Germán Salto: “He decidido hacer las canciones que me salen naturalmente”


Por: Javier González. 
Fotografía: Sara Irazábal.

En esta casa llevamos ya muchos años siguiendo la pista del bueno de Germán Salto con sumo interés. Lo hacíamos antes, cuando bajo el apelativo de Salto daba rienda suelta a su atinada pulsión creativa escribiendo bellas canciones interpretadas en inglés, y seguimos haciéndolo ahora, en esta nueva etapa que inauguró con su anterior y homónimo trabajo, sorprendiendo a propios extraños con un trabajo de enfoque más pop y orquestal cantando en castellano, dejando claro que a su paleta de composición le sientan fantásticamente bien todo tipo de trajes. 

Vuelve ahora a una senda más reconocible con “Ojo de Bife”, otra acertada colección de temas que recorren la amplia etiqueta de la “americana”, aunando pegada y matices, afinando y afilando sus textos para llegar a cotas expresivas muy altas que hacen de éste nuevo álbum el mejor de una cada vez más amplia trayectoria. 

Tuvimos el placer de asaltarle a horas intempestivas, recién aterrizado en Orlando, circunstancia que no fue impedimento para mantener una ágil, cercana y bonita conversación donde todo giró en torno a la música y al proceso creativo con la que pudimos conocer más de cerca a un tipo francamente interesante. 

Hace un par de meses editaste el que hasta la fecha es el último trabajo de tu discografía, “Ojo de Bife”. En este punto del camino y con la experiencia que dan los años y los discos, ¿cómo se afronta cada edición de un nuevo trabajo? 

Germán: Diría que depende mucho de los casos. En el mío con mucha ilusión y cada vez menos miedo. El primer disco lo haces pensando que lo escucharán dos personas, después, cada poco caso que te hacen, son como toneladas de presión por lo que sufres en el proceso de grabación. Después llega un punto en que te das cuenta que nada es tan importante, lo realmente bonito es que te guste a ti y lo disfrutes. Este trabajo para mí ha sido una gran experiencia, quizás tenga que ver la producción de Ricky, básicamente porque producir no es solamente hacer arreglos y poner micrófonos, sino también hacer sentir cómodo al artista. 

Un álbum que marca una nueva vuelta de tuerca en tu andadura, sobre todo si lo comparamos con el anterior y homónimo “Germán Salto”, donde buscabas unas sonoridades puramente más pop y barrocas, en la onda de Burt Bacharach, que ahora dan paso a canciones más rockeras con una notable influencia de la amplia etiqueta que se esconde bajo la “americana”. ¿A qué responde este nuevo quiebro en la orientación sonora? 

Germán: Diría que realmente el terreno en que mejor me manejo es éste, creo que es mi sitio. En el anterior disco me apetecía buscar otras sonoridades. Me hace gracia cuando la gente te comenta, “no me pega que te guste este artista”. Al final escuchamos muchos estilos de música, seguro que a ti también te ocurre. Personalmente al Germán melómano le apetecía hacer un disco de pop más barroco y orquestal, andaba obsesionado con ese tipo de canciones. Una vez hecho, pensé que no tendría mucho sentido hacer otro en esa línea, no creo que tuviera mucho que aportar a ese mundo. Decidí hacer canciones que me salen más naturalmente. Me encanta Burt Bacharach, pero mi wrapped de Spotify diría que escucho más a Bob Dylan (risas). 

“Hacer un disco de americana inofensivo y bonito, no sería mi estilo” 

Escuchando atentamente las canciones, se descubre un interesante juego. Se podría decir que no te cortas a la hora de trabajar con unas bases rítmicas potentes y unas guitarras más afiladas de lo que pueda parecer en primeros acercamientos, pero a la vez no dejas de lado el cuidado de los matices y arreglos convertidos en una absoluta delicia. ¿Hasta qué punto es complicado encontrar el equilibrio para que ambas fuerzas convivan en armonía? 

Germán: No es algo premeditado, pero según te escuchaba es algo que pienso mucho. Quizás un disco de Sufjan Stevens no necesita un punto de rabia. Me pasa a veces una cosa con los discos “bellos”, creo que si no consigues que sean una obra maestra, que será mi caso siempre, suelo echar en falta más pegada. Por ejemplo, al escuchar discos que Pete Dello hizo en solitario tras Honeybus siento que me encantan, pero creo que para llegar a una nota de diez le faltan los dos pepinazos rockeros que hubieran incluido su comparación más cercana habitualmente que son The Kinks. Hacer un disco de americana inofensivo y bonito, no sería mi estilo. Empecé siendo guitarrista de rock, mi guitarra favorito es Neil Young, por mucho que me acerca a la americana necesito mala baba. Es un poco lo que hace Mathew Sweet con sus discos, podrían ser trabajos muy bonitos, tipo Beach Boys, sin embargo, se junta con Rober Quine, Evan Julian y Richard Lloyd, dando un toque más rockero que me encanta. No es algo premeditado, pero ahora que lo dices, los trabajos que me gustan tienen algo de eso. 

“Al cantar en inglés, me ofendía cuando me decían que hacer letras así era más fácil que en castellano, ahora creo que es cierto” 

Otro elemento a destacar es el asentamiento del castellano como vehículo de transmisión, algo que viene del anterior trabajo, pero que ahora se reafirma. ¿Podemos afirmar que definitivamente Germán Salto se queda aquí para no variar más? ¿De qué forma ha afectado a tus letras la rica y complicada rítmica de nuestro idioma? 

Germán: A lo primero te diría que sí, en principio. No descarto que me apetezca hacer un disco en inglés y que lo haga. Normalmente compongo pensando en inglés, me es más fácil. Luego por encima pongo una letra en castellano. De pronto estás haciéndolo así, lo pasas al castellano y no sabes si va a funcionar. La métrica y rítmica me mata. Tratamos de hacer una versión de “Refugee” de Tom Petty, si te fijas todo son monosílabos hasta llegar al “Refugee”. También andábamos adaptando una versión de “So You Want to be a Rock ´n´ Roll Star” de The Byrds con la ayuda de Ferrán Pontán, letrista de Egon Soda, que quedó bien. Sin embargo “Refugee” fue imposible, lo intenté, pero quedaba ridícula cortando las palabras a medias con una melodía como esa. Un día hablando con Tim Easton, le pregunté sobre cómo hacer una letra en inglés, tenía dudas por si incluía cosas que estuvieran mal y me contestaba que ellos juegan con el lenguaje. Su frase fue “Bob Dylan lo hace”. Básicamente venía a decir: “si no existe, pero te hace falta, lo metes y existirá”. En castellano no es así, si no existe quedará mal. En inglés te lo legitima Tim y me anima a hacerlo (risas). Aquí soy incapaz. La parte de que todo el mundo vaya a entender lo que cantas hace que te esfuerces más. Al cantar en inglés, me ofendía cuando me decían que hacer letras así era más fácil que en castellano, ahora creo que es cierto. 

