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The Speedways: Nada nuevo, ni falta que hace


Sala Hangar, Córdoba. Martes, 22 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

Puede que al power pop le sobren padrinos y le falten nuevos ahijados. A un género fundamental para entender la evolución de la música popular, en su más amplia definición, se le unen cada temporada nombres que basan su estilo y su forma de entender el sonido en fórmulas anteriores, en ocasiones sobreexplotadas y en otros casos poco comprendidas. El caso de The Speedways, londinenses de nacimiento y vocación, es uno más entre los muchos que se empeñan en eternizar unas normas de ejecución, fundamentadas en la energía de unas melodías diseñadas al milímetro, que no por consabidas o previsibles dejan de emocionar y de hacernos celebrar el viejo dicho de que el rock and roll son tres acordes y varios kilos de imaginación. Ellos son cuatro jóvenes guerreros de la causa y se presentan en una gira española que les ocupa más de diez fechas por salas de cierto prestigio en la escena con las mejores credenciales posibles: Representan la nueva y más preparada generación.

En un martes de calima y falso fin del suplicio estival arribaron a la sala Hangar por obra y gracia, una vez más, de los amigos de El Colectivo, empeñados una y otra vez en concienciar a la capital cordobesa (tarea harto complicada) de que existen otras formas, otros caminos y otras herramientas para que la música apartada de los márgenes del mainstream suene con los altavoces debidos y en el momento que sea oportuno. La apuesta sigue siendo arriesgada y los números cuadran a duras penas, pero qué sería de nosotros sin gente como ellos, gente con los oídos bien abiertos y preocupados por abrir otros habitualmente perezosos.

Por eso en el escenario se presentó la banda liderada por Matt Julian, que recientemente ha incorporado a la segunda guitarra al estadounidense Dan Spagnolo, encantadísimo de introducir “Luna”, el primer tema grabado con sus nuevos compinches, saludar al público andaluz y de paso degustar algunas de las joyas gastronómicas de las que nos enorgullecemos por aquí. Su recopilatorio irónicamente titulado “Triple platinum” no está lleno de grandes éxitos precisamente ni aparecerá en los rankings de discos más vendidos en resúmenes anuales, pero contiene brillantes regrabaciones de sus primeros temas, a los que les dan nuevo lustre y pegada, por si aún necesitaban más. Se han metido en el estudio a propósito de la ocasión con el tótem Paul Collins para grabar la potente “Angela sincerely”, uno de los temas nuevos junto a “Missed oportunities”, y los intercalan con otras de raíz punk como “Dont’ tell me”, frescas en su esqueleto melódico como “Number 7” o la casi perfecta “In a world without love it’s hard to stay young”. Desempacan el tarro de sus muchas esencias, le dan otra vuelta a las líneas de guitarra, versionan a Nick Lowe en una ajustadísima “Heart of the city” y completan la hora que suelen durar sus bolos con “Tonight you’ll find love” para que el subidón y las buenas sensaciones sean el colofón de una noche inesperadamente provechosa.

Lo dicho, abogados de una causa tan loable como la suya musicalmente hablando hay a patadas en los despachos de las discográficas presentes y futuras. Encontrar un caso en el que lucir tus conocimientos y rebajar las falsas acusaciones hasta el punto de hacer desaparecer el derecho a réplica no está al alcance de cualquiera. Ahí, en ese lugar de privilegio y sin necesidad de recomendaciones, habita la música de The Speedways. Bueno es que todos lo sepan.

Leiva, sentido y sensibilidad en su regreso a Madrid


Movistar Arena, Madrid. Miércoles, 9 de septiembre del 2026. 
Fotos y texto: Ricardo Virtanen.

El regreso a la capital de uno de sus hijos pródigos, con la presentación de cuatro conciertos en el Movistar Arena, solo puede calificarse de regreso triunfal. En efecto, José Miguel Conejo, Leiva (1980), ofreció la noche del miércoles 9 el primero de estos recitales, con cerca de 16.000 almas que abarrotaron el recinto, creando la sensación, muchas veces, de hallarnos en un gigantesco Karaoke temático, centrado en sus inmortales canciones. Porque en este final de gira, llamado “Gigante Tour”, el artista combina temas de su sexto y último trabajo, "Gigante", con éxitos de otros discos (menos del primero, "Diciembre", puesto que la canción “Vis a vis” quedó fuera hoy), más algunas sorpresas de diversa índole. 

Lo evidente es que  ha sabido aunar un perfecto “sentido y sensibilidad” (emoción, razón y nostalgia) en sus directos, auspiciados por la Leiband, unos músicos que lo acompañan desde sus inicios en solitario, y que consiguen transmitir a la perfección un característico “sonido Leiva”. Estos seis músicos son el teclista César Pop y Juanchito Conejo (guitarrista y vocalista de Sidecars y hermano de Leiva), una potente sección rítmica: Manolo Mejías al bajo, y el Niño Bruno a la batería; una mini sección de vientos: Tuli (saxo) y Gato Charro (trompeta), más Mariana Mott: percusión y coros. Ellos conforman el sentido rítmico y armónico de sus canciones, a las cuales les otorgan alma y una ejecución soberbia. La sensibilidad, la melancolía, el buen gusto y el arte de la interpretación —sobre todo— la genera el cantante, quien sabe herir la fibra del más frío de sus fans. Son momentos en que el cantautor eléctrico se bate en solitario con su guitarra en mano (acústica o eléctrica), destripa hígados y enciende corazones. Esto ocurrió en varios momentos del recital: la rotura de sus cascos (“una estadística muy del atleti”, por la reiterada secuencia negativa en otros conciertos), la alusión a un vecino suyo que había perdido un ojo, lo que le hizo solidarizarse con él (al decir que “tener dos ojos es demasiada información”), la presentación de un tema nuevo del próximo disco, grabando tomas del público cantando en estos cuatro conciertos o la interpretación de dos canciones de Robe, la primera, “El hombre pájaro”, emocionado y solo ante el peligro.

El concierto se inició con un primer tramo de seis canciones, sucediéndose sin interrupción alguna. Abrió “Bajo presión”, uno de los temas mejores de "Gigante", del que se interpretaron seis temas, todos en la primera mitad. Sucedieron otros éxitos como “La lluvia en los zapatos”, la homónima “Gigante”, la cañera “Lobos”, “Terriblemente cruel” y “Superpoderes”. Para entonces el público, enfervorizado, ya cantaba a dúo con el madrileño, puesto en pie aunque hubiera asientos. En el turno de presentar “Sincericidio”, Leiva tomó por primera vez la palabra y dio un discurso sobre la importancia del artista a la hora de afrontar un directo de esta magnitud, ya que la mucha experiencia que uno pueda adquirir con los años puede quedar diluida en la nada (refiere, por ejemplo, son más de 20 conciertos en este mismo escenario, pero no se siente nada seguro). A esta siguió otra canción del álbum "Monstruos", “Breaking Bad”, la cual fluyó en el recinto del Movistar de manera delicada y emocionante. Llegó turno de presentar "Gigante" de una manera genérica (salvo la interpretación de “Flecha”, único tema de "Cuando te muerdes el labio", muy cambiado con respecto a la grabación original). Sonó una de mis canciones favoritas del disco: la introspectiva “Ángulo muerto”, donde Leiva, acústica en mano, muestra una clara disección de sí mismo, en una canción que nos recuerda a alguna de sus colaboraciones con su mentor Joaquín Sabina. En ella hallamos versos como perlas del tipo: “la agonía tiene forma de león”, “todo el mundo sabe ya que soy tuerto” o “que desnudo parezco un insecto, y vestido un señor”. Mientras, “Shock y Adrenalina” fue presentada como una clara influencia de Lou Reed. Y sin duda que lo es, pues el riff es un plagio amable de “Sweet Jane”. Lo cierto es que el tema le dio al concierto un aire glam / power pop evidente.

Tras “Cortar por la línea de puntos”, ocurría el mencionado problema con sus cascos, lo que supuso un parón de al menos siete minutos. Todo ello molestó infinito al cantante, quien cabreado e indignado bramó en arameo (como si la situación fuera un problema recurrente en sus conciertos). Tras subsanarse el problema, Leiva introdujo un set delicado de dos canciones. La primera, habíamos dicho arriba, es una balada cuya letra del estribillo había difundido en las redes. Pidió expresamente que no se grabara, ya que pretendía que “el afuera” no se enterara. Una orden, una quimera que, sin embargo, fue bastante aceptada por el respetable. El tema fue interpretado por César Pop, él mismo y dirigido por el saxofonista, que marcaba el compás a la multitud que entonaba el estribillo bastante aprendido. Después le llegó el turno a “El hombre pájaro” (hallada en el último disco de Robe), otra interpretación sublime, portando una de las guitarras acústicas creadas por Francisco Bros, con el nombre de su amigo fallecido. Aquí también soltó otra de las frases de la noche, al hablar de las canciones del cantante de Extremoduro: “Es la diferencia entre los que hacemos música y los genios”. El resultado fue excepcional, delicado, íntimo, parecido a como lo había ya interpretado el pasado verano en el Sonorama.

