Por: Kepa Arbizu.
En las cuevas del Sacromonte no hay pintados viejos mamuts, ni escenas cotidianas de vivencias ancestrales, sin embargo entre sus surcos, como si de los de un disco de pizarra se tratase, habita un universo de historias en forma de canciones. Un ritual sonoro de comunicación entre generaciones que si tuvo al flamenco como “idioma oficial”, el paso de los años ha convertido a Granada en uno de los exportadores más prolíficos y talentosos de figuras que han jugado también con las guitarras eléctricas para entonar su propio relato. Habitante de ese inacabable mapa artístico, Mateo Ortega, hasta este momento en compañía de su banda The Sugar Daddies con la que añadir a la multicultural tierra andaluza el acerbo afroamericano más puro, se presenta ahora en solitario (o al menos así aparece en el título de su primer álbum, “Things Left To Say”) para convocar una mayor amplitud de registros ligados, eso sí, a esa tierra fértil que es el ecosistema norteamericano: “Disfruto mucho tocando blues y dejándome imbuir por las dinámicas que se generan, es un lenguaje que me apasiona, pero empecé a escribir un montón de canciones y necesitaba darles salida, y en mi cabeza sonaba otro tipo de paisaje sonoro más cercano a géneros como el country, el rock o la americana”. Un paso acometido desde su propia intimidad pero que pronto se iba a vincular decisivamente al destino de otros nombres.
Porque si es su efigie, retratado en la portada con la serena profundidad que todo songwriter adopta frente a su entorno, la que luce huérfana en la presentación de su álbum, muy al contrario la gestación, y desarrollo definitivo, de este trabajo no puede ser entendida sin la presencia de Javi Puertas (Ramblin’ J. Gates), al que no cuesta bautizarle, dado su alto porcentaje de responsabilidad en buena parte del resultado, como mitad del proyecto: “Javi y yo somos amigos desde hace muchos años, y hace ya unos cuantos decidimos juntarnos y tocar a dúo. En este disco tenemos varias canciones firmadas por los dos y el resto las hemos arreglado conjuntamente”. Un proceso decidido a cincelar unas composiciones que adoptan un encomiable embellecimiento surgido tras el cristal donde se dirime el arte entre regletas, botones y pistas, un espacio dominado por el bajista de la más que recomendable banda The Fixed Trio, acreditado como productor pero sobre todo último eslabón para lograr una condición orgánica pero acicalada con esa sutilidad y tacto que hace a los pequeños frascos de aroma convertirse en un suculento deleite olfativo: “De casualidad, Sergio escuchó un fragmento de una de las canciones que ha terminado en este disco, y me preguntó que si era mía, porque le flipaba y quería saber si me gustaría grabarla con él; cosa que por supuesto me apetecía. Así que lo que comenzó siendo únicamente quedar para registrar una canción, terminó siendo el álbum al completo y el resultado final que ahora se puede escuchar”. Cruces de caminos, a veces casuales, otros consensuados, que terminan tomando una ruta común, en este caso dictada por las coordenadas donde la tradición se expresa pura y sin aditivos. Quizás por eso, precisamente, en sus manos, y sin la necesidad de artificios que las transformen en un ejercicio de consumo más, reluce con la identidad de quien es sabedor de estar hablando su propia lengua.
Vocablos, grafías e historias que han pasado de garganta en garganta; de Dylan a Townes Van Zandt; de Willie Nelson a JustinTownes Earle. Todo un continuo histórico al que rinde pleitesía el granadino pero al que se adscribe no disimulado entre réplicas o clichés, sino blandiendo la única herramienta con la que se conquista o se naufraga: las canciones. Y aquí las hay de muchos tipos, desde rastreadoras del verdín de los más ortodoxos ritmos campestres, como asumiendo la ocupación de trovador folk, hasta envites que buscan su fuerza en los pedales y la distorsión. Escenarios por los que nunca está de más cruzar abrazados bien fuerte el santoral que cada uno lleva bajo el brazo, por eso la personal, y roquera, adaptación de “Dublin Blues”, firmada por Guy Clark, es una luz hacia uno de sus inspiraciones pero también la necesidad de patentar su legado bajo un ADN particular: “Queríamos hacer una versión de alguna de nuestras referencias, pero también queríamos aportar algo nuevo sobre esa interpretación original”. Un recorrido perfectamente compensado y equilibrado en su clásica ascendencia que incluso se da algún capricho a la hora de hacer despuntar su más que evidente variedad. Una curiosidad, oculta y ajena a cualquier desvarío estilístico, que hace de “Blue”, gracias a unas bases rítmicas que laten con la sensual protuberancia del funky, una sábana de satén tendida sobre el agreste campo estadounidense: “Es uno de los temas a los que más cariño le tenemos, además durante la grabación acabó convirtiéndose en algo totalmente diferente a lo que teníamos en la cabeza”. Las sinergias y las miradas cómplices siempre han sido un perfecto salvoconducto para abandonar el camino trazado y llegar a un paraíso del que no se había oído hablar.
