Anni B. Sweet: “Alegría”


Por: Javier Capapé. 

Resulta complicado escuchar a Anni B. Sweet sin volver la mirada hacia los años sesenta. Lo suyo es moverse entre las coordenadas de la psicodelia y la canción melódica española. Un híbrido muy particular y genuino. Difícil de imitar. Precisamente en esta senda, sin apenas salirse de estas líneas, se encuentra su último álbum “Alegría”. Su segundo disco totalmente en castellano (tercero si contamos su colaboración en forma de largo con Los Estanques) se nos presenta como un conjunto de canciones vitales y cargadas de energía positiva, aunque con la fragilidad que caracteriza a su voz, que nos ofrece esa cara que podría mostrar el lado más vulnerable que todos arrastramos, aunque en este caso, Anni sería el antídoto o la faz amable con la que volver a levantar el vuelo. El título ya lo dice todo: “Alegría”. Con la que afrontar la vida y los reveses, con la que levantarse a pesar de los golpes. El disco puede presentarnos una lírica rugosa o cruda, pero la melodía siempre busca la luz. Prima la vitalidad sobre la dureza, la luz sobre la oscuridad. Porque ante todo, Anni intenta encontrar y hacernos partícipes de ese estado emocional ya desde el tema inicial, ese “Adiós con alegría” que nos lleva a esa fiesta de los setenta (¿sería más correcto llamarla “guateque”?) con su voz angelical y una sonoridad que ya no dejará en todo el metraje. Desde el mellotron que la inicia a las distorsiones o los bajos con cuerpo que la adornan, pero por encima de todo con esas líneas melódicas vocales estratosféricas. Te enamore o no, hay que admitir que sus cualidades son de órdago.

En esa línea psicodélica iniciada se mantiene “Nada grave”. Bajos poderosos, teclados que se contonean y un groove que engancha particularmente en ese contundente y directo estribillo. James Bagshaw, de Temples, produce junto a la propia Anni este disco influenciado por el universo surrealista de André Bretón, como la propia artista ha admitido, donde busca especialmente un equilibrio entre la delicadeza melódica y la exploración textural. A pesar de lo que pueda parecer en un primer momento, “Alegría” nace después de que la malagueña atravesara una profunda crisis personal. Ella expone abiertamente que se escapó a Aranjuez para lidiar con sus demonios y buscar la luz, pero el disco “viene de un lugar muy sombrío”. Lo curioso es que para salir de las sombras haya recurrido a sonidos tan vitales y coloridos como estos. Así, se mezclan los tintes cubanos y brasileños con el pop español de los sesenta, ese que deslumbra con su vitalidad y barroquismo. 

La portada refleja la dualidad entre la luz y la alegría que desprenden sus párpados arcoiris junto al dolor que recogen, a la par, las lágrimas en esos mismos ojos. Esa es la manera con la que el diseño de Mario Feal intenta transmitir las emociones que se mezclan en “Alegría”, que va unida irremediablemente a la tristeza, porque desde el dolor también se crece y el espíritu se transforma. La dualidad comentada se encuentra perfectamente expresada en “No le encuentro la gracia”, una canción de lírica directa, pero sin perder ese toque surrealista, acentuado también por la psicodelia sonora y el brillo melódico que no pierde su estribillo. La clase de Santiago Auserón adorna “Todo está bien”, otra canción de corte clásico que recoge la tradición del guateque y lo actualiza, como si estuviéramos ante un filtro castizo 2.0. No es el único invitado de este disco pues “En mi olvido” cuenta con Miren Iza. Un magnífico dúo que se alarga disfrutando entre teclas y armonías. Las guitarras recuerdan al leitmotiv de “Twin Peaks” para darle ese toque enigmático al más puro estilo David Lynch. 

Ana Fabiola López, el nombre real detrás del que se esconde la “dulce” Anni, intenta aportar profundidad a unas canciones cargadas de ligereza sonora, afirmando que “despedirse no implica necesariamente una derrota”. Siempre puede encontrarse un destello, algo que sugieren abiertamente otras canciones, como la más distorsionada “Amor” o la abrasiva “Llévame al Sur”. En la espacial “Un lugar para estar” también podemos encontrar fácilmente cobijo, al igual que en la más juguetona “Un buen trato”, donde nos queda la sensación de que todo puede caber en este disco si priman los toques coloristas y ácidos. Una de las canciones más interesantes que encontraremos, por ese bajo tan cercano al mismísimo McCartney, es la muy Beatle “Ni aquí ni allí”, como si nuestra protagonista se hubiese colado en el collage de la portada de “Sgt. Peppers”, y con un pie en los setenta por el trance que transmite su solo de guitarra tenemos “Después de brillar”, además de jugar con gran maestría de nuevo con las armonías vocales.

El disco termina con el pop conciso de “Bailando espero”. Una canción que conecta más con lo patrio que con la inspiración británica que encontraba Anni en otros trabajos. Aquí se dan cita de Miguel Ríos a Lole y Manuel, dejando claro lo que le da sentido a este álbum, que pretende ser una celebración, un grito de alegría, que se sobrepone al dolor. Un lugar intenso y florido desde el que crear y caminar a pesar de los momentos oscuros. Anni B. Sweet ha elegido ese camino tan valiente como dulce, porque ante el sufrimiento lo lógico podría haber sido un disco más crudo, pero ella nos da un motivo por el que levantar la mirada y bailar sin corsés. Un disco vital en el que encontrarnos y dar sentido a cada sorpresa que podamos encontrar por el camino, siempre y cuando sepamos afrontarlas con ritmo y una pizca de ironía.