Por: Àlex Guimerà.
Una de las carreras más excitantes del pop británico y, al mismo tiempo, más desapercibidas para el gran público es la de los liverpulianos The Coral. Arrancaron como una especie de one-hit wonder gracias a esa maravilla llamada "Dreaming of You", pero lo cierto es que la banda ha sido capaz de manufacturar grandes discos en los que ha ido experimentando con todo tipo de sonoridades: desde la psicodelia de los sesenta hasta el folk, el soul, el sunshine pop, el surf o el spaghetti western. Una amalgama de colores con la que han ido confeccionando una discografía tan maravillosa como infravalorada.
Sin ir más lejos, en esta década se atrevieron con un disco conceptual sobre los pueblos costeros británicos, "Coral Island" (2021), un álbum plagado de melodías pop refrescantes que fue, sin duda, uno de los mejores de su año. Pero dos años después lanzaron dos discos el mismo día —"Sea of Mirrors" y "Holy Joe's Coral Island Medicine Show"—, en los que las guitarras de Ennio Morricone parecían dibujar unas canciones profundamente cinematográficas.
Y así llegamos a su decimotercer álbum, titulado "388", que ha caído sin previo aviso y con una sonoridad altamente sorprendente. El título rinde homenaje a las veteranas grabadoras Tascam 388, utilizadas durante los años ochenta y también en la grabación de este disco, que ha querido huir de la tecnología de producción moderna y de los retoques artificiales, en una clara mirada crítica hacia la IA.
El contenido del elepé también nos transporta al pasado, concretamente al rocksteady y al reggae, dos estilos que les han sentado a las mil maravillas. Nos encontramos, por tanto, ante un disco de género que rompe con toda la paleta de colores de sus trabajos anteriores para abrazar esa maravillosa música surgida en Jamaica y del ska, un estilo que fue evolucionando hasta enamorar a todo el planeta, con especial arraigo en el Reino Unido de los años setenta y principios de los ochenta, donde los inmigrantes encontraron una voz con la que combatir los abusos policiales y el racismo que sufrían en las calles. Ese ambiente que el director Steve McQueen reflejó tan bien en el maravilloso segundo episodio de la serie "Small Axe", titulado "Lovers Rock".
El efecto sorpresa de este álbum fue doble, ya que el disco apareció en formato vinilo en algunas tiendas independientes inglesas, sin promoción ni disponibilidad previa en plataformas de streaming. Como antaño, vamos, aunque tanto las plataformas como los medios tardaron algo más en recibirlo.
Lo primero que escuchamos al poner la aguja es una batería contenida, unos vientos y un bajo que construyen rítmicamente "Let the Music Play", que es precisamente lo que hacemos: dejarnos llevar por la música. La voz de James Skelly abraza los falsetes y la delicadeza para demostrar una vez más su enorme versatilidad. El viaje continúa con "Ride That Train", que se abre con un órgano y presenta también unos coros sensacionales.
Deliciosa es por su parte "Leave in the Past", digna de los mejores Bob Marley & The Wailers: pegadiza, carismática y cargada de sentimiento. La conexión con el soul llega de la mano de "You and Me (And the Beautiful Sea)", cantada prácticamente a capela, y también con "Here Comes the Tears", que nos recuerda a la primera época de la Tamla Motown. La guitarra juguetona de "Shame" sostiene un estribillo imposible de olvidar, mientras que en "Yellow Moon" la banda mira hacia el misterio y lo onírico. Más etérea resulta "Sad Girl", que juega con la melancolía gracias a unas voces secundarias envolventes.Para el cierre del álbum, puro rocksteady, esa música de transición entre el ska y el reggae, con la hipnótica "Spirit Catcher" y "Crossing the Sands", rematada por un formidable solo de órgano.
En estos tiempos modernos, en los que la inmediatez, el progreso y la competitividad tratan de imponerse, encontrar un álbum como "388", que reivindica la vuelta a lo básico, detenerse y disfrutar del momento sin más, se agradece enormemente y hace que nos enamoremos aún más de una banda que siempre ha apostado por seguir su propio camino.



