Mumford & Sons: "Prizefighter"


Por: Javier Capapé. 

En el último año, Mumford & Sons han entregado dos de sus más grandes obras. Después de experimentos algo menos convincentes y de la salida de Winston Marshall para convertir la banda en trío, nos sorprendieron con “Rushmere”, y en menos de doce meses nos entregan el que puede ser su mejor disco hasta la fecha. Al menos a la altura de su sorprendente debut lanzado hace ya más de quince años. Aunque, ¿por qué no? Me voy a lanzar y afirmar que es lo mejor que han hecho en su intensa carrera. “Prizefighter” es una colección de canciones emocionantes que van a la esencia, al menos es más. Atemporales. De las que perduran. Buscan conmover con los elementos justos, optando más por las guitarras acústicas que por los banjos que antes aglutinaban la mayor parte de los riffs de sus canciones, pero suenan más puras y convincentes. Sin la explosividad que aportaban sus trazos más épicos, pero alcanzando cotas muy altas al simple calor del fuego. Este LP rezuma folk por todos sus poros, potenciando su vena más country. “Prizefighter” no decepciona en ningún momento, no baja el listón, ni siquiera aún saliéndose de los cánones de duración de estos tiempos al entregar hasta catorce canciones, aunque por más que busque, no encuentro ninguna de ellas que sobre.

Marcus Mumford, Ben Lovett y Ted Dwane, se adentran para esta ocasión en terrenos más serenos, por momentos sombríos, pero muy bien asentados en la raíz americana. Esto es algo en lo que habrá tenido mucho que ver Aaron Dessner que, como productor cada vez más reclamado entre artistas que buscan cierto toque de experimentación sin perder las texturas folk para dar color a sus trabajos, ha impregnado de este espíritu más orgánico a las nuevas canciones del trío. Además, participan también varios invitados que otorgan a algunos de los temas un punto de novedad que se sale de los cánones más habituales que nos confiere la voz de Marcus. Desde Chris Stapleton, con un color más áspero, a Gigi Pérez y su toque más dulce. También participa Gracie Adams, en una de las baladas más desnudas y emocionantes del lote, y Hozier, que aporta unos breves pero certeros versos al que fuera el primer adelanto de este disco, que se fundió con la gira de presentación del anterior. Y es que la última gira de Mumford & Sons fue más bien una celebración de la vuelta del grupo inglés tras un tiempo de reposo, en la que entraron varias de las canciones de este “Prizefighter” como adelanto conviviendo a la perfección y sin fisuras con las ya conocidas de la banda, como si fueran nuevos clásicos a pesar de no haber sido lanzadas todavía en ese momento.

Sin demasiadas novedades estilísticas con respecto a su inmediato predecesor, pero acertando de lleno, “Prizefighter” trae un nuevo brío a la banda desde su abierta intimidad, que se pone de manifiesto desde los primeros acordes de la delicada “Here”. Sostenida con un rasgueo de eléctrica contenida y una base marcada por la batería (que no aparecerá en muchos más momentos del álbum), mantiene un medio tiempo sin llegar a subir como en muchos de sus temas más épicos, pero conservando los elementos que siempre han caracterizado al grupo. Stapleton le da un aire al más puro estilo del medio-este americano con su voz más rasgada, convirtiendo este acercamiento al country en uno de los pilares en los que se asientan el resto de canciones. “Rubber Band Man” posee leves toques de banjo hasta conducirla a un estribillo más épico, pero con lo justo, tan solo se va al margen por la aportación del irlandés Hozier, que alumbra los escasos versos de los que se ocupa.

