A Carmen de la Ossa
Teatro Real, Madrid. Lunes, 27 de abril del 2026.
Texto y fotografías: Guillermo García Domingo.
El pasado lunes 27 de abril actuó en el Teatro Real el cantautor Paco Ibáñez. En este escenario operístico el músico valenciano y su guitarra se desenvolvieron con la familiaridad con la que uno habita su propia casa. El cuadrilátero rojo sobre el que actuó parecía la alfombra de su domicilio. Es la consecuencia de la actitud desenfadada y modesta del veteranísimo Ibáñez (1934) y la acogida fervorosa que el público le brindó, que le conoce y le espera como si se tratara de alguien muy querido de la familia que regresa al hogar después de mucho tiempo. Y es que él es mucho más que el más provecto de los trovadores de nuestro país, se trata de una personalidad social y política que ha acompañado a los “españolitos” en los momentos más cruciales de nuestra historia reciente. Pocos españoles “han hablado de su tierra”, como lo ha hecho Paco Ibáñez, y volvió a hacerlo con algo menos de aliento, pero con la misma fe laica que profesa por ella, entonando el poema de Cernuda. Ibáñez no ha abandonado su coraje político ni ha dejado de luchar contra “los (nuevos) caínes sempiternos” que acaudillan el odio de siempre. En nuestras sociedades ha llegado el momento de rescatar el orgullo revolucionario del Che, por este motivo interpretó “Soldado boliviano”, ahora que el siniestro señor “zanahorio”, como proclamaron desde el escenario pretende conquistar el mundo. El respetable, al término de esta canción, aclamó al pueblo palestino, que resiste contra todos, y ante la indiferencia de la mayoría.
La naturalidad con que asume sus inevitables achaques, sus encantadores distracciones y olvidos, no hacen sino humanizar más si cabe a un ser humano, que, ya de por sí, atesora un legado existencial y musical realmente extraordinario, del que en la velada del lunes solamente ofreció una parte muy pequeña, y sin embargo, suficiente para emocionarnos, renovar nuestra pasión política y el amor por nuestro trágico país. Antes de dar comienzo el concierto, en la pantalla al fondo del escenario, pudimos ver un mosaico con los retratos de los mejores poetas de la literatura española (que no sólo escribían en castellano, por supuesto) y en el centro se podían leer las palabras eternas de Blas de Otero: “Nos queda la palabra”. Era algo muy revelador, teniendo en cuenta que la completa trayectoria de Ibáñez ha consistido en el propósito prometeico de musicalizar las palabras más bellas compuestas en los idiomas de nuestro territorio simbólico.
Cuando este redactor no había nacido todavía (lo hice en 1975), Paco Ibañez ya gozaba de un éxito considerable, llenaba el Olympia de París. Nunca se le ha subido el éxito a la cabeza, mi acompañante y amigo José Manuel me comentó que había presenciado un recital suyo ante una multitud en el Pozo del Tío Raimundo, en Madrid. Paco Ibáñez es y será cantor del pueblo, al igual que Miguel Hernández, de quien interpretó “Andaluces de Jaén”, en uno de los momentos más importantes del concierto. O debería decir interpretamos, porque el público sostuvo, y aupó, al bueno de Ibáñez, queriendo ignorar que él permanecía sentado por obligación, al contrario de lo que siempre ha hecho. En el escenario contó en todo momento con el imprescindible apoyo del gran Mario Mas, quien puso sus brazos, sus manos y su memoria musical al servicio del valenciano. No fue un detalle menor del concierto el amor y el respeto que el guitarrista demostró por su maestro. No fue el único que arropó a Paco Ibáñez, también lo hizo Joxan Goikoetxea y su acordeón, así lo requirieron los dos temas en euskara, uno de ellos fue “Txoria Txori”, hermosísima elegía a un pájaro y sus alas irrenunciables, e incluso vimos pasar a la vaca del caserío vasco en el que vivió Ibáñez con su familia materna. Antes que él, subió al escenario Soleá Morente que adoptó con su excelsa voz: “Nana de la mora” y “Quisiera esta tarde divina” (de otra mujer Alfonsina Storni); ambas nos sobrecogieron. Pep Pascual arregló con sus modestos instrumentos, “Yo vuelvo por mis alas” de Lorca, y de veras que escuchamos el agua bajar por los arroyuelos de Granada. Hizo lo propio con la canción de cuna dedicada a Julia de José Agustín Goytisolo. Los etéreos sonidos concitados por Pascual nos hicieron “soñar”. En el repaso deliberado por todas las lenguas que se hablan en nuestro país, quedaba por escuchar la galega “Que ocorre na terra?” de Antonio García Teijeiro.
Antes de que empezara el concierto un grupo de asistentes entonó “A galopar”, y el concierto concluyó de la misma manera, fundiéndose el público, Rafael Alberti y Paco Ibáñez en una sola voz. La compuso el poeta de El Puerto de Santa María en 1938 durante la guerra civil, que ganaron los que se sublevaron. Su líder, Franco, durante el concierto Ibáñez se refirió a él como “la bestia”, solía asomarse a la Plaza de Oriente donde se encuentra el Teatro Real a arengar a sus partidarios. Pero el lunes, en el mismo lugar, fue el poeta el que acalló a “la bestia” con sus canciones. Ya los “enterramos en el mar”, gracias al sacrificio de tantísimos luchadores por la libertad, y lo volveremos a hacer si ellos se empeñan en regresar al pasado.
Hace unos años, otro inolvidable cantautor, Luis Pastor, se preguntaba retóricamente, y con mucha sorna, “¿Qué fue de los cantautores? Preguntan con aire extraño cada cuatro o cinco años despistados periodistas/ Que nos perdieron la pista y enterraron nuestra voz ”, Pues aquí están los cantautores, con Paco Ibañez a la cabeza, digno y libre, pese a la edad que ostenta. “¿Qué fue de los cantautores? ¿De los muchos que empezamos? ¿de los pocos que quedamos?/¿De los que aún resistimos? ¿de los que no claudicamos?/ Aquí seguimos, cada uno en su trinchera/ Haciendo de la poesía nuestro pan de cada día…