“Me cuesta encontrar gente que haga buenas letras en nuestro panorama” 

A nivel de letras. ¿Podemos afirmar que es el mejor de cuantos discos has editado? 

Germán: Sí, sin lugar a dudas. Estoy muy orgulloso de las letras del álbum. Con el anterior hay bastantes cosas que están bien, pero la diferencia con este es abismal. Además, es algo que echo de menos con las letras que escucho dentro de nuestra escena. Me cuesta encontrar gente que haga buenas letras, me puede gustar la melodía, pero no conecto mucho con las bandas españolas en lo que cuentan. Es algo en lo que me esfuerzo mucho y creo que ha quedad bastante bien. 

En las mismas da la sensación de que te has quedado realmente a gusto, jugando a veces con figuras más poéticas, pero sin olvidar citas totalmente explícitas y algún que otro ajuste de cuentas como pueda ocurrir en “Viento cruzado” y “Rompecabeza”. ¿Estamos en lo cierto? 

Germán: Sí, totalmente. “Viento cruzado” va dirigida a mí, hecha en tercera persona, pero para mí. “Rompecabeza” no es mía, la hizo Ferrán Pontón, es la única que no he escrito, aunque es cierto que está basada en lo que le mandé, puede haber algo de eso. Para mí el ajusta de cuentas más obvio es “Aspas Contrarias”, donde directamente digo “Vas con las pintas del puto Mike Love y sin rastro de talento”. No me preguntes porqué, pero he llegado a esa edad viejuna donde no me tengo que callar nada. 

Otro bombazo absoluto es “Si te marchas”, donde la huella de Tom Petty es innegable… 

Germán: Me alegra que me lo digas. Me han dicho de todo tipo de influencias en esta canción: Calamaro, Mathew Sweet…Coincide que cuando íbamos a grabar el disco andaba leyendo la autobiografía de Mike Campbell. Supongo que al meterme en el estudio a grabar, leyendo eso, juegas a ser una estrella del rock y emular a Tom Petty. 

En “Te Oí Decir” te haces acompañar por Nina de Juan y Ricky Falkner, vaya regalazo, buen instrumentista, productor e intérprete. 

Germán: Exactamente. Me atrevo a decir que, amistades aparte, pues ambos son mis hermanos, Ricky me parece el mejor cantante español. Él seguramente citaría en tal categoría a Carlos Tarque y varios más, pero personalmente el que más me emociona es Ricky. Aunque no hubiera producido el disco le hubiera llamado de necesitar un dueto con un hombre. Y lo de Nina viene dado por tocar juntos muchos años, no se me ocurre llamar a otra persona. Seguro que ella de hacerlo me hubiera dicho “De qué vas”. Son mis voces favoritas, masculina y femenina, de España. Escucho la canción y estoy deseando que llegue su parte. Es un auténtico regalo. 

“Enrique Urquijo es una influencia muy grande para mí” 

A nivel musical, podemos rastrear las huellas de genios como Tom Petty, Neil Young, Bob Dylan y The Byrds, aunque debo confesarte que personalmente me emociona mucho más entroncarte con referentes patrios como CRAG o Enrique Urquijo, algo que ocurre en “Sobre la Maleza”, una auténtica pasada, y “Aspas Contrarias”, donde hay una forma de trabajar las voces que bien podría arrimarte a Los Brincos. 

Germán: Totalmente. Cuando hacíamos “Aspas Contrarias”, que finalmente empiezo y luego entran las voces en el segundo verso, la idea original era entrar varias voces arrancando y Ricky me dijo “si quieres hacerte un Brincos, te metería más alto”, vamos, que los tuvimos en la boca. Me encantan CRAG y Enrique Urquijo, que nunca me lo habían nombrado ni en entrevista ni reseña. Mis padres eran muy fans, sobre todo mi madre, de niño eran mi infancia. Hay canciones de ellos que me llevaría a una isla desierta, a pesar de que si las conociera ahora no serían de mis favoritas. Es ponerme “Hoy No”, me transporta al pasado más feliz del mundo y me quiero quedar allí a vivir. Enrique Urquijo es una influencia muy grande. Estás acertando en todas. 

No puedo resistirme a comentarte que la apertura de “La Carne y el hueso” me ha parecido una auténtica belleza, podría caer en bucle en esa intro y dedicarme a soñar durante horas… 

Germán: Muchas gracias. Lo vimos clarísimo, pensamos que era fenomenal entrar así con esa magia del pedal Steel de David Soler, una auténtica bestia. Se incorporó en la grabación en Tarragona y mejoraba cada tema que tocaba. Me gusta mucha la sonoridad de toda la canción, la verdad. 

“Íñigo Bregel y Ricky Falkner son dos auténticos genios” 

Vienes de trabajar con dos auténticos genios de nuestra música Iñigo Bregel y Ricky Falkner, cuyas aventuras en bandas es equiparable a su calidad como productores. ¿Qué diferencias encuentras entre su forma de hacer? ¿Qué busca cada uno de ellos en sus producciones? 

Germán: Hay muchos matices. Son dos genios absolutos para mí. El disco anterior sin Iñigo hubiera sido distinto y peor, estoy seguro. Tiene un conocimiento musical que tiene, escribe partituras para músicos de cuerda. Es una cosa que me supera. Son muy distintos, Iñigo es muy progresivo. A veces le decía “hay que sonar a Tom Petty o Neil Young” y él me decía “qué coñazo, no me jodas”. Los dos son los bajistas y productores de los álbumes, donde uno mete siete notas, el otro una. Uno es más sobrecargado, hay mucha información, toda acertada, Ricky hace virtud de la pequeñez, haciendo que todo sea bonito, pero con más minimalismo. Se nota que Ricky ha grabado bastantes más discos de momento, por ejemplo, con Iñigo todo fue muy fluido, pero con una canción, “Arder, Humo y Desaparecer”, estuvimos semanas peleados sobre cómo hacerla. Le llamé y le dije, “Iñigo, muchas gracias, pero el disco es mío y se va a hacer así”, diciendo ya está. Otro productor se hubiera callado, pero él no, me dijo “Germán, te estás equivocando”. Volví a darle una vuelta, llegamos a un sitio muy bonito gracias a su insistencia. Ricky es más de los que te convence sin que te des cuenta, parece que lo has decidido tú, pero no, al final hace lo que él quiere. Me encantaría volver a grabar con los dos, son auténticos genios. 

Siempre que he pensado en ti, me ha llamado la atención el hecho de saber que tienes una doble vida, como si fueras un súper héroe. Por un lado, eres piloto de avión, realizando vuelos transoceánicos, y a la vez un músico con una reputada trayectoria. ¿De qué forma afecto todo esto al proceso compositivo de cada disco? Lo digo porque normalmente se tiende a la mística de decir que los creadores se aíslan del ruido cuando andan en mitad del proceso de hacer canciones, algo que imagino en tu caso es imposible. 