Casi a modo de hilo argumental común, cada pieza del álbum se comporta como un lamento afligido por la pérdida de ese suspiro romántico que, aunque extinto, sigue generando una onda expansiva llena de recuerdos y agujas sentimentales. Traslación de una herida universal que sin embargo en su enunciación transita un verbo de sincera congoja que delata los tintes biográficos que se esconden tras él: “Tanto Javi como yo escribimos de nuestras experiencias personales”. Un desconsuelo por esas fotografías que ya solo pueden ser contempladas en la memoria que, a modo de excepción, encuentra en el intenso y eléctrico “The Devil Walkin´ by My Side”, un espacio para la redención y la progresiva construcción de un horizonte despejado de nubarrones en forma de ramalazo enérgico: “De alguna manera es el punto de inflexión de la temática, nosotros teníamos en mente cuando la escribimos artistas como Marcus King o Chris Stapleton y ese sonido de country-rock pesado”. Nombres referenciales en la interpretación presente de la tradición del rock de raíces, incluido su característica e identificativa aptitud para que sus voces ejerzan como narradoras de historias, una virtud asumida igualmente por Mateo, que incluso en “Cigarettes in the Car (Close to Me, Pt.2)” observa, dando continuidad a un tema aparecido en su anterior trabajo grupal, una mismo instante desde ópticas divergentes: “Nos pareció divertida la idea de que surgieran dos sentimientos diferentes sobre una misma canción. Quizás en especial en ese tema nos centramos más en el aspecto narrativa del mismo, aunque se podría decir que se trata de un aspecto que impregna todo el disco”. Cantar y contar en un mismo verbo, esa cualidad a la que tienen acceso aquellos privilegiados que, guitarra en mano, ponen sentido o descifran sus propias experiencias.
Presencias ausentes que no solo competen a esa esfera romántica, tan dada a deshilacharse y transformarse en canciones, porque como indica el explícito título de “Grandadd.s Song”, algunas de las ramas del árbol genealógico del autor desaparecidas han tenido cabida en este excepcional repertorio: “Sin duda mi abuelo Manuel ha sido una referencia para mí y para toda mi familia como ejemplo de libertad individual y de pensamiento, una persona curiosa y llena de energía hasta el último momento de su vida, quería que hubiera un hueco para él”. Cantos de emocionante nostalgia que nunca acaban su recorrido, cuando son tratados con la excelencia aquí presente, en las pistas de un disco, alargando su existencia también en el contacto más cercano con el público, un sentido alojado habitualmente sobre los escenarios pero que en esta ocasión tiene una introducción a esa confraternización a través de la presentación de unas piezas audiovisuales, bajo el nombre de “Live Sessions”, que anticipan ese calor de los pequeños recintos: “Queríamos llevar a directo el disco y ver cómo podía funcionar, y la verdad es que estamos muy contentos con el resultado”. Un prólogo a la salida en carretera que nunca ha sido fácil, si la baremamos en términos cuantitativos, para una escena hecha de diminutos pero satisfactorios puntos de encuentro: “El circuito que circunda este género en España no es de masas, pero sí de muchos pequeños festivales y salas en los que nuestra música puede ser tratada con cariño, sabemos a lo que hemos venido y nuestra expectativa es gozar tocando nuestras canciones”. Calor y acogida que debería desbordarse para recibir a un disco de grandes dimensiones artísticas, aunque la realidad hace tiempo que decidió circular ajena al talento: “A día de hoy, si lo que quieres es hacer dinero con algo parecido a lo que hacemos nosotros, dedícate a tocar versiones de rock”.
“Things Left to Say” discurre con naturalidad, como el reflejo de quien interpreta una banda sonora íntimamente ligada a su persona. En este sobresaliente trabajo no hay imposturas, es una relación pura y talentosa con ese lenguaje de raigambre americana que atraviesa las décadas en una constante regeneración de su poder de atracción. Mateo Ortega y Javi Puertas hacen de esos ritmos que han escrito la historia del rock el vocabulario necesario para contar su historia, una propia que al mismo tiempo es universal. Como alude el título de este trabajo, siempre hay cosas imprescindibles dignas de ser dichas que, si no fuera por álbumes como éste, acabarían por disolverse entre el infinito: “Grabar el disco era una cuestión de necesidad, tanto para Javi como para mí, necesitábamos redimirnos de nuestras experiencias y convertir en belleza aquello que te ocurre en la vida”.





