Aitor Ochoa & Mad Mule: “Off the Grid”


Por: Kepa Arbizu. 

Cada cual cuenta con su propia historia escrita durante ese impuesto aislamiento social consecuencia de las restrictivas medidas pandémicas. A pesar de su dramática singularidad, aquel “contagioso” tiempo en realidad significó la extrema manifestación de muchos fantasmas que ya rondaban latentes a nuestro alrededor. Aunque sus gélidos alientos habían pasado desapercibidos entre el ruido rutinario, probablemente su presencia siempre estuvo ahí, apostada y deseosa de servirse de una fisura en nuestras artificialmente ajetreadas vidas, en este caso encarnada en un grito de advertencia con carga vírica, para hacer su estruendoso acto de aparición. Pero también, y dando cuenta del pésimo sentido del humor que a veces le gusta demostrar al destino, esa aleatoria tirada de dados que dirime el futuro se confabuló en ocasiones para citar dicha incertidumbre global con una más personal, haciendo del paisaje solitario que se observaba más allá de los cristales una réplica del desastre mudo reflejado en la propia alcoba. Una confluencia de apocalipsis cotidianos que zarandearon, y desarmaron, la vida de Aitor Ochoa pero que en paralelo alentaron la creación de un álbum sublime, hijo por igual de ese desconcertante nuevo estado y de esa majestuosa inspiración que solo acude a la urgente llamada del profundo desamparo.

Pero la zozobra emocional contenido en este “Off the Grid”, y trasladado a través de un rock inyectado de visceralidad eléctrica, parecía no quedar satisfecha con anidar exclusivamente entre sus canciones, extendiendo sus vacilaciones también al mismo hecho de su publicación. Ha tenido que ser casi un año después de estar alojado en plataformas de streaming cuando FOLC Records, y tras truncarse otra acordada edición previa en formato físico, haya salido al rescate para evitar que un álbum de estas dimensiones artísticas quedara huérfano de su condición de tesoro tangible. Una mano tendida que nos permite ver girar sobre el plato un desfile de espectros (humanos) a los que se les concede el habla a través de esas privilegiadas guitarras capaces de ejercer como portavoces del desgarro más íntimo.

Si como dicta el cancionero popular, la salud, el dinero y el amor conforman los tres pilares esenciales sobre los que se sustenta una deseosa estabilidad, la desintegración -al menos parcialmente- de todos ellos en el ecosistema del músico cántabro, resultó lo suficientemente trascendente como para copar el sustento de unas composiciones que ya habían comenzado su recorrido antes de aquellas primeras toses que estremecieron al mundo. Con el habitual paso restringido impuesto durante aquellos años, estos temas fueron configurándose entre la artesanía individual y los ocasionales tomas de contacto grupales. A pesar de ese inevitable errático itinerario, el álbum iba tomando forma, como su propio nombre indica, sumando múltiples desconexiones hasta dar a luz a un repertorio sobresaliente, que en su forma y fondo estaba siendo testigo, y a su manera protagonista, del derrumbe -particular y global- de unos muros de carga existenciales que de una mañana a otra mutaron en afligidos recuerdos.

Aitor Ochoa, integrante de los ya extintos y geniales Soul Gestapo, firma el segundo disco de su actual proyecto, acompañando a su nombre del apellido Mad Mule, dando no solo continuidad a la arrebatadora inauguración que supuso “All These Words Will Die Before The Morning”, sino consiguiendo aunar de una manera más identificativa y personal todas esas influencias que han ido alimentando su carrera. Esa perfecta disposición queda rubricada en piezas como “Circles”, una sinfonía del derrumbe auspiciada por los Bevis Frond más orgánicos y menos dados al despliegue instrumental, pero igualmente heredera de la intensa melodía propia del jangle pop. Constantes que laten en esa última copa, que a la vez supone la inicial de un nuevo periplo, escanciada en la dinámica y pegadiza “The Best for the Last”. Revoluciones rítmicas que, dando por buena la conversión “cántabra” ejercida sobre los icónicos Crazy Horse para esta denominación grupal (Mad Mule), hacen que Neil Young conduzca con la aguja de la velocidad al límite en “So Young”, una estremecedora lápida escrita por el paso del tiempo a ilusiones y futuros pretendidamente compartidos.

Aunque casi todos los caminos trazados a lo largo de este disco conducen a una meta exenta de condecoraciones para vencedores, y sí un gesto cabizbajo y abatido para quienes han visto sus mundanas expectativas vapuleadas, el itinerario de cada uno de esos desfiladeros contiene su particular hoja de ruta. Si el medio tiempo aparentemente delicado de “Painted Skies” escuece con un hipnótico chirriar de sus guitarras, tensa calma identificativa de proyectos como Silver Jews, que deambula hasta la explosión de desconsuelo que imponen esas seis cuerdas, el power pop enérgico -ese que durante los noventa se tiñó de rugosa consistencia- de “Monkeys” hace de lenguaje propicio para una ácida fábula, casi como reverso de la más social “Apeman” de los Kinks, donde imaginarse como primates parece el único colofón que alberga esperanza. Un vigor que brota imperial con la majestuosa y cruda “Is that Love”, agitada convenientemente con la furia procedente de Australia, concretamente desde vástagos como Spencer P. Jones, y que actúa cual cilicio sacrificando la propia culpa.

Ese rito de la desolación que supone observar las fotografías donde residía una vida hoy desaparecida, se expresa en este repertorio a través de celebraciones lúgubres de distinto orden. El obituario amoroso impartida por “The Last Time”, recurriendo a los ancestros melódicos del folk-country atravesados con el paso afligido pero emocionante de Jason Molina, se complementa con “Big Black Shadow”, doloroso retrato de esa estrella negra que crece en las entrañas con ánimo de parasitar cualquier atisbo de esperanza, para desplegar un manto crepuscular hecho de (creativamente) hermosas cicatrices. Una sombra que se dilata poderosa en una parte final del disco que acoge los pasajes beodos y románticos típicos de Jacobites, en “The Man I Have Become”, y se despereza esplendorosa en la épica congoja de “Drunken Ghost”, una ebria figura que deja su huella en forma de desierto silencioso donde ya ni se escucha el eco de lo vivido.

Los tornados más peligrosos y devastadores son aquellos que se presentan sin previo aviso, siendo precisamente la falta de indicios lo que les hace tan temibles. Frente a ellos poco se puede hacer, salvo intentar mantenerse en pie sobre el desnudo paisaje originado por su deflagración. “Off the Grid” es la secuencia de un derrumbe personal, el balance de daños ocasionado por la disolución de unas certezas emocionales que dieron paso a un eclipse existencial detallado, previo aplicación de un desbordante talento compositivo, en este diario sonoro. Se trata por supuesto de un duelo particular, pero también, el diagnóstico universal de ese vértigo que acecha cuando nuestro soporte se convierte únicamente en cenizas y recuerdos.