Viva la hermandad: Entre León Benavente, Dorian y el “último verso” de Love of Lesbian


Espacio Zity, Zaragoza. Miércoles 14 de octubre de 2026 
Texto y fotografías: Javier Capapé. 

Las despedidas duelen. Sabíamos de antemano que iba a ser así, pero a pesar de ello no podíamos faltar a la gira de “El Último Verso” de nuestros hermanos Love of Lesbian. En el mismo escenario del Espacio Zity de las Fiestas del Pilar zaragozanas se dieron cita también León Benavente y Dorian para cerrar el cartel más indie-rock de estos pilares, en una especie de mini festival montado para la ocasión en la carpa de conciertos más grande de Zaragoza. Cinco horas sin parar repartidas entre estas tres grandes formaciones del rock patrio. Todos ellos dando los últimos coletazos a sus giras presentes. Los “leones” antes de dar el salto a México donde terminarán el viaje de su “Nueva Sinfonía sobre el Caos”, Dorian en su penúltimo envite de “Futuros Imposibles” previo a su encierro para dar forma a sus próximas canciones, y los de Santi Balmes en la recta final de su gira de despedida por tiempo indefinido, ya que, como ellos mismos han manifestado, necesitan parar de verdad para volver a reconectar con el espíritu de esta singular formación.

La noche comenzó con León Benavente. La banda, unida inseparablemente a esta ciudad inmortal gracias a su bajista Edu Baos, ofreció uno de sus intensos conciertos en los que la incitación, el descaro y los vatios se dieron nuevamente la mano en un abrazo intenso con un público entregadísimo desde el primer momento. Abrieron con la muy ravera “Úsame/Tírame”, en la que se dejó notar la mano del último fichaje del grupo para sus conciertos, el carismático Martí Perarnau IV, que disparó secuencias y bases con gran acierto, sumando siempre a la intensidad de los cuatro leones, que se despacharon a gusto con “A la moda” y “Amo” antes de que sonara el primero de sus grandes himnos, el colosal “Ánimo, Valiente”. El punch electrónico no bajó ni con la irónica “Mítico” ni con la supervitaminada “Baile existencialista”, y su brillo más rock, en el que dejaron que sus guitarras marcaran la pauta, se percibió con gran maestría en “La Ribera”.


Concedieron algo de espacio al pop con “La Aventura” y nos condujeron por la senda del peligro a través del pulso de bajo más intenso y emocional en lo que va de siglo con “Ser Brigada”, una auténtica apisonadora en directo por los siglos de los siglos. El festín particular del grupo capitaneado por Abraham Boba, los 163 cm más carismáticos de nuestra escena, se desató en la recta final de su actuación con su ya imprescindible “En el Festín”, con su clásico digno del mayor caos armónico “Gloria”, y con la provocación realista y señera de “Ayer salí”, en la que dejamos que nuestros pies se separaran del suelo en un nuevo alarde de cotidianeidad mística regada de la electrónica más enérgica que podemos presenciar en este momento en nuestro circuito. León Benavente son inimitables, una bomba. Sus directos son los más potentes y desafiantes que vamos a encontrar. Absolutamente necesarios. Porque presenciar uno de sus conciertos es una experiencia vital inconmensurable. Una sensación de subidón insustituible y tremendamente sanador. Una vez más (y no me cansaré nunca de decirlo) estuvieron inmensos. Un bolo irrepetible en el que decido quedarme con la cara de una espectadora que estuvo junto a mí durante el concierto con la boca abierta todo el tiempo, sabiendo que estaba viendo algo único mientras descubría por primera vez a este grupo en directo. La expresión del impacto y el flechazo instantáneo hecha realidad. No hay nada comparable, y ese rostro que se me quedará grabado para siempre lo decía todo, poniendo palabras a la sensación única de vivir un concierto de los “leones”.