Sin duda, uno de los momentos cumbres de concierto fue cuando empezaron a encadenarse canciones de su antigua banda Pereza (1999-2011), de la cual, es evidente, no renuncia en absoluto. Algo positivo, porque otorga al repertorio un punto melancólico en muchos de sus seguidores, al tiempo que se recuerdan canciones top instaladas en el imaginario musical del público. De aquella formación se entresacaron cinco éxitos. “Pienso en aquella tarde más lenta” (con magnífico solo de saxo), “Como lo tienes tú” (con una evidente alusión a The Beatles) y “Estrella Polar” fueron las primeras en sonar, alternadas con “No te preocupes por mí”, otro gran tema de "Nuclear". Cada vez se acentuaba más el efecto karaoke en el recinto. La muchedumbre entonaba cada una de estas canciones de Pereza como si no hubiera un mañana, mientras Leiva dejaba partes de las canciones al público en solitario. No obstante, el punto álgido fue, como no podía ser de otra forma, la inmortal “Lady Madrid”, que con un punto acústico en su inicio avanzó con contundencia en su segunda parte. A su final, el cantante se quedó solo con su guitarra, jugó a preguntas y respuestas con el público, finalizando con la Leiband a todo trapo. “Lady Madrid”, el gran éxito de Pereza, cerraba el concierto, y significaba la locura entre los asistentes al Movistar Arena. La canción se partió en dos partes, una segunda preambulada por el propio cantante y su guitarra, creando preguntas / respuestas melódicas, con la colaboración de las 16000 personas presentes, volviendo de nuevo al estribillo para finiquitar de una vez este éxito de antaño. 

La Leiband se había retirado, pero no tardó en salir al estrado para tocar los bises que ya conocíamos de otros conciertos. Entró Leiva solo con su acústica para interpretar “Caída Libre”, el single que Leiva grabó junto a Robe y lanzaba en febrero del año pasado (Robe moriría el 10/12/25), y que se incluiría en el álbum de esta gira. Nos hallamos sin duda ante una obra maestra, cocida a fuego lento por Leiva y el propio Robe. En estas baladas, el bardo de Alameda de Osuna se mueve como nadie, ejerciendo de cantautor, papel que conoce de maravilla. Voz y guitarra dominan un espacio escénico conmovido por el arte, la voz rota (parece haberse recuperado, en parte, de aquella afonía que le alejó de los escenarios un tiempo). Sin duda, fue emocionante ese estribillo mágico y delirante: “Todo tiene luz de probador, / ya no me reconozco / y me importa bien poco. / En cuanto me dé un poco el sol, / me iré a hacer una foto, / a un fotomatón”, que entonaron los miles de asistentes sin la participación del cantante. Para terminar, Leiva encadenaba otros dos pelotazos, con un uso de la iluminación frenética y una banda ofreciendo una rotundidad ejemplar. Primero, “Como si fueras a Morir Mañana”, el gran éxito de su cuarto álbum, Nuclear (2019). Y como último plato exquisito, “Princesas”, otro de los inmortales éxitos de Pereza, que Leiva ha acogido en su seno. Canciones para finiquitar una gira larga (30 conciertos), que exponen lo más granado de este artista. Si bien, hay que poner alguna pega, sin duda esta sería que no hubiera habido algún invitado top (como sí ha ocurrido en otras ciudades, con la participación de Iván Ferreiro, entre otros). Pienso en Dani Martín, Amaral, Fito, Rubén Pozo o Tarque. Quizá sea haya reservado esta baza al cierre del “Tour Gigante” el próximo 30 de septiembre. O sea, pese al disfrute, me quedé con la miel en los labios, aunque al público —seguro— le importó un bledo.

Vive Latino‘26: Caluroso contraste sonoro


Recinto Expo, Zaragoza. 4 y 5 de septiembre de 2026.

Texto y fotografías: Javier Capapé.  

En uno de los fines de semana más calurosos que se recuerdan en un mes de septiembre por estos lares, Zaragoza se dispuso a acoger la quinta edición del festival Vive Latino. Una edición variopinta por su oferta dispar, pero una vez más exitosa y cargada de momentos para guardar por mucho tiempo en nuestras retinas. Hay que advertir de que esta quinta edición, que consolida con firmeza el Vive Latino en la capital aragonesa, ha sido la menos latina, todo sea dicho. Las formaciones del otro lado del Atlántico no han tenido apenas cabida en los escenarios principales, echando de menos grupos de aquella escena difíciles de ver por nuestra tierra y que este festival nos ofrecía la oportunidad de tenerlos cerca. No ha sido esa la prioridad y se han impuesto los artistas nacionales de gran recorrido, de Loquillo a La M.O.D.A. Lo más inesperado podía ser el tontipop de Ojete Calor o la veteranía de Buena Vista All Stars desde Cuba.

Esta vez no pudimos disfrutar de la oferta del viernes, donde destacaba el clasicismo de Loquillo y M Clan como abanderados del rock sin fronteras, así como el pop más edulcorado de Amaia o el emblema generacional en el que se está convirtiendo Rigoberta Bandini. Lo que no fue normal es que una artista de la talla de Julieta Venegas fuese programada para las seis de la tarde, con el inmenso calor cayendo sin medida sobre la explanada del escenario Ambar, el más grande del recinto, pero como decía antes, mandaba lo patrio olvidándonos en cierta medida de la relevancia internacional de carreras como la de la mexicana.

El calor no perdonó tampoco durante la jornada del sábado, pero aquí el Giradiscos sí que pudo ser testigo de casi todo lo que se coció en el recinto Expo. 45.000 personas según la organización. Sin lugar a dudas, un éxito. A decir verdad, se notó mucho más lleno que en anteriores ediciones, ya que el escenario del anfiteatro Expo, de nombre Caja Rural de Aragón, tuvo que cerrar sus accesos en varios conciertos.

Algo que se percibió desde el primer momento fue el gran contraste entre oferta sonora y público al que iba dirigida. B.V. All Stars alentaron a mover las caderas mientras iba llegando el público al recinto al son de ritmos cubanos, habiéndose detenido previamente los más madrugadores en el punk melódico de los zaragozanos Multipla, que seguro darán que hablar con la inminente publicación de su primer LP. La cosa se puso seria rápidamente con el acertado verbo combativo de Biznaga. Su explosividad llamando conciencias dejó la nota más visceral y antifascista del día, reivindicando la vigencia de los temas tratados en su más reciente disco, “Ahora!”, con unas canciones que les mantienen en el debate de lo que verdaderamente importa en nuestra cuestionable sociedad. Nos pusieron los pelos de punta con “Una historia de fantasmas” o la más melódica “Espejos de caos”, y con su grito que increpa para que no perdamos nunca el entusiasmo, que es en sí mismo la resistencia, pusieron fin a un concierto compacto pero renovador, directo y arrebatador, con una actitud que recoge el testigo de los Ilegales junto a las acertadas trazas de los Clash.

Todavía con un sol intenso cayendo sobre el anfiteatro Expo, Veintiuno congregó a una enorme cantidad de público que supo entender su propuesta pop cargada de teatralidad, pero por encima de todo de grandes canciones. En una versión reducida (por aquello de la escasa duración de algunos conciertos en estos festivales) nos llevaron de la mano de “Delirio y Equilibrio”, que nos invitaron a su último baile. Diego provocó al público con carreras entre las primeras filas y se metió a todos en el bolsillo al afirmar que este anfiteatro era uno de los escenarios más bonitos donde habían tocado este año. A decir verdad, este recinto, que acogió los numerosos conciertos de la Expo del agua zaragozana del año 2008, sigue luciendo espectacular, y más si lo encontramos lleno hasta la bandera, como sucedió para presenciar la actuación de la banda toledana. “Perder los modales”, “Troya” o “Pide un deseo por mí” se mostraron ya como auténticos himnos a pesar de su juventud, pero no se olvidaron de sus clásicos como “Cabezabajo” o la más funky “Dopamina”, que nos hicieron recordar de dónde viene el mérito de este grupo que es cada vez más grande.

El atardecer reinaba entre las nubes y en ese preciso momento Álvaro de la Fuente, más conocido como Guitarricadelafuente, se apoderó del escenario principal como si hubiera nacido para habitarlo. ¡Qué dominio de la escena y qué manejo del público! Lo suyo es la provocación cubierta de pose pero sin perder un ápice de autenticidad. Controla y dirige todo lo que está en su mano, desde el poder escenográfico de un pie de micro hasta la sensibilidad arrojada desde su silla retorcida mientras rasga la guitarra. Acaparó toda la atención de ese escenario dividido entre un telón metálico y una gran pantalla y nos hizo partícipes de su particular “rodeo” en un show que no deja indiferente. 

