de Al-Qaeda, fueron estrellados contra las torres gemelas del World Trade Center de la isla de Manhattan en Nueva York provocando la muerte de casi 3.000 personas, y de muchas otras que hoy sabemos que fallecieron por culpa del aire tóxico que respiraron. La respuesta de EE.UU. y sus aliados occidentales resultó tan errática, precipitada y criminal que aquellas víctimas civiles desgraciadamente fueron las primeras de muchas otras que fallecieron después en otros países en las invasiones posteriores realizadas bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo.

Con motivo de la conmemoración del 11S o el 9/11, El Giradiscos se ha propuesto recordar algunas canciones que han contribuido a la historia cultural y política de esta urbe que vivió el peor día desde su fundación. Nueva York ha tenido un papel crucial en la historia de la música popular. Parece que cualquier movimiento ha ocurrido allí antes de que ocurriera en cualquier otro sitio, así es la voracidad de esta ciudad, la energía inagotable que desprende y se adueña de sus habitantes y la prisa por llegar antes al futuro. Todo ello se detuvo abruptamente aquel día despejado a las 8:45 de la mañana.

“New York, New York”, Frank Sinatra ( "Trilogy: Past Present Future", 1980) 

Por más que sea obvio incluir esta canción en nuestra lista, no es menos justo hacerlo en virtud de la importancia que tuvo Frank Sinatra y las orquestas de “standard songs” que le acompañaron fabulosamente en la época dorada de New York después de la posguerra, una vez que USA se recuperó del esfuerzo bélico y la ciudad brilló de nuevo, aupada por el bienestar y la fiebre del consumo, y se convirtió en una ciudad feliz donde cualquier cosa era posible. Esta canción no se grabó en esta época sino en 1977, una época mucho más difícil, para la BSO de la película del mismo nombre dirigida por Martin Scorsese, uno de los directores que mejor ha retratado esta ciudad y sus claroscuros. Y fue compuesta para Liza Minelli, aunque la Voz se encargó de popularizarla más adelante. Es muy revelador que la canción más representativa de esta ciudad sea interpretada por un descendiente de inmigrantes italianos. Resulta inquietante comprobar que mientras Nueva York disfrutaba de sus mejores años, desde Washington los gobiernos estadounidenses llevaban a cabo acciones militares en todo el mundo contra pueblos soberanos, contribuían a derrocar regímenes democráticos, financiaban a dictadores y se apoyaban en dudosas milicias para defender sus intereses económicos y combatir a sus enemigos en todo el mundo. Estaban preparando sin saberlo el terreno para que el odio cambiara de bando.


"Spanish Harlem", Ben E. King ("Spanish Harlem, 1961)

El barrio de Harlem en los años sesenta fue uno de los grandes epicentros de la "black music" con el Teatro Apollo como centro neurálgico. Por allí desfilaron las grandes estrellas del soul - Sam Cooke, Ray Charles, Otis redding, Aretha Franklin o el magnífico James Brown con su legendario álbum en directo - demostrando el poder de un barrio que acogía minorías raciales como los afromericanos pero también los latinos en la denominada "Spanish Harlem". Un barrio inmortalizado por Jerry Leiber y Phil Spector en esta canción que saltó a la fama cantada por un Ben E. King que se crió y sintió el poder de sus calles. 


“Stray Cat Strut”, Stray Cats ("Stray Cats", 1981)

Del encuentro de la ciudad del punk con el viejo rock and roll primigenio saltaron chispas. Nueva York también fue el lugar donde el rockabilly revivió con garras afiladas y un ronroneo irresistible. En los callejones de Long Island, tres jóvenes rebeldes, Brian Setzer, Slim Jim “Phantom” y Lee Rocker, armados con un contrabajo y una guitarra de caja dieron vida a los Stray Cats, antes de dar el salto al epicentro de la escena artística de la ciudad. Su carta de presentación, “Stray Cat Strut”, encapsuló a la perfección ese deambular nocturno, felino y descarado por los barrios de la mítica, mezclando el eco del rock and roll de los cincuenta con la urgencia y el descaro del punk callejero que imperaba en la city. Fue el sonido de una ciudad que, incluso vistiendo de cuero y tupé, nunca dejaba de balancearse con un groove puramente neoyorquino.


"New York Tendaberry", Laura Nyro ("New York Tendaberry", 1969)

Cada persona cuenta con su propio itinerario que le hace conectar emocionalmente con su ciudad. Los pasos repetidos, las mismas paradas y los mismos carteles ofician de guía de viaje repetitivo pero sanador. Un recorrido que nace, en muchas ocasiones en la infancia, y que se extiende ya a lo largo de toda nuestra vida; incluso cuando estamos alejados geográficamente, nuestra mente sigue girando por bocacalles y tomando los desvíos que conducen a ese espacio sanador. La música de Laura Nyro, proclive a los cambios de ritmo y a la percepción de la atmósfera como un instrumento más de su catálogo, recorre, emitiendo ese constante salto de frecuencias, la ciudad de Nueva York en un poema sonoro donde su cartografía rutinaria es también un emocionante retrato biográfico.


