Ken Stringfellow + La Fiancée Solitaire: Viaje de ida y vuelta por la resiliencia


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Sábado 18 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

A la intimidad se llega por múltiples caminos, todos ellos válidos si el contexto y las circunstancias requieren dicha meta. La cercanía, la complicidad, la sinergia, son conceptos algo más abstractos y mal definidos en lo que se refiere al ámbito artístico. Tanto una como las otras tienen más que ver con el corazón y el alma más que con los sentidos, aunque el tacto sea algo a lo que no sólo se debería acceder con las manos. Precisamente dichos atributos anatómicos suelen ser los responsables de los sentimientos apuntados. Manos que afinan mástiles, cuerdas que desgranan acordes y teclas que comunican con los dedos. Guitarra, voz, piano… Y el factor humano, tan importante en tiempos de inteligencia artificial e indigencia antinatural. No es poca materia para dejarnos arrastrar por olas de emoción y sorpresa, justo lo que provocó la magia escénica del gran Ken Stringfellow, líder físico y espiritual de una banda de dimensiones míticas como The Posies, adjunto al mando de R.E.M. durante sus grandes giras universales, brazo armado de los seminales Big Star e incluso arteria afluente en algunas de las enormes melodías de unos tardíos Teenage Fanclub. Sin banda de soporte ni aderezos insustanciales, a pulmón quitado y voz en vilo. Un regalo insospechado para otro julio infernal en la tregua justa para el respiro y la sensibilidad.

En la terraza del Ambigú Axerquía, el escenario mínimo se dispuso para que antes la cordobesa María Guerra, o lo que es lo mismo, La Fiancée Solitaire, volviera a subirse a él, otra vez en forma minimalista, y presentara algunas canciones no escuchadas hasta la fecha, al menos por estos lares que son los suyos. Su último media duración presenta credenciales tan interesantes como la producción de Álvaro Tarik y un sonido oscuro y compacto confeccionado básicamente con sintetizadores y cajas de ritmo, algo de lo que se alejó conscientemente en esta ocasión para volver a la esencia (o no, porque el término es tan relativo como el resultado), agarrar la guitarra eléctrica y apresurarse en el esqueleto pop de “Tu camiseta favorita” y las confesiones más o menos personales de “Cuando pienso que vuelves de nuevo al barrio” y “La rosaleda”, antes de culminar con “Los veraneantes”, una de las canciones más bonitas de su vida, un pie de página explícito y acorde con los días que sufrimos. Según los apuntes tomados, su fuente creativa sigue manando con cierta fluidez y a su encarnación sintética puede que le suceda otra más orgánica, lo cual sólo puede ser sinónimo de eclecticismo e inquietud permanente. Un esbozo de lo que será, un preludio de lo que vendría. 

Hace unos días, en una charla más que esclarecedora con Mr. Stringfellow, nos confesaba varias cosas que han tenido una influencia decisiva en su vida durante los últimos años: En primer lugar, el diagnóstico terrible de un cáncer de próstata que paralizó sus giras y virtualmente su carrera (afortunadamente ahora en estado preservado y con cierta esperanza de supervivencia), después la constatación casi definitiva de que su trayectoria al frente de The Posies está finiquitada por las insalvables diferencias con el resto de miembros de la banda, y en conclusión la necesidad de empatía entre los seres humanos como única y verdadera vía de salvación. Por eso la visión dada a los temas dista de venderse con la electricidad implícita al power pop enérgico y a veces rugoso practicado por sus diversos proyectos grupales, y se enfoca en las sombras y la lírica curativa de algunas canciones poco habituales en sus actuaciones en solitario, o al menos cambiantes en apariencia. 

Es cierto que su producción más reciente carece del gancho melódico de antaño, un hecho consciente y meditado, pero a cambio ofrece momentos de encogimiento emocional intensificados por el protagonismo absoluto del piano eléctrico. “Trust” y “If that’s what God wants”, probablemente dos de los ejemplos más evidentes de su estado anímico actual, revisaron parte del repertorio último, a la vez que “Known diamond” y “Reveal love” sirvieron de conmovedora retrospectiva de discos que merecieron mejor suerte en su día, justo lo contrario que la alta consideración generalizada de una maravilla titulada “Amazing grace”, la última gran obra de The Posies, que contenía la brillante “Everybody is a fuckin liar”. En la fase inicial ya había pulsado con la guitarra las virtudes de “Friendship” y “Early morning” algunos temas inminentes, recién grabados y aún en embrión discográfico, junto a preciosidades ajustadas al sonido elemental como “Any love”, “There” o “Tears tumblin”. El poder y las debilidades del hombre frente a las veleidades del amor y sus consecuencias. 

La mutación continuaba con el micrófono situado en mitad de la audiencia, literalmente, con los focos del escenario únicamente como fondo crepuscular y situándolo en un contraluz maravillosamente ligado al contenido de “Ghost me”, las inéditas “Dark side of light” y “Don’t give up so easily” y el capítulo nostálgico nada premeditado de una necesaria “Ballad of El Goodo”, escondida en la producción más secundaria de Big Star, y “Solar sister”, joya recurrente en la reaproximación al catálogo de The Posies. Pequeños apuntes del “Wild horses” stoniano sirvieron de guía para que nadie dejara de saber por dónde van los tiros, y “Find yourself alone” y “You avoid parties”, otro festejo pequeñito de uno de sus más queridos álbumes grupales, a petición del público y con la libertad que le da improvisar cada noche sets de piano y guitarra a placer y conveniencia. Otro lujo que se puede (y nos podemos) permitir sin poner ni un pero a una nueva y peculiar forma de entender las giras.

