Movistar Arena, Madrid. Domingo, 4 de octubre del 2026.
Texto: Guillermo García Domingo.
Fotografías: Marián Bujanda Bravo.
Antes de que actuara Silvio Rodríguez en su último concierto de la gira española (el décimo de la gira) el pasado domingo, lo precedió Pedro Pastor, que interpretó varias canciones militantes (sirva de ejemplo “Los olvidados”) con la intención de iluminar la oscuridad política que nos asedia por todas partes. El joven cantautor es el hijo de Lourdes Guerra y Luis Pastor, que ya contradijo hace unos años la idea de que los cantautores estaban desapareciendo con la ayuda de su canción recitada “¿Qué fue de los cantautores?”. Las hermosas canciones de Pedro Pastor inciden en la misma idea: la canción de autor ofrece el mejor cauce sentimental y musical para expresar el compromiso y la esperanza en épocas de transformaciones sociales y políticas como la actual. Los vientos revolucionarios de Cuba llevaron a Silvio en volandas hasta España al mismo tiempo que otros cantautores coetáneos en los años setenta del siglo pasado se hacían eco de lo que estaba pasando en las postrimerías del franquismo. Desde el principio Silvio gozó de una popularidad extensa e intensa en nuestro país que no ha decaído en ningún momento, aunque la trayectoria musical de Silvio haya tenido altibajos.
La voz de Silvio, lo comprobamos en los primeros compases de “Historia de las sillas”, no ha envejecido; su timbre singularísimo es el complemento perfecto para los delicados arreglos que extrae de su guitarra. Ambos instrumentos conforman un órgano indisoluble. El concierto, no obstante, alternó entre los pasajes musicales acústicos en los que los asistentes que llenaban el recinto cubierto más grande que hay en Madrid se animaban a cantar, y los pasajes orquestales que rezumaban el arte y la tradición de la nueva trova cubana que enardeció a Centroamérica en los años 70, período que coincidió con la consolidación la revolución cubana y la sandinista más adelante.
Los momentos orquestales prevalecieron, lo que definió el destino del concierto y evitó que éste se convirtiera en un homenaje más a Silvio y a sus canciones eternas. No lo necesitan, ellas se defienden por sí solas, aunque adquieran un estilo diferente. Algún tema de siempre como “Escaramujo” (“Rodríguez”, 1994), revivió animada por el espíritu del son cubano en una versión memorable gracias a la orquesta que acompañaba al cantautor. La interpretación de esta canción dedicada a las niñas y niños “pregunteros”, y a los filósofos que se niegan a crecer al igual que Peter Pan, suscitó admiración. Como también lo hizo la “Pequeña serenata diurna” que adoptó la forma de una canción de “bossa nova”.
En la mayoría de las canciones destacaron las tonalidades ofrecidas por la flauta travesera de Niurka González, la aportación de Maykel Elizarde, tocando el tres cubano y sus cuerdas dobles, el fondo del contrabajo de Jorge Reyes, y el piano luminoso de Jorge Aragón. Qué diferente habría sido “Sueño con serpientes” y sus aires orientalizantes sin la contribución de todos ellos. Hicieron lo propio con canciones menos habituales y populares. Me refiero a “¿A dónde van?”, que resultó verdaderamente hermosa o “Virgen de Occidente”. A propósito de esta canción, la crítica imperialista ha sido, es y será un denominador común de todos las veladas a las que nos invita Silvio. Su país es uno de los que con mayor determinación se ha enfrentado al imperialismo yanqui que el presidente actual de USA ha recuperado. La semana pasada anunció en la sede de la impotente ONU que “Cuba caerá” con el tono de matón al que nos tiene acostumbrados. Otro pueblo que ha sufrido las peores consecuencias del imperialismo es el palestino. Cuando todavía estábamos sobrecogidos por culpa de “La canción del elegido”, Silvio leyó un poema de Luis Rogelio Nogueras titulado "Halt!", escrito bajo los efectos perturbadores de la visita que hizo a Polonia y a Auschwitz en 1979, y casi al mismo tiempo que declamaba los últimos versos que apelan directamente a las personas judías de Israel: “Pienso en ustedes/ y no acierto a comprender/cómo/ olvidaron tan pronto/ el vaho del infierno”, la hija del cantante (que forma parte del elenco) le puso una kufiya palestina sobre los hombros, que llevó mientras interpretaba “La era está pariendo un corazón”.
Esta última canción mencionada sirve para apoyar la idea de que el concierto, pese al ambiente pesimista imperante, no pecó de derrotista ni mucho menos. Varias canciones del repertorio sembraron la esperanza en el público y nos animaron a no dejar de cebar la imaginación política, que es más imprescindible que nunca. Una de ellas fue “Más porvenir”, dedicada a Pepe Mujica, casi tan querido como Silvio por parte del público; también, “Venga la esperanza” y hacia el final el “Reparador de sueños”, protagonizada por esa “personita” que puede “enmendar lo roto”, “trocando lo sucio en oro”.
El momento íntimo de “La belleza” de Luis Eduardo Aute, que vivía por cierto a unos pasos de este lugar, en el encantador barrio de la Fuente del Berro, además de hacer honor a su nombre, no podía ser más pertinente en esta ciudad. Y nos hizo rememorar aquel inolvidable concierto en Las Ventas que se grabó y dio lugar al disco en vivo “Mano a mano” (1993) y a una exitosa gira posterior, que protagonizaron ambos cantautores a finales de los noventa. Este período coincidió con uno de los mejores momentos creativos de Silvio, que se plasmó en una trilogía extraordinaria: “Silvio”, “Rodríguez” y "Domínguez”, que cualquier aficionado del músico debería visitar a menudo. De esta trilogía incluyó en el repertorio el citado “Escaramujo”, “Ala de colibrí”, “Compañera”, “El necio” y “Quien fuera”, lo que remarca la importancia de estos álbumes.
El último trovador cubano, el que compuso “Ojalá” o “Óleo de mujer con sombrero”, que aparecieron cuando más se las esperaba, en los ansiados bises, no se despidió muy efusivamente del público debido a su timidez, o porque, lo que sería todavía mejor, tiene previsto regresar muy pronto.