Germán: En mi caso es imposible. Ahora mismo estoy en Orlando, me he traído la guitarra. Piensa que normalmente me levanto a horas absurdas, las cuales aprovecho para estar tocando y componiendo. Al estar expuesto a tantos estímulos, viajar, volar, ver otras ciudades… creo que se llena el pozo de la inspiración. Es cierto que en el momento exacto de componer necesito estar solo, porque para mí componer implica soledad. El resto de mi vida estoy ocupado, los días que vuelvo a Madrid tengo que hacer todos los planes que tengo pendientes por haber volado. 

“Antes pensaba que no era auténtico por no dedicarme solo a la música, con los años me he dado cuenta que es todo lo contrario” 

¿Hasta qué punto da seguridad para musicalmente hacer lo que uno realmente quiere el hecho de tener un trabajo que se presupone estable? 

Germán: Hace años me hacía sufrir la idea de ver a amigos dejar todo por la música. Pensaba que no era auténtico. También creía que mientras ellos hacían diez conciertos, solamente podría hacer uno. Era algo que me hacía torturarme. Con los años me he dado cuenta que es lo contrario. Ahora hablo con ellos y muchos se cambiarían por mí. Hacer lo que te de la gana y que la música fuera disfrute. Obviamente me encantaría gustar a cuanto más gente mejor, pero no necesito profesionalizar cada decisión para tener un sueldo. Hago los discos que me gustan, espero que gusten, pero pase lo que pase, sigo pagando el alquiler y no pasa nada. Esto me hace hacer la música que quiero y no sufrir. Algunos amigos músicos exitosos saben que hoy todo puede ir bien, pero el mañana es incierto. Eso yo no lo tengo. 

¿Qué tal están funcionando las primeras fechas de la gira de presentación? 

Germán: Estoy muy contento al respecto. Llevo una banda que me hace muy feliz. Somos cinco, uno de ellos con pedal Steel. La idea es tocar el disco nuevo entero y gran parte del anterior, casi todo en castellano. Rescataré alguna de la época en inglés, pero hacer un disco repartido en idiomas no me gusta nada. Iré eliminando las canciones en inglés. Estoy orgulloso de mi trayectoria, pero quiero hacer conciertos de Germán Salto, no un híbrido con Salto. 

Mil gracias, Germán. Ha sido un auténtico placer. Enhorabuena por el auténtico discazo que te has marcado. 

Germán: Muchas gracias. Ha sido un gusto. Un abrazo grande.

Simon Goddard: "Ziggyología: La Breve Historia de David Bowie y Ziggy Stardust”


Por: Txema Mañeru. 

Realmente nos encontramos ante la “Enciclopedia” sobre el legendario disco de Bowie, “Ziggy Stardust”. Para muchos su mejor disco y desde luego que el más influyente y decisivo en su trayectoria. Obra clave del glam-rock, aunque a mí casi me gusta más aún el “Hunky Dory”. Me encanta el consejo que pone su editorial, Ondas del Espacio: “Para leerse a máximo volumen”. Entre las 350 ricas páginas, tenemos un capítulo de 16 totalmente fotográfico titulado “Como Se Crea a Un Hombre de las Estrellas”. Entre sus buenas fotografías en blanco y negro con varias, por supuesto, del propio Bowie, tenemos también a músicos como Little Richard, Vince Taylor, Iggy Pop, pero también a Andy Warhol, el vaquero Stardust o Alex y sus otros compañeros de “La Naranja Mecánica”. También la calle que aparecía en la portada del disco o la cabina telefónica de la contraportada.

El original en inglés se publicó en 2013 y la buena traducción actual la ha firmado Javier Peleteiro, todo envuelto en tapas duras y preciosa portada. Goddard es autor de otro destacado libro publicado en Ondas del Espacio. Te hablamos de “The Smiths 1982-87. Canciones Que Te Salvaron La Vida” que recibió inmejorables críticas muy justificadas. Es un experto en Bowie y se nota, siendo creador de la serie “Bowie Odissey” y siendo considerado “Bowie Odissey 70” el libro del año para el Sunday Times. 

Aquí tenemos la guía completa sobre cómo David Bowie dio forma a uno de los personajes más famosos de la historia del rock, Ziggy Stardust. El libro aparece ahora en castellano cuando se cumplen diez años de su muerte, aunque Bowie sigue más vivo que nunca. Su primera “muerte” fue mucho antes, cuando acabó en pleno directo con Ziggy Stardust, el mayor invento de la historia de la música pop, el dios del rock que vino de las estrellas, y que impactó al joven Bowie como un rayo caído del cielo.

Estamos en realidad ante 2 libros en uno para saber quién era realmente Ziggy Stardust y conocer de dónde venía. Luego también tenemos la explicación de por qué tuvo que matarlo. El Libro I se titula “El Advenimiento delo Hombre de las Estrellas” y el Libro II, “La Tierra Bajo El Hombre de Las Estrellas”. Entre medias ese ya citado capítulo fotográfico para saber cómo se creó el personaje. Esta es una obra de arqueología pop suprema, desentrañando todas las influencias que dieron vida a Ziggy, desde Elvis y Little Richard hasta Iggy Pop, desde el kabuki hasta Kubrick y “La Naranja Mecánica” y desde H. G. Wells hasta Holst. Un drama épico y breve con su agitada permanencia entre nosotros.

En el magnífico Prefacio Goddard nos explica que esta es la historia de cómo Ziggy entró en la cabeza de Bowie y de lo que ocurrió una vez allí. Es, sobre todo, la historia de Ziggy Stardust, pero solo a veces la de David Bowie. Dice que este libro fue escrito por amor y eso se nota al leerlo, como ratifica un buen Prólogo con cita amplia de Arthur C. Clarke. El Epílogo finaliza diciendo que todos estamos hechos de polvo de estrellas y que todos somos Ziggy Stardust. También nos cuenta lo que les sucedió a todos los músicos y artistas que estuvieron relacionados con tan magna obra. La puedes leer oyendo el disco de Bowie, pero también la buena versión que hicieron del mismo nuestros Capsula. ¡Ziggy Plays Guitar…!

Los Deltonos: “El futuro”


Por: Kepa Arbizu. 

Existe en el ser humano una querencia casi antropológica por descuidar afectivamente aquello que consideramos prácticamente innato a nuestra historia personal. Dicho de otra manera, desatendemos todo lo que percibimos -erróneamente- como imposible de desvanecerse en un momento dado. Trasladado al ámbito musical, resulta una nada recomendable costumbre no valorar como se merecen en el presente propuestas que han formado parte desde nuestra inaugural irrupción en este hábitat ruidoso. Una indolencia respecto a lo que entendemos como perenne juzgada en la mayoría de las ocasiones a través de la forma más trágica posible, cuando las necrológicas, creativa o existencialmente hablando, ya no dejan espacio para subsanar dicho desinterés. Por eso, conviene ponderar en su justa medida cada nuevo paso dado por una formación como Los Deltonos, y por extensión la de su principal y ubicuo cerebro, Hendrik Röver, que lleva cuatro décadas agitando con talento el no siempre fértil suelo del rock and roll. Su más reciente, y sobresaliente, episodio, “El futuro”, es una furiosa y vital llamada de atención para, probablemente de manera indirecta, recordarnos que no solo siguen aquí, sino que son capaces de atronar en su manifestación.

