Brigitte Calls Me Baby, romanticismo, grandes canciones y hechuras de banda importante


Sala Galileo Galilei, Madrid, viernes 25 de septiembre de 2026. 

Texto y fotos: Javier González. 

Muchas de las personas que en la tarde del pasado viernes nos acercamos hasta las inmediaciones de la calle Galileo Galilei teníamos la fecha del 25 de septiembre señalada en rojo en nuestro calendario de hace demasiado tiempo. Llevábamos esperando este momento más de dos años, cuando desde el otro lado del charco comenzaron a llegarnos noticias de la existencia de una banda afincada en Chicago que respondía al nombre de Brigitte Calls me Baby. 

Una de esas formaciones con nombre evocador, dotada de un discurso lírico arrollador y presencia escénica que retrotrae a parte de las formaciones más icónicas del pasado, cuyo principal valor reside en un conjunto de canciones potentes y redondas, capaces de poner un pie en el rock elegante de más alta gama y en el pop de la mejor tradición anglo, algo que mostraron a la perfección en su llamativo debut en formato largo, “The Future is Our Way Out”, y en su más reciente continuación, “Irreversible”, álbum que andan presentando en las últimas semanas en el marco una extensa gira europea en la que con muy buen criterio han decidido hacer parada parada en nuestro país con sendos llenos en Madrid y Barcelona, en lo que representa su primera visita a España. 

Una breve estancia que se esperaba con impaciencia, tal y como atestiguaba una nutrida cola espera desde horas antes del comienzo del show, donde los y las más incondicionales aguardaban la apertura de puertas con la intención de poder conseguir un preciado lugar en las primeras filas, algo que aconteció pasadas las 20:30 horas de la noche, momento en que la Galileo comenzó a coger color y temperatura hasta acabar por presentar uno de los mejores llenos que recordamos en dicho recinto capitalino, en él ganaban por mayoría los rostros de mediana edad, pero debemos destacar que también pudimos observar representación de gente muy joven que nos invita a pensar que no todo está perdido y que el relevo generacional viene en camino.

A las 21:00 abrió fuego Laura Katze, bailando con la más fea por partida doble. De un lado, tocaría remar ante una audiencia que desconocía sus canciones y que a tenor de los gestos y camisetas que portaban en su mayoría, deseaban tener al artista principal sobre las tablas lo antes posible. De otro, su propuesta minimalista y sustentada en profundos medios tiempos, que contaba para la ocasión solamente con el acompañamiento de un par de teclados, contrastaba en exceso con la descarga expansiva que tendría logar poco después. 

Luchando contra los elementos, dotada de gran profesionalidad y orgullo, sacó adelante parte de las canciones que dan vida a su único EP hasta la fecha, “Un Año Dormida”, sonando “Joan”, “Flores Muertas” y “El Pueblo”, así como el corte titular, composiciones que intercalaron con otras no registradas como “Irregular”, “Ritual”,y una bonita adaptación del “Waterloo Sunset” de The Kinks, bastante celebrada por los asistentes que finalmente despidieron sus evoluciones con aplausos. 

Poco tiempo después arrancaría el plato fuerte de la noche y lo haría con una sucesión de aciertos. Desde la acertada selección de canciones que sonaron amenizando los últimos instantes de espera hasta la propia aparición en el escenario de Brigitte Calls me Baby, algo que hicieron al son de los compases de la fenomenal “Let´s Stick Together”, interpretada colosalmente por Bryan Ferry. 

