Por: Kepa Arbizu.
Cuesta encontrar un solo aspecto, sea íntimo o artístico, en Dallas Burrow que no parezca guionizado para encarnar el prototipo de músico country texano, al que por no faltarle, no lo hace ni su propio nombre, en referencia a una de las principales metrópolis de dicho estado. Lo que podría ser una inanimada confluencia de clichés y tradiciones mal entendidas, en su caso se convierten en una seña absolutamente identificativa y destino para un sobresaliente talento artístico. Posiblemente esa capacidad de parecer un songwriter de sombrero calado y narrativa campestre, pero sobre todo serlo, es propiciado -en buena parte- por un arraigo familiar conectado directamente con ilustres de la escena. Porque la amistad de su progenitor con Guy Clark o sobre todo Townes Van Zandt, al que le unía un “juramento de sangre” verídico, no han supuesto solo una sucesión de fotos e historias -algunas embalsamadas en juergas nocturnas y vapores etílicos- legadas a su hijo, sino abrirle las puertas al conocimiento de esos escritores de canciones que, casi desde la misma ubicación en la que se encontraba él, fueron capaces de convertir ese paisaje local en un universo atemporal y emocionalmente inmortal.
Son esos parámetros inspiracionales, tanto creativos como sociales y/o familiares, los que de manera más o menos explícita han conducido la carrera de este compositor, una discografía dispuesta a rastrear bajo su propio olfato todas aquellas huellas que se agolpaban a su alrededor. Un diálogo con ellas que tenía que ser igual de sincero en su preservación de la tradición como en la infiltración en la misma de su propio y distintivo idioma. Una dicotomía que si en su anterior álbum, “The Way The West Was Won”, se había conjurado para revisar los libros de historia sonora y adaptar viejas canciones vaqueras, su actual trabajo resulta su némesis en cuanto a concepto, instaurando en el presente, y bajo sus propias vivencias, un acervo rítmico del que se sirve para exhibir su particular definición y traducción de lo que supone a día de hoy para él ese sentimiento de pertenencia. Unas premisas que delata la misma presentación del álbum, desde la clásica morfología de su portada hasta, sobre todo, un título, “Modern Day Vagabond”, que no deja ninguna duda acerca de una declaración de intereses por hacer caminar a sus viejas botas por rutas recién asfaltadas.
Cada capa que descubramos, o cortina que descorramos, a la hora de sumergirnos en este disco nos va a mostrar renovados motivos para entender y ampliar el espíritu localista que aguarda en la naturaleza de estas composiciones. Valga como ejemplo más representativo la elección de un plantel de colaboradores nutrido de representantes -actuales y añejos- de la escena texana, rotunda reafirmación del sentido identitario que persigue el concepto global del álbum. Como si de un memorándum, en el que también participan los productores Mike McClure y Adam Odor, dispuesto a glosar algunos de los nombres que han escrito y escriben el relato musical de ese territorio se tratase, el resultado es un trabajo manufacturado casi en exclusividad entre los límites de dicho estado. Un mapa vallado por una ruta geográfica muy concreta poseedor, sin embargo, de una vocación por trascender fronteras cuando se trata de apelar a la sensibilidad y a las comunes incertidumbres exhaladas por cualquier corazón perteneciente a la raza humana.
Si para baremar la calidad de un disco las aptitudes de su tema introductorio significan un termómetro fiable, el firmado por Dallas Burrow, para más señas homónimo, rebosa talento y sentimiento. Dos variables de residencia perpetua en el autor pero que aquí se circunscriben a un entorno, si cabe, más intimista y de un rango expansivo todavía mayor. Porque ese “moderno vagabundo” que va a transitar por este repertorio tiene su punto de salida en un medio tiempo de melancólica intensidad al que su cortejo instrumental le otorga, además de un imponente sesgo folk y una vinculación con Robert Earl Keen, el empuje necesario para mimetizarse con esa lírica trashumante. La condición de eterna piedra rodante del músico, de la que nunca parece abdicar, ahora está llamada a convivir con una vida familiar que demanda estabilidad. Dos extremos en apariencia difíciles de conjugar pero que en este disco se transforman en la envergadura desplegada por ese bamboleo escogido, y disfrutado, como norma existencial del presente.
