La energía punk del FIZ


Sala Multiusos del Auditorio. Zaragoza, Sábado 26 de septiembre de 2026. 

Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Veinticuatro años de FIZ y nunca nos cansamos. Fieles a su ceremonia de acólitos "indies" (aunque a estas alturas ya podríamos cambiar este calificativo sin miedo alguno) en la última edición del festival hemos presenciado, sin lugar a dudas, su cara más punk y acelerada de su larga trayectoria. Las guitarras ásperas se impusieron de forma unánime para afirmar que esta actitud sin pelos en la lengua es la que más necesitamos en este momento. Marina Domínguez algo más ligeras, pero pegadas a sus seis cuerdas rugosas, La Paloma con su noise rock al que no le importa buscar su lado más pop, Repion con su garra tan melódica como contundente y Carolina Durante y su desdén provocador. Tan solo La Casa Azul, habituales de este escenario, se desmarcaron de esta actitud, pero su vitalismo electropop nos hizo mucho bien para terminar ese tour de force directo a la yugular marcado por el resto de bandas.

La tarde empezó con las locales Marina Domínguez. Siempre cuesta arrancar en estos eventos, pero tenían al público de su parte para acoger su pop desprejuiciado que nos puede recordar a Ginebras, con su particular dosis de irreverencia y carga festiva. Sin un largo todavía en la calle esperamos que estas mañas puedan ofrecer más pronto que tarde una alternativa al punk desde la capital del cierzo. En esa misma línea continuista, pero con una carrera que ya se va asentando, le tocó el turno a La Paloma, grupo afincado en el barrio madrileño de Tetúan. Sonaron compactos y muy contundentes, aunque al principio algo emborronados por las características mejorables de la Sala Multisusos del Auditorio, pero enseguida se hicieron con el público que coreó la directa "Sale el sol", la más emotiva "Las cosas que me gustan" o la generacional "La edad que tengo". Un trío joven (quinteto en el escenario) con mucho que decir todavía, que dejan claro que lo suyo son las guitarras potentes y la actitud cercana. Presentaron su recién salido single "Después de darlo todo", con el que nos llevaron muy arriba, y se acordaron agradecidos de que Zaragoza fue la primera ciudad en la que tocaron fuera de Madrid, con lo que consiguieron una calurosa ovación mientras se despedían con "Palos" y su mantra repetido "quiero que me vuelvas a explicar lo que ha pasado", como si su concierto fuera algo que se queda flotando y al que podemos volver para entender la magia de su conexión sin impostura.

La Paloma me gustaron y convencieron con creces, pero el torbellino que venía a continuación, de sobras conocido por el que esto suscribe, realmente prometía subir la temperatura. ¡Y vaya si subió! Repion llenaron el escenario de la Sala Multisusos de armonías y rabia. Marina Iñesta subió los decibelios con la potencia de su voz mientras su hermana Teresa golpeaba la batería con un pulso arrollador. La disposición de la batería en primer plano permitió disfrutar más si cabe de la actuación de las hermanas (acompañadas al bajo por Iris Banegas), ya que pudimos ver en primer plano la entrega de Teresa entre precisos breaks y potentes redobles. Una auténtica apisonadora en escena. Hay que decir que la magnitud de ese bombo de gran tamaño junto a su manejo del tempo saliéndose de lo evidente hacen de esta baterista una de las mejor dotadas de nuestro panorama. Por momentos me recuerda a Julia Martín-Maestro, y es que su manera de tocar este instrumento es ejemplar en ambos casos. Imbatibles. Marina tampoco se queda atrás en la forma de agarrar la guitarra y sacarle esa sonoridad tan particular. Tan desgarrada y doliente como afianzada y firme. En su breve actuación nos mostraron bien todas sus cartas, con un reparto equilibrado de su repertorio entre sus dos álbumes y su fantástico EP "Entre todas lo arreglamos". Comenzaron con la furia de "Otro día será" y "Pronto" para no bajar las revoluciones en ningún momento. Sirvan como ejemplo la intensa "El sueño dura una semana" o la casi grunge "X" de su más reciente álbum. También hubo espacio para que subiéramos al cielo con "El día no me da", uno de sus temas más logrados, y nos hicieron recalar en la intención de "¿Qué hay de ti?", dedicada a esas personas que se van perdiendo por el camino, en muchas ocasiones sin ningún motivo más allá del tiempo, que unas veces une y otras separa.

Agradecieron que este festival apostara por bandas formadas por mujeres como la suya y se despidieron con esa canción que nos lleva a nuestra infancia y nuestros pueblos, "Barrio Somavilla". Su concierto volvió a calar en nuestros huesos, por su carisma, por su presencia, por su potencia. Como dicen en "Brillante", "algunas cosas nunca se arreglan, se quedan clavadas", aunque en este caso habría que decir que su concierto se nos quedó clavado, pero consiguiendo arreglarnos la noche. Ojalá Repion sigan en ascenso. De talento van sobradas, solo necesitan un poco más de visibilidad, porque sus canciones y directos son demoledores y nos lo dan todo. Una vez te enganchan (y espero que tras este FIZ inyectaran su veneno en más de uno de los presentes) ya no consigues soltarte de su mano. 