Una presencia, la de la banda cántabra, que no se ha limitado simplemente a resistir estática gracias al privilegio que le otorga su abolengo; su camino a lo largo del tiempo se identifica con el desempeño, precisamente, de no ser un mero nombre sostenido por la veteranía, sino un contenido en constante mutación, como lo puede atestiguar una discografía que se ha movido entre diversas formulaciones. Una trayectoria que, no menos meritorio en ese oficio de renunciar a la complacencia, nunca ha recurrido a regodearse en viejos éxitos ni ha sucumbido a enmascararse con el rostro recomendado por los mercaderes de la llamada actualidad. Su identidad, por suerte, se ha erguido como una propiedad innegociable que podrá ser orientada según las propias pasiones dicten en cada momento, pero el suelo sobre el que se posa firme, sigue repleto de grasa y octanaje eléctrico.

Reconvertidos en trío en sus últimos trabajos, alianza que reúne a Hendrik Röver, junto a Javi Arias (batería) y Sergio "Tutu" Rodríguez (batería), el resurgimiento de dicho formato responde y alienta una apuesta por afilar y aportar más músculo a su expresividad instrumental, la que parece estar siempre presta a acumular ferocidad y volumen. Pero al margen de esa envalentonada puesta en escena, “El futuro” contiene un muy identificativo rango melódico que en absoluto interrumpe, sino que espolea, dicha representativa demostración vigorosa. Una mezcla de cualidades, a la que hay que añadir una vía de escape en sus textos más trascendente, sin invisibilizar el ácido sarcasmo del verbo de su compositor, expuesta desde el inaugural y titular tema, introducido por esos virulentos fraseos eléctricos que ya cuentan con la denominación de origen cántabra. Acumulando en sus riffs el docto crepitar del blues, el boogie, el hard rock y hasta el funk, o lo que es lo mismo, una tradición que va de Magic Slim a The Muggs pasando por George Thorogood o ZZ Top, sin embargo dicha talentosa estridencia funciona como aposento para un pegadizo dibujo vocal, palabras que deletrean al mañana como el resultado de lo que nuestro lapicero esté dispuesto a escribir.

Pero el nombre escogido por el álbum no es una referencia metafísica que pretenda interpelar al ser humano exclusivamente en su manifestación individual y particular, se trata de algo mucho más complejo y sobre todo extensivo. Un retrato en el que tampoco escasean las paradas en el conflicto singular, ya sea el celebrado en nuestro cerebro a través de lo que llamamos conciencia y con clara propensión al insomnio, escenificado en “Indecisión” bajo un introductorio paso de blues casi con aroma a pesquisa detectivesca que deviene en en un descomunal ejercicio de contundencia, como representado en el resurgimiento del personaje “Andrés Muñiz”, “actor” incluido de nuevo en el plantel tras su pasada presentación en “Repartiendo”. Una figura que, escoltado de unas trepidantes bases rítmicas, encarna esa sombra -de puños siempre prestos para adornar el baile- que se niega a ser engullida por una historia, en mayúsculas, que pretende ser escrita incluso tapiando nuestras firmes certezas, las que piden paso a través del vigoroso rock and roll de “El día aquel”, furiosa vindicación de la infalibilidad de lo que ven nuestros ojos.

Cada paso adelante que acometemos desentrañando este disco es en paralelo la aleación de piezas que conducen a la configuración de una fotografía social que utiliza el “deltoniano”, o “roveriano” si se prefiere, costumbrismo como herramienta para cincelar episodios de afilada ironía. Acidez que se propaga con elegante consistencia hacia ese gran bazar, también virtual, que habitamos invocado en “El mal menor” o que se enfrenta, guiada por una slide que traslada el legado de Muddy Waters, a esa insolente pubertad que, parafraseando a Rosendo, pierde mucha fuerza en la saliva. Con el disfraz de fábula “orwelliana”, “Había una vez”, repunta el carácter explosivo del hard rock para señalar la hoja de ruta construida para que el rebaño circule con orden, un itinerario que incluye la asunción de ser carne de cañón para más gloria de banderas e intereses estratégicos, objetivo embestido por el punzante y dinámico rock americano en la apátrida tonada de “La campana”, en la que seguro no les importaría ser citados, por ejemplo, a Bottle Rockets. Una maleable elaboración del acervo clásico que también tiene la puerta abierta en “La fuerza” para una esporádica resucitación de Hank, aquel proyecto powerpopero que ya tuvo más espacio en el anterior álbum, “Evolución”, y que sorprende todavía más en el lisérgico ambiente de “El color de los tiempos”, tan cerca de Doors como de Al Kooper, donde aflora la incertidumbre que identifica a esta parada en el calendario. 

A la alegría que supone encontrar nuevos motivos para seguir vertiendo alabanzas sobre Los Deltonos, se suma lo más importante, y es que esas palabras de agradecimiento respecto a su música no pueden sonar repetitivas, como tampoco lo hace su música; este disco consigue, tras superar la veintena de trabajos bajo el auspicio cántabro, lograr un rasgo identificativo y distintivo, ya sea en su aportación musical como lírica. Su persistencia como formación merece un elogio cronológico pero sobre todo creativo, ofreciéndonos inéditas razones para brindar en presente por su existencia. Ni el apocalíptico “Meteorito”, que irónicamente planea extremadamente melódico para rugir en su explosión, ni la arquetípica composición de la banda, “Naufragio”, y su Leviatán, sea en forma de monstruo marino o de encadenamiento normativo, serán capaces de robarnos la idea de que tras la niebla de ese horizonte que se se atisba en la portada de “El futuro” no exista al menos alguna pasibilidad de que asomen rayos de sol. Quizás no sean muy cálidos, tampoco probablemente prolongados en el tiempo, pero su sola existencia debe de ser acicate más que suficiente para no dejar el mañana en manos del destino o permitir que nuestro futuro sea escrito por otros, porque nunca nadie ha conseguido conjugar la libertad en cabeza ajena.

Joaquín Pascual: “No hay nada que hacer por el romanticismo”


Por: J.J. Caballero. 

Cuando un artista consagrado, que hace tiempo decidió vivir al margen de las concesiones de la industria, empieza a ser consciente de la importancia y el legado que las generaciones presentes y futuras serán capaces (o no) de gestionar, cualquier giro, matiz o contrapunto que adorne su carrera debe ser bienvenido, por mucho que ello pueda desconcertar a propios o despistar a extraños. 

A estas alturas, el nombre de Joaquín Pascual ya está indisolublemente ligado a la explosión del rock independiente que asoló, por saturación, el panorama musical de la década de los noventa y aledaños; pero a su vez también su marca lleva aparejada una capacidad de resiliencia, convicción y sí, independencia que a lo largo de los años y ya siete discos largos, colaboraciones y temas dispersos aparte, ha quedado sobradamente demostrada. En este nuevo capítulo titulado “No hay nada que hacer por el romanticismo” apela a una de sus peculiares observaciones cuando de abordar el desencanto vital se trata, pura filosofía de salón –el hecho de convertirse en abuelo puede que también haya tenido algo que ver- como excusa para grabar unas cuantas canciones en las que decanta influencias no por conocidas menos estimulantes.