Dorian también dejarían testimonio de su amor por esta ciudad (que siempre les ha acogido con los brazos abiertos) en su concierto, que cerró la noche en el Zity. Los catalanes presentaron un repaso muy acertado a sus clásicos en la recta final de una gira que les ha llevado, como tantas otras veces, a infinidad de festivales de nuestro país. No hubo tiempo para aburrirse, a pesar de su pose más bien estática entre las grandes pantallas y los alzadores de su escenario, pero Marc Gili se nos metió en el bolsillo de nuevo gracias a canciones tan potentes y bien escritas como “Los amigos que perdí”, “Verte amanecer” o “El temblor”. Lisandro Montes, o el “Chico Biónico”, como lo llamó su jefe de filas, removió el escenario agitando a sus fieles en “Vicios y Defectos” o la reivindicativa “Dual”, y antes de terminar su particular encadenado de hits nos sedujeron con una versión más serena de “A cualquier otra parte” o una “Materia Oscura” que terminó derivando en el “Bailando” de Alaska. Una “Tormenta de Arena” alargada y efectista puso el broche a una actuación correcta, con gancho, pero quizá demasiado encorsetada, y eso que podría decirse que vimos una versión de Dorian más disfrutona que de costumbre.

Pero en lo que de verdad quería detenerme, dentro de este tour de force emocional en medio de los Pilares, era en la despedida de uno de los grupos más auténticos y personales de los últimos veinticinco años. Me estoy refiriendo a Love of Lesbian y su gira “El Último Verso”, que aunque fueron programados en mitad de la velada, para todos los presentes era el plato fuerte de la misma. El nombre de la gira lo dice todo y las propias declaraciones del grupo han dejado claro desde antes de verano que estos conciertos iban a ser los últimos por mucho tiempo. La banda necesita un respiro, una reconexión. La necesidad de tocar tierra para volver a empezar de nuevo si el cuerpo se lo sigue pidiendo. Es cierto que desde su regreso tras la pandemia con “V.E.H.N” no han parado ni un momento, pues encadenaron la gira de aquel disco con la grabación de su último largo “Ejército de Salvación” y siguieron sumando fechas por toda la geografía española (y también especialmente en México) sin respiro. Yo relaciono esta necesidad de parón con su actividad frenética. El deseo de tomar aire para no repetirse o accionar el piloto automático dejando su discurso más vacío. Y eso no lo quieren ni ellos ni sus fieles, que siempre han visto a la banda darlo todo. Es un “o te entregas hasta el fondo o lo dejas”. Sinceramente creo que esta parada será temporal, que Love of Lesbian solo están tomándose algo de tiempo para buscar inspiración y no traicionarse a sí mismos dejándose llevar por la inercia. Es un gesto valiente a la par que necesario tras tantos años en la brecha. Pero dejémonos de disertaciones e interpretaciones personales. Lo del pasado miércoles en el Espacio Zity fue una auténtica celebración. Un derroche de energía que nos permitió volver a emocionarnos con las canciones de la banda.

Balmes comenzó con calma pero mucho sentimiento entonando la directa “Ejército de Salvación”. Desde los primeros instantes comprobamos que la gran pantalla del fondo de escenario iba a ser tan protagonista como el propio grupo, proyectando esas frases de la canción citada que se nos quedaron grabadas, y permitiendo ver en primer plano las expresiones de todos los miembros de la banda, que se mostraron gran parte del tiempo visiblemente emocionados. Cuando Santi se colocó la chistera del mago que nos transporta hasta la época del “Poeta Halley” se encendió la mecha y nos llevaron muy lejos con “Cuando no me ves” y “Bajo el Volcán”, momento en el que presentaron el espectáculo que todos estábamos presenciando como la despedida que ya sabíamos que veníamos a ver, pero con un agradecido júbilo por montera que no iba a empañar de lágrimas la velada. Más bien lo contrario. El concierto se iba a convertir en inolvidable por la energía que nos iban a transmitir y la celebración eufórica en lugar de melancólica. En las pantallas apareció Rigoberta Bandini para dar la réplica a Balmes en “Contradicción”, pero resultó más épica “¿Qué vas a saber?”, aunque no estuviera Amaral, por arriesgarse con un arreglo vocal único que le hizo ganar singularidad al ya de por sí gran tema. 