“Horses”, Patti Smith (“Horses”, 1975) 

Patti Smith no nació en New York. Esta ciudad está hecha de extraños que buscan su lugar en el mundo en la “ciudad que nunca duerme”. Patti no lo tuvo fácil en sus calles. Junto a su inseparable Robert Mapplethorpe, se peleó con la ciudad hasta que esta le dio una oportunidad. Levantó acta de ello en el inolvidable “Just KIds”. “Horses” es, tanto en su fondo como en su forma, el mejor ejemplo de la contracultura estadounidense que anidó en las calles de New York. En la Universidad de Columbia de esta ciudad coincidieron Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Ginsberg. La recitación inicial de Patti Smith es sobrecogedora, y se dirige al galope hacia el clímax, aupada sobre un millar de caballos impulsada por una determinación que produce escalofríos.


“Marquee Moon”, Television ("Marquee Moon, 1977)

Liderados por Tom Verlaine y Richard Hell, en sus inicios el grupo convirtió el mítico escenario del CBGB en un laboratorio de guitarras afiladas y poesía neoyorquina. Su obra maestra, “Marquee Moon”, es un viaje hipnótico de más de diez minutos que evoca el pulso de los callejones oscuros de Manhattan, los reflejos del neón sobre el asfalto mojado y el deambular místico bajo los muelles de la ciudad. Con sus líneas de guitarra entrelazadas como rascacielos de sonido, la canción no solo definió el post-punk, sino que capturó el alma más intelectual, noctámbula y vanguardista de la “Gran Manzana”.


"Manhattan Rock", Elliot Murphy ("Lost Generation", 1976)

Uno de los grandes cronistas de la "Gran Manzana" es sin duda el rubio de Long Island autor de canciones como "Manhattan Rock" incluida en su disco "Night Lights" (1976). Con ella, Eliott quiso retratar la dureza de triunfar en la música en el caos de su ciudad, contrastando las dificultades de las calles con esa riqueza y opulencia de algunos de sus habitantes. Son algunas de las contradicciones de esa ciudad tan maravillosa.


"Chelsea Hotel #2", Leonard Cohen ("New Skin for the Old Ceremony", 1974) 

Toda ciudad se debate, por lo menos hoy en día, entre la exposición turística y el resguardo de su identidad verdadera. Dos aspectos que pueden llegar a confluir gracias a la existencia de edificios emblemáticos, como el que da título a esta canción y que fue el lugar de residencia de un catálogo repleto de talento artístico. Junto a Bob Dylan, Mark Twain, Charles Bukowski, William S. Burroughs o Arthur Miller, entre muchos otros, Leonard Cohen fue también uno de sus moradores y, además, responsable de esta preciosa misiva musical, como es habitual en el compositor canadiense, llena de segundas lecturas, porque su dedicatoria a otra ilustre habitante de aquellas paredes, con rasgada voz y que responde al nombre de Janis Joplin, es al mismo tiempo una fábula donde la fama o las sábanas deshechas son metáforas empleadas para retratar una época tan brillante en su fugacidad que todavía resplandece.


“My City of Ruins”, Bruce Springsteen (“The Rising”, 2002)

No había pasado un año de los atentados cuando The Boss publicó “The Rising”, “el resurgir”, que pretendía levantar el ánimo de una “ciudad en ruinas”. Es la ciudad donde grabó “Born in The USA”. Este álbum ha ganado importancia en la trayectoria del músico con el paso de los años. En él reniega de la retórica vengativa que se apoderó de la administración norteamericana y de buena parte de su país. La canción toma prestada a Curtis Mayfield, la melodía de “People Get Ready” (1965). Proponemos la siguiente versión en directo grabada en Barcelona en 2002. Es imprescindible escuchar y ver la intro al piano de Springsteen y la intensa actuación de cada uno de los miembros de la E Street Band, incluido el añorado Clarence Clemons. Bruce se ha convertido en los últimos años en uno de los músicos que ha presentado una oposición más firme a Donald Trump y a la deriva autoritaria de su gobierno. Nueva York es, por cierto, la sede del imperio económico del actual presidente de los EE.UU., pese a la animadversión recíproca que hay entre la ciudad y Trump.


“Spanish Stroll”, Mink DeVille ("Cabretta", 1977)

Ya hemos comentado que en el corazón del Lower East Side, existió un lugar para el eterno recuerdo llamado CBGB, el epicentro del sonido de un sinfín de grupos que consiguieron remover los cimientos no solo de la ciudad sino también de la música internacional. Una de aquellas bandas respondía al nombre de Mink DeVille y eran dueños de un sonido crudo, mezcla de punk, rock, R&B y doo-woop, que presentaban en directo envueltos en un aura elegante, canalla y llena de romanticismo. Rosas y espinas que emanaban de la cruda voz que aportaba su carismático y añorado líder, Willy DeVille. Su contribución a esta lista se llama “Spanish Stroll”, un himno urbano con sabor a asfalto, imbuido del orgullo hispano y del pulso nocturno de la popular urbe, para demostrar que el sonido de la misma se escribía con acento callejero, cadencia latina y grandes dosis de chulería.

