Templo Club, Madrid. Jueves, 9 de abril del 2026.
Texto y fotografías: Sendoa Bilbao.
Quizás sea el exceso de luz, ese resplandor insolente que aún bosteza sobre las terrazas que mueren cuesta abajo hacia los dominios de la Gran Vía, lo que termina por descolocar el pulso de la noche. Son pasadas las nueve de un jueves de abril y el reciente cambio de hora parece haberle robado al crepúsculo su vieja liturgia de sombras naranjas y púrpuras. En la puerta de la Sala Tempo, el templo musical donde hoy se anuncia su nombre, nos encontramos con Eder Portolés. Al fundirnos en un abrazo, la encuentro radiante, habitada por una calma que desafía la lógica del debutante. Porque conviene no llamarse a engaño: aunque hoy ponga de largo “E-Motion”,su primer EP aquí en Madrid, Eder no es una recién llegada. Su temple es el de quien ya ha quemado suelas en bares y escenarios de todo pelaje, desde el circuito jazzy más íntimo hasta el rugido del directo locales y salas de Euskal Herria. No detecto ni un ápice de nerviosismo, a pesar de que restan apenas veinte minutos para el estruendo.
Al entrar en el Tempo Club, la luz de la calle queda olvidada. Nos hundimos en la penumbra de esta preciosa sala donde reconozco, entre columnas y sillones, voces amigas y familiares ocupando sus puestos. Somos unos sesenta elegidos. En la puerta, custodiando la mesa donde esperan el CD y el vinilo, ejercen de anfitrionas la madre y la hija de Eder. Allí mismo, mientras Luna baila antes de que empiece la música, me introducen en la historia: la música en Eder es una cuestión de linaje. Me cuentan que su bisabuela fue cantante de ópera y zarzuela; que su abuela fue “tiple”, de aquellas cómicas que escoltaban a las vedettes. Su aita también canta y toca la guitarra. Siempre hubo música en su casa, sonaban cantautores, soul, folk y Eder y su prima, en un alarde de precocidad creativa, solían asaltar la paz del postre con espectáculos improvisados, coreografías del azar que arrancaban la sonrisa de la familia.
Nos acomodamos. Las luces se encienden y los músicos ocupan su lugar: Jose Gallardo al saxo, Carlos Velasco a la guitarra, Israel Santamaría al piano, Kepa Calvo a la batería y Johnnatan Álvarez al bajo. Una atmósfera ligera y densa a ritmo de latin jazz empieza a pintar las paredes de la sala. El saxo de Gallardo abre el camino y presenta a Eder Portolés sobre las tablas.
Eder toma el micro y presenta a su banda, esos marinos del norte que traen el salitre en el sonido. Fiel a su empeño de visibilizar a las grandes creadoras, como desde hace tiempo hace en “Sintonizadas”, su programa de radio en Vinilo FM que celebra la música en femenino, ofreciendo un espacio donde se destacan las voces y las historias de las artistas que crean y dan vida a la música. Sobre el escenario lanza un órdago de entrada invocando a Gladys Knight con "I’ve got to use my imagination", que también puede escucharse en el álbum. No es fácil empezar así, midiéndose con las divas, pero el público muerde el anzuelo desde la primera nota. La banda se mueve como una gran locomotora y Eder, al frente, transporta una voz sincera en los tonos bajos que despierta nuestras cavidades auditivas, conectando los polos para enviar electricidad a unas piernas ya imposibles de parar.00
Tras hablarnos de la importancia de la imaginación y de crear espacios seguros para la infancia, lejos de la hostilidad y la violencia, Eder mueve los engranajes del tiempo hacia su propia niñez con "Lovely Girl", . El saxo de Gallardo nos mete de lleno en el celuloide de la canción. La voz de Portolés vibra como el papel al final de cada estrofa, dejándose llevar por un viento en espiral en este ritmo lento y elegante que va cogiendo "grasa" y furia según avanza, otorgando fuerza y libertad a la niña que todos fuimos.
El escenario se transforma luego en un lugar de encuentro. Sube Nur, cantante, compositora y vocal coach, con quien Eder entabló una amistad de hierro durante la pandemia. Por fin se "tridimensionalizan" para cantar "You’ve got a friend" de Carole King. "Ella es una verdadera amiga", dice Eder. Nur, emocionada, despliega una cascada de voz que inunda la sala. Eder responde frase a frase, abrazándola con la sensibilidad de esta magnífica letra. Dos divas derrochando presencia vocal. Emocionante.
