Por: Javier Capapé.
Cuarenta días después de “Days of Ash”, toda una travesía por el desierto, llegó hasta nosotros otra sorpresa en forma de EP de la banda irlandesa U2. De nuevo sin esperarlo y en pleno Viernes Santo se hizo realidad uno de mis sueños. Volver a escuchar a U2 en plena forma, con total credibilidad. Si para su anterior EP, mucho más combativo, eligieron el inicio de la Cuaresma lanzando en Miércoles de ceniza aquel EP que cuestionaba las formas de un mundo que se desmorona, el pasado Viernes Santo nos entregaron seis nuevas canciones en un tono mucho más reflexivo y confesional. Un manual introspectivo que intenta plasmar nuestros sentimientos ante este devenir social, pero desde un prisma interior, mirándonos a nosotros mismos y sirviendo como un exhaustivo análisis personal. Utilizando de nuevo la profunda religiosidad que ha impregnado sus grandes obras, estos dos EP’s conectan con tiempos fuertes de la cristiandad, comenzando por la reflexión general a comienzo de la Cuaresma con “Days of Ash” y terminando con el cuestionamiento interior y el afán de renovación en la Pascua con “Easter Lily”.
Bono anunció nuevo disco para este año, pero si juntamos ambos EP’s tenemos doce nuevas canciones que formarían el mismo. No sé si guardan más en la recámara, pero en estos tiempos de lanzamientos más comprimidos bien podrían ser estos los apropiados para devolver a la palestra a los irlandeses como merecen, con dos obras solapadas que están entre lo más acertado de su obra más reciente. Como he señalado antes, unos U2 en plena forma y realmente certeros. Actualizados en parte, pero sabiendo caminar también sobre aquellos pasos que tantas alegrías les dieron en el pasado. Porque si “Days of Ash” sonaba más actualizado o contemporáneo (dentro, eso sí, de sus patrones clásicos), “Easter Lily” nos lleva a su mesianismo de manual, remitiéndonos a obras tan clásicas e imperecederas como “The Unforgettable Fire”.
No encuentro nada que objetar a estas canciones, salvo quizá su cierre demasiado celestial o etéreo. Esa pieza que han cocinado a cuatro manos entre Bono y Brian Eno cuyo título aboga por la convivencia interreligiosa, con ese “COEXIST” como título que formaba parte de los emblemas de su “Vertigo Tour” (en forma de venda que tapaba los ojos de un inspirado Bono). Es el tema más místico de la colección, en el que su particular neo gospel no desentona en absoluto con el tono religioso del resto del EP, aunque lo verdaderamente conmovedor e inspirado se encuentra en el resto de bombazos. Cinco canciones sublimes, que no bajan en ningún momento el listón y que entroncan con los U2 mesiánicos, esos que tocaron el cielo con “The Joshua Tree”, precedido por el ya mencionado “The Unforgettable Fire”. A mí particularmente, me lleva más a este álbum que supuso el punto de madurez que la banda necesitaba para alejarse de su punk primigenio y abrazar el pop de masas.
La apertura con “Song for Hal” contiene el sonido más clásico del cuarteto. Un medio tiempo épico con esa “guitarra infinita” desde el principio que nos transporta directamente a mitad de los ochenta. The Edge lleva los mandos con su voz suave, que ya de por sí la convierte en algo muy especial. Imita a Bono, pero con formas algo más serenas y con mayor profundidad. Prima la emoción por encima del desgarro en un tema dedicado a su amigo y productor Hal Willner. Sólo esta canción, que algunos verán como rareza por su interpretación vocal, pero se equivocarán si se quedan solo en su superficie, ya está por encima de todas las demás de su anterior EP. Nos introduce de lleno en esta particular atmósfera de pureza que atrapa como no nos había ocurrido en mucho tiempo con los irlandeses. Nos pone la piel de gallina y nos arrastra hasta el brillo de “In a Life”. Otro medio tiempo que muestra que les salen más fácilmente y convincentes este tipo de canciones que las más duras en estos momentos. Tal vez sea por la edad, que les pide poner freno, pero eso no quita para que esta canción cuente con un redondo y muy certero estribillo gracias a esas guitarras tan personales de The Edge y a una armonía muy cuidada que le va como un guante a esa letra que pone el foco en la necesidad de estrechar la mano a los demás para conseguir llegar a algo. La amistad como fortaleza y base de esta vida que se nos escapa entre los dedos y en la que más vale que sepamos reconocer a quienes tenemos cerca.
