The Afghan Whigs: "Soft Control"


Por: J.J. Caballero. 

Hablar de rock independiente (¿o tal vez deberíamos decir simplemente pop?) se ha convertido en arma de doble filo para cualquier crítico, escriba o mero aficionado a poner en palabras sus propios debates internos cada vez que escucha un disco que merezca tal afiliación. Todo es subjetivo y nada es aleatorio cuando nos topamos con un nuevo trabajo de la banda de Cincinatti The Afghan Whigs, unos veteranísimos músicos bragados en mil batallas emocionales y trajinados en la entrada y salida de miembros que aportan fe, compromiso y sentimiento en cada uno de sus episodios. Cuarenta años después, Greg Dulli, alma mater y autor único de la mayoría de canciones, regresa por donde lo dejó hace catorce años, justo antes de un parón que ya los ha resucitado sobradamente. Sólo hay que escuchar cualquiera de los trabajos editados desde entonces para saludar a este “Soft control” con la confianza y amabilidad que merece una banda tan respetable.

Vicisitudes y desventuras varias aparte –la triste desaparición del guitarrista Dave Rosser marcó varios de los pasos a seguir en su momento-, lo normal es que a estas alturas se recreen en otras decoraciones igual de válidas, e incluso pertinentes, para una música que poco más puede aportar a un catálogo lleno de hitos subterráneos pero rotundos. Las conexiones con una de sus piezas maestras, el colosal “Gentlemen” grabado en 1993, son varias y evidentes, desde el gusto perenne por las melodías cimbreantes, aquí presente en “My lover”, un tema en el que abren paisajes country y los inundan con aires glam, hasta los arreglos mesiánicos anclados en los vientos de la impresionante “The deepesta part of the darkest shadow” o las orquestaciones y trombones de “Mariah Luster” y el piano y las cuerdas delicadas de la crepuscular “A simulation”, siete minutos de puro escalofrío. 

La introspección es necesaria para contar las cosas que quieren contar, jugando con los sentimientos oscuros y las pérdidas que conllevan, pero no debe alejarnos de la idea de que fudamentalmente The Afghan Whigs siempre fueron una banda de clara querencia eléctrica. “House of I”, en la onda de unos Stones al borde del abismo, sería uno de los buques insignia de un disco que perpetúa el latido soul que siempre los acompañó, y no sólo en dicho tema, sino también en la juguetona “Jungle roux” y otra muy efectiva, aunque trillada en su base, “77”, un ángulo en el que se refugian de nuevo para no acercarse demasiado a la tensión de contemporáneos como Tindersticks y elevar la cuota reservada para el rock. Las guitarras suenan potentes, los teclados ajustan decibelios y la serenidad, un término poco apto para un tiempo en el que escuchar un disco de pe a pa supone poco menos que un esfuerzo sobrehumano, fluye en claroscuros que basculan entre lo tenue y lo brillante. Ambos adjetivos son aplicables a una enorme canción como “Duvateen”, probablemente desde ya uno de los mejores temas escritos por Dulli en la última década, y en menor medida a otra ráfaga certera de las características de “Loose talk”. Autoconfesiones resueltas, conciencia revuelta e ilusiones remontadas.

Así, rememorando un pasado glorioso al que nunca quisieron realmente volver, y atisbando un futuro menos halagüeño de lo que parece, se mantiene en el camino una banda fundamental para entender que el rock independiente, ese concepto difuso del que hablábamos al principio, es algo más que la suma del significado de ambos términos. Redefinirlo, ampliarlo y darle algún que otro revolcón es tarea reservada a gente que entiende todo eso a la perfección. The Afghan Whigs son sin duda unos de ellos.