Pearl Jam: "Gigaton"
Paul Weller: "True Meanings"
Interpol: "Marauder"
Steve Gunn, espacios íntimos para el deleite
Greta van Fleet: "Anthem Of The Peaceful Army"
Johnny Marr: "Call the Comet"
The Chemical Brothers: "No Geography"
Los primeros temas están ensamblados magistralmente, como si de una sesión se tratara, y apenas se marcan nítidamente los puntos de entrada y de salida de los mismos. Es lo que sucede en "Bango" y "No Geography". En el primero se hace notar más la presencia de Aurora mediante una transición perfecta que te lleva al tema homónimo del disco, más ambiental y flotante pero sin descuidar el ritmo subyacente apoyado en loops que recuerdan a otras obras suyas anteriores ("Star guitar" o "Come with us"). "Got to Keep On", uno de los cuatro primeros adelantos del disco, es un interpretación más bailable a partir del sample del "Dance with me" de Peter Brown que el cineasta Michel Gondry ha sabido trasmitir en el videoclip de la canción, donde sus personajes se funden literalmente en un ambiente exhibicionista y coreografiado al más puro estilo "Soul train".
Curtis Harding: El renacer del Soul
Algún que otro parroquiano apostaba estos días, no exento de cierta temeridad, que el regreso de Curtis Harding, apenas cuatro meses después de colgar el cartel de “No hay billetes” en su pasada visita madrileña a la sala El Sol, no llenaría la sala Joy Eslava un domingo por la noche. Craso error. Si bien al principio la afluencia de sala parecía relajada, en cuanto terminaron los teloneros se empezaron a juntar los más rezagados que llegaron a poblar el primer y segundo anfiteatro de la sala para poder tener una buena vista de un concierto que prometía, al menos, la misma conexión de energía del anterior.
Queens of the Stone Age: "In Times New Roman"
Josh Homme, líder de Queens of the Stone Age, ha cabalgado una tormenta desde dentro. En los últimos seis años, desde su anterior disco, "Villains "(2017), ha vivido dificultades a nivel personal (muerte de amigos, entre ellos Mark Lanegan o Taylor Hawkins en 2022), familiares (divorcio de su mujer tras 14 años de matrimonio, peleas legales por custodia de sus hijos, etc) y de salud (pandemia, la revelación de un cáncer reciente del que se ha recuperado). Todos estos factores han condicionado no solo el ritmo de creación del disco sino el propio sonido del mismo. Como el propio Homme declaró hace poco en una entrevista, “se trata sólo de caminar más profundo en la oscuridad”. Y desde ese lúgubre páramo, crear luz. Cara a cara ante uno mismo para afrontar lo más difícil: aceptar la realidad y seguir adelante.
Un ejercicio de honestidad que solo pudo plasmar en algo creativo una vez que fue desprendiéndose de aquellas capas de dolor que fue experimentando. De hecho, el disco empezó a gestarse hace dos años y medio pero no fue hasta noviembre del año pasado cuando se grabaron las voces. Con la formación más estable de la banda (Troy Van Leeuwen y Dean Fertita en las guitarras y teclados, Michael Shuman, al bajo, y Jon Theodore a la batería, además del propio Homme) se pusieron a grabar en los estudios Shangri-La y en el estudio de Homme, con el productor Mark Rankin un disco que puede estar a la altura de los mejores trabajos del grupo (y puede que uno de los mejores de este año).
"In Times New Roman" demuestra que Queens of the Stone Age son una banda que sabe muy bien a lo que ha venido. Después de tantos años, conocen cada centímetro del territorio que pueden abarcar y refuerzan su servicio a la causa. Ante circunstancias difíciles no hay tiempo para excusas. Es un disco trabajado a conciencia, donde explotan en sus matices los recursos creativos para generar oro en bruto. Veremos qué tal en esta gira que les está llevando por Europa y Norteamérica, pero con este material promete un directo digno de recordar.
Repiten en la portada con el artista británico Boneface (responsable de los dos anteriores discos). En "In Times New Roman" hay un trabajo de guitarras muy elaborado, como se demuestra en la primera canción, "Obscenery" y en el último single de la banda, “Paper Machete", donde Homme habla de su separación. "Negative Space" aporta esos cambios de ritmo tan característicos, con un deje a la hora de cantar muy a lo Bowie, al igual que sucede en "Carnavoyeur", segundo adelanto del disco, y en “Time & Place”, donde ese estilo se acerca más al baile chamánico.
