Fontaines D.C.: “Dopamine Chamber”


Por: Juanjo Frontera. 

¿Son Fontaines D.C. la banda de la década? En términos rock, no hay duda de que los irlandeses han definido (y redefinido constantemente) el sonido de su generación a base de una colosal colección de álbumes, a cada cual mejor cincelado, a través de los cuales han dibujado una evolución que jamás se ha asentado en la comodidad de ceñirse a un sonido determinado. 

Si con "Dogrel" (2019) firmaban un debut situado entre la angustia post-punk y la poesía existencialista, con "A Hero’s Death" (2020) jugaron a la introspección y coqueteaban con la oscuridad. Con el tercero, "Skinty Fía" (2022), reivindicaban sus raíces irlandesas ante la añoranza del exilio, pero fue con "Romance" (2024), con el que de verdad dieron el giro de timón que terminó de situarlos en la cima. Una trascendente colección de himnos al principio criticada por ciertas voces que esperaban más guitarras, pero que en tan solo dos años de existencia se ha convertido ya en el clásico instantáneo que merecía ser. 

"Dopamine Chamber" llega en un momento delicado. Tanto a nivel social, situado en uno de los momentos más convulsos de las últimas décadas, como a nivel artístico, con la difícil papeleta de dar continuidad a una obra tan portentosa como la que hemos descrito. Ellos resuelven la ecuación sin despojarse por completo del traje que vestían en "Romance" -hasta la portada guarda similitud- pero esos sintetizadores salidos del congelador que encontramos en la inicial “Six shot morning” ya nos advierten de que todo sigue ahí, pero nada es lo mismo. No en vano vuelve a producir James Ford, mago del sonido dark synth de trabajos como "Ultra", de Depeche Mode. 

Este comienzo fantasmal en que la voz de Grian Chatten, más personal que nunca, parece sobrevolar ese cementerio en que se han convertido nuestras vidas, teledirigidas hacia la mentira vacía de la búsqueda de la felicidad rápida en la era digital, anticipa lo que parece ser el tema central de "Dopamine Chamber". Un álbum que no abandona fácilmente ese tono gélido inicial. Lo continuamos apreciando en la preciosa “Marianne”, otra de esas manifestaciones de pop melancólico que dan muestra de la rotunda capacidad para construir singles perfectos que tiene esta banda. 

“Mimesis” acelera el tempo a base de un bajo machacón sobre el que las calibradas capas de guitarras y demás arreglos (mucho sintetizador y coros) van desarrollando esa atmósfera entre épica y desgarradora que, de nuevo, le deja a uno con la boca abierta. A partir de ahí ya es imposible no pegar los oídos: “Demolition” es eso, demoledora y conmovedora a la vez; en “Tongue” las diferentes texturas -con ese piano tan bien situado que suena en el parón que viene antes del apoteósico desenlace- que juegan unas con otras sin estorbarse vuelven a mostrar un derroche de imaginación que es constante en todo el disco. El sonido es absolutamente monumental, pensado al milímetro para que nuestra atención nunca se desvíe. Ni siquiera puedes hacerlo cuando la cosa se pone más intimista y desnuda de pirotecnia sonora, como en “One Man”. 

La parte final del álbum es, sencillamente, alucinante. Empezando por la gran protagonista del disco: “Where Is Gone?”, que contiene la sorprendente unión de estos irlandeses -entre los que se encuentra el guitarrista Carlos O’Connell, medio español y criado en Madrid- con la actual reina de la música global, la catalana Rosalía. Un dueto que recuerda mucho, por lo cinematográfico y romántico, a los de Lee Hazlewood y Nancy Sinatra en los sesenta o también los que perpetraron Isobel Campbell y el añorado Mark Lanegan no hace tanto. Y en todo caso, otra pieza del puzle que es esta siempre sorprendente banda, que una vez más demuestra ser totalmente inclasificable. 

El trío final quita la respiración: “You miss me” es probablemente la canción más perfecta del álbum, la que más aspira a ser considerada el single por el cual se les recuerde y que representa, además, a la perfección el discurso de este trabajo, con su pequeña y desgarradora historia sobre la toxicidad de la dependencia emocional, tan desgraciadamente todavía en boga estos días. Completan la ecuación “Japan”, que guarda pretensiones de himno pero al final perdura como una lección magistral de cómo hacer pop en el siglo XXI, tanto como la final, “Intimate”, que se las arregla para asumir la compleja tarea de despedir una sucesión tan impresionante de composiciones. Su ambiente opresivo, su contenido muro de ruido, su obstinación por reconectar con los Fontaines DC del principio, constituye el broche final perfecto para el que es, seguramente, el mejor disco que puede fabricar la mejor banda rock de hoy en día.