 

“New York City”, John Lennon (“Some Time in New York”, 1972) 

En el verano de 1971, John Lennon se estableció, por fin, en NY junto a Yoko Ono. Según sostiene Juanjo Ordovás en su biografía, el miembro de los Beatles confesó al “New York Times” que le hubiera gustado nacer en NY. 10 años después murió tiroteado en la misma ciudad al salir de su apartamento. En esta ciudad pisó deliberadamente todos los charcos que estuvieron a su alcance. En el año 72, durante el siniestro reinado de Nixon, publicó el disco “Some Time in New York” en el que no había tema político por controvertido que fuera sobre el que no ofrecía su punto de vista siempre comprometido, inteligente y mordaz. “The troubles” de Irlanda, el inhumano sistema penitenciario americano, o la misoginia generalizada fueron objetos de sus críticas. Yoko Ono tuvo una participación decisiva en el disco, además de la banda a la que bautizaron como Elephants Memory, reclutaron también a su antiguo compañero George Harrison, a Eric Clapton, y a Keith Moon. No faltó a la cita ni siquiera el peligroso productor Phil Spector. Es un disco absolutamente norteamericano en el que Lennon rinde tributo a todos los géneros musicales que nacieron en este país en las dos décadas anteriores. Estuvimos tentados de elegir la salvaje “Woman Is The Nigger Of The World”, pero resulta más apropiado decidirse por “New York City”, que con tanto acierto evoca la vitalidad de esta ciudad.

  

 “Personality Crisis”, New York Dolls ("New York Dolls, 1973)

¿Qué puede representar más a una ciudad que incluirla en el nombre de una banda? Solamente se me ocurre una respuesta. Las propias New York Dolls. Nueva York en los primeros años setenta no era una postal idílica, sino un organismo peligroso, sucio y fascinante a partes iguales. Nadie supo traducir mejor esa decadencia urbana que los New York Dolls, cinco provocadores con tacones y rímel corrido que inyectaron urgencia callejera al rock and roll tradicional. Su icónica “Personality Crisis” se convirtió en el espejo perfecto de la época, aunque la letra aborda el colapso y el vacío existencial del individuo, su ritmo espasmódico, sus guitarras chirriantes y su piano desbocado fueron la banda sonora perfecta del East Village. Un terremoto en sí mismas al que en primera instancia solamente supieron apreciar unos pocos paladares escogidos, cuyos ecos, sin embargo, llegaron bien lejos, concretamente hasta el extrarradio madrileño, contando con unos alumnos de lo más aventajados en La Elipa.


“Walk On The Wild Side”, Lou Reed ("Transformer", 1972)

Un año después del 11S el periodista corresponsal Enric González mantuvo una charla con Lou Reed muy cerca de su apartamento, en un restaurante de la Décima Avenida junto a la 14; lo cuenta en su libro “Historias de Nueva York”. El músico le confesó que “le hacía falta más distancia” respecto a lo que había ocurrido, y que, sorprendentemente, los ciudadanos de Nueva York albergaban menos resentimiento, miedo y paranoia que los estadounidenses de la América suburbial, “que como todo el mundo sabe odia Nueva York”. Dice el gran periodista español, que Lou Reed (junto a Susan Sontag) fue una de las pocas voces públicas que intentó ver las cosas con perspectiva y (como Sontag) fue acusado de traición por ello”. Asociaciones de víctimas neoyorquinas como “Peaceful Tomorrows” también denunciaron las represalias e invasiones que el gobierno emprendió de forma injusta e inmoral en nombre de las víctimas. Esta canción inconmensurable refleja mejor que ninguna otra la cara más desinhibida de Nueva York, la de la experimentación sexual y las drogas duras, y retrata los personajes que habitaban la noche americana y se dejaban caer en The Factory, atraídos por el imán de Andy Warhol

  

"NYC Ghosts & Flowers", Sonic Youth ("NYC Ghosts & Flowers", 2000)

Una de las grandes formaciones surgidas de las salas de NY es sin duda los Sonic Youth. Revolucionarios y contraculturales, han cantado mucho sobre su ciudad, con gemas como esta en la que Lee Ranaldo narra de forma poética - y encima de una tormenta eléctrica creciente - sobre la historia subterránea y artística de la ciudad, con especial referencia a los poetas de la Generación y a los artistas bohemios que han ido moldeando un tejido cultural inigualable.