"Made to Parade" es pesada como unas cadenas que dan vueltas en un carrusel tenebroso, un concepto que se repite en la letra de "What the Peephole Say", esta vez con un matiz más animado, con esa línea de bajo profunda y penetrante, y esa guitarra marcando territorio, como una declaración de principios, y con ese final alucinante tan arriba. El disco termina con un la oscura sensualidad de “Sicily”, “Emotion Sickness”, el primer single que sacaron con un videoclip original del realizador Liam Lynch (quien ya les dirigió el rompedor video de “Head Like a Haunted House”) hasta tocar fondo con "Straight Jacket Fitting", tema extenso y con un sonido que recuerda a los Pink Floyd de principios de los 70, donde resumen en su letra todo el mensaje intrínseco del disco: “ What can you do? We're all alone in times new Roman, no allegiance”
La soledad y liberación de quien aprende el arte de la aceptación. La seguridad es una ilusión y solo nos tenemos a nosotros mismos, nos vienen a decir. Crudeza vestida con elegancia. Queens of the Stone Age han pulido los detalles de este disco con el cuidado y habilidad del buen artesano. Un sonido abierto y contundente que no defraudará a sus fans más acérrimos.
Nick Cave: "Seven Psalms"
Por: Jesús Elorriaga
En una sociedad donde se suele tratar de maquillar el dolor, la tristeza o simplemente la crudeza de la existencia (cuando no, directamente, extirparla del discurso), resulta interesante comprobar cómo las heridas emocionales pueden impulsar la creatividad de algunos artistas. Nada nuevo bajo el sol, pero quizás es meritorio en tiempos de autoayuda rápida y gurús de coaching emocional que luchan por alejarnos de la riqueza de la complejidad de la vida, el cableado interno de las emociones y los ritmos más lentos que conlleva adaptarse y aceptar nuestra fragilidad, como una base sobre la que edificar las fortalezas que construyen las estructuras de la madurez.
“Abraza la oscuridad”, se titula el poema de Bukowski. Nick Cave, abraza esa oscuridad, la alimenta y hace crecer con nuevas formas de sacar adelante un discurso que igual habría que señalar, en su punto de partida, la fecha del trágico fallecimiento de su hijo Arthur en julio de 2015. Desde entonces, el músico australiano ha construido una senda sobre la que han discurrido, hasta la fecha, 2 películas documentales dirigidas por Andrew Dominik ("One more time with feeling", 2016 y "This Much I Know To Be True", 2022), un disco en directo (al piano, "Idiot prayer", 2020), 2 discos de estudio con los Bad Seeds ("Skeleton tree", 2016, "Ghosteen", 2019) y otros dos solo con Warren Ellis ("Carnage", 2021 y "Seven Psalms", 2022).
Este último disco es un paso más allá del que ya realizó durante el confinamiento con "Carnage", que no dejaba de ser otro eslabón más en este recorrido que hemos comentado, abrazando el dolor de la pérdida de un hijo y en el que se ve una piel nueva en Cave, más cercano a alcanzar una espiritualidad, íntima y luminosa a la vez, donde el amor, la ira, el dolor, la misericordia y la fe tienen un papel fundamental en los paisajes de sus letras. “Mientras estaba encerrado en la cuarentena, escribí una serie de salmos, o pequeñas canciones sagradas, una al día durante una semana”, escribe Nick Cave en un comunicado. “Una ofrenda contemplativa nacida de un tiempo incierto”.
"Seven Psalms" es la cumbre del minimalismo, escueto en su contenido, pero profundo. Etéreo. Apenas seis temas de no más de dos minutos y una cara b destinada a una pieza instrumental de casi 12 minutos. ¿Qué nos encontramos en ellas? Básicamente, un ejercicio de meditación. Nick Cave habla al micro, como si recitara una oración que eleva su voz, cristalina, seria y oscura, sobre una ambientación musical que se diluye lejana, a veces en forma de sutiles repeticiones, otras en delicadas muestras de contención, coros que parecen surgir de otra dimensión, algunas notas de piano que remarcan un final… Todo totalmente ajeno a una estructura típica de canción al uso, más parecida a una de sus bandas sonoras que a lo oído en sus anteriores discos (quizás en "Skeleton tree" hay cosas parecidas, pero aún así quedan muy lejanas a cómo se estructuran en este disco).