Decía Ken al final que suele olvidar muchas de las canciones que tiene en mente tocar en cada una de las ciudades que toca y que a última hora decide incluir otras que ni siquiera él mismo consideraba tan importante apenas unos minutos antes. Nada que reprocharle si afronta la vida que le queda, que ojalá sea mucha aún, con el mapa de los momentos esenciales bien marcados en la hoja de ruta. Todos seguiremos aquí, esperando cruzarnos con él y su música, sin esperar nada a cambio salvo unas horas de sinceridad y comprensión mutua.

Belle and Sebastian, el cálido encanto de la melancolía


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Viernes, 17 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Cuando uno bordea esa peligrosa franja de los cincuenta se da cuenta de que algunos de los discos o bandas que descubrió nada más alcanzar la mayoría de edad cumplen ya treinta años. Es el caso de Belle and Sebastian y de su segundo álbum, “If You're Feeling Sinister” (1996), al que están rindiendo homenaje en su actual gira interpretándolo íntegramente. Afortunadamente los hemos tenido por aquí: hace unos días en el BBK Live de Bilbao, el jueves pasado en Las Noches del Botánico de Madrid y, un día después, en el Festival Barts, celebrado en el emblemático recinto del Poble Espanyol de Barcelona. Y eso no es todo, ya que, tras la Ciudad Condal, su paso por Murcia y Valencia ha confirmado la predilección de la banda por nuestras ciudades.

Con la interpretación íntegra del álbum era imposible no transportarse a la adolescencia o a la primera juventud, a aquel momento en el que descubrimos a esta peculiar banda escocesa con nombre de cuento infantil que ofrecía un pop pseudointelectual, delicado y diferente, alejado de las estridencias de muchas bandas de la época para centrarse en lo personal y lo sentimental, donde los arreglos instrumentales y la melancolía dibujaban unas melodías irresistibles. La formación ha sobrevivido a la marcha de algunos de sus miembros fundamentales, como Isobel Campbell o Stuart David, al paso del tiempo y a los cambios en la industria discográfica. Han seguido publicando grandes discos, reinventándose musicalmente y regalándonos unos conciertos a los que no hemos dejado de acudir, sabiendo que terminaríamos con una sonrisa de oreja a oreja.

Lejos de caer en un mero ejercicio de nostalgia, Stuart Murdoch y los suyos demostraron en la cálida noche del pasado viernes 17 de julio que las diez canciones homenajeadas conservan intacta su capacidad para emocionar. Eso fue lo que pudimos sentir desde los primeros compases de "The Stars of Track and Field" o cuando asomó el piano de "Seeing Other People", aunque, a decir verdad, no fue hasta la pegadiza "Me and the Major" cuando el público comenzó a bailar con ganas.

Sobre el escenario, un Stuart ataviado con su característico sombrero, parlanchín y bromista, se atrevió incluso con algunos parlamentos en catalán (se nota que es escocés y tiene esa sensibilidad); un divertido y encorbatado Stevie Jackson demostró que es perfectamente compatible ser un freak y una rock star; mientras que la violinista y multiinstrumentista Sarah Martin desplegó su enorme talento con absoluta discreción. Junto a ellos, hasta seis músicos más abordaron todo tipo de instrumentos: trompeta, batería, teclados, bajo, guitarras, percusiones, flautas, armónicas, melódica...

Con "The Fox in the Snow" llegaron las pantallas las imágenes en las pantallas de un zorro bajo la nieve y un silencio reverencial por parte del público, ante el que Stuart mostró su lado más sensible. Aunque todos esperábamos con ganas la maravillosa "Get Me Away From Here, I'm Dying", una de las grandes canciones de la banda, que fue recibida con enorme entusiasmo, tampoco se quedó atrás "Judy and the Dream of Horses", la pieza que cierra el disco: una oda adolescente con ese impulso y ese sonido de trompeta tan épico que culminó con Stuart enfundándose una máscara de caballo para poner el toque más desenfadado al espectáculo.

Tras ese primer bloque llegó una segunda parte del concierto en la que la banda ofreció una selección de canciones de distintas etapas de su carrera, especialmente centradas en sus primeros años y en la época de comienzos de milenio. Entre tema y tema, Stuart bromeó con las camisetas de algunos asistentes, como una de su ídolo y compatriota Edwyn Collins —del que interpretó un breve fragmento—, una de The Stone Roses o una de Stereolab, que según él, aparece siempre en el mismo lugar en todos sus conciertos. Murdoch ejercía de perfecto maestro de ceremonias con esa habitual mezcla de timidez, humor británico y cercanía que genera una sensación de intimidad que muy pocas bandas consiguen transmitir desde un escenario.

Una vez más, la banda dejó patente su formidable nivel instrumental. Cada músico encuentra su espacio de forma completamente natural, mientras pudimos escuchar a Sarah o a Stevie cantando o aportando armonías vocales. Pero, por encima de todo, siguen maravillando esos sutiles arreglos musicales que ya pueden apreciarse en los discos y que consiguen trasladar al directo con una naturalidad que parece imposible.

Ya en esta segunda parte sonó una de sus mejores canciones de siempre: "Another Sunny Day", con esa melodía pop absolutamente perfecta. Le siguió "Chickfactor", que Stevie cantó y dedicó a su esposa (dedicatoria que Stuart hizo extensiva, poco después, a todas las esposas, incluida la suya), demostrando además sus habilidades con la armónica. Durante "Piazza, New York Catcher", Stuart se sentó en el borde del escenario para, acto seguido, bajar a cantar entre el público. Otra que sonó formidable fue la enérgica "Sukie in the Graveyard".