“Spanish Leather” fue el protagonista absoluto, desde el arranque con “Full time Papi” hasta la elegancia de “Tramuntana” y la sensacional “Babieca!”, pero no se olvidó de dónde viene, atacando con alguna interesante variación “El conticinio” o “Agua y mezcal”, donde aprovechó todo el potencial de su joven banda, al igual que supo despojarse de todo lo accesorio y afrontar “Abc” o “Guantanamera”, que nos puso a todos los pelos de punta. En algún momento agradecimos el detalle de mostrarnos la letra impresa en pantalla, como ocurrió con “Mataleón”, ya que su dicción a veces nos complica poder apreciar todo el significado de sus canciones sin apoyo. Y a pesar de que patinase en la afinación en la primera parte de “Tramuntana” (algún fallo en los in-ears que todo el público supo entender al cantar la estrofa completa hasta que Álvaro volvió a tomar las riendas) nos conmovió con esa mezcla tan acertada y única de contemporaneidad y emoción que destila “Babieca!”, una de sus composiciones más interesantes con el permiso de “Guantanamera”, que sirvió para cerrar un concierto inmenso y una etapa que le ha llevado a lo más alto. El lugar dónde debe estar. Bien merecido, por otra parte. Y es que, como señaló Álvaro, a la gira de “Spanish Leather” (o la gira del potro, como muchos la recordarán) le quedan muy pocas fechas y junto a esto, la noche en el Vive Latino se hacía más especial por encontrarse rodeado de familia, que para eso Álvaro tiene sangre aragonesa. Proclamó su amor por esta ciudad (donde se encontraba la discoteca de nombre Babieca en la que se conocieron sus padres) y por Aragón como tierra, que es también su casa, lo que invitó a que se despidiera cubierto por la bandera cuatribarrada aragonesa. Un detalle más para hacer inolvidables esos setenta minutos con los que llegó la noche.

En un giro de 180 grados, Ojete Calor convirtió el Vive Latino en una terapia para viejóvenes donde se dieron cabida desde el revival cañí de las clásicas de nuestro folclore al oportunismo de “Mocatriz”, “Opino de que” o “Qué bien tan mal”. Este dúo que trasciende lo musical no da puntada sin hilo y nos sedujeron desde sus estrafalarios outfits hasta su incitación desmedida, tan necesaria en estos tiempos donde parecemos querer tomarnos siempre demasiado en serio. En realidad, necesitamos gritar mucho más “Tonta Gilipó” que manidas proclamas demagógicas. Solo por eso son tan necesarios los conciertos de Aníbal Gómez y Carlos Areces.

A continuación, el escenario principal del festival se llenó de simbología católica y redencionismo extremo para invitar a Siloé, el trío pucelano que contrastó de forma radical con todo lo vivido hasta ese momento en el recinto Expo. Su espectáculo, dividido en partes presididas por citas bíblicas, comenzó con la del evangelio de San Juan “Al principio del todo era la palabra” junto a varios crucifijos en forma de led (incluido el pie de micro de metacrilato también en cruz que emplea Fito Robles). Su perspectiva judeocristiana chirriaba en muchos porque, aunque nos manden a todos “a tomar por culo” en uno de sus temas más celebrados (“Si me necesitas, llámame”), se impone cierto postureo forzado entre el mesianismo de los U2 de los ochenta y la potencia de unos Supersubmarina que intentan imitar a toda costa, pero de los que se quedan muy lejos. La electrónica es su punto fuerte, aunque pare ello tengan que abusar de unos recordings que parecen no importar a sus fieles devotos (se veían multitud de camisetas de la banda en el recinto), pero que les hacen perder empaque. En ocasiones pecan de un exceso de sofisticación, como cuando Xavi usa el arco de violín para frotar las cuerdas de la eléctrica como si emulara a Sigur Rós (aunque ni una cuarta parte de sus seguidores sepan quiénes son los islandeses) o cuando utilizan la pantalla tripartita en blanco y negro como recordando el “Elevation Tour” de U2. Pero no les importa, se deben a su público, que se desgañita mientras corea ese “Saca plaza fija en el salón de mi casa”, una imagen que me parece de lo más desafortunada por sonar casi segregadora, o “Las cosas que no hacemos bien son las que nos definen”, en la que se deja bien claro ese pesar por arrastrar la culpa, tan propio de la moral cristiana. No, no consiguieron seducirme a pesar de los coros de estadio o de su particular versión del “Personal Jesus” de los Depeche Mode. Se los dejo a los limpios de corazón mientras me quedo persiguiendo los besos que ellos predican en otros lares, como los que sí encontré con Ultraligera, quizá el grupo que más ha crecido en el último año en nuestro país.

El grupo madrileño es un auténtico torbellino. Después de verles algo pasados de vueltas hace apenas un año, esta vez habían ganado credibilidad en su actitud desmedida y un mayor control de la escena y las emociones. Gisme se entregó como siempre, dándose un baño de masas y arrojándose desde el escenario al público con toda su chulería en “Pelo de Foca”. Una actitud arrogante que cada vez nos gusta más (hasta le dan un punto macarra esas trenzas que lucía), aunque también supo tocar la tecla emocional en una de sus composiciones más sensibles y acertadas, “Cuando todo vaya mal”. Desplegaron toda su artillería en canciones como “Me miras mal” o “Recuerdos del Baile” y dedicaron todo el tiempo que requería (a pesar de tener un timing reducido por tratarse del set de un festi) para reconocer la labor de cada uno de los músicos que forman la banda, del personal que les acompaña y del público, cada vez más numeroso, que les arropa. No hay parangón, son la banda de rock del momento y el público del Vive Latino supo reconocerlo al desplegar banderas con los logos del grupo mientras pedían a gritos el escenario principal para ellos. Anunciaron que ahora se van a México, pero a la vuelta seguirán haciendo rodar este “Lapsus” y aireando “La Basura”, que son ya patrimonio del rock en castellano.

Una jornada de Vive Latino es una carrera de fondo, un puerto de primera, una escalada sin descanso. Por eso, a pesar de solo asistir a los conciertos del sábado quedé plenamente satisfecho, a la par que exhausto, cuando tras pasar siete horas seguidas fui consciente de que no había tomado aire ni un segundo, pero éste no era el momento de parar. Quedaba La M.O.D.A., que sin ofrecer nada que no se intuyera, no iban a defraudar. Y así fue. Su energía supuso el estímulo necesario para aguantar en lo más alto al compás de su ritmo constante y desenfadado y su estimulante folk, que si bien concedió espacio a sus más recientes composiciones, como la enérgica “No te necesito para ser feliz” o la costumbrista “Alsa pa Madrid”, hizo las delicias de todos los presentes con sus clásicos incontestables, desde “Catedrales” a “Himno Nacional” o “1932”. No faltaron los rótulos en las pantallas con sus letras impresas para invitar a corearlas hasta al más despistado. Continuaron con su particular reivindicación de las raíces en su revisión de la tradición con “Miraflores” o “Mañana voy a Burgos”, pero cuando más subió esa olla a presión en la que se convierte el combo castellano fue con “PRMVR”, “Nómadas” o su himno generacional “Héroes del sábado”, canciones que son ya rocas firmes a las que agarrarse contra viento y marea.

Lo dicho, ¿hubiera sido más coherente apostar por un cartel más equilibrado entre artistas de un lado y otro del Atlántico? Probablemente. Sin embargo, y a tenor del éxito inesperado de esta edición, está claro que el público quiere una apuesta segura. Más tirón donde entren todos los públicos junto a alguna apuesta puntual por el riesgo, la reivindicación o la transgresión estilística. Eso o que definitivamente los festivales de nuestro entorno son ya patrimonio del pueblo, un lugar donde celebrar y reunirse con un cartel de artistas que no incomoden de fondo y a los que poder acercarse mientras no nos priven de la conversación o la gastronomía para instagramear que ofrecen las ya manidas foodtrucks. Pese a esta actitud a desterrar, para mí, sin duda alguna, los festivales siguen siendo grandes oportunidades para reunir a artistas con los que poder sorprenderte en un corto periodo de tiempo, y ¡¡que se quiten de enmedio photocalls y comidas del mundo!! Por eso y por encima de todo, lo que no se me olvidará de esta edición seguirá siendo la punzada en el pecho que me provocaron Biznaga, la teatralidad pop de Veintiuno, la renovación transgresora de la tradición que tan bien domina el joven proyecto de Guitarricadelafuente, la garra y el punch de Ultraligera o la magia del folk que es sinónimo de cultura popular defendida por La M.O.D.A. Eso es: Música. Nada más y nada menos.

The Flamin' Groovies: Legendarios pese a todo


Sala Upload, Barcelona. Miércoles, 2 de septiembre del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas más infravaloradas en la historia del rock es, sin duda, The Flamin' Groovies. A pesar de haber surgido en 1965, en pleno apogeo de la San Francisco más psicodélica y florida, prefirieron abrazar el rockabilly de la década anterior. Unos años después, en pleno surgimiento del punk, ellos seguían llegando tarde a las modas para descubrir la "British Invasion" y rendirse de igual forma a los Beatles y a los Rolling Stones. Aunque su verdadero sello de identidad siempre fue la energía arrolladora de sus actuaciones y el poder de sus guitarras. Pioneros del garage rock, abrieron caminos para el proto-punk y para el power pop. Sin embargo, y a pesar de estar viva aún la formación, no gozan del reconocimiento y seguimiento merecidos actuando, al menos siempre que pasan por nuestras ciudades, en salas pequeñas salvando sus dos presencias en el Azkena, en donde los avispados organizadores les dieron el espacio merecido. 

Para este septiembre, la gira de los Flamin' celebra los más de sesenta años de su fundación y los 50 de la publicación de su emblemático disco "Shake Some Action" (1976). Una banda original de la que sin embargo únicamente se mantiene su líder y alma Cyril Jordan , que se acompaña por los miembros "sobrevenidos": Tony Sales (desde 2017) a la batería -por cierto, hijo del bajista de Tin Machine -; Atom Ellis (desde 2019) a la guitarra solista, Sean Fitzsimmons, a la guitarra rítmica, y Miki Rogulj al bajo, estos dos últimos fichados hace apenas un par de años. O dicho de otro modo para que quede bien claro: los actuales Flamin' Groovies son básicamente la banda de Cyril Jordan.

