Estadio Ibercaja. Zaragoza. Sábado, 27 de junio de 2026
Texto y fotografías: Javier Capapé.
Habría que dejar claro que este año el verano en la ciudad del cierzo quedó inaugurado con el primer concierto del Fin de Gira “Gigante” de Leiva. Serán once los conciertos que resten tras el de Zaragoza hasta que el de Alameda de Osuna eche el cierre de la que ha sido su gira más exitosa. Y precisamente el sábado pasado, a orillas del Ebro, se plantó frente a casi veinticinco mil seguidores en el primer evento musical que acogió el Estadio Ibercaja tras una aciaga primera temporada para el equipo que tiene aquí su sede en estos momentos. Leiva confesó que era en Zaragoza donde, gracias a este concierto, había reunido al mayor número de asistentes en uno de sus shows fuera de Madrid. No sabemos si porque tiene familia maña o porque aquí se le quiere como en ningún otro sitio, pero el caso es que los miles de seguidores que llenaban el estadio se entregaron desde el primer momento, “como si fueran a morir mañana”.
Eran las diez y media en punto cuando la cuenta atrás del espectáculo terminó y los músicos empezaron a poblar el impoluto escenario vestidos de blanco. Leiva, en contraste con el resto, de negro y agarrado a su telecaster brillante acometió “Bajo Presión”, aunque al contrario que su título, no parecía que tuviera ninguna, todo lo contrario. Salió a disfrutar y encadenó una primera tanda de temas sin descanso que pasaron de la enérgica “La lluvia en los zapatos” a la confesional “Gigante”, con ese aroma a clásico que la define, además de la afilada “Lobos” o “Terriblemente Cruel”, primera explosión de esa entrega incondicional que siempre muestra su público.
Inmediatamente después de desplegar sus “Superpoderes”, el madrileño se dirigió a su público acordándose de su madre zaragozana, así como del primero que vio la posibilidad de hacerse grande en este estadio, el mismísimo Sergio Vinadé, de Tachenko, ahora también en el equipo del madrileño. Seguidamente enlazó ese western para todos los públicos llamado “Sincericidio” con la muy sabiniana “Ángulo Muerto”, una de las más inspiradas de su último álbum, donde su hermano Juancho se lució con gusto en el solo final mientras Leiva no podía evitar pedir una gran ovación para el alma de Sidecars. La épica de “El polvo de los días raros” se fundió con un derroche de efectos visuales en la pantalla semicircular del fondo del escenario, que fue casi tan protagonista como el resto de su banda, donde destacó su sección de vientos, César “Tuli” y “Gato” Charro, siempre presentes y dispuestos a incitar al público a corear o marcarse unos bailes.
El sentido del humor también estuvo presente cuando al tocar “Shock y Adrenalina” Leiva dijo con sorna que este tema se lo había copiado Lou Reed. Cierto es que hay todo tipo de referencias a los clásicos en sus canciones, no es la primera vez que le achacan que su música suena a la de otros, pero al menos demostró que lo toma con gracia y sin rencor aparente. Y si de comparaciones va la cosa, en la más discotequera “Flecha”, con un sonido propio de la Filadelfia de finales de los setenta, el flaco se marcó un solo que podríamos definir como un híbrido entre George Harrison y David Gilmour, demostrando que en bagaje y conocimiento del gremio pocos le hacen sombra.
Antes de la parte acústica de la velada arremetió con la acelerada “Cortar por la línea de puntos”, otra de las mejor acogidas de entre su más reciente colección, así como con la más cálida “Diazepam”, que por más inesperada fue de las que más cautivaron. Esta última contó con un gran trabajo a los coros de Mariana Mott, una multiinstrumentista, encargada también de la percusión, que lució sus dotes vocales en muchos otros momentos y aportó los matices justos que complementaron a la perfección la voz de Leiva y los también acertados coros de Juancho. Pero donde el madrileño consiguió verdaderamente que se nos erizase la piel fue en “Vis a Vis”. Es habitual en sus conciertos, pero esta vez se hizo más especial por la forma en la que deslizó sus dedos por el mástil de su acústica. Hizo magia, algo que también consiguió gracias a que el público, al menos durante esta canción, dejó los móviles y lucecitas a un lado y se centró, a petición del propio Leiva, sencillamente en escuchar. Si esto es lo verdaderamente mágico es porque la música sigue teniendo ese poder, por encima de redes y modas. Ojalá cada vez haya más momentos como éste en los grandes conciertos. Más música y menos distracciones. Si los artistas más consagrados lo están pidiendo en sus actuaciones será por algo. Y cierto es que son estos momentos, de tú a tú aunque estés con más de veinte mil personas a tu alrededor, los que merecen la pena.