"An Open Letter to NYC", Beastie Boys ("To the 5 Boroughs", 2004)

Del mismo modo que ningún cuerpo humano es el mismo tras sufrir en sus huesos el paso de una grave enfermedad, igualmente sucede con algunas localidades a lo largo del planeta sacudidos por episodios terroríficos. Por desgracia, son muchos los enclaves definidos y recordados por el humo de las bombas, un mortuorio relato histórico del que no está a salvo tampoco Nueva York. El ataque a su emblemas, las "torres gemelas", fue en paralelo el amanecer a una pesadilla de la que, también desde el arte, se siguen intentando despertar. El híbrido de géneros que son Beastie Boys en sí mismos, puso sus rapeados y su ágil verbo para homenajear a una ciudad, que al igual que sus mestizo ritmos, son una unión de inmigrantes que luchan y sobreviven en las largas horas de metro. Resiliencia y cultura popular al unísono enfrentada al fanatismo, el propio y el ajeno.


“Blitzkrieg Bop”, The Ramones ("Ramones", 1976) 

El punk rock es neoyorquino por más que le pese a los británicos. Los Ramones tuvieron la culpa. Unos chavales desnortados de Queens no se lo pensaron dos veces y se subieron a un escenario a echarle en cara a la generación anterior que ya no tenían nada que decir. Que ahora les tocaba a ellos. Fue un “ataque relámpago” sobre New York, como dice el título de “Blitzkrieg Bop”, demoledor musicalmente. Un golpe de suerte, al contrario de lo que supusieron los ataques de 2001.


"Summer In The City", Lovin' Spoonful ("Hums of the Lovin' Spoonful", 1966)

La respuesta a los sonidos californianos de los sesenta (encarnados sobre todo por los Beach Boys) llegó de la mano de uno de los habituales de la escena folk del Greenwich Village como John Sebastian quién saltó a la fama con su banda de rock Lovin' Spoonful. La canción narra e forma desenfadada la dureza térmica de los veranos en la Gran Ciudad incluyendo efectos sonoros de claxon de coche.


 "New York City Cops", The Strokes ("Is This It" 2001)

A principios de milenio y justo antes de la tragedia de las Torres gemelas, cinco pijos de la city revolucionaron el panorama del rock con el disco "Is This Is" con el que recuperaban las guitarras y los sonidos de su ciudad de los años setenta . El disco incluía esta canción que contiene una crítica hacia la policía neoyorquina. Justo por ello, tras los atentados fue incluida en la lista de canciones censuradas.


"I'll Take New York", Tom Waits ("Frank's Wild Years", 1987) 

Tom Waits lleva décadas poniendo voz y palabras a quienes viven alejados de los rascacielos, exiliados de los carteles luminosos anunciando la entrada restringida a ciertos clubes. Su lírica es propiedad de las almas marginales, aquellas que nunca han logrado hincar sus dientes a nada que se parezca a una “gran manzana”, una entelequia para ellos tan lejana como cualquier otro edén mítico. En esta canción, su patibulario y cabaretero acento atraviesa, tutelado por una ensoñación casi delirante, el publicitado sueño americano. El famosos minuto de gloria que toda persona anónima merece vivir, aquí se convierte en un paseo triunfal por la mística neoyorquina, un pasaje que aun así se percibe más como pesadilla que como triunfo.


“Like a Rolling Stone”, Bob Dylan (“Highway 61 Revisited”, 1965)

 El barrio de Greenwich Village en Nueva York fue el lugar en el que Bob Dylan viró su trayectoria. Lo vimos en “An Complete Unknown” (2024). Fue aquí, donde un “completo desconocido”, un joven y arrogante cantante folk desafío a sus seguidores y mentores, y se convirtió en un traidor después de grabar “Like a Rolling Stone”, “Ballad of a Thin Man” o “Desolation Row” en los estudios de Columbia Records situados en la ciudad. Por más veces que escuches “Como un canto rodado” siempre es la primera vez. Las notas iniciales de la batería llaman a la puerta de un mundo sin descubrir, una vida inédita, una nueva oportunidad. Y eso es, en definitiva, lo que representa Nueva York. 

 

“You´re Free to Go”, el último disco de Anjimile y el último paso en su camino para tratar de ser quien es...


Por: Guillermo García Domingo. 

Anjimile (Chithambo) no es el primer artista tímido que ha existido. En contra de lo que podría pensarse hay muchos más casos como el suyo. El ejercicio musical siempre conlleva una transformación en el estudio y el escenario, la adopción de un nombre artístico parece indicar lo mismo. También es cierto que en sus discos anteriores la timidez había resultado una rémora para Anjimile. Al escucharlos saltaba a la vista que el artista afroamericano disponía de una sensibilidad musical y una lírica propias, sin embargo, el tono ambiental y minimalista que había abrazado en estos álbumes previos no siempre contribuía a resaltar las prometedoras canciones que había concitado, sino que, en ocasiones, ahogaban demasiado su personalidad. Esto ha desaparecido en el presente “You´re Free to Go”, antes le faltaba determinación musical, en definitiva.

