Tormentas eléctricas y elegancia de alta escuela en la última noche de Mad Cool


Recinto Mad Cool, Madrid. Sábado 11 de julio de 2026. 

Por: Javier González. 
Fotos: Estefanía Romero. 

Un calor asfixiante saludaba a los asistentes más madrugadores de lo que sería la última jornada del décimo aniversario de Mad Cool, una sesión que muchos esperábamos con ansías por la prestancia y categoría de los artistas propuestos para la última tanda que daría por finiquitada esta edición tan especial del festival madrileño. 

Y desde el principio de la misma quedó claro que el sufrimiento y el riesgo de sufrir un parraque iban a merecer la pena, sobre todo cuando casi a cuarenta grados de temperatura comenzaron a sonar en el escenario “Region of Madrid” los primeros acordes de la actuación de Jalen N´Gonda. Magnético y atrayente, retrotrayendo a los clásicos del género y a lo mejor del siempre reivindicable catálogo de la factoría Motown, despachó un show con parada obligatoria en lo que hasta a la fecha son sus dos únicos álbumes en el mercado, “Doctrine of Love” y “Come Around and Love Me”, ganándose el favor de un sufrido respetable que no encontró mejor modo de refugiarse de la que andaba cayendo que con el cálido acompañamiento de la voz del artista de Maryland, quien sin estridencias ni aspavientos demostró ser uno de los nombres más reivindicables de la escena negra actual. 

Tras su actuación, con la obligatoria pausa para acomodar todo el material técnico de rigor, llegaría el turno sobre las mismas tablas de uno de los platos fuerte de la jornada. Evidentemente estamos hablando de la aparición sobre el escenario de los siempre reivindicables The Black Crowes, que no defraudaron al demostrar que la categoría de la acertada mezcla de rock sureño, blues-rock y hard-rock que proponen sigue sonando absolutamente colosal. 

Más si cabe, toda vez que los hermanos Robinson, Chris y Rich, decidieron apostar por un set-list en el que no olvidaron incluir clasicazos como “Remedy”, con la que desataron las hostilidades, “She Talks to Angels”, “Thorn in my Pride”, revisiones como “Oh! Sweet Nuthin´”, original de la Velvet Underground, y la habitual “Hard to Handle”, popularizada por Otis Redding, dejando para el cierre una pesada y estupenda adaptación de su “Twice as Hard” con la que se ganaron a un público madrileño que supo valorar no solamente su calidad e importancia histórica, sino también la buena disposición que mostraron en un horario donde todavía el sol se mostraba esplendoroso, mermando de paso la calidad de un espectáculo que con un potente juego de luces hubiera crecido todavía más. 

Y lo que vino después, lo que vino después fue simple y llanamente la mejor actuación de todo el festival en esta edición. Una de esas epifanías para las que no se está nunca preparado y que días después del concierto sigue rondándote, traspasándote y revelándote tu simple condición de mortal. 

Porque da igual cuál sea el número de veces que hayas estado al otro lado del foso cuando tocan Nick Cave and The Bad Seeds. Acercarte a sus abismos, al centro de la tempestad, ser engullido y escupido fuera. Sentir el suelo temblar a tus pies, abrirse la tierra y ver a un palmo de tus narices los infiernos del señor Cave, para después coger el sendero que lleva al cielo por el camino de la redención es un aventura sonora para la que ningún humano está preparado, menos aún cuando todo ello sucede en tan solo dos horas. 

Avisaron desde el principio con una impetuosa y violenta “Get Ready for Love” antes de que la oscuridad y la tensión dramática de “From her to Eternity” y “Train Long Suffering”, se abrieran paso, mientras Nick volvía a ejercer de predicador, arengando a las masas, acercándose a ellas hasta fundirse en un solo cuerpo, rompiendo la cuarta pared camino del éxtasis colectivo, ante las caras de alucinación de los miembros de su iglesia, para a continuación dejar un momento de calma en la tormenta, mientras asomaba un rayo de luz divina personificado en la belleza de “Wild God”, elevada al cielo por la potencia vocal de sus coristas, y “O Children”, una de las favoritas del público. 

Ejerciendo de chamán una vez más mientras el bajo atronaba en su particular homenaje a Elvis Presley, “Tupelo”, rebajando a continuación el tono con las atmósferas quebradas de “Carnage” y una cautivador interpretación de “Joy”, donde la emoción brotaba en los propios ojos de Nick traspasada a decenas de personas que no podían escapar del embrujo del australiano, a la que siguió “Rings of Saturn” del “Skeleton Tree”. 