Si en “Baladas para un atraco”, su entrega de 2023, colocaba el piano como hilo conductor, ahora lo sustituye por unas guitarras más aguerridas de lo habitual para descomponer el existencialismo que atraviesa la mayoría de sus letras, con paradas puntuales en estaciones costumbristas como las que abre en “Por el bien de la gente” y la preciosa y plácida “La ventana”, que junto a la emocionante chispa pop de “Medio desnudos” podrían conformar el capítulo “clásico” del disco, sin que ello sea sinónimo de nada pero a la vez esencia de todo lo que podemos escuchar aquí. El ala oscura de la Velvet Underground planea sobre “La felicidad”, donde seguramente brilla la melodía más rotunda, y el apasionado glam rock de T Rex impulsa el ritmo de “El caos”, en una versión camuflada y musculosa. La psicodelia suave a la que es tan aficionado empuja en “Con toda la fuerza” y el impulso guitarrero hace avanzar al tema titular con idéntico desparpajo. El catálogo de Pascual sigue intacto y surte el mismo efecto, que es de lo que se trata.

Sin olvidar otras manos amigas que siempre estuvieron ahí, como la de sus adorados Pixies en “Todo es posible”, todo en este disco parece sonar en el espacio y tiempo para el que fueron pensados. Desde la sobria portada, obra de su hermano Miguel, hasta el último y medido acorde. Eso, viniendo de quien viene, ya es mucho, y de seguir así, la próxima vez será aún más y mejor.

Howlin' Wolf: El lobo feroz de la historia del blues


Por: Kepa Arbizu. 

Literariamente sería muy jugoso escribir que Chester Arthur Burnett, más adelante apodado Howlin' Wolf por su imponente complexión física, vino al mundo un diez de junio de 1910 entonando un prominente aullido, pero la más pura lógica indica que, al igual que cualquier otro niño, inauguró su vida con un estridente llanto. Un lamento que, a su manera, condensaba la incómoda bienvenida que le tenía preparada la existencia, ubicada en uno de esos remotos lugares, llamado White Station y situado a medio camino entre Aberdeen y West Point, en Mississippi, donde nadie se detendría si no fuera estrictamente obligatorio. Poco decoroso presente, ocupando un nuevo esqueje de ese árbol familiar que se secaba al sol en las interminables jornadas trabajando en las plantaciones de algodón, para quien sin embargo acabaría escribiendo un futuro sonoro que, medio siglo después de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976, todavía se sigue conjugando a través de su herencia artística. Un ilustre emplazamiento en la historia que sus primeros versos se enunciaban dramáticos, porque a las miserias económicas se añadían el pronto divorcio de sus padres y la defenestración por parte de su madre, escenario que significaba ser cuidado -que no educado- por su tío abuelo, Will Young, casi tan devoto predicador de la palabra de Dios -a la que acompañaba con sus cantos un todavía “lobezno”- como del látigo blandido por el diablo cotidiano. 

No como una revelación musical, sino como una invitación a la supervivencia, su traslado al icónico enclave del Delta de Mississippi sin embargo le acercó, física y artísticamente, a uno de los héroes que allí moraba, Charley Patton, al que observaba deslumbrado durante sus actuaciones y que llegó a convertirse en su mentor. Instrucción en el arte de la guitarra que, dicho de paso nunca llegó a absorber con la maestría de su profesor, no fue tan relevante como contemplar aquella llamativa y fascinante puesta en escena, digna de los más atribulados showmans que pueblan hoy día las tablas. Recogiendo migajas inspiracionales depositadas por la escucha de los discos de Blind Lemon Jefferson, Ma Rainey, Lonnie Johnson o incluso del campestre Jimmie Rodgers, y asido al bastón de mando de otro tutor llamado Rice Miller, más conocido como Sonny Boy Williamson II, en la armónica, aptitudes que tampoco interiorizó a la altura de lo mostrado, sus habilidades se habían desarrollado ya lo suficiente como para emprender camino, cuando sus abnegadas tareas agrícolas se lo permitían, en busca de depositar sus primeras huellas en un circuito de locales de problemática reputación que sin embargo acogían a una cohorte de almas errantes, entre ellos también Robert Lockwood Jr., Robert Johnson o Son House, que sin saberlo estaban construyendo la rutilante biografía de un género musical.

La segunda mitad de la década de los años treinta aguardaba a la descomunal presencia, con casi dos metros de altura y más de 135 kilos, de Howlin' Wolf, apodo sujeto a la habitual ristra de relatos apócrifos que sin embargo no era si no la continuación de otros como "Big Foot Chester" y "Bull Cow", que resaltaba una descomunal fisionomía armada de una guitarra -ya eléctrica- y una armónica, todo puesto al servicio de una virulenta forma de interpretar que decoraba con sus característicos aullidos. Una naturaleza salvaje desplegada incluso lejos de los escenarios, andanzas especialmente escabrosas cuando remiten a una pelea mortal que le hizo desaparecer durante un tiempo. Breve hiato interrumpido por la llamada de otro afluente sangriento, en este caso la declaración de la II Guerra Mundial, a la que fue destinado a través de diferentes emplazamientos, todos ellos alejados de la acción bélica y dedicados a la intendencia. Sin abandonar incluso su vocación musical en plena contienda, cantando para deleite de sus compañeros, el regreso a la vida civil, previo paso por su hogar para continuar sus trabajos en el campo, significó encontrar su propia “manada” sonora, entre la que se encontraban entre otros el armonicista Junior Parker o el furibundo tañer en la guitarra de Willie Johnson, complemento idóneo para una voz que se sentía especialmente cómoda vagando por las estepas musicales más áridas.

El natural destino hacia los estudios de grabación tuvo como canalizador al mítico Sam Phillips, descubridor también de Elvis Presley, quien halló en las hondas hertzianas, cuando intercalaba sus actuaciones con la venta de productos agrícolas en un programa de la KWEM, el talento de un Howlin' Wolf que inauguraba así su trayectoria discográfica. Y lo hacía de forma simultánea, porque dado el estado embrionario de lo que luego sería Sun Records, su función por aquel entonces era abastecer a otros sellos, cosa que hizo con esas primeros canciones, entre las que destacaban "Moanin' at Midnight" - presentada con un estremecedor y telúrico murmuro- o "How Many More Years", distribuyéndolas en paralelo a RPM y Chess Records. Un conflicto de intereses que acabarían con el músico instalado en Chicago y formando parte de la alineación “ajedrecista”, entonando una comunión determinada a reformular el sonido del blues.