Desde aquí y hasta el final se sucedieron muchas ocasiones para retrotraerse a los años compartidos junto a Rubén Pozo. Sonaron desde una temprana “Pienso en aquella tarde” hasta las más inspiradas, pero igualmente radiables, “Como lo tienes tú” (con ese conmovedor guiño al “Hey Jude” de los Fab Four) o “Estrella Polar”. Tampoco se olvidó de “Lady Madrid”, que en esta gira queda reservada para antes de salir de escena, previa a los bises. Una canción con la que toda la banda vibra como si fuera la primera vez que la tocasen (y eso que no hay otra más popular en su repertorio) y con la que Leiva nos dispara con su telecaster para dejarnos heridos hasta la siguiente tanda de riffs marca de la casa.
La vuelta al escenario le hizo elevar las manos al cielo para acordarse de su querido Robe Iniesta interpretando otra de sus gemas, la obligada a pesar de su juventud “Caída Libre”. Una de las mejores postales para definir la depresión y buscar cobijo. Una canción terapia que no suena oportunista, simplemente necesaria. Que alguien como Leiva se atreviese a hacer canción un sentimiento tan escondido y a la vez tan universal no deja de ser un gesto de generosidad y valentía. Porque eso sí, Leiva podrá tener mucho éxito y ser ahora mismo uno de nuestros artistas más reconocidos, pero sabe buscar la palabra precisa y estar en su sitio, más allá de dimes y diretes.
Había ocurrido el día anterior, pero prometieron que aquí también pasaría. Iván Ferreiro salió a escena visiblemente emocionado y agradecido por compartir con su amigo esa pequeña joya que es “Breaking Bad”. La acometieron con levedad y desnudez, como había ocurrido en el concierto del gallego del día anterior, aunque no tardaron en salir a escena Amaro Ferreiro y la Leiband para hacer magia entre todos desde la playa vacía del vigués con esa “Turnedo” que ya es patrimonio del pop nacional. Se atrevieron incluso a mezclar algunos clásicos en su coda, sonando desde “It’s only Rock and Roll” de los Stones a “Inbetween Days” de los Cure, para terminar como no podía ser de otra forma, con todo el público en éxtasis entonando “Insurrección” de El Último de la Fila. Los que habíamos estado el día anterior en el concierto de Ferreiro pudimos ver algo distinto dentro de la evidente similitud. Un regalo que se convirtió en lo más memorable de ambas veladas. Los mejores artistas de nuestro pop-rock en un doblete para la historia. Así de sencillo.
La Leiband volvió a brillar consiguiendo ese toque arrebatador y más que inspirado en la necesaria “Como si fueras a morir mañana”. No nos olvidemos que esto es el concierto de una banda, no exactamente el de un artista solista. Porque en la Leiband todos suman, desde “Niño” Bruno a César Pop o Manolo Mejías, fieles escuderos de los hermanos Conejo Torres (algunos desde los últimos años de Pereza). En éxtasis, así consiguieron que nos sintiéramos los ocho músicos que habitaban las recién estrenadas tablas del prefabricado estadio zaragozano. Agradeciendo el cariño, acogimiento y respeto del público maño, con un agujero más en el cinturón y todo el rock a sus espaldas, Leiva volvió a hacernos flotar con la liviana, pero siempre efectiva, “Princesas”. Presentaba su álbum más maduro, pero a la vez tuvo más tiempo que en ninguna otra de sus giras anteriores para volver sobre los pasos de la joven banda que le hizo grande. El origen y el fruto de todo ello tras el paso de los años de la mano, en una velada en la que podrán trascender los números, pero por encima de todo lo harán las emociones, que nos hicieron aullar de placer toda la noche.