Sin tiempo para recobrar el aliento, llega "Luz de Luna", dedicada a su hija, Luna "desde lo más profundo". El teclado de Israel Santamaría inicia un groove y la voz de Eder me recuerda al pulso de Leonor Watling en sus últimos canciones con Leo Sidran. El ritmo de Kepa Calvo juega con una melodía de quiebres y curvas que nos lleva saltando de nube en nube por un pasadizo donde la pequeña Luna se abre camino hasta el escenario para saludar a su amatxu. Eder se agacha y le dedica los últimos versos: "ya no necesito hablar, solo mirar en ti, en mí, me podrás cantar".
El show sigue vibrando con una banda perfectamente engrasada. Nos traen ese soul de club, ese blues de callejón de Syreeta Wright con "To Know You Is To Love You". Es pura fiesta. Es tremendo ver cómo se devuelven la mirada los músicos, cómo sonríen, se pasan la pelota, se lucen y bailan. Eder sale de escena para dejarles brillar. Carlos Velasco demuestra por qué es el rey de las cuerdas, pasando el relevo a cada uno para volver al origen en una exhibición instrumental que culmina con "Jr Mister Magic", celebrada por aplauso y silbidos de un público ducho que sabe lo que tiene delante.
Eder regresa con un elegante cambio de vestuario en blanco y negro. La banda se retira a descansar y solo queda Israel Santamaría, dejando caer las notas del piano como canicas en el suelo para introducir la preciosa "Badakit". Cantada en euskera, Eder nos cuenta que, aunque sepamos las consecuencias, muchas veces volvemos a dejarnos caer, sabiendo lo que nos espera: Mismos planes, idénticas estrategias.. Aquí tensa y afloja su voz como una cuerda de guitarra, subiendo y bajando en un alarde de control, potencia y delicadeza.
En el tramo final, con el público en un puño, la banda vuelve para hacer girar la bola de espejos con "Let´s Stay Together", ejecutada con una precisión que nos teletransporta a los 70. Empasta perfectamente con "Deeply", otra de las magníficas piezas compuestas por Eder Portolés, que arranca lenta pero sube hasta hacer saltar al público, que se viene arriba coreando un estribillo que es pura reivindicación del sentir hasta las últimas consecuencias.
Aún queda espacio para la versión de la mítica "Natural Woman", que Eder reivindica desde la autoría de Carole King. Y para poner la guinda, sube al escenario Juan Ortiz, que ha acompañado a Eder en su promoción estos días. Israel y Juan comparten teclas a cuatro manos en "Street Life", recordándonos que la luz a veces brilla más fuerte cuando se refleja en los charcos de la calle. El groove nocturno y el ritmo sincopado nos llevan de vuelta a la mezcla de Chic y Kool & The Gang. Termina el show y la música nos da otra lección.
Eder Portolés ha demostrado que posee la arquitectura necesaria para sostener el peso de la historia: ha utilizado su fuerza vocal, su libertad creativa y un valor que solo tienen quienes se atreven a desnudarse sobre las tablas para fusionar su elegancia y buen gusto con el legado de las grandes divas del soul y el blues. Arropada por una banda que mueve las ruedas del mundo con precisión rítmica, ha logrado lo imposible: convertir el último rastro de luz del día en la esencia más pura y vibrante de la noche.
Este concierto marca el inicio de una cartografía nueva; esa contaminación de alma y ritmo que te deja el pulso cambiado para patear el asfalto madrileño con otra cadencia, con otra urgencia. La música de Eder Portolés es una necesidad biológica en estos tiempos de ruido estéril: convertir el silencio y la oscuridad en brillo, luz, estilo, juego, elegancia y fiesta. Vayan a verla, déjense golpear por esa verdad antes de que el mundo se vuelva más sordo.
Mientras subo las escaleras del Tempo Club, con el eco del saxo todavía enredado en los pulmones y esos estribillos de Portolés que se niegan a abandonarme, comprendo que la la ciudad nos espera con un guion todavía por escribir y siento que la noche nos guiña un ojo con su luz oscura.