El disco no se puede escuchar sin más. Es una nueva forma de oración, de monólogo interior alejado del ruido mental. Aquí los pensamientos o la racionalización del acto de la escucha pueden quedar limitados para valorar en, su esencia, el contenido de estas siete canciones. Me recuerda a la capilla de Kamppi, en Helsinki, también conocida como la «Capilla de Silencio», un espacio para la introspección en una de las plazas más bulliciosas de la capital finlandesa. "Seven Psalms" nos protege de la barahúnda que nos rodea, la vorágine de la inmediatez, la futilidad del contenido histérico. Los místicos podrían decir que Nick Cave trasciende a lo más elevado con este disco. Yo simplemente creo que nos regala un cálido abrazo a la oscuridad.
Delorean: Bailemos hasta el fin del amor
A la cita del sábado acudieron Igor Escudero a la batería, Guillermo Astrain a la guitarra, Ekhi Lopetegi al bajo y Unai Lazkano a los teclados. Se rumoreó con que pudiera participar Tomás Palomo, su guitarrista hasta 2008, y algún que otro cameo especial por ser el concierto que era pero no hubo sorpresas y se mantuvo el cuarteto de estos últimos diez años alternando, además, instrumentos más convencionales con numerosos sonidos de samplers, pads y synthes, acercándose así más a la versión electrónica popera que han estado practicando estos últimos años (Mikel Laboa aparte). Después de la actuación de los teloneros barceloneses EJ Marais, Delorean salieron arropados por un público que, al igual que ellos, prefirieron llevar la emotividad de ese momento por dentro y desplegar un ritmo constante que permitiera una comunión conjunta de energía positiva a ambos lados del escenario.Steve Gunn: "The Unseen in Between "
091: "La otra vida"
Lagartija Nick: Animales escénicos
El cuarteto granaíno, con Antonio Arias al bajo y voz, secundado por Juan Codorniú a la guitarra, Eric Jiménez a la batería y JJ Machuca a los teclados, salió al escenario con una gran pantalla a sus espaldas donde fueron proyectando, en cada tema, diferentes extractos de películas, cortometrajes o documentales de diferentes cineastas. Sobre todo de la gran inspiración del último trabajo de la banda, Luis Buñuel, cuyos poemas, imágenes y conversaciones inspiraron las canciones sobre las que giraron la mayoría de las casi 2 horas de actuación. Pudimos ver momentos de películas suyas como "Simón del desierto", "Viridiana", "La edad de oro", "El perro andaluz" y "Los olvidados". Incluso aparecieron los míticos tambores de Calanda en Semana Santa (durante “Al meternos en el lecho”) que el propio hijo de Buñuel, Juan Luis, retrató en aquel inolvidable —y atronador— documental. Lagartija Nick repasaron temas como “Una jirafa/Undécima mancha”, “Me gustaría para mí (Las libélulas),” “Bacanal” o “Polisoir milagroso”. Todos ejecutados con maestría, atrapándonos desde el inicio en su viaje por los terrenos del surrealismo del cineasta aragonés y rescatando en los primeros compases del concierto alguna de las anteriores vidas del grupo, como en “Agonía, agonía”, de "Crimen, Sabotaje y Creación".
Uno de los momentos más especiales, y casi chamánicos dentro de esta invocación audiovisual de ausentes, genios y formas de expresión creativa, fue la aparición de Carmen Linares, reciente Premio Princesa de Asturias de las Artes, en una descomunal y tántrica elaboración conjunta de dos temas: “Delante de mi madre” (del disco homenaje a Morente de Los Evangelistas) y “Celeste” mientras se proyectaba Fuego de Castilla, del cineasta andaluz Val del Omar.
No hubo espacio para recorrer más allá dentro de la discografía de Lagartija Nick, a excepción de los temas citados y de “El nuevo Harlem”, “Esa extraña inercia” y “Somalia” en los bises finales. El concierto demostró que el paso del tiempo no solo no les castiga sino que eleva esa energía intrínseca que llevan los granaínos en su ADN a otros niveles de imaginación en el que se superan, siempre dentro su independencia y experimentación, con puestas en escena tan fascinantes como esta.
