Iván Ferreiro: Marcharse y aguantar


Sala Multiusos del Auditorio de Zaragoza. Viernes, 26 de junio de 2026 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Cierro los ojos, pero lo veo todo claro. Un pensamiento circular me atrapa. Hoy todo está tan bien que nada lo puede estropear. Hoy toca celebrar con Iván Ferreiro treinta y cinco años encima de un escenario. Por eso Zaragoza se preparó para recibirle como nunca antes había hecho. La sala Multiusos se encontraba llena hasta la bandera y su temperatura subió de forma instantánea antes incluso de que se levantara el imponente telón de leds que encapsula el escenario. Tras ese telón en red que deja ver a la banda como si estuviera encerrada en su particular local de ensayo, los siete músicos que se reunieron en torno a estas canciones encararon el arranque con la revisión de "Hoy por Ayer", canción que además da nombre a esta gira irrepetible. 

Y digo irrepetible porque nunca hemos visto a Iván así antes. Es un músico al que siempre encontramos relajado encima del escenario, pero quizá esta vez se encuentre todavía más seguro. Moviéndose de lado a lado de las tablas sin tener que refugiarse detrás de sus cacharros, teclados y modulares. Está disfrutando de cada tema, pero sobre todo de aquellos que llevaba tanto tiempo sin tocar. Esos que quedaron detenidos en el tiempo tras echar el cierre a Piratas y que ahora los siente libres en su segunda vida. Sin ataduras ni rencores. Mejor que nunca. Por eso nos sorprende que no le ponga pegas a encarar rápidamente "Muertos", a mi gusto una de las más desgarradoras de aquel definitorio "Ultrasónica", o "Jugar con los coches", que de inesperada se torna más incisiva si cabe, ayudado por los juegos de guitarras del propio Emil Sáiz desde el extremo derecho del escenario. En el izquierdo se encuentra Amaro, más comedido que en otras ocasiones, pero controlando desde su serenidad que todo fluya. La mano derecha de su hermano, que es mucho más que el autor de "Turnedo", es el que imprime el carácter y la presencia en un escenario donde no falla nada ni nadie. Desde las luces a la precisión de cada músico. Gana enteros Sergio Martínez Puga, muy presente con la acústica o los teclados, y la contundente presencia de Ricky Falkner, que imprime a sus líneas de bajo algo más que carácter junto a la maquinaria bien comandada por la batería de Mole.

Hay otra voz discreta pero esencial en este cuerpo escénico. Hablo del imprescindible Pablo Novoa, historia de nuestra música, aunque ya podríamos decir que lleva más años al lado de los Ferreiro que junto al resto de destacadas bandas de las que ha formado parte. Tampoco se crece ni destaca, pero da lo que necesita cada canción, desde atrás, sin hacerse notar, pero haciendo todo mucho más grande. Esa es la magia de los músicos que acompañan a Iván, una banda que no es un grupo de acompañamiento, es una banda en sí misma. Una de las mejores y más consistentes de nuestra escena, aunque claro, con esta materia prima es difícil no destacar.

"Aunque creí que nunca más sería capaz de comenzar, la fantasía es una vía". Esta es nuestra fantasía, la que Iván nos ofrece a retales. De "Toda la Verdad" a "Casa", esa en la que se transformó la sala Multiusos donde estaban todos los que importan, con los que Ferreiro lo comparte todo. Y como él mismo advirtió desde el principio, había venido a dárnoslo todo y por eso prefería que las canciones hablasen solas e ir del tirón. Salvo esas palabras, apenas pronunció ninguna más en el resto del show, pero no importaba, hablaban las canciones, un compendio muy equilibrado entre su repertorio solista y el de Piratas. No olvidemos que ésta es una gira que conmemora toda su carrera hasta el momento, pero aún así tampoco creíamos que Piratas acaparase tanto protagonismo, desde la intensa brevedad de "Inerte" a la conmovedora "M" (ambas habituales en sus últimas giras), aunque lo sorprendente fue encontrarnos después de tanto tiempo con la sentida "Te echaré de menos" o con esa plegaria en forma de segunda oportunidad, la trascendente "Reiniciar". Con ella puse mis datos a cero, para volver a empezar, y sin darme cuenta ya estaba atrapado. No sabía si era sudor o lágrimas, o más bien intensa comunión y comunicación. Mis ojos seguían cerrados por momentos, como queriendo encapsular estos momentos o retrotraerme a aquellos en los que descubrí estas canciones, pero por muy cerrados que los tuviera solo encontraba luz. A veces es mejor cerrarlos para encontrarse con uno mismo y sentir con plenitud, y precisamente eso es lo que estaba viviendo. No hay nada mejor.