Y para el desenlace llegó la esperada "The Boy with the Arab Strap", acompañada de la ya tradicional invasión del escenario por parte del público, que bailó entre los músicos mientras Stuart marcaba el ritmo desde los teclados. Eso sí que es una "Casita", y no la de ciertos reguetoneros: aquí no hace falta ser famoso ni guapo; todos tienen cabida, altos y bajos, gordos y delgados, rubios y morenos... Ese es el espíritu de Belle and Sebastian, algo que también se reflejaba en las pantallas, donde iban apareciendo fotografías de sus seguidores al ritmo de la música.

Sin expulsar a los aficionados del escenario, "I Want the World to Stop" puso el punto final al repertorio principal. Como bis llegó la maravillosa "Sleep the Clock Around", dejando, eso sí, muchas otras bellas canciones para una próxima ocasión. Esperemos poder volver a estar allí para tener la oportunidad de escucharlas. 

Ilustres Principiantes: Construimos Escaleras


Fotografía: Marta Pozas. 

Primero nos gritaron “Fuerte”, luego dijeron "Basta" y por último pusieron banda sonora a una tienda de su barrio de Fuente Olletas con "Cortinahogar". Han sido tres temas como tres soles pero ahora, por fin, los malagueños Construimos Escaleras se presentan en formato largo. Lo hacen con un disco que se llama "Construimos escaleras" y para cuya portada han dibujado (¡ja!) una escalera. Jugando al despiste, pero siempre al pie, este LP contiene 8 temas gestados sin pensar de más, que hablan de ellos y de lo que pasa a su alrededor. Un album ecléctico, se diría, que evoluciona con tacto para que no te agobies.

Ojo porque va de más a más: de más baile a más gamberro. La base la pilota Ivan, a ella se une el bajo marrano de Samu y luego dan lustre el sintetizador y el saxo tenor (de una calidad abrumadora) de Paul, mientras Dr Fausto acompaña en la selección de instrumentos y Nilsson, autoproclamado compositor, aporta voces y guitarras en segundo plano.

Construimos Escaleras han confeccionado un altar donde se reza a bandas como Gang of Four, Talking Heads, ESG, Lizzy Mercier Descloux, Ciudad Jardín o El Último Sueño; toda una declaración de intenciones. Y como vienen de lo manual y lo inmediato, hacen canciones por repetición e intuición. En su fórmula: movimiento, energía y vacile. 

Los malagueños son el nuevo y flamente fichaje de Caries Records, casa desde la que opera el gran CARLANGAS y que se ha convertido en uno de los sellos que mejor rastrea el talento joven de la escena. Tenemos ejemplos bien lustrosos en el afilado dúo madrileño Dear Joanne y la jovencísima artista sevillana julia de arco.

El festival Vive Latino se consolida en su quinta edición a orillas del Ebro


El festival Vive Latino del este del Atlántico, celebrado cada año en la explanada de la Expo de Zaragoza, está más que consolidado y enfila ya su quinta edición durante el primer fin de semana del próximo mes de septiembre. Este año, más que nunca, el eclecticismo en su cartel está más que asegurado, con artistas de ambos lados del Océano y propuestas de lo más diversas que van desde el rap al punk, pasando por la tradición latina, el rock clásico o el pop edulcorado.

Con el cartel por días ya definido, podemos optar por la acertada transformación de Niña Polaca, el refinado pop de Amaia, la transgresión de Sanguijuelas del Guadiana, el clasicismo de Loquillo y M Clan o la provocación de Rigoberta Bandini durante la noche del viernes 4 de septiembre. 

En cambio, si nos dejamos caer por la orilla del Ebro el sábado 5 tendremos desde la delicadeza del pop local en manos de Begut a la revelación más intensa de la canción de autor actualizada con Guitarricadelafuente, la crudeza de Biznaga, la impulsividad folk de La M.O.D.A, la singularidad incansable del rock de Ultraligera, el mesianismo de Siloé, el "subnopop" de Ojete Calor o la intensidad indie de Veintiuno.

Un cartel que se completa con Pignoise, Julieta Venegas, Ed Maverick, Multipla, Rawayana, El Verbo Odiado... y así hasta un total de treinta y dos artistas repartidos en los tres escenarios del recinto, que una vez más se completará con una gran oferta gastronómica así como con espectáculos que unan estas dos orillas hermanadas con la lengua y la tradición musical más interesante del globo.

The Rolling Stones: “Foreign Tongues”


Por: Javier Capapé. 

Lanzar un disco cuando se han sobrepasado ampliamente los ochenta años está claro que no obedece a ninguna estrategia comercial. Los Rolling Stones han aprovechado el impulso que les dio el grandioso “Hackney Diamonds” para seguir esa estela y vencer al tedio mientras nos dan una lección de lo que es el verdadero compromiso por la música. Todos pensábamos que su anterior disco sería el de su despedida, pero afortunadamente nos equivocábamos. Tal vez ya no es momento de estirar el chicle con giras maratonianas (sabemos además que las manos de Keith Richards ya no las soportan), pero este “Foreign Tongues” es la mejor manera de seguir teniendo presente a la banda de rock más grande del planeta. No hay límite para los Stones ni planes de retiro. A estas alturas lo importante para ellos parece ser querer estar presentes, sin importar estereotipos ni edades. El tándem Jagger/Richards sigue vivo y se antoja realmente provechoso a juzgar por sus nuevas composiciones, esas que han conformado el vigésimo quinto disco de estudio de su carrera. Quizá quede algo más inconexo que el anterior debido en parte a su excesiva duración, pero hay poco que sobre de entre estos nuevos catorce cortes.