Con “Scars” siguen en la segunda mitad de los ochenta, pero con más pegada. Adam Clayton manda con su bajo hasta que las guitarras se imponen en el estribillo, aunque son los teclados los que aportan la atmósfera que impregna el tema y lo eleva. Una canción que nos motiva al cambio, que nos hace protagonistas y responsables de nuestra sanación, que mira hacia adelante sin ocultar nuestras cicatrices, esas a las que alude su título. Aquí es el toque de Daniel Lanois y Brian Eno el que evoca esa granada dupla de álbumes que encumbraron al grupo justo mientras tomaban la inspiración en los Estados Unidos y les hizo convertirse en los más grandes a la sombra del árbol de Joshué. En esa misma línea sigue “Resurrection song”, mantenida sobre colchones de sintes y, una vez más, sus incombustibles guitarras infinitas (los armónicos de esa intro descomunal nos hacen creer que estamos escuchando “Bad” en directo). La pegada de Larry Mullen destaca especialmente en ésta y va en crescendo hacia otro estribillo de estadio. Aquí nos plantean más preguntas, la eterna búsqueda del amor presente en todos nosotros, en todas nuestras rutas y kilómetros por recorrer. Su particular canción de carretera, que en el caso de un grupo tan marcado por sus creencias, podría ser también una de sus nuevas canciones de autodescubrimiento. En la reseña de “Days of Ash” hacíamos referencia puntualmente a “Vertigo”, entroncando directamente ese EP con algunos momentos de “How to Dismantle an Atomic Bomb”. Si quisiéramos seguir comparando ahora este nuevo EP con ese largo de los primeros años dos mil nos iríamos hasta “City of Blinding Lights”, la canción más épica y brillante de aquel disco y a la que más podrían transportarnos estas últimas canciones del cuarteto. Grandilocuentes y vibrantes. Llenas de color y perfectas para ser interpretadas en vivo junto a una multitud de enfervorecidos fans que les seguirán hasta donde Bono esté dispuesto a llevarles.
Antes de la mencionada “COEXIST” llega “Easter Parade”, algo más electrónica que el resto, con unos potentes sintes que lo llenan todo hasta que la voz de Bono nos conduce por parajes más limpios, como en la pureza de sus primeros años. De hecho, me atrevería a decir que aquí su estrofa nos lleva hasta “War” o al “Gloria” de “October”, pero esta vez recitando el “Kyrie Eleison”, en un nuevo amanecer o resurrección figurada, como ese renacimiento intrínseco al tiempo de Pascua que, en definitiva, es la base de este trabajo. Es la que más pesa por su largo desarrollo, pero no difiere en nada del espíritu reflexivo que emana del resto de canciones que conforman este singular “Lirio de Pascua”, tan místico como directo y lanzado al centro de la diana. Porque con él U2 han vuelto a reconocerse pecadores. Llenos de defectos y errantes en un mundo que, aún desmoronándose, da permiso a la esperanza e invita a hacer nuestra esa visión tan personal ligada a que el cambio empieza en uno mismo y la redención va unida a esa resurrección como individuos nuevos. En nuestros fallos y reveses está el primer paso a esa salvación de la Pascua.
Incidiendo en su mesianismo y en sus creencias, implícitas más que nunca en estas letras, nos queda ese “quédate con nosotros” que los discípulos de Emaús dijeron a ese compañero de camino que no alcanzaban a ver como Cristo resucitado, antes de caer en la cuenta de ello tras partir el pan poco después. Aún con todo este sentir religioso de base, ellos no llegan a definirse como acólitos en el más estricto de sus significados, pues nos plantean la pregunta de si la religión está destrozándonos o aún podemos encontrar respuestas en sus recovecos. Por lo tanto, tengamos o no esa fe de la que parecen aquí hacer gala, estas canciones son como ese aliento, ese “quédate con nosotros”, esa segunda oportunidad ante los sinsabores y las decepciones de nuestra vida. Son ese retorno seguro, la convicción de saber lo que merece de verdad la pena, con lo que te quedas después de todo, aunque no plantean nada de lo plasmado como dogma, más bien como preguntas a las que seguir intentando dar respuesta. Definitivamente son los U2 con los que nos quedamos al caer la tarde, con los que nos rendimos a ciegas ante su propuesta. “Easter Lily” no pretende ser un manual de referencia para estos tiempos, pero con él podemos aprender que hay que saber renunciar y decir que no para avanzar. Hay que saber dar la espalda a aquello que no nos deja ver más allá. Hay que creer para poder resucitar.