Con todo, siempre se antoja una buena oportunidad reencontrarse con ese legado de guitarras y temazos que nunca hemos dejado de escuchar, por lo que acercarse hacia la sala Upload era una perfecta manera de arrancar el curso de conciertos, lugar al que accedimos por la puerta de atrás debido a la coincidencia del concierto de Julieta Venegas en el Pueblo Español.

Ciertamente el concierto estuvo bien, quizás sí que arrancó de forma irregular pero fue de menos a más, con una banda que le da la energía debida para defender bien el legado que representan. Porqué al fin y al cabo, los Flammin' Groovies actuales no dejan de ser una especie de banda de covers de la legendaria formación con uno de sus capitanes a bordo. Y hay que reconocer que el bueno de Cyril está bien para tener 78 años, que los hizo el día antes de su concierto en Zaragoza, por cierto. Cumplió dignamente con su desgastada voz en algunas canciones, nos recordó lo buen guitarrista que siempre ha sido (ojo a la guitarra transparente molona que lleva) y no dio pistas de pronta retirada de los escenarios. Pero la clave de todo al final es que el septuagenario se ha sabido rodear muy bien con ese cuarteto de músicos que imprimen la energía necesaria (y exigible para la banda), destacando a Tony Sales con su destreza e impacto desde la batería y su potente voz.

Así surgieron gemas del álbum cincuentón como "You Tore Me Down", "I' ll Cry Alone", “Please Please Girl” o esa versión de “Misery” de los Beatles tan acelerada. También escuchamos la guitarra hipnótica de “Between The Lines" o el empate entre los Fab Four y los Rolling Stones con “Yesterday’ s Numbers”, aunque fue significativo que abrieran con el rockandroll “Let Me Rock”. La tralla guitarrera, la batería a todo trapo y los juegos de segundas voces nos recordaron por qué nos tiene encandilada esta banda, que es de culto. Para la recta final la esperada "Shake Some Action" encadenada con "Teenage Head" y una "Jumpin' In The Night" que cerraron el set antes del bis -previo paso por el escenario del legendario fotógrafo local Flowers- con una arrolladora “Slow Death” que puso cierre a la escasa pero intensa hora y cuarto de concierto.

Un concierto que nos devolvió la certeza de que, sin importar las décadas, los parches o las mutaciones en sus filas, la leyenda sigue viva. Puede que sobre el escenario viéramos a una especie de banda tributo capitaneada por su último gran héroe histórico, pero cuando el motor rítmico rugió y las guitarras se encendieron, como lo hicieron en la pequeña Sala Upload, demostraron que el rock underground de culto no entiende de jubilaciones, solo entiende de actitud, de sudor y de esa incombustible necesidad de seguir buscando un poco de acción.

Canela Party 2026: Fistro y Jarl vuelven a brillar otro año más, trayendo a Torremolinos lo mejor de la música independiente.


Recinto ferial de Torremolinos. 27, 28 y 29 de agosto del 2026.

Jornadas de jueves y sábado: Pepe Martínez Carvajal 
Jornada de viernes: Javier González. 
Fotografía cabecera: José Andrés Albertos.
Fotografías: Javier Rosa.

Jueves: Geordie Greep y Friko se apoderan del festival 

Geordie Greep llegó respaldado por “The New Sound”, su debut en solitario tras la disolución de Black Midi, y el show dejó claro por qué es uno de los nombres más interesantes del momento. La fusión de géneros que propone el disco, prog rock, jazz, samba, artrock…cobró una dimensión especial en directo, con una banda que demostró virtuosismo en cada tema. El concierto se convirtió en mi favorito del día. 

Friko fueron la otra gran revelación de la noche. Llegaron a Torremolinos anunciando su show días antes del mismo por la caída del cartel de Unknown Mortal Orchestra. Friko lleva un año presentando su segundo disco “Something Worth Waiting For”, desplegó una energía desbocada que contrastó con los momentos más íntimos del set. Lo que más impactó fue la voz de Niko: prodigiosa, con esa capacidad de expresión y tensión sin perder nunca el control, que por momentos recordó a Jeff Buckley. 

Viernes: El duende de Ángeles Toledano y Rufus T. Firefly 

La jornada del sábado se desperezaba después de una jornada inicial repleta de emociones, anunciando un cartel con nombres importantes como los de Weird Nightmare, Manequinn Pussy o High Vis. Nosotros decidimos centrarnos en el producto nacional, donde la presencia de Ángeles Toledano, con su mezcla de tradición y modernidad, suponía una sorpresa en el cartel del Canela. Y fue una sorpresa más que positiva, tanto por la afluencia de gente como por la actitud del público que no solamente disfrutó de la jienense, sino que se animó a marcarse algún que otro bailecito ante los quejíos y cantes de la andaluza que derrochó duende. Algo parecido ocurrió con Rufus T. Firefly, apabullantes en su directo, como es costumbre, dejaron todo sobre las tablas y firmaron uno de los grandes conciertos de la edición, algo que ya esperábamos lo que sabemos de sus evoluciones en directo. 

Sábado: Circo, blackgaze y punk en Torremolinos 

Sandré, el grupo punk barcelonés, entregó su dosis de energía que ya tienen más que ensayado. Y cuando todo parecía ya redondo, subió al escenario Dandy Piraña, nada casual, dado que colaboró con ellos en su último disco “Paciencia Infinita”. 

Carolina Durante llegaron al “Fistro” con una propuesta escénica que marcó el tono desde el primer momento: el escenario convertido en una carpa de circo. El efecto funcionó y la banda nos dio el show por el que se les conoce, un rock que se recibió con entusiasmo desde el principio.

Deafheaven fue otra historia. El grupo de San Francisco lleva más de una década redefiniendo el blackgaze y en el Recinto Ferial de Torremolinos lo demostraron. Su disco de 2025, “Lonely People With Power” ha dado mucho de qué hablar y en directo no defraudaron, el sonido fue potente y envolvente, y lo más llamativo fue precisamente eso: cómo un grupo tan agresivo y denso logró cautivar a todo el recinto ferial. El set se pasó muy rápido, cuando me quise dar cuenta, quedaban 5 minutos de concierto. 

Tres noches que el Recinto Ferial de Torremolinos no va a olvidar y Canela Party ya tiene al público esperando una próxima edición.

Morrissey , la luz de una estrella que nunca se apagará


Movistar Arena, Madrid. Miércoles 29 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Luis Beltrán y Estefanía Romero. 

Morrissey apareció con la camisa entreabierta y un ramillete de flores colgado en la cintura sobre el escenario con diez minutos de retraso respecto a la hora prevista. Lo hizo moviéndose entre la seguridad y una cierta arrogancia irónica, encabezando un pequeño séquito que completaban los miembros de banda que le acompaña. Se acercó al micro con paso firme y decidido, tirando de histrionismo para saludar al respetable con un “Madrid, Madrid, Madrid”, donde las erres se alargaban deliberadamente en un ejercicio cargado de flema británica marca de la casa, para a continuación dar paso a una enérgica interpretación de “Billy Bud” con la que abriría una noche que se fue tornando sobresaliente con el paso de los minutos.

Aunque verdaderamente la velada había comenzado mucho antes, justo en el momento en que la música ambiental arrancó y fue secundada por un vídeo que siempre es toda una declaración de intenciones, puesto que las canciones e imágenes de los referentes vitales del vocalista de Mánchester invitan a perderse en un viaje iniciático hacia el “universo Morrissey”, el propio de un hijo de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Inevitables fueron las paradas en Ramones, The Runaways, David Bowie, Iggy Pop y New York Dolls, complementados en esta ocasión por la aparición en pantalla de una banda “más moderna” como Interpol, en una tónica que se iría repitiendo con el pasar de las canciones, donde los rostros de Oscar Wilde, Pier Paolo Pasolini o Briggite Bardot también tendrían cabida en una actuación en la que las canciones son la excusa perfecta para hacer un recorrido sentimental por los ídolos juveniles de Mozz. 

Continuó con una doble mirada a “The Ringleader of the Tormentors” parando en las impetuosas “I Just Want to see the boy Happy” y “The Youngest was the most loved”, lastradas por un sonido que por momentos, sobre todo en los primeros compases del bolo, pareció demasiado escaso para un recinto como el pabellón madrileño que presentaba un aforo cercano a los 7.000 espectadores con una pista en la que los huecos eran evidentes, elementos que poco importaron sobre todo por la presencia escénica del mito de inglés, quien se despachó a gusto con una interpretación majestuosa en la que no faltaron su habituales quiebros vocales, secundado siempre por una banda que sin estridencias ni alardes se bastó para demostrar su prestancia en cada uno de los temas que tocó. 

