Oscar Avendaño & Reposado: "El huevo de la serpiente"


Por: Kepa Arbizu. 

Hay algo -o quizás mucho- en la carrera de Oscar Avendaño, más allá de su decisiva contribución en la extensión del legado de la mítica banda Siniestro Total, que recuerda a esa raza de músicos absolutamente diletantes, movidos exclusivamente por una pasión que hace inútil trazar fronteras que distingan al profesional del devoto aficionado. Probablemente, y gracias a ello, rastrear su itinerario creativo, al margen de los múltiples proyectos y apariciones esporádicas en los escenarios, significa también dialogar con los instintos que motivan las distintas fisionomías de su sonido. Aunque nunca exiliado del rock en su aspecto más orgánico y ligado a un lenguaje eléctrico, dicha definición es lo suficientemente elástica como para abrazar un lúdico y noctámbulo engranaje a través de The Bo Derek’s, o de invocar la raíz americana cuando usa el apellido de “Reposado” (evolución natural de Los Profesionales), nomenclatura bajo la que ha engendrado su más reciente publicación, un álbum que, desafiante desde su portada y título, “El huevo de la serpiente”, verifica y amplía la percepción de que éste, aunque guadianesco, es el proyecto donde cicatriza su "yo" más íntimo.

Dado que las variadas personalidades rítmicas asumidas por el compositor gallego son en realidad manifestaciones de un mismo ente creativo, no debería de haber problema a la hora de hacer extensible ese carácter “proletario”, abanderado por la última referencia firmada por sus “hombres de blanco”, a su actual estado artístico. Un sentimiento de clase asumido, como no puede ser de otra manera, también por una fidelidad a los camaradas de viajes que, aunque cambiantes según el asalto encomendado, ofician como famélica legión de solvente y amigable comunión. Eso se traduce en que cuando la firma se aleja de aquella “mujer diez”, son llamados a filas Mauro Comesaña y Andrés Cunha, columna vertebral de la banda pero no únicos fieles correligionarios, ya que de la misma manera pueden ser tratados Hendrik Röver, productor y versátil guitarrista, o incluso el sello FOLC Records, nave nodriza a la que entregar la responsabilidad de la intendencia mercantil. Al igual que ninguna lucha ha obtenido réditos significativos entonada desde la individualidad, el concepto musical de Oscar Avendaño tiene igualmente claro que su victoria es consecuencia de la confluencia de varias columnas marchando al unísono.

Dada la (re)conocida cinefilia del firmante de estas composiciones, no es arriesgado asegurar que en el título de su nuevo disco habita un claro homenaje “bergmaniano”, y lo más importante de todo, la asunción igualmente del contenido de aquella desgarrada película homónima (respecto a este álbum), donde el sueco situaba su cámara, a modo de diagnóstico previo, en los antecedentes que produjeron la llegada del nazismo. Un anuncio de ese cataclismo ideológico al que estamos expuestos que sin embargo es tratado, o al menos eso parece desprenderse del clima emocional de este repertorio, bajo un concepto mucho más amplio, retratando un momento vital de descorazonada incertidumbre. Un desencanto entonado casi a modo de carta de despedida remitida a un mundo que se evapora tal y como lo conocíamos hasta ahora, ya sea avistando sus ruinas desde los cristales de una habitación o empapando de melancolía el ánimo más profundo. Personas que ya no están, certidumbres que probablemente ya nunca regresarán, por lo menos no de la forma acostumbrada, y un constante ruido de sirenas que anuncian el apocalipsis, se citan en unas canciones que se asoman a esa madriguera cargada de veneno a la que inocular su antídoto musical, no con la -utópica- intención de enmudecer sus efectos perversos, pero sí de donarles un embalaje sonoro de tal calidad que su mordedura se presienta como un dulce castigo.

Las escasas dudas sobre la profética metáfora del diluvio dictatorial al que estamos avocados que reside en el título de este trabajo, toman cuerpo de certidumbre al observar el funesto bautizo de la pieza inicial: “Nüremberg”. Un enclave que su sola cita ya desata un ejército de terrores que son presentados bajo un apabullante y estremecedor blues de resonancia telúrica que parece buscar su acervo en Ian Siegal o heredando aquel agreste acento de la escena Hill Country. Más que un aviso, esta composición -escoltada por unos primorosos coros protagonistas también a lo largo de todo el álbum- es la trágica constatación de que haber mirado hacia otro lado, o haber restado importancia, mientras las águilas imperiales rondaban nuestros cielos, ha derivado en que su vuelo en blanco y negro haya conquistado el cielo con su voraz apetito a la hora de devorar libertades. Un mismo designio enunciado con retórica bíblica, y la violencia sonora de unos desbocados Long Ryders, en el lapidario trote aniquilador de "Muerto (y no lo sabes)", o incluso conjugado, a través del majestuoso -y a su manera melódico- rock áspero de "La caída de La línea Maginot", por el idioma de las alcobas, espectadoras también de la debilidad de esas grandes estructuras que prometían mantenernos a salvo del rugido depredador. Que estas piezas, donde reside el componente social más evidente, adopten un sonido fiero y desgarrado, en ningún caso es la excepción a la hora de aunar forma y fondo de las canciones. Una condición, especialmente palpable en "Osos en la era espacial", y su denso blues de fluido y excelente teclado que desemboca en una hecatombe instrumental que nos predispone a refugiarnos en búnkeres, extrapolable al conjunto del repertorio, capaz de hablar por la voz de su cantante pero igualmente por su aspecto instrumental.