Una determinación que siempre ha demostrado en su difícil existencia este joven de Dallas. Anjimile se ha desprendido de algo insoportablemente pesado y “se ha dejado llevar”. El título del disco alude a ello. No se trata solamente de que haya abandonado su identidad de género anterior. Por el tenor de las letras tiene que ver además con la liberación de los invisibles grilletes de la imposición binaria y los juicios sociales a los que se ha enfrentado al desafiar la mentalidad conservadora en un país cuya administración ha emprendido claramente una persecución política hacia las personas diferentes. 

Anjimile (Chithambo) ha vivido en varios lugares de EE.UU. . Por fin ha encontrado una ciudad santuario en la que puede ser él mismo, la universitaria Durham (Carolina del Norte). Estos cambios de residencia son la expresión de la búsqueda denodada de sí mismo que inició desde que tuvo la dolorosa certeza de que debía huir de la intransigencia de su familia si quería ser quien realmente es. “Llegar a ser quien eres” es el verdadero cometido de nuestra vida de acuerdo con la antigua sabiduría grecolatina. La aventura vital del artista se ha solapado siempre con su carrera musical, y se han producido trasvases continuos entre ambas trayectorias, formando una extraña doble hélice que hace las veces de núcleo genético de Anjimile. 

Este es un un disco más extrovertido, sin que por ello se deshaga de la languidez cautivadora que siempre le ha caracterizado, las melodías son más reconocibles y acertadas. En intentos anteriores se dispersaban con demasiada frecuencia. Algunos temas desbordan ese folk delicadísimo que ha practicado Anjimile, y son capaces hasta de hacer bailar, véase “Like You Really Mean It” o “Waits for Me”. Ambas hacen gala de una enérgica autoafirmación. Los acordes de la guitarra, acústica y eléctrica, siguen siendo el acompañamiento perfecto para la voz del artista, como en la canción que da título al disco o en “Rust & Wire”, “Turning Away” y “Exquisite Skeleton”. Hacia la mitad del disco se encuentran consecutivamente las cuatro mejores canciones: “The Store”, que recuerdan a la sensibilidad acuñada por Sufjan Stevens y sus siempre estimulantes arreglos, en este caso una guitarra distorsionada y una percusión electrónica inusual. Y la otra es la extraordinaria “Ready or Not”, el tema más largo del disco, porque a veces lo más sencillo es lo que más se acerca a la perfección. La maldición de una producción hipertrofiada está arruinando muchos discos. A éste no le pasa, por fortuna. Después vienen “Point of View”, y sobre todo, “Afarin”, otra canción subrayada en la lista. “Destroying You” y “Enough” demuestran que el disco se dirige de lo complejo a lo sencillo; Anjimile se va deshaciendo de sonidos, prejuicios, miedos, instrumentos, y lo queda es maravilloso, es más que “suficiente”.

Anjimile ha rehusado la experimentación inocua, y ha vuelto a las raíces folk para expresar una verdad vital irrecusable, que nadie tiene derecho a impedirnos ser quienes somos.

Temples: “Bliss”


Por: Àlex Guimerà. 

Temples irrumpieron con fuerza hace más de diez años con el genial "Suns Structures" (2014), un álbum del que han hecho disco de remezclas, edición especial y gira de décimo aniversario. Una especie de alargamiento del chicle del disco que les situó en el panorama de la música indie. Sin embargo, hay que reivindicar a la banda más allá de su debut ya que han logrado hilvanar una carrera llena de aciertos, inteligente y ciertamente coherente. 

James Bagshaw ha liderado -y mantenido intacta con la excepción del batería Sam Toms- una formación que ya de inicio no quiso estancarse para virar hacia el rock psicodélico de sintetizadores ("Volcano", 2017);  recuperar el protagonismo y la espontaneidad de las guitarras ("Hot Motion", 2019) y acabar dando protagonismo a una producción dirigida por el hijísimo Sean Lennon ("Exotico", 2023). El resultado global es un póker muy interesante de álbumes cargados de buenas melodías, matices sonoros y una emotividad de esas que llegan. Además, y a pesar de tener su fiel legión de seguidores, nunca han traspasado el umbral que separa el mundo indie del mundo mainstream como otras bandas de su generación (se me ocurren los Tame Impala, por ejemplo), para seguir su propia senda. 

Un camino que ahora les lleva hacia un nuevo punto de inflexión en su discografía con el nuevo "Bliss", con el que abren las puertas de lleno hacia las texturas electrónicas y hacia la música de baile de los 90 sin perder el ojo en la psicodelia. A diferencia de su álbum anterior, donde viajaron a EE. UU, para el nuevo material han recuperado la dinámica de trabajo independiente y analógica de sus primeros trabajos en los que han intercambiado ideas y maquetas para posteriormente ponerlas en común con su propio equipo técnico (como un viejo sampler que adquirió James). 