Abrieron fuego con los sintetizadores que dan paso a “These Act of Which We´re Designed”, pisando fuerte sin guardarse nada, dejando claro desde el primer momento que venían con intención de darlo todo. Vaya si lo hicieron a lo largo de una noche de emociones fuertes, donde no se guardaron ni un solo truco. Con “Truth is Stranger tan Fiction” mostraron parte de su faceta guitarrera, la que quizás los emparenta de una forma más directa con las grandes bandas del rock de Nueva York como Television, mientras mostraban lo que es el decálogo del rock, sustentado en la pegada de la batería que mueve a su antojo Jeremy Benshish, dinámico y ajustado cual metrónomo, perfectamente empastado al bajo de Devin Wessels, quien no solo dio sustento sino que también tuvo sus momentos de protagonismo durante la velada en los instantes más funk, sirviendo de acomodo para las evoluciones de Trevor Lynch, guitarra y teclados, y Jack Fluegel, guitarrista de hechuras estéticas cercanas al primer y marciano Brian Eno con ramalazos a Mick Ronson, que sin ser dos virtuosos, saben jugar a favor de obra y cobrar importancia cuando la canción lo requiere, demostrando valía y carácter, sirviendo todos ellos la coartada musical perfecta sobre el escenario al que sin duda es el gran valor de esta banda, Wes Leavins. 

Y es que los adjetivos positivos para el bueno de Wes se nos podrían acabar directamente. Quizás, lo más ajustado para no extendernos, sería hablar de él en los términos de “frontman de la vieja escuela”. De aquellos capaces de respetar el ritual y caminar con paso firme sobre el escenario. Regalando un sinfín de poses y quiebros plagados de dramatismo, mirando a la cámara con gesto altivo y pleno de elegancia y magnetismo, interpelando al público en cada fraseo y  buscando intercambiar miradas, señalando y disfrutando de la interpretación en su totalidad, donde demostró estar provisto de un impresionante chorro de voz que en ocasiones le llevó del susurro al dramatismo y a convertirse en un “crooner” moderno, mirando a los ojos a las enseñanzas de mitos como Nick Cave, Morrissey o David Bowie, en cuya época “Let´s Dance” parecía reflejarse su atuendo, incluyendo en sus maneras referencias casi cinematográficas cercanas a James Dean, Alain Delon y Marlon Brando, cuyo rostro en “Salvaje” lleva tatuado en el brazo derecho. Un líder, sabedor de su papel, el cual cumple y ejecuta a la perfección, consciente de que el escenario es un espacio místico. En definitiva, una rock star.

Aprovecharon para rodar en directo nuevas composiciones como “How to Ignore a Feeling”, antes de volver la vista a su primer trabajo con “Fine Dining”, regando de romanticismo una pista de baile que se balanceó con entusiasmo, algo que también ocurrió con la sentida interpretación con “The Future is Our Way Out”, una clásico con aromas retro lleno de atemporalidad, donde la banda demostró su tacto y buen gusto a la hora de afrontar los temidos medios tiempos en directo, esos que a tantas bandas se les caen por los cuatro costados y que a BCMB sientan como anillo al dedo, mientras los quiebros vocales de Wes se elevaban al cielo, clavándose bien dentro de todos los que andábamos en las primeras filas. 

Una de las mejores tandas de la velada vino representada por la oscuridad que desprende “The Pit”, de las favoritas de su segundo trabajo, que interpretación con toda la intensidad y emoción que requiere una composición de éste calado, contrapuesta con las guitarra cristalinas y épicas que encierra “There Always”, cerrando la terna con las sirenas que anteceden “I Danced with another Love in my Dream”, un bombazo en toda regla, celebradísima por el público capitalino, que puso patas arriba a las 500 personas que llenaban una Galileo que se quedó pequeña para lo que en todo momento pareció ser la consagración de un grupo que en próximas visitas abarrotará recintos de mayor capacidad en nuestro país. 

Tras ella, un socarrón Wes cuestionó al público sobre qué canción les gustaría escuchar a continuación. Una voz femenina de entre las primeras filas pidió “The Early Days of Love”, a lo que Wes contestó: “acertaste”. Tras su interpretación llegó el turno de “Pink Palace”, cuyas hechuras rockabilly pasadas por el tamiz pop nos llevaron directamente a recordar a las mejores guitarras de Johnny Marr. 

