Sarria: “Mi Plan”


Por: Javier González. 

Recuerdo con absoluta nitidez la primera vez que me encontré en persona con Nacho Sarria. Fue en la sala “El Sol” la noche que en que Álvaro Suite presentaba su primer trabajo en solitario, “La Xana”. Me sorprendió lo imponente de su planta y la estética de rockero que gastaba. La realidad es que no sabía quién era, pero tuve claro que aquel chaval tenía que ser alguien del mundillo musical con solamente reparar en su atuendo. 

Más tarde reconocí su fotografía en redes y me fui enterando de la peculiar historia que tenía detrás. De cómo siendo prácticamente un adolescente se convirtió en el guitarrista titular de Los Labios, banda que capitaneaba Sammy Taylor, el hijo de Silvio Fernández Melgarejo, el mítico rockero sevillano, sustituyendo al ya citado Suite al frente de las seis cuerda, llegando a embarcarse con ellos en una gira que los llevaría a suelo norteamericano recorriendo parte de la histórica costa Oeste, persiguiendo con determinación desde tierna edad el sueño de convertirse en músico en la tierra que tanta literatura había legado a la historia del rock. 

Posteriormente, por azares del destino, supe que en poco tiempo saldría al mercado el que sería su  disco de debut, “Sarria”, donde presentaba una buena colección de medios tiempos en los que plasmaba su amor por la psicodelia, que tuvo más que digna continuación en “El Mundo es Cruel (pero creo en él)”, trabajo en que ampliaba los matices de la paleta sonora mostrada, acercándose decididamente a raíces más negras, una evolución que ratifica en la nueva colección que hoy nos ocupa. 

La misma lleva por título “Mi Plan”, una tercera toma de contacto donde abraza con fuerzas renovadas la herencia del soul más clásico enlazando con las veleidades blancas de nombres como David Bowie (principalmente en discos como “Young Americans” y “Station to Station”, sin perder de vista matices más amplios que se muestran en álbumes del londinense como “Low” o “Let´s Dance”) y moderneces varias como las de Temples, explorando la fusión más elegante que surge del cruce de caminos entre funk y música disco, sin dejar de lado el rock psicodélico sintetizado, todo ello contado desde una perspectiva soleada, optimista y sincera con la que escribe un nuevo capítulo dentro de un círculo vital que le mantiene, peldaño a peldaño, en la pelea por hacerse con un hueco dentro del panorama musical, un anhelo que sigue persiguiendo con el mismo empeño, bondad y sinceridad que un día vimos reflejarse en la ilusión que desprendían sus oscuros y grandes ojos marrones, los cuales no escondían lo que realmente siempre nos ha parecido Nacho, que no es otra cosa que un buen chico malagueño. 

Once canciones que entablan una conversación con las composiciones incluidas en sus anteriores trabajos pero que lo hacen de una manera “guadianesca”, puesto que por momentos el hilo conductor parece perderse para volver a aflorar a continuación; en las mismas Sarria sigue escribiendo desde lo más profundo del corazón sus inquietudes y recelos, pero siempre con la firmeza y la serenidad de quien ve una luz al final del túnel, asumiendo los golpes y peajes de la vida, pero incitándonos a seguirle, algo a lo que nos invita en la inicial “Mi Plan”, arropado por una trepidante base rítmica y unos teclados muy presentes, que en ocasiones son complementados por una guitarras más furiosas de lo que pueda parecer en primeras escuchas, y en “Cambiando mi forma de Ser”, con la que los seguidores del artista andaluz tomarán conciencia de uno de los primeros grandes cambios que ha llevado a cabo, puesto que aquí se ha dejado atrás la habitual preeminencia de los medios tiempos en su discografía para acabar por dar forma a un trabajo que no da apenas tregua. 

Los primeros ramalazos funk asoman en “Artificial”, donde aboga por recuperar la piel y el pulso vital que hemos dejado atrás por la imposiciones de este maldito siglo XXI, en el marco de un tema que apuesto hará subir mucho el ambiente y la temperatura de sus directos, mezclados con los aromas casi disco de la genial “Agua Salada”, en la que es complicado no imaginarnos a Nacho disfrutando de las playas malagueñas, mientras toma distancia del estrés y lo agitado del ruido de un mundo vacío y loco, cerrando la canción como si Carlos Alomar no solamente produjera como ya hiciera a Soda Stereo, sino que también grabara las guitarras del mismo, aunque pensándolo bien, para eso ya estaba el bueno de Gustavo Cerati, perfectamente enlazada con los aromas distendidos de “Todo está Saliendo Bien”, donde sobresale una base plagada de groove que deja en el paladar un dulce regusto a soul de alta gama. 

Las luces de la pista de baile vuelven a relucir con los primeros acordes de “Quiero vivir más Lento” y “Sé que no sé lo que Hago”, invitando al ritmo y a menear el pie mientras acompañamos la escucha, sobre todo en la segunda de las citadas con ese wah-wah juguetón que taladra el cerebro colocando entre ellas la psicodélica “Sin Ti”, encerrando parte de los pasajes más oscuros y obsesivos del disco, antes de que los aromas Motown de la amorosa “Acostumbrado a Ti” rebaje la pulsión y nos regale un clásico instantáneo con hechuras de himno idóneo para noches de pasión desmedidas, atención a la categoría de los coros y a lo bien engarzados que aparecen cada uno de los elementos del tema, perfecta de principio a fin. 

Encaminamos el final del álbum con la sorprendente “Luces Blancas”, donde Nacho logra sacar de su cueva a Ángel Stanich, nuestro ermitaño favorito, marcándose un híbrido imposible entre el “My Girl” de The Temptations y el “Heroes” de David Bowie, regalando otro pedazo de tema, previo al subidón que supone “Perder el Control”, abrazados a un falsete envolvente que se sustenta en otra lección mayúscula de buen tino repleta de un groove majestuoso, cerrando el disco por todo lo alto y dejando al oyente con la sensación de necesitar más pedacitos del pastel.  Y es es inevitable necesidad de “más pedacitos del pastel” el síntoma inequívoco de que estamos ante uno un trabajo redondo, adictivo y liberador. 

Con “Mi Plan”, Sarria rompe el corsé de los medios tiempos y se corona como un maestro del groove en castellano, firmando una colección de canciones que están llamadas a incendiar las salas de conciertos en una próxima gira que será la más movida de cuantas ha realizado. El malagueño asume los peajes de la vida, sí, pero los ha transformado en baile, optimismo y elegancia pura. El viaje desde la psicodelia hasta este oasis luminoso ha valido la pena. Quédense con su nombre y busquen el roce de su piel en el directo; el plan ya está trazado y les aseguro que no querrán quedarse fuera de sus ritmos envolventes.