Tras ello llegó el primer vistazo al pasado más glorioso de su carrera, tirando del repertorio de The Smiths con una emocionante “Shoplifters of the World Unite”, celebrada por el respetable con ganas, sabedores de que con Morrissey el repertorio nunca será del todo complaciente, para qué, no lo necesita, eso se lo deja a las estrellas con pies de barro, enlazada a la perfección con una de sus glorias en solitario, “First of the gang to Die”, con las luces dibujando la bandera italiana y la pantalla dejando en un marco fijo la efigie de las New York Dolls, apelando a los pandilleros y al barrio, a los códigos de honor y a los canallas y delincuentes que nos roban el corazón parapetados tras un estribillo inmejorable lleno de melancolía y orgullo, rematando la jugada con la enorme “A Rush and a Push and the Land is Ours”, composición que abría el que sería el último disco de estudio de The Smiths, “Strangeways here we come”.

Mostró su lado más irónico antes de interpretar “Kerching, Kerching”, donde vino a decir que no “paraba de sonar en las radios”, una clara referencia a su eterna lucha con el FM, donde nunca fue un niño mimado, por suerte desde la independencia y el carácter combatiente de sangre irlandesa que le viene dado por ascendencia su presencia sigue siendo constante, lo quieran o no. Mostrando su grandeza en la oscuridad que desliza “How Soon is Now?”, otro clásico de la banda madre que sonó inmaculado en el recinto capitalino, más si cabe cuando tras ella llegó el turno de la mayúscula “Now my heart is Full”, una pieza dotada de delicadeza y melancolía, donde los guitarrazos de Carmen Vandenverg fueron colosales. 

A partir de aquí llegó la parte más plana del concierto, sobre todo pensando en el espectador medio, atacó “Zoom Zoom Litle Boy”, una poco habitual “Life is a Pigsty”, celebrada por los más fans, la titular de su último trabajo, “Make-up is a lie”, la irónica “Sure Enough, the Telephone Rings” y una habitual en sus visitas a nuestro país como “The Bullfigther Dies”, una proclama contra la tauromaquia que presentó diciendo que sería la próxima canción que nos representaría como país en Eurovisión. 

Repuntando con una tanda a la altura de muy pocos artistas que comenzó con la poética “I Know It´s Over”, donde bordó su interpretación vocal, rozando los corazones de los presentes que en algunos casos luchaban por no dejar escapar alguna lágrima, sensación que se acrecentó al sonar “Everyday is like Sunday”, sufriendo un pequeño “impass emocional” al acercarnos a “The Monsters of Pig Alley”, la mejor composición de su último disco, mermada en su recepción por el desconocimiento mayoritario del público, porque en sí misma es un temazo emotivo y evocador como los mejores que ha firmado en toda su espléndida trayectoria; suerte que una apabullante “Suedehead” acudió al rescate, complementada por el toque visceral y reivindicativo que siempre encierra “Irish Blood, English Heart”, convertida en una cuestión personal para el bueno de Morrissey, flema británica y sangre orgullosamente irlandesa recorren su alma y venas por lo que solamente él podría firmar este himno de puños cerrados y reivindicación de las glorias perdidas. 

El cierre en falso vino entre los tonos rojizos y el humo que inundó las primeras filas con la densa interpretación de “Jack the Ripper”, tras la cual tanto Mozz como sus lugartenientes abandonaron el escenario brevemente, tónica habitual en esta gira por otra parte, antes de acometer el ya consabido bis no sin antes dar permiso a los miembros de su banda para despedirse del público uno a uno, algo que hicieron Carmen Vandenberg, quien pesé a ser presentada como nacida italiana confesó sentirse emocionada al tocar por primera vez en “la ciudad en la que nació”, y Jesse Tobias, guitarras, Juan Galeano, bajista, Brendan Buckley, a la batería, y Camila Grey, encargada de los teclados, antes de  que Steven volviera a pie de micro para despedirse con una lenta, dramática e inspirada versión de “There is a light that never goes Out”, una de las más románticas, dolorosas y bellas canciones de la historia del pop-rock, con la que dio por concluida la velada después de cerrar el ceremonial de sus conciertos con el habitual lanzamiento de su camiseta al público. 

Más de doce años habían pasado desde su anterior visita a la capital, por lo que algunas personas abandonaron el recinto con lágrimas en los ojos y quizás la sensación de que bien podrían haber sido participes de la última visita a Madrid de Morrissey. De ser así, su despedida estaría marcada por su habitual marca personal, donde tienen cabida la crítica y la ironía, grandes dosis de sorna, autoparodia y un dramatismo exacerbado patente en sus letras, profundas y brillantes, a la altura de las de los más grandes, anoche redondeadas por una preciosa interpretación por su parte. 

Morrissey siempre será un divo excéntrico y dotado de manías, pero no es menos cierto que también es un genio y un mito de la cultura europea. Vive alejado de pleitesías comerciales, a ratos enfrentado hasta consigo mismo y en su contra siempre jugará el historial de declaraciones molestas que atesora, solamente a la altura de sus prodigiosos números de cancelaciones. Sin embargo, su actitud y canciones sobrevivirán a todos aquellos que le critican, algo que jode a más de uno. Del mismo modo que lo hará el amor incondicional de sus acólitos, quienes tenemos claro que “conocerle es amarle” y que noches como la de ayer bien valen algún que otro desplante por doloroso que sea. 

Sabemos que podría preparar giras con set-list repletos de hits, tocar treinta canciones por noche, elevar su caché y ver multiplicarse el aforo de sus recintos por diez. Ni quiere, ni le interesa. De lo contrario, lo haría. Y en un mundo de poses absurdas, amagos de artistas miméticos y docilidad lucrativa al servicio del algoritmo, él todavía resiste como un francotirador, inspirado y bocazas, estridente y romántico, pero único en su especie, tal y como pudieron comprobar ayer miles de personas en la capital. Desde aquí no nos ponemos de perfil y deseamos larga vida a Morrissey, porque cuando no esté, veremos que somos incapaces de buscar un doble a su altura y entonces seremos conscientes de la pérdida de la última estrella del firmamento rock, aunque mucho nos tememos que la eternidad le espera y que la suya es y será una estrella que nunca se apagará.

Jazz à Vienne es otra cosa. Vulfpeck es otra cosa. La comunión era inevitable.


Théâtre antique de Vienne, Isère. Sábado, 11 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Arnau Pamiès. 

La IA dice que Vulfpeck es un grupo de nicho, lo que vendría a significar que lo siguen cuatro gatos, pero muy fieles. Yo estoy claramente metido en ese nicho desde hace una década, con sensaciones encontradas: por un lado el saberme poseedor de un tesoro secreto, por el otro la frustración de no poder compartirlo con nadie. 

La gran duda es: ¿por qué de nicho? Seguramente porque su principal estrella es Joe Dart, uno de los mejores bajistas del momento, y en su repertorio encontramos algún que otro tema con solo de bajo. Para mí es la única explicación posible, ya que por lo demás, es una enorme banda de soul y R&B, disfrutable para cualquiera con un mínimo de sensibilidad musical.

El pasado sábado, día 11 de julio, los del nicho nos encontramos en el Jazz à Vienne. Es un festival pequeño, en una ciudad pequeña al sur de Lyon, y muy alejado de lo que serían los festivales mayoritarios que conocemos por aquí: No hay casi extranjeros, nadie habla durante los conciertos y la gente va porque quiere estar, no porque haya que estar. El recinto principal es un antiguo teatro romano, una pasada, con una gran grada de piedra en la que sentarse y destrozarse el culamen, una putada. La relación entre el festival y el grupo empezó hace dos años, con un primer concierto que fue un exitazo (disponible en YouTube, íntegro y muy bien grabado) y en el que se produjo la magia, así que no era de extrañar que incluyesen la plaza en su minigira europea de 2026, de presentación del disco "Clarity of Cal". Por cierto, este reciente concierto también se grabó para su publicación.

La jornada empezó con la inevitable cola de entrada en el recinto, a las 18:30, en plena canícula (palabra de reciente adquisición pero ya sobradamente odiada). Todo estaba muy bien montado: Colas breves, bien organizadas, personal amable y abundante, agua fría gratuita y remojo constante para el público. Mis dieses. A las 20:30 era el turno del joven trío Ubaq, ganadores del concurso del propio festival, con una mezcla de jazz y post-punk que nos dejó buenos momentos, y otros no tanto, divagando por paisajes sin demasiado interés. 

A continuación le tocaba a The Fearless Flyers, uno de los muchos proyectos paralelos de los miembros de Vulfpeck, en este caso el formado por Joe Dart y Cory Wong, que junto al guitarrista Mark Lettieri y al baterista Nate Smith dieron un recital de virtuosismo instrumental y buen rollo, que es la propia esencia de Vulfpeck. Una hora de lucimiento muy disfrutable y que nos descubrió a un baterista de un talento descomunal.

Y llegaba el motivo por el que todos estábamos allí, una espera que se hizo más llevadera entre competiciones de aviones de papel, aplausos coordinados, intentos fallidos de hacer la ola y cánticos de nicho: 7.500 almas tarareando el solo de bajo de "Dean Town"; piel de gallina. Puntales, a las 23:15, salió la banda liderada como siempre por Jack Stratton, maestro de ceremonias y alma mater del proyecto. Muy a mi pesar el primer sentimiento no fue de alegría, sino de tristeza, pues como ya sabíamos el multiinstrumentista Theo Katzman abandonó el proyecto hace unos meses para centrarse en su carrera en solitario (no está claro si es un adiós definitivo). Su sustituto fue Louis Cato, una bestia que tanto te canta, como te acompaña con la guitarra o te hace un solo de kazoo mientras toca la batería (cosa que vivimos, atónitos). Musicalmente ninguna queja, pero la química con el resto de la banda, como es lógico, no es la misma.