“The Banjo Song”, otro de los adelantos del disco al igual que el tema previo, tiene banjo, ¡cómo no!, pero no explota. Se contiene y son los vientos de Benjamin Lanz los que le aportan fuerza en su estribillo por encima del instrumento que da nombre al tema. “Run Together” es quizá la más pop de todas, la que conecta directamente con sus éxitos más reconocibles, los que les llevaron a la gloria a principios de la pasada década, al igual que ocurre con “Stay” (gran trabajo de Andrew Barr en la batería) o “Begin Again”, muy épica y con un fantástico riff que se mantiene de fondo tras el estribillo hasta que la canción explota con la presencia de las guitarras eléctricas más contundentes (otra de las pocas veces que se dejan escuchar en el disco). Sin embargo, y a pesar de estos temas más directos y evidentes, es en las distancias cortas donde más gana este “Prizefighter”, como ocurre en la canción titular, donde las guitarras parecen sonar al calor del fuego (o del mechero que se vislumbra en su título), representando el espíritu contenido del disco. Un single atípico, pero por eso mismo más logrado. Además, si escarbamos en él, encontraremos el suave aporte de Justin Vernon. Increíble. 

 “Alleycat” es ardiente a la par que suave y en ella destacan esas programaciones que lo dominan todo, pero parece que no estén, que pasen de puntillas. Un trabajo maestro de James McAlister, que además ha participado como ingeniero de grabación. Suave es también “Icarus”, a pesar de apoyarse en bastantes más programaciones rítmicas de las que aparenta, en la que la cantautora de Nueva Jersey, Gigi Pérez, intenta aportar algunos giros vocales que la lleven a otro lugar (algo de góspel), pero sin alejarse del tono general que mantiene el conjunto. Por contra, “Badlands”, con el sedoso aporte vocal de la joven Gracie Adams, es una de las pocas conducidas por el piano de Lovett mientras las voces permanecen casi todo el tiempo al unísono. Recuerda a “folklore”, el otoñal álbum de Taylor Swift también producido por Dessner. Magnética y evocadora. Una canción simple, pero preciosa. Y en esa misma línea, que nos lleva a los momentos más lúcidos del grupo, está “Shadow of a Man”, como si volviéramos a lo mejor de su debut, al origen de todo.

Pero aún nos queda lo mejor. Las que calificaría como las tres gemas del maravilloso renacer de la banda. Primero habría que señalar “Conversation with my Son (Gangsters & Angels)” que se mueve con lentitud pero buen paso. La acústica es la que dibuja el paisaje en lugar del banjo, con un suave desarrollo dividido en dos partes. En la primera son los coros de Amelia Meath los que apoyan la tremenda labor en las guitarras principales de Dessner, ya que Marcus se encarga solo de la voz principal y algún pequeño arreglo de mandolina. Y en la segunda parte cargan con la épica en un final que se extiende entre las cuerdas y el apoyo de los sintetizadores. Es absolutamente demoledora y quizá por eso la empleaban como cierre de los conciertos de su gira, como avanzando todo lo que estaba por venir en este disco. Después señalaría “I’ll Tell You Everything”, con poco más que una guitarra apoyada en unas bases de fondo sutiles y las cuerdas de Rob Mosse, que arreglan levemente el tema, como el piano de Lovett, que casi solo se intuye. Mosse además, está presente en todos los momentos en los que escuchamos violines o violas, pues es él quien se encarga de todos estos arreglos, que también destacan en la última que quería señalar, que es además la que cierra el disco. Estoy hablando de “Clover”. Me dejó sin palabras desde el momento en que la descubrí. De lo mejor que les he escuchado nunca.

Es difícil describir todo lo que me provoca este disco desde que lo escuché como entidad el día de su lanzamiento. Los arreglos vocales (tremenda labor de Ted y Ben fundidos con un Marcus en estado de gracia), las acústicas más limpias y refinadas, las programaciones que soportan el peso cual colchón de base, las delicadas cuerdas… Enciende la mecha y quema, pero no duele, más bien cauteriza y nos muestra la delicadeza de cada surco que recorre nuestra vida. Un canto imperecedero. Un disco que trasciende y que nunca envejecerá. Una obra maestra.