Lo que muchos habían estado esperando era la aparición de Carolina Durante. La sala se llenó de un público más joven dispuesto a saltar al ritmo del grupo madrileño que en tan solo diez años de carrera han conseguido llegar mucho más lejos de lo que parecía cuando algunos entonábamos la canción de "Cayetano". Su actitud pasada de vueltas seguía la línea planteada desde el principio en el festival, solo que en su caso nos sonó impostada en más de una ocasión. Desde luego que la pose es imprescindible para hacerse notar y de eso Diego Ibáñez parece saber bastante. Todo el concierto se lo pasó de un lado para el otro del escenario agitando al personal con esa actitud punk y esa voz que más bien es un grito, pero que les define como banda. Como frontman desbocado está en su sitio, pero el contraste con el resto de la banda es evidente. Porque los demás (encorsetados dentro de un escenario que simula una oficina) están más bien comedidos. Tan solo Mario del Valle con la guitarra se sale de su sitio en algún momento, pero a pesar de ello, es evidente que dominan la escena. El público no paró de corear todos sus éxitos y para un grupo con solo tres álbumes (más un buen puñado de singles) es muy reseñable que casi todas sus canciones se reciban como auténticos hits. Desde que inauguraron su actuación con "Joderse la vida" hasta que la acabaron con uno de sus éxitos más jugosos y costumbristas, como es "Hamburguesas", la máquina se mantuvo perfectamente engrasada. Parecía que tenían todo controlado: Las subidas y bajadas de intensidad, las incitaciones a los pogos generales, la grasa correosa que impregna algunas de sus canciones más garajeras, como "Granja escuela", e incluso la épica que manejan con bastante solvencia al apoyarse en escena por un grupo de cuerdas y un trompetista de lo más acertado (sin duda uno de los mejores cambios de guión del espectáculo). Esa épica que convirtió en sublime el final de "Probablemente tengas razón", así como la segunda parte de "Elige tu propia aventura", con esa trompeta que tanto recordó a Andy Diagram de James. En temas como "San Juan", también adornado por las cuerdas, buscaron trascender y podrían llevarnos hasta Blur (también hay mucho de los británicos en "Tempo 2"), dejando claro que su último disco es el que más redondo les quedó, saliéndose de la épica de rastrillo que podían tener en "Aaaaaa#$!&", de su anterior trabajo, y ganando cuerpo. Se agradece cuando bajan el tono, aunque sea mínimamente, como ocurre con "La noche de los muertos vivientes", en la que podrían haber encontrado inspiración los Alcalá Norte, o en "El perro de tu señorío", en la que también supieron aprovechar los arreglos de cuerda. 

Cierto es que a pesar de lo bien recibidos que son estos "cuatro chavales" entre el público me parece que son mejores instrumentistas que letristas, por no decir que Diego grita en lugar de cantar (por momentos luce mejor cuando se escuda detrás del megáfono). Si el desvarío está en su adn he de decir que, en mi caso particular, me cautivaron más cuando sacaron su lado más costumbrista y delicado, como en "Ya no hay verano", o cuando nos increparon con frases tan contundentes como ese "qué nos ha pasado si no ha pasado nada" o su acertada imagen sobre el asombro (¿o sería mejor decir hastío?) reflejada en su “quiero que me mires como miras los desastres”. A pesar de los confetis de "Las canciones de Juanita" o el descaro incisivo de "Cayetano", prefiero su mirada hacia el shoegaze en "Probablemente tengas razón" (fue de las más logradas de la noche), el riff lo-fi de "Verdes, césped" o el leve reflejo hacia Joy Division gracias al bajo de Martín Vallhonrat en "Hamburguesas". Beben de muchos y buenos caldos (aunque "En Verano" destile ese ramalazo a Hombres G que tanto nos sobra) y, definitivamente, los hacen suyos para vestirlos con su toque característico. Su frase "mis amigos suman más que mis demonios" podría sugerir esa querencia suya para nutrirse de todas esas referencias. Algo fantástico, aunque lo sería más si su multitud de seguidores también abrazasen las mismas para entender de verdad su discurso, aunque yo por momentos no termine de creérmelos. Aún con todo, reconozco que el concierto fue un bombazo. Me quedo con esa parte central que sobresalió gracias a esos arreglos más allá de las seis cuerdas, que les sacaron de su zona de confort, y espero seguir viendo crecer a este fenómeno, que mantiene a los menores de treinta cerca del inconformismo punk y la tan necesaria irreverencia en estos tiempos, que de eso sí que van sobrados los reyes de la "mala hostia". 

Dejamos los sonidos más crudos y garageros para acoger en la recta final del festival el buen rollo electro universal de La Casa Azul. Las guitarras quedaron opacadas por los sintes, las programaciones y la percusión electrónica, pero en la actitud de Guille Milkyway y su banda había mucho de reivindicación también. Este fue el turno de los más entrados en años del evento, pues La Casa Azul hizo que los más talluditos bailaran sin descanso. Tanto la banda como el público estuvieron todo el concierto muy arriba. Confetis por doquier (los cañones no dejaron de soltar cada poco una buena ración de papeles de colores), explosividad visual y sonora y, sobre todo, buen rollo. Guille se mostró en muy buena forma, cambiando guitarra por sintes o simplemente moviéndose cómodamente por el escenario como parte de una coreografía visual muy bien estudiada. Sonaron desde "La fiesta Universal" hasta "El final del amor eterno", "Podría ser peor" o la tan necesaria "Revolución Sexual". Brillaron y consiguieron que el público que no había abandonado la sala tuviese una buena dosis de energía positiva regada con electrónica y efectismo marca de la casa. Un gran acierto volver a tener una edición más a esta banda que siempre deja tan buen sabor de boca, aunque no nos ofrezcan nada que no sepamos. Para Milkyway y los suyos no hubo preocupación por el timing (de hecho fueron ellos los que se llevaron más cuota de escenario), ya que lo que seguía era más fiesta detrás de los platos con el dj set de Chelis. Por lo que la madrugada electrónica recogió el testigo de la explosión de rock anterior, pero todo acompañado de una contagiosa energía, esa que siempre respiramos en el mejor festival de esta tierra. El más abierto a gustos y colores. El más rico en matices, desprejuiciado y valiente. Nuestro FIZ. ¡A por los veinticinco!