Kurt Vile: "Philadelphia's Been Good to Me "


Por: J. J. Caballero. 

Hay discos, por no decir obras de arte en general, que se mueven en escenarios reconocibles y se articulan a través de coordenadas previamente trazadas en la hoja de ruta. Nodi por ello han de resultar más o menos interesantes, aunque la alargada sombra de la monotonía y el rígido fantasma del déjà vu se ciernan sobre ellos sin que muchas veces los propios responsables sean demasiado conscientes. Algo de eso invade las sensaciones tras varias escuchas del décimo disco de Kurt Vile, un creador limitado pero libérrimo, del que se suelen exaltar sus muchas cualidades, que las tiene, opacando los evidentes vacíos que transmite algún tramo de su ya prolongada trayectoria.

 En su primer disco después de la triste desaparición de Rob Laakso, su mano derecha y miembro de su banda con plenos poderes (a él le dedica el territorio tímidamente cercano a la americana cultivado en “99BPM”), la tendencia a alargar las canciones más de lo aconsejable se convierte en rémora más que en aditivo para apreciar en toda su extensión temas como “Every time I look at you”, que además está dedicada a su hija, o la irónica “You don’t know cuz it’s my life”, en la que inserta pullas a Bruce Springsteen por apropiarse de la lírica de una ciudad a la que él sí pertenece. 

Sin embargo, se apoya en la tradición folk-rock de Neil Young, otro de sus referentes, para darle volumen a las guitarras en “Rock’o’stone” o mantener un diálogo algo más plano con Lou Reed en los sintetizadores de “Philadelphia’s been good to me”. Una declaración de amor geográfico y sentimientos enraizados que lo lleva a decorar de mandolinas y Hammond la road movie de “Zoom 97” o a volver a la cacharrería vintage de la que presume en una encantadora “Holiday OKV”. Momentos de lucimiento entre el rock and roll de “Chance to bleed” y la chispa transitoria de “Avalanches of snow”, casi sepultados entre la apatía de instrumentales fallidos (“Red room dub”) y monólogos eternos sin chicha ni final feliz (“99th song”). La incontinencia y la autosuficiencia de algunos músicos deberían complementarse en lugar de entorpecerse, pero eso ya sería contar otra película.

La tónica de este álbum –doble, otra vez el ombliguismo fatal- la marcan esa destilación de psicodelia fina marca de la casa, esas atmósferas contenidas que no acaban de explotar en otras direcciones inexploradas y la agridulce sensación que dejan las emociones a medias. Nada serio, según el diagnóstico, pero sí digno de ser revisado después de un tratamiento prudencial.