Noches del Botánico, Madrid. Miércoles, 10 de junio del 2026.
Texto y fotografías: Guillermo García Domingo.
Big Thief es el antídoto perfecto para eso que Simon Reynolds denomina “retromanía” en su ensayo del mismo nombre; es “la adicción del pop a su propio pasado”, como reza el subtítulo, precisando aún más. Dice Hans Laguna que “a Reynolds le preocupa que la música popular, invadida por las fuerzas regresivas de la nostalgia, se esté debilitando”. Si hubiera asistido al concierto ofrecido por el grupo estadounidense (Adrianne Lenker, Buck Meek, y James Krivchenia, con la incorporación del bajista Joshua Crumbly) habría respirado aliviado. Big Thief es el presente vivo y ardiente de la música, como supo reconocer el veterano Ata Khan, que junto a su grupo, gracias a media docena de canciones vitalistas, situó a la audiencia en la predisposición adecuada con su propuesta en la que fusiona la electrónica y otros géneros urbanos con los ritmos de África Occidental. Su actitud arrolladora en el escenario contagió a todo el mundo, pese al papel difícil que siempre tiene que afrontar el que tiene que intervenir en primer lugar en estos formatos dobles del Botánico.
Había una hoguera imaginaria prendida en el centro del escenario del jardín botánico complutense hacia la que se giran los miembros de la banda norteamericana. No dieron la espalda al público, por supuesto, ni fueron displicentes, mantuvieron en todo momento una actitud de pudor encantador, alejados del exhibicionismo de otras dudosas “estrellas”. Pero ese giro de casi 45 grados hacia un centro imaginario es tan decisivo. Tocan muy juntos, no ocupan todo el escenario ni mucho menos. Se asemejan a una orquesta de cámara. Cada uno concentrado en lo suyo y al mismo tiempo al servicio de cada una de las canciones siempre sorprendentes que defienden con una convicción fuera de lo normal. Es una banda creada hace 10 años, y en esa década, no es tanto tiempo, han alcanzado una maestría sensacional como conjunto.
No me importa reconocer que he descubierto no hace mucho a esta banda, así que acudía con una actitud de recién llegado al concierto, lo que al contrario de lo que podría pensarse, fue beneficioso porque descubrí varias cosas estimulantes que quiero compartir con los lectores de El Giradiscos.
En primer lugar, los seguidores de Big Thief no dan nada por sentado antes de cada canción, porque no saben con qué tema les van a sorprender los estadounidenses. En el recital de Madrid (el miércoles, 10 de junio) tocaron 13 canciones distintas respecto al concierto del día anterior en Sevilla. Este hecho bastante inusual provoca una excitación muy singular entre los asistentes a los conciertos que además guardan un silencio reverencial cuando algunos temas así lo requieren. En este concierto en particular no fueron muchos porque el cuarteto se inclinó por temas en los que las guitarras gozaban de más protagonismo. En el amplio espectro que abarca este grupo, éste se decidió por el lado del rock. La interpretación temprana, muy aguerrida, de “Not” ofreció la pauta seguida a lo largo de todo el concierto. “Mr. Man”, la siguiente canción, lo corroboró por si acaso quedaban dudas.
A propósito de esto último, es necesario señalar lo bien que se complementan las formas divergentes de entender este instrumento de Beek y Adrianne Lenker. El primero es más discreto, aunque los sonidos que obtiene de la guitarra son muy poco convencionales, mientras que Lenke opta por otra clase de punteo y distorsiona la guitarra con mucha frecuencia. El miércoles quedó patente que es una guitarrista sobresaliente.
La personalidad de la vocalista es uno de tantos alicientes de esta banda; su voz engañosamente frágil es irresistible. Sirva como ejemplo la interpretación de “Forgive The Dream”. Su propia carrera en solitario es una muestra de ello. Es sorprendente y esclarecedor sobre las relaciones interpersonales dentro de la banda que la primera canción que interpretaron, “Bloom”, forme parte del repertorio en solitario de la cantante. Defendieron un repertorio muy ecléctico, prestando atención a todos sus discos, sin excepción. Del más reciente “Double Infinity” interpretaron solamente “Incomprehensible”, en el ecuador del concierto. Qué descomunal versión en vivo. Este disco en concreto se grabó con 11 músicos tocando a la vez en el estudio. En directo son solamente 4, como hemos mencionado, y no se resienten las canciones, que incluso adquieren más vigor como ocurrió precisamente con “Incomprehensible”.
Otro aspecto digno de ser destacado de Big Thief es el modo en que introducen las canciones. Las afinaciones de la guitarra, ciertas notas dubitativas, algunos gestos de reconocimiento entre los miembros de la banda confluyen al inicio y se arremolinan hasta que la canción toma cuerpo y se levanta con una solidez que hace unos segundos parecía realmente impensable. Lo hacen con una naturalidad desconcertante. Es un pequeño milagro, al igual que esos acontecimientos imperceptibles para la mayoría a los que aluden las letras, pero que no pasan desapercibidos para Big Thief, cuyas letras habrían despertado la admiración de los filósofos trascendentalistas norteamericanos del siglo XIX. Estas introducciones falsamente imperfectas estuvieron presentes en “Space and Time” y “Shoulders”. Dicho esto, tampoco conviene perderse por nada del mundo las largas extensiones en las que el grupo se deleita. El epílogo de “Christmas Day” nos dejó sin palabras, así como el solo de guitarra de Adrianne en la increíble “Simulation Swarm”.
Para los bises recuperaron una versión más acelerada de “Change” y la vibrante y rara elegía amorosa de “Masterpiece”, con un Meek más extrovertido al micrófono. No hay mejor resumen para describir un concierto de “obras maestras” a cargo de un puñado de genios precoces.