"Extrema pobreza" volvió a ser una muestra patente de la intensidad con la que se entrega Ferreiro cada noche. Todo parece brotarle de forma natural, pero no da puntada sin hilo. Y si ésta nos hace bajar, el contrapunto para subir lo encontramos en las más coloristas "El Dormilón" (un tratado de resiliencia y compenetración) o "Pájaro Azul". El seductor riff de "Fecha Caducada", de la mano de un desbordante Emil Sáiz, nos hace levitar, aunque flotamos realmente con su sensacional estribillo. Cantamos a pleno pulmón, soñando con esas noches en la Oasis en las que escuchamos por primera vez canciones como ésta y el mundo cambió para aquellos pocos afortunados que se convirtieron en fieles, no tanto de la banda viguesa en sí misma, sino de una forma de entender la música. Esa forma que conecta directamente con "Ciudadano A", que después de mucho tiempo volvió al setlist y nos dejó un abrazo entre Amaro e Iván para el recuerdo, de los que se sienten entre todos los presentes. Los dos hermanos como un todo, encontrando apoyo desde antes incluso de que Iván reiniciase tras los difíciles años de "Relax". Eso han sido siempre los dos, conectados y compenetrados, un monstruo de dos cabezas que exuda una infinita entrega del uno hacia el otro.

Es cierto, no puedo escuchar a Iván Ferreiro de forma objetiva. Forma parte de mí. Entré en su mundo hace mucho tiempo (hago recuento y son ya treinta años, demasiado como para no considerarlo familia) y no pretendo salir de él. Me atrapa su “pensamiento circular” y no puedo evitar volver. Esta vez compartió la magia de esta canción con otro de sus hermanos, un Leiva que apareció en el escenario no como sorpresa, pues muchos ya sabíamos que colaborarían juntos tanto en éste como en el concierto del madrileño del día siguiente, pero sí como apoyo sincero. Leiva se acomodó en la "casa" de Ferreiro y se lanzaron a compartir "Breaking Bad", así como una versión de "Promesas" más desnuda que, como todos sabíamos, iba a terminar en una "Insurrección" desbocada. Después de esta intensidad nos repusimos al calor de la ranchera "SPNB", aunque seguidamente subiríamos las revoluciones de nuevo con la explosividad de "Mi matadero clandestino" y con la frenética "El viaje de Chihiro". No faltaba nada. Apenas echábamos de menos canciones, pues el show fue un continuo sube y baja alternando lo más evidente con lo menos esperado. Un cóctel realmente certero.

No iba a haber bises, pero sí bajarían una vez más el telón de leds para desbordarnos con la impactante "Teching", que con su final programado y explosivo nos llevó hasta una de las canciones más confesionales del gallego, aunque a decir verdad, ¿cuál no lo es? "En el Alambre" volvió a encogernos el pecho y a coquetear con la entropía, aunque en este caso la dispersión de energía en la Multiusos fuera entendida como un acierto a compartir más que como la pérdida del orden y la llegada del caos. Con Ferreiro no existe ese caos, hace tiempo que lo suyo es el equilibrio y sí, quedó demostrado con creces que ese equilibrio es posible. Un equilibrio que se concretó de nuevo no sólo en la canción que lo lleva por título, sino también en otras como "Años 80", que enfiló la recta final y, como cada vez que la escucho, se convirtió en emblema. No podía estar la banda más arriba ni el público más entregado. Iván ha aprendido a amar esta canción casi tanto como su público, que la adora, porque tiene imán y volvió a demostrar su tremendo magnetismo, algo similar a lo que ocurrió antes de ver el fin con "Cómo conocí a vuestra madre", devolviéndonos las ganas de comernos el mundo, aunque a decir verdad, esa sensación no dejamos de tenerla ni un momento durante todo el concierto.

A estas alturas, tan agotados como dichosos, todos esperábamos "Turnedo", que como ya es costumbre, siempre viene de la mano de la primera estrofa de "Diecinueve" de Maga. Ambas se han hecho inseparables, siamesas, pero la magia del tema más redondo de la historia de nuestra música en lo que va de siglo se la debemos al bueno y discreto de Amaro Ferreiro. "Turnedo" nos deja ver la playa cada noche y nos recuerda que siempre podemos volver a empezar si dejamos que corra el aire. ¡Es tan necesario saber decir adiós! Marcharse y aguantar. Pero yo no quiero despedirme de Iván, ese cómplice que parece que sepa decir justo lo que necesitas en cada momento, ese prestidigitador de lo cotidiano, ese hermano que me aguarda en cada una de sus canciones, que de tanto escucharlas ya son casi más mías que suyas. Quizá sea ese el sino de su música, hacerse un hueco en nosotros, perder su autoría para ser de cada uno que verdaderamente las sienta. Y está claro que el último viernes del presente mes de junio varios miles de zaragozanos así lo hicimos. Cerramos los ojos y las sentimos. ¿Podrían haber sido otras? Sí, pudimos echar en falta algunas, pero éstas fueron las justas para llenar el concierto más generoso y personal que he visto del gallego.

“Mi coco me dice que hoy mi vida entera pasará ante mis ojos y pediré perdón”. No pedí perdón por emocionarme como nunca durante estas dos horas intensas (una emoción totalmente sincera que podrán corroborar fácilmente los que estaban conmigo), pero mi vida entera sí que pasó ante mis ojos, porque soy cada vez más consciente de que llevo toda la vida detrás de estas canciones; detrás de Iván y de su infinita playa. No toca “marcharse” por el momento, aunque vaya dejando atrás escenarios, pero ante semejante derroche de talento y verdad, solo queda “aguantar” hasta la próxima vez. Estaré esperando.