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Pearl Jam: "Gigaton"

Por: Jesús Elorriaga 

Últimamente a mi amigo Alex le ha dado por ver partidos de fútbol de hace veinte años. Incluso de hace treinta o cuarenta. Algunos que hemos visto juntos en nuestra adolescencia y otros en los que todavía ni existía él o ni tan siquiera nadie se planeaba entonces que pudiera existir. Me reconoce que, pese a que nunca ha sido un tipo que suela frecuentar la calle nostalgia, tal y como está el panorama (ya sabéis, el confinamiento, el miedo, la pérdida de lo mundano, la sangría de muertes diarias al otro lado de la pared, escondidos todos de esas calles tan lloradas ahora como cotidianas hace tan sólo unas semanas), algunas veces –me confiesa– necesita evadirse. Rodearse de imágenes y sonidos reconfortantes, recuperar la calidez de otra época en la que nadie haría vaticinar el peligro invisible que nos acosaría años después.

Alex fue la primera persona a la que hablé de unos tal Pearl Jam, a los que descubrí en un Metal Hammer de principios del 92, y los dos nos pasamos toda esa primavera y verano escuchándolos de forma privilegiada (en Madrid nadie les hizo caso hasta que lo petaron con “Jeremy”). Por eso, coincidiendo con una reciente sesión/terapia por webcam con él, recordando el fútbol rumano de principios de los 90 y los sonidos de aquel Monte Sión de la costa oeste norteamericana, esa tierra prometida bajo la lluvia y el ruido que cobijó una explosión de rock enrabietado pero a la vez lleno de emoción, vuelvo mis ojos y mis oídos a Pearl Jam, algo más que una simple banda de grunge: es una conexión transcendental hacia los años más importantes de mi vida. Alex me dijo en un bar cerca de Juan Bravo, durante el descanso del España-Yugoslavia de la Eurocopa del 2000, que los de Seattle tenían que haberse separado tras "Vitalogy". “Habrían sido una especie de James Dean del Grunge” –me dijo–. “Tres obras maestras y la eternidad como recompensa”. Entonces me pareció exagerada su afirmación, pero con los años y los nuevos discos fui dándole la razón. 

"No code" y "Yeld" no eran malos, pero me dejaron frío, salvando unas pocas canciones. Había algo que, a medida que yo iba creciendo, me alejaba más de ellos. Temía convertirme en un Nils Holgersson que no pudiera entender más a sus gansos. Por eso me alegré de que, siete años después del decepcionante "Lightning Bolt", Pearl Jam estrenaran "Megaton", un disco muy respetable con el estilo inequívoco de los de Eddie Vedder. No tan rompedor como vaticinaban algunos tras escuchar el primer adelanto, “Dance Of The Clarvoyants” (reconozco que cuando oí esas bases me ilusioné de verdad) pero lo suficientemente atractivo para reencontrarme con una banda que en sus casi treinta años de existencia ha encontrado el equilibrio entre la leyenda que brilla en los escenarios y la calidad de sus trabajos de estudio. "Gigaton" es el trabajo de unos supervivientes, con un nombre que a veces puede resultar demasiado pesado sobre sus hombros, pero que no se pierden en el contexto actual, en la América neoTrump al que cargan poderosamente muchas de sus dianas en las letras (véase, por ejemplo, “Quick Escape”).

Seamos claros, nunca volverán a hacer un disco como "Vs" o "Ten". Son cimas insuperables y sería injusto estar siempre comparándoles con aquello. Once discos después de su debut miramos este trabajo a los ojos, de frente, y noto que, si de algo adolece (por eso de meter lo antes posible la ropa sucia en la lavadora) es de su tremenda irregularidad, cosa que no sucedía con sus primeros trabajos. Estaban entonces tan bien repartidas las fuerzas que generaban un equilibrio entre las canciones más potentes y las baladas, las más cortas con las más extendidas. En este disco reina la desigualdad. Por eso en ocasiones te encuentras momentos gloriosos con otros más, digámoslo, desinflados. 

De hecho, el disco arranca muy bien con un primer corte (“Who ever said”) con pide ansioso explotar de energía en directo, y el segundo adelanto, “Superblood Wolfmoon”, un enérgico canto existencial (“I don't know anything, I question everything / This life I love is going way too fast”). Las mencionadas “Quick scape” (el bajista Jeff Ament y el guitarrista Mike McCready debieron de disfrutar de lo lindo ahí) y “Dance Of The Clairvoyants” (curiosamente, el único tema firmado por los cinco componentes del grupo) hacen que las expectativas sigan altas. Pero llegan “Alright” y “Seven O’clock” y te sacan del disco. Y no porque sean temas fallidos, en absoluto. De hecho, sorprenden por su madurez, alejadas al sonido que te esperas (ya, suena odioso esto, lo sé) de ellos, y te hace pensar si nos están administrando de una manera muy evidente su discurso. ¿Por qué no tiraron más por este camino? ¿Acaso buscan agradar a todos con el mejor cocktail? Bueno, igual es que estos días estoy más tocapelotas, no me lo toméis en cuenta.

“Never Destination”y “Take the long way” recuperan las buenas sensaciones, sobre todo el último tema, uno de los más elaborados en su composición, firmado en su totalidad por el batería Matt Cameron y con Meagan Grandall (Lemolo) acompañando a los coros. Pero entonces llega la bajona. Stone Gossard, guitarrista y otrora autor junto a Ament de las canciones más míticas de los de Seattle, aquí sólo aporta “Buckle up”, con la que duerme a las ovejas. Un desenchufado Eddie Vedder no le va a la zaga al anterior y continúa esta línea en “Comes then goes”. McCready prolonga este estado mental (quién se acuerda ya de la energía de la primera mitad del disco) con “Retrograde” que empieza un poco floja pero al final saben sacarle todo el jugo posible a la voz de Vedder. El disco termina con “River cross”, un tema de Vedder lleno de solemnidad que ya ha interpretó alguna que otra vez en sus conciertos en solitario.

Con Pearl Jam sucede como con los mejores amigos. Hay tanto cariño y alegría al volver a saber de ellos que no puedes juzgarlos con un criterio coherente y racional. Con "Gigaton" recuperan, al menos en buena parte de los temas, las ganas de querer saber más de ellos y acompañarles a todos los horizontes que nos puedan descubrir más allá de este cautiverio. Alex, olvídate de eso que contabas de James Dean. Creo que te gustará.

Paul Weller: "True Meanings"

Por: Jesús Elorriaga 

Con más de cuarenta años de carrera a sus espaldas, 26 discos de estudio y varios números 1 en su haber, Paul Weller se ha ganado el derecho a hacer lo que le dé la gana sin tener en cuenta tendencias, opiniones o razones. Por eso, su último disco, "True Meanings", no va a dejar indiferente a nadie ya que, posiblemente, se trate del trabajo más templado e intimista de su discografía. Weller desenchufa los amplificadores y reduce su voracidad musical unas cuantas marchas para lanzarse de cabeza al "downtempo" acústico. El resultado es un catálogo de exquisitas muestras de introspección y claridad en canciones elaboradas con el cuidado de un maestro de orfebrería. 

Y es que Paul Weller, a sus 60 años, ha encontrado el momento perfecto para hacer un disco así. En la cima de su madurez, sigue siendo uno de los músicos más respetados del Viejo Continente, sobre todo gracias a una trayectoria prolífica que le ha mantenido siempre abierto a nuevos sonidos. Por otro lado, la fugacidad de la vida y la toma de conciencia de su propia mortalidad le ha hecho reflexionar acerca de los valores importantes de la existencia: Apreciar los momentos hermosos y disfrutar al máximo del presente, a pesar de los altibajos. Para mostrar todo esto tenía que desnudar sus canciones dejándolas sólo con lo elemental, una guitarra y su voz. 

En "True Meanings" da la sensación de que, después de diez años intensos de viajes por diferentes parajes sonoros, The Modfather ha vuelto a casa para descansar, cambiar las maletas y, de paso, salir a la terraza con una guitarra a cantarnos cómo ve la vida. Sin más pretensiones. Este disco nos lleva directamente a "Days of Speed", aquel directo donde, con sólo una guitarra, hacía un repaso a su carrera dándole a las canciones un toque más refinado y que al mismo tiempo lo llena todo. Esta vez, recupera esas sensaciones con una banda de músicos más jóvenes que Weller (pero con mucha experiencia, como el guitarrista Steve Cradock), acompañados por una omnipresente sección de cuerdas, con los arreglos de la ecléctica Hannah Peel. "True Meanings" es un disco con una producción cuidada y preciosista, más cercana al folk que al rock, con un punto más íntimo de lo que estábamos acostumbrados a escuchar del británico. En general, el disco guarda un equilibrio asombroso en sus 14 canciones, donde el protagonismo de la arrugada y melódica voz de Weller, la guitarra acústica (pulcra, cristalina, alejada de efectos y distorsiones) y la sempiterna sección de cuerdas monopolizan el terreno de juego. Alrededor de estos tres pilares, entran y salen de manera sutil otros elementos que conforman el carácter personal y cercano del disco. "The Soul Searchers" es una canción perfecta para generar el ambiente distinguido en el que nos vamos a adentrar. Además, cuenta con la colaboración del "zombie" Rod Argent en el Hammond y de Connor O’Brien (Villagers) a las voces. Pura clase. 