Entonces Janet Ramus adelantó su posición hasta justo situarse frente al piano de cola negra que para entonces ocupaba Cave, arrancando una sobrecogedora “Henry Lee”, arropada a una sola voz por gran parte de la audiencia en uno de los pasajes más emocionantes de la noche, que a su conclusión dio paso a la interpretación de una tacada de la colosal “The Mercy Seat”, la sorprendente “Papa Won´t Leave you Henry” y “Red Right Hand”, un corte que no necesita de presentación alguna, pero que en esta ocasión disfruté personalmente menos que en otras ocasiones en directo, cosa que no ocurrió con la fenomenal “The Weeping Song”, donde a su habitual dramatismo y lirismo se unió una sobrecogedora interpretación perfectamente arropada por un espasmódico Warren Ellis.

A continuación, llegó el turno de interpretar una canción de una mujer que “vivía y trabajaba” en “Jubilee Street”, preciosa en su crescendo, casi tanto como en su crítica a la doble moral y a la capacidad de redención y la búsqueda de la iluminación trascendental, y “Hollywood”, en una ejecución que se fue por encima de los catorce minutos de reloj, tras la cual The Bad Seeds abandonaron el escenario, recibiendo una calurosa ovación que antecedía al consabido final de fiesta. 

Allí de nuevo, nuestro hombre del piano, parapetado tras el mismo y un micrófono se disponía a dar por finiquitada la ceremonia, ante un silencio de los que impresionan de veras, atacó los primeros pasajes de esa alegoría al amor plena en belleza llamada “Into my Arms”, mientras el público capitalino acompañaba la letanía en el estribillo, en muchos casos aguantando las lágrimas, en otros directamente sin hacerlo, antes de que después del último acorde despidiéramos a Nick Cave con la categoría y el merecimiento que se debe a quien es un auténtico mito, sabedores de que nos había regalado, una vez más, otro de los conciertos más memorables de nuestra vida. 

Heridos, que no muertos tras semejante derroche emocional, nos acercamos hasta el escenario “Orange” donde apenas unos minutos más tarde comenzó la actuación de David Byrne. Otros de esos mitos que no necesitan carta de presentación, puesto que su andadura al frente de Talking Heads y la grandeza de su carrera como solista son de sobra reconocidas. Lo suyo fue otro concierto de categoría, de los que deberían ilustrar en el diccionario de la R.A.E. la palabra “elegancia”, donde no faltaron canciones de las que relucen sin necesidad de artificios y que hicieron las delicias de sus fans, sobre todo atendiendo a la gran cantidad de material rescatado procedente de la banda con que se hizo famoso, de quienes sonaron hasta un total de nueve canciones entre las que se encontraron “And She Was”, “Houses in Motion”, “(Nothing But) Flowers”, “This Must be the Place” o “Psycho Killer”, composición que muchos asistentes no pudieron disfrutar por una de las grandes rémoras del festival, extensible a otros eventos con similar planteamiento. Sí, me refiero al problemilla de solapar conciertos potentes. 

Y es que es una pena estar disfrutando del concierto de David Byrne, sabedor que se acerca la hora en que Pulp irrumpirán en el escenario “Region of Madrid” a tan solo a unos cuantos cientos de metros más allá. Esta forma de transmitir pildorazos, al estilo “Tik Tok”, afean la experiencia y no dotan a un concierto del valor de ceremonia real que deberían tener. Este tipo de cuestiones merecerían una vuelta de tuerca para todos los implicados en el asunto. 

Aún así nos acercamos a ver a la banda capitaneada por Jarvis Cocker desde el arranque de su concierto. Sabedores de que saldrían con la difícil papeleta de no quedar eclipsados por lo acontecido minutos antes sobre el mismo escenario y teniendo que remontar a un David Byrne que estaba dejando el listón bastante alto en ese preciso momento.

Los de Sheffield pisaron fuerte desde el minuto uno, dispuestos a hacer lo que mejor saben hacer, plantearon un set-list donde dieron fuste a lo más granado de su repertorio, lanzando órdagos desde el comienzo. Apabullaron con “Sorted for E´s & Wizz” a la que siguió esa bombazo llamado “Disco 2000”, la bailable “Spike Island” y una muy celebrada “Razzmatazz”, marcadas todas bajo el influjo del realismo costumbrista y la ironía del fenomenal Jarvis, quien se pavoneaba orgulloso y repleto de flema británica de un lado a otro del escenario, cosa bastante sencilla de hacer cuando luces galones en forma de temazos como “This is Hardcore”, “Do you remember the First Time?”, “Mis Shapes”, “Babies” y te dejas para el cierre una sobrada llena de cinismo al estilo de “Common People”. 

Tras el final de su actuación dimos por finalizada nuestra visita a Mad Cool, dejando atrás una tarde-noche de emociones fuertes. Deseando al festival que siga cumpliendo años y que en su propuesta siga imperando el buen gusto del que vienen haciendo gala a lo largo de toda su andadura. Brindamos por muchos años más.