El joven Andrew Watt ha asumido de nuevo los mandos de la producción, en esa especie de cruzada personal por actualizar los clásicos del rock, pero he de decir que, una vez más, le ha salido bien la jugada. Los Stones suenan potentes, con una producción ampulosa, pero sin perder la esencia que les une a ese blues grasiento tan bien representado en su tema de apertura, uno de los mejores del conjunto, el brumoso “Rough and Twisted”. Fue la canción con la que anunciaron su regreso, y lo hicieron como en los setenta, bajo el pseudónimo The Cockroachers, que usaban en algunos de sus conciertos secretos. Una manera de advertirnos que volvían a la esencia del blues, al garito y la aspereza de esas guitarras que desde el primer rasgueo nos llevan al Mississippi. Suenan a los eternos Stones, esos que nunca han desaparecido, en parte gracias a esa mezcla entre las seis cuerdas y la armónica tensando el ambiente, los mismos que ya tocaron el cielo con las versiones que contenía “Blue and Lonesome”. ¿Es la mejor canción del lote? Diría que sí. Sin rodeos. Es magnífica y está cargada de ese espíritu canalla que les ha trascendido. Pero tampoco es que el listón baje mucho después de esta apertura. Le sigue un single de libro, su enésima reinterpretación de “Start Me Up”. Me estoy refiriendo a la también conocida “In the Stars”, con esos riffs tan reconocibles y contundentes y la voz de Mick en plena forma. Es absolutamente increíble encontrarle a este nivel vocal con su edad. ¡Bendito pacto con el diablo!

La banda base que ha puesto el alma a estas canciones, cocinadas entre los tres Stones supervivientes en los últimos cuatro años, está compuesta por sus ya habituales Darryl Jones, Steve Jordan, Matt Clifford (que también se ocupa de las tareas de preproducción) y, como gran invitado en la mayor parte de las mismas, el que fuera teclista de Traffic y alma de los Blind Faith, Steve Windwood. Su aportación con múltiples teclados no es una colaboración puntual, pues está presente casi todo el tiempo, aunque sus labores se ven complementadas por el productor Andrew Watt junto al mentado Clifford o el pianista Ben Waters. Mick, Keith y Ronnie aprovecharon unas fructíferas sesiones de poco más de un mes en los estudios londinenses Metrópolis, que completaron con fragmentos y descartes de anteriores grabaciones, principalmente de su disco predecesor, pero también de una antigua sesión dirigida por Don Was de la que han podido rescatar la última grabación de Charlie Watts, que data de 2019 y que ha dado como resultado la acelerada “Hit me in the Head”, una de las más acertadas de la colección, que sólo necesita a los cuatro Stones juntos para hacer magia.

Algunas de las sorpresas que nos trae este disco son las versiones que afrontan en él. Está “Beautiful Delilah”, de Chuck Berry, cerrando el disco, en la que Mick y Keith se hacen cargo, con la única compañía de Chad Smith, de un blues de raza, arrastrado y certero. Pero además de ésta, también encontramos una versión de lo más inesperada, aunque a decir verdad les sienta como anillo al dedo. Me estoy refiriendo a “You Know I’m No Good”, de Amy Winehouse. En la voz de Mick parece que él mismo la hubiera compuesto, pero además del pulso y la entrega de los Stones originales, le deben parte de sus aciertos a los vientos de James King y Ron Blake, que hacen de las suyas en otras de las canciones del disco, aportándoles color, pero que aquí son más que decisivos. No sé si el hecho de recurrir a la dama de Candem ha sido fruto de su trabajo en los estudios del oeste de Londres donde han centrado su grabación, pero seguro que algo ha tenido que ver, y ¡vaya lo que han logrado! Han hecho crecer un tema que ya de por sí era excelso.

Pero no todo podían ser logros. Entre estas “lenguas extranjeras” también tenemos algún leve patinazo. “Jealous Lover” tiene ese falsete de Jagger tan característico, pero a pesar de su potente estribillo no llega a terminar de redondear un tema que se queda en una copia algo vacía de “Waiting on a Friend”. Por su parte, “Never wanna lose you” contiene una destacada colaboración a los coros de Robert Smith (de lo más inesperado en un disco de “Sus Satánicas Majestades”), pero a pesar de su bajo con aroma al disco de los setenta y la pegada de Steve Jordan, puede quedar opacada por el resto. Sobresaldría en un disco en solitario de Jagger, pero aquí le pierden sus formas pop, a pesar de esforzarse por sonar cruda. “Side Effects”, con aportes en la composición de Andrew Watt, comienza con un aroma indie con su riff más ligero, pero adolece de un aroma inconsistente entre sus estrofas más ásperas y sus estribillos pop. De todas formas éstas, que pueden ser las menos acertadas del conjunto, para nada lo desmerecen, porque el resultado global queda muy equilibrado, de nuevo en el notable con el que ya nos atrevíamos a calificar a su predecesor. Y es que podríamos entender estos dos discos como complementarios. Unos nuevos Stones que saben actualizarse pero sin perderse por derroteros innecesarios. Por eso volvemos a aplaudirles cuando regresan al country con “Ringing Hollow”, con ese piano tan honky de Steve Windwood, el pedal steel de Ronnie Wood y los coros que arañan, siempre infalibles, de Richards. Ésta me lleva a “Some of us”. El tema que canta Keith es uno de los más emotivos, una balada donde el órgano de Benmont Tench destaca casi tanto como ese leve aporte vocal de Mick en el tercio final. Pero no es la única balada épica, “Back in your Life” tiene esos aires R&B que le aportan los coros de Porcha Clay y Naarai Jacobs junto a los potentes vientos y el tremendo solo marca Ronnie Wood al final. Si en el rock hay poesía, ésta es una buena muestra de ello.