Según avanza el disco, el chico de Woking perfecciona ese sonido que ya avanzaba el primer tema pero con la influencia de Nick Drake más presente en todo momento como, por ejemplo, sucede en "Wishing Well". "Glide" y "Gravity" son dos pequeñas piezas selectas con un Weller cantándonos casi al oído en la primera y llevándonos en volandas con un valsecito cósmico en la segunda. "Mayfly" tiene un aire a "Above the Clouds", pero más folkie, con una sección de vientos que nos recuerda a la versión más elegante de The Style Council; al igual que sucede en "Old Castles", que mantiene ese aire jazzístico con un toque cool al estilo de Terry Callier y un ritmo muy parecido al "Shopping" de The Jam. "What Would He Say?" suena al Neil Young del "Harvest Moon" pero con más luminosidad y el pantalón bien planchado. "Aspects"  mantiene el tono calmado del disco, con el mesías Paul Weller cantando su sermón en la montaña aupado por dos ángeles entre lo acústico y lo delicado. 

"Bowie" es un particular homenaje al fallecido y (por) siempre idolatrado "duque blanco, "Books" es un viaje mental conducido con maestría por Weller, con este toque exótico mediante el sitar de Sheema Mukherjee y el armonio a cargo de un viejo conocido de la afición, Noel Gallagher. Le añadimos más arpegios, más cuerdas y la voz de Lucy Rose y obtenemos un tema que habría hecho las delicias del mismísimo George Harrison. "Movin On" contiene toda la esencia del disco, que gana matices y sabores en segundas y terceras escuchas, si no nos dejamos aplastar por la orquestación majestuosa a cargo de la Stuart Kennedy Orchestra en "May Love Travel With You" (¿Quién nos lo iba a decir tras escuchar –y venerar- discos como "Heavy Soul", "As Is Now" o, más recientemente, "Saturns Pattern"). 

El disco termina con "White Horses", un tema que va progresando con los protagonistas que han aparecido en escena durante todo el disco mientras elabora una atmósfera visionaria y donde (casi) por primera vez la batería adquiere un matiz reconocible al final de la canción. Paul Weller ha vuelto a dar un ejemplo de maestría de composición y estilo, alejado, eso sí, del sonido de sus últimos trabajos, lo que podría dejar perplejo a más de un incondicional.



Interpol: "Marauder"

Por: Jesús Elorriaga 

No sé cuántas veces habrán oído los miembros de Interpol la pregunta "¿Cuándo repetiréis un disco como Antics?" De hecho, después de escuchar el último disco de los neoyorkinos, "Marauder", da la sensación de que hasta ellos mismos se han hecho esa pregunta. Sobre todo desde que decidieron hacer el año pasado la gira de su disco debut "Turn on the bright lights" con motivo del 15 aniversario de su publicación. Entonces, en el 2002, el otrora cuarteto apareció en escena con un particular sonido oscuro y melancólico sacado de un horno postpunk ochentero. Las comparaciones con Ian Curtis y sus coetáneos estéticos y musicales tampoco disgustaron mucho a la banda que, sobre todo en el segundo disco, lograron acariciar la cima creativa, aplaudidos por crítica y público a partes iguales.  

Pero el tiempo pasa y, aunque han seguido activos con discos más que aceptables, los ecos de sus mejores años han estado resonando en las frías y solitarias noches de invierno para recordarles que pudieron llegar a ser mejores de lo que fueron. Con "Marauder", Interpol se mira desafiante en el espejo y trata de ponerse el mismo traje con el que triunfó hace 15 años, pero comprueba que le sale algo de tripa cuando intenta abrocharse el cinturón. Este detalle pone de manifiesto que aquel pasado nunca volverá por más que lo intenten con giras "remember". Será muy difícil, casi imposible, repetir himnos como "Evil" o "Say Hello to the Angels", o melodías pegadizas como "Slow hands" o "Obstacle 1". Esto, lejos de deprimirles, les recuerda también que han llegado a una madurez muy digna a base de buenas canciones y un estilo que les ha permitido no salirse (ni perderse) de su camino. 

Para encajar en este traje han contado con el productor Dave Fridmann, un sastre especializado en dotar a sus bandas de un sonido expansivo aunque sin perder su identidad original, véase el ejemplo de The Flaming Lips, MGMT, Tame Impala o “sus” Mercury Rev. Esta forma de trabajar el sonido personal del artista le otorga una paleta de colores bastante luminosa y amplia con la que, en este disco, consigue que la melancolía sui generis de los neoyorkinos salga del sótano y le permita dar un agradable paseo por el parque. 

"Marauder" empieza con un tema que recuerda las buenas sensaciones del primer disco, "If you really love nothing", donde se confirma el buen estado de forma de la marca Interpol, cuyas raíces postpunk no se han perdido. El single de adelanto, "The rover", continúa con esas ganas de agradar mediante riffs animados, un bajo protagonista (como en la mayoría de las canciones) y un sonido que recuerda al primer disco de los Yeah Yeah Yeahs. La voz omnipresente de Paul Banks en casi todos los temas puede sonar a ratos demasiado monótona. No tiene los matices de los primeros discos o la calidez del infravalorado trabajo anterior, "El Pintor", pero encaja con el sonido tan particular que Fridmann sabe cuidar y potenciar (que se lo digan a Wayne Coyne), acentuando detalles con efectos más que con técnica como en "Flight of fancy" o probando registros diferentes en "Party’s over". 

El resto del disco suena bastante homogéneo, con unas guitarras de Daniel Kessler que, sin ser un virtuoso, resulta bastante elegante a la hora de generar atmósferas a base de reverbs bien cuidados. Además, sabe combinar sus guitarras a la perfección con las baterías "nueva oleras" y jazzísticas en algunos casos de Sam Fogarino, como en "Stay in touch". Destacaría también "NYSMAW", en el que Banks lo borda en uno de temas más acertados del disco o "Number 10", donde el trío se viene arriba saliendo de la oscuridad a la que pretendían acercarse aunque, una vez más, sin llegar a construir un tema que te emocione de verdad. Por último, al igual que hicieron en "Our Love to Admire", se reservan para el final una pequeña joya con la que cierran el disco dejándolo a un nivel muy alto. "It Probably Matters" recuerda a sus mejores tiempos y donde el traje, aquí, sí que encaja a la perfección con un sonido distintivo que, tal vez, de haberlo explotado un poco más habrían obtenido un disco sobresaliente.


Steve Gunn, espacios íntimos para el deleite

Sala 0, Madrid. Martes, 3 de Septiembre de 2019  

Texto y fotografías: Jesús Elorriaga 

Hace meses, en aquel efímero invierno, cuando Steve Gunn publicó su último disco, "The unseen in between", decía a mis amigos que este disco me hacía sentir bien. No sólo demostraba que podía darle un nuevo aire a la escena neo folk norteamericana, siempre con los ojos y los oídos dirigidos hacia el otro lado del Atlántico, sino que también conseguía una atmósfera muy cómoda en la que mostraba una colección de dolores y personajes en la cuneta de la vida, con recuerdos entrelazados de nostalgia por seres y lugares ausentes. En ese lugar indeterminado, se sucedían canciones que enganchaban y otras que te elevaban por terrenos más chamánicos, aunque siempre en vuelos de baja altura, como si quisiera que disfrutáramos de ese paisaje sonoro.

Steve Gunn supo trasladar de una forma muy particular ese estado emocional de bienestar, sin apenas pretenderlo, en su concierto del pasado 3 de septiembre en Madrid. Podías verle merodeando por la sala mientras tocaba su telonero, Valley Maker, como si fuera uno más entre el público, buscando un lugar interesante para poder disfrutar del show. Con sus vaqueros holgados y su camisa por fuera, el pelo revuelto y el rostro rozando lo inexpresivo, sobre el escenario se muestra como un tipo corriente que esconde realmente a un guitarrista excepcional e imaginativo, ya sea realizando arpegios o maltratando su guitarra para generar nuevos espacios musicales alejados de lo convencional. Sin virtuosismos ni poses impostadas. 

La sala 0 madrileña, en los sótanos del majestuoso Palacio de la Prensa, presentaba media entrada (siendo generosos) para ser testigos de un momento de calma entre el bullicio de la capital a la vuelta de las vacaciones. Esperábamos más ambiente ya que es prácticamente la presentación de su disco en España y es un artista de sobra reconocido (al menos fuera de los circuitos más convencionales) que hace giras por medio mundo, ya sea con su banda o en solitario, como en el próximo tour de Dinosaur Jr. por la costa oeste de EEUU. Aún así, agradecimos esa especie de intimidad y cercanía, como se demostró desde el mismo momento en que salieron a tocar, probando y afinando concentrados sus instrumentos entre el silencio respetuoso y atento del público. 

