Por: Kepa Arbizu.
Los mismos elementos simbólicos son utilizados por las diferentes culturas bajo significados muy dispares, incluso antagónicos, lo que delata la multiplicidad con la que los seres humanos son capaces de interpretar y codificar su realidad. Si la serpiente negra sobre la que cantaba el mítico bluesman Blind Lemon Jefferson se desplazaba amenazante cargando consigo angustiosos miedos y anhelos, dicho reptil -sin importar su color- para el imaginario chino ostenta un papel sagrado, encarnando en su figura virtudes como la sabiduría y la capacidad de adaptación. Aptitudes que le permiten alojarse en el horóscopo y por lo tanto ostentar el dominio de ciertas páginas del calendario, entre ellas, las del 2025, un año observado por esos inquietantes ojos que sin embargo bajo las costumbres del país asiático alojan una lúcida intuición. Teniendo en cuenta esos antecedentes, no parece osado intentar traducir el concepto vital que se esconde tras el título del nuevo disco de Pablo Carrascal, “Year of the Snake”, el que, más allá de servirse del almanaque oriental, otorga al viscoso desplazamiento reptiliano la representatividad de una época de cambio y sus consiguientes alteraciones en el ecosistema propio.
Fueron las calles de Córdoba -en el sentido estricto de la palabra- el escenario primigenio donde este compositor andaluz encontró su primer teatro de los sueños, un público ambulante al que ahora ha decidido escuchar en otro idioma expresar perplejidad ante su arte, trasladándose hasta Irlanda para hacer de sus barrios, esquinas y en definitiva de unas tablas sin techo, el renovado entorno donde hacer renacer, o reproducir, sus actuales pulsiones sonoras. Sea por una adicción al espíritu nómada, por las necesidades del momento o simplemente por abrir un nuevo vértice en su carrera, la única realidad es que ese desplazamiento ha traído en paralelo la publicación de un nuevo álbum, causa o consecuencia de ese acontecimiento, que anuncia sin complejos la existencia de un descomunal talento para hablar por boca de unos sonidos americanos ilustrados por una terrosa y emocionante tradición.
Mientras que se debutante trabajo, el EP “Come to Realize”, nos ofrecía a un hombre escoltado casi en exclusividad por su guitarra, manteniendo el clásico arquetipo de vagabundo intérprete, su continuación es un ensanchamiento de ese perfil, no solo en cuanto al número de temas grabados, de nuevo registrados en su refugio predilecto, los Magnetic Pie Records, sino sobre todo en lo concerniente a un aporte instrumental que, sumado al habitual acompañamiento de Alfon Aguilera en la pedal steel , añade algunas exquisitas presencias, especialmente la que responde al nombre de Raúl Bernal, genial e identificativa firma posada sobre las teclas. Un episodio que por lo tanto no es reflejo exclusivo de unos pasos errantes dictados en solitario, son también huellas compartidas que su estela, ampliada por el número de ellas, dibuja un plano de fronteras dilatadas. Geografía sonora y existencial destinada a esquivar cualquier domicilio fijo pero revelada bajo lo que es ya el surco identificativo adjudicado a la imponente y escalofriante personalidad de este peatón trashumante.
La primera y exuberante sorpresa con la que se va a topar el oyente novato en el artista andaluz es su corpulenta y rasgada voz, que parece directamente donada por el más curtido y sobrecogedor songwriter, características muy lejanas a su verdadera fecha natalicia. Una condición interpretativa que ensalza todavía más el, asumido con absoluta naturalidad, papel de trovador campestre. Expresividad que a lo largo del álbum se va a debatir entre su formulación más despojada y una sustentada en un mayor poso instrumental, dualidad respetuosa en todo momento con la extrema sobriedad que caracteriza a un estilo donde, si sus profundas cuerdas vocales retumban, al igual que un teclado emergiendo desde lo más ancestral, no lo hacen menos las pulsadas sobre una guitarra que aparece prístina para convertir el paisaje irlandés en territorio casi mítico en “Deep Water”. Una canción que estrena y certifica como esencial referente, a la hora de buscar un reflejo en estas canciones, al crepuscular y colmado de emoción Johnny Cash de las American Recordings. Ceremonial y grandiosa figura que muta en la de otro forajido contemporáneo que responde al nombre de Malcolm Holcombe, quien parece tutelar el folk recitativo de la composición titular, y que como tal, acata los incontrolables caprichos solicitados por todo camino emprendido.
En esa constante búsqueda de las raíces que representa la música de Pablo Carrascal, encontramos trayectos con domicilio común pero conducidos bajo matices diferenciadores, porque mientras el honky tonk de “Homesick”, vindicación del paso migratorio a la vez que sátira sobre los infortunios de la estabilidad, se presenta armado de su configuración clásica, la presente por ejemplo en las manos de Waylon Jennings, “Fivers and Tenners” asume ese imaginario a través de la única compañía ejercida por la guitarra; la misma que rasgará con vehemencia en “Lady Raw” para enfrentarse a los desmanes románticos. Aciagos encuentros amorosos expuestos sin embargo con vulnerabilidad en la desnuda “To be a Tree”, demostración de la constante alternancia de sentimientos que van anidando en cada canción, donde el intimismo, propio de otro joven genio como Colter Wall, que acompaña al doloroso retrato costumbrista de “Mary and the Moon” se teñirá de melancolía para “Missing Smile”. Pasajes anímicos que musicalmente tienen su vértice más roquero, un ambiente en el que se sentirían cómodos Gurf Morlix, John Hiatt o Otis Gibbs, en “Country Star”, donde su narrativa es observada desde la lente cinematográfica de John Ford. Y es que quizás sean esos cuatreros sucumbidos al paso del tiempo los más dignos protagonistas de este relato vital.
Escuchando con perplejidad “Year of the Snake”, costaría, si no contásemos con información previa, asignarle un espacio temporal concreto, algo que para este tipo de música no es solo un elogio, también y principalmente la conquista eternamente anhelada. La portentosa voz de Pablo Carrascal se antoja casi como un atributo de origen desconocido otorgado a cambio del compromiso para ejercer como orador de sentimientos universales, un requisito asumido por otra parte de manera sobresaliente. Si a la postre monarcas en su género, como BB King, nacieron cual plebeyos tocando en las avenidas de Misisipi, no es atrevido afirmar que este músico andaluz podría ser lícito heredero de un recorrido similar. Quizás su reinado represente a una nación sonora más austera y anónima, pero eso no impide sentirla como una residencia a la que encomendarse constantemente.