Su establecimiento en la “ciudad del viento”, más allá de su valor estratégico y comercial, consolidó una escena entorno a dicho enclave que tutelaba el desarrollo del género, tomando la influencia del primitivo sonido del Delta para electrificarlo y adecuarlo a un contexto urbanita. Cualidades que abanderó Howlin' Wolf, quien pronto encontró en el guitarrista Hubert Sumlin una alianza creativa de magno y extenso resultado. Su aportación intercambiaba la estridencia pasada por un talento que obviaba el lógico encadenado de acordes para focalizarse en uno solo que, repetido machaconamente, sostenía un libre ejercicio solista, convirtiendo el arraigo ancestral en una primitiva renovación. Cualidades que ya se atisbaban en un primer disco, “Moanin' in the Moonlight”, recolección de unas iniciales grabaciones que incluían las exitosas "Evil (Is Going On)" o “Smokestack Lightning" , que reunía a músicos de la talla de Otis Spann o Ike Turner, y es que el gigante intérprete, más allá de su fama de osco, era por encima de todo un ejemplo de profesionalidad y de -algo no tan habitual en aquella época- buen pagador. Características que significaban que su voz no era solo la huracanada presentación de sus canciones, sino también la ley principal que acatar.

Como si una disputa de tintes mafiosos se tratase, el monopolio musical en Chicago se dirimía entre nuestro protagonista y Muddy Waters, una tensión -regada de una relación más amistosa de lo que parecía- que, de paso, servía para espolear todavía más las cualidades de ambos e instaurar todo un escenario global de grandes composiciones. Muchas de ellas, en el caso sobre todo de Howlin' Wolf, eran engendradas por la firma del ex púgil y contrabajista Willy Dixon, autor de confianza para los dos y responsable casi en su totalidad de un homónimo segundo disco que asentaba y entronizaba, gracias a temas como "The Red Rooster","Spoonful" o "Back Door Man”, a un “lobo” que había pasado de cazar en solitario a convertirse en una influencia y referencia esencial. Canciones que no pasaban desapercibidas para bandas emergentes -más adelante canónicas en el rock and roll- que veían en ellas el ingrediente necesario para fertilizar sus carreras. 

Fue precisamente gracias a la admiración expresada por los Stones, con los que compartiría plató de televisión en una actuación, o los Yardbirds respecto a su obra lo que amainó las consecuencias de un cambio de ciclo, y el lógico deterioro comercial del blues en detrimento del rock o el pop, producido en los años sesenta. La llamada desde Europa por conocer y disfrutar in situ de quien firmaba algunas de las canciones idolatradas por esas nuevas bandas, le permitió embarcarse en el American Folk Blues Festival y poder recorrer ciudades del viejo continente. Un resurgimiento especialmente bien aprovechado en su caso acudiendo al amparo de la savia nueva, escoltándose de la escena psicodélica del momento en “The Howlin' Wolf Album” (un ejercicio que ya hizo, con mejor resultado, Muddy Waters en “Electric Mud”) o junto a inminentes luminarias como Eric Clapton Steve Winwood,Charlie Watts o Bill Wyman para dar forma a “The London Howlin' Wolf Sessions”. Conexión intergeneracional que no obviaba la necesidad de reivindicar el poder de unas viejas glorias obstinadas en no perder su trono, una defensa de su hegemonía representada en el álbum “The Super Super Blues Band”, confraternización dispuesta junto a Muddy Waters y Bo Diddley, Un tránsito de década, hacia los setenta, que lo hacía con varios infartos y unos castigados y maltrechos riñones pero todavía capaz de publicar discos con material nuevo tan estimables como “The Back Door Wolf”, o incluso realizar una actuación arrebatadora en el International Amphitheatre de Chicago, en la que tuvo que ser reanimado al terminar, escasos meses antes de su fallecimiento, el 10 de enero de 1976. Un último escenario por el que también pasaron esa misma jornada B.B. King, Albert King,Luther Allison, y O. V. Wright, que sin saberlo habían oficiado un anticipado sepelio por ese gigante aullador.

Howlin' Wolf no fue un brillante instrumentista, ni con la guitarra ni soplando la harmónica, tampoco muchas de sus canciones llevaban su firma, pero posiblemente alguien con la salvaje atracción que era capaz de transmitir no lo necesitaba; él era el necesario e irreproducible epicentro del huracán que representaba su música. Casi dos metros de altura y más de 130 kilos que exhalaban un aullido que, en realidad, nunca dejó de ser la reproducción de aquel primer desconsolado llanto con el que un niño se preguntaba por qué el destino sigue ofreciendo al ser humano lugares y épocas equivocadas donde nacer.

Maria Iskariot: “Tocamos para canalizar todo lo que no podemos controlar”


Por: Javier González. 
Fotografías: Tina Lewis.

El punk flamenco tiene nombre de mujer, mucha mala baba y una capacidad innegable para facturar canciones que se meten bien dentro para impulsarte a pasar a la acción. Maria Iskariot acaban de debutar con su primer Lp, “Wereldwaan”, editado con sumo acierto por parte de nuestros paisanos de Montgrí, siempre ávidos por mejorar las prestaciones de una escudería que graba a parte de los mejores proyectos del ámbito estatal, alargando ahora sus tentáculos hasta la escena internacional para fichar a bandas de gran interés como esta que hoy nos ocupa. 

Fascinados ante el poder destructivo que contiene este huracán sonoro, capaz de pasar de la tempestad punk a la calma más arrebatadora en pocos segundos, nos hemos puesto en contacto con la banda para conocer más de cerca su propuesta. Cabe recordar que podremos volver a disfrutar en nuestro país de su directo en enero de 2026 en el marco de una mini gira que las llevará a recorrer alguna de las principales ciudades de la geografía estatal. Personalmente no se me ocurre una mejor forma de comenzar el año que acudiendo a una buena sala a disfrutar de esta absoluta maravilla que responde al nombre de Maria Iskariot.

¿Cómo os sentís en el seno de la banda tras la publicación de vuestro primer trabajo en formato Lp, “Wereldwaan”? 

Helena: Aliviada, algo intermedio entre dar a luz y defecar. Solo necesitaba salir, dar cabida a nuevas cosas. 

“Vivir en el siglo XXI supone estar atrapado entre diferentes realidades a través de una interminable serie de pantallas” 

Os debemos felicitar por la calidad del mismo, vuestro sonido es potente, rotundo y profundamente rabioso. ¿De dónde surge tanta energía a la hora de facturar canciones?

Helena: Tocamos música para canalizar todo lo que no podemos controlar. Y como hay mucho que no podemos controlar, hay mucha emoción. Nos adentramos en lo que es vivir en el siglo XXI: estar atrapado entre diferentes realidades a través de una interminable serie de pantallas: verlo todo como un dios, pero no poder hacer nada al respecto porque eres humano, limitado en el espacio y el tiempo. Aun así, puedes cambiar las cosas, pero la sobrecarga de sufrimiento a veces te hace creer que ni siquiera vale la pena intentarlo. 

“La música debe tener el poder de conmoverte” 

Una de las características que definen a la banda es que decidieron cantar en holandés en lugar de idiomas más internacionales como el inglés. ¿A qué se debe esto? ¿No les preocupa que esto pueda afectar el éxito comercial de la banda? 

