Antoine Fuqua: "Michael"


Por: Javier Capapé. 

Llevo días dando vueltas a las sensaciones que me provocó el biopic de Michael Jackson. Impactante en lo visual, pero vacío en lo argumental. No nos descubre nada que no supiéramos ni se enreda en elucubraciones que destapen los capítulos más controvertidos de su vida. Es una película correcta, de factura nada reprochable (aunque pierde el espíritu que su director impuso en obras más directas como “Training Day”), pero la sensación final es que nos falta algo. Cierto es que una película de duración convencional que condense la vida del Rey del Pop es casi imposible de imaginar, pero esperaba algo más de “Michael”.

En lo estrictamente musical se convierte en una precisa recreación de algunos de sus hitos más celebrados: la presentación en televisión de “Billie Jean” y el estreno de su eterno "Moonwalk", la grabación junto a John Landis de su videoclip más famoso, el cierre de su última gira con los Jacksons 5 o su triunfal primer tour en solitario con “Bad”, concretamente en sus celebrados conciertos en el estadio de Wembley en Londres. Pero a pesar de que la recreación de estos momentos sea fantástica, es mucho más recomendable verlos en sus versiones originales, que para eso contamos con registros de todos ellos que ya de por sí son sublimes, con su verdadero protagonista y sin necesidad de contar con planos más estudiados o la presencia de un actor de gran credibilidad para llamar nuestra atención. A pesar de esto, no hay nada que reprochar a Jaafar Jackson, que está tremendo en cada plano (también habría que destacar a Juliano Krue Valdi dando vida al pequeño Jackson y representando de una forma muy creíble el miedo y dolor que le provocaba la presión de su padre). La forma de adoptar la entrega de su tío y hacerla suya es tan creíble que, por momentos, parece que estemos viendo al mismísimo Michael, como si estuviéramos más bien delante de un videoclip que de una película. Imita cada gesto y reproduce cada uno de sus tics a la perfección. Sin embargo, en la parte más dramática, “Michael” chirría. Todos sabemos que la tremenda exigencia y control de su padre Joseph (un abrumador Colman Domingo) le condujeron a esa personalidad atormentada que le hizo buscar la infancia fuera de su momento, en una especie de identificación paralela entre su figura y la de Peter Pan, muy bien plasmada en momentos clave de la cinta. También somos conscientes de todo lo que el patriarca de los Jacksons contribuyó para que Michael no se sintiera realmente libre para llevar las riendas de su carrera (es paradójico que al lanzar el disco más importante de la historia como fue “Thriller” no pudiera hacer una gira solista para presentarlo). Pero aquí no nos destapa nada nuevo, nos sentimos casi como si presenciáramos un documental edulcorado de su pasado, pero sin llegar a mojarse más allá de algún plano de gran tensión contenida.

En cuanto a las secuencias donde se tratan sus labores de composición o trabajo en estudio, sobre todo desde la llegada de ese hito que fue “Don't stop ‘til you get enough”, son más interesantes los documentales que en su día firmase Spike Lee, principalmente aquel que se detiene en el viaje del joven Michael desde sus años en la Motown hasta la grabación de “Off the Wall”. Pero claro, no podemos pretender que la película tenga un carácter documental, porque esto es un biopic (o la primera parte del mismo) y por eso utiliza todos los trucos propios de este tipo de films: saltos temporales, forzados videoclips, negociaciones en los despachos de las discográficas (a destacar su lucha por copar la MTV)... pero por encima de todo, uno de los momentos que más se eleva por encima del resto es cuando Michael se encierra en su estudio para dar vida, con poco más que su voz y sus notas colgadas por todo el estudio, a las canciones que formarían su obra maestra, ese “Thriller” que le hizo ocupar el trono del Pop para siempre. Esas escenas son mágicas, lo mejor de la película. Vemos como tararea futuras melodías, busca arreglos rítmicos e incluso lucha por ordenar esas canciones o darles sus definitivos títulos. Junto a esto, las escenas con Berry Gordy en los estudios de la Motown o con Quincy Jones definiendo su personal estilo también se quedan grabadas en nuestra mente (así como su apoyo íntimo en su asistente personal o en su mánager John Branca), más incluso que los apoteósicos números en directo que deslumbrarán al iniciado, pero no le dejarán boquiabierto si han podido ver alguna de las presentaciones en vivo que se conservan del astro pop, o si, como el que esto firma, tuvieron la suerte de verle en directo en alguna de sus irrepetibles giras. En este sentido la película reproduce el éxito que cosechó “Bohemian Rhapsody” al recrear el concierto de Queen en el Live Aid en su metraje. Plano a plano, como también se replica aquí la interpretación de “Bad” en Wembley durante el verano de 1988, punto que además sirve de colofón de la cinta, como queriendo dejar claro que con ella lo que desean mostrar sus productores (y por ende la propia familia del artista) no es otra cosa que el ascenso de este ídolo de masas, pero para nada su caída. Cabría preguntarnos ahora si para eso se reservan la anunciada segunda parte.

Hay momentos que rozan lo esperpéntico (tal y como era el propio Michael), como cuando comienza a llenar su mansión de animales exóticos o su habitación de cientos de peluches. También aparecen sus compras compulsivas de juguetes, aunque tratadas con cierta distancia e imprimiéndoles un tono suavizado que resalta únicamente lo mejor de ellas, como el momento en el que en lugar de esconderse en una de sus jugueterías habituales comienza a firmar autógrafos a los niños. Se tratan de refilón sus problemas de vitíligo o sus primeros retoques en el quirófano, pero por encima de estos temas más controvertidos destaca ese momento por todos conocido tratado con gran virtud. Ese accidente rodando el anuncio de Pepsi que le llevó a tener fuertes quemaduras en su cabeza que pudieron ser el punto de partida a su adicción a los calmantes (de hecho se nombra el demerol y a todos nos viene a la cabeza el día de su fallecimiento). Pero lo que más debería importarnos no son estos detalles, sino la música que revolucionó el Pop y que llegó a todos los rincones del planeta. Michael Jackson no sólo como icono sino como un talentoso músico e intérprete sin parangón. Un animal de escenario que, como muestra la película, sólo fue realmente feliz encima de las tablas (y quizá también compartiendo películas de Charles Chaplin junto a su madre), donde era simplemente un músico inigualable y pasional enamorado de su trabajo.

Asistimos a un periodo de biopics musicales en alza. En los últimos años hemos podido sumergirnos en parte de las historias de Freddie Mercury, Elton John, Elvis Presley, Bob Dylan o Bruce Springsteen a través de películas que muestran el interés por este género. La familia Jackson ha querido aprovecharlo y limpiar así parte de esa imagen con más sombras que luces del mito de Indiana, pero a pesar de mostrar momentos brillantes, la película de Fuqua no llega a convertirse en icónica. Disfrutaremos de su apuesta escénica y sonora (e incluso bailaremos hasta en la sala de cine si nos lo permiten), pero nos dejará un regusto agridulce como de obra incompleta que merece algo más. Puede que en su continuación encontremos las respuestas, pero mientras tanto suban el volumen de su equipo de música y háganse el favor de darle al play al mítico concierto en Wembley que ya hemos comentado o, si lo prefieren, al grabado en Bucarest durante su “Dangerous Tour”. También pueden elegir cualquiera de sus famosos videoclips (ni que decir tiene que muchos de ellos son auténticas obras de arte). Estoy seguro que de eso no se arrepentirán nunca.