Si alguno iba a sentir como se le encogía el pecho sería con “1999” y ese ritual catártico que siempre desprende la mítica canción con la que los lesbianos dieron su particular salto de gigante. Nos volvió a poner los pelos de punta, como cada vez que vuelve a nuestra cabeza ese leve toque de piano que la conduce, pero rápidamente cambiamos de tercio hacia la potente melancolía de la más electrónica “Belice”, en la que Balmes volvió a centrar el protagonismo con su solo a las teclas en la parte final. Y es que quizá el resto de los componentes de la banda quedaran más opacados por el torrente expresivo de su frontman. Tal vez ellos mismos le cedieron la carga emotiva de forma premeditada. Tal vez el resto preferían pasar más desapercibidos, sin alardes, y que fueran las canciones las que hablasen. Jordi Roig permaneció más estático, como casi siempre, Oriol Bonet se mostró comedido desde la batería, pero más chocante resultó encontrar a Julián Saldarriaga tan discreto cuando siempre se muestra locuaz. Será el cansancio acumulado o las ganas de echar el freno. El caso es que esto no provocó ningún daño en el resultado final. Todo salió rodado, pero tal vez hubiera algo de pesar en el grupo. 

“La Champions y el Mundial” se vivió como una celebración copera y con “Me amo” e “I.M.T” sacaron su lado más canalla, aunque la palma se la llevó el momento “chungo chungo” de la mítica “Algunas Plantas”, el mejor reflejo que se haya hecho nunca de un “viaje” de maría en la escena rockera, aunque eso ya lo sabemos todos. “Incendios de nieve” nos hizo levantar las manos al aire mientras el público se convertía en protagonista en la enorme pantalla. Un mar de brazos arriba mientras coreaban al unísono convirtió a éste en uno de los momentos más celebrados de la velada, junto al paseo que Balmes se dio por las primeras filas agarrando fuertemente las manos de muchos afortunados mientras les cantaba “La Hermandad” literalmente al oído (no puedo evitar compartir por aquí que yo fui uno de esos afortunados).

“Allí donde solíamos gritar” vino acompañada de un mensaje muy necesario en estos tiempos tan convulsos alejando la honradez y la inteligencia del auge fascista, mientras a modo de desahogo, volvíamos a aquellos bancos en los que escribimos los versos de “Heroes”. Imágenes que todos hemos hecho nuestras en más de una ocasión y que esta vez sabíamos que costaría volver a ellas, pero lo hicimos con pasión, todos al unísono. Los siete músicos en escena que son desde hace unos años Love of Lesbian se fundieron en uno con las diez mil almas que se dieron cita en el gran escenario del Zity. Todos fuimos uno allí donde esperamos volver a gritar. Ya he dicho que hubo mucha conmoción en el ambiente, pero mezclada con una enorme vitalidad, como la que nos llevó al cielo con ese “Fantástico” convertido en aullido colectivo y en la que pudimos escuchar atrevidos extractos de “Lobo hombre en París”, “Ritmo de la Noche” y “Amante Bandido”. El humor que no falte.

Si me hubieran preguntado, habría cerrado la noche con alguna ausencia que para mí es clave en la carrera de la banda, como “Planeador”, “Universos Infinitos” o “Los Irrompibles”, pero la que no podía faltar era “Club de fans de John Boy”, y con ella pusieron el broche. Fuimos por última vez los raros del concierto mientras Love of Lesbian se reencarnaban en el telépata de Dublín. ¡Cuántas veces hemos gritado con orgullo ser fans de John Boy! ¡Cuántas veces nos han hipnotizado con su verso letal estos prestidigitadores de la emoción! Eso fueron Love of Lesbian de nuevo. Así quedarán en nuestro recuerdo mientras se piensan si seguir rodando. Un recuerdo que permanecerá intacto entre la energía vitalista y la sincera hermandad. Nos quedamos huérfanos, pero orgullosos de haber formado parte de esto, de ser el “ejército de salvación” de la banda más grande capaz de generar incendios de nieve con una lupa enfocando a la luna. El tiempo se ha parado en 2026, que 1999 queda muy lejos ya. Mientras tanto, os estaremos esperando.