El repertorio fue bastante escueto (nueve temas en total) pero eso le permitió regocijarse y experimentar en cada tema sin mirar el reloj. Lo bueno de Steve Gunn es que sabe llevarte, casi sin que te des cuenta, por el rico y vasto terreno de sus canciones, ya sea las más conocidas como “New moon” (armónica colgada al cuello a lo Dylan incluida) o el muy aplaudido single “Vagabond”, hasta momentos psicodélicos de andar por casa pero no por ello menos potentes y hechizantes, como “Paranoid”, “Lightning Field” o “New familiar”. No sólo hubo espacio para los temas de su último trabajo: Arrancaron el concierto con “Old strange”, del disco "Time off" (2013), con ese estilo fingerstyle de tocar la guitarra tan característico suyo, e incluso homenajearon al músico británico Michael Chapman, un referente absoluto en la obra de Gunn, con la delicada versión de “Among the trees”.

A medida que se desarrollaba el concierto pudimos disfrutar de la buena energía y complicidad entre Steve Gunn y los miembros de su banda (Erik Heestermans a la batería, Tommy DeNys al bajo y Will Kidman a la guitarra), y de cómo jugaban con los pedales, los acoples y los arriesgados movimientos de guitarra para generar ese ambiente hipnótico, siempre con la melancólica voz de Gunn colándose por las rendijas de esa muro de sonido. 

Y así, casi sin darnos cuenta, llegamos a los bises, en los que nos deleitó con “Morning is mended”, él solo con su guitarra acústica Guild D-35 (cuánto hubiéramos deseado que hubiera repetido este momento con la maravillosa “Stonehurst cowboy” que al final no interpretó) y terminó, esta vez acompañado por el resto de la banda, con “Way out weather”, de su disco homónimo de 2014. Una hora de folk, rock, blues y psicodelia sui generis de un artista que sabe difuminar como ningún otro cualquiera de estos géneros con elegancia y sin aparente esfuerzo.

Greta van Fleet: "Anthem Of The Peaceful Army"

Por: Jesús Elorriaga 

Uno de los fenómenos musicales del momento tiene nombre de señora holandesa y está compuesto por cuatro chavales de Frankenmut, un agradable pueblecito norteamericano situado en la llamada Pequeña Bavaria de Míchigan, a una hora y media en coche de Detroit. El fenómeno responde al nombre de Greta van Fleet y ya levantaban pasiones antes de publicar su primer disco, "Anthem Of The Peaceful Army" (Republic, 2018) el pasado mes de octubre. Una banda de veinteañeros que rescata en formas y contenidos el rock de los años 60 y 70 de las catacumbas de lo convencional. O peor todavía, de lo moderno.

Si nos preguntamos cómo una banda que, con sólo dos EPs publicados el año pasado, ha conseguido levantar tanta atención en sus conciertos tendríamos que encontrar las respuestas, irónicamente, en los argumentos que esgrimen sus "haters" más profundos, aquellos que dicen que suenan como una banda (más) que se dedica a hacer versiones de grupos de rock de los 60/70 o que, atención, los músicos son demasiados risueños y monos para tantas ínfulas de convertirlos en los Led Zeppelin del siglo XXI. El primero de los argumentos se desmonta por sí solo: Sus canciones son completamente originales. Si enfocamos bien descubriremos el retrato de lo que vendría a ser una banda de hard rock a la vieja usanza que ha despertado de un proceso de criogenización de casi 50 años. Recrean, que no imitan, un lugar que parecía olvidado en el panorama del rock (más allá de las "bandas tributo") como si fuera un juego en el que quieren sonar auténticos. Por eso están llegando cada vez más a un público fuera de los circuitos habituales de estos sonidos.

El mismísimo Robert Plant ya se ha rendido a sus pies. El gruñido típico del británico se puede encontrar en el chorro de voz de Joshua «Josh» Kiszka, cantante de 22 años que, detrás de su apariencia aniñada y su descaro adolescente, demuestra una seguridad tanto en el escenario como en el estudio como si llevara toda la vida delante del micro. Su voz es poderosa sin parecer forzada ni gritona, a ratos recuerda también a Mark Slaughter o a esa manera de cantar de las grandes voces femeninas clásicas de Soul. Al igual que el resto de la banda, tanto en la música que hacen como en su look hay algo más que guiños a LedZep. Es un viaje premeditado y consciente en el tiempo. Ahí está la controversia, el debate entre lo que realmente aportan y lo que pretenden ser. "OK, estos chicos hacen rock clásico, van con esas pintas de "aquel entonces" pero ¿dónde están las habitaciones de hotel reventadas? ¿dónde la pose maldita y oscura del rockero de turno? ¿dónde las orgías, borracheras y guitarras destrozadas en el escenario?" La pregunta que quizás sí que habría que hacerse es si mantendrán ese estilo sin desgastarse en pocos años o sin aguantarán las embestidas comerciales del mainstream que pretenden alcanzar.

El origen de esta manera de entender la música viene de familia. Tanto Josh como sus hermanos, el guitarrista Jake (22 años) y el bajista Sam (19) llevan seis años con este proyecto, al que se unió en la batería primero Kyle Hauck y, sustituyendo a éste, un amigo del instituto, Daniel Wagner (19). Sus padres eran unos apasionados del Rock clásico, el Folk, el Blues y el Soul, así que los hermanos crecieron influenciados por esa banda sonora que se oía en casa. Desde Muddy Waters hasta Dylan, pasando por las raíces del rock genuinamente norteamericano y, por supuesto, todas aquellas bandas británicas que en los 60 y 70 reinterpretaron el Rock, el R’n’B y el Blues (Beatles, Animals, los Stones, The Who, Cream…). Crecieron, musicalmente, en un ambiente aislado de lo que sonaba en la radio del autobús que les llevaba al colegio, pero eso les motivaba para que, desde adolescentes, quisieran reinterpretar, a su manera, todo aquello con un barnizado más actual pero sin perder su esencia. 

Sus padres les pusieron encima de escenarios de bares locales y clubs de moteros, mientras sus compañeros de instituto iban al cine. Adquirieron experiencia y naturalidad en un ambiente que era receptivo a esta música y, poco a poco, vieron que tenían entre las manos algo rompedor. "Black Smoke Rising", su primer EP publicado en marzo de 2017 recopilaba canciones que en los años anteriores fueron sacando a cuentagotas y que encontraron el apoyo de un público que les fue aupando, en especial gracias el primer single, "Highway Tune" que consiguió rápidamente millones de visitas en Youtube y Spotify. Se completaría con otro EP publicado en octubre de ese mismo año, "From the fires", que recogía el material del anterior trabajo además de cuatro canciones, dos originales y dos versiones de Sam Cooke y Fairport Convention. 

Este año han sacado su esperado primer disco y, en una primera escucha, genera buenas sensaciones. Empieza con "Age of man", un ejercicio de estiramiento donde Josh eleva su voz por encima de los cielos y la banda, acompañada con teclados, va manejando los tiempos como quien se va adentrando en aguas más profundas. Continúa "The cold wind", bluesrockeando a lo "Black dog" pero sin un Jimmy Page para dar aquellas réplicas, aunque siguen la misma senda. Luego vienen dos de sus singles de adelanto: "When the curtain Falls" y "Watching over". El primero es todo un pelotazo, con un video esotérico en el desierto incluido, que engancha y divierte, mientras que el segundo es un medio tiempo clásico que se acerca serpenteando por los cambios de ritmo a un nivel que ya no se aprecia en la escena rockera actual, más que les pese a algunos ("¿pero estos no eran los posmilenials nativos digitales que no sabían asociar un lápiz con una cinta de cassette?" FAIL). "Lover, leaver" es uno de los temas más completos del disco, sensual y eléctrico, que conecta directamente con el sonido de los anteriores EPs. "The new day" suena como una Melanie Safka metida a rockera, mientras que "Mountain of the Sun" y "Brave new world" dejan un buen sabor de boca, sobre todo la segunda, con coros y solos de guitarra de Jake que nos empujan hacia lo místico y lo terrenal. "Anthem" cierra el disco (la última canción es una versión alargada de "Lover, leaver") y aporta un toque de color hippie alrededor de una hoguera, que se acerca más a la balada rock convencional de "You’re the one".

En definitiva, se han puesto tantas expectativas en este disco y en esta banda que a más de uno le ha volado la cabeza que puedan realizarse este tipo de cosas en 2018, que tenga un empuje comercial (nada nuevo bajo el rock) y que, además, parezca que estos chavales realmente se lo pasen bien haciéndolo (¡por favor!). Es normal que por edad y por su educación musical sean TAN evidentes sus referencias y es posible que con lo años vayan puliendo su estilo para que Greta van Fleet sólo suene a Greta van Fleet. Se postulan para ser la gran esperanza blanca del rock and roll y todo apunta a que pueden comerse el mundo o ser un auténtico gatillazo. De ser así, sería una gran decepción porque les sobra calidad. El tiempo lo dirá.



Johnny Marr: "Call the Comet"

Por: Jesús Elorriaga 

Es complicado desprenderte de un legado que siempre te acompañará, aunque aquello ocurriera hace más de treinta años y la aventura durara poco más de cinco. Esa ha sido la sensación, o losa, que parece haber acompañado a Johnny Marr (Ardwick, Manchester, 1963) desde que The Smiths se separaron allá por 1987. Y es que las comparaciones con Morrissey, su némesis y socio en la banda mancuniana, son más que odiosas. En la trayectoria paralela de los dos músicos parece que los éxitos y alabanzas los ha acaparado sobre todo Moz. Y con justicia, ya que ha colocado algunos discos dentro de los mejores de la historia del pop rock británico. En cambio Marr siempre ha permanecido en un discreto segundo plano mientras trabajaba con The Pretenders, The The, Electronic (con Bernard Sumner, de New Order) o los maravillosos Modest Mouse, entre otros. Se desenvolvía donde más cómodo se ha sentido siempre, con sus guitarras y su armónica, en la retaguardia estrictamente musical, alejado de las batallas de la primera línea mediática. 