Nick Cave and The Bad Seeds: "Ghosteen"
Margo Price: "Strays"
Hay aportaciones a la música que van más allá de lo meramente testimonial. Digamos que, con la tecnología actual y las infinitas referencias que puede encontrar uno en la Red, en academias o en el trabajo diario, con un poco de talento y esfuerzo, un artista tiene las posibilidades de crear una obra (con mayor o menor fortuna comercial), pero con todas las herramientas necesarias para llevarla a cabo. Lejos quedan los pioneros que fueron asfaltando los estilos y cuyo legado se enriquece con el paso del tiempo. Es evidente que de la Carter Family a Margo Price ha habido más que evolución, en este caso dentro del Country, o de la llamada música Americana de raíces. Por eso no se trata tanto de crossover, no estamos hablando de cruzar estilos como el que mezcla sin criterio pinturas en un lienzo. Hoy en día los músicos que destacan tratan de afianzar la posibilidad de, teniendo en sus manos la historia, las bases y el conocimiento de un género, crear formas personales de evolución, de transformar el mero concepto estilístico en una realidad cincelada por su propia experiencia vital.
El cuarto disco de Margo Price, "Strays", es un buen ejemplo de ello. Una vida y una identidad marcada a fuego en diez canciones que van desde una extrovertida muestra de descaro y alegría hasta otras formas más atmosféricas de introspección. Price, de 39 años, ha pasado un año bastante intenso a nivel creativo. Después de sacar un disco en plena crisis mundial pandémica (el maravilloso "That’s How Rumors Get Started", 2020) dos años después publicó tres adelantos de Strays en la segunda mitad de 2022, además de una autobiografía, “Maybe We’ll Maket it” el pasado otoño. Este último disco y la novela tienen mucho en común, en especial la capacidad de empoderamiento de la artista, enfrentándose a las luces y a las sombras de su carrera musical y a importantes retos vitales ligados a la misma (maternidad, búsqueda de libertad artística, crítica política, desengaños y esperanzas amorosas, giras interminables, reivindicación de los derechos de las mujeres, etc). La intérprete de Illinois (aunque afincada en Nashville) desgrana en el libro las historias personales detrás de las canciones mientras que, en el disco, son estas las armas más letales que tiene para ajustar cuentas con su pasado y reivindicar el proceso de superación (y terapia continua) que vive en el presente.
Para ello, Price toma las riendas de la producción con la ayuda del músico Jonathan Wilson. Además, cuenta con la colaboración del ex Heartbreaker Mike Campbell (en esa oda al orgasmo y el placer femenino llamada “Light Me Up”), Sharon Van Etten, y la banda de country pop Lucius (en "Anytime You Call"). El músico madrileño Alex Muñoz, que produjo sus dos primeros discos, colabora con varias guitarras y coros. Price se desintoxica en sus palabras y en la búsqueda de un sonido propio abriendo la paleta de colores del género, acercándose al pop en “Radio” (con la colaboración de Van Etten) o al minimalismo íntimo del drama (y crítica institucional) que deja entrever en “Lydia”.
El disco empieza animándonos con una declaración psicotrópica de principios en todas las personalidades, ideas y formas que puede simbolizar en “Been to the Mountain”, que enlazaría perfectamente con “Change of Heart”, donde quiere hacer las paces con su pasado (y nos vuelve a unir al argumento principal de sus memorias). En este tema destaca un riff de guitarra de su pareja, Jeremy Ivey, con el que comparte créditos en la autoría de varios temas más, como el mencionado “Been to the Mountain”, “Landfill” o “Country Road” (un tema repleto de emoción contenida con un aire a los Fletwood Mac de "Rumours"), entre otros. Por cierto, este último tema está dedicado a un buen amigo de la pareja que falleció unos años atrás. De nuevo, las cuentas con el pasado, el recuerdo, la ausencia. Escenas similares que vuelven a aparecer en “Time Machine”, que destila un deseo casi naif en una melodía colorista, y que contrasta con la autodestrucción de “Hell in the Heartland”, más oscura pero sublime, espacial, curativa y que, a nivel sonoro, recorre la escucha como un aire que nos envuelve y eriza la piel.
Margo Price nos lleva de viaje en "Strays" a través de una senda de lucidez donde dignifica el encuentro con los fantasmas que ocultamos debajo de la alfombra. Prevalece, así, una voluntad de avance que empuja a la artista, a través de sus canciones, a soportar la futilidad de la existencia en un entorno hostil, aceptando la vulnerabilidad que nos acompaña en cada sacudida, y apostando por la luz frente a las tinieblas. Con ese punto de sabiduría y de eterno retorno al momento pretérito en un disco que, con toda su belleza, cauteriza cualquier herida.





















