Paul McCartney: “The Boys of Dungeon Lane”


Por: Javier Capapé. 

Juzgar un libro por su portada vendría a ser lo mismo que un disco por la firma de su autor. Tener ante nosotros el nombre de Paul McCartney, a sus 84 años recién cumplidos, impone respeto y puede hacernos caer en el error de valorar su más reciente disco por el peso de su magnánima obra. Pero Macca nunca ha dejado de lanzar discos notables, quizá no todos gocen de gran cohesión, pero estamos hablando de un músico al que no podemos cuestionar ni un ápice de su valía. Y no por ser el más disciplinado de los Beatles, pues en su larguísima carrera en solitario (desisto en intentar hacer la cuenta de nuevo) ha despachado discos de los que merecen un monumento. Sin ir más lejos, su último lanzamiento con canciones nuevas, “McCartney III”, gestado en los meses de pandemia, dejó bien claro que la edad no era impedimento para volver a dar en el clavo. Aunque su carrera está llena de momentos envidiables. Del pop colorista de “Flowers in the Dirt” a la introspección de “Flaming Pie”. De la magia costumbrista de “Chaos and Creation in the Backyard” al preciosismo de “Tug of War” (sin olvidarnos de la revolución lisérgica de los Wings del “Band on the Run”). De todas formas, es inevitable que nos planteemos la necesidad de este disco en el 2026, pero “The Boys of Dungeon Lane” no responde a ninguna estrategia, es simplemente la respuesta a la urgencia vital de su autor, que nunca se ha conformado ni ha vivido de rentas. 

Puede que en sus conciertos sí que abuse del rédito de sus éxitos con los Fab Four, pero sus discos han seguido siendo una constante que obedece únicamente a la defensa del arte y la creación por encima de todo. Así debemos recibir esta obra, como la necesidad de su autor de reconectar con su pasado creando, que es lo que siempre ha sabido hacer mejor. La nostalgia se convierte por tanto en protagonista, pero una nostalgia bien entendida y enérgica, nada autocompasiva. De esa manera, las intensas vivencias con John Lennon, la infancia compartida junto a George Harrison, la camaradería con Ringo Starr o la relación con sus progenitores son el hilo conductor de estas canciones, tal y como se muestra desde su título, referido al nombre de la calle que le vio crecer.

Paul McCartney se ha juntado en esta ocasión con Andrew Wyatt, un productor en boga que recientemente ayudó a firmar el mejor disco de los Rolling Stones en mucho tiempo. No es que con McCartney haya repetido la fórmula (sería muy atrevido hacer la misma afirmación en este caso), pero ha conseguido entregar otro disco de los que perduran, uno en el que vale la pena detenerse. Ha sabido aunar la tradición y la mirada de Paul hacia los mejores momentos de su carrera con un pie puesto en la actualidad al mismo tiempo. Suena contemporáneo, pero sin perder su aroma clásico. Esos aires cargados de actualidad se pueden encontrar desde los primeros compases de “As you Lie There”, que no tiene pudor en acercarse a la nueva hornada de músicos de rock cuando se pone más agresivo en el estribillo. Lo que también se aprecia desde este primer corte es que Macca no está tan fuerte vocalmente. Cierta aspereza se apodera de sus cuerdas vocales, pero provoca más empatía que rechazo, pues el músico no quiere ocultar el momento que vive, no quiere parecer más joven de lo que es, no esconde sus arrugas ni desgaste, y eso mismo lo hace más grande. No ha pretendido que la producción de Watt le aleje de su esencia o momento vital, que encubra sus asperezas, lo que no hace más que sumar puntos a la generosa colección, que se extiende hasta los catorce cortes. Algunos más acertados que otros, es evidente, pues si el clásico pop rock de “Lost Horizon” no aporta demasiado a pesar de su buena factura, “Life can be Hard” nos lleva a reconocer en McCartney a un músico siempre un punto más allá de la media gracias a su compleja estructura rítmica y sus apropiados arreglos de cuerda.

Hay casi de todo en estas canciones, pero no, no es el “Álbum Blanco”. Sostenido en su base de pop rock que podría llevarnos a la época del “Off the Ground”, McCartney se marca una lección de buen gusto cuando apuesta por temas más clásicos de aromas folk sustentados con lo mínimo, como fue su carta de presentación, la magnífica y nostálgica balada “Days We Left Behind”, o “Down South”, que sin mostrarnos nada diferente, nos engancha entre paisajes de sobra conocidos. Acierta con la desprejuiciada “Ripples in a Pond” e incluso se marca un revival tipo Wings en “Mountain Top”, que no desentona nada con ese espíritu ya comentado que impregna la mayoría del metraje. El uso del reverse, explotado en los sesenta por los Beatles desde ”Ticket to Ride”, se convierte en un curioso recurso en temas como la pasajera “We Two” o “Never Know”. Esta última no consigue enganchar lo suficiente a pesar de su estribillo cercano y popular, pero lo mejor está en sus arreglos y detalles. Del mentado “reverse beatle” a la flauta, que nos lleva a sus cotas más altas. También con vientos se mueve “Salesman Saint”, aunque esta vez guiados por la trompeta, una tonada que se asienta en un recitado que evoca al cabaret de los años treinta y en la que el Liverpool de posguerra convierte a sus padres en protagonistas. Casi tanta evocación y alegre añoranza como la que contiene el dúo junto a Ringo Starr “Home to Us”, que cuenta con un estribillo glorioso y unas estrofas llenas de vitalidad.

El propio Paul se ha encargado de casi la totalidad de los instrumentos del disco. Es de sobras conocida su versatilidad instrumental, pues domina guitarras, bajo, pianos e incluso batería, como bien se muestra en estas canciones, que por encima de todo brillan cuando asoma el rock directo, ese que se muestra a las claras en “Come Inside”. Una canción fresca y guitarrera que no parece que haya hecho un señor octogenario, y que nos demuestra por enésima vez su energía y credibilidad. Algo que también ocurre al moverse con soltura en “First Star of the Night”, que nos presenta una de las líneas de bajo más logradas del conjunto para que no olvidemos de dónde viene nuestro sempiterno bajista encarado a un precioso Höfner.

Y tras todo este derroche de actitud, solo nos queda arroparnos por el drama de “Momma Gets By”, que cierra el LP retratando la crudeza de las familias inglesas en los arduos años cuarenta, con un toque clásico que conmueve gracias a las cuerdas y a un estribillo cargado de magia, al más puro estilo de las baladas de mediados del siglo pasado. Además, se adorna con una guitarra española doliente y unos vientos suaves que encajan a la perfección con las cuerdas, buena muestra de la talla de este creador eterno, que cierra uno de sus álbumes más personales y emotivos con una partitura de inmensa elegancia. Así es Paul McCartney, un verdadero genio que todavía no se plantea el retiro, que disfruta entregándose y teniendo aún algo que decir cuando todo lo ha dicho ya.

Hace no demasiado tiempo, nuestro querido Enrique Bunbury dejaba una pregunta en el aire sobre qué artistas trascenderían realmente para la historia de la humanidad de todo el siglo XX, quién sería realmente recordado dentro de doscientos años. Esta obra desde luego que no es eterna, ni lo pretende, pero McCartney, sin duda, ya lo es. Ha trascendido. Es la música del siglo XX, y “The Boys of Dungeon Lane”, un disco que por todas sus costuras encajaría más fácilmente en ese siglo, es un digno testigo de ello.