Aunque pueda parecer paradójico dada la realzada exaltación lugareña que habita en este disco, su formulación sonora es mucho más dinámica y dúctil de lo que esa naturaleza pudiera imponer. A pesar de ello, no hay que olvidar que nos encontramos ante un álbum texano y que como tal tiene al country clásico como eje vertebrador de su sonido, unos ritmos que serán sobre todo en “Memories” donde asume su raíz más tradicional, llenando el campo de huellas de Willie Nelson o Guy Clark. Entre reflexiones existenciales y su lógico sustento en una elegante profundidad sonora, “Let it Shine” interrumpe esa gravedad haciendo un llamado para desfogar energías en un baile en el granero, destino lúdico repleto de un alma comunitario que choca, en su formulación, con la preciosa -y a ratos rabiosa- balada a piano “Miracle”, dibujada con paisajes de desoladora naturaleza humana, o incluso con el protagonismo asumido por el introspectivo recitar que capitaliza “Whole Different Angle”. El carácter cinético que inunda el concepto del disco también va a sugerir, con la aparición de diversas piezas, que incluso los paseos dados entorno al porche de su granja se van a extender más allá de los lindes donde la hierba crece tupida y verde.
Precisamente serán esos devaneos por rutas donde el hogar se difumina perdiendo su silueta más ortodoxa, cuando emerja el detonante que convierte en tan especial a este trabajo. Lejos de alquimias arriesgadas o pruebas con destino único al contenedor de excentricidades, el maridaje con el soul asume tanto esa ilustre biografía que han escrito artistas como John Prine, al que parece encomendarse en una de las piezas claves del repertorio, una “Full Circle” que en su papel de resumen biográfico aflora esa voz levemente rasgada asumiendo toda su sensibilidad, como ejercicios de vaporosa consistencia (“No Problem”), más cerca de contemporáneos como Bonnie 'Prince' Billy, o incluso entregarse sin ambages a un jazz-funk que acompaña a “All I Want Is You” hacia un estado de aterciopelada lubricidad. Aptitudes sensoriales que cuando se enuncian desde un terreno más cercano al rock, tendiendo lazos con Garrett T. Capps, Charlye Crockett o Hayes Carll, lo hacen en busca de rugosidad y crudeza, retratando paisajes escarpados donde los violines de “Oldest Secret” suenan como truenos amenazantes en medio de un terreno desértico mientras que son las percusiones las que laten contundentes en “Old Time Revival”. Ceremonias de la incertidumbre, y del bello estremecimiento, que en “Underdog” se convierten en un apocalipsis eléctrico declamado por boca de un predicador herido de melancolía.
Para un disco que representa un constante viaje de ida y vuelta, mientras nos regala paisajes sonoros extraordinarios, tiene un sentido muy lógico que su recorrido se cierre con un regreso al origen. Y ahí, se encuentra Townes Van Zandat, figura en el árbol genealógico de Dallas Burrow pero también, por supuesto, epicentro inspiracional de su música. Un homenaje, en forma de versión que además adquiere todavía más significación al tratarse de “Rake”, aquí formulada bajo un rango vocal más parecido a Richard Thompson, y su historia del fulgor perdido por un crápula libertino. Porque “Modern Day Vagabond”, además de un sobresaliente trabajo, es precisamente eso, las vivencias de quien ha construido su mundo entre hoteles, giras y escenarios a los que ahora ha añadido un trascendente nuevo punto en el itinerario: una vida familiar. Dallas Burrow no ha dejado de acumular en sus votas de cowboy el barro del camino, pero al contrario que en épocas pasadas, ahora, cuando las deja en el umbral de su hogar, paradas, él sigue viviendo.
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