Por eso resulta curioso que debutara en solitario hace tan sólo cinco años. Su primer disco, "The Messenger", y el segundo trabajo, "Playland", publicado al año siguiente, confirmaban lo que venía haciendo con The Cribs y otras colaboraciones más recientes: Las ganas de establecer un discurso musical propio, reconocible y sobresaliente. Lo ha logrado definitivamente con su tercer disco, "Call the Comet" (New Voodoo, 2018), donde los 12 temas suenan cuidadosamente elaborados, contundentes y, a la vez, muy personales. En ellos podemos reconocer al músico que sentó las bases del britpop y que, además, no se ha quedado a vivir de aquellas rentas sino que ha sabido absorber todas las influencias adquiridas en estos años fogueándose como actor de reparto en la escena. 

El disco empieza con ganas de agradar: "Rise" suena a himno generacional a las primeras de cambio y "The Tracers" te atrapa con sus coros y ese bajo penetrante. Incluso se permite guiños explícitos a The Smiths como en el tema más redondo del disco, “"Hi Hello" (por algunos momentos parece que se va a arrancar con el "There Is a Light That Never Goes Out") y, sobre todo, "Day in Day Out" (¿Sonarían así si volvieran?- se pregunta uno, ingenuamente). Por otro lado, "Walk Into the Sea" sorprende que haya sido el primer adelanto del disco ya que es una composición de un gusto exquisito, con esa progresión bañada de reverbs que te llevan por oscuras y bellas atmósferas. 

Marr no se olvida de enganchar a la gente con energía y estribillos pegadizos, como la animada "Bug" o "Hey Angel", que podía haber sido un hit del injustamente olvidado "Stars of the CCTV" de los Hard-Fi. Con "Actor Atrtactor" nos lleva firmes por una línea marcada por ese continuo ritmo motorik, y cuyas guitarras afiladas en trémolos serpenteantes y ambientales recuerdan los trabajos estilísticos de coetáneos como Paul Weller en su "Sonik Kicks". Ese espíritu new wave también está presente en temas como "Spiral cities" o "My Eternal", donde el maestro se retroalimenta en un viaje al espíritu post-punk que tanto le marcó y que sigue identificando a muchas bandas actuales. Como buen narrador de canciones, el de Manchester cierra el disco con "A different gun", un guiño a la línea marcada por los dos anteriores trabajos en solitario. 

Johnny Marr nos confirma en "Call the Comet" que le queda muy bien el traje de protagonista y que, además, sigue siendo capaz de hacer muy buenas canciones, con una voz particular para situar su sensibilidad musical en un contexto político bastante adverso pero, desde su punto de vista, esperanzador.

The Chemical Brothers: "No Geography"

Por: Jesús Elorriaga

Los pioneros del "Big beat" cabalgan de nuevo, cuatro años después de su último trabajo, "Born in the echoes", con ganas de reivindicarse como maestros del género y catalizadores de las dispares sinergias que llevan provocando desde hace unos cuantos años en cada nuevo disco que sacan. "No Geography", el noveno en su carrera, se aleja de la potencia y saturación del anterior para hilar fino en algunos momentos en los que, incluso, logran acercarse (todavía les queda) a las cimas de calidad y robustez que alcanzaron con sus cuatro primeros asaltos: "Exit Planet Dust" (1995), "Dig Your Own Hole" (1997), "Surrender" (1999) y "Come with Us" (2002). El dúo de Manchester consigue con "No Geography" profundizar en sus raíces para aportar a cada tema de una personalidad que en los últimos tiempos se echaba en falta. Siguen teniendo muy marcada la etiqueta del estilo que les concibió y, desgranando sus nuevas canciones, podemos encontrar a los melómanos amantes del soul, el funk y la música de baile de cuando pinchaban en el Naked Under Leather hace más de veinticinco años. Más allá de la discusión sobre la posible linealidad del más reciente tramo de su carrera, The Chemical Brothers siguen estando en la primera división del panorama musical y la gira que preparan este año para presentar el nuevo disco les asegurará un éxito merecido.

Como buenos y sabios alquimistas que son saben que no pueden vivir solamente de la estela que deja su nombre. Así que, en su necesidad de reinventarse, además de una selección exquisita de samples, se han juntado con buenos (y discretos) colaboradores, entre ellos la noruega Aurora Aksnes que también coescribe algunos temas y se integra a la perfección en el universo “Chemical”. "Eve of Destruction" es un buen ejemplo, apoyados con algunos versos del rapero japonés Nene. Entre el funky y el breakbeat, es una revisión más electro del "Block rockin' beats" que atrapa desde el primer compás como un mantra robótico, con esa combinación de percusiones en un buen arranque de fiesta.

Los primeros temas están ensamblados magistralmente, como si de una sesión se tratara, y apenas se marcan nítidamente los puntos de entrada y de salida de los mismos. Es lo que sucede en "Bango" y "No Geography". En el primero se hace notar más la presencia de Aurora mediante una transición perfecta que te lleva al tema homónimo del disco, más ambiental y flotante pero sin descuidar el ritmo subyacente apoyado en loops que recuerdan a otras obras suyas anteriores ("Star guitar" o "Come with us"). "Got to Keep On", uno de los cuatro primeros adelantos del disco, es un interpretación más bailable a partir del sample del "Dance with me" de Peter Brown que el cineasta Michel Gondry ha sabido trasmitir en el videoclip de la canción, donde sus personajes se funden literalmente en un ambiente exhibicionista y coreografiado al más puro estilo "Soul train". 

Ed Simons y Tom Rowlands saben cómo administrar sus dosis de pegada para hacerte creer que sigues la dirección correcta pero cuando te ven mover la pierna repetidamente al ritmo del compás, encienden las luces, revuelven los papeles de tu escritorio y vuelven a llevarte de la manita a la senda inicial. La ochentera "Gravity Drops", juega con esto a la mitad del disco hasta situarnos en "The Universe Sent Me" donde Aurora dota de una espacialidad sugerente el tema más largo y elaborado, atravesando diferentes estados emocionales en un trance ligero que progresa hacia un clímax que nunca acaba de explotar. 

Los singles de este disco son las canciones más atractivas para el gran público. Es curioso que hayan dejado tres de ellas para la segunda mitad. Con "We've Got to Try", sacan músculo sin necesidad de subir los BPMs ni realizar grandes alardes. En cambio, "Free Yourself", primer adelanto que sacaron a finales de septiembre del año pasado (con otro video brutal y muy cybertrónico), está claramente destinado a las pistas de baile, a pesar de ese bombardeo de una especie de coro de minions saltarines. Manejan con maestría los cambios de tiempo y de ambiente, escapando de aquello que esperas que hagan, como sucede en "MAH", el más acertado de sus singles, con el "I’m mad as hell" de El Coco pilotando este vuelo que consigue hacerte mover como en su etapa "Surrender" con ese ritmo que te acerca y aleja y se toma respiros para volver a la carga para lanzarte de nuevo al éxtasis.

"Catch Me I'm Falling" cierra el disco en un tempo flotante y esponjoso, con aires retro en la deconstrucción de un tema de baile atmosférico mientras esconde los ritmos en las pistas del fondo, aunando la emotividad del soul y la elegancia abstracta del final. En esta nueva ruta de la geografía de The Chemical Brothers se siguen manteniendo como uno de los referentes de aquella explosión de mediados-finales de los noventa donde se sacó a la electrónica de las raves ilegales y la oscuridad de los clubs para dotarla de un discurso más cercano al rock. Una brújula perfecta para no perderse en los nuevos derroteros a los que nos llevarán en los próximos años. 

Curtis Harding: El renacer del Soul

Sala Joy Eslava, Madrid. Domingo, 24 de noviembre de 2019 

Texto y fotografías: Jesús Elorriaga

Algún que otro parroquiano apostaba estos días, no exento de cierta temeridad, que el regreso de Curtis Harding, apenas cuatro meses después de colgar el cartel de “No hay billetes” en su pasada visita madrileña a la sala El Sol, no llenaría la sala Joy Eslava un domingo por la noche. Craso error. Si bien al principio la afluencia de sala parecía relajada, en cuanto terminaron los teloneros se empezaron a juntar los más rezagados que llegaron a poblar el primer y segundo anfiteatro de la sala para poder tener una buena vista de un concierto que prometía, al menos, la misma conexión de energía del anterior.