En el esfuerzo por actualizar la cosecha Jagger/Richards he sido consciente de que esta sonoridad del siglo XXI de la que hace gala la moderna producción de Watt (asistido por una lista de ingenieros interminable) no dista mucho de aquel “Steel Wheels” que les devolvió a la vida cuando la banda parecía casi extinta. Fue entonces cuando comenzaron a sacar partido a unas giras mastodónticas y cuando algunos empezaron a decir que a sus discos les faltaba alma. Sin embargo, aquel “Steel Wheels” no era para nada un disco del montón (como tampoco lo fue el atrevido “Voodoo Lounge”) y canciones como “Mixed Emotions” me vienen inevitablemente a la cabeza cuando escucho “Divine Intervention”, cargada de luz, como la citada, y con una nueva colaboración de Robert Smith (esta vez a la guitarra), aunque lo que más le hace crecer es el desarrollo de los vientos al final. James King y Ron Blake están correctos y aunque no sean Bobby Keys ni Jim Price, convencen con suficiente solvencia. En definitiva, el sonido más actual de los Rolling Stones no lo es tanto, ellos mismos lo inventaron en el ocaso del siglo pasado.

No quiero olvidarme de dos trallazos que equilibran claramente la balanza del disco hacia los grandes hallazgos, como queriendo advertirnos de que esta banda sigue viva (si es que alguien aún lo dudaba). No importan tanto sus tours ni su presencia en medios. Con lo que siempre nos quedaremos será con su música. Los Rolling Stones son imbatibles. Eternos. Y así nos lo demuestran con la acelerada “Mr. Charm” o con la grasienta y garajera “Covered in you”, que cuenta con Paul McCartney al bajo, como ya ocurriera con “Bite my Head off” anteriormente, aunque con algo menos de punch esta vez. En “Covered in you” muestran un evidente descaro en las estrofas, con Mick casi hablando más que cantando, como si lanzase dardos envenenados. Otra de las características que le hace destacar es la gran compenetración entre las guitarras de Ronnie y Keith. Esto no es algo único de esta canción porque en realidad es lo que siempre les ha hecho sobresalir del resto, pero en ésta se luce más. Y por último, y para rematar, tiene ese solo de armónica que pone los pelos de punta. Siempre me ocurre lo mismo cuando escucho a Jagger en esta faceta, pero es que en este disco en particular se sale, porque no nos olvidemos de que Mick no sólo canta. Podemos decir sin temor a equivocarnos que es uno de los mejores armonicistas del rock.

Parece que estas “lenguas extranjeras” las dominamos a la perfección, las comprendemos perfectamente y nos sentimos en sintonía con ellas. Son los Stones, en definitiva, y no tienen por qué demostrarnos nada nuevo. Nos ofrecen su mejor baza cuando algunos los veían ya en el descuento, pero es evidente que les queda mucha fuerza. Así que amigos, olvídense de buscar porqués, “Foreign Tongues” es una fantástica realidad y sólo tenemos que disfrutarla sin medida.

Jack White: “Frozen Charlotte”


Por: Kepa Arbizu.

La cultura popular, a su manera, funciona bajo una dialéctica parasitaria, alimentándose y procreándose gracias a un proceso de absorción dirigido a todo aquello que le rodea y le puede servir para su abastecimiento. Consecuencia de esa condición, su morfología se presenta en una continua transformación y supervivencia, tomando prestado, y casi siempre logrando monetizar, por igual los relatos más ilustres como tortuosas historias amasadas por la tradición oral. Vasos comunicantes que ahora han convertido a la figura de Frozen Charlotte, leyenda contenida en el poema "A Corpse Going to a Ball", de Elizabeth Oakes Smith, en título y leitmotiv conceptual del nuevo álbum firmado por Jack White. Mientras que el músico estadounidense ha trasladado los riffs de su icónico tema “Seven Nation Army” al imaginario colectivo, en ocasiones por medio de una correa de transmisión consistente en un inane y beodo grito de masas, la parábola sobre una joven capaz de morir helada por negarse a cubrir y ocultar en pleno invierno su bello traje nuevo, fue la inspiración para la realización de una muñeca especialmente popular durante la época victoriana. Un vínculo que ahora, astutamente dilatado y abierto a muchas connotaciones por el otrora parte del dúo The White Stripes, transforma a ese inofensivo juguete, tras custumizarlo con una calavera azul, una creación perteneciente a su exposición “These Thoughts May Disappear", en heredera de ese color que identifica, en oposición al rojiblanco asumido por su iniciático proyecto grupal, su carrera en solitario y que por si fuera poco es también el indicado para retratar el frío. Demasiadas casualidades para no ser pergeñadas por este genio que con este álbum escribe una propia y desclasada parábola al ritmo de furiosos riffs de guitarra. 