"El huevo de la serpiente" es un disco de contrastes, lo que le hace estar engalanado de una admirable diversidad estilística pero también acoger en microuniversos de tres o cuatro minutos sentimientos contrapuestos. Una virtud a la que ayuda -y completa- en su ejecución el magistral decálogo impartido por el soporte musical. Porque si no hay duda de que la canallesca existencialista de con "Con el labio partido"  demanda ser entonado por un salvaje boogie, "Estrella fugaz", pese a sus aspecto rendido a una evocadora melancolía , no está muy lejos de ese mismo incierto clima emocional, y por lo tanto, previo paso por los parajes campestres donde Tim Easton, o el propio Hendrik Röver, es capaz de jugar con la delicadeza y la rabia eléctrica, expresar su verbo ensoñador entre truenos vertidos por unas crepitantes guitarras obstinadas en recordarnos las grietas de nuestros recuerdos. Fisuras escritas también por la acústica nostalgia de "Harry Dean", invocación a uno de los rapsodas que ha institucionalizado el sueño americano como un jirón olvidado bajo un colchón sucio y desconocido cubierto de botellas. Y es que si algo hay universal, carente de nacionalidad y traducido a todo tipo de idiomas, es ese breve pestañeo que separa la realidad del sueño. 

Porque en este disco, mirar al futuro significa entonar una fotografía temblorosa y decepcionante, mientras que el pasado es sostenido, aunque presente su cuerpo frío, bajo un abrazo fraternal. Un ánimo que monopoliza lo que es su parte más necrológica pero no por ello desazonada, ya que no representa tanto un lamento de despedida, sino principalmente un homenaje. Solo así se puede entender, y con las trazas del country melancólico pero nada afectado característico en Jim Lauderdale, ese paseo entre aquellas personas que ya no están pero que comparten experiencia en "A todos mis amigos", habitáculo para las lágrimas y un dulce rictus sonriente, o el folk clásico -y testimonio de la influencia del Josele Santiago más iconoclasta- de "(El último show de) El Increíble Hombre Voltereta", rúbrica de una mano tendida a su camarada Piti Sanz para no dejar inacabada esa partida interrumpida. El corazón que hay volcado en estas composiciones se delata en que pocas veces la voz de Avendaño ha sonada tan tierna y cercana como en "Playas desiertas", un dulce réquiem en forma de vals que muda en épica elegía con la entrada de una sección de metales que parece interpretada por un coro de arcángeles adiestrados en el sello Stax, que como todo el mundo sabe, es de los lugares más cercanos al cielo que existen, y que por lo tanto conviene tenerlo de nuestro lado cuando el infierno se convierta, si es que no lo ha hecho ya, en nuestro hábitat cotidiano.

Con “El huevo de la serpiente”, Oscar Avendaño y Reposado han firmado una obra magistral, y lo es también por acumulación, porque la carrera del gallego no ha dejado de afianzarse, incluso discurriendo por caminos dispares, mientras construye su propia y talentosa mirada al ecosistema del rock. Un destino trabajado en este capítulo con exquisito detallismo, logrando que en este puzle no exista pieza colocada por casualidad, siendo la ubicación de cada una de ellas la exacta para engrandecer a su colindante. Excelencia en la arquitectura sonora que redunda en la profundidad de una misiva de alto carácter intimista y personal, una confesión hecha de antagonismos con espacio para el flirteo entre la tragedia y una sensible añoranza. Un escenario donde las cicatrices de la realidad, condenadas a revestir cada vez mayor gravedad, encuentran su única oposición en todas aquellas personas que han convertido nuestra vida en un lugar mejor. No se trata de un brindis nostálgico, es más bien el necesario alimento para enfrentarnos a unos graznidos, modulados bajo el tutelaje de Tom Waits en “Cuervos”, que verdaderamente serán invencibles si logran despojarnos también de aquellos recuerdos que nos hacen más humanos.