Helena: No fue una decisión política consciente. El flamenco es nuestra lengua materna, así que simplemente surgió de forma natural. Sobre el éxito comercial: nunca esperamos poder ir al extranjero, simplemente no lo vimos como una posibilidad. Empiezas a hacer música porque te encanta, porque te hace sentir bien. Luego tocas con gente afín y te encanta aún más. El éxito comercial no era lo que pensábamos en primer lugar, el lugar donde tocaríamos no era nuestra mayor preocupación, lo que importaba era que pudiéramos tocar. Cambiar nuestras letras al inglés ahora no me parecería bien. Sería como una traición. Cuando tocamos en Bélgica o los Países Bajos, la gente no entiende del todo lo que canto, pero es normal, sobre todo con música más dura. No se supone que escuches como si estuvieras leyendo un libro; la música debe conmoverte. Se trata de la energía. Aun así, las letras importan mucho, y soy muy exigente con ellas. Cada palabra es importante. Así que solo espero que cuando la gente las escuche en casa o busque las letras, se les abra una nueva dimensión de Maria Iskariot. Traducir las letras no es un problema, pero deberías hacerlo tú mismo para crear tu propia realidad. Esto se debe a que las palabras en sí mismas tienen poder, la poesía es parte del lenguaje. Si traduces, te centras más en el significado y, por supuesto, pierdes la estética o el sentimiento. Estamos obsesionados con el significado, pero no todo gira en torno al significado. Saber esto y traducirlo tú mismo puede abrir una nueva ventana a tu imaginación. Y de eso se trata la poesía: de ti. Y de nosotros: de lo que te conecta con nosotros. Así que a veces pierdes, a veces ganas. 

“El nombre de Maria Iskariot señala la dualidad de estar vivo” 

Antes de continuar nos apetece tocar dos cuestiones. De un lado, nos ha llamado mucho el doble juego que plantea el nombre de la banda, Maria Iskariot, dos referencias claramente vinculadas con el universo cristiano. ¿A qué queríais hacer referencia al unir ambos términos? 

Helena: Señala la dualidad de estar vivo. Ser un santo pecador, ser un perdedor ganador. No hay vuelta atrás. 

“No soportamos la idea del simbolismo barato”

Por otra parte, sabemos que el proyecto está liderado por Helena Cazaerck, periodista, poeta y activista política. Actualmente, ¿sigue siendo un proyecto solista que se encumbre bajo el nombre de una banda, o podemos hablar ya de un proyecto consolidado como banda al cien por cien? 

Helena: Nos convertimos en una banda en vivo y así es exactamente como queríamos que sonara el álbum: como nosotros: cuatro niños tontos que quieren vivir una vida llena de aventuras y que no quieren trabajos aburridos. Hemos pasado tanto tiempo juntos, nos hemos convertido en un organismo con una visión compartida, pero aun así todos tenemos nuestras propias identidades, que se representan en la música a través de nuestras elecciones musicales. Queremos crear, queremos explorar, queremos crecer como seres humanos. Lo que estamos creando está vivo, crece y seguirá tomando diferentes formas. Lo más importante es que lo ames y que nos implique mutuamente: nos amamos en las buenas y en las malas. Además, no soy activista. Describirme como activista sería, de hecho, un insulto a los verdaderos activistas, a quienes admiro y respeto profundamente, como Greta Thunberg. Elegimos no ondear banderas en el escenario porque no soportamos la idea de cosechar dinero o fama con ello sin hacer un sacrificio real. No soportamos la idea del simbolismo barato y creemos que es contraproducente: demasiada acción simbólica reduce la presión, dando la idea de hacer algo bueno, sin que se cambie nada estructural. Hacemos música para canalizar lo que no podemos comprender; nos mantiene vivos y cuerdos, eso es todo. 

Habéis tocado en diferentes lugares de Europa durante más de cien noches. ¿De qué forma habéis utilizado toda esa experiencia a la hora de grabar “Wereldwaan”? 

Sybe: La energía y la crudeza que tenemos en esta banda definen quiénes somos, y a la gente pareció gustarle. Por eso nos pareció muy importante capturar esa energía y la esencia de la banda en este álbum, tal como lo hacemos en vivo. Al tocar tanto en vivo, nos hemos convertido en mucho más que una banda. Somos los mejores amigos y nos hemos convertido en una familia. Nos hemos vuelto tan cercanos que nos conocemos mejor que a nosotros mismos. Eso es lo que define nuestra música, el álbum que hicimos y todo lo que haremos en el futuro. 

A pesar de que no entendemos las letras, no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que habláis de un mundo en conflicto al que cantáis con una mezcla de desesperanza/esperanza y con una visión bastante crítica de la realidad social y política. ¿Nos hemos dejado alguna referencia por el camino? ¿Qué os ha impulsado a tocar estas temáticas tan concretas? 

Helena: Lo he comentado en la pregunta dos. Puede ser político o social; esa es la belleza de la poesía: la mantenemos abierta para ti, para que tengas espacio para descubrirte a ti mismo. Eso es lo que busco en cada canción. Intentamos expresarnos sin dominarte con significados preconcebidos. 

Es curioso, el trabajo está editado por una compañía de nuestro país como es Montgrí. ¿Cómo surgió la oportunidad de grabar para ellos? ¿Qué os ha seducido de su oferta para decantaros por su propuesta? 

Loeke: Para empezar, grabamos con Arjan Bogaert de Barefoot Recording Studio. Capturó a la perfección nuestros sonidos en directo, tal como queríamos. El estudio está en la campiña flamenca. Simbólicamente, es precioso pensar que la música que compusimos en nuestro salón y luego grabamos en la campiña, llegó a nuestros amigos españoles de Montgrí para ser impresa por ellos. Montgrí nos contactó después de un vídeo de Instagram de una sesión en directo de nuestra canción Leugenaar. Tras muchas videollamadas, finalmente conocimos a Gon y María de Montgrí en Torremolinos el verano pasado, cuando tocamos en Canela Party. Formamos una pareja perfecta. 

“Waaromdaarom” y “Dat Vind ik Lekeer” son dos auténtico temazos cargados de energía punk, que bien os podrían emparentar con otras jóvenes rockeras aguerridas como Lambrini Girls. ¿Está el punk volviendo a resurgir como forma de expresión para mujeres jóvenes con ganas de que las cosas cambien? 

Helena: Solo queremos jugar y vivir aventuras. Estamos inmensamente agradecidas por este tipo de apoyo. No nos estresa, porque hemos encontrado la manera de crear algo que no se basa en la perfección. El mundo está obsesionado con la perfección, el bótox y las tonterías de la vigilancia por todas partes. Y aun así: aquí estamos con nuestra belleza imperfecta, aplaudida por muchos. Es una bendición. Cómetelo, papi. 