Con solo dos discos en el mercado, el artista de Michigan se ha colocado en los puestos más relevantes de esto que llaman neosoul o, como él lo rebautiza, “slap’n’soul”, y que no deja de ser una (otra) nueva evolución de la música negra con más actitud de los 60 y 70 mezclado con rock’n’roll, fuzz, blues y, por supuesto, mucho soul. Una vuelta de tuerca a un multigénero que lo identifica y donde marca con fuego su inconfundible sello personal. A las nueve y media de la noche salió el grupo que le acompaña en esta nueva gira europea y pocos segundos después apareció en el escenario Harding como un auténtico soul man, elegante en la vestimenta y en los complementos, ataviado con unas gafas Gucci que no se quitó en todo el concierto, y con ganas de pasar (y hacer pasar) un buen rato. Contó una anécdota muy del agrado del respetable, aunque no tanto de los músicos, evidentemente, que se dirigieron nada más llegar a Madrid a la sala equivocada (sala But, tal y como indicaba el primer cartel promocional) ante la sorpresa del personal que allí estaba trabajando a esas horas. 

Dejando de lado esas anécdotas de músicos en la carretera, rápidamente se lanzó a sus pedales para juguetear con lo efectos que arrancan “The drive”, perteneciente a su primer disco, "Soul Power" (2014). De los 17 temas que interpretó, fue intercalando tanto de este como de su trabajo más reciente," Face your fear" (2017), con ventaja en el recuento general del último sobre el primero. “Go as you are” sonó atmosférica y cuidada en su viaje a los tuétanos lejanos del soul, pero el público parecía demasiado frío hasta que se empezó a animar (tímidamente) con “Next time”. “Drive my car” sonó oscura, canalla, con esos aires blueseros que nos lleva a un viaje al fin de la noche americana. El entusiasmo del público volvió, sobre todo en las primeras filas, con uno de sus éxitos más celebrados, “On and on”, dejando la guitarra a un lado y golpeando con brío su pandereta. No se echó en falta los coros originales mientras el falsetto característico de su estribillo encontraba imitadores con más o menos fortuna entre mis compañeros de grada.

Tanto Harding como el público empezaron a contagiarse del calor del momento, así que llegó el momento en el que se quitó la chaqueta y se dejó llevar por el soul más primario de temas como “Till the end” hasta que se enfundó de nuevo la guitarra en “Face your fear”, un funky distinguido con predominancia de teclados. “Castaway” y “Keep on shining”, muy aplaudidas, sonaron con más riqueza incluso que en su versión original, y volvieron a animar al público que se contagió de la energía contenida de “Heaven's on the Other Side”. Reclamó silencio a toda la sala para arrancar con fuerza en el inicio de “Need my baby” antes de dejar para el final “Wednesday morning atonement” y su mayor éxito de la noche, “Need your love”. 

Para los bises regresaron con una versión del éxito de los Bee Gees, “To love somebody” y finiquitaron el asunto con uno de los temas que mejor sonaron en directo, “As I am”, emotivo cierre donde Harding aprovechó para presentar a la banda antes de desaparecer del escenario. El de Míchigan ofreció un concierto donde supo manejar los tiempos con bastante inteligencia ante un público más observador que entregado (al menos hasta la mitad del show) aunque en muchos casos, incluso, eran repetidores de la vez anterior, lo que demuestra que todavía sigue habiendo en mi ciudad seres ávidos del buen soul más garajero que bailongo.

Queens of the Stone Age: "In Times New Roman"


Por: Jesús Elorriaga

Josh Homme, líder de Queens of the Stone Age, ha cabalgado una tormenta desde dentro. En los últimos seis años, desde su anterior disco, "Villains "(2017), ha vivido dificultades a nivel personal (muerte de amigos, entre ellos Mark Lanegan o Taylor Hawkins en 2022), familiares (divorcio de su mujer tras 14 años de matrimonio, peleas legales por custodia de sus hijos, etc) y de salud (pandemia, la revelación de un cáncer reciente del que se ha recuperado). Todos estos factores han condicionado no solo el ritmo de creación del disco sino el propio sonido del mismo. Como el propio Homme declaró hace poco en una entrevista, “se trata sólo de caminar más profundo en la oscuridad”. Y desde ese lúgubre páramo, crear luz. Cara a cara ante uno mismo para afrontar lo más difícil: aceptar la realidad y seguir adelante.

Un ejercicio de honestidad que solo pudo plasmar en algo creativo una vez que fue desprendiéndose de aquellas capas de dolor que fue experimentando. De hecho, el disco empezó a gestarse hace dos años y medio pero no fue hasta noviembre del año pasado cuando se grabaron las voces. Con la formación más estable de la banda (Troy Van Leeuwen y Dean Fertita en las guitarras y teclados, Michael Shuman, al bajo, y Jon Theodore a la batería, además del propio Homme) se pusieron a grabar en los estudios Shangri-La y en el estudio de Homme, con el productor Mark Rankin un disco que puede estar a la altura de los mejores trabajos del grupo (y puede que uno de los mejores de este año).

"In Times New Roman" demuestra que Queens of the Stone Age son una banda que sabe muy bien a lo que ha venido. Después de tantos años, conocen cada centímetro del territorio que pueden abarcar y refuerzan su servicio a la causa. Ante circunstancias difíciles no hay tiempo para excusas. Es un disco trabajado a conciencia, donde explotan en sus matices los recursos creativos para generar oro en bruto. Veremos qué tal en esta gira que les está llevando por Europa y Norteamérica, pero con este material promete un directo digno de recordar. 

Repiten en la portada con el artista británico Boneface (responsable de los dos anteriores discos). En "In Times New Roman" hay un trabajo de guitarras muy elaborado, como se demuestra en la primera canción, "Obscenery" y en el último single de la banda, “Paper Machete", donde Homme habla de su separación. "Negative Space" aporta esos cambios de ritmo tan característicos, con un deje a la hora de cantar muy a lo Bowie, al igual que sucede en "Carnavoyeur", segundo adelanto del disco, y en “Time & Place”, donde ese estilo se acerca más al baile chamánico.

"Made to Parade" es pesada como unas cadenas que dan vueltas en un carrusel tenebroso, un concepto que se repite en la letra de "What the Peephole Say", esta vez con un matiz más animado, con esa línea de bajo profunda y penetrante, y esa guitarra marcando territorio, como una declaración de principios, y con ese final alucinante tan arriba. El disco termina con un la oscura sensualidad de “Sicily”, “Emotion Sickness”, el primer single que sacaron con un videoclip original del realizador Liam Lynch (quien ya les dirigió el rompedor video de “Head Like a Haunted House”) hasta tocar fondo con "Straight Jacket Fitting", tema extenso y con un sonido que recuerda a los Pink Floyd de principios de los 70, donde resumen en su letra todo el mensaje intrínseco del disco: “ What can you do? We're all alone in times new Roman, no allegiance”

La soledad y liberación de quien aprende el arte de la aceptación. La seguridad es una ilusión y solo nos tenemos a nosotros mismos, nos vienen a decir. Crudeza vestida con elegancia. Queens of the Stone Age han pulido los detalles de este disco con el cuidado y habilidad del buen artesano. Un sonido abierto y contundente que no defraudará a sus fans más acérrimos. 

Nick Cave: "Seven Psalms"


Por: Jesús Elorriaga

En una sociedad donde se suele tratar de maquillar el dolor, la tristeza o simplemente la crudeza de la existencia (cuando no, directamente, extirparla del discurso), resulta interesante comprobar cómo las heridas emocionales pueden impulsar la creatividad de algunos artistas. Nada nuevo bajo el sol, pero quizás es meritorio en tiempos de autoayuda rápida y gurús de coaching emocional que luchan por alejarnos de la riqueza de la complejidad de la vida, el cableado interno de las emociones y los ritmos más lentos que conlleva adaptarse y aceptar nuestra fragilidad, como una base sobre la que edificar las fortalezas que construyen las estructuras de la madurez. 

“Abraza la oscuridad”, se titula el poema de Bukowski. Nick Cave, abraza esa oscuridad, la alimenta y hace crecer con nuevas formas de sacar adelante un discurso que igual habría que señalar, en su punto de partida, la fecha del trágico fallecimiento de su hijo Arthur en julio de 2015. Desde entonces, el músico australiano ha construido una senda sobre la que han discurrido, hasta la fecha, 2 películas documentales dirigidas por Andrew Dominik ("One more time with feeling", 2016 y "This Much I Know To Be True", 2022), un disco en directo (al piano, "Idiot prayer", 2020), 2 discos de estudio con los Bad Seeds ("Skeleton tree", 2016, "Ghosteen", 2019) y otros dos solo con Warren Ellis ("Carnage", 2021 y "Seven Psalms", 2022).

Este último disco es un paso más allá del que ya realizó durante el confinamiento con "Carnage", que no dejaba de ser otro eslabón más en este recorrido que hemos comentado, abrazando el dolor de la pérdida de un hijo y en el que se ve una piel nueva en Cave, más cercano a alcanzar una espiritualidad, íntima y luminosa a la vez, donde el amor, la ira, el dolor, la misericordia y la fe tienen un papel fundamental en los paisajes de sus letras. “Mientras estaba encerrado en la cuarentena, escribí una serie de salmos, o pequeñas canciones sagradas, una al día durante una semana”, escribe Nick Cave en un comunicado. “Una ofrenda contemplativa nacida de un tiempo incierto”.

