Carolina Otero & The Someone Elses: “Lilith lo sabe”


Por: Kepa Arbizu. 

El territorio delineado por los mitos y leyendas es también, como cualquier otro, un campo propicio para ejercer la lucha ideológica. Más allá del poder simbólico desplegado por el relato hegemónico portado por sus fábulas, su carácter alegórico acaba permeando en el imaginario colectivo y por extensión floreciendo en el hábitat cotidiano, de ahí que disputar la supremacía a esos textos significa en paralelo alterar, y en última y más importante instancia revertir, su naturaleza impositiva. Una batalla nunca desoída por Carolina Otero, sea en su faceta literaria o musical, ambas sustentadas por un gran talento, pero que en su más reciente álbum adopta un idioma especialmente combativo, respetando eso sí una particular e ingeniosa lírica. En consonancia con esa actitud retadora y tajante, el título de su trabajo, “Lilith lo sabe”, alude directamente a un nombre femenino que desde las ruinas mesopotámicas, encarnado en demonio por su persecución de los instintos, hasta la cultura judía, fustigado con los versos bíblicos por ser la pareja no sumisa de Adán, ha servido para maldecir la condición autónoma y empoderada de la mujer. Un continuo histórico, estirado hasta nuestros días a través de metáforas vampíricas y maneras de femme fatale, en el que irrumpe la autora valenciana, haciéndole protagonista inspiracional de un cancionero dispuesto a envestir contra unos muros dispuestos para proteger ese paraíso terrenal construido por el poder masculino.

Dado que cualquier disciplina artística tiene la posibilidad de tender un vínculo que comunique de manera natural la forma y el fondo, el airado concepto de este álbum requiere la presencia de una sonoridad eléctrica y contundente, que si no es en absoluto ajena al ideario de la compositora, su inmediato antecesor, “Popalina”, aludía a una tradición más melódica y delicada. Un cambio de paradigma que sin embargo mantiene -y que además parece definir a la idiosincrasia del proyecto- lo que podríamos calificar como la utilización de un juego de equívocos o falsas apariencias. Porque si en aquel trabajo pretérito su condición en principio romántica cargaba con una mancha trágica, sus presentes temas rastrean y encuentran un idioma donde la ironía, o la cáustica comicidad, se siente copartícipe de un disco que, aunque fiero, sabe escabullirse por momentos tras una sonrisa que, eso sí, muestra unos afilados colmillos.

Una misión que no asume la valenciana en solitario, tanto en lo que concierne a su expresión artística, donde mantiene su “apellido” grupal, que señala a su banda Someone Elses, como a un concepto que actúa de correa de transmisión de toda una reclamación previa que a lo largo de las décadas ha ido acumulando su propio ejército de voces femeninas disidentes, un ejercicio en el que toma mayor sentido la versión interpretada de “Wuthering Heights”, logrando aunar las figuras de Kate Bush y Emily Brontë. Si Karl Marx alertaba sobre ese fantasma que recorría Europa, este trabajo perfectamente puede ser una postal escrita en el presente pero que recoge un movimiento que se ha desplazado a lo largo de los siglos enfundado en camisetas moradas. Un testigo de esa insubordinación que arrebata, que no solicita, el altavoz para su reclamación, siempre dispuesta a ser minusvalorada por quienes pretenden mantener a resguardo su posición privilegiada. De ahí que esa “Llorona de Europa” con lo que empieza el disco sea falsamente introducida por una voz dulce y virginal que, a modo de ensamblaje con su anterior disco del que se desprende, casi instantáneamente busca alojamiento en una maraña eléctrica pronto convertida en columna vertebral sonora del álbum. El rugir de guitarras, y de bajos borboteantes, que bandas como Breeders, Veruca Salt o Pavement convirtieron en acompañantes de pegadizas melodías, son también aquí el atril sobre el que se suspende un alegato que pretende romper un impuesto cordón umbilical que lejos de alimentar, exclusivamente sojuzga. 

Un sometimiento encarnado en múltiples tentáculos, casi todos conjugados desde la cotidianidad, y que por supuesto también penetran en los contextos artísticos, y dado que la autora del disco convive en el literario y musical, ambos tienen en este repertorio su espacio y los dos son el espejo de ese mansplaining destinado a convertir a la mujer en un verso falto de cualquier trascendencia, realidad que en la muy noventera “Cara flan” dibuja la mirada jerárquica de los “grandes” de las letras, y “Bla Bla Man”, que se revuelve entre un paisaje casi post punk, redunda en esa condescendencia, sinónimo de minimizar los logros del otro género, que deja a su paso ese “charco de hombre” que actúa como un pantano denso y viscoso decidido a intentar borrar e invisibilizar las huellas femeninas.

Instantáneas de un paisaje costumbrista, ubicado geográficamente de forma local en un mapa de carreteras que en “Jesús Pobre” se transforma en un vigoroso desierto propio del stoner rock, que amplía su radar hacia un contexto más amplio y expansivo, demostrando que lo “micro” existe como pequeños, que no menos graves, vástagos de unas estructuras globales. Un salto desde el zoom pormenorizado a una fotografía colectiva donde, por supuesto, el amor romántico, tomado como imposición histórica y no como decisión particular, se expresa en “Sierva de amor”, de manera muy sagaz, a través de un medio tiempo abrazado sin embargo por un aguijón eléctrico que ejerce de sentido arácnido decidido a escapar de esa ensoñación en blanco y negro. Una huida de esa cárcel opresiva y alienante, anhelada en una recitativa -al estilo Lula- “Lilith” que sirve como enumeración de pioneras que van desde Madonna a Simone de Beauvoir pasando por Anaïs Nin, y a la que dedicará una rabiosa despedida con vestimenta punk en “Adiós, hermanito”. Furia que se vuelve cólera a través de la potente, extremadamente explicita y noctámbula “Corredora de fondo”, sepultura para esos jueces que dictan sentencias reproduciendo roles de dominación, los mismos a los que Rosalía de Castro condenaba en unos versos, hermandados con los de la valenciana, tintados de desamparo al expresar que “de mí se burlaron, me vendió la justicia”. Un terror ancestral, donde el verdugo y los magistrados comparten universo tiránico, exorcizado en una canción y un disco que, más allá de su valor artístico, ostenta una llamada de urgencia en clave de rock. 

El resultado de “Lilith lo sabe” sería digno de elogio simplemente por la naturaleza subversiva que plantea, pero además de eso, hay en su interior unas composiciones que, valiéndose de esa atractiva mezcla entre melodía y crudeza, ostentan un calado musical sobresaliente. Un repertorio que funciona como cartografía del agravio patriarcal al que es sometida, desde múltiples esferas, la población femenina. Parafraseando el conocido poema de Alejandra Pizarnik, donde describe su condición como “Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea”, Carolina Otero Y Someone Elses han construido su particular refugio de sororidad, uno en el que ofrece cobijo y ternura para esa mitad del planeta maniatada por la dictadura masculina, pero que principalmente emite un sonoro rugido con el que incorporarse a ese coro de voces que persiguen alterar la historia, dejando atrás el silencio y poniendo rumbo hacia un destino que despierte de esa pesadilla de testosterona y privilegios otorgados por una arbitrariedad en forma de cromosomas.