Para los puristas de la psicodelia les aconsejo que no se resistan y se dejen atrapar de lleno por este álbum desde la melodía arábiga de "Jet Stream Heart", una pieza pegadiza destinada a dar el pelotazo en los festivales veraniegos. También con esa especie de coro gregoriano que abre una "Revelations" en la que los ecos africanos esta vez se entremezclan con samplers dance e incluso de italo-disco. O con "Megalizh" con la que descubrirán una línea de bajo que marca un tempo interrumpido por un riff sampleado y por esa afinada voz de Bagshaw que se impone deliciosamente a lo largo de todo el álbum. Unas cuatro cuerdas que de igual modo indican el camino en "Glimmer", otra suculenta pieza llena de flow que bebe de la new wave mas experimental. Aunque nadie se pierda las cajas de ritmos, los reberbs y las distorsiones dance de "Vendetta", ya que presentan una locura evasiva de 4 minutos y medio no apto para los más rockeros. Para aquellos que quieran seguir bailando no dejen pasar "Horizon" con sus teclados synth-pop y sus baterías sincopadas. Y por si alguien no había perdido la cabeza aún, "Waitiong On The Echos" con sus fabulosos teclados y juegos de voces. Para terminar que mejor que relajarse con una "Fantasy Realm" que nos sumerge en una atmósfera ensoñadora. 

Cierto es que los de Kettering han abandonado del todo el enfoque puramente guitarrero de sus entregas anteriores, y que lo han hecho para indagar de lleno en la cultura rave, el electro-pop y la electrónica noventera, pero también es cierto nos han dejado claro que mantienen intacto su inconfundible ADN melódico que es lo que, al fin y al cabo, da personalidad a una banda y la distingue de las demás. 

 Os recordamos que Temples pasarán en noviembre por nuestro país en las siguientes fechas y salas : 17 de noviembre – Teatro Eslava (Momentos Alhambra) , MADRID; 18 de noviembre – Sala López , ZARAGOZA; 19 de noviembre – Sala Aliatar , GRANADA; 20 de noviembre – Sala X , SEVILLA; 21 de noviembre – Antioxidante,   MURCIA; 22 de noviembre – Paral.lel 62, BARCELONA.   

Orchestra Mambo International: “¡Apúntalo!”


Por: Txema Mañeru. 

Este verano nos visitó Ruben Blades con una gran orquesta y dejó, una vez más, un excelente sabor de boca. Si tú también añoras a este grande o a otros del sello Fania, como Tito Puente, Oscar D’León, Willie Colon o la propia Fania All Stars, quedarás encantado al escuchar este apasionante y, muy bailable, debut de la Orchestra Mambo International. Una gran banda plurinacional y multi-generacional con aficionados a la mejor música latina que vienen de Venezuela, Cuba, España, Colombia, aunque con centro en el Reino Unido y con algunos de sus líderes relacionados con proyectos como Ezra Collective o la New Regency Orchestra. De hecho al frente están los británicos Jonny Enright, compositor principal de todos los temas, director musical, trombón y corista y Lubi Jovanovic. Muy cerca de ellos el veteranísimo venezolano de 72 años Carlos “Pachanga” Peña que fue, durante años, corista del prestigioso e histórico Oscar D’León. Con más de una docena de músicos crean salsa a lo grande con sonidos afro-latinos, afro-cubanos, pachanga, mambo, guaracha y son montuno. 

Arrancan a por todas con una "Flauta Pa’ Ti" en la que cuentan con una colaboración de auténtico lujo como es la de Chip Wickham y su flauta. Instrumento destacado y muy bien acompañada por las imponentes percusiones de Le Messurier con sus inconmensurables timbales, pero también tocando batá y güira. Ritmo, coros y percusiones muy a lo Fania All Stars. Aires a Héctor Lavoe vamos a encontrar en una "Yembereque" que cuenta con los destacados coros de Romy Taylor (presente también en algunos temas más). "So Near, Yet So Far" es un destacado instrumental para bailar y cierra la cara A "Llegó Mi Gente Ya", que es una auténtica fiesta que parece un homenaje al "Mi Gente" de la Fania. También juegan con el título del disco y por ahí sale ese ya célebre “¡Apúntalo!”. 

El cuidado y muy madurado disco sólo ha aparecido en formato digital y, ¡cómo no!, en elegante vinilo. Por cierto, la portada del disco es una auténtica preciosidad con diseño de Angus Peters y que recuerda bastante a algunas de las mejores del sello Fania en la década de los 70. La cara B se abre con las destacadas tres trompetas de la formación y el lenguaje Yoruba de su primer single, "Olufina", con más ritmo incesante para bailar. "Mi Mambo" supone una especie de presentación de la orquesta y vuelve a resonar por ahí ese “¡Apúntalo!”. La cubana Claritzel Miyares lleva la voz solista, cercana a la mismísima Celia Cruz, en otro claro single como es "Rumba, Ron y Rico Son", frase que repiten en su contagioso estribillo y en el que también se cita al gran Compay Segundo. Finalizan con el estribillo rumbero de "Yenyere" con más baile y acordándose hasta de “La vida es una tómbola”. En este y otros temas brilla también el estupendo vibráfono de John Settle que también está acompañado en muchos momentos por el estupendo piano de Andrzej Baranek. Entre los varios invitados especiales, además de algunos coristas ya citados, tenemos otra trompeta más y hasta los violines de Yrving Yeras en el citado y destacado instrumental "So Near, Yet So Far". No tengo duda, estoy ante la mejor banda en su estilo que escucho en la última década.