"Seven Psalms" es la cumbre del minimalismo, escueto en su contenido, pero profundo. Etéreo. Apenas seis temas de no más de dos minutos y una cara b destinada a una pieza instrumental de casi 12 minutos. ¿Qué nos encontramos en ellas? Básicamente, un ejercicio de meditación. Nick Cave habla al micro, como si recitara una oración que eleva su voz, cristalina, seria y oscura, sobre una ambientación musical que se diluye lejana, a veces en forma de sutiles repeticiones, otras en delicadas muestras de contención, coros que parecen surgir de otra dimensión, algunas notas de piano que remarcan un final… Todo totalmente ajeno a una estructura típica de canción al uso, más parecida a una de sus bandas sonoras que a lo oído en sus anteriores discos (quizás en "Skeleton tree" hay cosas parecidas, pero aún así quedan muy lejanas a cómo se estructuran en este disco). 

El disco no se puede escuchar sin más. Es una nueva forma de oración, de monólogo interior alejado del ruido mental. Aquí los pensamientos o la racionalización del acto de la escucha pueden quedar limitados para valorar en, su esencia, el contenido de estas siete canciones. Me recuerda a la capilla de Kamppi, en Helsinki, también conocida como la «Capilla de Silencio», un espacio para la introspección en una de las plazas más bulliciosas de la capital finlandesa. "Seven Psalms" nos protege de la barahúnda que nos rodea, la vorágine de la inmediatez, la futilidad del contenido histérico. Los místicos podrían decir que Nick Cave trasciende a lo más elevado con este disco. Yo simplemente creo que nos regala un cálido abrazo a la oscuridad.

Delorean: Bailemos hasta el fin del amor

Teatro Barceló, Madrid. Sábado, 23 de Febrero de 2019

Texto y fotografías: Jesús Elorriaga

Los conciertos de despedida de un artista, incluso de aquellos que posteriormente vuelven con otro "concierto de despedida pero esta vez sí, de verdad" suelen ser una espacio para la nostalgia y, más allá del discutible estado físico, creativo y económico del grupo o el solista de turno, se convierte en un homenaje a la trayectoria de personalidades venerables que han abrazado hace mucho tiempo el otoño de sus vidas y deciden darse el merecido descanso que por edad y reconocimiento se merecen. Pero también es cierto que poder retirarse a tiempo, estando todavía en primera línea, es un privilegio que muy pocos se pueden permitir.

Los componentes de Delorean están lejos todavía de la edad de jubilación pero han preferido poner un punto y aparte a diecinueve años de historia para centrarse en otros proyectos vitales y creativos. Las exigencias de la industria de grabar discos, hacer promos con sus respectivas giras interminables pueden acabar desgastando la frescura y creatividad que precisamente les ha permitido situarse como una de nuestras bandas con mayor reconocimiento internacional. Por eso es comprensible, aunque no por ello menos doloroso, que hayan decidido retirarse de los escenarios a tiempo y colgar los guantes mediante una pequeña gira de despedida por San Sebastián, Barcelona, Madrid, Bilbao y Palma de Mallorca. 

El pasado 23 de febrero se celebró el concierto en la capital, programado primero en la Joy Eslava y posteriormente trasladado al Teatro Barceló, a pocos metros de la zona de Malasaña. A pesar de la relativa veteranía y los años en el camino de la banda, se congregaron un público muy diverso en edades, predominando en la pista millennials dispuestos a darlo todo en aquella fiesta junto a treintañeros y cuarentones de espíritu joven diseminados por el resto de la sala. Todos, eso sí, no dejaron de bailar en los puntos más álgidos de la velada y es que Delorean quiso despedirse de Madrid sin dejar una sola gota de melancolía en el ambiente con un repertorio donde abundaron sus canciones más animadas y bailables. 

Para quienes esperaban un repaso por toda su trayectoria y por sus diferentes vidas musicales la cosa se quedó a medias, ya que se centraron sobre todo en los discos de su época más laureada ("Subiza", "Apar" y "Muzik"). En cambio, no hubo tiempo ni lugar adecuado para recordar temas de "Shilouettes", su primer disco del 2001, o incluso el aclamado "Delorean" (2004). Aquella banda que se internaba en el indie, mezclando el rock oscuro con la electrónica no encontró hueco en el concierto de despedida, como tampoco sonó ningún tema de su último trabajo, el experimental "Mikel Laboa" (2017), pequeña obra maestra que cerraba el recorrido de los guipuzcoanos cuyas cotas de mayor éxito se produjo a finales de la década pasada y les permitió hacerse un huequito en el mercado anglosajón y realizar giras por todo el planeta. 

A la cita del sábado acudieron Igor Escudero a la batería, Guillermo Astrain a la guitarra, Ekhi Lopetegi al bajo y Unai Lazkano a los teclados. Se rumoreó con que pudiera participar Tomás Palomo, su guitarrista hasta 2008, y algún que otro cameo especial por ser el concierto que era pero no hubo sorpresas y se mantuvo el cuarteto de estos últimos diez años alternando, además, instrumentos más convencionales con numerosos sonidos de samplers, pads y synthes, acercándose así más a la versión electrónica popera que han estado practicando estos últimos años (Mikel Laboa aparte). Después de la actuación de los teloneros barceloneses EJ Marais, Delorean salieron arropados por un público que, al igual que ellos, prefirieron llevar la emotividad de ese momento por dentro y desplegar un ritmo constante que permitiera una comunión conjunta de energía positiva a ambos lados del escenario.

Se notaba que vinieron a disfrutar, más allá de los arranques espaciales de "Spirit" y que prolongaron con el acento ambiental de "Dominion" hasta que entraron de lleno en "Subiza" y llevaron sus sonidos al trance continuo con canciones como "Real love", "Warmer places" o "Stay close", sin descuidar otros temas más elegantes de "Muzik" como "Limbo". Los momentos más sobresalientes sucedieron con "Destitute time", donde se subieron al escenario unos cuantos espontáneos a bailar contagiados por el buen rollo que trasmitía la banda y, sobre todo, "Deli", en el que la gente enloqueció desde los primeros compases. El público del Teatro Barceló estaba en pleno éxtasis, como si estuvieran presenciando el resultado de un cruce entre Korallreven o de Animal Collective con Paul Oakenfold, así que llegados a este punto de la fiesta finiquitaron el bloque principal con el muy baleárico "Come wander" al que sumaron al final los samples pegadizos del "Ride on time"  de Black Box. 

La bandeja de los postres de los bises vino con "Grow" y dos clásicos: "As time breaks off" (lo más alejados que se fueron en su repertorio, al "Into the Pleateu" de 2006) y "Seasun" (del EP "Ayrton Senna"). Al final, Delorean dejaron muy altos los ánimos y las energías, y nos hicieron olvidar cualquier sentimiento negativo asociado a una despedida (nadie ha dicho que sea definitiva) mediante un continuo baile hasta el final del amor, que diría Leonard Cohen. Cómo no les vamos a querer.

Steve Gunn: "The Unseen in Between "

Por: Jesús Elorriaga 

Decía el escritor inglés Nick Hornby que "las canciones desnudas, sin una puntada de Stratocaster en ellas, dan miedo: tienes que entenderlas por ti mismo". Por eso resulta tan sugerente la propuesta de Steve Gunn en su último disco "The Unseen in Between" (Matador, 2019), donde hace desfilar a un puñado de canciones a las que viste con fina seda transparente, con precisos y cuidados complementos que las dotan de una particular elegancia sin llegar a quedarse desnudas del todo. 

Hay razones poderosas para justificar una carrera tan progresiva en poco más de una década, dejando aparte sus colaboraciones con Kurt Vile o Mike Cooper, entre otros. Steve Gunn se mantiene, con su estilo calmado y natural, como una de las figuras más determinantes del panorama musical norteamericano actual. En "The Unseen in Between", el cuarto en su discografía, nos lleva de viaje introspectivo hacia paisajes emocionales que buscan, en historias aparentemente cotidianas pero cargadas de absoluta lucidez, la calma en mitad de la tormenta. Ayudado esta vez en el bajo por el director musical de Bob Dylan, Tony Garnier, y con su colaborador habitual en la producción, James Elkington, el músico de Philadelphia deja un mensaje y una actitud clara desde la portada del disco, en la que tanto él como su guitarra adquieren el papel protagonista absoluto en casi todos los temas (al menos en la primera mitad). 

Dos de los tres primeros adelantos, "New Moon" y "Vagabond" ya nos situaban sobre el terreno en el que se iban a edificar los temas de este disco. Espacios íntimos y delicados donde las composiciones de Gunn le hacen destacar como un Michael Chapman rejuvenecido o un Kevin Morby influenciado por el folk-rock británico (plasmado simbólicamente en el video del segundo single, "Stonehurst Cowboy", que está grabado en las calles de Londres). En "New Moon", que además es la que abre el disco, el ritmo lo va marcando una guitarra acústica a la que se van integrando otros elementos, como ese trémolo a lo "How Soon Is Now?" de los Smtihs, constante y obsesivo hasta que entra el vuelo rasante de unas cuerdas sobre la melodía que nos llevan hasta "Vagabond", uno de los temas más animosos del disco y en los que está escudado en los coros por Meg Baird. 