A partir de aquí, a disfrutar. 1 hora 45 minutos de buen rollo, de comunión total y absoluta con el público. Hubo de todo. Lo que es Vulfpeck, lo que sus fans amamos y nos emociona, grandes músicos, grandes voces, grandes temas y gran entretenimiento, concepto este último muy mal visto por aquí, quizás por mal comprendido. Como no soy un crítico profesional, me puedo permitir el lujo de no hablar de setlists, de solos, de riders, de mejores momentos, ni cosas de estas. No tiene mucho sentido explicar lo que pasó allí cuando, espero que en breve, estará el vídeo enterito en YouTube. La cuestión es que todos los presentes nos lo pasamos muy bien cantando, bailando, picando de palmas y emocionándonos cuando tocaba. Lo que vendría a ser un concierto de toda la vida. 

El objetivo de toda esta parrafada no es otro que animar a la gente a que entre en el nicho y me haga compañía, porque les aseguro que aquí dentro se es más feliz. Vulfpeck no cambiará la historia de la música, no lo pretenden. Son "solo" músicos de primer nivel que en vez de poner el foco en su ego o sus ventas, lo ponen en divertirse haciendo música, y que el público se divierta con ellos. Sin más.

ZZ Top, la efectiva vieja receta


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Domingo, 19 de julio de 2026.

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Una de las bandas que ha mantenido intacta su formación a pesar del transcurso del tiempo ha sido los ZZ Top. Desde 1969, Bill Gibbons, Dusty Hill y Frank Beard han ido aguantando década tras década juntos y sin cambios hasta el fallecimiento de Dusty en 2021. Y lo que podía -y para algunos debería- haber sido el fin del combo, se encauzó incorporando al puesto de bajista al roadie de la banda, Elwood Francis. Gracias a esta reinvención, la maquinaria del blues rock no ha dejado de girar. Muestra de ello ha sido su reciente paso por nuestro país (con paradas en Pamplona, Barcelona, Madrid y Valencia), donde no quisimos perdernos su cita en el Poble Espanyol de Barcelona, en plena fiebre colectiva por la final del Mundial. Aunque a decir verdad, desde septiembre del año pasado, Frank también se encuentra fuera de la banda recuperándose de sus complicaciones físicas, por lo que en la gira viene siendo sustituido por un joven Michael Monahan, que después de ver el concierto hay que decir que que aporta energía y lozanía al sonido de la banda. Pero, claro está, sin dos de las tres patas del taburete, los actuales ZZ Top son mas bien la banda de Bill Gibbons en solitario, quien se aprovecha de la marca para seguir logrando llenos en sus conciertos.

Con una estética de escenario también rejuvenecida a base de grafitis y skates colgando, el trío tejano saltó a la palestra al son de aullidos de lobos. La descarga eléctrica dio comienzo con "Got Me Under Pressure", un trallazo de brillantina y ultraguitarreo que dejó claro que los años no pesan en los dedos de Billy Gibbons. Sin dar tregua, recurrieron al soul clásico con "I Thank You" (versión de Sam & Dave), encadenada a la perfección con la primera gran dupla de la noche: "Waitin' for the Bus" y "Jesus Just Left Chicago", del legendario disco "Tres Hombres" (1973), donde regalaron esas coreografías sincronizadas tan marca de la casa, desatando la locura en una Barcelona entregada desde comienzos de la velada.

Gibbons, maestro de ceremonias incombustible, se metió al público en el bolsillo con sus constantes efectos de guitarra y saludando en su particular castellano: "Tenemos este grupo en su casa para ustedes", idioma que usó también para presentar a su nuevo escudero al bajo, Elwood Francis, refiriéndose a él como "el gringo peligroso". Nos habría gustado mucho que hubiera tenido algún recuerdo a modo de homenaje al malogrado Dustin y también al convaleciente Frank.

Pero no nos quejemos que el directo de las barbas más famosas del rock cumplió a la perfección, a pesar de que nos colaron alguna que otra voz pregrabada en medio. Con Francis manteniendo el pulso rítmico a lo largo de todo el concierto -comenzó con el mítico bajo de 17 cuerdas- y Gibbons siempre muy entregado, el concierto ofreció lo que se podía esperar: mucho blues poderoso y rock sureño "made in Mississipi". Desde la tralla bluesy de "I'm Bad, I'm Nationwide", a los acordes densos y la voz ronca de Gibbons en "I Gotsta Get Paid", al blues pantanoso de "My Head's in Mississippi" con un grito de "¡Barcelooona!", a una excelsa "Brown Paper Bag" rescatada del repertorio en solitario de Billy y la siempre cañera "Cheap Sunglasses". Hasta que llegó uno de los momentos cumbres del bolo con "Just Got Paid" y su tremendo desarrollo instrumental en el que Gibbons se lució con el tubo slide y las distorsiones de guitarra.

Para el tramo final viajamos de nuevo hacia 1983 de la mano del legendario álbum "Eliminator a través de "Sharp Dressed Man", con sus riffs bailongos y el ya mítico vacile de Gibbons girando su guitarra para mostrar la palabra "Cerveza" pintada en el reverso, y con la épica "Legs" que tocaron con esas tremendas guitarras forradas de piel rosa que son historia viva de la MTV.

Tras cerrar el set, las ovaciones y el regreso de la banda con nuevas chaquetas con lentejuelas, y una vuelta al principio de su historia con el hipnótico blues "Brown Sugar", donde Gibbons intercaló acordes con los cánticos del público. Le siguió el boogie sudoroso "Tube Snake Boogie" y rock and roll implacable de "Thunderbird", a pesar de los amagos falsos de abandonar el escenario. Un final que si que llegó con uno de los acordes más legendarios de la historia del rock. Hablamos de la inmortal "La Grange", que sonó atronadora y que se alargó entre desarrollos instrumentales, bromas y unas burbujas que cayeron en el escenario antes de despedir entre agradecimientos a un banda que nos ha dado muchísimo a lo largo de los años y que se resiste a desaparecer.

Ken Stringfellow + La Fiancée Solitaire: Viaje de ida y vuelta por la resiliencia


Sala Ambigú Axerquía, Córdoba. Sábado 18 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

A la intimidad se llega por múltiples caminos, todos ellos válidos si el contexto y las circunstancias requieren dicha meta. La cercanía, la complicidad, la sinergia, son conceptos algo más abstractos y mal definidos en lo que se refiere al ámbito artístico. Tanto una como las otras tienen más que ver con el corazón y el alma más que con los sentidos, aunque el tacto sea algo a lo que no sólo se debería acceder con las manos. Precisamente dichos atributos anatómicos suelen ser los responsables de los sentimientos apuntados. Manos que afinan mástiles, cuerdas que desgranan acordes y teclas que comunican con los dedos. Guitarra, voz, piano… Y el factor humano, tan importante en tiempos de inteligencia artificial e indigencia antinatural. No es poca materia para dejarnos arrastrar por olas de emoción y sorpresa, justo lo que provocó la magia escénica del gran Ken Stringfellow, líder físico y espiritual de una banda de dimensiones míticas como The Posies, adjunto al mando de R.E.M. durante sus grandes giras universales, brazo armado de los seminales Big Star e incluso arteria afluente en algunas de las enormes melodías de unos tardíos Teenage Fanclub. Sin banda de soporte ni aderezos insustanciales, a pulmón quitado y voz en vilo. Un regalo insospechado para otro julio infernal en la tregua justa para el respiro y la sensibilidad.

En la terraza del Ambigú Axerquía, el escenario mínimo se dispuso para que antes la cordobesa María Guerra, o lo que es lo mismo, La Fiancée Solitaire, volviera a subirse a él, otra vez en forma minimalista, y presentara algunas canciones no escuchadas hasta la fecha, al menos por estos lares que son los suyos. Su último media duración presenta credenciales tan interesantes como la producción de Álvaro Tarik y un sonido oscuro y compacto confeccionado básicamente con sintetizadores y cajas de ritmo, algo de lo que se alejó conscientemente en esta ocasión para volver a la esencia (o no, porque el término es tan relativo como el resultado), agarrar la guitarra eléctrica y apresurarse en el esqueleto pop de “Tu camiseta favorita” y las confesiones más o menos personales de “Cuando pienso que vuelves de nuevo al barrio” y “La rosaleda”, antes de culminar con “Los veraneantes”, una de las canciones más bonitas de su vida, un pie de página explícito y acorde con los días que sufrimos. Según los apuntes tomados, su fuente creativa sigue manando con cierta fluidez y a su encarnación sintética puede que le suceda otra más orgánica, lo cual sólo puede ser sinónimo de eclecticismo e inquietud permanente. Un esbozo de lo que será, un preludio de lo que vendría. 

Hace unos días, en una charla más que esclarecedora con Mr. Stringfellow, nos confesaba varias cosas que han tenido una influencia decisiva en su vida durante los últimos años: En primer lugar, el diagnóstico terrible de un cáncer de próstata que paralizó sus giras y virtualmente su carrera (afortunadamente ahora en estado preservado y con cierta esperanza de supervivencia), después la constatación casi definitiva de que su trayectoria al frente de The Posies está finiquitada por las insalvables diferencias con el resto de miembros de la banda, y en conclusión la necesidad de empatía entre los seres humanos como única y verdadera vía de salvación. Por eso la visión dada a los temas dista de venderse con la electricidad implícita al power pop enérgico y a veces rugoso practicado por sus diversos proyectos grupales, y se enfoca en las sombras y la lírica curativa de algunas canciones poco habituales en sus actuaciones en solitario, o al menos cambiantes en apariencia. 

