Por: Begoña Serralvo.
Kevin Morby lleva ya más de una década consolidándose como uno de los nombres más reconocibles dentro de la renovación contemporánea de la canción americana. Su trayectoria, tanto en solitario como en sus inicios con Woods, se ha movido siempre en un punto intermedio entre el folk-rock de raíz, cierta herencia del indie de los 2000 y una lectura muy personal de la tradición del rock estadounidense de autor, con ecos que van de Bob Dylan a Lou Reed, pasando por el Neil Young más contemplativo.
"Little Wide Open" (2026) se sitúa en continuidad con "This Is a Photograph", uno de los trabajos más celebrados de su discografía reciente. Si aquel disco articulaba un discurso explícito sobre la memoria, la muerte y la relación con la ciudad de Memphis como espacio simbólico, este nuevo álbum opta por una formulación más contenida, menos narrativa y más atmosférica. No hay un concepto tan evidente, sino una sucesión de canciones que comparten un mismo clima de contemplación.
Desde su apertura, el disco se instala en una tradición bien reconocible dentro del rock americano: la del folk eléctrico de tempos medios, la psicodelia suave de finales de los sesenta y el sonido de autor de los setenta más introspectivo. No es difícil encontrar conexiones con determinados pasajes de Gram Parsons, con el periodo más sobrio de The Band o incluso con ciertas derivas del Neil Young de "Harvest" o "On the Beach", aunque filtradas por una producción contemporánea mucho más limpia y contenida. Canciones como “Badlands” funcionan en ese sentido como síntesis del enfoque del álbum: una escritura que utiliza el paisaje como estructura narrativa mínima, más cercana a la tradición del country existencial que al indie-rock urbano. “Natural Disaster”, por su parte, se mueve en una lógica similar, trabajando la idea de fragilidad desde arreglos muy reducidos y una interpretación vocal que evita cualquier exceso dramático.
El resto del disco mantiene esa misma línea estética. Guitarras acústicas muy presentes, teclados que remiten a una psicodelia ambiental más que a la tradición del rock progresivo, y una sección rítmica que rara vez busca protagonismo. Todo está orientado a sostener una idea de continuidad más que de contraste, lo que sitúa el álbum más cerca del formato de “paisaje sonoro” dentro del folk-rock que del canon de canción clásica basada en estribillo. En ese sentido, "Little Wide Open" se aleja del impacto más directo de otros trabajos de Morby. No hay aquí canciones concebidas para sobresalir de forma inmediata ni momentos especialmente orientados al gancho melódico. El disco funciona más en términos de acumulación de atmósfera que de construcción de picos emocionales, algo que lo emparenta con ciertas tradiciones del rock estadounidense más contemplativo de los setenta y con parte del indie-folk contemporáneo menos centrado en la inmediatez.
La consecuencia de esa elección es doble. Por un lado, el álbum gana en cohesión y en consistencia interna; por otro, pierde parte de la capacidad de impacto individual de sus canciones. Es un disco que se beneficia claramente de la escucha completa, pero que ofrece menos elementos aislados que permanezcan con facilidad en la memoria. Aun así, el trabajo confirma a Morby como un compositor plenamente integrado en una tradición muy concreta del rock norteamericano, la que entiende la canción como espacio de observación más que como vehículo de impacto. En un contexto en el que buena parte del indie contemporáneo ha tendido hacia la fragmentación estilística o la sobreproducción, su apuesta por una escritura más clásica, contenida y de desarrollo lento adquiere un valor propio.
"Little Wide Open" no supone una ruptura ni un punto de inflexión dentro de su discografía, pero sí una consolidación de su lenguaje. Un disco que no busca reescribir las reglas, sino afinar una forma ya reconocible de entender la canción americana contemporánea. Un álbum reconfortante en tiempos convulsos.