"Chance" nos acerca al neo folk galvanizado con bastante distinción y ejerce de preludio para uno de temas más desnudos y sentidos del disco, "Stonehurst Cowboy", donde la única presencia de la voz y la guitara acústica de Gunn se bastan para narrar una hermosa reflexión sobre la pérdida de su padre (fallecido poco después de publicar el anterior disco) y las calles donde se crió de pequeño, con esos lugares abandonados donde los recuerdos, a pesar de la ausencia, permanecen, "Trees Are strong, faces are gone". My background is the same”."Luciano", en cambio, se adentra poco a poco en ambientes psicodélicos de bajo alcance en una atmósfera minimalista y fantasmal, en sintonía con "New Familiar" donde el arpegio se repite como un bucle de energía contenida apoyado en un muro de sonido eléctrico en el que la voz se integra como un elemento más del decorado.

El disco continúa la estela de los dos temas anteriores con la calidez de "Lightning Field" antes de recuperar el toque intimista en "Morning is Mended", cerrando con "Paranoid" el círculo de esta road movie atmosférica con una instrumentación más elaborada, donde pianos y cuerdas salen otra vez a escena. En "The Unseen in Between" Steve Gunn nos ofrece un bálsamo musical de diferentes texturas agradables que continúa con el sonido ecléctico de sus anteriores trabajos en esta exposición de retratos particulares de personajes, vivencias y lugares recorridos estos últimos años y que nos permite sentirlos como propios.



091: "La otra vida"

Por: Jesús Elorriaga 

Después de su regreso a los escenarios en 2016, José Ignacio Lapido, José Antonio García, Tacho González, Víctor Lapido y Jacinto Ríos vuelven a la carga con un nuevo disco, La otra vida, 25 años después del Todo lo que vendrá después, publicado allá por 1995. Este nuevo trabajo supone la vuelta a la actividad de la banda después de una larga trayectoria de proyectos en solitario bastante consolidados como en el caso de Lapido o de García (además de El hombre garabato). Este disco, además, se grabó en Granada bajo la batuta en la producción del músico francés Frandol, un viejo conocido de los granaínos desde sus primeras andanzas por el país vecino en los ochenta.

La otra vida no me parece tan suave como dicen en algunos foros de la banda. Los fans más incondicionales de los Cero pensaban que tendrían a los treintañeros de entonces, pero en realidad se ve a una banda entregada a un rock sin concesiones en canciones repletas de matices y con letras llenas de posos brillantes de amargura. Huyen de la autocomplacencia y los autohomenajes impostados dignos de Cine de barrio o revivals 80’s de fiestas patronales. Tienen algo nuevo que contar. Suenan actuales, pero con las marcas en la piel de unos veteranos de la escena.

Se nota mucho la presencia de la marca de Lapido al componer todos los temas del disco, incorporando a un colaborador de su banda, Raúl Bernal, teclista que aporta una sonoridad más consolidada en un rock que se siente más cómodo en sus raíces que en lo meramente comercial. Y así lo demuestran en el primer adelanto, “Vengo a terminar lo que empecé”, rock enérgico y directo, con esos teclados tan oldies que deja claro su mensaje: los chicos han vuelto a la ciudad por la puerta grande.

Las canciones están cargadas de introspección en lo narrativo y una clara apuesta por un rock más reposado en lo musical, pero no por ello menos vívido. Con “Naves que arden”, desde esa atalaya de la veteranía, ayuda a entender lo maduras que eran aquellas reflexiones de juventud y lo nítida que todavía permanece esa misma lente tantos años después. También sucede con este tema lo mismo que con la mayoría, se crecen en la segunda y tercera escucha, como en “Mañanas de niebla en el corazón”, con esa voz de García que se resiste a abandonar su Arcadia perenne.

“Leerme el pensamiento” y “Condenado” son dos de los temas más destacados, sonando más al Lapido en solitario que a los 091 de manual de instrucciones de antaño. El primero es una declaración de principios llena de emoción y belleza interpretativa (“vamos a quemar el pasado, vamos a nacer otra vez”, dicen) y la segunda empuja pegándole con fuerza a la batería con unos teclados que dirigen el tema hacia terrenos de un rhythm and blues animado de finales de los 70.

“Por el camino que vamos”, parece que se va a quedar en una simple referencia acústica, pero aparecen de nuevo los teclados y sintes de Bernal, y tiene pinta de que en directo puede funcionar a las mil maravillas. “Una sombra” me recuerda a otro tema de los andaluces, “Nubes con forma de pistola”, con un ritmo más lento y en los que los coros de Lapido lo hacen estar casi al mismo nivel que la voz de García.

El disco termina con tres temas que sacan el lado más intenso de la banda como son “Al final”, donde vuelve esa maravillosa armónica de “La canción del espantapájaros” con un estribillo constante y directo, que engancha, con ese aire tan nuevaolero. “Dejarlo morir” es una balada desencantada con enérgica pasión contenida y finiquita esta obra “Soy el rey”, un medio tiempo crepuscular del que se observa ramalazos de inspiración a lo "Americana".

Hay otros mundos, pero todos están en este. “La otra vida” enfrenta a los 091 con 25 años de hiato como banda, pero que demuestra sus ganas por encontrar un espacio personal en el panorama musical actual. Sin concesiones, pero con voluntad más que evidente de generar un disco que les vuelva a poner en primera línea.

 

Lagartija Nick: Animales escénicos


Teatro Eslava, Madrid. Jueves, 1 de febrero del 2023.

Texto y fotografías: Jesús Elorriaga

El concierto de Lagartija Nick, el pasado 1 de febrero en la renovada Sala Teatro (Joy) Eslava de Madrid fue algo más que un simple concierto. Lo que en un principio podría haber sido una reunión de músicos interpretando los temas más destacados de su discografía, se convirtió en una experiencia artística que trasciende lo meramente musical. Fue una invocación al alma de los ausentes, a los que querían rendir homenaje con la excusa de presentar su último disco El perro andaluz. En especial a tres creadores fundamentales en el panorama cultural español: Luis Buñuel, José Val del Omar y Enrique Morente. 

El cuarteto granaíno, con Antonio Arias al bajo y voz, secundado por Juan Codorniú a la guitarra, Eric Jiménez a la batería y JJ Machuca a los teclados, salió al escenario con una gran pantalla a sus espaldas donde fueron proyectando, en cada tema, diferentes extractos de películas, cortometrajes o documentales de diferentes cineastas. Sobre todo de la gran inspiración del último trabajo de la banda, Luis Buñuel, cuyos poemas, imágenes y conversaciones inspiraron las canciones sobre las que giraron la mayoría de las casi 2 horas de actuación. Pudimos ver momentos de películas suyas como "Simón del desierto", "Viridiana", "La edad de oro", "El perro andaluz" y "Los olvidados". Incluso aparecieron los míticos tambores de Calanda en Semana Santa (durante “Al meternos en el lecho”) que el propio hijo de Buñuel, Juan Luis, retrató en aquel inolvidable —y atronador— documental. Lagartija Nick repasaron temas como “Una jirafa/Undécima mancha”, “Me gustaría para mí (Las libélulas),” “Bacanal” o “Polisoir milagroso”. Todos ejecutados con maestría, atrapándonos desde el inicio en su viaje por los terrenos del surrealismo del cineasta aragonés y rescatando en los primeros compases del concierto alguna de las anteriores vidas del grupo, como en “Agonía, agonía”, de "Crimen, Sabotaje y Creación".

Entre tanto, fueron introduciendo también otros homenajes a ausentes como Jesús Arias, con una impresionante versión de “Buenos días, Hiroshima”, del disco Los cielos cabizbajos, y con el documental "Ten seconds that shook the World", del cineasta norteamericano David L. Wolper de fondo. Y, cómo no, Enrique Morente. Estuvo presente su legado, tanto a nivel familiar, con Soleá Morente subiendo al escenario para cantar “Ciudad sin sueño”, como interpretativo (“Vuelta de paseo”), con el guitarrista flamenco Eduardo Pacheco acompañando durante algunos temas más al grupo.

Uno de los momentos más especiales, y casi chamánicos dentro de esta invocación audiovisual de ausentes, genios y formas de expresión creativa, fue la aparición de Carmen Linares, reciente Premio Princesa de Asturias de las Artes, en una descomunal y tántrica elaboración conjunta de dos temas: “Delante de mi madre” (del disco homenaje a Morente de Los Evangelistas) y “Celeste” mientras se proyectaba Fuego de Castilla, del cineasta andaluz Val del Omar. 

No hubo espacio para recorrer más allá dentro de la discografía de Lagartija Nick, a excepción de los temas citados y de “El nuevo Harlem”, “Esa extraña inercia” y “Somalia” en los bises finales. El concierto demostró que el paso del tiempo no solo no les castiga sino que eleva esa energía intrínseca que llevan los granaínos en su ADN a otros niveles de imaginación en el que se superan, siempre dentro su independencia y experimentación, con puestas en escena tan fascinantes como esta.   

