Los Berrinches: Catálogo de rock subterráneo


Sala Ambigú Axerquía de Córdoba. Sábado 28 de marzo del 2026. 

Texto y fotografías: J.J. Caballero. 

De una reunión de amigos, improvisada y sin otras expectativas que las de pasárselo en grande tocando y gozando algunos de los clásicos subterráneos que ayudaron a construir las discotecas respectivas, proviene una banda circunstancial y atípica llamada Los Berrinches. No busquen discografía ni adelantos de futuros trabajos en Spotify, pues ni siquiera han pisado juntos un estudio de grabación ni intentado incursión alguna en ellos. Sin embargo, si repasan el historial de estos cinco magníficos del rock granadino verán que incluso salvan barreras generacionales y ocupan un espectro magnífico de influencias en las generaciones posteriores que han hecho, como hicieron ellos en su momento, a la capital nazarí el epicentro de un seísmo que aún hoy sacude a buena parte de la producción nacional. 

Hablamos de rock and roll, sí, pero podríamos igualmente hablar de estirpe, dedicación y entrega. Sólo por ver a Banin Fraile salirse del guion habitual que sigue cuando toca y graba con Los Planetas o se sumerge en las quebradizas aguas de la electrónica inteligente con Los Pilotos ya merecería la pena seguirles el rastro. Claro que si atendemos al lineup de la banda, nos topamos con la guitarra maestra de Juan Codorniú, artífice de algunas de las mejores páginas de la escena como teniente y mano derecha del capitán Antonio Arias en Lagartija Nick, después de romper esquemas y abrir afluentes con los añorados Valparaíso; o a Monago Tornado, responsable de mil noches de música y buenos alimentos al frente de otro imprescindible de la noche granadina, el Tornado Rock and Roll Club y mente preclara del punk underground como miembro fundador de Los Harakiri (si escuchan su primer y único disco entenderán por qué es un preciado objeto de deseo), secundado por Ángel Doblas otro pionero del punk local, y quienes recuerden a TNT también entenderán muchas cosas, al margen de su puntual participación como bajista en un tramo de la primera trayectoria de 091. Y si alguien aún no le ha puesto cara al enmascarado del fondo que suele tocar los tambores con Pelomono detrás del diminuto pero enorme Pedro de Dios, ahora tiene la ocasión de comprobar sus poderes a bigote y boina descubiertos. Se llama Antonio y siendo el más joven del lote impresiona su destreza, demostrada en proyectos puramente lúdicos como El Osombroso Y Sonriente Folk De Las Badlands y Los Primos, donde se adapta a los modos del blues, el folk y el rock de palos y piedras sin complejo alguno. Los currículos están sobre la mesa, ya sólo faltaba que el público de la sala Ambigú Axerquía viera y escuchara cómo juega sus cartas una super banda de estas características. Las bazas, es obvio decirlo, son casi siempre ganadoras sin necesidad de órdagos ni despistes improcedentes.

Desde la realeza psicodélica de mediados de los sesenta, revisada en “Reverberation” de los 13th Floor Elevators, hasta las maneras rock noventeras de Redd Kross en “Anna’s gone”, el abanico espacio-temporal de esta ilustre alineación se pasea en los prados lisérgicos transitados por Love en “7 and 7 seven is” o The Long Ryders en “I want you bad”. Para que las costuras punk de algunos de sus miembros queden en evidencia recurren al “Lonely boy” de los Sex Pistols o a una enfurecida “I wanna destroy you” que The Soft Boys arrimaron al power pop de Big Star (“September gurls”, por ejemplo, es otra titular indiscutible) y The Beat, con las guitarras echando fuego en “Don’t wait up for me”. Al festín añaden guindas a la sazón necesarias para entenderlo todo: “Can’t hardly wait” de The Replacements, “Surrender” de Cheap Trick, “Starry eyes” de The Records, “Father’s name is dad” de Fire –banda de dudosa localización en tiendas especializadas-, “Social end product” de The Bluestars o “Call off your dogs” de Droogs, otros que tal bailan. 

El menú suena coherente y condimentado con las mismas especias para el tramo menos subterráneo, protagonizado por “Femme fatale”, “Blood & roses”, “Russian roulette”, “Just what I needed”, “Modern love” y “Heaven” y sí, con los nombres de la Velvet Underground, The Smithereens, Lords Of The New Church, The Cars, David Bowie y The Psychedelic Furs subrayados en su agenda. Se podría escribir una enciclopedia con un set list como este, y Los Berrinches no necesitarían venderla puerta a puerta para quedarse sin existencias en el catálogo. Dejarían como fondo de stock otros artículos de lujo como “Motorbiking”, una joya de brillo eterno escondida en el decálogo del siempre minusvalorado Chris Spedding; el diamante bien pulido de “In the city”, extraído de los cajones abiertos de los imprescindibles The Jam; o un “Neat neat neat” contradictoriamente ensuciado por The Damned en su día. Ahí es nada, señoras y señores. 

Y podrían volver en cualquier momento si no fuera porque este, si nos atenemos a lo contado por ellos mismos, tiene todas las papeletas para convertirse en su último bolo, al menos a medio plazo. Demasiados frentes abiertos nunca deberían ser obstáculo para la diversión conjunta, y veremos si lo ocasional deja de estar reñido con lo habitual. En el escenario, la primavera sonaba igual de bien que lo hacía la primera vez que escuchamos cada una de estas canciones. La empatía con músicos como estos es una de los motivos de nuestro bienestar.