Por: Javier Capapé.
Todavía estoy en shock. Como tantas veces me dejaban sus canciones. Se ha ido Glen Hansard y no puedo creerlo. Hace un mes presentaba al mundo la segunda parte de su testimonio en forma de directo que tanto ansiábamos sus seguidores. Su entrega siempre fue al límite. Nos lo dio todo, como bien demuestra el citado directo grabado en Berlín por su cincuenta y cinco cumpleaños. Precisamente por esa entrega era tan importante la publicación de este testimonio en vivo del artista irlandés. Y no estoy diciendo con esto que sus discos no dieran muestra de ello, ni mucho menos, pero escuchar su voz con la impronta que aporta el instante único e irrepetible no tenía parangón.
No quiero convertir este obituario en un recuento de su intensa carrera y sus hitos, pero lo que sí que me atrevería a decir, sin dar respuesta al inevitable impulso, es que en este momento Glen Hansard era el mejor testigo del alma musical de Irlanda. Había recogido el desgarro del soul y lo mejor de la tradición folk de su país natal y lo había mezclado como nadie con el rock y el pulso popular. Si bien es cierto que con The Frames no consiguió hacerse notar mucho más allá de su querida isla, cuando cayó en los brazos de John Carney y dio vida al protagonista de "Once" todo cambió. Su pasión se materializó en forma de explosivas canciones folk que junto a Marketa Irglová le hicieron ocupar el sitio que merecía. Después de clausurar The Swell Season, el dúo que amasó junto a Irglová, comenzó una carrera en solitario intachable, con discos que nunca bajaron del notable y en los que cabía siempre algo de experimentación que exigiera a su cada vez más numeroso público. "Didn't He Ramble", "Between two Shores", "This Wild Willing"... ¡hay tantas canciones en ellos que se han convertido en compañeras de camino!
Su imagen y su tremenda visceralidad me eran tan familiares que cuando descubrí que ya en The Commitments había formado parte, sin entonces saberlo, de mi imaginario musical, todavía le entendí mejor. Cuando comenzaba a escuchar su ajada acústica Takamine, apodada "The Horse", con su característico agujero en el cuerpo debido a la intensidad con la que la tocaba, sentía siempre un escalofrío, pero cuando comenzaba a cantar con su inconmensurable entrega ese escalofrío me recorría entero y conseguía paralizarme, centrarme exclusivamente en lo que importaba, en sus bellas canciones. Esa es justamente la palabra que buscaba: Belleza. Eso es, sencillamente, lo que mejor definía a su música.
Irlanda le había conseguido entender mejor que nadie y en el adiós de su paisano Shane MacGowan recogió su testigo. Su despedida se convirtió en un lamento que unía a toda la tradición musical de su isla y de medio mundo. Era la voz que podía enarbolar la pasión y la fe en las personas que, como él, darían todo hasta el final. Y así ha vivido. Glen Hansard se ha ido inesperadamente en la carretera, cuando todo estaba aún por decir. Pero se ha ido entregándose plenamente hasta el final, como ocurría en sus directos, donde no escatimaba ni un suspiro, donde no dejaba nada en el tintero, donde era él mismo y se hacía uno con su público.
No puedo imaginar todavía que no volveré a escuchar uno de esos nuevos discos suyos que tanto me sugerían, que tanto me emocionaban. Pero en sus canciones, en esas que nadie podrá robarme nunca, vivirá uno de los músicos mas trascendentales de las últimas décadas. El músico que "no divagó" ("Didn't He Ramble"), que nos lo dio todo sin medida. Ahora que el barco se hunde, como reza su oscarizado himno "Falling Slowly", dirígelo a casa ("Take this sinking boat and point it home"), que aún tenemos tiempo para hacernos eternos, como el joven bardo de mirada hipnótica, melena acaracolada y voz desgarrada que siempre nos llevó (y nos seguirá transportando) mucho más allá de nuestros sueños.