Nick Cave and The Bad Seeds: "Ghosteen"

Por: Jesús Elorriaga

Hay algo místico en el aura espiritual que desprende Nick Cave estos últimos años que revela la búsqueda y el encuentro de una luz, la luz, en toda su plenitud al escuchar "Ghosteen", disco con el que cierra una trilogía que comenzó con las melodías pausadas de "Push the sky away" (2013), continuó en ese viaje contenido hacia el dolor de "Skeleton tree" (2016) y culmina con este trabajo en el que alcanza la cima de una riqueza contemplativa y empática con el sentimiento (y sufrimiento) ajeno. Si el anterior disco era un diario dentro de las entrañas de la tormenta, en este (ya desde la paradisíaca portada, que parece sacada un folleto de los Testigos de Jehová), Cave nos muestra un estado mental lúcido y relajado, desprendiéndose, en casi en su totalidad, de la sonoridad amplificada de su banda para dejarse guiar, sobre todo, por los synthes orgánicos y atmosféricos de Warren Ellis.

En esa pequeña maravilla de diseño escueto y contenido sorprendente como es “The Red Hand Files”, donde el músico australiano responde preguntas random de sus seguidores, se puede leer una descripción simbólica de este doble disco: Una primera parte, de ocho temas, a la que el propio músico denomina como “los niños” y una segunda, con sólo tres cortes (dos de unos 15 minutos aproximadamente, además de una pieza hablada) a la que llama “sus padres”. Una dualidad que no marca una contención de fuerzas sino una comunión estilística hacia algo superior. “Ghosteen es un espíritu migratorio”, resume de manera enigmática Cave, y no anda muy alejado: para conseguir ese ambiente de liturgia espectral el disco, al contrario que sus predecesores, se ha concebido y grabado lejos de su “oficina”, más cerca de su casa en Brighton (al menos las letras), y en diferentes estudios de otras ciudades como Malibu o Berlín.

Técnicamente, podríamos decir que entre la música etérea y ausente de baterías (o apenas audibles) se alza la poderosa presencia de Nick Cave cuyo talento vocal, como el mejor vino, se enriquece de matices con los años. La rugosidad de su timbre le dota de un dramatismo que suena más auténtico que nunca en sus momentos de fragilidad pero que cuando se viene arriba desarrolla con energía las melodías que parecen sostenerse en un prolongado atardecer. Estamos ante la selección de, posiblemente, las canciones más bellas de los últimos trabajos de Cave, donde alterna lo enigmático con lo brillante, lo elemental con lo detallista, y que en su conjunto podríamos decir que sería una evolución natural del espacio que ocupaba "Skeleton tree".

El disco empieza con la perturbadora calidez de “Spinning song”, con esos sintetizadores analógicos que hipnotizan la narración entrelazada de Cave y a la que, posteriormente, se suceden temas con una cromática similar. Van entrando pausadamente en escena coros, teclados y pianos cargados de minimalismo calmado, como en la proyección de un paisaje acogedor y lleno de esperanza que sugiere “Brigh horses” (“I can hear the whistle blowing, I can hear the mighty roar/ I can hear the horses prancing in the pastures of the Lord”) o la vaporosa “Sun forest” (“There is nothing more valuable than beauty/They say there is nothing more valuable than love”).

El resto del disco continúa en ese viaje repleto de figuras poliédricas y susurrantes, donde las escasas bases rítmicas se sugieren con elegancia y las guitarras parecen ajenas a la ferocidad de antaño, como el piano que se cuela discretamente en “Waiting for you”, y los coros sentidos de los Bad Seeds que empujan la barca que dirige Cave hacia las orillas de la segunda parte. Aquí, la canción homónima, “Ghosteen”, es un vuelo raso de reconocimiento topográfico de la dualidad fantasmal que define el nuevo disco de Cave. Los dos temas principales tienen una estructura reconocible y progresiva, como una banda sonora propia de dos episodios de la misma película, con sus respectivos inicios, nudos y desenlaces. El alma se hace carne y habita reflexiva en las palabras de Cave, donde alaba de la misma manera la capacidad de amar, la aceptación de la pérdida y los momentos de claridad ante el existencialismo vital (“Everybody's losing someone/It's a long way to find peace of mind, peace of mind … And I'm just waiting now, for my time to come/ And I'm just waiting now, for peace to come”) canta en “Hollywood” con temple y sabiduría, manteniendo el acompañamiento reposado y delicado que predomina en el conjunto del disco.

Posiblemente "Ghosteen" sea el colofón al momento más introspectivo de la carrera de Nick Cave. Musicalmente es un recorrido ambiental que no resulta del todo ajeno si seguimos sus últimos pasos, alejándose de recursos demasiado evidentes en los cánones habituales de una canción pop o rock, como si de una oración prolongada en la naturaleza se tratara y en la que, con los recursos mínimos, consigue atrapar al oyente que tenga capacidad de empatía afectiva hacia el momento vital y creativo del australiano.

 

Margo Price: "Strays"


Por: Jesús Elorriaga

Hay aportaciones a la música que van más allá de lo meramente testimonial. Digamos que, con la tecnología actual y las infinitas referencias que puede encontrar uno en la Red, en academias o en el trabajo diario, con un poco de talento y esfuerzo, un artista tiene las posibilidades de crear una obra (con mayor o menor fortuna comercial), pero con todas las herramientas necesarias para llevarla a cabo. Lejos quedan los pioneros que fueron asfaltando los estilos y cuyo legado se enriquece con el paso del tiempo. Es evidente que de la Carter Family a Margo Price ha habido más que evolución, en este caso dentro del Country, o de la llamada música Americana de raíces. Por eso no se trata tanto de crossover, no estamos hablando de cruzar estilos como el que mezcla sin criterio pinturas en un lienzo. Hoy en día los músicos que destacan tratan de afianzar la posibilidad de, teniendo en sus manos la historia, las bases y el conocimiento de un género, crear formas personales de evolución, de transformar el mero concepto estilístico en una realidad cincelada por su propia experiencia vital. 

El cuarto disco de Margo Price, "Strays", es un buen ejemplo de ello. Una vida y una identidad marcada a fuego en diez canciones que van desde una extrovertida muestra de descaro y alegría hasta otras formas más atmosféricas de introspección. Price, de 39 años, ha pasado un año bastante intenso a nivel creativo. Después de sacar un disco en plena crisis mundial pandémica (el maravilloso "That’s How Rumors Get Started", 2020) dos años después publicó tres adelantos de Strays en la segunda mitad de 2022, además de una autobiografía, “Maybe We’ll Maket it” el pasado otoño. Este último disco y la novela tienen mucho en común, en especial la capacidad de empoderamiento de la artista, enfrentándose a las luces y a las sombras de su carrera musical y a importantes retos vitales ligados a la misma (maternidad, búsqueda de libertad artística, crítica política, desengaños y esperanzas amorosas, giras interminables, reivindicación de los derechos de las mujeres, etc). La intérprete de Illinois (aunque afincada en Nashville) desgrana en el libro las historias personales detrás de las canciones mientras que, en el disco, son estas las armas más letales que tiene para ajustar cuentas con su pasado y reivindicar el proceso de superación (y terapia continua) que vive en el presente.

Para ello, Price toma las riendas de la producción con la ayuda del músico Jonathan Wilson. Además, cuenta con la colaboración del ex Heartbreaker Mike Campbell (en esa oda al orgasmo y el placer femenino llamada “Light Me Up”), Sharon Van Etten, y la banda de country pop Lucius (en "Anytime You Call"). El músico madrileño Alex Muñoz, que produjo sus dos primeros discos, colabora con varias guitarras y coros. Price se desintoxica en sus palabras y en la búsqueda de un sonido propio abriendo la paleta de colores del género, acercándose al pop en “Radio” (con la colaboración de Van Etten) o al minimalismo íntimo del drama (y crítica institucional) que deja entrever en “Lydia”.

El disco empieza animándonos con una declaración psicotrópica de principios en todas las personalidades, ideas y formas que puede simbolizar en “Been to the Mountain”, que enlazaría perfectamente con “Change of Heart”, donde quiere hacer las paces con su pasado (y nos vuelve a unir al argumento principal de sus memorias). En este tema destaca un riff de guitarra de su pareja, Jeremy Ivey, con el que comparte créditos en la autoría de varios temas más, como el mencionado “Been to the Mountain”, “Landfill” o “Country Road” (un tema repleto de emoción contenida con un aire a los Fletwood Mac de "Rumours"), entre otros. Por cierto, este último tema está dedicado a un buen amigo de la pareja que falleció unos años atrás. De nuevo, las cuentas con el pasado, el recuerdo, la ausencia. Escenas similares que vuelven a aparecer en “Time Machine”, que destila un deseo casi naif en una melodía colorista, y que contrasta con la autodestrucción de “Hell in the Heartland”, más oscura pero sublime, espacial, curativa y que, a nivel sonoro, recorre la escucha como un aire que nos envuelve y eriza la piel. 

Margo Price nos lleva de viaje en "Strays" a través de una senda de lucidez donde dignifica el encuentro con los fantasmas que ocultamos debajo de la alfombra. Prevalece, así, una voluntad de avance que empuja a la artista, a través de sus canciones, a soportar la futilidad de la existencia en un entorno hostil, aceptando la vulnerabilidad que nos acompaña en cada sacudida, y apostando por la luz frente a las tinieblas. Con ese punto de sabiduría y de eterno retorno al momento pretérito en un disco que, con toda su belleza, cauteriza cualquier herida.