Lambchop: “Punching the Clown”


Por: Kepa Arbizu. 

Ni la contemplación ni el silencio, entendido no  como la total ausencia de sonido, sino como reducto entre el eclipse de los sentidos que genera el ruido arrítmico rutinario, son valores en alza para el "modus vivendi" impuesto en los tiempos actuales; tampoco en el ámbito musical. Dos elemento que en el caso del nuevo álbum de Lambchop, “Punching the Clown”, se presentan como troncales a la hora de catalogar su identidad. Un trabajo que sin embargo tiene su génesis en un acontecimiento común para casi toda persona, más todavía si nos referimos a oyentes habituales de música, como es la inesperada aparición de una canción desconocida que queda registrada en nuestra memoria y de la que hemos sido incapaces de descifrar su autoría. Tal “misteriosa” aparición, sucedida en el entorno de Kurt Wagner, exclusivo “propietario” del proyecto, se convirtió en el nudo gordiano de un álbum que comenzó a gestarse a través de ese impulso y la necesidad de trasladar a su propio imaginario aquella melodía que había sacudido su vida.

Dicha investigación, infructuosa a la hora de revertir ese anonimato, concluyó sin embargo con el descubrimiento, y posterior estudio, de los llamados "lining out", un canto comunitario "a capella" que, nacido en las iglesias británicas del siglo XIX, tejía un particular diálogo entre los versos interpretados: la formulación de uno de ellos desde el púlpito era respondido con otro por la congregación. Una primigenia ascendencia que no deja de ser el origen de la música popular afroamericana, y que en manos del blues o del jazz se ha convertido en idioma universal. Un legado que la mejor manera de ser honrado por el compositor norteamericano ha consistido en, bajo las formas identificativas que maneja un proyecto con la envergadura propiciada por más de tres décadas de ilustre carrera, recrear esa misma morfología apoyada en un escueto acompañamiento cedido al banjo. Una alquimia sustentada por el profundo rango recitativo de su intérprete, maestro de ceremonias predilecto para -conjurando episodios vernáculos- convertir sus cuerdas vocales en un paisaje que transforma su remanso atmosférico en un universo sensitivo.

Con una discografía que ha discurrido entre la opulencia, el minimalismo e incluso adaptaciones a la tecnológica contemporaneidad, nada tiene de insospechado encarar un nuevo capitulo de Lambchop como el descubrimiento de otro camino inédito. Pero el avistamiento en este caso atiende incluso a una mayor perplejidad teniendo en cuenta que alguno de sus más directos precedentes, como “FLOTUS”, se había rendido a los encantos artificiales del auto-tune, haciendo que el sucesor de esa fría humanidad sea el casi antagonismo representado por un celestial coro, encarnado en dos formaciones distintas a lo largo del álbum. Particularidades, y genialidades, de un compositor que si algo ha demostrado, y confirmado como aptitud rectora de su creación, es la disposición a no alinear su nombre tras un sonido determinado ni encapsulado, por mucho que sea un folk de corte intimista el que pivote, bajo estructuras variadas, alrededor de su imaginario. Un estilo que en “Punching the Clown” asume su formulación más pura y orgánica, tanto que gracias a esa particular desnudez consigue recrear un tipo de ambiente difícilmente atribuible a otras propuestas, salvo la excepción que dictan Mark Kozelek o Bill Callahan, y una magistral vindicación de los espacios aparentemente callados como fuente de vida e incertidumbre.

Esa suerte de adelgazamiento sonoro, que conduce a un territorio donde los ritmos quedan suspendidos entre silencios, alcanzado tras el mencionado estudio de estructuras tradicionales, es una ecuación asumida igualmente por los textos. La escritura de ellos, tras un voraz instrucción sobre biografías y técnicas de otros compositores, respondió a un proceso constante de reformulación, lleno de borradores rechazados, que solo tras la incorporación en su creación de su habitual colaborador, Blake Morgan, alcanzaron el resultado deseado. Una determinación en busca de la excelencia que confiere a esa lírica una condición que le excluye de asumir el papel de un simple complemento para convertirse en parte sustancial a la hora de generar la idiosincrasia del trabajo en su conjunto. Del mismo modo que instrumentalmente asistimos a una invisibilización de lo superfluo, narrativamente, desde una visión más o menos poética según la ocasión, discurre en un tono prosaico, otorgando el protagonismo a personajes a los que la historia les ha vuelto imperceptibles, a pesar de representar a la inmensa mayoritaria. Asomando a la ventana donde esa “legión anónima” entona sus celebraciones cotidianas, Kurt Wagner, como en las páginas de Chris Offutt, Carson McCullers o Lorrie Moore, eleva a hecho artístico la muda coreografía de sus movimientos.