“Me encantan Pixies, su energía, rareza y absurdo, todo ello combinado en canciones pegadizas y melódicas” 

“Rozemarijn” y “Zes Bekers” son temas que tienen una estructura muy cercana al universo sonoro de los Pixies, a quienes por cierto versionáis en “Tijm”. ¿Se trata de una banda que os haya servido como influencia? 

Helena: Es la primera banda de la que me enamoré y con la que me identifiqué de adolescente. Me encanta su energía, su rareza, su absurdo, todo ello combinado en canciones pegadizas y melodiosas. Sin duda, nos inspiraron a crear música cruda, enérgica, pero a la vez melódica. 

El disco se cierra con “Niets Gaat Verloren”, una canción sutil y delicada que rompe con la temática general del disco. ¿A qué se debe este hecho? ¿Era vuestra forma de demostrar que también sabéis ser sutiles y delicadas? 

Helena: En realidad, es una maqueta que grabamos cuando nos quedamos en casa de unos amigos para trabajar en nuestra música. Había un piano un poco torcido, y lo tocamos una vez; inmediatamente tuvo algo mágico. Decidimos incluirlo en el álbum así, porque para nosotros es como un abrazo, el cálido abrazo de la amistad después de un álbum lleno de desesperación. Queríamos terminar el álbum con alegría, cantando como idiotas, como niños tontos, dando a entender que el mundo es solo una estrella flotante en el espacio y que, al poner los problemas en perspectiva, es cuestión de elegir entre la comedia o la tragedia. 

Hace unos meses tuvimos la oportunidad de disfrutar de vuestro directo en Torremolinos, en el marco de un gran festival como es el Canela Party. ¿Qué os parece el público de nuestro país? ¿Qué valoración os merece un festival de este tipo?
 
Sybe: Fue una oportunidad increíble para nosotros tocar en este festival increíble en un lugar tan bonito. Era nuestra primera vez en España, así que es un poco pronto para decir cómo es el público, pero todos estaban bailando y saltando y nos sentimos muy bienvenidos. 

“Vamos allá donde haya alguien con ganas de escuchar punk flamenco” 

Sois una banda con vocación internacional, asentada cada vez más en Europa, donde comenzáis a contar con un público fiel. ¿Cómo se organizan las giras que implican recorrer tantos kilómetros fuera de vuestro país? 

Amanda: Tenemos un gran equipo trabajando entre bastidores que lo hace todo posible, y felicitaciones a nuestro increíble tour manager por mantenernos con vida. Para ser sinceros, probablemente hayamos visitado más gasolineras que locales, pero los kilómetros y la distancia no importan. Somos básicamente una gran familia y la furgoneta es nuestro hogar en la carretera, así que nos subimos y vamos a donde sea que haya alguien con ganas de escuchar punk flamenco. 

¿Qué otras bandas underground belgas nos recomendáis no perder de vista? 

Helena: No Prisoners es la nueva banda de algunos músicos conocidos de la legendaria banda belga Raketkanon. Cambiaron el metal por el punk, con un estilo sucio y conciertos explosivos. Descubre Machines are for weirdo’s y Kim Tank, los otros proyectos de Sybe. Debes escuchar Ao, banda belga que canta en portugués. Y también a Yummie Mouths, Lezard, Videotrauma, Guru Guru y Hickey Underworld. 

Muchas gracias por vuestro tiempo. Nos encanta vuestra música. 

Helena: ¡Gracias por tus bonitas preguntas!

Fernando Rubio: “Luzzy”


Por: Juanjo Frontera. 

Uno pudo llegar a pensar, en un pasado no muy remoto, que los discos en directo eran algo demodé. Pero, caray, estos tiempos parecen empeñados en demostrarnos que estábamos de lo más equivocado. Que sí Nick Cave, que sí Depeche Mode, que si los Radiadores y ahora también nuestro querido, nuestro queridísimo, Fernando Rubio. Y la verdad, precisamente por eso, porque es un músico tan, tan adorable, sobre todo en este formato, en el escenario donde se crece como un gigante, que precisamente él se empeñe en regalarnos un disco en directo, me parece la mejor de las noticias. 

Grabado en una noche de noviembre del año pasado (2024) en el marco del Cartagena Jazz Festival, o sea, en casa, este cedé (el músico humilde, lamentablemente, no puede permitirse otros formatos) muestra su espectáculo en el máximo nivel de esplendor. Como siempre ha merecido un músico que es excelencia pura. Tanto en su faceta de sideman (el disco está dedicado a la memoria del recientemente desaparecido Nacho Para en cuya Bantastic Fand, militó durante años), como en una carrera en solitario que ya cuenta con cuatro discazos y que, por tanto, merecía su correspondiente repaso. 

Y él se lo da (el repaso), a su público, como siempre: con esas maneras de honrado orfebre, de genio sin pretensiones de serlo que ofrece sus diamantes en envoltorio de caramelos. Pero un envoltorio de lujo, eso sí. El sonido del Salón de Actos del Centro Cultural Ramón Alfonso Luzzy de la ciudad murciana sin duda hizo justicia al sonido de una banda, los Inner Demons, que aquí estuvo especialmente pletórica. 

Desde el inicio, con un “Reborn again” que se recrea muy a gusto en su apertura, el repertorio es un diez sobre diez. En la mezcla que ha llegado al disco, la base instrumental está exquisita, permitiendo que la sedosa y cómplice voz de Fernando se explaye a través de maravillas pop como “It Ain’t over” o fabulosas revisitaciones del “Beast of burden” de los Stones. Por el camino, se mueven entre retazos de torch song (“Last Night I Dreamed of you”), coqueteos con el reggae (“Give what you don’t have”), lecciones de blues rock (“Get Down”), o plegarias al dios Dylan (“Cheap chinese guitar”), que dan fiel muestra de la talla del artista del que hablamos. Un gigante en piel de humilde (pero orgulloso) obrero de las seis cuerdas.

La cosa sigue. Y se arriesgan con más versiones, como el “Cry” del ahora tan celebrado músico de Nueva Orleans Jon Battiste, que representa, precisamente, el tipo de música americana que le gusta a Rubio: la que mezcla bien mezclado lo blanco y lo negro, sin necios distingos, sin tapujos. Lo demuestran “It won’t take too long”, el rescate de “Tides”, de su primer disco, la de nuevo blusera “Sad Sad Day”, la siempre infalible “Thank you for being there” o esa súper propina que se marcan con un “A town called malice” de The Jam, que cumple el dificilísimo reto de sonar a gloria, cuando eso, en cualquier otra voz que no sea la de Paul Weller, es normalmente misión imposible.

Con ella se cierra un disco en directo de esos que ya no se consideraban necesarios hace unos años y que ahora se han convertido en el más bonito de los souvenirs que uno compra a la salida de un concierto que le ha gustado mucho, como suele ser el caso en los de Fernando y su banda. Porque ahora la música rock, pop, o como quieran llamarla, vive, más que en ninguna otra época, en los escenarios. Es donde está más vigente, donde aún cuenta lo que tiene que contar. Y es más que justo que discos tan acertados como este dejen testimonio de ello.