Leiva, sentido y sensibilidad en su regreso a Madrid


Movistar Arena, Madrid. Miércoles, 9 de septiembre del 2026. 
Fotos y texto: Ricardo Virtanen.

El regreso a la capital de uno de sus hijos pródigos, con la presentación de cuatro conciertos en el Movistar Arena, solo puede calificarse de regreso triunfal. En efecto, José Miguel Conejo, Leiva (1980), ofreció la noche del miércoles 9 el primero de estos recitales, con cerca de 16.000 almas que abarrotaron el recinto, creando la sensación, muchas veces, de hallarnos en un gigantesco Karaoke temático, centrado en sus inmortales canciones. Porque en este final de gira, llamado “Gigante Tour”, el artista combina temas de su sexto y último trabajo, "Gigante", con éxitos de otros discos (menos del primero, "Diciembre", puesto que la canción “Vis a vis” quedó fuera hoy), más algunas sorpresas de diversa índole. 

Lo evidente es que  ha sabido aunar un perfecto “sentido y sensibilidad” (emoción, razón y nostalgia) en sus directos, auspiciados por la Leiband, unos músicos que lo acompañan desde sus inicios en solitario, y que consiguen transmitir a la perfección un característico “sonido Leiva”. Estos seis músicos son el teclista César Pop y Juanchito Conejo (guitarrista y vocalista de Sidecars y hermano de Leiva), una potente sección rítmica: Manolo Mejías al bajo, y el Niño Bruno a la batería; una mini sección de vientos: Tuli (saxo) y Gato Charro (trompeta), más Mariana Mott: percusión y coros. Ellos conforman el sentido rítmico y armónico de sus canciones, a las cuales les otorgan alma y una ejecución soberbia. La sensibilidad, la melancolía, el buen gusto y el arte de la interpretación —sobre todo— la genera el cantante, quien sabe herir la fibra del más frío de sus fans. Son momentos en que el cantautor eléctrico se bate en solitario con su guitarra en mano (acústica o eléctrica), destripa hígados y enciende corazones. Esto ocurrió en varios momentos del recital: la rotura de sus cascos (“una estadística muy del atleti”, por la reiterada secuencia negativa en otros conciertos), la alusión a un vecino suyo que había perdido un ojo, lo que le hizo solidarizarse con él (al decir que “tener dos ojos es demasiada información”), la presentación de un tema nuevo del próximo disco, grabando tomas del público cantando en estos cuatro conciertos o la interpretación de dos canciones de Robe, la primera, “El hombre pájaro”, emocionado y solo ante el peligro.

El concierto se inició con un primer tramo de seis canciones, sucediéndose sin interrupción alguna. Abrió “Bajo presión”, uno de los temas mejores de "Gigante", del que se interpretaron seis temas, todos en la primera mitad. Sucedieron otros éxitos como “La lluvia en los zapatos”, la homónima “Gigante”, la cañera “Lobos”, “Terriblemente cruel” y “Superpoderes”. Para entonces el público, enfervorizado, ya cantaba a dúo con el madrileño, puesto en pie aunque hubiera asientos. En el turno de presentar “Sincericidio”, Leiva tomó por primera vez la palabra y dio un discurso sobre la importancia del artista a la hora de afrontar un directo de esta magnitud, ya que la mucha experiencia que uno pueda adquirir con los años puede quedar diluida en la nada (refiere, por ejemplo, son más de 20 conciertos en este mismo escenario, pero no se siente nada seguro). A esta siguió otra canción del álbum "Monstruos", “Breaking Bad”, la cual fluyó en el recinto del Movistar de manera delicada y emocionante. Llegó turno de presentar "Gigante" de una manera genérica (salvo la interpretación de “Flecha”, único tema de "Cuando te muerdes el labio", muy cambiado con respecto a la grabación original). Sonó una de mis canciones favoritas del disco: la introspectiva “Ángulo muerto”, donde Leiva, acústica en mano, muestra una clara disección de sí mismo, en una canción que nos recuerda a alguna de sus colaboraciones con su mentor Joaquín Sabina. En ella hallamos versos como perlas del tipo: “la agonía tiene forma de león”, “todo el mundo sabe ya que soy tuerto” o “que desnudo parezco un insecto, y vestido un señor”. Mientras, “Shock y Adrenalina” fue presentada como una clara influencia de Lou Reed. Y sin duda que lo es, pues el riff es un plagio amable de “Sweet Jane”. Lo cierto es que el tema le dio al concierto un aire glam / power pop evidente.