Sin desmerecer las aptitudes y el sentimiento que es capaz de darle a las cuerdas del banjo Justin Vernon (Bon Iver), encargado de dicho instrumento a lo largo de todo el álbum, quienes ostentan la brújula del destino emocional del disco son los dibujos vocales, ya sea los trazados por su intérprete principal o los dictados por su corifeo. Una mixtura, similar en concepto aunque bajo distintos preceptos a la esgrimida por Howe Gelb en aquel ya lejano “Sno Angel Like You”, musicalmente escenificada bajo un carácter espartano que concede a la confluencia de melodías surgidas desde las garganta la asignación de un clima sentimental para cada tema. La condición celestial que siempre adquiere la reunión de voces colectivas implementa al sustrato depositado por las raíces folk un tinte soul, un paisaje ya visible en la inaugural “Just West of Nicollet”, que ejerce también de síntesis respecto a esa filosofía observadora de episodios costumbristas intramuros, o una “Weakened” donde se demuestra la capacidad de decisión que se arrogan unos coros que circulan desde un sigiloso segundo plano hasta imponer su majestuosa presencia. Un protagonismo, en cuanto a su mayor exposición, que propulsa a “White People” hacia un estado más dramático y rasgado, mimetización de un verbo que arremete contra una cronología de la dominación, demostración de que la calma también logra conjurar olas de rabia.

Cuando el tono barítono que abre “A Doctor in the House”, un cántico sumido en el cálido recato de la palabra emitida bajo la tranquilizadora mirada del hogar, contiene la profundidad y emoción de un violoncello, queda en evidencia la instrumentación que asumen las voces en este disco. En pocos trabajos vamos a poder encontrar una confirmación más rotunda sobre la importancia compartida de forma alícuota entre lo que se cuenta y el modo de hacerlo. Porque el relato cotidiano del tema titular o la narración de esa perpetua crisis con la que es maldito el individuo común presente en “The New World Wave” encuentran en su fraseo principal la morfología más apta y coordinada; lo mismo que sucede en una “Cigar” donde expanden sus alas los silencios para dar cobijo al propio sonido de la volutas que nacen mientras se consume el filtro de un cigarro. Tan impactante y descomunal es la esencia y el alma de este disco, crujiendo con sigilo al caminar sobre las viejas maderas de las casas que visita para radiografiar lo que acontece en ellas, que el viejo chiste dedicado a quienes contienen tanta expresividad en su arte que serían capaces de emocionar reproduciendo simplemente un libro de instrucciones, aquí se hace realidad. “Chicago”, prácticamente en exclusividad una enumeración de ciudades, logra percibirse tan sobrecogedor como el recitado del verso más voluptuoso de Shakespeare.

“Punching the Clown” es un hito, para la discografía de Lambchop pero incluso también para un ecosistema musical actual ansioso en su demanda por encontrar un camino que se separe de la norma común. Kurt Wagner lo ha logrado tomando el destino contrario, dirigiendo sus pasos hacia la más pura tradición, comprendiendo -y exhibiendo- que las viejas fórmulas de interacción entre creador y oyente, formuladas, eso sí, con la majestuosidad que le caracteriza, son el mejor aprendizaje para encontrar un oasis prácticamente inhabitado. Un enclave convertido en ese remanso nocturno al que ni el toque de queda cotidiano le puede impedir conversar con voz callada, pero intensa, sobre las experiencias vitales. Lambchop se ha encargado de, a través de una excepcional banda sonora, recoger esas existencias que por invisibles no dejan de estar cargadas de expresividad, poniendo voz y silencios a esa aparente fotografía en calma que sin embargo desprende la más ruidosa de las incertidumbres.