Acostumbrados como estamos a la renuncia de cualquier masaje promocional previo a sus lanzamientos, primero porque no lo necesita pero también como un encomiable ejercicio de, quien pudiendo servirse de ella, priorizar su entrega creativa a los innumerables tentáculos con que se expresa el marketing, tampoco su séptimo paso por los estudios de grabación ha inundado meses antes las múltiples herramientas de difusión. Al contrario que el personaje -una clara metáfora sobre la vanidad- que parece haber alentado la imaginación de este actual episodio compositivo, Jack White no necesita ser invadido por el frío artístico en busca de lucir alhajas, más todavía cuando su más reciente repertorio asume la continuidad, en cuanto a esencia rítmica, del orgánico y virulento trabajo predecesor, “No Name”, interrumpiendo una discografía individual previa rastreadora de innovaciones y experimentaciones. Asentado por lo tanto en ese regreso al lugar primigenio donde el envite directo, y certero, obra como ley básica, sin embargo no se pueden obviar algunos matices diferenciadores -que no esenciales- en un disco especialmente diestro en exhibir músculo por encima de rapidez (aunque la haya, y mucha), generando un episodio más de aplastamiento que de embestida.

La furibunda naturaleza sonora del disco, diseñada en compañía de la banda actual que custodia sus visitas a los escenarios, significa el vestido escogido para ensalzar el talle de un concepto retorcido y casi existencialista sobre el que se sostiene el álbum. Sus textos, al igual que su manifestación rítmica, se revuelven airados pero sobre todo incómodos con el contexto temporal que les ha tocado en suerte habitar, no siendo pocos los esfuerzos desplegados para desalojar dicha esclavitud cronológica, un proceso asumido igualmente por la propia naturaleza musical del disco, empeñada en retornar, bajo aprendizajes contemporáneos, en busca del fuego primigenio. Una suerte de desubicación -artística y existencial- trasladada a una muy particular y desconsolada fábula que ejerce como libre adaptación de esa aspiración anárquica, o por lo menos de algunas pequeñas pero lacerantes partículas de ella, esgrimida por Henry David Thoreau o Walt Whitman. Una utopía que, aunque desprendida de su bonhomía original con el fin de adoptar un ánimo más irascible y cínico, en su esencia late la común urgencia por reconfigurar unas rutas y destinos dictados por trazo ajeno.

Si como asegura la Biblia, el inicio era el verbo, en el decálogo de este apóstol eléctrico, el principio siempre nos dirige hacia unos hercúleos riffs que en el tema "G.O.D. And The Broken Ribs" flirtean con una sonoridad casi industrial para edificar otro comienzo, en este caso el que situó a Adán y Eva entre llamadas al pecado y renuncias a la inmortalidad. Un Jardín del Edén cubierto de escarcha y reinterpretado como un nuevo punto de arranque salvaje, sin ataduras morales y con un ajuar musical listo para sonar a gran volumen y que incluye desde los Stones hasta Urban Dance Squad. Dos referencias de recorrido tan dispar que verlos reunidos en un mismo enunciado solo es posible cuando hace hablar a sus seis cuerdas Jack White, emitiendo un armazón por el que resbalar locuciones casi rapeadas en "Neighbors Blues" o recitar, previa conferencia con los más actuales proyectos de Jon Spencer, una petición de insolencia versiculada por esa identificativa y anacrónica narrativa “bluesera” en “Derecho Demonico”. Un regreso a los orígenes emprendido a través de un volcán de lava que emana de la apocalíptica "Raising The Grain", una búsqueda -a la que somos invitados a través de sus gritos inaugurales y cogidos de la mano por Gun Club- del paraje donde a más grados pueda hervir la sangre. Sinfonías de controlada estridencia que le permiten, gracias a "Making Contact", erigirse como rey de Escandinavia, o al menos de sus salvajes vástagos roqueros, un cetro que sin embargo no le impide ser víctima de la ácida metáfora recogida en dicha canción, un desaire a quienes hablan de sanar los pecados ajenos pero que en realidad solo pretenden expandir su única verdad.

En el cauce arrebatado y tumultuoso por el que se mueve el disco, las continuas marejadas en dirección hacia décadas pretéritas se conjugan con el oleaje característico del músico estadounidense, malabarista capaz de hacer que sus ritmos abstractos asuman una presencia especialmente pegadiza, milagro obrado por ejemplo en "Thick As Thieves". El diálogo con los riffs “hendrixianos” de "There’s Nobody There", o la elaboración onomatopéyica asignada a los disfuncionales Bonnie and Clyde que protagonizan "I Can’t Believe What I’m Hearing", son inquietantes expresiones rítmicas que se condensan literariamente en "Nobody Knows", santificación de la incertidumbre como piedra filosofal. Vacilaciones reflexivas que conducen a un destino estilístico hecho de costuras múltiples y variadas conjugadas para engendrar sus propias entidades en forma de piezas de mestiza ascendencia. La ruta hacia el ancestral Mississippi con que se anuncia "Dollar Bill", acaba reconducido hacia una localización cercana al radio de acción de la psicodelia setentera, mientras que el funk sureño de "All Alone Again" transporta el bochorno climático a una ígnea moraleja que nos aconseja quemar el pajar entero como forma resolutiva de hallar la codiciada aguja. Catastrofismo epicúreo, donde el siempre sobrevenible fallo no puede eximirnos del denodado intento, alentado en "You’ll Never Fix Me" por ese hard rock impetuoso y melódico de -unos especialmente asilvestrados- Cheap Trick que también visita "She’s In A Frenzy", radiografía social de un tiempo donde la mentira deja de serlo cuando es respaldada por una propaganda lo suficientemente bien vendida. Embustes, apariencias y falsas verdades alejadas de un disco, y un autor, que conoce de cerca lo que significa el éxito desmedido y sus monstruos, terroríficas figuras que combate con un imponente repertorio decidido a desvelar esa verdad que no siempre queremos conocer.