Tras “Cortar por la línea de puntos”, ocurría el mencionado problema con sus cascos, lo que supuso un parón de al menos siete minutos. Todo ello molestó infinito al cantante, quien cabreado e indignado bramó en arameo (como si la situación fuera un problema recurrente en sus conciertos). Tras subsanarse el problema, Leiva introdujo un set delicado de dos canciones. La primera, habíamos dicho arriba, es una balada cuya letra del estribillo había difundido en las redes. Pidió expresamente que no se grabara, ya que pretendía que “el afuera” no se enterara. Una orden, una quimera que, sin embargo, fue bastante aceptada por el respetable. El tema fue interpretado por César Pop, él mismo y dirigido por el saxofonista, que marcaba el compás a la multitud que entonaba el estribillo bastante aprendido. Después le llegó el turno a “El hombre pájaro” (hallada en el último disco de Robe), otra interpretación sublime, portando una de las guitarras acústicas creadas por Francisco Bros, con el nombre de su amigo fallecido. Aquí también soltó otra de las frases de la noche, al hablar de las canciones del cantante de Extremoduro: “Es la diferencia entre los que hacemos música y los genios”. El resultado fue excepcional, delicado, íntimo, parecido a como lo había ya interpretado el pasado verano en el Sonorama.

Sin duda, uno de los momentos cumbres de concierto fue cuando empezaron a encadenarse canciones de su antigua banda Pereza (1999-2011), de la cual, es evidente, no renuncia en absoluto. Algo positivo, porque otorga al repertorio un punto melancólico en muchos de sus seguidores, al tiempo que se recuerdan canciones top instaladas en el imaginario musical del público. De aquella formación se entresacaron cinco éxitos. “Pienso en aquella tarde más lenta” (con magnífico solo de saxo), “Como lo tienes tú” (con una evidente alusión a The Beatles) y “Estrella Polar” fueron las primeras en sonar, alternadas con “No te preocupes por mí”, otro gran tema de "Nuclear". Cada vez se acentuaba más el efecto karaoke en el recinto. La muchedumbre entonaba cada una de estas canciones de Pereza como si no hubiera un mañana, mientras Leiva dejaba partes de las canciones al público en solitario. No obstante, el punto álgido fue, como no podía ser de otra forma, la inmortal “Lady Madrid”, que con un punto acústico en su inicio avanzó con contundencia en su segunda parte. A su final, el cantante se quedó solo con su guitarra, jugó a preguntas y respuestas con el público, finalizando con la Leiband a todo trapo. “Lady Madrid”, el gran éxito de Pereza, cerraba el concierto, y significaba la locura entre los asistentes al Movistar Arena. La canción se partió en dos partes, una segunda preambulada por el propio cantante y su guitarra, creando preguntas / respuestas melódicas, con la colaboración de las 16000 personas presentes, volviendo de nuevo al estribillo para finiquitar de una vez este éxito de antaño. 

La Leiband se había retirado, pero no tardó en salir al estrado para tocar los bises que ya conocíamos de otros conciertos. Entró Leiva solo con su acústica para interpretar “Caída Libre”, el single que Leiva grabó junto a Robe y lanzaba en febrero del año pasado (Robe moriría el 10/12/25), y que se incluiría en el álbum de esta gira. Nos hallamos sin duda ante una obra maestra, cocida a fuego lento por Leiva y el propio Robe. En estas baladas, el bardo de Alameda de Osuna se mueve como nadie, ejerciendo de cantautor, papel que conoce de maravilla. Voz y guitarra dominan un espacio escénico conmovido por el arte, la voz rota (parece haberse recuperado, en parte, de aquella afonía que le alejó de los escenarios un tiempo). Sin duda, fue emocionante ese estribillo mágico y delirante: “Todo tiene luz de probador, / ya no me reconozco / y me importa bien poco. / En cuanto me dé un poco el sol, / me iré a hacer una foto, / a un fotomatón”, que entonaron los miles de asistentes sin la participación del cantante. Para terminar, Leiva encadenaba otros dos pelotazos, con un uso de la iluminación frenética y una banda ofreciendo una rotundidad ejemplar. Primero, “Como si fueras a Morir Mañana”, el gran éxito de su cuarto álbum, Nuclear (2019). Y como último plato exquisito, “Princesas”, otro de los inmortales éxitos de Pereza, que Leiva ha acogido en su seno. Canciones para finiquitar una gira larga (30 conciertos), que exponen lo más granado de este artista. Si bien, hay que poner alguna pega, sin duda esta sería que no hubiera habido algún invitado top (como sí ha ocurrido en otras ciudades, con la participación de Iván Ferreiro, entre otros). Pienso en Dani Martín, Amaral, Fito, Rubén Pozo o Tarque. Quizá sea haya reservado esta baza al cierre del “Tour Gigante” el próximo 30 de septiembre. O sea, pese al disfrute, me quedé con la miel en los labios, aunque al público —seguro— le importó un bledo.