Por: Guillermo García Domingo.
El reconocimiento que en la última edición de los premios Goya recibió la hermosa canción original que hicieron Silvia Pérez Cruz y Alba Flores para este documental (aparece en los créditos) es uno de tantos argumentos a favor del interés musical de este destacado retrato de Antonio Flores, dirigido por Elena Molina e Isaki Lacuesta. Este último vuelve a dedicar su atención a la vida y la obra de un músico, como ya hiciera en la también premiada, “Segundo premio” (sobre la trayectoria inicial de Los Planetas).
La familia Flores es una de las sagas musicales y artísticas (la faceta de la interpretación no debería subestimarse) más importantes de nuestro país, no solamente por culpa de la influyente matriarca, Lola Flores, sino debido a Antonio González, el Pescaílla, quien también fue un personaje decisivo en los derroteros de la rumba catalana.
No hay nada más legítimo que el derecho de una hija a conocer de veras a su progenitor fallecido de forma prematura cuando Alba solamente tenía 8 años y su padre 33. Esa búsqueda es el propósito principal del documental. Alba busca a un padre extremadamente sensible e inquieto y descubre a un músico visceral. El acento musical de la película, se puede ver en la plataforma de Movistar +, es congruente con la principal vocación del hijo pequeño de la familia Flores, aun cuando su existencia fuera errática en ocasiones debido a las adicciones y recaídas que sufrió a lo largo de su trayectoria. Antonio estaba dotado especialmente para el rock y el blues, el documental lo demuestra indiscutiblemente. Y lo acreditan Sabina y Ariel Rot, cuyas intervenciones, como las de los músicos y productores, resultan reveladoras en el documental. El vídeo casero en el que la pequeña Alba y él balbucean un blues otorga a este documento audiovisual un valor excepcional, no solamente para la propia actriz y cantante, quién sabe, sino para el público en general.
Participó al igual que sus padres y hermanas en varias películas. En una de tantas, dirigida por el imprescindible Eloy de la Iglesia, titulada “Colegas”, el cantante interpreta un blues de forma excelsa: “Lejos de aquí”, y en su primer disco, “Antonio”, incluyó otro blues, “El fantasma de Canterville”, compuesto por los argentinos Sui Generis y Charly García. Este blues de los setenta afirma en primera persona: “He muerto muchas veces acribillado en la ciudad, mejor ser un muerto que un número que viene y va”. Es un estremecedor y preclaro epitafio enunciado varios años antes de su fallecimiento.
Y es que las circunstancias de este desgraciado hecho fatal se afrontan con notable honestidad y sin falso pudor, tal y como aconseja el filósofo Montaigne a la hora de tratar estos asuntos de la postrimerías de la vida. La familiaridad con la muerte atenúa el miedo y desactiva la morbosidad que suele acompañar a la muerte de personajes populares. Un año antes, el 24 de mayo de 1994, de su desaparición, Antonio había publicado un disco extraordinario, “Cosas mías”. Lo grabó animado por el éxito comercial y el reconocimiento musical de “De ley” de su hermana Rosario. La mayoría de las canciones las compuso el propio Antonio.
Seguramente no soy el único que encuentra muchas similitudes, fisionómicas, musicales y existenciales entre Antonio Flores y Ray Heredia. A ambos genios les echamos de menos por igual.
.jpg)