Es cierto que su producción más reciente carece del gancho melódico de antaño, un hecho consciente y meditado, pero a cambio ofrece momentos de encogimiento emocional intensificados por el protagonismo absoluto del piano eléctrico. “Trust” y “If that’s what God wants”, probablemente dos de los ejemplos más evidentes de su estado anímico actual, revisaron parte del repertorio último, a la vez que “Known diamond” y “Reveal love” sirvieron de conmovedora retrospectiva de discos que merecieron mejor suerte en su día, justo lo contrario que la alta consideración generalizada de una maravilla titulada “Amazing grace”, la última gran obra de The Posies, que contenía la brillante “Everybody is a fuckin liar”. En la fase inicial ya había pulsado con la guitarra las virtudes de “Friendship” y “Early morning” algunos temas inminentes, recién grabados y aún en embrión discográfico, junto a preciosidades ajustadas al sonido elemental como “Any love”, “There” o “Tears tumblin”. El poder y las debilidades del hombre frente a las veleidades del amor y sus consecuencias. 

La mutación continuaba con el micrófono situado en mitad de la audiencia, literalmente, con los focos del escenario únicamente como fondo crepuscular y situándolo en un contraluz maravillosamente ligado al contenido de “Ghost me”, las inéditas “Dark side of light” y “Don’t give up so easily” y el capítulo nostálgico nada premeditado de una necesaria “Ballad of El Goodo”, escondida en la producción más secundaria de Big Star, y “Solar sister”, joya recurrente en la reaproximación al catálogo de The Posies. Pequeños apuntes del “Wild horses” stoniano sirvieron de guía para que nadie dejara de saber por dónde van los tiros, y “Find yourself alone” y “You avoid parties”, otro festejo pequeñito de uno de sus más queridos álbumes grupales, a petición del público y con la libertad que le da improvisar cada noche sets de piano y guitarra a placer y conveniencia. Otro lujo que se puede (y nos podemos) permitir sin poner ni un pero a una nueva y peculiar forma de entender las giras.

Decía Ken al final que suele olvidar muchas de las canciones que tiene en mente tocar en cada una de las ciudades que toca y que a última hora decide incluir otras que ni siquiera él mismo consideraba tan importante apenas unos minutos antes. Nada que reprocharle si afronta la vida que le queda, que ojalá sea mucha aún, con el mapa de los momentos esenciales bien marcados en la hoja de ruta. Todos seguiremos aquí, esperando cruzarnos con él y su música, sin esperar nada a cambio salvo unas horas de sinceridad y comprensión mutua.

Belle and Sebastian, el cálido encanto de la melancolía


Poble Espanyol de Barcelona, Festival Barts. Viernes, 17 de julio del 2026. 

Texto y fotografías: Àlex Guimerà. 

Cuando uno bordea esa peligrosa franja de los cincuenta se da cuenta de que algunos de los discos o bandas que descubrió nada más alcanzar la mayoría de edad cumplen ya treinta años. Es el caso de Belle and Sebastian y de su segundo álbum, “If You're Feeling Sinister” (1996), al que están rindiendo homenaje en su actual gira interpretándolo íntegramente. Afortunadamente los hemos tenido por aquí: hace unos días en el BBK Live de Bilbao, el jueves pasado en Las Noches del Botánico de Madrid y, un día después, en el Festival Barts, celebrado en el emblemático recinto del Poble Espanyol de Barcelona. Y eso no es todo, ya que, tras la Ciudad Condal, su paso por Murcia y Valencia ha confirmado la predilección de la banda por nuestras ciudades.

Con la interpretación íntegra del álbum era imposible no transportarse a la adolescencia o a la primera juventud, a aquel momento en el que descubrimos a esta peculiar banda escocesa con nombre de cuento infantil que ofrecía un pop pseudointelectual, delicado y diferente, alejado de las estridencias de muchas bandas de la época para centrarse en lo personal y lo sentimental, donde los arreglos instrumentales y la melancolía dibujaban unas melodías irresistibles. La formación ha sobrevivido a la marcha de algunos de sus miembros fundamentales, como Isobel Campbell o Stuart David, al paso del tiempo y a los cambios en la industria discográfica. Han seguido publicando grandes discos, reinventándose musicalmente y regalándonos unos conciertos a los que no hemos dejado de acudir, sabiendo que terminaríamos con una sonrisa de oreja a oreja.

Lejos de caer en un mero ejercicio de nostalgia, Stuart Murdoch y los suyos demostraron en la cálida noche del pasado viernes 17 de julio que las diez canciones homenajeadas conservan intacta su capacidad para emocionar. Eso fue lo que pudimos sentir desde los primeros compases de "The Stars of Track and Field" o cuando asomó el piano de "Seeing Other People", aunque, a decir verdad, no fue hasta la pegadiza "Me and the Major" cuando el público comenzó a bailar con ganas.

Sobre el escenario, un Stuart ataviado con su característico sombrero, parlanchín y bromista, se atrevió incluso con algunos parlamentos en catalán (se nota que es escocés y tiene esa sensibilidad); un divertido y encorbatado Stevie Jackson demostró que es perfectamente compatible ser un freak y una rock star; mientras que la violinista y multiinstrumentista Sarah Martin desplegó su enorme talento con absoluta discreción. Junto a ellos, hasta seis músicos más abordaron todo tipo de instrumentos: trompeta, batería, teclados, bajo, guitarras, percusiones, flautas, armónicas, melódica...

Con "The Fox in the Snow" llegaron las pantallas las imágenes en las pantallas de un zorro bajo la nieve y un silencio reverencial por parte del público, ante el que Stuart mostró su lado más sensible. Aunque todos esperábamos con ganas la maravillosa "Get Me Away From Here, I'm Dying", una de las grandes canciones de la banda, que fue recibida con enorme entusiasmo, tampoco se quedó atrás "Judy and the Dream of Horses", la pieza que cierra el disco: una oda adolescente con ese impulso y ese sonido de trompeta tan épico que culminó con Stuart enfundándose una máscara de caballo para poner el toque más desenfadado al espectáculo.

Tras ese primer bloque llegó una segunda parte del concierto en la que la banda ofreció una selección de canciones de distintas etapas de su carrera, especialmente centradas en sus primeros años y en la época de comienzos de milenio. Entre tema y tema, Stuart bromeó con las camisetas de algunos asistentes, como una de su ídolo y compatriota Edwyn Collins —del que interpretó un breve fragmento—, una de The Stone Roses o una de Stereolab, que según él, aparece siempre en el mismo lugar en todos sus conciertos. Murdoch ejercía de perfecto maestro de ceremonias con esa habitual mezcla de timidez, humor británico y cercanía que genera una sensación de intimidad que muy pocas bandas consiguen transmitir desde un escenario.

Una vez más, la banda dejó patente su formidable nivel instrumental. Cada músico encuentra su espacio de forma completamente natural, mientras pudimos escuchar a Sarah o a Stevie cantando o aportando armonías vocales. Pero, por encima de todo, siguen maravillando esos sutiles arreglos musicales que ya pueden apreciarse en los discos y que consiguen trasladar al directo con una naturalidad que parece imposible.

Ya en esta segunda parte sonó una de sus mejores canciones de siempre: "Another Sunny Day", con esa melodía pop absolutamente perfecta. Le siguió "Chickfactor", que Stevie cantó y dedicó a su esposa (dedicatoria que Stuart hizo extensiva, poco después, a todas las esposas, incluida la suya), demostrando además sus habilidades con la armónica. Durante "Piazza, New York Catcher", Stuart se sentó en el borde del escenario para, acto seguido, bajar a cantar entre el público. Otra que sonó formidable fue la enérgica "Sukie in the Graveyard".

Y para el desenlace llegó la esperada "The Boy with the Arab Strap", acompañada de la ya tradicional invasión del escenario por parte del público, que bailó entre los músicos mientras Stuart marcaba el ritmo desde los teclados. Eso sí que es una "Casita", y no la de ciertos reguetoneros: aquí no hace falta ser famoso ni guapo; todos tienen cabida, altos y bajos, gordos y delgados, rubios y morenos... Ese es el espíritu de Belle and Sebastian, algo que también se reflejaba en las pantallas, donde iban apareciendo fotografías de sus seguidores al ritmo de la música.

Sin expulsar a los aficionados del escenario, "I Want the World to Stop" puso el punto final al repertorio principal. Como bis llegó la maravillosa "Sleep the Clock Around", dejando, eso sí, muchas otras bellas canciones para una próxima ocasión. Esperemos poder volver a estar allí para tener la oportunidad de escucharlas. 

Festival Cruïlla: Himnos intergeneracionales


Parc del Fòrum, Barcelona. 9, 10 y 11 de julio del 2026. 

Texto: Àlex Guimerà. 
Fotografías: Desi Estévez. 

