Foo Fighters: "Medicine at Midnight"


Por: Jesús Elorriaga

Resulta imposible juzgar un disco de Foo Fighters sin tener presente, más allá de su calidad artística del mismo, el carisma y complicidad que trasmite su líder, Dave Grohl. Un hombre capaz de romperse una pierna en mitad de un concierto y volver a aparecer, enyesado y dolorido, para seguir tocando a tope de energía merece mi más encomiable respeto. Es más, ahí vemos una declaración de principios: esto es espectáculo, amigos. Esto es la esencia del rock. Y vosotros estáis ahí para que podamos compartir nuestro entusiasmo retroalimentándonos con el vuestro. Grohl, nuestro colega, la sonrisa del rock, intensidad que persiste durante la madurez. Grohl y su silla hecha con guitarras, Grohl y su amor desmedido por la consola Neve de Sound City. Grohl, el ave fénix de pelo lacio entre las ruinas del grunge a prueba de balas y sobredosis, sigue volando con la misma determinación que en 1995. Aunque la fórmula sea la misma desde entonces, los de Seattle continúan generando las mismas expectativas que no se pierden a través con el tiempo.

En este décimo disco de estudio "Medicine at Midnight", producido por Greg Kurstin y Foo Fighters, vuelven a darle una vuelta al estilo que los define. Son conscientes de que no volverán a llegar a las cimas de sus tres primeros discos, pero a estas alturas de la película ¿qué importa? Saben que nadie les va a ningunear y que el público les recibirá con los brazos abiertos (en cuanto la cosa mejore, claro) porque sus directos son demoledores y su canal de comunicación permanece inalterable tanto a la hora de componer como de interpretar los temas en el escenario. Nueve canciones en 36 minutos en un catálogo habitual de power pop mezclado con hard rock mas bien gritón en el que, como nota diferenciadora de otros trabajos anteriores, se acercan tímidamente a lo que podríamos definir como “pista de baile” o, más exactamente, a un pop sin complejos. Grohl nunca a negado en las entrevistas el homenaje más que evidente a Bowie y su "Let’s dance", (verbigracia, el tema homónimo del disco) pero como él afirma, ha querido hacer un disco con “canciones de rock para cantar”.

Pero que nadie se alarme. El rock sigue más que presente en todas sus facetas, desde las más cañeras (“No son of mine”, en plan nos acercamos a los Motörhead), animadas (“Making a fire”, con coro femenino á la “R&B” pegadizo) o tiernas (“Chasing birds”, con una agradable melodía que suena muy Bowie también). “Waiting on a war”, tercer adelanto y uno de los temas más comentados, rompe la frescura del arranque inicial del disco para hablarnos, en un crescendo de energía, de su hija, del sentimiento de inseguridad que nos rodea, de un futuro mejor para ellos, con ese mensaje tan “venga, todos juntos” que tanto gusta a los grupos llenaestadios. 

En cambio, la banda disfruta jugando con diferentes texturas en su menú, como el segundo plato, “Shame shame” que lleva un tiempo más lento y marcado, pero con un groove muy eléctrico. “Cloudspotte” es uno de los temas más completos del disco, donde te lleva al baile en el ascensor durante las estrofas y te saca a reventar el suelo durante el tercer acto. Por último, “Love dies Young” suena muy animada, con ese estilo que podría ser primo-hermano de los Killers, un tema perfecto para finiquitar el disco.

Foo fighters es una clase imperecedera de geografía del área de confort de una banda a la que todo parece ir bien. "Medicine at Midnight" cubre todo ese espacio con eficacia y no decepcionará a su fanbase acérrima. Aunque deje un poco indiferente a quienes busquen algo más de profundidad en sus canciones la verdad es que este coqueteo más popero de la banda deja un deleitoso sabor de boca desde la primera escucha ¿Funciona? Pues adelante.