Muy probablemente, "Frozen Charlotte” no habría podido surgir sin la existencia de "No Name", y no solo como lógico antecesor temporal, sino principalmente por lo que significó en cuanto a reverdecer ese instinto más primitivo y desgarrado que, hasta ese momento sustituido por el no menos encomiable coraje para ensanchar sus vías expresivas, parecía en hibernación. En consonancia con ese registro más áspero, su actual disco construye en paralelo una fábula apócrifa sobre esa truculenta historia decimonónica atraída hasta el presente, un traslado al que también acompaña una propia interpretación de lo que significan esos vetustos sonidos. Quizás este repertorio no se presente tanto como un ejercicio de golpeo directo, pero sus afilados y nada homogéneos vértices se perciben como un fascinante y demoledor cubo de Rubik que resulta imposible de resolver; y ese es su principal y gran talento. Jack White ha entonado, encomendándose a su visceral azul eléctrico, una propia asimilación de aquella lejana balada lúgubre, señalando la puerta de entrada a esa realidad donde pretenden hacer pasar por un vestido de gala lo que no es sino una indumentaria hecha jirones.

Festival Cruïlla: Himnos intergeneracionales


Parc del Fòrum, Barcelona. 9, 10 y 11 de julio del 2026. 

Texto: Àlex Guimerà. 
Fotografías: Desi Estévez. 

La edición número 16 del Festival Cruïlla ha confirmado a un evento que nació en Mataró y que se ha consolidado a lo largo de los años como uno de los grandes festivales del Estado, pero que ha sabido diferenciarse con una identidad definida por huir de las etiquetas y cruzar estilos, propuestas y sensibilidades musicales. No en vano, a lo largo de los cuatro días que ha durado la presente edición han desfilado mas de 72.000 asistentes, la mayoría locales, lo que contrasta con el Primavera Sound, festival que atrae a muchos extranjeros. 

Para la ocasión, la jornada inaugural del miércoles ofreció un cartel más destinado al público joven en contraste a la segunda jornada del jueves que estuvo mas enfocada al indie de los noventa, por lo que se llenó de un público más maduro que disfrutó ante unos escenarios del recinto del Forum a los que lleva acudiendo desde hace más de veinte años, ya sea en el Primavera Sound, en el extinto Summer Case o en el propio Cruïlla que ha terminado por ser su festival favorito. Para las jornadas el viernes y el sábado el Cruïlla nos tenía reservados nombres legendarios como David Byrne o Black Crowes que se mezclaron con propuestas como Jovanotti, Two Door Cinema Club, The Hives o los locales Els Pets, La Ludwig Band o Rigoberta Bandini. Por algo los propios organizadores han reconocido a la actual edición como la que ha reunido un mejor cartel. Pero volvamos al jueves, una jornada marcada por las altas temperaturas y por las malditas coincidencias en la programación. 

STANDSTILL (Escenario Estrella)

Apenas abierto el recinto, los primeros asistentes se fueron acumulando ante la banda barcelonesa Standstill que venía a ofrecer las canciones de “Viva la guerra” (2006), un disco que acaba de cumplir los veinte años. Ataviados de negro la formación demostró sus capacidades instrumentales y su cohesión encima del escenario en piezas como “1 2 3 sombra” o “Por qué me llamas a estas horas?”. Guitarras, teclados, redobles de batería, coros y la imponente voz de Enric Montefusco al frente para celebrar la vuelta de una de nuestras grandes bandas de indie rock. Muy aclamada fue “Cuando”, sobre la que Enric comentó que había tenido un gran e inesperado éxito en México, antesala de ese verso “me voy a inventar un plan” de su gran éxito, “Adelante Bonaparte (I)” de su homónimo disco conceptual que cerró deliciosamente un directo que fue programado demasiado pronto pero del que la banda no esperaba tantos asistentes. Por si fuera poco nos anunciaron que tienen un disco grabado que saldrá este otoño y que se titulará “La fábrica” con novela gráfica incluida. 

MISHIMA (Escenario Occident)

La primera aparición en el festival de los también locales Mishima hizo que tuviéramos que renunciar a la potente Maika Makovski, pero la elección mereció la pena. Ya de inicio con la banda tocando una pieza instrumental y el carismático David Caravén abordando los teclados demostró cómo el rodaje de esta banda les ha llevado a tener un sonido compacto y bien definido en esa propuesta tan indie que les diferencia del resto del panorama del pop cantado en catalán. El segundo de a bordo, un Dani Vega poderoso a la guitarra y hábil a la mandolina, remó para que fluyeran clásicos como “Tornaràs a tremolar”, “Guspira, estel o carícia” o “Un lloc que no recordi”, con los fraseos de la grave voz de un simpático Caravén que reconoció entre el público a muchos de los fans que les han seguido desde sus inicios allá por 2003. Fantástica la oda al alcohólico “L´última ressaca” con su desarrollo final y sobre todo la que cerró el set “Tot torna a començar” con ese ritmo tan “Be My Baby” de las Ronnettes. Mishima son unos clásicos del pop catalán y por fin se les hizo justicia con su participación en el festival. 