La edición número 16 del Festival Cruïlla ha confirmado a un evento que nació en Mataró y que se ha consolidado a lo largo de los años como uno de los grandes festivales del Estado, pero que ha sabido diferenciarse con una identidad definida por huir de las etiquetas y cruzar estilos, propuestas y sensibilidades musicales. No en vano, a lo largo de los cuatro días que ha durado la presente edición han desfilado mas de 72.000 asistentes, la mayoría locales, lo que contrasta con el Primavera Sound, festival que atrae a muchos extranjeros. 

Para la ocasión, la jornada inaugural del miércoles ofreció un cartel más destinado al público joven en contraste a la segunda jornada del jueves que estuvo mas enfocada al indie de los noventa, por lo que se llenó de un público más maduro que disfrutó ante unos escenarios del recinto del Forum a los que lleva acudiendo desde hace más de veinte años, ya sea en el Primavera Sound, en el extinto Summer Case o en el propio Cruïlla que ha terminado por ser su festival favorito. Para las jornadas el viernes y el sábado el Cruïlla nos tenía reservados nombres legendarios como David Byrne o Black Crowes que se mezclaron con propuestas como Jovanotti, Two Door Cinema Club, The Hives o los locales Els Pets, La Ludwig Band o Rigoberta Bandini. Por algo los propios organizadores han reconocido a la actual edición como la que ha reunido un mejor cartel. Pero volvamos al jueves, una jornada marcada por las altas temperaturas y por las malditas coincidencias en la programación. 

STANDSTILL (Escenario Estrella)

Apenas abierto el recinto, los primeros asistentes se fueron acumulando ante la banda barcelonesa Standstill que venía a ofrecer las canciones de “Viva la guerra” (2006), un disco que acaba de cumplir los veinte años. Ataviados de negro la formación demostró sus capacidades instrumentales y su cohesión encima del escenario en piezas como “1 2 3 sombra” o “Por qué me llamas a estas horas?”. Guitarras, teclados, redobles de batería, coros y la imponente voz de Enric Montefusco al frente para celebrar la vuelta de una de nuestras grandes bandas de indie rock. Muy aclamada fue “Cuando”, sobre la que Enric comentó que había tenido un gran e inesperado éxito en México, antesala de ese verso “me voy a inventar un plan” de su gran éxito, “Adelante Bonaparte (I)” de su homónimo disco conceptual que cerró deliciosamente un directo que fue programado demasiado pronto pero del que la banda no esperaba tantos asistentes. Por si fuera poco nos anunciaron que tienen un disco grabado que saldrá este otoño y que se titulará “La fábrica” con novela gráfica incluida. 

MISHIMA (Escenario Occident)

La primera aparición en el festival de los también locales Mishima hizo que tuviéramos que renunciar a la potente Maika Makovski, pero la elección mereció la pena. Ya de inicio con la banda tocando una pieza instrumental y el carismático David Caravén abordando los teclados demostró cómo el rodaje de esta banda les ha llevado a tener un sonido compacto y bien definido en esa propuesta tan indie que les diferencia del resto del panorama del pop cantado en catalán. El segundo de a bordo, un Dani Vega poderoso a la guitarra y hábil a la mandolina, remó para que fluyeran clásicos como “Tornaràs a tremolar”, “Guspira, estel o carícia” o “Un lloc que no recordi”, con los fraseos de la grave voz de un simpático Caravén que reconoció entre el público a muchos de los fans que les han seguido desde sus inicios allá por 2003. Fantástica la oda al alcohólico “L´última ressaca” con su desarrollo final y sobre todo la que cerró el set “Tot torna a començar” con ese ritmo tan “Be My Baby” de las Ronnettes. Mishima son unos clásicos del pop catalán y por fin se les hizo justicia con su participación en el festival. 

GARBAGE (Escenario Estrella)

Repitiendo participación, la formación norteamericana sigue atrayendo a sus conciertos gracias a sus dos primeros álbumes, los potentes “Garbage” (1995) y “Version 2.0” (1998), aunque lo primero que escuchamos fue la banda sonora de Twin Peaks con la que los músicos se fueron colocando a sus puestos para comenzar con su último trabajo “Let All That We Imagine Be Light” del año pasado con el pulpo asomando por las pantallas. Sin embargo la cosa arrancó de lleno cuando sonaron las marchosas “I Think I’ m Paranoid” y “Stupid Girl” con una Shirley Manson liderando el cotarro. Guitarras poderosas, ambientes siniestros y pinceladas de electrónica para una banda que también interpetó “Cherry Lips (Go Baby Go)” o una versión de “Lovesong” de The Cure que bordaron bastante, y para la recta final los trallazos de “When I Grow Up”, “Push It” o la memorable “Only Happy When It Rains”. Poderosos y dinámicos. 

SUEDE (Escenario Occident)

Con apenas aliento, y teniendo que renunciar a unos de nuestros favoritos como son Sidonie (mala programación de bandas), acudimos al pie del escenario de unos Suede que repetían su presencia en la ciudad tras su paso en marzo por la sala Razz. Con sus dos formidables últimos álbumes como excusa el show dio comienzo con el post punk de “Disitengrate”, con la letra de la canción transcrita en las pantallas. Astuto truco para intentar que la audiencia conecte con las recientes canciones, cosa que tuvo lugar con la potente “Personality Disorder”, la bailonga “Dancing With The Europeans”o la canción que Brett Anderson dedicó a su madre “She Stills Lead On Me”. 

Pero la hora y cuarto programada se centró sobre todo en el repertorio clásico de la banda, hablamos de sus discos de los noventa “Suede” (1994), “Dog Man Star” (1995), “Comming Up” (1997) y aunque menor “ Head Music” (1999). Fue de este modo como enloquecimos saltando con unas tempranas “Trash” (ojo en poco tiempo pasamos de garbage a trash) , “Animal Nitrate”o “The Drowners”, movimos el esqueleto con “Filmstar” y “ Can't Get Enought” o nos emocionamos con “Everything Will Flow”, aunque quizás sobró la versión acústica de “She’ s In Fashion”. De nuevo Brett Anderson demostró que es una bestia escénica, agitando a la multitud, saltando, bajando entre el público o lanzando el micrófono, si bien, los límites horarios hicieron que no se pudiera regodear bien. Los momentos para las baladas fueron para “Two Of Us” (desgraciadamente la única del “Dog Man Star” que sonó) y la reciente “June Rain” con Brett tumbado en el suelo y lanzando todo el dramatismo ante nuestros ojos. La recta final no dejó tregua con “So Young”, la punk “Metal Mickey” y los lalalás de “Beautiful Ones”. Los reyes del pop británico de los noventa volvieron a reinar. 

PIXIES (Escenario Estrella)

Qué maravillosa es la banda de Boston. Cierto es que sus mejores días han pasado ya, y que sus cuatro primeros discos no han sido superados por sus trabajos tras la reunificación (con Kim Deal fuera). Pero lo cierto es que siguen manufacturando grandes canciones y ofreciendo sensacionales conciertos como el que cerró el jueves. 

El cuarteto formado por Black Francis (o Frank Black según prefieran), Joey Santiago, David Lovering y la reciente incorporación Emma Richardson no necesitan mas que sus instrumentos y su destreza para catapultar un cancionero inalcanzable por la inmensa mayoría de bandas del indie rock. Impertérritos encima del escenario y concentrados en sus labores, la banda encendió a lo largo de una hora y media a un público nostálgico del rock alternativo de los noventa, en los que mandaban las guitarras, las baterías y los gritos. Y qué decir de esas estructuras de las canciones que tanto marcaron a las bandas alternativas de los noventa y sin las cuales no sé si habrían podido alcanzar el éxito los Nirvana de Kurt Cobain. Hablo de esas alternancias de acústicas y eléctricas, de zonas bajas con estruendos y subidas desgarradoras, que combinan melodía y furia con pocos acordes de diferencia. Y eso es lo que pudimos gozar de lleno, desde los ritmos de acústica de “Nimrod’ s Son" con ese fraseo “you are the son of a motherfucker”, a la melodía pop de la reciente (es de 2013 o sea que eso es relativo) “Greens & Blue”, el himno saltarín “Here Comes Your Man” , los divertimentos en castellano “Vamos” o “Isla de la Encantá”, el bajo hipnótico de “Gouge Away”, dos versiones de “Wave Of Mutilation” (la descafeinada para el final), gemas ocultas del “Doolittle” (“Crackity Jones”, “Mr. Grieves”, “Hey”) o los riffs desgarradores de “Bone Machine”. También hubo tiempo para las versiones con la maravillosa “Winterlong” de Neil Young o la aguerrida “Head On” de los Jesus & Mary Chain. 

El cuarteto impasible, sin mediar palabra, canción a canción, no les hacía falta decir nada. Frank tocando la acústica con la técnica del ventilador y demostrando que tiene el vozarrón intacto, Joey tras la gorra demostrando que es un auténtico guitar hero, David aporreando la batería en ocasiones agarrando las baquetas en modo jazz, pero siempre contundente. Y Emma clavando las notas desde el bajo y aportando su voz, cumpliendo el papel que primero hizo la líder de los Breeders y hasta hace poco hizo Paz Lenchantin. Y, cómo no, todos engrasados acabaron regalando auténticos trallazos con “Debaser” y “Where Is My Mind”, auténticos himnos de esa generación que no quiso perderse a la legendaria banda de Boston esa noche calurosa de julio.