Y ahora sí, los Brigitte Calls me Baby decidieron pisar a fondo el acelerador, si es que en algún momento de la noche no había dado dicha sensación, enlazando “I Can Take the Sun Out of the Sky”, una de las más coreadas de la parroquia capitalina que convirtió su interpretación en un karaoke colectivo, aprovechando el ritmo luminoso y saltarín que propone, antes de vestirse de románticos empedernidos con “I Wanna Die in the Suburbs”, tomando nuestras manos para llevarnos directamente a los años cincuenta con una interpretación vocal que nos puso frente a Elvis y Roy Orbison; enlazada con la potente “We Were Never Alive”, otra de las joyas de la corona, dotada de una intensidad difícilmente igualable por ninguna de las bandas actuales, en la que Jeremy Benshish y Devin Wessels llevaron la voz cantante con su batería y bajo, respectivamente, aportando el toque negroide funk que por momentos traía al escenario a los mejores Carlos Alomar y Gustavo Cerati, mientras el bueno de Wes nos ponía a sus pies, una vez más. 

No bajaron el pistón puesto que justo después rescataron “Too Easy”, otro baladón pop marca de la casa, donde el señor Leavins dejó claro, como venía haciendo durante toda la noche, que se trata de uno de los grandes vocalistas de su generación, demostrando que su voz, potente y curtida en decenas de musicales, es capaz de mostrarse en plenas facultades durante todo un concierto sin escatimar el más mínimo esfuerzo, volviendo a mostrar su faceta más cañera con “Slumber Party”, acelerada al extremo y recibida entre vítores por los madrileños y madrileñas, tras ella se tomaron un breve receso antes de acometer los bises. 

Los mismos arrancaron con la última perla de su factoría, estrenada semanas atrás, “Geordie”, amalgama de sonoridades que aúna guitarras distorsionadas y bases electrónicas, las cuales enfocan a la banda en una senda de mayor experimentación donde también tienen pinta de sentirse de lo más cómodos, volviendo a una vereda más clásica con la inclusión de las notables “Eddie My Love” y “You Are Only made of Dreams”, cerrando una noche en la que confirmaron su clase y grandeza mediante el pulso nervioso con el que impregnaron “Impressively Average”, antes de recibir el aplauso de un público capitalino que quedó encantado con las evoluciones de los de Chicago en vivo por su conjunción de tres factores: ética, estética y canciones.

A la salida caras de satisfacción, gestos de aprobación y felicidad pura entre muchos de los asistentes, además de una cola de infarto para comprar material en el puesto de merchandising. Fue en ese momento donde tuvo lugar el último bonito detalle por parte de la banda, quienes apenas cinco minutos después de haber terminado un concierto de lo más exigente, se pusieron tras la mesa para saludar y firmar a sus fans cuanto fuera necesario, dejando claro que su actitud es la picar piedra antes, durante y después de cada bolo, elemento con el que estamos seguros que harán que su base de acólitos ensanche más aún. 

Brigitte Calls me Baby reúne en sus propuesta un conjunto de factores positivos que deberían servirles para catapultarse muy arriba entre la próxima hornada de grandes bandas del pop-rock internacional. Tienen la actitud correcta para llevarse de calle a las salas de mediano aforo y las canciones necesarias para hacerlo. También manejan el decálogo de tics y amaneramientos firmado por los más grandes décadas atrás, sin por ello renunciar a una esencia y voz propia. En directo son un cañón y saben ser una banda capaz de ir en la misma sola dirección para mejorar las composiciones en directo. Y por encima de todo, tienen un vocalista con poses y maneras de estrella, dotado de aura mítica y una voz muy por encima de la media actual del circuito. El tiempo dará o quitará razones, pero las sensaciones dejadas anoche en Madrid tardarán un tiempo en borrarse de nuestra memoria, algo que no sucede todos los días en el caso de los que llevamos cerca de treinta años viendo a grupos en directo. Volverán a visitarnos, pero apostaría a que los veremos bastante más de lejos y en un aforo mucho mayor. Cuando eso ocurra, recuerden, aquí los entrevistamos primero. Dicho queda.