GARBAGE (Escenario Estrella)

Repitiendo participación, la formación norteamericana sigue atrayendo a sus conciertos gracias a sus dos primeros álbumes, los potentes “Garbage” (1995) y “Version 2.0” (1998), aunque lo primero que escuchamos fue la banda sonora de Twin Peaks con la que los músicos se fueron colocando a sus puestos para comenzar con su último trabajo “Let All That We Imagine Be Light” del año pasado con el pulpo asomando por las pantallas. Sin embargo la cosa arrancó de lleno cuando sonaron las marchosas “I Think I’ m Paranoid” y “Stupid Girl” con una Shirley Manson liderando el cotarro. Guitarras poderosas, ambientes siniestros y pinceladas de electrónica para una banda que también interpetó “Cherry Lips (Go Baby Go)” o una versión de “Lovesong” de The Cure que bordaron bastante, y para la recta final los trallazos de “When I Grow Up”, “Push It” o la memorable “Only Happy When It Rains”. Poderosos y dinámicos. 

SUEDE (Escenario Occident)

Con apenas aliento, y teniendo que renunciar a unos de nuestros favoritos como son Sidonie (mala programación de bandas), acudimos al pie del escenario de unos Suede que repetían su presencia en la ciudad tras su paso en marzo por la sala Razz. Con sus dos formidables últimos álbumes como excusa el show dio comienzo con el post punk de “Disitengrate”, con la letra de la canción transcrita en las pantallas. Astuto truco para intentar que la audiencia conecte con las recientes canciones, cosa que tuvo lugar con la potente “Personality Disorder”, la bailonga “Dancing With The Europeans”o la canción que Brett Anderson dedicó a su madre “She Stills Lead On Me”. 

Pero la hora y cuarto programada se centró sobre todo en el repertorio clásico de la banda, hablamos de sus discos de los noventa “Suede” (1994), “Dog Man Star” (1995), “Comming Up” (1997) y aunque menor “ Head Music” (1999). Fue de este modo como enloquecimos saltando con unas tempranas “Trash” (ojo en poco tiempo pasamos de garbage a trash) , “Animal Nitrate”o “The Drowners”, movimos el esqueleto con “Filmstar” y “ Can't Get Enought” o nos emocionamos con “Everything Will Flow”, aunque quizás sobró la versión acústica de “She’ s In Fashion”. De nuevo Brett Anderson demostró que es una bestia escénica, agitando a la multitud, saltando, bajando entre el público o lanzando el micrófono, si bien, los límites horarios hicieron que no se pudiera regodear bien. Los momentos para las baladas fueron para “Two Of Us” (desgraciadamente la única del “Dog Man Star” que sonó) y la reciente “June Rain” con Brett tumbado en el suelo y lanzando todo el dramatismo ante nuestros ojos. La recta final no dejó tregua con “So Young”, la punk “Metal Mickey” y los lalalás de “Beautiful Ones”. Los reyes del pop británico de los noventa volvieron a reinar. 

PIXIES (Escenario Estrella)

Qué maravillosa es la banda de Boston. Cierto es que sus mejores días han pasado ya, y que sus cuatro primeros discos no han sido superados por sus trabajos tras la reunificación (con Kim Deal fuera). Pero lo cierto es que siguen manufacturando grandes canciones y ofreciendo sensacionales conciertos como el que cerró el jueves. 

El cuarteto formado por Black Francis (o Frank Black según prefieran), Joey Santiago, David Lovering y la reciente incorporación Emma Richardson no necesitan mas que sus instrumentos y su destreza para catapultar un cancionero inalcanzable por la inmensa mayoría de bandas del indie rock. Impertérritos encima del escenario y concentrados en sus labores, la banda encendió a lo largo de una hora y media a un público nostálgico del rock alternativo de los noventa, en los que mandaban las guitarras, las baterías y los gritos. Y qué decir de esas estructuras de las canciones que tanto marcaron a las bandas alternativas de los noventa y sin las cuales no sé si habrían podido alcanzar el éxito los Nirvana de Kurt Cobain. Hablo de esas alternancias de acústicas y eléctricas, de zonas bajas con estruendos y subidas desgarradoras, que combinan melodía y furia con pocos acordes de diferencia. Y eso es lo que pudimos gozar de lleno, desde los ritmos de acústica de “Nimrod’ s Son" con ese fraseo “you are the son of a motherfucker”, a la melodía pop de la reciente (es de 2013 o sea que eso es relativo) “Greens & Blue”, el himno saltarín “Here Comes Your Man” , los divertimentos en castellano “Vamos” o “Isla de la Encantá”, el bajo hipnótico de “Gouge Away”, dos versiones de “Wave Of Mutilation” (la descafeinada para el final), gemas ocultas del “Doolittle” (“Crackity Jones”, “Mr. Grieves”, “Hey”) o los riffs desgarradores de “Bone Machine”. También hubo tiempo para las versiones con la maravillosa “Winterlong” de Neil Young o la aguerrida “Head On” de los Jesus & Mary Chain. 

El cuarteto impasible, sin mediar palabra, canción a canción, no les hacía falta decir nada. Frank tocando la acústica con la técnica del ventilador y demostrando que tiene el vozarrón intacto, Joey tras la gorra demostrando que es un auténtico guitar hero, David aporreando la batería en ocasiones agarrando las baquetas en modo jazz, pero siempre contundente. Y Emma clavando las notas desde el bajo y aportando su voz, cumpliendo el papel que primero hizo la líder de los Breeders y hasta hace poco hizo Paz Lenchantin. Y, cómo no, todos engrasados acabaron regalando auténticos trallazos con “Debaser” y “Where Is My Mind”, auténticos himnos de esa generación que no quiso perderse a la legendaria banda de Boston esa noche calurosa de julio.