The Red Clay Strays: “Grateful”


Por: Kepa Arbizu. 

De manera recurrente, en el ámbito artístico, se presenta la interrogante sobre el modo de afrontar ese paso encargado de suceder a la consecución de una obra maestra. Asumiendo que no hay un límite objetivo a la hora de desplegar la imaginación creativa, y que por lo tanto la excelencia es una entelequia en constante e infinita búsqueda, no es menos cierto que existen determinados caminos que conducen a un destino al que pocas exigencias más se le pueden solicitar. Éste es el contexto, o al menos así se percibe desde fuera, que ha rodeado a The Red Clay Strays a la hora de publicar su nuevo disco, “Grateful”, encargado de dar continuidad a un sobresaliente álbum predecesor, “Made by These Moments”, fechado en el 2024 y señalado y alabado casi sin excepción por la población vinculada a los sonidos de raíces. Si alcanzar la cumbre es un mérito del que pueden presumir muy pocos, más difícil incluso se intuye la tarea de bajar hasta tierra firme con el fin de intentar conquistar nuevamente ese éxito. Porque al complicado intento que supondría salir en busca de las huellas dejadas, ya que nunca somos la misma persona aunque pasemos por el mismo recorrido, se añade la, quizás injusta, pérdida del factor sorpresa, ya que al vigente campeón no solo se le exige ganar, también hacerlo de manera original. Frente a este -por otra parte bienvenido- dilema, el sexteto ha optado por tomar dirección hacia esa misma cima pero escogiendo un sendero paralelo a su directo antecesor, no lejano en coordenadas pero sí diferenciado en el tipo de calzado rítmico necesitado para atravesar el trayecto. 

Resulta extraño, y hay quien lo podrá ver como la confirmación de que ese “sueño americano” no siempre acaba en pesadilla y puede mudar en realidad, hablar de laureles victoriosos y conjugar verbos que riman con el reconocimiento popular para referirnos a unos individuos que todavía en la época de la pandemia buscaban pequeños y poco lustrosos trabajos en Mobile, Alabama, su lugar de procedencia, con el único fin de aglutinar un sustento digno que les permitiera alcanzar la quimera de poder formar una familia. Un escenario, perfectamente envidiado por el guionista más orgullosamente devoto del coraje emanado de las “barras y estrellas”, que se ha podido formular gracias en parte a una disposición musical exquisita, un carácter artístico volcado y amalgamado en grado máximo en el magistral citado trabajo pretérito. Pero todavía queda un giro de argumento más para cincelar este relato impoluto engendrado por el “american way of life”, y es que dicho logro, como admiten sus autores, es consecuencia directa de aparecer entre los puntos de un plan trazado, cómo no, por el mismísimo Dios

Más que evidencias, encontramos un mapa perfectamente detallado por The Red Clay Strays de lo que significa pertenecer y rendir pleitesía al acervo sureño, por supuesto en su aspecto musical, pero incluso más llamativo en todo un híbrido de rasgos personales, generando esa particular construcción humana de ascendencia proletaria y recias creencias bíblicas. Dos factores decisivos para comprender la trayectoria de la banda y especialmente para descifrar su nuevo álbum, un agradecimiento que, obviamente, yergue su cuello hacia el cielo pero también transita por el barro de la precariedad. Porque si el rock and roll ha construido su propia iglesia sobre un baile de excesos y nubladas conciencias, en paralelo ha desarrollado también una salida de emergencia para aquellos dispuestos a intercambiar el calendario pecaminoso por una inamovible foto familiar acomodada en la cartera. Precisamente es ese trayecto el que loa un disco que, quizás por ese rasgo más espiritual, ha escogido desprenderse de la compacta corporeidad para suspenderse sobre el etéreo poder del alma. 

Resguardados de nuevo bajo los mandos de Dave Cobb, un nombre acostumbrado ya de manera recurrente a incorporar su rúbrica a lo más ilustre del ecosistema “americano”, la condición eclesiástica y meditativa de los textos de este cancionero es también la identidad con la que tintan su rock sureño, en el que la portentosa voz de Brandon Coleman, con ese grueso arraigo a predicador, ejerce de sumo sacerdote. Tan importante e identificativa resulta dicha naturaleza que es la encargada de tutelar el profundo inicio con “Demons In Your Choir”, todo un llamado a abandonar las malas compañías e incorporarse a la beata grey, como de servir de un colofón encomendado al tema titular, ajeno a cualquier metáfora para rendirse y ofrendar al pastor divino la capacidad para ilustrar sus composiciones, siendo concretamente ésta donde más destaca un valor épico derivado de la transición delineada entre la desnudez sonora y un acento mucho más celebrativo. Un recorrido rítmico en el que anida el propio concepto mollar del álbum, encargado de reflejar ese haz luminoso que se manifiesta allí donde el paso se vuelve quebrado y dubitativo.

Entre esos dos vértices discurre un disco que actúa como recolección de escenas costumbristas donde se escenifica esa disputa entre instintos. Una colección de estampas que de manera inteligente busca la banda sonora idónea para acompañar a cada retrato, es por eso que la muy narrativa “Don't Wanna Know”, ubicada entre irrespetuosos episodios maritales, se viste de afilado y etílico boogie, abriendo la puerta a referencias clásicas como Allman Brothers, mientras que la acérrima y orgullosa defensa de su idiosincrasia sureña se cita bajo la camaradería de Lynyrd Skynyrd para una exultante “Down South”. Incluso cuando el muy predominante tono soul se encarama al repertorio para entonar su latido, éste es capaz de desarrollarse, a veces con métrica de Stapleton y otras de ese continuo que va desde Black Crowes a Blackberry Smoke, de manera emotiva y romántica en la materialización de la divinidad en nombre de mujer que acoge “f I Didn't Know You”, o de discurrir sinuoso y imponente en “Can't Fix You”, aviso del siempre solicito ofrecimiento de una mano tendida a quienes pretenden alejarse del rebaño pecaminoso y ansían el poder de la cruz. Especialmente pantanosa y encorajinada va a asumir su palabra el sonido sureño cuando, a través de “People Hatin'”, se trata de maldecir la polarización política y el odio enquistado en la actividad cotidiana, un paisaje del que huyen entonando su propia concepción de la humanidad, hecha de seres hermanados por un destino compartido.

“Grateful” supone una emocionante carta de agradecimiento escrita y remitida a aquellos estímulos, sean divinos o humanos, que sostienen y dan sentido pleno al relato existencial propio. Una misiva que, al margen de las coordenadas que cada oyente escoja como destinatarias, contiene una envergadura universal. En el plano musical, este trabajo solo encuentra -paradójicamente- como único escollo a su grabación predecesora, colmada de una excelencia que no logra repetir , aunque tampoco se queda lejos, un trabajo actual que, sin embargo, no debe impedir señalar a The Red Clay Strays como uno de los más talentosos y significativos puntales del actual sonido americano, lo que sigue convirtiendo sus versículos sonoros en tierra sagrada.