Carolina Otero & The Someone Elses: "Popalina"


Por: Kepa Arbizu 

Lo que a priori debería ser un matrimonio natural y fértil entre la poesía y la música (popular), dada parte de su naturaleza recitativa compartida, sin embargo en su aplicación práctica se manifiesta bajo esporádicas vinculaciones. Precisamente por eso, una figura como la de Carolina Otero, que intercala sin atisbo de prejuicios ambas disciplinas con talentosa desenvoltura, supone, más allá de una excepcionalidad, una muy estimulante propuesta en su globalidad. Apoyada en su caracterización musical por la banda The Someone Elses, compuesta para este quinto trabajo por Dani Gurrea, Roberto Timón y Nick Simpson, su nueva publicación discográfica se presenta bajo un aspecto diferenciador y distintivo respecto al resto de su obra, sin que ello signifique de ningún modo desfigurar, que sí dibujar nuevos matices, a un perfil sonoro conformado a lo largo de su carrera.

Decorado con una portada colorista y que recrea, al margen de su explícito título, “Popalina” (No Aloha Records, 2023), el logotipo de una famosa revista orientada a un lector joven y mitómano, el álbum ya delata, desde la simbología que desprende dicha iconografía, la deriva encomendada hacia un escenario más melódico y -solo- en apariencia liviano. A dicha novedad tonal, que si bien no desprecia el uso de la electricidad sí marca distancia respecto a texturas pasadas más crispadas y oscuras, hay que sumar otra sorpresa que resulta todavía más llamativa en un primer acercamiento: la utilización del castellano como lengua vehicular de estas composiciones. Una alteración del idioma que inevitablemente nos induce a tejer una línea de unión con la creación poética de la autora, perceptible en ciertas estructuras y aplicaciones del lenguaje compartidas, reflejadas por ejemplo en el uso de escenarios cotidianos o elementos ligados a la naturaleza a modo de recurso metafórico. Frente a ese común denominador, las letras de este álbum, haciendo bueno su nombre, dibujan un paisaje particular de decoración más naif. Una candidez -trasladada igualmente a su manera de interpretar- que sin embargo, al igual que sucede con otros referentes a la hora de transmitir ese semblante como pueden ser Vainica Doble o Gloria Fuertes, esconde en su delicada apariencia todo un universo conceptual de calado. 

Bajo la producción del irreductible y siempre fiable Paco Loco, el disco se desliza sobre esa dicotomía que propicia la aparición de un tono de voz amable, e incluso meloso, en paralelo a un acompañamiento instrumental chirriante. Una bifurcación de sensibilidades que sirve de aviso de cara a anunciarnos que tras esa ternura se esconde agazapada una tormenta en ciernes. Armonías bucólicas y guitarras enrabietadas que ha sido la fórmula de muchas bandas de los noventa, léase Veruca Salt o Elastica, de las que ahora la valenciana se sirve, valga como una declaración de principios inspiracional la adaptación de "Archis, Marry Me", transformada para la ocasión en "Casémonos, Archie", original de Alvvays, formación heredera de las mencionadas. Constancia de ese tipo de parámetros dan fe temas con títulos tan sugerentes como "Íbex en flor", de los que estarían orgullosas haber firmado Carmen Santonja y Gloria Van Aerssen, o una "Una foto de Man Ray" . Propiedades que alcanzarán su cenit impetuoso en la enérgica "Sé donde vives", puesta en liza para traernos hasta nuestro recuerdo a The Breeders. Su esencia más pegadiza, como si de unos Los Romeos se tratase, asoma en "El nuevo Titanic", mientras que "Harley Benton" fluye etérea y bajo una punzada angustiosa, características asumidas por compositoras contemporáneas como Liz Phair. Una sucesión de instantáneas de (des) amor en las que sin embargo existe todo su subtexto donde se ocultan reflexiones acerca de la fugacidad del tiempo, las ilusiones truncadas, el inestable momento social o la relación entre arte y vida.

Pero más allá de ese doble clima que convive en muchos de los temas, hay otros cuantos, igual de significativos y representativos, que focalizan su identidad abordando sin paliativos el mausoleo melódico, convirtiéndose en toda una evocación de dulce melancolía, tan en boga en bandas como La Buena Vida o Pauline en la playa. Un acento grácil con el que son dictados una rebosante de vitalidad "Polaroid", "Juego interprovincial" o una "Isla de Esconde" que, tomando como fuente de origen fragmentos de la obra de Calderón de la Barca, “La vida es sueño”, se convierte en una pieza de orfebrería onírica.

El nuevo disco de Calorina Otero utiliza el lenguaje del pop, y mucha de la iconografía atribuida a ella a la hora de definir su idiosincrasia, para demostrar que dicho género, al margen de ser apto para generar bajo su nombre diversas acepciones y transformaciones, nada tiene de banal, por mucho que a veces juegue a intentar pasar por ello. La maestría, no solo musical sino escritora, de la compositora valenciana le otorga una sobrada capacidad para derramar disimuladamente gotas de veneno a un repertorio que su circular con paso amable -pero firme- no es impedimento para promover una naturaleza reflexivamente lúcida. Porque la inocencia que subyace en este tipo de sonidos también puede ser perfectamente atemporal, universal y todo un regocijo para los sentidos, incluso para aquellos que no suelen ir subrayados en color fosforito.